28.2.18

Andar

A veces tiene uno ganas de pasear, dejar la casa, exponerse al azar de las calles, no saber a qué plaza se acabará yendo, con qué imprevistos amigos haremos balance del día. Andar es uno de esas cosas a las que no se da importancia, teniendo la máxima. No es el hecho de que el cuerpo se beneficie del esfuerzo. Se recurre siempre a la salud, pero es la cabeza la que sale victoriosa del trayecto. Vuelve nueva, vuelve limpia. Al pasear se asiste a una pequeña proyección de cine privado. No hay butaca desde donde observar, no está ese refugio un poco uterino del confort del asiento, pero el efecto es el mismo. El esplendor del paisaje, la elocuencia de las calles, el barullo de la gente, la luminosa certeza de que la vida comparece ante nosotros sin pedirnos nada a cambio. Toda esa belleza imprevista, la que el azar del camino nos regala, vuelve a voluntad, irrumpe a veces sin que se la llame. Hace que no ando con la frecuencia que solía y ni siquiera andaba mucho. Hay quien lo hace a diario, se fuerza a pasear, circunvala el pueblo, repite un ritual. No dudo que seré uno de ellos. Los veo yendo sin ir a ningún lado, haciendo que el tiempo se detenga, siendo (tal vez) dueños de sí mismos. 

26.2.18

5 apuntes

1
Se escribe para pagar deudas. Hay una voluntad en el oficio de escribir en la que entreveo un pago, una especie de rendición, un dejar escrito lo que probablemente se acabe perdiendo. Por si la memoria malogra ese pequeño prodigio narrativo. La memoria es un libro que, de tan abierto, el viento vuela sus páginas. Podemos llamarlo el viento, sí. 

2
Creo en la bondad de la gente. De un modo a veces rutinario, sin apreciar los desaires de algunos, sin caer en la cuenta de todos los atropellos que uno ve en la calle o en una pantalla de televisión, creo que somos buenos. Quizá el mal esté en la indolencia, en el hecho de habernos acostumbrado a que lo natural y lo previsible sea el mal; que el bien, cuando triunfa, escandalice incluso, cree esa especie de malestar que solo causa lo que no se espera. 


3
Leer a Bécquer cincuenta años después. Porque son cincuenta, aunque sean treinta y cinco o sean cuarenta, no sé. Uno pierde la cuenta. Bécquer cincuenta años después sigue intacto, duro y apreciable. Me gusta Bécquer porque no se ha ajado. Parece el poeta más frágil, el que menos debiera ir con los tiempos y amoldarse a ellos y, sin embargo, los soporta más que bien, sobrevive estupendamente. Daría Bécquer para una de esas series televisivas de la televisión pública. Si fuese distópica mejor. Un Bécquer distópico mola más que un Coelho alopécico. 


4
No suelo nadar, pero cuando lo hago, nado mucho. A poco que me noto cansado, dejo de nadar. Creo que es lo correcto, no fuerzo, no se me ocurre envalentonarme. Es entonces cuando, tumbado en el agua, mirando el cielo sin mirarlo, notando el peso de la luz sobre mis párpados cerrados, entiendo cosas que en otro lugar no alcanzo a entender. Las entiendo en ese momento, después de haber nadado, de extenuarme, de comprender que debo quedarme quieto, boca arriba, mirando el cielo, cerrados los párpados, sintiendo la luz invadiendo mi cabeza, pero cuando regreso a la orilla ya no recuerdo nada de lo que entreví mar adentro. El mar está hecho de la misma sustancia que los sueños. 

5
Hace que no salgo a andar, no encuentro tiempo o, cuando doy con él, lo empleo en hacer justamente lo contrario, no moverme, no ir a ningún sitio, quedarme quieto, leer, ver cine, escribir, sentarme en una terraza de un bar y tomar café morosamente, conversando, viendo a los demás pasear. Se me ocurre que están disfrutando con lo que hacen, me fuerzo, me envalentono, apresuradamente (sin reflexionar) pienso en que mañana ellos serán a mí a quien vean y se preguntarán las mismas cuestimones que yo ahora distraídamente me hago, un poco por explicarme mi pereza.

Hoy es el mañana que nos dijeron ayer




Siempre asombra constatar que hoy es el mañana que nos dijeron ayer. Del tiempo se tiene siempre una impresión confusa, no hay criterio fiable con el que manejarlo, se sale siempre con la suya, nos zarandea, nos conforta, nos enferma o nos salva. Posee la virtud de curar y la contraria. Confiamos ciegamente en él cuando nos abaten los problemas y sentenciamos con convicción que será él quien nos rescate. De hecho suelo hacerlo. El tiempo es lo que somos, pero no tenemos propiedad sobre él, no se le confiere rango de cosa poseída, se escabulle o nos abraza. Es su antojadizo capricho (cómo me gusta casar esas dos palabras) el que gobierna nuestros días y nuestras noches. Siendo el bien más preciado, no habiendo otro que rivalice con él, le hacemos poco aprecio, no le damos el asiento debido en nuestras prioridades, no se le concede la autoridad que merece. Miramos otras cosas, pensamos en otras cosas, pero no en el tiempo. Se hace uno de objetos que ocupan un lugar distinguido, preeminente. Cuando el objeto anhelado se gasta, sin que tarde mucho la mudanza, elegimos otro con el que satisfacer el hueco que dejó el sacrificado. Está el hoy tan lento y está el ayer tan breve. Del mañana no tenemos consideraciones prácticas, del futuro nada se sabe. El pasado es un historia que cada uno cuenta como le place o como conviene. 

K. me dijo que la literatura entera es una reflexión sobre el tiempo. Que no hay autor que no lo haya incrustado, con mayor o menor vehemencia, en su obra. Discrepé sin entusiasmo. Uno escribe de lo que le rodea o de sí mismo. En ambas posibilidades todo está impregnado de tiempo. Si releo todo lo que he escrito es el tiempo quien acapara mis atenciones más intensas. La certeza de su paso lo ocupa todo. También otras certezas: la de su severidad, la de su supremacía. Tampoco sabemos nada de lo que aguarda cuando el tiempo concluye. Asombra la fugacidad. Siempre es fugaz su paso. Hay días que pasan en un soplo. Días que parecen rebajarse en tamaño, días que hacen creer que contravienen (a su capricho) las leyes de la naturaleza. Días que son uno y parecen muchos y también el reverso: jornadas repetidas que son siempre la misma tediosa y conocida jornada. Luego están los días que no acaban. Días que duran más de lo soportable. Días que se hacen eternos y que parecen contener varias vidas. Nunca se extrae una lección útil de estas evidencias. 

