6.2.18

Las puertas


                                      Fotografía: Joaquín Ferrer (Bodega El Alfolí, Lucena)

Una puerta es una invitación a un secreto. También una frontera. El hecho de que haya puertas es un principio de hostilidad.

A las puertas las condenan las llaves. El hecho de que haya llaves es otro principio de hostilidad.  Detrás de las puertas puede haber otras puertas. Una llave puede ser el fantasma de otra llave.
La vida es un desatino de puertas. Vivir es cerrar unas y abrir otras, pensar que no volveremos a ellas o que nuestra existencia completa pasa por cruzarlas.

No se ha escrito mucho sobre las puertas, que yo sepa. Tienen más predicamento mobiliario las ventanas. En la literatura, sin embargo, dan un juego fantástico. El cine las acogió con entusiasmo. Eran una opción barata, bastaba el ingenio del guionista. Lubitsch era capaz de sugerir más con una puerta cerrada que otros directores con una bragueta abierta. Así o de parecida manera lo dejó dicho Fernando Trueba.

En el lado feliz le debemos mucho a las puertas. Cierran alcobas para que el ingenio lúbrico obre a su antojo y no le incomode la injerencia torpe del azar. Parte de lo que somos, una parte considerable y festiva, nace con una puerta cerrada. En mi pueblo era pieza habitual verlas abiertas, en las calles, ofrecidas y puras. Sólo se cerraron cuando entró quien no debía, el que ni llamaba ni era invitado.
Las hay hermosas y huérfanas de encanto, grandes de castillo o pequeñas de alacena, macizas y huecas, correderas o abatibles, giratorias, blindadas, livianas, acorazadas, de madera humilde o regia, de aluminio o de descastado plástico, pero todas cumplen la misma función: la de preservar los objetos o la de estancar el vértigo de la luz o el trajín libre de los pasos.

Son el símbolo de la intimidad absoluta: una puerta, cerrada enteramente o abierta de par en par, es una extensión del miedo de quien la mandó levantar. Miedo a que entre en las casas lo que no conocemos, miedo a que todo sea luz y exhibición.

El cuerpo también fabrica sus puertas y hasta idea qué llaves les convienen y a quién entregárselas. El anhelo a veces es franquear las de los demás y revisar las nuestras, no permitir que nada las derribe, ni dejarlas inadvertidamente abiertas para que las rebase quien no deseamos. En realidad todo el cuerpo es una puerta, una sin apariencia de puerta, sin arco ni pestillo ni pomo ni quicio. Hay días o fragmentos de un día en los que las abrimos alegremente, dejamos que entre el mundo y sentimos los olores y los abrazos y las palabras que se nos dicen, pero también hay días en que no se abren, no hay voluntad para ejecutar ese gesto, incluso se vigila que nadie lo haga por nosotros o que el azar no decida por su antojadiza cuenta y deje el interior a la intemperie.

Hay quien cree que es bueno tener muchas puertas. Se ve gente con un puñado imprudente de llaves. Parece que tienen mucho que esconder o son muchas las propiedades que poseen, todas a recaudo, protegidas por la fortaleza de las puertas.

La Historia de la Humanidad es, en cierto modo, la Historia de las puertas que se han ido poniendo aquí y allá, levantando y derribando según las costumbres o la necesidad.

Detrás de las puertas, en ocasiones, hay personas. Entonces no se sabe bien si procede que las cierren o no. Abrir una tras las que descubres una conversación o un desahogo amoroso de amantes o el descanso de quien lo precisa produce zozobra, ese apuro sincero de quien sabe que ha vulnerado la privacidad ajena. Es para eso para lo que se pensó en que existiesen puertas: para que podamos huir del mundo y clausurar su fiebre, para que sepamos que hay un lugar de su vasta extensión que nos pertenece y al que accedemos únicamente nosotros.

Tal vez sería mejor que no las hubiese. Un mundo sin puertas, qué dislate. No habría pudor, no tendríamos la vergüenza de mostrar a quien pasara cerca el cuerpo que acabamos de desnudar. No tendríamos objetos que guardar, nadie anhelaría lo que está tan a la vista, tan al alcance. Quizá desaparecerían las guerras si no hubiese puertas. Como aquella canción de John Lennon en la que imaginaba la ausencia de posesiones y de religiones. Una hermandad de hombres, dejó dicho. Hoy dirían que aparta a la mujer de esa fraternidad.

Qué puritanas son las puertas.

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