8.2.18

Palabras para mi padre


La cabeza de mi padre es una jaula. La pueblan sus fantasmas. No entendemos, hablan sin que podamos comprender lo que dicen. Unos días están de un manso que desconcierta y otros, los más, de una ira que desconsuela. Todo se le acepta, nada se le reprocha. En realidad tengo a mi padre ahí al fondo, oculto, incapaz de hacerse ver y contar lo que barrunte esa cabeza perdida y melancólica. Yo mismo, a fuerza de trasegar con esa flaqueza suya, me he percatado de que en ocasiones flaqueo también. Tampoco es nada que pueda reprochárseme. Andamos los dos (los tres si cuento con mi mujer, que me sostiene y la sostengo en lo bueno y en esto malo) buscando la manera de que lo que dicen los fantasmas. Quizá a fuerza de convivir con ellos sepamos un poco del interior sacrificado en el día en que la sangre fluyó sin orden ni juicio y todo se violentó como una caja de petardos a la que se le prende la mecha. Luego se calmó el incendio. El fuego dejó campo libre a los fantasmas. Ellos ocuparon la parte derrotada por las llamas. Visto de cerca, ahora está mirándome con la dulzura que a veces ofrece, se ve el humo de esa batalla que devastó su cordura. Cuando no llora (el llanto es un idioma en el que se expresa mejor que en ningún otro) balbucea febrilmente. Igual desvaría enteramente y creemos que de verdad hila con tino, pero nunca hay manera de tener certezas con él.  Me duele que hayan sobrevenido los fantasmas, manejo con dificultad el modo de lidiar con ellos. Escribo porque me tengo que explicar las cosas. Siempre me confortó la escritura, encontré en ella el alivio o el júbilo o las dos cosas juntamente. No es así ahora, no es ese el anhelo que ansío. Esta es una deuda que tengo con él. En cierta ocasión, hará unos años, me pidió (a su poco sutil modo) que escribiera sobre él en mi blog. Entraba a diario y se lamentaba de no saber comentar en las entradas. No lo hice. No supe o no quise, qué más da. Lo hago ahora. Antes pudo haber sido. No me culpo. Se escribe antojadizamente. Lamento que no lea. Ni este ni otro escrito, mío o ajeno. Lamento que no entienda o que lo haga a bocados. Fieramente a veces. A dentelladas si le parece bien. Tiene todo el derecho del mundo a desquiciarse. En su cama, mermado y débil, está construyendo un mundo para sí mismo. Todos tenemos uno, lo vamos levantando a diario, incluso sin percibir esa lenta obra de ladrillo basto o de fina y labrada orfebrería. Pero el suyo es secreto. Una jaula. Él, ahí adentro, conversa con sus recuerdos. No tiene otra cosa. Uno puede vivir en esa felicidad recuperada. Tendrá los paseos que no es posible que dé ahora. Estará en Roma o en Santiago de Compostela. Es el mejor lugar para viajar, la cabeza. La suya siempre tuvo expediciones de interés. Conocía la literatura popular y entonaba a Lorca de memoria. Fue al cine siempre que pudo y anotaba en una libreta las películas que veía. Adoraba a Ava Gardner, quién no. A la zaga, sin que supiera bien por cuál decantarse, Rita Hayworth (él la nombraba Margarita Cansinos, su nombre auténtico) o Sofía Loren. Entre la zarzuela y la copla entretuvo su ocio en los muchos años que trabajó como un mulo, quién no entonces. Fueron años duros. Felices también, quiero pensar. Los tendrá a cobijo, entre los fantasmas. No permitirá que se los roben.  Ahora no puede distraer su vejez como querría, no está facultado para poner el Spotify como hacía últimamente y buscar el último disco de Pastora Vega o de Arcángel. Quizá le canten secretamente. Quizá todo exista todavía dentro de su cabeza, aunque nosotros no podamos saberlo. Ahora duerme o llora o se queja de que el aire acondicionado de la habitación de la residencia (bendita residencia) está puesto a más temperatura de la que él precisa. Lo expresa a su manera. Hay cosas que los gestos traducen todavía. En este momento, un poco adormecido, cogiendo el sueño de la media tarde, me mira y se pregunta qué hago con el móvil, la razón por la que escribo. Agradece que se le bese y se le abrace. Es su puerta de retorno a lo que fue. A diario le contamos cómo está el mundo. Si todo sigue manga por hombro o se arregla el desvarío de los hombres y suena la música por las calles. Sigue sonando , papá. No deja de sonar. 

3 comentarios:

Ramón Besonías Román dijo...

Un abrazo, amigo Emilio. Dos, los que haga falta.

Setefilla Almenara J. dijo...

Es triste ver que al padre de uno le abandonan las facultades mentales, menos mas que las palabras siguen acudiendo en tu ayuda, algún alivio es...
Un abrazo admirado.

g dijo...

Te leo y me releo a mi misma. Sigo el mismo criterio de tú: escribir para explicarmelo todo. De nuevo o repitiendo. Pero escribo.
Mi padre ya no se queja, o eso creo. Nadie todavía me ha dicho lo contrario.