Anoche, como una costumbre antigua, leyendo nuevamente hojas sueltas de Pessoa, en un rato entre la cena y la serie que vemos en casa, ahora una meramente de distracción, pensé en lo dura que fue la vida de este hombre. Por extensión, pensé en lo dura que es la vida en general, en los versos de Miguel Hernández y eso de que se pena mucho para acabar muriéndose uno, pensé en las escasas instrucciones con las que se nos instruye para que la recorramos y también  en la fe y en su ausencia, en la felicidad de los que creen y en la felicidad de quienes no lo hacemos. Cada uno avanza según su voluntad. A todos nos une la misma oscura filiación: la del tiempo, la de esa incógnita de la que sabemos tan poco o de la que no sabemos nada y con la que batallamos y de la que nos valemos. Al final será verdad que en el fondo todos somos teólogos. Hacemos conversación sobre Dios y tenemos algo que decir y algo que rebatir de quien nos escucha y cuela, en nuestras aseveraciones, las ajustadas o desastradas suyas. Ejercemos el oficio sin obligaciones, un poco lúdicamente, como si hablar de las grandes preguntas (las de la filosofía, sí, ésa que desean apartar de los planes de estudio los lumbreras del ministerio) nos liberara de tener que sufrirlas por dentro. Cada uno avanza según su voluntad, pero el guión es el mismo, el autor de la trama es el mismo.


25.2.18

Los días azules, el sol de la infancia



Un poeta es poeta hasta en sus bolsillos. Los de Machado dejaron un último verso, un poema sin empezar: "Estos días azules y este sol de la infancia". Nos sobreviven las palabras que dejamos a medio decir, incluso ésas. Las demás, las que dijimos y se anotaron, lo hacen de un modo menos heroico. Fascinan las últimas, las que no tuvieron continuación. Es la promesa la que vale, no la realidad que la acaba. Se busca la tierra prometida. Importa la travesía hacia su encuentro. Lo de menos es llegar a ella. Lo dijo Kavafis de otra manera, más hermosa: "Pide que el camino sea largo". Mientras uno avanza, se hace camino el andar. Machado parecía anticipar que el viaje no acabaría. Todos aquellos republicanos arrojados al exilio se retratan en esos días azules, en ese sol de la lejana infancia. En cierta ocasión, cuando me senté en el sillón de la cátedra de Gramática Francesa de Machado en Baeza. pensé en esos versos y en la fotografía con la que nos obligaron a pensar en su tragedia, por repetida, por dramática también. Se le ve anciano, cuando no llegaba a los setenta. Se aprecia el rigor de su padecimiento, todo el dolor expresado en la mirada, en la barba sin cuidar, en la boca lastimada por la aflicción de su espíritu. Fascinan los días azules y el sol de la infancia. Mientras tuvo aliento, hasta que sucumbió a la tristeza absoluta del destierro y de la muerte de los suyos y de sus ideales, escribió. Pensó en la poesía, le encomendó su salvación, le pidió que lo sacara de la ruina de los tiempos a los que le tocó asistir y lo condujera a un lugar mejor, un parnaso tal vez, a la Arcadia limpia y pura de todos los que como él confiaron en la palabra y le entregaron su existencia. Quizá la poesía nos salve a todos, seamos o no poetas, pero no se lee poesía, hay más poetas que lectores de poesía, pero esa es otra cuestión. En España, de cada diez cabezas, una piensa y las otras embisten, dejó dicho Don Antonio. La poesía no es de embestir, será muchas cosas, puede pedírsele que ejerza muchos oficios, pero ninguno es la barbarie, ese descerebrado ir hacia adelante sin mirar contra qué se topa y qué derribamos. En fin, malos tiempos para la lírica, dijeron otros.

24.2.18

Némesis en la sopa de fideos




 A Mari Carmen Ruiz, que me ayudó a recordar


Se tiene a veces la cabeza a pájaros. En ocasiones están más a la vista, pero cuidamos de que no aleteen e incomoden a quien nos viene al paso o mantiene una conversación o nos da un abrazo. No es del gusto de los demás que uno tenga la cabeza a pájaros. Se prefiere la entereza, el aplomo, la soltura, el desparpajo, el buen ánimo, la fortaleza. Podría seguir, pero con esas cualidades se entiende cuál es el perfil más requerido. A veces es el dueño de los pájaros el que los reprueba, no quien los mira, quizá todos los tengamos y actúe la comprensión, cierta solidaridad ornitológica. Se ven pájaros a lo suyo, sin que nadie tenga propiedad sobre ellos ni vayan y vuelvan de sus asuntos a los de su dueño, pero no conozco a nadie que no tenga alguno. Se nos va el sentido de las cosas de cuando en cuando. Hoy he sentido que se me iba en al menos dos ocasiones. Una de ellas ha sido lo suficientemente ruidosa como para que esté ahora escribiendo sobre pájaros y sobre cabezas. No es que olvide uno las cosas, ni que tarde en reaccionar o no tenga la entereza, el aplomo, la soltura, el desparpajo, el buen ánimo y la fortaleza de antaño. Sucede, al menos a mí me sucede, que se queda la mente en blanco. No hay manera de que avance. Ni forzándola, ni tirando de voluntad, ni poniendo empeño, ni silenciando el ruido de afuera y mirando hacia adentro con verdadero interés. Cuanto más deseamos llegar a un lugar, más se aleja. Ayer  me agradecía una amiga una recomendación literaria debí hacerle. Digo debí porque mi memoria se negó a recordar el momento en que lo hice. No hubo manera, ninguna a la que yo pudiese acudir, de que entendiese de qué me estaba hablando, cuál era ese libro, ni el título me aclaraba nada (Némesis, Philip Roth), ni la alusión a sus trama (la polio, la justicia divina, etc) No es cosa de preocuparse mucho, de hecho ya lo había olvidado, pero juega la memoria su juego cruel cuando está aburrida y me ha puesto, en mitad de la cena, la palabra Némesis en la sopa. Los fideos la dibujaban con una caligrafía admirable. Duelen estos desquiciamientos livianos, duele que no sepamos mucho sobre lo que nos pertenece, que tengamos poca idea de lo que hicimos anoche y, sin embargo, poseamos un relato fiable y minucioso de lo acontecido hace unos veranos o en la adolescencia. Recordar el nombre del bajista de los Level 42 o el director de fotografía de las películas de Spielberg y no saber dónde fuiste el sábado pasado. Quiero decir no tener ni idea de si te quedaste en casa o saliste, si fue un buen sábado o algo lo estropeó. Nos sucederá a todos, en mayor o menor medida, pero uno se alarma de lo suyo, lo considera extraordinario y no se interesa en si los demás padecen el mismo mal o está más acuciado en quien lo expresa, en quien cree (seguro que equivocadamente) que son muchos los pájaros que se están colando. Adhiéranse, digan que también les pasa a ustedes, aunque sólo sea por rebajar la sensación de pérdida, la de abandono.

