25.5.18

Viva Adamsberg



Lo bueno de la novela negra es que hurga en la parte nuestra que no conocemos del todo, la que aflora cuando se nos violenta o la que se guarece porque no conviene airearla, por incómoda, por poco presentable. Todos somos malvados y perversos cuando la maldad y la perversión se abren paso a gritos y exigen su cuota de realidad. La literatura de Fred Vargas es visceral, es maligna, es perversa, es inteligente. Sus novelas tienden a avanzar hacia abajo, la pesquisa es siempre interior, su escritura es laberíntica, hay que entrar con voluntad, no se puede uno descuidar a pesar de la aparente liviandad de las tramas. Un amigo y buen lector me confesó que no compra libros que se venden mucho. Se declara escéptico de toda esa literatura que ocupa los mostradores preferentes en las librerías. Sí, esos en los que Stephen King y Vargas Llosa rivalizan con Paulo Coelho o María Dueñas. Cuando le presté El ejército furioso, cogió el libro con educación, agradecido, haciéndome ver que le daría una oportunidad. Al mes (creo que no mucho más) me llamó para contarme que estaba con otro de Vargas (no recuerdo cuál) y que estaba encantado de que hubiera decenas de libros suyos. Lo que hace Fred Vargas en convencernos de que la escasa importancia del género (novela negra, erótica o fantástica) y que lo único verdaderamente importante es leer y encontrar la salida del laberinto. Declarada admiradora de Agatha Christie, Vargas es una estupenda enigmista. Mima el misterio, respeta como pocos autores la intriga y cuida amorosamente de las claves para que no lleguemos demasiado pronto al desenlace o, llegado a él, aceptemos que nos haya engañado. En una de ellas (La tercera virgen) se tiene la impresión de que no habrá un final que nos contente: es tal la brillantez de la trama que creemos que no habrá talento para cerrarla a entera satisfacción nuestra. Quizá el hecho de que sea arqueozoológa de oficio contribuya a que sus historias se impregnen de ese aura de historia oculta y de épica con su ruda lírica que tienen las piedras. Alegra que se premie a escritores que le gustan a uno. El Princesa de Asturias tiene una trascendencia que excede el rango de la literatura, se escuchará en sitios donde estas cosas nunca se escuchan que existe una autora francesa que escribe maravillosamente, monta historias inteligentes y convierte la lectura en un apasionado descenso a las fosas abisales del alma, que es un cielo y un infierno juntamente. Ahí están los enigmas, los muertos tranquilos y los que reclaman justicia, el paseo que va de la sangre a la sangre, todas las desventuras del género humano. Y eso lo hace esta señora sin escatimar humor y cultura y un lenguaje hermoso y limpio. Viva el inspector Adamsberg, ese héroe apático en apariencia, pero vigoroso, alejado del canon de Sherlock Holmes, más apegado a la tierra, al olor de la carne y al peso humano del corazón. Quizá influya que Vargas sea también una medievalista seria, una historiadora en excedencia académica, pero volcada en cuerpo y en alma (de ambas cantidades apreciables) en escribir con lucidez sobre la muerte y sobre los vivos, sobre la luz y sobre la sombra. Leí hace tiempo una entrevista en la que venía a decir que sólo deseamos encontrar la luz y que toda nuestra existencia es una salida lenta de lo oscuro. De ahí que sus personajes (los buenos y los malos) ejerzan la misma atracción. Así que viva Adamsberg, viva Vargas, vivan los libros.

adenda:
en ese hilo de las cosas, de premios, ojalá gane alguno notable el excelente John Connolly y su inefable y admirado Charlie Parker, el otro gran detective del noir actual.

24.5.18

Nueve apuntes

Almendras
Vi adentro almendras, ebrias ofrendas de frutos, un esplendor dulce, un vértigo plácido, y entonces consentí ya enteramente el amor y nunca en el abrazo me turbó el desaliento, ni flaqueé en las palabras, ni me sentí solo de nuevo.

