31.10.17

Soy un pagano feliz, soy un místico feliz

No espera uno milagros. Tampoco, de haberlos, se tiene constancia de ellos. Suceden ajenos a nuestra observación, no concurren en ellos las normas generales del teatro, en las que alguien escribe una trama, algunos la escenifican y otros la observan. También eso se está perdiendo, el milagro. Lo hemos adjudicado a la literatura religiosa y se le ha extirpado la parte pagana. Se tiene del milagro esa consideración litúrgica, de biblia leída o recitada o de catequesis de cuando jóvenes, pero creo que no hay palabra más hermosa que ésa; no sólo por su resolución fonética, sino también por su estructura profunda, por lo que tutela, por todo lo que custodia y mima. Otra que reclama mi atención semántica es pagano. Entiendo que no ha sido lo bastante defendida, se la ha reducido, se la ha confinado a la extensión de lo exótico, de lo que no tiene trascendencia. Es la paganidad, si es que tal cosa la acepta el diccionario, la que hace que todo funcione. Somos paganos por imperativo biológico. La espiritualidad, el afinamiento en unas creencias, sucede después, viene impuesto. Lo hermoso es que se matrimonien lo pagano y lo que no lo es y que cada ámbito de lo humano ejerza su ministerio con la intendencia precisa. Yo me levanté hoy pagano y me voy a acostar místico. He visto, en el transcurso del día, cosas que me han hecho ir de un lado a otro, alegre y ufano en cada giro, como si hubiese dos mitades y cada una de ellas (las dos enteramente mías) ignorara la opinión de la otra y obrara a su antojadizo capricho. Mi pie izquierdo se mueve, el derecho le sigue y yo, imbécil, camino. Hoy vi un milagro. En su observación, un poco cartesiana, consideré que me engañaba mi cabeza o que mis sentidos me hacían flaquear. Fui crédulo después, me obligué a creer, me dije que no perdía nada. Hay que estar atento, se deben aplicar la sensibilidad a cada paso, no podemos bajar la guardia. Entre el misticismo y la paganidad, no me inclino por ninguna. Hoy no, al menos. Fue un día duro, lo son habitualmente. Los milagros contribuyen a que se alivie la pesadumbre. Soy un pagano feliz, un místico feliz. Ninguna de esos dos atributos que me acabo de regalar durarán más de mañana a estas horas. Por eso las celebro, por eso me las cuento.

30.10.17

Perdición





                                                                                          A Rafael Roldán, que es muy de Wilder

Imagino que en su inicio debió ser una especie de secreto compartido entre iniciados que más tarde se difundió por temor a que lo privilegiado en esa custodia cayese en el olvido, se perdiese entre todos los juramentados a resguardarlo. Ya no hay secretos, ni siquiera se prestigian, se les confiere naturaleza metafórica, no asentada en lo real, ni sensata ni fiable. Ahora todo está a la vista, todo se muestra para que nadie quede fuera de su conocimiento. Es la sociedad del acceso absoluto. Como suele ocurrir con todos los asuntos de la vida, pierden fuelle o pujanza o valor incluso cuando los arrasa el tiempo, cuando otras cosas concurren y piden sitio a voces. Como en el principio ése de Arquímedes en el que un cuerpo desalojado permite que otro se ajuste al hueco ofrecido. Pasa con el cine, por ejemplo. Estamos perdiendo a los clásicos, no están a la vista, no hay una voluntad para que su vigencia perdure o para que acompañen a las propuestas nuevas, al cine que se hace ahora, que no es necesariamente peor (en mi opinión sí lo es), ni merece que se le rebaje importancia, como en ocasiones sucede.

Vi anoche una estupenda película de hace un montón de años. La vi por segunda o tercera vez, creo. Perdición / Double Indemnity  (Billy Wilder, 1944) es la mejor película que he visto en años. Sucede con ella como con los buenos amigos a los que no ves en mucho tiempo: los abrazas como si fuesen pertenencia tuya, entiendes que no importa el tiempo en el que os visteis poco o nada, sólo sientes la emoción del reencuentro, la felicidad de esa compañía. De los clásicos, los amigos o las películas, guarda uno esa impresión, la de su bondad, la de que están ahí, a mano, cuando se precisan, no fallando, no incurriendo en desaires, ni en desavenencias, satisfaciendo la parte tuya que anda desvalida, desamparada, triste si me apuran.

La gente joven no sabe qué es el género negro, ni conocen a Chandler, ni a Cain, ni a Hammett, cuando todos contribuyeron, unos más y otros menos, en el guión regalado a Billy Wilder. Los clásicos mueren porque no se les saca a pasear o porque no tienen cabida en este mundo en donde todo tiene un beneficio económico inmediato o está hecho para que lo tenga y todos aceptamos ese trato, el de ofrecer y pagar, el de usar y quemar, sobre todo ése, el de usar y quemar. Nada dura, nada vale para mañana, nada es digno de recordarse días después: hay siempre otra pieza canjeable dispuesta a ocupar ese sitio, como si no tuviésemos lugar para almacenar más de una devoción o como si los que organizan estas cosas no confiaran en que el público es inteligente y sabe a qué arrimar su inteligencia y a qué no.