23.2.18

La jaula se ha vuelto pájaro / Una pequeña historia sobre los poetas malditos



Lo de los poetas malditos viene de Baudelaire, él tiene la culpa, se le pueden atribuir todas las vidas notables que se malograron por su causa. Luego la idea se ha corrompido y cualquiera se cree maldito o a cualquiera le colocan la pegatina y lo lanzan a las conferencias y al cultivo de su rareza. No es más extraño quien escribe que quien pasea a su perro por las mañanas o acude a la oficina o pone ladrillos. Lo que tal vez sí posean los escritores es cierta conciencia de su enfermedad, la suficiente para convertirla en objeto de su oficio, se ahondan en ella, la subliman, dirigen su entera existencia a ese propósito lírico y, en casos extremos, cancelan  lo prosaico, se esmeran en lo etéreo y acaban sacrificándose, metafórica o literalmente, nunca mejor dicho. Creen, en su delirio, habitar un mundo más elevado que el corriente, un mundo en perenne vértigo, enfebrecido y loco, de poco o ningún asiento en lo real. El poeta, el maldito, más propiamente, sólo tiene ese idilio: el de su responsabilidad con la parte invisible de las cosas, el de sí mismo alojado en el centro exacto del cosmos, ungido por el éter, comprometido con los secretos sólo a él revelados, no al común de los morrales, el que está ciego al numen, el prescindible en el relato trascendente del mundo. Una parte de ese mundo aplaude la locura de esos elegidos, la ensalzan, pero otra la censura, sostiene fieramente que la poesía no nos salvará. Estuvo siempre el aliento poético mal visto, sus obradores apartados, como apestados, enfermos, livianos de carácter, inútiles para otros desempeños de más hondo calado. Queda a beneficio de avisados el deleite de esa obra mayúscula, pero no se prestigia el aviso, la noticia de que la poesía importa, incluso la maldito, que es una especie de ruleta rusa en la que el jugador  arriesga que se le vuele la cabeza en un turno malo. Una buena parte de la literatura se cuenta en el relato de las manos victoriosas, todas en las que la bala no se aplicó con su voracidad invariable. Al poeta maldito se le consigna a veces otras manifestaciones espureas del arte: el malditismo ha fascinado a pintores, músicos, actores...Vieron en él una coartada artística o social o intelectual o moral. No hay que confundir malditismo con mediocridad o con nulidad. Hay que ser bueno en esas disciplinas para que la etiqueta, la tóxica, cuadre bien y cree escuela. Para ser maldito hay que leer mucho, pero conviene también aplazar la vida libresca y sumergirse en la sensible, en la de las calles, con su trajín bastardo y su elocuencia divina. 



Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik es la primera poetisa maldita que he pensado. Podía haber caído en la cuenta de los Panero o de Bukowski o de Emily Dickinson. Los cuatro franceses, Artaud, Mallarmé, Rimbaud y Verlaine, podrían satisfacer cualquier intento de contar qué es ser maldito, pero la Pizarnik (a mi amigo P. le gustaba decir la Pizanirk) es mi favorita. No sabía de pájaros, ni de fuego, pero su alma volaba y su cabeza ardía. Creo que fueron 50 pastillas de Seconal lo que se metió cuando el alma voló demasiado alto o cuando la cabeza ardió y no supo o no quiso apagarla. Me viene ahora (escribo de memoria, no ando escribiendo ninguna biografía, sólo improviso) que le encantaba el sexo, el de su género y el del contrario; que estudiaba volcánicamente, sin orden, por encontrar los secretos de la existencia o por estar cerca de quienes los descubrieron; que Cortázar cuidó de ella y ella no se dejó cuidar; que Octavio Paz dijo que era libre como no lo fue nadie; que leía con voracidad a Novalis y que esa afición hizo que yo lo leyese también hace muchos veranos. Sé ésas y más cosas, pero me duele entrar en ellas, me afecta, siento que su padecimiento es el de cualquiera que haya sentido la fragilidad del mundo y se haya creído la suya propia. Hay una línea que une al que la lee con ella misma, aunque hace casi cincuenta años que no esté en el mundo. Leer poesía (leer, en general) es convertirse en poeta. Uno se reconstituye en poeta cuando el poema se impregna y se ven sus costuras, el abismo que ha abierto delante nuestra. Los de la Pizarnik son poemas malditos porque hablan de la locura y de la muerte, expresan con absoluta veracidad el compromiso interior con el desfallecimiento, con la enfermedad, con el roto pulso del corazón de las cosas, por decirlo un poco a su manera. La Pizarnik fue obscena de primera mano, no fue influida por los libros, la inspiró el Paris surrealista, el fallecimiento de su padre (asunto capital en su vida) y el veneno de la carne, el mismo que cantaba Baudelaire en Las Flores del Mal, el poeta embriagado, el atormentado, el volcado en cuerpo y en alma en dejarse perturbar, en aceptar que únicamente en ese estado de perturbación la vida es soportable y la escritura, la que no nace de la felicidad, puede acometerse sin pudor, libre, libre como hasta entonces nadie lo había sido tampoco. Borges dejó escrito que su destino era literario: que lo malo que cruzara su existencia se convertiría tarde o temprano en palabras, que la felicidad era un fin en sí mismo y no era preciso de ninguna manera contarla, verterla en párrafos o en estrofas. 

Hace falta estar un poco ido para que los demás digan que se está de verdad maldito. Quizá no valga la pena. Hay poetas de poco recorrido que tuvieron vidas excéntricas, de las cultivadas a conciencia para adquirir la experiencia que produjese los versos más perturbadores. No vale la pena la poesía si la alumbra el desquicio: no vale la pena escribirla, sostengo. Otro asunto es asomarse a quienes perdieron la cordura o la dejaron atrás y acometieron la empresa de escribir sobre sí mismos y sobre el mal que los devasta. Se asoma uno con cuidado, teme caer, cree que podría ser posible abatirse, abrazar las causas terribles que exhibieron ellos, los malditos. Leí a Baudelaire cuando estudiaba en la Universidad. Es la época perfecta. En ella se concilia el descubrimiento del mundo, el del amor más puro, el del sexo más sucio y el del ansia por saberlo todo y en todo tener opinión y parte. Que ahí, en esa fiebre, entre Baudelaire o Artaud o Leopoldo María Panero (al que leí muchos años después) puede pasar factura o puede integrarse en el arrimo de todas esas otras cosas que conforman la personalidad de uno, la que más tarde paseará en la edad más adulta, cuando se hace uno responsable, se casa, trae hijos al mundo y trabaja lo mejor que puede de nueve a dos. Un poeta, maldito o no, no descansa, trabaja a destajo, tiene la responsabilidad de contar el mundo, a él se le encomendó la restitución de lo invisible, todo lo que no aflora y florece. 


