18.2.18

Dios y Philip Roth juegan al ajedrez




Dios debe ser bueno cuando nos tiene aquí. La otra opción, no estar, por inadmisible, realza y prestigia las restantes. Se prefiere la credulidad, no caer en el vicio de cuestionarlo todo y a todo poner traba y duda. Tiene Dios todas las de ganar. Es más fácil creer en él que aplazar o negar su existencia. Hay mañanas en que anhelas fieramente que se te escuche. Pides elevar la cumbre del día que acaba de imponerse ante ti. Por otro lado, no tiene mucho sentido, si es que tiene alguno, que en esa vastedad suya caiga en la cuenta de que le estás hablando y, cosa más extraordinaria todavía, se haya apartado de otras conversaciones y se esmere en la entablada contigo. Se comprende que la vanidad le coma por dentro y no condescienda a fijar sus atenciones en quienes se las solicitan. 

Philip Roth es un dios a su manera. Crea a partir de la nada, levanta una historia que no existía antes de que él maquinara su nacimiento. La credulidad del lector hace que después todas las piezas engarcen. En cierto modo, Roth es un dios a los ojos de sus criaturas. Lo es en cuanto las alumbra, no antes: no tiene el perfil de la divinidad hasta que empieza a escribir y deja montada la primera frase completa o el primer párrafo. En Némesis, Roth saca de la nada a Bucky Cantor, un profesor de una escuela de verano en Newark. Es 1944 y la polio está diezmando la población infantil. Bucky habla consigo mismo, se cuestiona las razones por las que hay que morir y mira a Dios para encontrar las respuestas. Como no escucha nada, Bucky se encomienda a Roth. Dialogan los tres: Dios, el autor y el personaje. Se van trenzando las acusaciones y las justificaciones. Dios, en última instancia, delega a Roth la responsabilidad de resolver la historia a su antojadizo capricho. Roth, mientras escribe, le culpa, le deja en evidencia, no se deja convencer por ninguno de los argumentos que esgrime la fe. Los dos, Dios y Roth, son los narradores ficticios, los omniscientes, los facultados para animar el vacío y crear una trama. Luego esa trama se extiende sin que ninguno tenga conciencia de lo que sucederá después. Los dioses son responsables en los primeros minutos de la obra. Se desentienden más tarde. A Dostoievski, que es el Roth ruso del siglo XIX, le dolía esa pregunta sin respuesta, la del Dios que permite que mueran los inocentes. A Roth, al autor de Némesis, se le nubla la vista, se le viene el llanto, se arroga la figura absoluta del Creador y juega al ajedrez con él. La novela es la partida que montan cuando la novela acaba. Al final da igual quién gane. Es la muerte la que triunfa. Siempre es ella, la muerte. 


Se contenta uno sabiendo que Dios quiso ponernos en la trama. La otra opción sería la de no estar, la de que sean otros los que salen a la calle y pasean y vuelven a casa y enferman y sanan y aman y lloran. Como no es una posibilidad asumible, le hablamos con dulzura, medimos las palabras, sabemos que es posible que nos escuche o es posible que no lo haga. No tenemos la estadística de sus favores, ni siquiera tenemos la certidumbre de que acceda a conceder los que humildísimamente le pedimos. Todo queda en una cosa muy griega, supongo. Todavía dura en mi cabeza Némesis, que acabo de terminar. Hay novelas de las que no sales. Lo que te cuentan permanece sin que podamos interferir en su cese. Son las novelas que hablan de las cosas trascendentales, imagino. 




17.2.18

La plenitud



                                                       Fotografía: Cristina García Rodero


Hay un momento en que uno se mira a sí mismo con absoluta dureza. No hay piedad, ni indulgencia: sólo el esmero en aplicar la exigencia más alta. No importa que ese acto de intransigencia sea irrelevante o que todo esa voluntad de sublimación quede en nada: lo que de verdad cuenta es el instante en que estamos en diálogo con nuestro interior. No suele pasar, no son muchas las veces en que se produce esa mirada limpia y profunda. En ocasiones ni siquiera se tiene la percepción de que estemos en ese trance, no requiere preparación, irrumpe sin aviso, nos arrebata y hace que cambiemos, no somos nosotros, no los que fuimos, todos los que modelamos durante nuestra existencia para afrontar la realidad y no dejar que nos coma. Porque la realidad hace eso: comernos. A veces da la impresión de que es al contrario y es ella la mordida, pero no sucede así, por mucho que las apariencias inviten a pensar que es uno el que muerde. Por eso fascina la belleza. No se deja gobernar, no tiene un protocolo que cumplir, ni se la oye venir poco antes de que se plante delante nuestra. Hay quien se mira dentro y arranca a bailar y se yergue y hace como que el mundo se ha detenido en cuanto ha levantado los talones y ha dispuesto los brazos como aspas. Lo que hay alrededor no contribuye a que ese acto de amor puro a uno mismo triunfe o flaquee. La derrota no vende nunca, no se le da el apresto, ni el predicamento, ni siquiera la generosidad con la que se abraza la victoria, la propia o la ajena. Se nos educa para vencer. En realidad todo está pensado para que desfile, rutilante y espléndida, la victoria. La propia Historia, la contada, la leída, la que perdura y avanza, es un extenso relato de los vencedores. Son ellos los que la escriben, a ellos se les encomienda el registro de lo que acontenció. No sabemos ni siquiera el nombre de los caídos, quedan en la invisible memoria de quienes depositaron en ellos la confianza de la victoria. Sin embargo, en el arte no hay vencedores ni hay vencidos. No se gana ni siquiera el aplauso de los que nos ven. No deprime que no suscitemos aplauso alguno. Hay cosas que hacemos para creer en nosotros mismos. Las vemos a diario en los colegios, en el patio de los juegos, en la manera en que un niño aprende. Es eso lo que debería prevalecer: el aprendizaje, la sensación de que estamos aquí para aprender, no para hacer las cosas bien a ojos de los demás o mal a los nuestros propios. Quizá sea al revés. Uno cree que lo hizo condenadamente mal y los otros advierten un fragmento de luz, una porción pequeña o considerable de belleza. Está ahí, ofrecida sin alardear, con la timidez de quien no precisa exhibirse. Basta creer. Es cosa de fe probablemente, fe en el interior, en la posibilidad de que al final de la actuación sintamos la plenitud, ese estado primitivo de la gracia.

Gracias a José Garrido Navarro por traer la fotografía.

13.2.18

Abrirse de orejas




A Don Rafael Mesa, maestro de Dibujo del Instituto Averroes, allá donde esté el buen hombre