Discurso
Los días precisan su obediencia, el acatamiento de su discurso, la anuencia de su herida.
Un vértigo
No es posible esperar mucho de un poema. Un vértigo, a lo sumo. Un vértigo no demasiado vistoso, en todo caso. Luego el olvido todo lo herrumbra, pero ah, qué vértigo.
Vivir
Este manso decir palabras, esta crédula intención de lírica, este trampolín comido de fiebre, esta infancia larga, este cuerpo que me hospeda, esta vigilia, este no saber, esta ocupación sin propósito.
Zoom
Desde el barco se ve un disparo.
Bebop
Anochece en el azucarero. Taconea pasillo abajo la tristeza. Se ven tan poca cosa sus perritos que, a la luz de las linternas, parecen algas.
Tempo Pub
Los vasos cómplices. El humo íntimo. Un blues en el cielo de la boca. Irse después solo a casa. La noche cobra siempre sus aranceles.
Vigilia
Qué enorme incendio es la memoria.
Amor
El tacto novicio que preludia el precoz jadeo. El aviso de la belleza. El alma festejando un incendio. Los cuerpos muertos y traídos a la vida de nuevo

23.5.18

En memoria de Philip Roth



Recuerdo cuando hace uno años Philip Roth anunció que dejaba de escribir y que no concedería más entrevistas. Se embutió el traje de fantasma y dejó de existir. Para alguien tan asiduo en los medios (muchos libros publicados, viajes, conferencias, artículos) ese anuncio era como una especie de muerte. En cierto modo Philip Roth dejó de vivir entonces. Ahora lo ha hecho de verdad, ha ingresado en la muerte, como muchos de sus personajes sombríos y tristes y solos, empujados al desencanto, subversivos. No creo que Roth fue algo parecido a lo retratado en esos personajes, no eran extensión suya. El escritor puede desplazar su personalidad o cancelarla abiertamente, retirar cualquier atisbo de sí mismo y fantasear con la posibilidad de que es otro o es muchos, pero ninguno extensión propia. Roth luchó (creo que eso es verdad) por no ser sombrío, triste; por no caer en la soledad y por no radicalizarse en exceso. Sé poco de su vida personal (es posible que mujeriego, es posible que cotilla) pero me apena que esa vida privada, la que anheló cuando se quitó de en medio, haya desaparecido. Leeré de nuevo este verano El mal de Portnoy, su primera novela y la primera que leí. Tengo una edición barato, de letra pequeña y desagradable. Me cuesta últimamente disfrutar esos libros baratos, de bolsillo, tan de mi gusto antes. Debe ser la edad (se hace uno más exigente) o la vista (que no perdona los excesos). La última (Némesis) me pareció estupenda, aunque días después (preguntado por ella por una amiga) no supe de qué me hablaba, me quedé en blanco, Philip Roth había desaparecido también, era un fantasma