22.2.18

En la muerte de Forges



Nunca hay edad para morirse. Ninguna de ellas es razonable. Se pierden siempre muchas cosas cuando uno se muere. Lo más doloroso no es que a uno le convoque la injusta parca. El finado creyente cree que seguirá una vida arcangélica y dulce a la derecha del Padre, lo cual es un chollo metafísico. El incrédulo muere y ahí acaba la historia. Al menos, antes de palmarla, así piensan unos y pensamos otros. El dolor (insoportable muchas veces) es para los que quedan vivos. De pronto pierden una parte de ellos que no volverá. No hay manera de entender (ninguna, ninguna) de que nos retiren a los que amamos. Se tarda una vida en recomponer el paso, en despachar sin pesadumbre ni duelo el tráfago de los días, en salir a las calles y en encontrar nuevamente el ánimo, que es volandero y huidizo y a la primera de cambio, a poco que se le descuadra el paisaje, nos abandona, dejándonos hechos polvo. A mí hoy me ha dejado así, un poco hecho polvo, que haya muerto Forges. No dudo que la vida sigue y que es una muerte lejana, de alguien con quien jamás tomé café o a quien nunca di un abrazo, pero ojalá hubiese hecho ambas cosas. Imagino que hubiera podido hacerlas sin problema. Se conoce a Forges después de haber leído miles de sus viñetas. Muchas están incrustadas en mi cabeza, muchos de sus textos los sé todavía de memoria, soy capaz de recitarlos y de describir en donde los alojó, qué finura se le ocurrió para hacernos ver precisamente eso, que la vida sigue. El humor es lo que hace que todo siga girando. El humor y la belleza. Luego está el amor, que mueve el cielo y las estrellas como quería Dante pensando en su dilecta Beatriz. Pero la risa es la evidencia primera de que todo funciona como es debido y la luna ocupa el arco celeste cuando el sol se esconde. Hoy estamos todos un poco más tristes, un poco huérfanos también. Es una orfandad prevista. Por la enfermedad que lo roía por dentro, por esa edad (ninguna es razonable) en la que se prevé con más fundamento que algunas personas puedan dejarnos, pero costará abrir El País (en papel, cuando se compra) o el navegador del móvil o del ordenador y buscar su viñeta. Era el buenos días de un amigo que nos pone la primera sonrisa. No se sabe si luego vendrán más. Están los tiempos un poco jodíos y cuesta reír o cuesta hacer que los demás se rían. Descansa en paz, Antonio Fraguas de Pablo, no te podrás morir nunca del todo.

19.2.18

Todo lo que me va viniendo, todo lo que me va viniendo


                                                                Fotografía: Tan Kraipuk


Lo primero que pensé al ver esta fotografía es que era un cuadro de Edward Hopper. Siendo una fotografía, da la impresión de que no lo fuera. Quizá ése sea el ideal del fotógrafo o del pintor: que no sean fotografías lo que registran las cámaras o que no sean pinturas lo que fijan en el lienzo los pinceles. En un extremo, la buena literatura debería no parecer literatura: debería ser leída como si no hubiese formato que la acogiese, que llegase un momento en que el libro que tenemos entre manos no tuviese peso ni sintiéramos que lo estamos sujetando. La música funciona así: no fijamos un foco, no tenemos la certeza de que proviene de un instrumento o de un caja acústica que la restituya. Se escucha y pareciera, digo en un sentido ideal de las cosas, que no tuviese un origen y anduviese libre, pero no mía, como quería el poeta. Hay conversaciones que tenemos con los amigos que luego regresan cuando ellos no están. Algo parecido sucede con algunas representaciones artísticas: las tenemos dentro, no nos dejan, están alojadas en nuestro interior de manera que en ocasiones, a su antojadizo capricho (mira que me gusta ese adjetivo casado con ese sustantivo) cobran vida y prorrumpen (mira que me gusta ese verbo) en nuestra cabeza. Porque todo sucede en la cabeza. La luz maravillosa de esta fotografía de Tan Kraipuk (descubro hoy que es un artista tailandés y ya estoy buscando más obra suyas) no ha dejado de acompañarme desde que la vi esta mañana temprano, antes de ir al trabajo. Me suele levantar muy temprano y llenarme de cosas que me gustan antes de salir a la calle. Esas cosas de las que me aprovisiono me alimenta en el tráfago del día, me confortan, me consuelan, me hacen avanzar y disfrutar de todo lo que me va viniendo y disfrutar de todo lo que me va viniendo.

Breve elogio de los bares y de la cultura

Lo mejor para no creer lo que te digan es leer. Se lo decía Mafalda a uno de sus amigos, pero hay matices. Hay quien lee y se cree todo lo que le dicen y quien no hay abierto un libro en su vida y descree por norma. Leer, en lo que alcanzo, no te avisa de todos los que tratan de engañarte, ni de causarte perjuicio. No hay coraza fiable. Siempre hay una vía por la que entra el mal y hace casa adentro. Lo que hace leer es reducir las vías de acceso. Contra la opinión de que hay lecturas perniciosas, yo sugiero la de que incluso esas, las tóxicas, son preferibles a no tener ninguna. Al desleído se le convence mejor, no se precisa el concurso de la inteligencia, basta la repetición, sólo hacen falta un par de frases rotundas, de las que calan. Hay líderes políticos que dominan la oratoria y la aplican concienzudamente, dando aplomo y consistencia a las frases, midiendo los gestos, haciendo que los gestos y las palabras casen y convenzan a quien se engolosina con los gestos y con las palabras. Suele pasar así. Por eso es bueno haber leído antes. Cuantas más lecturas se tengan, más frases rotundas se han conocido y más se sabe en qué flaquean, qué parte de lo que cuentan es engaño y cuál, en mitad de su incendio, llama limpia, no prendida adrede, buscando el destrozo. Cuando conocemos las armas del enemigo, podemos combatirlo con mayor entusiasmo. Da igual que, al final, perdamos. No siempre gana la cultura. Hay veces en que se la derrota. En estos tiempos la cultura ha caído en combate con frecuencia. La ningunea el poder, la aparta, no la considera de fiar, cree que acabará poniéndose en su contra. De no ser así, de pensar en serio en ella, los países irían mejor. Nunca he visto un país empobrecido que lea. Dicho de otra manera: los países que leen no empobrecen o, en todo caso, lo hacen sin la celeridad y el loco empeño de otros. Leer hace que el juicio propio sea más hondo o más amplio. Creo que es lo de la amplitud de miras que a veces se oye en algunos discursos. Un país que lee también va al cine y a los teatros y llena los conciertos de todos los géneros. Si la gente va al cine y al teatro y llena los conciertos, vive más feliz. También he visto gente que no hace ninguna de esas cosas e irradia felicidad de un modo manifiesto. Una de las cosas que tiene la cultura es que hace felices a quienes la poseen. Reconozco que hay ratos en que saber mucho abruma. Está el mundo muy mal y tener el oído muy alerta o el olfato muy fino hace que te acuestes con el corazón en vilo, apesadumbrando por la violencia o por las injusticias o por las dos cosas juntamente. Me creo también eso de que se vive mejor en la ignorancia, pero es una vida mentida, no es la verdadera, no es la que hace que un país medre y medren quienes componen su censo y pasean sus calles y llenan las terrazas de sus bares. Estoy por decir que un país que lee llena también sus bares, aunque no me contrariará la evidencia contraria y seguro que mañana veo bares atestados. Al final terminamos en los bares. Se lo digo a mis amigos muchas veces. Hablamos de política, de fútbol y de mujeres o de hombres (a veces mucho de todas esas cosas y a veces nunca) pero siempre lo hacemos en los bares. No sé si un país se ha levantado en los bares. De lo que sí tengo una certeza poco debatible es que yo mismo he leído muchísimo en los bares. Tanto que a veces no me he creído que haya bebido todo lo que me decía el camarero. En eso Mafalda tenía razón. Sin matices.

18.2.18

Dios y Philip Roth juegan al ajedrez




Dios debe ser bueno cuando nos tiene aquí. La otra opción, no estar, por inadmisible, realza y prestigia las restantes. Se prefiere la credulidad, no caer en el vicio de cuestionarlo todo y a todo poner traba y duda. Tiene Dios todas las de ganar. Es más fácil creer en él que aplazar o negar su existencia. Hay mañanas en que anhelas fieramente que se te escuche. Pides elevar la cumbre del día que acaba de imponerse ante ti. Por otro lado, no tiene mucho sentido, si es que tiene alguno, que en esa vastedad suya caiga en la cuenta de que le estás hablando y, cosa más extraordinaria todavía, se haya apartado de otras conversaciones y se esmere en la entablada contigo. Se comprende que la vanidad le coma por dentro y no condescienda a fijar sus atenciones en quienes se las solicitan. 