El primer disco de música clásica que escuché era de segunda mano. Cayó en el mismo lote con uno de Charlie Parker y otro de John Lee Hooker. El de clásica era una sinfonía de Brahms. Tengo una idea fugitiva, un poco manipulada por el recuerdo, de que había unas nubes en la portada y el nombre del autor junto con el del director ocupaba el centro. Volví a casa entusiasmado. Era la edad en que el mundo era un hallazgo continuo. No se vuelven a tener cuarenta o cincuenta años, pero duele más no volver a los doce. Yo no sabía nada de ellos. Brahms, Parker y Hooker eran tres extraterrestres, pero era yo el que iba a abducirlos. La ventaja de un disco de vinilo sobre cualquier otro formato es la consistencia física, el peso tangible, la sensación de que has adquirido algo que va a durar toda la vida. Luego el tiempo hace sus cosas y lo que uno cree eterno queda en fugaz. Lo que queda son briznas, nombres, pequeños fragmentos de una realidad preservada amorosamente en la memoria. Yo amo mi memoria al modo en que algunos sienten adoración por sus bíceps o por su pelo. No sé qué hubo esta mañana que me hizo pensar en Brahms. Es asombroso el modo en que irrumpen en ella cosas que ni imaginas, pero que te pertenecen y de las que no tenías conciencia de que fuesen tuyas. En cierto modo no somos una persona que lleva una vida sino que somos varias y son más de una las vidas que nos ocupan. En un compartimento de una de esas vidas estaban ellos tres: Brahms, Parker y Hooker. No sabría explicar el porqué de esa permanencia: persiste en mis recuerdos el día en que bajé a La Corredera y entré en aquella tienda de cómics, libros y discos de segunda mano. No sé si ya ha sido expoliada por el vértigo de los tiempos o sigue allí. Creo que fue Antonio quien vino conmigo, no sabría decirlo. Sería un sábado y volveríamos calle San Fernando abajo hacia La Ribera. En media hora estaríamos en el Sector Sur. Esa tarde andaría yo poniendo y quitando los tres discos. No habiendo escuchado clásica, jazz o blues, creo que fue una temeridad dejarme aquellos ahorrillos en la tienda. No me envalentonó la osadía de hacer algo original, sólo por el hecho de saber que lo hacía: era el deseo de conocer. Nunca me ha abandonado. Me incliné más por el blues y por el jazz y no ahondé en la música clásica. No entonces, al menos. Fue mucho después cuando me interesaron las orquestas y los cuartetos de cuerda. La culpa la tuvo un profesor de Dibujo que tuve en el instituto. Hizo algo que no entraba en sus planes, pero que consiguió absolutamente: me animó a escuchar la música con todos los sentidos abiertos. Rafael Mesa animaba a sus alumnos a que acudiesen a los conciertos que se programaban en la ciudad. Fui a muchos. Eran pequeños, admito ahora. Un grupo reducido que tocaba piezas cortas. Guardé los programas de mano, pero acabé perdiéndolos. Allí estaría Haydn, Mozart o Brahms. Uno debe ser agradecido. Da igual que hayan pasado casi cuarenta años. De no ser por Don Rafael, es posible que yo no estuviera escribiendo ahora. Quizá sean Brahms y Parker y Hooker los que hicieron que yo abriese los sentidos. Creo que siguen abiertos. A veces, en cosas que me interesan menos, suelo cerrarlos un poco. No es a posta, no persigo un fin, no hay una voluntad de menospreciar lo que se me ofrece. Tal vez es un mecanismo de defensa o una medida que me faculta para procesar todo lo que veo y escucho y leo y siento. En ocasiones, cuando aprecio una película, un disco o una novela, pienso en todos las películas, en todos los discos y en todas las novelas que no veré, escucharé o leeré. Ese ansia es enfermiza, lo sé. No es curable, no hace falta que ninguna medicación me consuele. Se está bien en esa bendita locura, en la de tener los sentidos abiertos y aprovisionarse de todo cuanto se nos pone a mano. Es bonito pensar (pero no es real, es interesado, conviene a este texto tan sólo) que todo empezó el sábado en que fui a La Corredera con Antonio (creo que fue Antonio) y compré aquellos tres discos. Luego me hice fiel al jazz. Allí descubrí a Chet Baker y a Ella Fitzgerald. Hace un rato, sin mucho volumen, yendo y viniendo de la fiebre que me postra hace unos días, he escuchado a Brahms. La Sinfonía número uno es a la que más he vuelto. No entiendo mucho, ni de Brahms, ni de Parker ni de Hooker, pero esa composición la comprendo y ha sido compañera de mis viajes (interiores todos, no crean) durante muchos años. Conversan flautas, clarinetes y trompetas. Don Rafael decía que había que abrirse de orejas (luego eso fue una película de Stephen Frears, Prick up your ears, con un principiante Gary Oldman) y eso es lo que estoy haciendo. Abrirme de orejas, lo que pueda, lo que recuerde.

8.2.18

Palabras para mi padre


La cabeza de mi padre es una jaula. La pueblan sus fantasmas. No entendemos, hablan sin que podamos comprender lo que dicen. Unos días están de un manso que desconcierta y otros, los más, de una ira que desconsuela. Todo se le acepta, nada se le reprocha. En realidad tengo a mi padre ahí al fondo, oculto, incapaz de hacerse ver y contar lo que barrunte esa cabeza perdida y melancólica. Yo mismo, a fuerza de trasegar con esa flaqueza suya, me he percatado de que en ocasiones flaqueo también. Tampoco es nada que pueda reprochárseme. Andamos los dos (los tres si cuento con mi mujer, que me sostiene y la sostengo en lo bueno y en esto malo) buscando la manera de que lo que dicen los fantasmas. Quizá a fuerza de convivir con ellos sepamos un poco del interior sacrificado en el día en que la sangre fluyó sin orden ni juicio y todo se violentó como una caja de petardos a la que se le prende la mecha. Luego se calmó el incendio. El fuego dejó campo libre a los fantasmas. Ellos ocuparon la parte derrotada por las llamas. Visto de cerca, ahora está mirándome con la dulzura que a veces ofrece, se ve el humo de esa batalla que devastó su cordura. Cuando no llora (el llanto es un idioma en el que se expresa mejor que en ningún otro) balbucea febrilmente. Igual desvaría enteramente y creemos que de verdad hila con tino, pero nunca hay manera de tener certezas con él.  Me duele que hayan sobrevenido los fantasmas, manejo con dificultad el modo de lidiar con ellos. Escribo porque me tengo que explicar las cosas. Siempre me confortó la escritura, encontré en ella el alivio o el júbilo o las dos cosas juntamente. No es así ahora, no es ese el anhelo que ansío. Esta es una deuda que tengo con él. En cierta ocasión, hará unos años, me pidió (a su poco sutil modo) que escribiera sobre él en mi blog. Entraba a diario y se lamentaba de no saber comentar en las entradas. No lo hice. No supe o no quise, qué más da. Lo hago ahora. Antes pudo haber sido. No me culpo. Se escribe antojadizamente. Lamento que no lea. Ni este ni otro escrito, mío o ajeno. Lamento que no entienda o que lo haga a bocados. Fieramente a veces. A dentelladas si le parece bien. Tiene todo el derecho del mundo a desquiciarse. En su cama, mermado y débil, está construyendo un mundo para sí mismo. Todos tenemos uno, lo vamos levantando a diario, incluso sin percibir esa lenta obra de ladrillo basto o de fina y labrada orfebrería. Pero el suyo es secreto. Una jaula. Él, ahí adentro, conversa con sus recuerdos. No tiene otra cosa. Uno puede vivir en esa felicidad recuperada. Tendrá los paseos que no es posible que dé ahora. Estará en Roma o en Santiago de Compostela. Es el mejor lugar para viajar, la cabeza. La suya siempre tuvo expediciones de interés. Conocía la literatura popular y entonaba a Lorca de memoria. Fue al cine siempre que pudo y anotaba en una libreta las películas que veía. Adoraba a Ava Gardner, quién no. A la zaga, sin que supiera bien por cuál decantarse, Rita Hayworth (él la nombraba Margarita Cansinos, su nombre auténtico) o Sofía Loren. Entre la zarzuela y la copla entretuvo su ocio en los muchos años que trabajó como un mulo, quién no entonces. Fueron años duros. Felices también, quiero pensar. Los tendrá a cobijo, entre los fantasmas. No permitirá que se los roben.  Ahora no puede distraer su vejez como querría, no está facultado para poner el Spotify como hacía últimamente y buscar el último disco de Pastora Vega o de Arcángel. Quizá le canten secretamente. Quizá todo exista todavía dentro de su cabeza, aunque nosotros no podamos saberlo. Ahora duerme o llora o se queja de que el aire acondicionado de la habitación de la residencia (bendita residencia) está puesto a más temperatura de la que él precisa. Lo expresa a su manera. Hay cosas que los gestos traducen todavía. En este momento, un poco adormecido, cogiendo el sueño de la media tarde, me mira y se pregunta qué hago con el móvil, la razón por la que escribo. Agradece que se le bese y se le abrace. Es su puerta de retorno a lo que fue. A diario le contamos cómo está el mundo. Si todo sigue manga por hombro o se arregla el desvarío de los hombres y suena la música por las calles. Sigue sonando , papá. No deja de sonar. 

6.2.18

Las puertas


                                      Fotografía: Joaquín Ferrer (Bodega El Alfolí, Lucena)

Una puerta es una invitación a un secreto. También una frontera. El hecho de que haya puertas es un principio de hostilidad.

A las puertas las condenan las llaves. El hecho de que haya llaves es otro principio de hostilidad.  Detrás de las puertas puede haber otras puertas. Una llave puede ser el fantasma de otra llave.
La vida es un desatino de puertas. Vivir es cerrar unas y abrir otras, pensar que no volveremos a ellas o que nuestra existencia completa pasa por cruzarlas.

No se ha escrito mucho sobre las puertas, que yo sepa. Tienen más predicamento mobiliario las ventanas. En la literatura, sin embargo, dan un juego fantástico. El cine las acogió con entusiasmo. Eran una opción barata, bastaba el ingenio del guionista. Lubitsch era capaz de sugerir más con una puerta cerrada que otros directores con una bragueta abierta. Así o de parecida manera lo dejó dicho Fernando Trueba.

En el lado feliz le debemos mucho a las puertas. Cierran alcobas para que el ingenio lúbrico obre a su antojo y no le incomode la injerencia torpe del azar. Parte de lo que somos, una parte considerable y festiva, nace con una puerta cerrada. En mi pueblo era pieza habitual verlas abiertas, en las calles, ofrecidas y puras. Sólo se cerraron cuando entró quien no debía, el que ni llamaba ni era invitado.
Las hay hermosas y huérfanas de encanto, grandes de castillo o pequeñas de alacena, macizas y huecas, correderas o abatibles, giratorias, blindadas, livianas, acorazadas, de madera humilde o regia, de aluminio o de descastado plástico, pero todas cumplen la misma función: la de preservar los objetos o la de estancar el vértigo de la luz o el trajín libre de los pasos.

