30.1.18

Una historia del corazón


El corazón es un cazador solitario.
Carson McCullers

No confundas el tic tac del reloj con latidos. El tiempo no tiene corazón.  
Miguel Cobo

Se le hace poco aprecio al corazón, no se le mira, apenas percibimos su abnegada contribución a que el resto de las piezas de la maquinaria del cuerpo funcione y podamos ver los árboles y el cielo y tener las palabras y olvidar los duelos. En ocasiones, escuchamos cómo se envalentona y sentimos que puja adentro y se encabrita. Anoche creí que, en su pugna, obcecado en cosas suyas, se liberaba y huía de mi pecho. Al abrir los ojos, aunque la oscuridad me cerniera y no tuviese luz que me distrajera de lo que me atemorizaba, comprendí que era bueno y era fiel y me amaba. Uno tiene que llevarse bien con quien le conduce y le arropa y le acuna. Tengo con mi corazón el más grande de los afectos. Le profeso una devoción antigua y honesta. Tal vez le desatienda en ocasiones, no le cuide y, a la vez, le pida que sea yo al que cuide él. Es fácil olvidarse de que existe, no hacer aprecio de que es nuestro, darnos únicamente cuenta de que late cuando le echamos a correr o cuando la emoción o el amor o el miedo nos embarga. No sé el porqué de estos descuidos, no sé muchas cosas tampoco. Sé que cuenta las sílabas del poema que soy. Hace ese cómputo en secreto, sin alardear de la cifra, sin que nadie se asombre, sin caer en lo fácil, en decir llevo toda la vida haciendo a solas mi trabajo, el que me encomendaron, no es que sea el mejor de los trabajos, pero es el mío, lo hago lo mejor que puedo, me esmero en pasar desapercibido, en no hacer ver que estoy aquí, pero hay ocasiones en que se me pide más de lo que puedo ofrecer, me hicieron depositario de las pasiones, dicen de mí que no pienso, no me trajeron para pensar, respondo, no confundáis el tic tac del reloj con latidos, el tiempo no tiene corazón, el tiempo avanza como una flecha loca, el tiempo es lo que estoy hecho, me acabaréis dando un disgusto, me vais a matar, me vais a matar. Vamos los dos a una, mi corazón y yo. Unas veces es dulce el confort que me procura; otras, según su antojadizo criterio, es un invitado grosero, que se encorajina o se turba o se agría sin que yo pueda evitar esos desaires. Es de amor lo que más le exigimos. Nos han contando que el corazón es el timón (el báculo o la llave, todo vale) con el que el amor se vale para avanzar, incluso para permanecer tan sólo. Lo hemos visto dibujado en troncos de árbol, en paredes de casas viejas y en hojas de papel de cuadernos de colegio. Hay miles de canciones hermosas que hablan del corazón y dicen de él lo que sólo los poetas, cuando les asiste el numen, podrían. Mirado con detenimiento, abierto para comprobar su peso o su textura, su nervadura y su firmeza, no es gran cosa, es una masa viscosa, un obsceno cuerpo del que sabemos que tiene cámaras y túneles, vasos que comunican y líquidos precipitándose por ellos, anegando cavidades, fluyendo nerviosamente. Observado de cerca no se advierte su nobleza, esa persistencia suya por continuar, sin saber por qué y hasta cuándo, pero continuar.

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