Philip Roth es un dios a su manera. Crea a partir de la nada, levanta una historia que no existía antes de que él maquinara su nacimiento. La credulidad del lector hace que después todas las piezas engarcen. En cierto modo, Roth es un dios a los ojos de sus criaturas. Lo es en cuanto las alumbra, no antes: no tiene el perfil de la divinidad hasta que empieza a escribir y deja montada la primera frase completa o el primer párrafo. En Némesis, Roth saca de la nada a Bucky Cantor, un profesor de una escuela de verano en Newark. Es 1944 y la polio está diezmando la población infantil. Bucky habla consigo mismo, se cuestiona las razones por las que hay que morir y mira a Dios para encontrar las respuestas. Como no escucha nada, Bucky se encomienda a Roth. Dialogan los tres: Dios, el autor y el personaje. Se van trenzando las acusaciones y las justificaciones. Dios, en última instancia, delega a Roth la responsabilidad de resolver la historia a su antojadizo capricho. Roth, mientras escribe, le culpa, le deja en evidencia, no se deja convencer por ninguno de los argumentos que esgrime la fe. Los dos, Dios y Roth, son los narradores ficticios, los omniscientes, los facultados para animar el vacío y crear una trama. Luego esa trama se extiende sin que ninguno tenga conciencia de lo que sucederá después. Los dioses son responsables en los primeros minutos de la obra. Se desentienden más tarde. A Dostoievski, que es el Roth ruso del siglo XIX, le dolía esa pregunta sin respuesta, la del Dios que permite que mueran los inocentes. A Roth, al autor de Némesis, se le nubla la vista, se le viene el llanto, se arroga la figura absoluta del Creador y juega al ajedrez con él. La novela es la partida que montan cuando la novela acaba. Al final da igual quién gane. Es la muerte la que triunfa. Siempre es ella, la muerte. 


Se contenta uno sabiendo que Dios quiso ponernos en la trama. La otra opción sería la de no estar, la de que sean otros los que salen a la calle y pasean y vuelven a casa y enferman y sanan y aman y lloran. Como no es una posibilidad asumible, le hablamos con dulzura, medimos las palabras, sabemos que es posible que nos escuche o es posible que no lo haga. No tenemos la estadística de sus favores, ni siquiera tenemos la certidumbre de que acceda a conceder los que humildísimamente le pedimos. Todo queda en una cosa muy griega, supongo. Todavía dura en mi cabeza Némesis, que acabo de terminar. Hay novelas de las que no sales. Lo que te cuentan permanece sin que podamos interferir en su cese. Son las novelas que hablan de las cosas trascendentales, imagino. 




17.2.18

La plenitud



                                                       Fotografía: Cristina García Rodero


Hay un momento en que uno se mira a sí mismo con absoluta dureza. No hay piedad, ni indulgencia: sólo el esmero en aplicar la exigencia más alta. No importa que ese acto de intransigencia sea irrelevante o que todo esa voluntad de sublimación quede en nada: lo que de verdad cuenta es el instante en que estamos en diálogo con nuestro interior. No suele pasar, no son muchas las veces en que se produce esa mirada limpia y profunda. En ocasiones ni siquiera se tiene la percepción de que estemos en ese trance, no requiere preparación, irrumpe sin aviso, nos arrebata y hace que cambiemos, no somos nosotros, no los que fuimos, todos los que modelamos durante nuestra existencia para afrontar la realidad y no dejar que nos coma. Porque la realidad hace eso: comernos. A veces da la impresión de que es al contrario y es ella la mordida, pero no sucede así, por mucho que las apariencias inviten a pensar que es uno el que muerde. Por eso fascina la belleza. No se deja gobernar, no tiene un protocolo que cumplir, ni se la oye venir poco antes de que se plante delante nuestra. Hay quien se mira dentro y arranca a bailar y se yergue y hace como que el mundo se ha detenido en cuanto ha levantado los talones y ha dispuesto los brazos como aspas. Lo que hay alrededor no contribuye a que ese acto de amor puro a uno mismo triunfe o flaquee. La derrota no vende nunca, no se le da el apresto, ni el predicamento, ni siquiera la generosidad con la que se abraza la victoria, la propia o la ajena. Se nos educa para vencer. En realidad todo está pensado para que desfile, rutilante y espléndida, la victoria. La propia Historia, la contada, la leída, la que perdura y avanza, es un extenso relato de los vencedores. Son ellos los que la escriben, a ellos se les encomienda el registro de lo que acontenció. No sabemos ni siquiera el nombre de los caídos, quedan en la invisible memoria de quienes depositaron en ellos la confianza de la victoria. Sin embargo, en el arte no hay vencedores ni hay vencidos. No se gana ni siquiera el aplauso de los que nos ven. No deprime que no suscitemos aplauso alguno. Hay cosas que hacemos para creer en nosotros mismos. Las vemos a diario en los colegios, en el patio de los juegos, en la manera en que un niño aprende. Es eso lo que debería prevalecer: el aprendizaje, la sensación de que estamos aquí para aprender, no para hacer las cosas bien a ojos de los demás o mal a los nuestros propios. Quizá sea al revés. Uno cree que lo hizo condenadamente mal y los otros advierten un fragmento de luz, una porción pequeña o considerable de belleza. Está ahí, ofrecida sin alardear, con la timidez de quien no precisa exhibirse. Basta creer. Es cosa de fe probablemente, fe en el interior, en la posibilidad de que al final de la actuación sintamos la plenitud, ese estado primitivo de la gracia.

Gracias a José Garrido Navarro por traer la fotografía.

13.2.18

Abrirse de orejas




A Don Rafael Mesa, maestro de Dibujo del Instituto Averroes, allá donde esté el buen hombre