Son el símbolo de la intimidad absoluta: una puerta, cerrada enteramente o abierta de par en par, es una extensión del miedo de quien la mandó levantar. Miedo a que entre en las casas lo que no conocemos, miedo a que todo sea luz y exhibición.

El cuerpo también fabrica sus puertas y hasta idea qué llaves les convienen y a quién entregárselas. El anhelo a veces es franquear las de los demás y revisar las nuestras, no permitir que nada las derribe, ni dejarlas inadvertidamente abiertas para que las rebase quien no deseamos. En realidad todo el cuerpo es una puerta, una sin apariencia de puerta, sin arco ni pestillo ni pomo ni quicio. Hay días o fragmentos de un día en los que las abrimos alegremente, dejamos que entre el mundo y sentimos los olores y los abrazos y las palabras que se nos dicen, pero también hay días en que no se abren, no hay voluntad para ejecutar ese gesto, incluso se vigila que nadie lo haga por nosotros o que el azar no decida por su antojadiza cuenta y deje el interior a la intemperie.

Hay quien cree que es bueno tener muchas puertas. Se ve gente con un puñado imprudente de llaves. Parece que tienen mucho que esconder o son muchas las propiedades que poseen, todas a recaudo, protegidas por la fortaleza de las puertas.

La Historia de la Humanidad es, en cierto modo, la Historia de las puertas que se han ido poniendo aquí y allá, levantando y derribando según las costumbres o la necesidad.

Detrás de las puertas, en ocasiones, hay personas. Entonces no se sabe bien si procede que las cierren o no. Abrir una tras las que descubres una conversación o un desahogo amoroso de amantes o el descanso de quien lo precisa produce zozobra, ese apuro sincero de quien sabe que ha vulnerado la privacidad ajena. Es para eso para lo que se pensó en que existiesen puertas: para que podamos huir del mundo y clausurar su fiebre, para que sepamos que hay un lugar de su vasta extensión que nos pertenece y al que accedemos únicamente nosotros.

Tal vez sería mejor que no las hubiese. Un mundo sin puertas, qué dislate. No habría pudor, no tendríamos la vergüenza de mostrar a quien pasara cerca el cuerpo que acabamos de desnudar. No tendríamos objetos que guardar, nadie anhelaría lo que está tan a la vista, tan al alcance. Quizá desaparecerían las guerras si no hubiese puertas. Como aquella canción de John Lennon en la que imaginaba la ausencia de posesiones y de religiones. Una hermandad de hombres, dejó dicho. Hoy dirían que aparta a la mujer de esa fraternidad.

Qué puritanas son las puertas.

4.2.18

De haber Dios, está en la espesura, está en lo hondo, está inventando pájaros




Night shadows, Edward Hopper

Ver está sobrevalorado, me dijo K. Se le concede a lo invisible una autoridad moral que no tiene lo sensible, lo que registra el ojo. Esa orfandad de la realidad ha fabulado dioses y ha levantado iglesias. Si la humanidad no hubiese cerrado los ojos del cuerpo y abierto los del alma, no sé qué sería ahora de nosotros, no alcanzo a comprender hacia dónde habría ido la Historia. 

Anoche mi amigo K. estaba caído del lado metafísico. Se le ocurrió esa idea, sacó el móvil del bolsillo interior del abrigo (uno recio, de paño, con cuellos que se alzan y cubren el cogote y las orejas) y apuntó en Notas esa idea que acababa de rumiar. La escribe por no perderla, me confiesa. Lo que no entiende es la razón por la que de pronto esas ideas prorrumpen, ocupan su atención y lo distraen de cualquier otra cosa que estuviera haciendo en ese momento. Por más que ha pensado en eso, en comprender el nacimiento de cada pequeña inspiración creativa o poética o intelectual que le sobreviene, no ha llegado nunca a ninguna conclusión, nada que compartir con los demás o con lo que partir él mismo y poder indagar más. Se preocupa mucho K. de estos asuntos. Le digo que no se maree más de la cuenta. Que quizá no haya manera de desentrañar esa incógnita suya. Pasa lo mismo con los sueños, le digo.  No teniendo ningún sueño pies ni cabeza, el que tuve anoche fue un desquicio sobresaliente. Ni pies, ni cabeza, ni corazón. Porque tuvo un curioso (e inédito, que yo recuerde) punto de crueldad. Le relaté con más o menos detalle la trama que había salvado del olvido y le pedí que me absolviera de la terrible culpa que sentía. A soñar no se le da, en cambio, mucha importancia. Será porque todo lo soñado se desvanece con esa rapidez que suele y, de quedar algo, dura en la memoria una brizna irrelevante de tiempo y tampoco sabría uno armar con esos rescoldos un fuego fiable, una historia que no flaquee por ningún lado y podamos considerar propiedad enteramente nuestra. Uno sueña atrocidades sin que anide la culpa o el remordimiento. Los episodios felices, incluso los exultantes, los bendecidos por todos los ángeles de la dicha, tampoco llegan para quedarse. Se retienen escenas sueltas, se puede hilar un argumento fragmentado, que pide con urgencia que le incrustemos los trozos que no posee. Esa escritura invisible la ejercemos todos, le digo a K. Quizá hemos venido al mundo a contar las cosas que no vemos. Por eso no hace falta ver para comprender la naturaleza primordial de las cosas. Lo que no se justifica por la razón o lo que no cuadra con la ciencia (la poca o la mucha de la que dispongamos) se normaliza con la invención, con la literatura, con la fe, con los sueños. No hay día en que no deseemos recibir nuestra cuota de fantasía. Son los cuentos los que nos salvan. Los creamos o los crean para nosotros, pero no hay día en que no nos seduzcan. La realidad es insuficiente, la verdad no satisface nunca, la luz no llega a todos los rincones. Pensamos en pájaros y los escuchamos volar por encima de nuestras cabezas. Sabemos que no están, pero creemos en ellos. La fe es esa voluntad contra la que nada puede hacer la realidad. El porqué de elegir pájaros en lugar de cualquier otra criatura es lo que todavía no puede explicarse sin entrar en la fronda de un bosque virgen. Tal vez no pueda explicarse nunca. Dentro de ese espesura está Dios o no lo está en absoluto, si es eso lo que preguntas, K. De existir es en ese bosque en donde anda, en el follaje, en lo tupido, en lo que ni las manos (por mucho que aparten) logran aclarar. Se entra a ciegas, se pasea en la confianza de que seremos guiados, de que nada malo nos ocurrirá. No estoy hablando de la religión o no sólo estoy hablando de ella. Ese bosque es la literatura o es la música o es el amor. 

3.2.18

Escaparatismo



                                                                  Fotografía: Aitor Lara


No sólo miramos lo que deseamos. En ocasiones, la mirada sanciona o se espanta o adquiere ese grado de perplejidad con el que construimos nuestra idea del mundo. Se mira con precaución a veces. No se sabe si lo mirado nos turbará eventual o duraderamente. A mí me fascina el modo en que la gente ve los escaparates. Lamento no poder estar afuera de mí y comprobar sin estorbo el modo en que yo mismo los contemplo. Disfruto mucho los de libros, me pierdo en las portadas, en cómo el librero los ha dispuesto para que unos estén más ofrecidos que otros. También me entusiasma (es verdadero vicio) la mezcla de géneros, de autores, si alguno favorito mío, qué digo yo, Ian McEwan, está exhibido a la vera de alguien que no me agrada particularmente, Murakami, o me repele sin discusión, Paulo Coelho. Detrás del cristal están los tres (McEwan, Murakami, Coelho) y pareciera que anhelan que posemos en ellos la mirada, reclamando su ángel escondido, su tesoro oculto, en fin, la literatura (la buena o la deplorable que puedan tutelar en sus páginas).  Los escaparates tienen vida propia. Hace mucho que pienso que son algo ajeno al trasegar de las cosas, como una especie de universo incrustado en el nuestro, pero al margen de él, encapsulado, frío e insensible o voluptuoso y cálido y entrañable. Algunos son como un reflejo de quienes los admiran o los rechazan. Hoy, viendo uno de zapatos y de botas, imaginé lo difícil que sería para mí montarlo. A su manera, ese escaparate tenía un orden, un criterio manifiesto sobre el que ir dejando unos y otros hasta satisfacer a quien los coloca. Me pareció que estaba saturado, no cabían más zapatos, pero al tiempo, sin que yo entendiese el porqué, ese abuso magnificaba la imagen igual que una masa orquestal súbitamente desgañitada en un pasaje sinfónico magnifica la melodía y la iza y la convierte en ocasiones en un himno. La mercancía del escaparate es el escaparate mismo: no el zapato plano o el libro de Murakami o el traje de noche que la maniquí lánguida y aburridamente viste. Pero el escaparate sale afuera, se extiende a quien lo observa y camina con él y hasta ocupa un lugar más o menos duradero en su memoria. De pequeño me prendaba delante de los de dulces o de juguetes. Luego fueron los de equipos de alta fidelidad (ya no existen esos, ya no existen esos) o los de discos. Era la época de los vinilos. ¿Recuerdan? Esos discos grandes con fotografías que eran también un escaparate o una invitación a degustar lo alojado en su interior. Ya no hay nada eso tampoco. Murieron los discos. Ahora la mùsica funciona en soportes invisibles, no se ve la música. De verdad que es el ojo el que hace la primera pesquisa, él es quien hurga y quien se apropia de la existencia del deseo mismo. Más tarde la inteligencia lima y censura y nos hace creer que ha sido un proceso madurado, pero son arrebatos de pasión pura. Queremos esos zapatos, queremos ese libro, queremos ese amplificador. Da lo mismo que a un lado del cristal exista un mundo que no tiene nada que ver con el otro. Sucede a veces. Muchas más de las que debería.