La intimidad de los relojes

Creo en la intimidad de los relojes.
En el prevención del dolor.
En la ebriedad de los abrazos.
En la verdad inaplazable.
En la belleza de las mentiras.
En el swing de Benny Carter.
En el tacto de la arena.
En el blanco de una hoja antes del poema.
En el efecto curativo del amor.
En las jam sessions.
En las comidas compartidas con los amigos.
En las visitas inesperadas.
En mi disco duro.
En la obsesión.
En las manos de Bill Evans.
En el mar en la distancia.
En la soledad inquebrantable.
En los patios de recreo en las escuelas.
En los domingos cuando llueve al borde de una novela de intriga.
En la cruzada contra todos los tercos del mundo.
En los sonetos de Góngora.
En los maestros.
En Atticus Finch.
En el libre albedrío.
En mí en alguna breve y fortuita ocasión.
En los rascacielos de Manhattan.
En el bourbon amable de las noches.
En Kingpin.
En la lluvia ofrecida como un regalo.
En las palabras de los niños.
En el verbo promiscuo del sexo.
En la longevidad de la luz.
En los cajones.
En la educación y en las aulas.
En el progreso.
En la historia del Minotauro contada por Borges.
En los sueños y en lo que traemos luego cuando despertamos.
En los hoteles a pie de playa.
En mi abuela Luisa.
En los ojos azules de Paul Newman.
En las road movies.
En los riffs de los setenta.
En el choco de Punta Umbría.
En la RKO.
En el olor de los libros.
En la soledad presentida en las calles.
En los músicos de jazz que te hablan al oído.
En George Bailey.
En las minutos que preceden al sueño.
En la alta definición.
En los abrazos.
En cebras que cruzan las nubes.
En la luna en la calle Bourbon.
En el poder liberador de las metáforas.
En la independencia moral del hombre frente a la religión.
En la inspiración.
En la pereza infinita de algunas tardes de verano.
En la Rosa de los Vientos.
En el trabajo terco que sirve a los demás.
En Machado en Baza.
En las canciones de amor.
En la bodega de mi amigo Jesús.
En los cuentos de Saki.
En los podcasts.
En el cine negro.
En los cuentos breves.
En las calles de mi infancia.
En los viajes de fin de curso cuando tienes doce años.
En el poeta en Nueva York.
En el arrepentimiento.
En la certeza de que un mundo mejor siempre es posible, aunque sea mentira.
En la luna en la calle Bourbon.
En los cuerpos cuando jadean.
En las noches infinitas con un buen libro.
En el agua en un aljibe.
En las lágrimas.
En un café negro (o fueron cinco) compartido (hace años) con Antonio Sánchez.
En el Chelsea Hotel.
En los amores imposibles que terminan en tragedia.
En la dulce pereza de las siesta.
En la mansedumbre.
En el desaliño que precede al orden.
En la imperfección.
En el león de la Metro.
En el desaliño.
En lo turbio.
En las puertas de Lubistsch.
En las ventanas de Hitchcock.
En las nubes arriba en el cielo.
En la oscuridad de una sala de cine.
En la prosa de Fernando Savater.
En las estrellas del porno muertas.
En los endecasílabos.
En el pelo de mi mujer.
En los árboles que tutelan un corazón.
En el desprecintado de un buen disco recién comprado.
En la bondad de la gente a pesar de que sea escasa y dure poco.
En la imaginación.
En los diálogos de Woody Allen.
En el desorden razonable.
En la lujuria.
En las tetas de Roberta Pedon.
En los paseos marítimos.
En las barras de los bares.
En la fragilidad.
En la tortilla de Santos.
En los dedos de Michel Petrucciani.
En los escaparates reventones de libros.
En las ninfas de los ríos.
En las brújulas del alma.
En John Ford en Monument Valley.
En el vértigo que precede al numen.
En el instinto.
En la distancia.
En Peter Parker en blanco y negro.
En la firmeza.
En los amigos que no vuelven.
En la duda.
En los prodigios del azar.
En el azar mismo.
En las estaciones de tren.
En la justicia.
En el café a las once y media.
En el whisky de mi amigo Antonio Linares.