El primer disco de música clásica que escuché era de segunda mano. Cayó en el mismo lote con uno de Charlie Parker y otro de John Lee Hooker. El de clásica era una sinfonía de Brahms. Tengo una idea fugitiva, un poco manipulada por el recuerdo, de que había unas nubes en la portada y el nombre del autor junto con el del director ocupaba el centro. Volví a casa entusiasmado. Era la edad en que el mundo era un hallazgo continuo. No se vuelven a tener cuarenta o cincuenta años, pero duele más no volver a los doce. Yo no sabía nada de ellos. Brahms, Parker y Hooker eran tres extraterrestres, pero era yo el que iba a abducirlos. La ventaja de un disco de vinilo sobre cualquier otro formato es la consistencia física, el peso tangible, la sensación de que has adquirido algo que va a durar toda la vida. Luego el tiempo hace sus cosas y lo que uno cree eterno queda en fugaz. Lo que queda son briznas, nombres, pequeños fragmentos de una realidad preservada amorosamente en la memoria. Yo amo mi memoria al modo en que algunos sienten adoración por sus bíceps o por su pelo. No sé qué hubo esta mañana que me hizo pensar en Brahms. Es asombroso el modo en que irrumpen en ella cosas que ni imaginas, pero que te pertenecen y de las que no tenías conciencia de que fuesen tuyas. En cierto modo no somos una persona que lleva una vida sino que somos varias y son más de una las vidas que nos ocupan. En un compartimento de una de esas vidas estaban ellos tres: Brahms, Parker y Hooker. No sabría explicar el porqué de esa permanencia: persiste en mis recuerdos el día en que bajé a La Corredera y entré en aquella tienda de cómics, libros y discos de segunda mano. No sé si ya ha sido expoliada por el vértigo de los tiempos o sigue allí. Creo que fue Antonio quien vino conmigo, no sabría decirlo. Sería un sábado y volveríamos calle San Fernando abajo hacia La Ribera. En media hora estaríamos en el Sector Sur. Esa tarde andaría yo poniendo y quitando los tres discos. No habiendo escuchado clásica, jazz o blues, creo que fue una temeridad dejarme aquellos ahorrillos en la tienda. No me envalentonó la osadía de hacer algo original, sólo por el hecho de saber que lo hacía: era el deseo de conocer. Nunca me ha abandonado. Me incliné más por el blues y por el jazz y no ahondé en la música clásica. No entonces, al menos. Fue mucho después cuando me interesaron las orquestas y los cuartetos de cuerda. La culpa la tuvo un profesor de Dibujo que tuve en el instituto. Hizo algo que no entraba en sus planes, pero que consiguió absolutamente: me animó a escuchar la música con todos los sentidos abiertos. Rafael Mesa animaba a sus alumnos a que acudiesen a los conciertos que se programaban en la ciudad. Fui a muchos. Eran pequeños, admito ahora. Un grupo reducido que tocaba piezas cortas. Guardé los programas de mano, pero acabé perdiéndolos. Allí estaría Haydn, Mozart o Brahms. Uno debe ser agradecido. Da igual que hayan pasado casi cuarenta años. De no ser por Don Rafael, es posible que yo no estuviera escribiendo ahora. Quizá sean Brahms y Parker y Hooker los que hicieron que yo abriese los sentidos. Creo que siguen abiertos. A veces, en cosas que me interesan menos, suelo cerrarlos un poco. No es a posta, no persigo un fin, no hay una voluntad de menospreciar lo que se me ofrece. Tal vez es un mecanismo de defensa o una medida que me faculta para procesar todo lo que veo y escucho y leo y siento. En ocasiones, cuando aprecio una película, un disco o una novela, pienso en todos las películas, en todos los discos y en todas las novelas que no veré, escucharé o leeré. Ese ansia es enfermiza, lo sé. No es curable, no hace falta que ninguna medicación me consuele. Se está bien en esa bendita locura, en la de tener los sentidos abiertos y aprovisionarse de todo cuanto se nos pone a mano. Es bonito pensar (pero no es real, es interesado, conviene a este texto tan sólo) que todo empezó el sábado en que fui a La Corredera con Antonio (creo que fue Antonio) y compré aquellos tres discos. Luego me hice fiel al jazz. Allí descubrí a Chet Baker y a Ella Fitzgerald. Hace un rato, sin mucho volumen, yendo y viniendo de la fiebre que me postra hace unos días, he escuchado a Brahms. La Sinfonía número uno es a la que más he vuelto. No entiendo mucho, ni de Brahms, ni de Parker ni de Hooker, pero esa composición la comprendo y ha sido compañera de mis viajes (interiores todos, no crean) durante muchos años. Conversan flautas, clarinetes y trompetas. Don Rafael decía que había que abrirse de orejas (luego eso fue una película de Stephen Frears, Prick up your ears, con un principiante Gary Oldman) y eso es lo que estoy haciendo. Abrirme de orejas, lo que pueda, lo que recuerde.

8.2.18

Palabras para mi padre


La cabeza de mi padre es una jaula. La pueblan sus fantasmas. No entendemos, hablan sin que podamos comprender lo que dicen. Unos días están de un manso que desconcierta y otros, los más, de una ira que desconsuela. Todo se le acepta, nada se le reprocha. En realidad tengo a mi padre ahí al fondo, oculto, incapaz de hacerse ver y contar lo que barrunte esa cabeza perdida y melancólica. Yo mismo, a fuerza de trasegar con esa flaqueza suya, me he percatado de que en ocasiones flaqueo también. Tampoco es nada que pueda reprochárseme. Andamos los dos (los tres si cuento con mi mujer, que me sostiene y la sostengo en lo bueno y en esto malo) buscando la manera de que lo que dicen los fantasmas. Quizá a fuerza de convivir con ellos sepamos un poco del interior sacrificado en el día en que la sangre fluyó sin orden ni juicio y todo se violentó como una caja de petardos a la que se le prende la mecha. Luego se calmó el incendio. El fuego dejó campo libre a los fantasmas. Ellos ocuparon la parte derrotada por las llamas. Visto de cerca, ahora está mirándome con la dulzura que a veces ofrece, se ve el humo de esa batalla que devastó su cordura. Cuando no llora (el llanto es un idioma en el que se expresa mejor que en ningún otro) balbucea febrilmente. Igual desvaría enteramente y creemos que de verdad hila con tino, pero nunca hay manera de tener certezas con él.  Me duele que hayan sobrevenido los fantasmas, manejo con dificultad el modo de lidiar con ellos. Escribo porque me tengo que explicar las cosas. Siempre me confortó la escritura, encontré en ella el alivio o el júbilo o las dos cosas juntamente. No es así ahora, no es ese el anhelo que ansío. Esta es una deuda que tengo con él. En cierta ocasión, hará unos años, me pidió (a su poco sutil modo) que escribiera sobre él en mi blog. Entraba a diario y se lamentaba de no saber comentar en las entradas. No lo hice. No supe o no quise, qué más da. Lo hago ahora. Antes pudo haber sido. No me culpo. Se escribe antojadizamente. Lamento que no lea. Ni este ni otro escrito, mío o ajeno. Lamento que no entienda o que lo haga a bocados. Fieramente a veces. A dentelladas si le parece bien. Tiene todo el derecho del mundo a desquiciarse. En su cama, mermado y débil, está construyendo un mundo para sí mismo. Todos tenemos uno, lo vamos levantando a diario, incluso sin percibir esa lenta obra de ladrillo basto o de fina y labrada orfebrería. Pero el suyo es secreto. Una jaula. Él, ahí adentro, conversa con sus recuerdos. No tiene otra cosa. Uno puede vivir en esa felicidad recuperada. Tendrá los paseos que no es posible que dé ahora. Estará en Roma o en Santiago de Compostela. Es el mejor lugar para viajar, la cabeza. La suya siempre tuvo expediciones de interés. Conocía la literatura popular y entonaba a Lorca de memoria. Fue al cine siempre que pudo y anotaba en una libreta las películas que veía. Adoraba a Ava Gardner, quién no. A la zaga, sin que supiera bien por cuál decantarse, Rita Hayworth (él la nombraba Margarita Cansinos, su nombre auténtico) o Sofía Loren. Entre la zarzuela y la copla entretuvo su ocio en los muchos años que trabajó como un mulo, quién no entonces. Fueron años duros. Felices también, quiero pensar. Los tendrá a cobijo, entre los fantasmas. No permitirá que se los roben.  Ahora no puede distraer su vejez como querría, no está facultado para poner el Spotify como hacía últimamente y buscar el último disco de Pastora Vega o de Arcángel. Quizá le canten secretamente. Quizá todo exista todavía dentro de su cabeza, aunque nosotros no podamos saberlo. Ahora duerme o llora o se queja de que el aire acondicionado de la habitación de la residencia (bendita residencia) está puesto a más temperatura de la que él precisa. Lo expresa a su manera. Hay cosas que los gestos traducen todavía. En este momento, un poco adormecido, cogiendo el sueño de la media tarde, me mira y se pregunta qué hago con el móvil, la razón por la que escribo. Agradece que se le bese y se le abrace. Es su puerta de retorno a lo que fue. A diario le contamos cómo está el mundo. Si todo sigue manga por hombro o se arregla el desvarío de los hombres y suena la música por las calles. Sigue sonando , papá. No deja de sonar. 