2.2.18

In vino veritas


He escrito dos sonetos en mi vida. Quizá me faltó disciplina, me envalentoné sin que esa osadía diese una restitución cabal de lo que yo rumiaba adentro y decidí rendirme, no hacer lo que otros hacen con más oficio. Se me enfadaron las palabras (sí, a veces, se enfadan y turban a quien cree estar al tanto de su manejo) y prometí, un poco por respeto y otro poco por incapacidad, no pisar de nuevo ese noble y difícil género. Ayer, tomando un té verde con Francisco López Salamanca, me hizo leer este soneto de unos poetas que yo conocía de oídas, al menos de uno de ellos, Carlos. Hay tanta poesía que no se conoce, tanta oculta y a la espera. Hoy, caso de que caiga una copa de vino, pensaré en ángeles escondidos, en la sangre agasajada por el fulgor del galope del oro de la copa.

EL ÁNGEL DE LA COPA

Sobre la mesa está la copa llena.
La copa tiene un ángel escondido,
Ángel para beber, ángel bebido,
que salta y suelta al vino su melena.
Vacía ya la copa. No. No suena
el ángel por aquí. ¿Por dónde ha ido?
Pasó el puente del labio y va perdido,
sangre arriba y abajo, por la vena.
Sangre arriba y abajo canta, encanta,
viene, se va, se tumba, se levanta
y trina treinta trinos de jilguero.
Caballero de sol, luego, galopa,
y en su capa se escapa, ya sin copa,
camino de Dios sabe qué lucero.

Antonio y Carlos Murciano (El ángel del vino y otros duendes, Caja de Ahorros de Jerez, 1984)

30.1.18

Una historia del corazón


El corazón es un cazador solitario.
Carson McCullers

No confundas el tic tac del reloj con latidos. El tiempo no tiene corazón.  
Miguel Cobo

Se le hace poco aprecio al corazón, no se le mira, apenas percibimos su abnegada contribución a que el resto de las piezas de la maquinaria del cuerpo funcione y podamos ver los árboles y el cielo y tener las palabras y olvidar los duelos. En ocasiones, escuchamos cómo se envalentona y sentimos que puja adentro y se encabrita. Anoche creí que, en su pugna, obcecado en cosas suyas, se liberaba y huía de mi pecho. Al abrir los ojos, aunque la oscuridad me cerniera y no tuviese luz que me distrajera de lo que me atemorizaba, comprendí que era bueno y era fiel y me amaba. Uno tiene que llevarse bien con quien le conduce y le arropa y le acuna. Tengo con mi corazón el más grande de los afectos. Le profeso una devoción antigua y honesta. Tal vez le desatienda en ocasiones, no le cuide y, a la vez, le pida que sea yo al que cuide él. Es fácil olvidarse de que existe, no hacer aprecio de que es nuestro, darnos únicamente cuenta de que late cuando le echamos a correr o cuando la emoción o el amor o el miedo nos embarga. No sé el porqué de estos descuidos, no sé muchas cosas tampoco. Sé que cuenta las sílabas del poema que soy. Hace ese cómputo en secreto, sin alardear de la cifra, sin que nadie se asombre, sin caer en lo fácil, en decir llevo toda la vida haciendo a solas mi trabajo, el que me encomendaron, no es que sea el mejor de los trabajos, pero es el mío, lo hago lo mejor que puedo, me esmero en pasar desapercibido, en no hacer ver que estoy aquí, pero hay ocasiones en que se me pide más de lo que puedo ofrecer, me hicieron depositario de las pasiones, dicen de mí que no pienso, no me trajeron para pensar, respondo, no confundáis el tic tac del reloj con latidos, el tiempo no tiene corazón, el tiempo avanza como una flecha loca, el tiempo es lo que estoy hecho, me acabaréis dando un disgusto, me vais a matar, me vais a matar. Vamos los dos a una, mi corazón y yo. Unas veces es dulce el confort que me procura; otras, según su antojadizo criterio, es un invitado grosero, que se encorajina o se turba o se agría sin que yo pueda evitar esos desaires. Es de amor lo que más le exigimos. Nos han contando que el corazón es el timón (el báculo o la llave, todo vale) con el que el amor se vale para avanzar, incluso para permanecer tan sólo. Lo hemos visto dibujado en troncos de árbol, en paredes de casas viejas y en hojas de papel de cuadernos de colegio. Hay miles de canciones hermosas que hablan del corazón y dicen de él lo que sólo los poetas, cuando les asiste el numen, podrían. Mirado con detenimiento, abierto para comprobar su peso o su textura, su nervadura y su firmeza, no es gran cosa, es una masa viscosa, un obsceno cuerpo del que sabemos que tiene cámaras y túneles, vasos que comunican y líquidos precipitándose por ellos, anegando cavidades, fluyendo nerviosamente. Observado de cerca no se advierte su nobleza, esa persistencia suya por continuar, sin saber por qué y hasta cuándo, pero continuar.

28.1.18

Uno mismo



Uno tiene de sí mismo menos conocimiento de lo que parece. Se maneja bien o no se maneja bien en absoluto, pero suele carecer de certezas de las que valerse para garantizar un proceder u otro. Cree saber qué hacer, exhibe cierta compostura y hasta, en ocasiones, se comporta con aplomo, hace que las cosas discurran a su entero beneficio y conoce la manera de apartarse de las que no le convienen. No sirve lo hecho hoy para lo que concurrirá mañana. De hecho lo único verdaderamente fiable es que tendrá que improvisar ante las novedades para tener propiedad sobre ellas y actuar eficazmente cuando acudan de nuevo. Pero los días se esmeran en ponernos a prueba, no hay ninguno en donde todo sea calco del anterior o de cualquiera vivido pretéritamente. Es el azar el autor de la trama de la novela que somos. Él maneja los paisajes y la música, pone y quita los personajes principales y secundarios eventual o duraderamente presentes en ese argumento. Se está tan en vilo, es tan frágil la trabazón de las cosas que merece poco o nada la pena creer que hemos llegado a algún sitio o que hemos alcanzado un punto idóneo de seguridad personal y de confianza en nosotros mismos. A veces se tiene la sensación, nunca refrendada, de que conocemos mejor a los demás. Tal vez sea cierto. Se ven con más perspectiva y hondura esas cosas si se coloca uno lejos de ellas, sin interferir en demasía. Por eso no es fácil ese conocimiento personal. Porque estamos dentro y se requiere una cierta distancia para poder observar sin estorbo emocional, sin que se malogre la visión por un excesivo interés en que sea enteramente satisfactoria. Por otra parte, no tener ni idea de cómo responderá uno a lo que buenamente ocurra es maravilloso. Es como ser otro siendo quien se es, sin renunciar a lo ya ganado, a toda la experiencia que tenemos, a la memoria amasada y al olvido sacrificado. Tiene su parte buena (excelente a veces) y su mala esa ignorancia. Falta quizá una pedagogía que nos ayude a trasegar con estas circunstancias. Falta un asidero fiable, no uno que nos asiente al suelo, sino uno que nos haga comprender (y aceptar) la invariable movilidad del suelo.