En las portadas de los discos de Yes.
En los paseos marítimos.
En las letras de Bob Dylan.
En la prosa mágica de García Márquez.
En la inocencia.
En la cordura.
En la vejez de mi padre.
En los besos que damos con el alma.
En las cópulas sin brida.
En Dolores cantada por Hilario Camacho en un patio salesiano.
En la espuma de la cerveza.
En los amigos, en los que no están y en los que me buscan.
En la risa.
En el llanto.
En el bookcrossing, que he practicado poquísimo.
En la noche casi por encima de todo.
En el alto y luminoso idioma inglés de Shakespeare.
En Leonard Cohen adaptando a Lorca.
En Russ Meyer y en Kitten Natividad antes del desfonde.
En el nudismo.
En las bibliotecas
En las rubias de Hitchcock.
En cuatro o cinco buenas películas españolas.
En la estatua del jardín botánico.
En los paraguas.
En un amigo cuando te recomienda un libro.
En los bancos de los parques.
En el olor del whisky.
En las novelas gordas.
En el blues cuando se comparte bien ebrio.
En la flaqueza.
En la honradez.
En la épica.
En mi iPhone.
En Netflix cuando llego muy cansado a casa.
En el saxo catedralicio de Coleman Hawkins.
En las tribulaciones de Nabokov al inventar a Lolita.
En Gil de Biedma en las Filipinas.
En mi mujer y en mis hijos.
En el coro operístico de la rapsodia bohemia.
En mi ipod cuando va pletórico de blues.
En los muertos de Allan Poe.
En las bestias míticas de Lovecraft.
En la panza barroca de Lezama Lima.
En una Voll-Damn bien fría servida en un buen vaso.
En las calles del barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
En la vuelta a casa por el judería en los ochenta.
En las vueltas del aire.
En la salud de mi amiga Auxy.
En la nieve limpia que cubre los coches en mi calle.
En la ciencia por encima de los salmos.
En el bendito gozo de abrazar otro cuerpo.
En el ajedrez.
En mis alumnos.
En las calles de Londres, donde nunca he estado.
En las piscinas del verano.
En la melancolía.
En Peter Pan.
En Campanita.
En Billy Wilder hablando con Walter Matthau.
En las ecuaciones de segundo grado.
En el rumor del invierno en la ventana.
En mi hija que está hablando polaco ahora mismo.
En los sultanes del swing.
En la turbiedad moral de Humbert Humbert.
En el vals para Debbie.
En Billie Holiday.
En el insomnio de la sangre.
En la belleza de las heridas.
En James Cagney en la cima del mundo.
En la obediencia de los días.
En lo mágico cotidiano.
En el novicio temblor de sentirse amado.
En los excesos.
En el asombro.
En la modestia.
En los países que no salen en los mapas.
En los tigres.
En los laberintos y en los espejos.
En los astronautas.
En el vértigo.
En los abismos.
En la profanación de los altares.
En las catedrales.
En el diario minucioso del alma.
En lo inasible.
En mi hijo que está convirtiéndose en un gran hombre.
En Major Tom.
En Groucho Marx.
En Your song cantada en un jardín a las doce de la noche.
En mi tozuda manera de entender el ocio.
En la alta definición.
En las ondas hertzianas.
En las lágrimas de los que amo.
En el crudo invierno.
En la disidencia.
En la reflexión.
En esa leve comezón que anuncia el júbilo.
En la felicidad sencilla de un solo de trompeta.
En el pudor.
En todas las vidas improbables que no tengo.
En Thunder road tocado en directo.
En el río de Heráclito.
En los himnos sin letra.
En Walt Whitman.
En el cielo negro y puro.
En los maestros que me enseñaron a ser feliz.
En los periódicos en una terraza de bar.
En el flexo de mi mesita de noche.
En los amigos del norte, los que ves poco o nunca.
En las resacas portentosas del goloso ayer.
En los poetas que escriben en servilletas de un bar.
En la ternura.
En las posadas a mitad de la noche.
En los regalos.
En los sábados por la noche.
En la poesía mística.
En el realismo sucio.
En las alucinaciones.
En el vuelo de la carne alegre.