6.2.18

Las puertas


                                      Fotografía: Joaquín Ferrer (Bodega El Alfolí, Lucena)

Una puerta es una invitación a un secreto. También una frontera. El hecho de que haya puertas es un principio de hostilidad.

A las puertas las condenan las llaves. El hecho de que haya llaves es otro principio de hostilidad.  Detrás de las puertas puede haber otras puertas. Una llave puede ser el fantasma de otra llave.
La vida es un desatino de puertas. Vivir es cerrar unas y abrir otras, pensar que no volveremos a ellas o que nuestra existencia completa pasa por cruzarlas.

No se ha escrito mucho sobre las puertas, que yo sepa. Tienen más predicamento mobiliario las ventanas. En la literatura, sin embargo, dan un juego fantástico. El cine las acogió con entusiasmo. Eran una opción barata, bastaba el ingenio del guionista. Lubitsch era capaz de sugerir más con una puerta cerrada que otros directores con una bragueta abierta. Así o de parecida manera lo dejó dicho Fernando Trueba.

En el lado feliz le debemos mucho a las puertas. Cierran alcobas para que el ingenio lúbrico obre a su antojo y no le incomode la injerencia torpe del azar. Parte de lo que somos, una parte considerable y festiva, nace con una puerta cerrada. En mi pueblo era pieza habitual verlas abiertas, en las calles, ofrecidas y puras. Sólo se cerraron cuando entró quien no debía, el que ni llamaba ni era invitado.
Las hay hermosas y huérfanas de encanto, grandes de castillo o pequeñas de alacena, macizas y huecas, correderas o abatibles, giratorias, blindadas, livianas, acorazadas, de madera humilde o regia, de aluminio o de descastado plástico, pero todas cumplen la misma función: la de preservar los objetos o la de estancar el vértigo de la luz o el trajín libre de los pasos.

Son el símbolo de la intimidad absoluta: una puerta, cerrada enteramente o abierta de par en par, es una extensión del miedo de quien la mandó levantar. Miedo a que entre en las casas lo que no conocemos, miedo a que todo sea luz y exhibición.

El cuerpo también fabrica sus puertas y hasta idea qué llaves les convienen y a quién entregárselas. El anhelo a veces es franquear las de los demás y revisar las nuestras, no permitir que nada las derribe, ni dejarlas inadvertidamente abiertas para que las rebase quien no deseamos. En realidad todo el cuerpo es una puerta, una sin apariencia de puerta, sin arco ni pestillo ni pomo ni quicio. Hay días o fragmentos de un día en los que las abrimos alegremente, dejamos que entre el mundo y sentimos los olores y los abrazos y las palabras que se nos dicen, pero también hay días en que no se abren, no hay voluntad para ejecutar ese gesto, incluso se vigila que nadie lo haga por nosotros o que el azar no decida por su antojadiza cuenta y deje el interior a la intemperie.

Hay quien cree que es bueno tener muchas puertas. Se ve gente con un puñado imprudente de llaves. Parece que tienen mucho que esconder o son muchas las propiedades que poseen, todas a recaudo, protegidas por la fortaleza de las puertas.

La Historia de la Humanidad es, en cierto modo, la Historia de las puertas que se han ido poniendo aquí y allá, levantando y derribando según las costumbres o la necesidad.

Detrás de las puertas, en ocasiones, hay personas. Entonces no se sabe bien si procede que las cierren o no. Abrir una tras las que descubres una conversación o un desahogo amoroso de amantes o el descanso de quien lo precisa produce zozobra, ese apuro sincero de quien sabe que ha vulnerado la privacidad ajena. Es para eso para lo que se pensó en que existiesen puertas: para que podamos huir del mundo y clausurar su fiebre, para que sepamos que hay un lugar de su vasta extensión que nos pertenece y al que accedemos únicamente nosotros.

Tal vez sería mejor que no las hubiese. Un mundo sin puertas, qué dislate. No habría pudor, no tendríamos la vergüenza de mostrar a quien pasara cerca el cuerpo que acabamos de desnudar. No tendríamos objetos que guardar, nadie anhelaría lo que está tan a la vista, tan al alcance. Quizá desaparecerían las guerras si no hubiese puertas. Como aquella canción de John Lennon en la que imaginaba la ausencia de posesiones y de religiones. Una hermandad de hombres, dejó dicho. Hoy dirían que aparta a la mujer de esa fraternidad.

Qué puritanas son las puertas.

4.2.18

De haber Dios, está en la espesura, está en lo hondo, está inventando pájaros




Night shadows, Edward Hopper

Ver está sobrevalorado, me dijo K. Se le concede a lo invisible una autoridad moral que no tiene lo sensible, lo que registra el ojo. Esa orfandad de la realidad ha fabulado dioses y ha levantado iglesias. Si la humanidad no hubiese cerrado los ojos del cuerpo y abierto los del alma, no sé qué sería ahora de nosotros, no alcanzo a comprender hacia dónde habría ido la Historia. 