26.1.18

Alguna de las cosas que no podrá uno sentir nunca



                                                                   Vladimir Horowitz


No haber sido nunca Vladimir Horowitz, no haber tocado las seis sonatas de Scarlatti o la tercera consolación de la balada en fa menor de Chopin  o una polonesa de Rachmaninov ante un público entusiasta.

No haber sentido la unánime admiración del público y haber regresado al hotel con el corazón henchido y el alma colmada.

No haber podido conciliar entonces el sueño, cerrar los ojos y no pensar en nada o pensar en algo de un modo difuso, poco nítido, con la consistencia más débil posible, la que invita a que la conciencia cese su vértigo y su fiebre.

No haber escuchado el eco de todas las piezas tocadas, repasar cada pulsación en el teclado, el eco de la melodía yendo y viniendo del aire a su cabeza.

No haber sentido el peso del mundo, que es amor, notar que lo abraza y dormir escuchando la palabra de Dios, que es como el ruido que hace el universo cuando respira.

No haber sido una vez, aunque sea una única vez, Ronald Reagan y haberle entregado la medalla de la Libertad en la Casa Blanca en 1986, después de haber tocado en el Carnegie Hall.




Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía...



En los Estados Unidos de Trump existe una antigua celebración libresca consistente en elegir qué libros deberían prohibirse. Lo que hacen es consensuar los que no son convenientes por las causas que fuesen. Listar esas causas, argumentar los motivos de la censura, no entra en ninguna de sus actividades: se limitan a censar el mal, en avisar, en poner un lazo rojo bien visible sobre las obras irreverentes o promiscuas o revolucionarias. En estos tiempos de neopuritanismo me extraña que no hayan empezado por aquí a prohibir libros. El modo en que están sucediendo las cosas induce a pensar que esa cruzada empezará pronto. Dirán que son dañinos de un modo u otro, que envilecen a la mujer o hablan desvergonzadamente de Dios (de cualquiera de los muchos disponibles). Hoy en día sería complicado que un libro como Lolita adquiriese renombre o que las instituciones se embarcaran en la empresa de festejar su existencia al modo en que lo hacen cuando otras novelas cumplen años y las escuelas se emperran (a veces abusivamente) en declarar lo importantes que son y lo que nos perdemos si no las abrimos. Lo que hizo Nabokov, en esencia, contarnos las venturas y desventuras de un pedófilo vertidas por él mismo con exquisita sutileza, en la que Humbert Humbert (el depravado en cuestión, por decirlo hirientemente) explica cómo se enamoró de una muchacha que todavía no poseía la edad del consentimiento sexual (nínfula las llamaba) y de cómo lo enloqueció y le hizo descender al más terrible de los desánimos. Los doce años de Dolores serían ahora un obstáculo enorme, insalvable tal vez. Nabokov, el pobre, sería visto mal, peor de lo que fue visto entonces, en 1955. Habría (imagino) grupos de opinión que la rechazarían sin ambages, considerando que no es lectura sana o que su difusión rebajaría la moralidad (la escasa que quede, a decir de ellos) de la ciudadanía, por la que se debe velar y cuidar de que libros como ese no caiga en sus manos. Lolita es una obra maestra de la literatura, una explosión de belleza y de sensualidad, un paseo por el lado oscuro, un descenso (otro) al infierno que cada uno lleva adentro. Porque todos tenemos uno. Los libros, los buenos, hacen bien en evidenciar que ese infierno existe y, agazapado, espera el momento de ofrecerse y perturbarnos. Qué delicia poder sentirnos zarandeados, desplazados de nuestro punto de confort, conducidos a otro, uno seguramente menos fiable, más cercano al vértigo, pero es el vértigo el que hace que el mundo gire, es el asombro puro, es (déjenme, me estoy emocionando) la literatura que sangra la que nos hace mejores, la que nos derriba y nos pone nuevamente en pie. La ambición puede ser también de índole sensual: uno puede desear ser sensible hasta que el alma se le agrieta de placer. Eso (algo parecido a eso) vivió H.H., el personaje inmortal de Nabokov, pero era literatura, era la ficción que se imponía a lo real. El problema, a mi entender, es no saber qué es ficción y qué no o cuando la realidad deja de existir y toma su lugar la ficción, dicho de otra manera. Se tardará en entender que una persona que escriba es una persona y un escritor y no siempre tendrán que ir ambos de la mano. La América puritana de los cincuenta no publicó Lolita. Cuatro editoriales le cerraron el paso o no se lo abrieron, no sé. Fue una pequeña editorial francesa la que se atrevió. Años después fue un libro de éxito discreto hasta que Kubrick la llevó al cine en 1962. Más el libro que la película, Lolita es un triunfo absoluto de la libertad. No porque se recree en lo turbio de la historia que se cuenta, sino porque el tema en sí, lo escabroso de su trama, se eleva por encima de la sociedad y cuestiona al lector (al atrevido lector de entones, al de ahora) la posibilidad de que el amor (ese amor enfermo que Humbert Humbert pide que entendamos a cada momento, en casi cada fragmento, como si estuviera exculpándose o mendigando un perdón que no sabe si merece) triunfe también. Esa ola de puritanismo es mala, es mala de verdad. Hará mal y costará borrar la costra de falsa rectitud con la que ensuciará las líneas de las novelas y las imágenes de las películas.

25.1.18

So what (once again)

El hecho de que haya días en los que no oiga ni una sola nota de Miles Davis no incomoda mi absoluta rendición a su genio, no modifica la certidumbre de que está a mi lado, atento a que le llame. Viene, se deja querer, asoma su cara de pocos amigos (la tiene, no hay duda a ese respecto) y me invita al festín de su trompeta. Grabó cientos de discos, se hizo acompañar de cientos de sidemen e influyó a cientos de músicos que influyeron a cientos de músicos. La estadística no es mensurable, ni estadística es siquiera: no hay manera de manejar todos esos datos, saber con cierta seguridad hasta dónde llegó su música. Miles Davis es el jazz como Bach o Mozart son la música clásica. Escribir sobre Miles Davis es un placer: uno no necesita acudir a otro sitio que no sea el corazón y es ese músculo el que consiente las palabras y da la medida exacta del amor que se puede profesar por un músico.

Es cierto que hoy no he escuchado a Miles Davis, pero sé que no tardaré mucho. Tal vez mañana cargue mi bendito Ipod con A Kind of blue, el mejor disco de la Historia del género, (So What, Freddie Freeloader, Blue In Green, All Blues y Flamenco Sketches), y escuche So what, los ocho minutos más maravillosos que este cronista de sus vicios haya escuchado. Haré todo eso y me perderé como suelo en la perfección. Existe. La perfección dura ocho minutos. John Coltrane "Cannonball" Adderley ,Bill Evans , Wynton Kelly...Además mañana es viernes. No creo que pueda haber mejor plan.

Todas esas piedras en los bolsillos


Hoy San Google saca a pasear a Virginia Woolf. Este jueves hubiese cumplido 136 años, fíjense qué edad más increíble. o qué festejo más absurdo. Juan M. me dijo una vez que Virginia Woolf era la escritora que se había metido en un río con piedras en los bolsillos y ya no había salido. No debiéramos saber nada de los escritores que leemos, ni de los actores y actrices que vemos en las pantallas. Puede suceder que algo de sus vidas nos incomode o incluso todas sus vidas enteras. Mi admirado Louis-Ferdinand Céline parece que fue tan mala persona como buen escritor. Borges, en ocasiones, con su habitual escasa fortuna en las declaraciones políticas, se dejó querer por ciertos extremismos (anhelaba un anarquismo inteligente, sostenía que la democracia era un abuso de la estadística). Ahora fustigan a Woody Allen. Unos dicen que humilló y violó y todas esas cosas terribles y otros que nada se sostiene, que todo lo urde Mia Farrow, por puro odio. Hasta el ayuntamiento de Oviedo se plantea (otra iniciativa precipitada y absurda) retirar la estatua del maestro que ocupa una de sus más concurridas calles. Deberíamos acercarnos al arte sin mirar a quien lo vuelca. No saber que Virginia Woolf se tiró al río para no volver a salir jamás o que Mishima se hizo el harakiri o que Poe fue un pobre hombre, comido por la absenta y por la indigencia. Nada de eso es importante. Deberíamos oír la música como el que escucha cantar a los pájaros al romper el día, sin deseo ni necesidad de conocer qué melodía ejecutan, si pertenece a un género o si el autor la hizo en su juventud o cuando ya coronaba la edad postrera. Se nos educa para que estemos al tanto de todas esas biografías. Forma parte del negocio, es un requisito indispensable de la cultura, qué sé yo. Se lee a Woolf con la idea de que acabó hundida en el río. No sabemos qué fue de las piedras. Yo me quedo con Mrs. Dalloway y lo que le pasó aquel largo y aprovechado día. Estaba un poco loca, pero era adorable.