En el ala festejando el azul.
En el frío.
En las rosas.
En las lagartijas en los muros.
En los trampolínes.
En las turbaciones.
En los preliminares.
En el oleaje.
En los jadeos.
En las distancias.
En los domingos vibrando en un kiosko.
En las fugas.
En el despilfarro.
En la pureza.
En la impureza.
En las imprecisiones.
En mis pasos perdidos.
En el temblor y en el asombro.
En la duda y en lo que no cuenta.
En mi amiga de cama y de hijos.
En el olor de los libros nuevos.
En la ternura y en cómo nos educa.
En la verdad y en su paraíso limpio y perfecto.
En el hambre.
En la posibilidad de que Dios exista.
En la impostura y en el simulacro que tutelan la literatura.
En Steve McQueen saliendo de una cárcel en cinemascope.
En el sufragio universal.
En el olor de la tierra mojada.
En las matemáticas.
En las metáforas.
En el pan recién hecho.
En los endecasílabos. 
En la sordina de Miles Davis en un escenario.
En el mundo abierto a cada amanecer.
En mis bowers and wilkins.
En las llaves que abren mi casa.
En el silencio que cierra los días cuando todos se acuestan.
En el espejo de los sueños.
En las calles de la Judería, en Córdoba, en 1.985.
En las calles de Cádiz, en 1.989.
En las calles de Priego de Córdoba, en 1.991.
En los dioses rudimentarios de Lovecraft.
En los ángeles negros de Machín.
En los jinetes, vastos y nocturnos.
En las palabras que arden en los diccionarios.
En los nombres.
En los goles de Zidane.
En la gloria de saberse póstumo.
En los íntimos avatares de la felicidad.
En la manga del tahúr.
En la blonda de la novia.
En las libaciones de la razón.
En las alucinaciones.
En los vampiros que pueblan mi adolescencia lectora.
En los próximos cinco minutos.
En la épica de los perdedores.
En remotos pájaros improvisados.
En las tramas de Hitchcock.
En los 39 escalones.
En los fuegos artificiales.
En el néctar libado a conciencia.
En Summertime.
En el confort de los trenes.
En los patios de Córdoba.
En Kafka.
En la soledad casi por encima de todas las cosas.
En las biografías de los héroes.
En la ciencia ficción.
En mi cabeza al cero cuando principia el verano.
En el Renacimiento.
En la cubierta del Potémkin.
En la anuencia del cuerpo.
En Grecia.
En los Viernes a las dos de la tarde.
En los palacios abandonados.
En el orden secreto de las cosas.
En el invisible andamiaje de las horas.
En la fuga y en el regreso.
En los discos prestados.
En caballos desbocados en un sueño.
En las sílabas del tiempo.
En la cordura.
En las tascas profundas de las que es casi imposible escapar.
En el cansancio.
En la mécanica celeste.
En las fuentes en el campo.
En la obscenidad.
En lo frívolo.
En la sangre.
En el cine de espías.
En los sábados en Córdoba con Rafael Roldán.
En las novelas de viajes en el tiempo.
En Yesterday.
En la voz de Freddie Mercury.
En las trincheras contra el fanatismo.
En mi barba blanca cuando principia el otoño.
En los superhéroes de la Marvel.
En el escenario de un teatro.
En los asedios galantes.
En el pub Tempo y en sus cuadros de vaginas voladoras.
En la pompa y en la circunstancia.
En el pólen.
En el mar de noche.
En todas las barras de los bares.
En todas las migajas de pan en los caminos.
En todos los cuentos que se improvisan.
En todos los que creen con fervor en algo.
En las maletas.
En Henry Mancini.
En la parte operística de la Rapsodia Bohemia.
En los apretones de mano.
En los prólogos brevísimos.
En mi colección de discos.
En mis películas.
En mis libros.
En los tejados.
En un hotel de Úbeda (hace poquitos años).
En un hostal de Sevilla (hace más).
En mis alumnos.
En las gacelas en un cuadro.
En las resacas.
En El Circo del Sol.
En la voz de German Coppini en sus buenos viejos tiempos.
En el jamón cortado como Dios manda.
En el discreto oficio de irse uno viviendo.
En Humphrey y en Sam.