Anoche mi amigo K. estaba caído del lado metafísico. Se le ocurrió esa idea, sacó el móvil del bolsillo interior del abrigo (uno recio, de paño, con cuellos que se alzan y cubren el cogote y las orejas) y apuntó en Notas esa idea que acababa de rumiar. La escribe por no perderla, me confiesa. Lo que no entiende es la razón por la que de pronto esas ideas prorrumpen, ocupan su atención y lo distraen de cualquier otra cosa que estuviera haciendo en ese momento. Por más que ha pensado en eso, en comprender el nacimiento de cada pequeña inspiración creativa o poética o intelectual que le sobreviene, no ha llegado nunca a ninguna conclusión, nada que compartir con los demás o con lo que partir él mismo y poder indagar más. Se preocupa mucho K. de estos asuntos. Le digo que no se maree más de la cuenta. Que quizá no haya manera de desentrañar esa incógnita suya. Pasa lo mismo con los sueños, le digo.  No teniendo ningún sueño pies ni cabeza, el que tuve anoche fue un desquicio sobresaliente. Ni pies, ni cabeza, ni corazón. Porque tuvo un curioso (e inédito, que yo recuerde) punto de crueldad. Le relaté con más o menos detalle la trama que había salvado del olvido y le pedí que me absolviera de la terrible culpa que sentía. A soñar no se le da, en cambio, mucha importancia. Será porque todo lo soñado se desvanece con esa rapidez que suele y, de quedar algo, dura en la memoria una brizna irrelevante de tiempo y tampoco sabría uno armar con esos rescoldos un fuego fiable, una historia que no flaquee por ningún lado y podamos considerar propiedad enteramente nuestra. Uno sueña atrocidades sin que anide la culpa o el remordimiento. Los episodios felices, incluso los exultantes, los bendecidos por todos los ángeles de la dicha, tampoco llegan para quedarse. Se retienen escenas sueltas, se puede hilar un argumento fragmentado, que pide con urgencia que le incrustemos los trozos que no posee. Esa escritura invisible la ejercemos todos, le digo a K. Quizá hemos venido al mundo a contar las cosas que no vemos. Por eso no hace falta ver para comprender la naturaleza primordial de las cosas. Lo que no se justifica por la razón o lo que no cuadra con la ciencia (la poca o la mucha de la que dispongamos) se normaliza con la invención, con la literatura, con la fe, con los sueños. No hay día en que no deseemos recibir nuestra cuota de fantasía. Son los cuentos los que nos salvan. Los creamos o los crean para nosotros, pero no hay día en que no nos seduzcan. La realidad es insuficiente, la verdad no satisface nunca, la luz no llega a todos los rincones. Pensamos en pájaros y los escuchamos volar por encima de nuestras cabezas. Sabemos que no están, pero creemos en ellos. La fe es esa voluntad contra la que nada puede hacer la realidad. El porqué de elegir pájaros en lugar de cualquier otra criatura es lo que todavía no puede explicarse sin entrar en la fronda de un bosque virgen. Tal vez no pueda explicarse nunca. Dentro de ese espesura está Dios o no lo está en absoluto, si es eso lo que preguntas, K. De existir es en ese bosque en donde anda, en el follaje, en lo tupido, en lo que ni las manos (por mucho que aparten) logran aclarar. Se entra a ciegas, se pasea en la confianza de que seremos guiados, de que nada malo nos ocurrirá. No estoy hablando de la religión o no sólo estoy hablando de ella. Ese bosque es la literatura o es la música o es el amor. 

3.2.18

Escaparatismo



                                                                  Fotografía: Aitor Lara


No sólo miramos lo que deseamos. En ocasiones, la mirada sanciona o se espanta o adquiere ese grado de perplejidad con el que construimos nuestra idea del mundo. Se mira con precaución a veces. No se sabe si lo mirado nos turbará eventual o duraderamente. A mí me fascina el modo en que la gente ve los escaparates. Lamento no poder estar afuera de mí y comprobar sin estorbo el modo en que yo mismo los contemplo. Disfruto mucho los de libros, me pierdo en las portadas, en cómo el librero los ha dispuesto para que unos estén más ofrecidos que otros. También me entusiasma (es verdadero vicio) la mezcla de géneros, de autores, si alguno favorito mío, qué digo yo, Ian McEwan, está exhibido a la vera de alguien que no me agrada particularmente, Murakami, o me repele sin discusión, Paulo Coelho. Detrás del cristal están los tres (McEwan, Murakami, Coelho) y pareciera que anhelan que posemos en ellos la mirada, reclamando su ángel escondido, su tesoro oculto, en fin, la literatura (la buena o la deplorable que puedan tutelar en sus páginas).  Los escaparates tienen vida propia. Hace mucho que pienso que son algo ajeno al trasegar de las cosas, como una especie de universo incrustado en el nuestro, pero al margen de él, encapsulado, frío e insensible o voluptuoso y cálido y entrañable. Algunos son como un reflejo de quienes los admiran o los rechazan. Hoy, viendo uno de zapatos y de botas, imaginé lo difícil que sería para mí montarlo. A su manera, ese escaparate tenía un orden, un criterio manifiesto sobre el que ir dejando unos y otros hasta satisfacer a quien los coloca. Me pareció que estaba saturado, no cabían más zapatos, pero al tiempo, sin que yo entendiese el porqué, ese abuso magnificaba la imagen igual que una masa orquestal súbitamente desgañitada en un pasaje sinfónico magnifica la melodía y la iza y la convierte en ocasiones en un himno. La mercancía del escaparate es el escaparate mismo: no el zapato plano o el libro de Murakami o el traje de noche que la maniquí lánguida y aburridamente viste. Pero el escaparate sale afuera, se extiende a quien lo observa y camina con él y hasta ocupa un lugar más o menos duradero en su memoria. De pequeño me prendaba delante de los de dulces o de juguetes. Luego fueron los de equipos de alta fidelidad (ya no existen esos, ya no existen esos) o los de discos. Era la época de los vinilos. ¿Recuerdan? Esos discos grandes con fotografías que eran también un escaparate o una invitación a degustar lo alojado en su interior. Ya no hay nada eso tampoco. Murieron los discos. Ahora la mùsica funciona en soportes invisibles, no se ve la música. De verdad que es el ojo el que hace la primera pesquisa, él es quien hurga y quien se apropia de la existencia del deseo mismo. Más tarde la inteligencia lima y censura y nos hace creer que ha sido un proceso madurado, pero son arrebatos de pasión pura. Queremos esos zapatos, queremos ese libro, queremos ese amplificador. Da lo mismo que a un lado del cristal exista un mundo que no tiene nada que ver con el otro. Sucede a veces. Muchas más de las que debería.

2.2.18

In vino veritas


He escrito dos sonetos en mi vida. Quizá me faltó disciplina, me envalentoné sin que esa osadía diese una restitución cabal de lo que yo rumiaba adentro y decidí rendirme, no hacer lo que otros hacen con más oficio. Se me enfadaron las palabras (sí, a veces, se enfadan y turban a quien cree estar al tanto de su manejo) y prometí, un poco por respeto y otro poco por incapacidad, no pisar de nuevo ese noble y difícil género. Ayer, tomando un té verde con Francisco López Salamanca, me hizo leer este soneto de unos poetas que yo conocía de oídas, al menos de uno de ellos, Carlos. Hay tanta poesía que no se conoce, tanta oculta y a la espera. Hoy, caso de que caiga una copa de vino, pensaré en ángeles escondidos, en la sangre agasajada por el fulgor del galope del oro de la copa.

EL ÁNGEL DE LA COPA

Sobre la mesa está la copa llena.
La copa tiene un ángel escondido,
Ángel para beber, ángel bebido,
que salta y suelta al vino su melena.
Vacía ya la copa. No. No suena
el ángel por aquí. ¿Por dónde ha ido?
Pasó el puente del labio y va perdido,
sangre arriba y abajo, por la vena.
Sangre arriba y abajo canta, encanta,
viene, se va, se tumba, se levanta
y trina treinta trinos de jilguero.
Caballero de sol, luego, galopa,
y en su capa se escapa, ya sin copa,
camino de Dios sabe qué lucero.

Antonio y Carlos Murciano (El ángel del vino y otros duendes, Caja de Ahorros de Jerez, 1984)