24.1.18

Polvo en el viento


En una conversación casual, cuál no lo es, escucho (leo más bien) que se escribe mejor desde la serenidad. Lo dice alguien a quien leo habitualmente, alguien que escribe y lo hace admirablemente, a mi entender de lector. No he tenido yo la mesura de la que habla o la he tenido a trozos, sin que el aprecio que pueda tenerle la convenciera para que se me acercase con más frecuencia y se dejase querer o me iluminase (inspirase) para que escribir (lo que hago a diario, algo con lo que de verdad disfruto mucho o sufro mucho, según con qué o cuándo) fuese una actividad que dominara más, con la que me pudiera expresar mejor o agradara más a quien, también casualmente, viene por aquí o por mis libros y permite que le cuente algo y se deje contar. El hecho de escribir es una transgresión, un dejar constancia de algo que no debiera ser registrado. No sé qué falta hace que yo ahora, cerca de la cena, después de un día de verdad ajetreado por unas cosas y por otras, me siente, abra el editor del blog y haga esto y no otra cosa, no sé, ordenar los libros (algunos hay que no están donde debieran) o preparar en calma la cena, mientras mi mujer acaba de corregir unos cuadernos. Nunca supe explicar los porqués, por más que me haya esforzado en comprender qué me mueve a hilvanar y deshilvanar. Tengo un par de amigos (Antonio, José Antonio) con los que hablo de libros y de escrituras. Los dos me animan, cada uno a su manera: me dicen cosas que me fuerzan a continuar, puede ser cierto. Lo que me ha hecho pensar es eso de que se escribe mejor desde la serenidad. Tal vez es vivir de lo que estamos hablando. Que escribir es una circunstancia añadida a la vida, no una extensión de ella, sino un aditamento, un extra fácilmente reducible o aplazable o eliminable también. Lo de escribir (vuelvo a ese leivmotiv mío) no cansa, no produce fatiga: yo escribo como respiro, lo cual no expresa nada de la calidad del aire que se inspira o del que se evacúa cuando ha llegado a donde debe, sin dejar ningún resquicio del cuerpo atendido. Escribo porque llevo treinta años largos haciéndolo a diario. Está la costumbre, está la inercia, está la cabeza exigiendo su cuota diaria de texto. El día en que no escribo me siento como el que corre a diario o el que se administra su ración de alcohol o de nicotina o de telenovelas en la sobremesa. Cada uno gobierna su rutina. Ella parece que va a lo suyo, pero somos nosotros los que la guiamos hacia un lado o hacia otro. La mía es igual de exótica o de sencilla que la de los demás, no hay ningún motivo para que yo piense distinta cosa. No he tenido nada que otros no hayan tenido, no he hecho nada que otros no hayan hecho, no he sentido nada que otros no hayan hecho. En algún momento en que he sospechado que no soy igual que los demás me he conminado a retirar esa certeza de inmediato. A K. le fascina que ocupe mi cabeza en estas liviandades, puesto que son eso, cosas de una futilidad absoluta, polvo en el viento, como cantaban Kansas, qué buen grupo, aunque los recordemos por esa pieza, qué gran pieza, qué buenos recuerdos me trae.

El hilo invisible


                                                           Fotografía: Elliot Irwitt


Uno peca por desconocimiento, las más de las veces. La mayoría de las veces no se peca adrede, no interviene la voluntad de esa delincuencia del espíritu: son los otros los que nos explican la falta que cometimos, no quien la hace, no el que atenta contra los preceptos de la moral o las leyes de la iglesia. Es más fácil pecar en domingo, que es cuando el creyente va más obligadamente a misa y cuando se expone con mayor riesgo a que le reprendan o a que se le exhorte a que confiese sus distracciones espirituales o sus perversiones más íntimas. El acto de contarle a un perfecto desconocido lo que consideras que hiciste mal denota un entusiasta desprendimiento, una disciplinada creencia en la bondad de las personas. Creer que esa persona es el medio por el cual se vale Dios para perdonar tus excesos es una especie de licencia poética. Siempre pensé que podría arrimarse el mismo Dios y escuchar lo que le confío. Que un extraño sirva de intermediario sólo añade una posibilidad de difusión. Mi pecado lo conoce otro, mi pecado no es una cosa ya enteramente mía. Si he obrado de mala fe (suele decirse así) o he cometido alguna acción contraria a las leyes divinas o las de los hombres, uno podría sincerarse con un amigo o con un familiar, alguien a quien aprecie o de quien espere un buen consejo o un consuelo. El hilo invisible que une al sacerdote con la divinidad es sustancialmente otro al que me une a mí con ella, podría pensarse. Todo ello en el caso de que exista ese hilo u otro de más arduo procesamiento: el de si existe la divinidad. Un amigo mío, al que veo poco o casi nada, decía que no tenía conciencia alguna de que pecaba hasta que pisaba una iglesia. Era ahí en donde se le venía abajo la felicidad (ilusoria y frágil) que había creído tener de lunes a sábado. Éramos jóvenes entonces y ya empezábamos a contarnos las cosas del mundo a nuestra inocente manera. Se nos ocurría invitar a Dios a la charla, nos ocupábamos muy seriamente de su presencia, ya fuese para abrazarlo (era una opción) o de repudiarlo (era otra, tal vez más aplaudida o aceptada). Todos somos teólogos y no se precisa el concurso de la fe para ejercer dicho cargo.

A Borges le fascinaba esa voluntad mística. También a Chesterton, que recuerde ahora. La ciencia (decía el bueno de Chesterton) es como una suma: es exacta o es falsa, no existe un término medio que podamos usar, ni propósito al que pueda servir. La fe, bien al contrario, no trabaja con la verdad o con su reverso: se limita a persuadir o a convencer y luego hace el resto del trabajo hasta que toda el ser persuadido o convencido cree de un modo infatigable, ajeno al decaimiento, sólido como una viga de hierro que creciese voluntariosamente hasta el mismísimo cielo. Chesterton decía de si mismo lo que yo estaría más que dispuesto a decir de mí ahora mismo, si me lo pidieran: soy una persona falible, soy de una simpleza rayana en la estupidez. No hay otra manera de manejar estos asuntos si no con la humildad del que no sabe o con el respeto del que, por mucho que crea saber, reconoce que no sabe nada aún todavía. Admiro a quien se confiesa en la certeza de que hay un hilo invisible que se iza mágicamente a las alturas inmarcesibles y que Dios lo escucha a través de las orejas de un señor que, circunspecto y cariacontecido, imagino, se apresta a ser el depósito de todo ese mal recién vertido, como si fuese un desagüe emocional, una especie de sumidero del alma. Hay cosas que no entiendo, de las que tal vez debiera no hablar o no hacerlo sin dejar antes claro que se está al margen o que sólo se refiere uno a ellas de oídas, sin que exista un vínculo, sin que hayamos sido llamados a comparecer, ni a hacer comentario alguno. Pero sin embargo está uno decidido a no estarse quieto y basta ver al párroco atender a su feligresía para que vengan a la memoria las charlas de la juventud, cuando Dios era una autoridad y se hablaba con reparo de sus cosas. No hay palabra que haya peor usada que Dios, no ha tenido casi nadie prudencia a la hora de mencionarla, se ha tomado (con el dolor de los fieles) su nombre en vano. No son ésas las cosas en las que ahora deseo pensar. Sólo he pensado en Borges y en Chesterton y en ese amigo que decía que la misa era una cosa de domingos, siempre que te trajearas bien (no siempre es así, en eso no estoy de acuerdo enteramente con él) y que llevaras un buen manojo de pecados con los que participar en el festín del espíritu. Siempre hay alguno del que informar, siempre está el alma al borde de precipitarse en el caos, siempre hay un infierno que nos invita a que visitemos sus estancias.