En la cara perfecta de Ingrid Bergman.
En los secretos.
En Robert Siodmak.
En mí cuando de pronto todo asombrosamente cuadra.
En Annabel Lee.
En algunos palimpsestos.
En la caligrafía del deseo.
En el ayer.
En el mañana.
En los misterios.
En la fragilidad.
En Stan Getz filtrando bossa nova.
En Jimmi Hendrix tocando Purple haze.
En el cinemascope.
En Sunset Boulevard.
En la poesía como un arma cargada de belleza.
En el sur.
En el norte.
En la lluvia que cae en un patio de Cartago.
En los vicios.
En Oliver Twist.
En las enciclopedias.
En Katherine Hepburn y en Spencer Tracy.
En los cromos del Atleti.
En las gambas de Huelva.
En las sesiones doble.
En Nueva York y en Tokio.
En el corazón tan blando.
En el alambique formidable de los sueños.
En la pólvora.
En el fuego.
En Christopher Walken vestido de militar en Pulp Fiction.
En la ceniza.
En la lentitud.
En el punteo de Sultans of Swing en el Alchemy.
En la velocidad de las nubes.
En el festín de los ojos.
En los malabarismos de Burt Lancaster.
En la zozobra.
En la penumbra.
En Cary Grant haciendo comedia.
En la cara de mi mujer cuando me mira.
En las walkirias.
En los gnomos.
En Coppola sobre el Mékong.
En Charles Brown en Nueva Orleans.
En Jack Bauer.
En Charlie y su fábrica de chocolate.
En John Coltrane en el Village Vanguard.
En las volutas barrocas de Bach.
En un tren de algodón que anoche descarriló en mis sueños.
En la noche en las afueras.
En el libro que ahora estoy leyendo (Solenoide)
En el día de mañana.
En la bendita ilusión de que mañana será mejor día que hoy.
En mis padres.
En la debilidad.
En las mujeres fatales de los cincuenta.
En esta noche junto a mi amada.
En la farándula.
En el uso que Scorsese hace de los Rolling Stones en sus films.
En los libros que leen mis hijos cada noche.
En los sueños que no me abandonan.
En la lucidez.
En el principito.
En el cine por encima de casi todas las cosas.
En el azul.
En mi calvicie.
En la posibilidad de que alguien descubra cómo curar el cáncer.
En la felicidad de los míos.
En los espetos en los chiringuitos de Fuengirola.
En los pestiños.
En las películas que duran más de ciento treinta minutos.
En la inteligencia.
En las alfombras.
En la coda de Layla.
En las librerías de viejo.
En un Chesterfield de cuando en cuando.
En los grandes almacenes.
En las imprudencias.
En el pub Tempo en Priego de Córdoba.
En las algas.
En las paredes de Lubitsch.
En los cameos de Hitchcock.
En los vinilos de segunda mano comprados en La Corredera.
En Suzanne en un viejo pick up en casa de Marcelino.
En las hélices.
En Robert Louis Stevenson.
En la invención de Morel.
En las hadas.
En mis Bowers & Wilkins. 
En la Marvel.
En habitaciones alicatadas de libros.
En H.G. Wells.
En conversaciones por teléfono que duran mucho.
En la letra impresa, aunque sea el prospecto de un mucolítico.
En los buzones.
En el bikini.
En las terrazas de verano.
En la cercanía de un cuerpo a mitad de la noche.
En los primeros años de Genesis.
En el soul de la Motown.
En las turbulencias del alma.
En la muerte absoluta del cuerpo.
En Van Morrison.
En algunos argumentos de Paul Auster.
En el inglés cristalino de Frank Sinatra.
En las polaroid.
En las películas de la Hammer.
En la historia de Olvídate de mí.
En el olor del azahar.
En los barrios antiguos de Córdoba.
En las mañanas de Domingo sin nada que hacer.
En los abrazos.
En los pubs ingleses.
En las playas al amanecer.
En el tacto del pelo.
En los cuentos de tradición oral.
En las historias de fantasmas.
En Elvis.
En Wonderwall.
En las novelas de Jane Austen.
En todas las pin up girls.
En la versión en directo de Love of my life.
En el silencio.
En el ruido.
En el vacío de los domingos a la caída de la tarde.
En los libros que me recomiendan quienes me conocen.
En este blog en el que me retrato a diario.