23.1.18

el poeta conoce todos los ruidos del universo




no sabemos qué vamos a hacer con la fiebre, no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, las botellas de cerveza vacía y las del tinto bueno y salimos a la calle, queremos ir al supermercado, pero antes es mejor dejar la basura en su sitio, arrojamos el plástico, las raspas del besugo, las latas de cerveza holandesa, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, en mi pueblo han puesto muchos, frente al súper hay uno, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, sale uno a pasear por ahì y admira toda esa modernidad, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza o que una iglesia de cinco siglos a la que acude la feligresía con el entusiasmo de la fe, los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construido un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, leen a whitman, declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo  que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia, dentro de la lluvia está whitman, está neruda, no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores, las horas crujen como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, la leche, el suavizante

llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro, las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórica, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que whitman, neruda y baudelaire sabían, el poeta conoce el ruido del universo, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, lee los apuntes, la letra extraña, escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo, uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en baudelaire hace poco días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en toñi yendo y viniendo por mi boca, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén, confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo sledgehammer a la medianoche, va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el cláxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, febrero es una fiebre de metales metafísicos, 

mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir en este blog textos automáticos, escribir por escribir, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de ésos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida iluminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro, a k. no le gusta whiman por sencillo, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en bill evans, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desastento, sólo presente si te dejas conducir despacio, pienso hoy en juan, en antonio, en walter brennan, qué gran secundario brennan, en whitman, en los países metálicos de la infancia sin libros, en el ruido que sólo escucha el poeta, en nadal que hoy se ha lesionado y no puede avanzar en la liza, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo, no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortázar que el frío complica siempre las cosas, y en ese plan es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro debajo del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, con todos los vecinos, los vecinos de izquierdas y los de derechas, los que creen en jesús divino y los que les pasan de jesús divino, los vecinos que no decaen nunca y los que están todo el día apesadumbrados, los poetas vuelven del campo con un racimo de versos bajo el brazo, con los pájaros que vuelven de otros países, con los pájaros benditos de las alas benditas, porque la poesía es un oficio bendecido y su aliento lo impregna todo, 

no sabríamos vivir sin la poesía, es quizá eso lo que hace que el mundo no se haya ido del todo a la mierda, que la poesía esté ahí, invisible, impregnándolo todo, aunque haya gente que no cree en la poesía, como hay gente que no cree en jesús divino, pero la poesía es un bien más alto que la creencia en un mundo superior porque la poesía ya es, en este mundo, no en ningún otro, un bien alto, uno de esos bienes nobles que pueden salvar al mundo del caos, pero el mundo va al caos de cabeza, me lo ha dicho hoy k, el país va al caos, pero el mundo está ahí afuera, yendo al caos, nos estamos muriendo y no nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, compramos la prensa, leemos las novelas nórdicas, bebemos café en las terrazas de los bares, pero el mundo se está desintegrando, ni siquiera hay un plan del gobierno, les viene grande el caos, no se les ha ocurrido convocar una reunión de poetas, poetas maximalistas, poetas minimalistas, poetas venéreos, muy lúbricos, muy salidos, poetas castos, pacatos, de una contención sobresaliente, juntarlos a todos y ver qué pasa, igual salen de la reunión con un par de ideas fantásticas, no sé, no entiendo yo de esto, pero me está viniendo esta noche ancho un párpado, otra vez el párpado de siempre, la realidad se obstina en contrariarme, se pone incómoda, como una mosca que se ha fijado en la bondad de tu piel, en la tersura de tu piel, en toda la formidable disposición topológica de tu piel y ha decidido echar las pocas horas que le quedan de vida en molestar al prójimo, al bienintencionado prójimo, la vida está llena de buenos prójimos, no dejándote respirar, ahogándote, convirtiéndote en un ser despreciable, despotricando contra la mosca, la mosca, la mosca, la madre que la parió, yo vi una en un cristal y pensé en machado, pensé en todas las moscas literarias que han pasado por mi cabeza, es mejor la mosca en el cristal, apabullando con su mezquina insidia que en la cabeza, comiéndote la moral, mordisqueando tu moral, haciendo trizas tu moral, como el tántalo aquél tan molesto también, que se obstinaba en perforar, en ahondar, en hacerte cóncavo, cuando tú solo quieres lo convexo, lo convexo sin fisuras, todo lo convexo bien argumentado, pero es tarde, se hace siempre tarde, el texto también se hace tarde, como un fluido, como el gran fluido de las palabras que no sabemos a qué lugar llega, si se queda, cuándo tiempo está a la vista, dispuesto, disponible, entrevisto, ofrecido, levemente mío, como si no lo hubiese alumbrado, como si de pronto se haya dispuesto un final para su existencia, quién decide esas cosas, quién pone el final al texto, qué cuesta añadir más, por otra parte, uno escribe, avanza, no piensa que haga daño a nadie, se alivia, encuentra consuelo, se trata de eso al cabo, escribir es encontrar consuelo, porque toca ir buscándolo, k. me dice que no haga estas cosas, que escriba pensando las cosas, no pensar no lleva a ningún sitio, escribir sin respirar, respirar sin escribir, no sé, no entiendo, no vale para nada escribir o no hacerlo, leer o no leer en absoluto, ordenar las ideas o tenerlas en un caos festivo y asomarse y ver cómo danzan, danzan desnudas las ideas, se abrazan y fornican, se abrazan y fornican, hoy se ha ido nicanor parra, don nicanor, leí a parra mucho durante una época, luego dejé de hacerlo, no sabe tampoco uno el porqué de esas retiradas de confianza, se lee a un poeta y luego no volvemos a tocarlo, a decirle que estamos bien en su palabra, la palabra es un país, es una residencia, es un festín para quien lo sabe

22.1.18

Una historia de la belleza




‘Vista del canal de la Giudecca con las Zatere’ (1757-1758)
Francesco Guardi


El Arte produce una epifanía inmediata. No sé quién escribió que estamos hechos para admirar la belleza, aunque no esté uno versado en qué consiste, ni posea los instrumentos con que la cultura nos fortalece y hace que apreciamos con más hondura esa revelación. Se admira un cuadro en la creencia de que cada pincelada tiene un propósito. Incluso el hecho de que no lo tenga, en el hipotético caso de que el autor campe a su aire y desoiga el canon y pinte como si fuese cada cuadro el primer cuadro, existe un propósito. En la vista del canal de Guardi lo hay de un modo nítido. Lo de menos es que se catalogue dentro de la pintura veneciana dieciochesca, pensada para que ciertos clientes ingleses la adquiriesen. Este paisajismo está orientado a restituir la profundidad del canal, su aspiración a integrarse en el horizonte y a arrastrar en su dinámica los edificios colindantes y la población diseminada de barcas. Nada de lo que seamos sobre el vedutismo (ese modo de pintar tan de Venecia en el que Guardi es un maestro) hará que disfrutemos el cuadro con menos entusiasmo que el avisado, quien sabe algo o lo sabe todo sobre las maneras y las influencias. A veces, cuando paseo un museo, siento esa orfandad, la de no tener a mi alcance la literatura de la pintura. Uno de mis anhelos sacrificados es el de haber estudiado Arte, no por ganarme con él el sueldo, sino por pasear los museos y sentir las obras de otro modo. Algo parecido me sucede cuando piso una catedral o una de esas iglesias imponentes. Aspiro la fe, la noto, creo en ella de un modo precario y frágil, pero no tengo todos los instrumentos, no sé lo que un creyente siente cuando se arrodilla y reza en ese espacio maravilloso que visito como el turista inglés visitaba Venecia en el XVIII y se llevaba a casa un cuadro de Guardi o de Canaletto. Para ellos la "Vista del canal" es un souvenir, una postal, una especie de evidencia de que estuvieron allí con la que entablar más tarde animadas charlas en el té con pastas de sus recargados saloncitos victorianos. Podemos vivir sin cultura y trasegar con felicidad nuestro paso por la tierra, pero la cultura nos pertrecha de vida también, una vida paralela o supletoria o canjeable a capricho por la vida fehaciente, por la de verdad, por la que puede prescindir de pintura y de fe, pero ay, qué felicidad más completa sería si uno pudiese estar atravesado por la sensibilidad suficiente como para permitir que la belleza lo traspasara y ahondara y calara de manera que todo respirase luz y nos tocara la gracia del entendimiento. También se transitan esos caminos en la orfandad, vacíos de nombres y de corrientes y de historia, porosos, sí, pero apartados de la cálida exposición a ella. 

20.1.18

Amor propio



La de ayer fue una tarde que no se pareció a ninguna otra reciente, nada tuvo de ellas. La ocupé viendo cine en casa. No se hacen esas cosas, se dejan para la noche, cuando se clausura el vértigo del día y uno se concede ciertas licencias, la de dedicarse a uno mismo o la de no pensar en nada de lo que hizo durante la jornada y esmerarse (en lo que se pueda) en desconectar, en dejar que otros nos cuenten las cosas y no ser nosotros quienes lo hacemos o en no permitir que nada sea contado. En parte, se trata de eso: de contar o de que nos cuenten o que ninguna de esas situaciones suceda . Hay ocasiones en que se prefiere no hacer esfuerzo alguno o hacer los mínimos. Importaba escasamente con qué amenizar la tarde: era más la sensación (fiable y gozosa) de disponer despreocupadamente de ella. No tuvo desfallecimientos, caídas de tensión espiritual: discurrió con absoluta parsimonia, como si el artero a veces engranaje de las horas no me comprometiese a nada laborioso, como si el tiempo obrara a entero favor mío y yo lo guiara y tuviera propiedad de su antojadizo mecanismo de funciona miento. No siempre es así, ni las tengo conmigo para esperanzarme en que ese dispendio emocional me tomase en consideración y pudiera, en adelante, exigirle un futuro trato favorable y duradero. Vi It, la puesta de largo de la espléndida novela de Stephen King, novela por la que siento una debilidad antigua. Me satisfizo y me enfadó a partes iguales. Pagué una deuda que tenía conmigo mismo. Ahora estoy pagando alegremente otra. He paseado el centro de Córdoba, he ido solo, escoltado por jazz en mis cascos y en mi cabeza. Billie Holiday se me ha confesado en diez o doce canciones perfectas. Luego he comprado el libro de una amiga (Las madres negras, Patricia Esteban Erlés, Galaxia Gutenberg) y ahora escribo mientras bebo una cerveza y fumo en una terraza animada. Estoy siendo hospitalario conmigo mismo. Me estoy ocupando de mí. No porque los muy amados míos no lo hagan, sino por amor propio, por egoísmo puro, porque ahora no tengo a nadie más a mano o porque nadie tal vez comprenda de qué va la trama de las cosas. Ni yo pretendo aclararla.

19.1.18

Bajar



Nunca pensé en serio en que un libro hiciera sangrar o nunca hilvané la sangre con las letras, pero siempre anduvieron enfrentadas, se oponían, era la espada contra la pluma. De hecho mucha de la literatura heroica, lo cual quiere decir la literatura fundacional, la que se difundía de viva voz, se alimentaba de esa dicotomía antológica: la de la belleza misma ocupada en firmar los armisticios, la de la luz conjurada a vencer a las sombras. Que leer sea un viaje es algo que acepto, pero hay viajes terribles; de algunos uno vuelve herido o no vuelve. El viaje de la lectura puede dañar a quien lo acomete: tenemos a nuestro Alonso Quijano, que al término de pensar mucho el nombre que más le convendría para sus andanzas caballerescas, decidió ser Don Quijote. Hay que pertrecharse bien para no flaquear o para no dejarse engullir por las palabras o por las historias o por las dos cosas juntamente. Leer es un asunto de solitarios, no puede ser de otra manera. Lee el que no le importa apartarse, cerrar una realidad y abrir otra que la sustituya. Lo que sucede es que no sabemos cuál realidad será la escogida. Hay donde escoger. Hay tramas tóxicas y las hay nobles. Es el mismo principio del bien y del mal o el de la luz y las sombras o el de la paz y las guerras. Quizá interese en el fondo penetrar en esa hondura, ir ahí abajo, observar de cerca el veneno, si lo hubiera, dejar que la sombra intime con nosotros, ver el abismo y darnos cuenta de que el abismo también nos ve. Interesa que corra un poco de sangre: no la de verdad, sino la fingida, la sangre fabulada. Hasta las tramas oscuras, las duras de entrar, las que se aprestan a que un poco de dolor acuda, nos hacen viajar. Porque siempre es un viaje la lectura. Lo de escoger un paisaje duro y agreste o un prado endulzado con flores depende de las ganas que tengamos de escalar o de pasear plácidamente. En estos días, a pesar del rigor con el que la vida parece despacharse conmigo, prefiero leer cosas que me cuestan, todas de las que extraigo un discurrir nuevo. Sé a qué acudir, sé dónde están, sé también qué bien (al final) me procuran. Sé todas esas cosas. Siempre las supe, pero no siempre deseé que me impregnaran. Es cosa de bajar las escaleras y llegar abajo. Lo que hay a ras de vista está más que aprendido.




18.1.18

Una sinfonía de pájaros en la cabeza


                                                        Ilustración: Roger Olmos

Se tiene, en general, una mala percepción de los pájaros. Tal vez su volandería los empareja con la fantasía y  suele decirse que se tiene la cabeza llena de ellos cuando alguien incurre en desatinos, se explaya en razonamientos de poco sustento con lo real o, más sencillamente, manifiesta el proceder clásico de los locos, que vienen a ser todos los que acabaron escapándose de la realidad y ocupando una enteramente suya. Donde los locos pueden concurrir también los atolondrados, los imprudentes, los aturdidos, los que, por acabar, exhiben maneras imprevisibles. Lo que funciona en este mundo es la previsibilidad. Importa saber qué va a hacer el otro, por dónde va a tirar. Todo lo demás es desconcierto, son pájaros. Pero todos los pájaros están en la cabeza. Igual que las casas o que las ideas o que los paisajes. Es ahí en donde se construye la trama, es en la cabeza en donde una voz nos conduce por uno o por otro camino. Que uno sea equivocado y otro no es aleatorio. En ocasiones tienen nombradía los pájaros. Gente que tienen muchos en su cabeza resultan encantadores o suscitan el unánime elogio ajeno. El arte es una extensión de esa proliferación excéntrica en la cabeza. Quienes la tienen bien asentada, libre de perturbaciones, por completo exenta de las peregrinas ocurrencias de la imaginación, no se envalentonan jamás, no se adentran en lo oscuro, no se cuentan el mundo a su manera, no escriben poemas, no esculpen el barro, no dibujan ni pintan, no se suben a un escenario, no componen boleros o valses o piezas de bebop, no hacen películas, no cogen una cámara y observan la realidad, por si la realidad se muestra diferente, por si deja de ser previsible y hace lo que no se espera, por si los pájaros (en bandada, locamente) la atraviesan y la llenan de batir furioso de alas. Hay un momento en la vida en que uno se plantea dejar que vuelen. Es ahí cuando nos convertimos en creadores. Todos lo somos de una manera u otra. No hay nadie que no tenga una sinfonía de pájaros en la cabeza. Sólo se trata de abrirla y permitir que salgan.

17.1.18

El elefante ha salido a pasear




                                                               Ilustración: Roger Olmos


A veces las casas no sirven, ninguna de sus virtudes valen, nada para lo que fueron hechas cubre o satisface a quien las habita, lo que se aprecia en ellas queda en un plano menor, irrelevante. Hay casas que engrandecen a sus moradores. Otras los hacen pequeños, los aturden. Todas, a su secreta manera, se incrustan en sus dueños. Unas, con más fortuna, se convierten en una extensión de ellos mismos de modo que las agasajan, las invisten de una majestuosidad privada, no siempre exhibible, pero plena para ellos. Son casas que invitan a mirarlas con esmero, advirtiendo la qué hay de único en ellas. Casas que se miman y cuidan con dulces atenciones o  canjeables por otras sin que se pierda nada en el trasvase. No son casas de gente con la posibilidad de llenarlas de objetos, sino casas con objetos exclusivos, de los que en ocasiones no compra el dinero. Casas en las que hay música cuando las visitas o en las que un libro de poesía romántica inglesa está antojadizamente dejado sobre un sillón o en las que se respira la vida que se desprende de todas las palabras que se han dicho bajo su amoroso techo. Lo otro, la previsible sección de casas huérfanas de estas sutilezas, son casas también, cómo no, pero sirven para lo que sirven todas: dan cobijo, permiten que tengamos en ellas nuestros enseres y nos ocultan cuando la realidad nos cansa o nos perturba. Quizá lo milagroso sea que la casa esté dentro de nuestra cabeza. Que sea la cabeza la que nos cobije y la que nos dé conforte espiritual cuando esa realidad se obstina en contrariarnos, en apartarnos de la senda que marcamos como la idílica. Es la cabeza la que debe ser cuidada y mimada y tratada con todo el protocolo y el tacto y el amor del que dispongamos. En cierto modo, ninguna casa es nada del otro mundo, ni siquiera la idónea, la que más convincentemente ha respondido a todas las expectativas que pusimos en ellas cuando la adquirimos o a la que más tiempo y esfuerzo le hemos dedicado mientras vivimos en ella. En cualquier momento podemos mudarnos a otra, abandonar sin dolor todos esos objetos con los que la vestimos y que, de alguna manera, pensamos que la harían más cálida o más nuestra. Nada hay nuestro. La única propiedad fiable es el cuerpo, él es el punto de partida y el de destino. De ahí que el elefante de Roger Olmos haya optado por salir de la residencia que le inventaron. Él era más grande que su cárcel. Hay quien es un elefante y no lo sabe. Ignora que su casa le coarta y le aísla. No ha comprendido que la vida de afuera es también un lugar en el que vivir, una casa en la que festejar la propiedad del tiempo. Al final somos únicamente eso, tiempo. 

(He descubierto a Roger Olmos gracias a Francisco Espinar. Agradecido)