Estamos en la sociedad de la velocidad, no la de la información como algunos propagan. Hay más información, sí, una cantidad abrumadora de información, pero no está medida, ni inspeccionada por ver cuál sobra. Es la sociedad de la velocidad, la del acúmulo, la de la exhibición, la de la ceguera. Corremos, coleccionamos, mostramos, y nada de lo corrido, ni de lo coleccionado, ni de lo mostrado ha sido disfrutado: se deshace uno de todos esos placeres con presteza por temor tal vez a que se nos pasen los que circulan en derredor mientras aprovechamos ésos. No vemos Perdición, ni El fantasma y la señora Muir, ni escuchamos la Segunda de Mahler, ni leemos poesía renacentista amorosa porque no sabemos cómo dar con ella o por la desconfianza a que sea una elección arriesgada, que no sepamos entender o que no nos deleite.a la manera en que lo hacen otras ocupaciones menores, que nos nos importunan, ni nos hacen pensar, ni cuestionarnos nada.

Sólo leemos los libros que se parecen a todos los libros que hemos leído antes. Sólo escuchamos la música que se parece a toda la música que hemos escuchado antes. Sólo paseamos las calles por las que discurrimos antes. Aceptamos a los nuevos amigos que se parecen a los que ya tenemos. Se niega el viaje, la salida, el extravío. Tenemos idea de casi todo, pero no tenemos conocimiento de nada. Dentro de unos pocos años, nadie con menos de treinta habrá visto Perdición. Los que accedan, por saber o por puro azar, harán que no se olvide. La contarán, dirán con entusiasmo que es una de las mejores películas que pueden verse en en una sala de cine, pero no se puede hablar o no se puede disfrutar lo que no se ha presenciado o lo que no se ha vivido. Hace falta entrar, es preciso. Lo demás acude invariablemente.

29.10.17

Tras leer a Valente




I
Cruzamos desiertos, desolaciones sin nombre, luces remotas que a lo lejos proclaman la ceniza. La palabra es la única propiedad, el pulmón hondo y limpio que hace que el aire transcurra entre lo dicho y lo respirado, en el vértigo y en la fiebre, en el pulso íntimo, en el escándalo de la sangre.

II
Yo tenía ante mí la semilla, pero la decliné, me contuve de añadir nada más, ya estaba todo dicho, no había nada por hacer y ni siquiera lo dicho y lo hecho me conmovió.

III
Mi casa es no mi casa, ninguna lo es, lo son todas. Ni yo soy quien parece, nadie lo es, todos lo somos.

IV
El aire se nombra a sí mismo y no se escucha. Es un dios el aire. El fuego también se nombra, voz baldía. Es un dios el fuego. Así el agua, así la tierra.


28.10.17

Las metáforas de la luz




Sostenía Darwin que la Biblia de Jesús era un campo minado de metáforas. Del Antiguo Testamento, en concreto, escribió que era una doctrina de bárbaros. Borges, por su parte, relataba que la religión completa, cualquiera de ellas, era una rama de la literatura fantástica. Nietzsche (Ecce Homo) escribió que el alma inmortal fue "inventada para despreciar el cuerpo, enfermarlo..". K, que lee a Onfray y descarga a veces podcasts de una Asociación de Ateos para oír de noche, tumbado en su cama, inspirado por esa quietud absoluta, suelta a veces que la Biblia es un enorme error tipográfico. Banalizar la fe no siempre es un ejercicio conveniente. Se cree por no hay nada más a mano para andar juntos por el mundo. Los creyentes se abrazan sin que intermedie el afecto previo, sin que hayan compartido paseos, ni recuerdos, ni la certeza (nunca fiable) de que se verán en el futuro y compartirán más paseos y tendrán más recuerdos. Yo, descreído, descarriado, admiro a quien se embosca en metáforas. No tiene nada de malo, no hay que menoscabar ese acto valiente de querer ir más allá, de adentrarse en la espesura, como decía la Santa Teresa, de ir a ciegas y ver de pronto, inesperada y jubilosamente, la luz. No he visto yo la luz, esa clase de luz, ni la espero. No sé si habrá algo que me aguarde y que no conozco que me hará sensible a ella. Es la luz, cuando alrededor reina la sombra, como dijo Shakespeare. Son tiempos difíciles éstos. No sabe uno si la sociedad es como es (con su fragilidad, con sus odios, con su injusticia) por haber sido construida con Dios o no loes  enteramente  y a satisfacción de todos por esa circunstancia precisamente, como vamos a saber eso, de qué manera podríamos conocer lo que no está a la vista. Quizá por eso se precisen las metáforas o la poesía o la literatura entera. Ahí está el camino, en la palabra escrita, la que avanza en lo oscuro y se afana en dar con una brizna de luz. Anoche soñe, bendita ilusión, que me sentaba en el banco de una iglesia en un oficio de misa. Creo que me levanté a mitad del acto y esperé a alguien afuera. Incluso en sueños, cuando está uno manumitido de prejuicios, obro a espaldas de Dios o de la iglesia. No se entiende la sociedad con Dios y tal vez tampoco sin él. Ahí andamos los unos y los otros: manejando las cartas de la razón y de los flecos formidables de la fe, poniendo y quitando metáforas, escribiendo y leyendo, hablando y escuchando, y si al menos hiciéramos de verdad todo eso, pero a veces ni leemos ni escuchamos, ni dejamos que las metáforas aniden dentro y predispongan al pensamiento y a la belleza. Y luego los gerifaltes quieren borrar la filosofía de los planes de estudios, Alguna razón tendrán, algo perseguirán. 

27.10.17

Ir a ciegas

Se tiene oído para lo que se quiere, se hace uno el sordo a conveniencia, por no estar demasiado al tanto o por escabullirse en lo posible y no tener que dar respuestas después, cuando se cuenta con nosotros y se sabe que estamos al corriente y de que tenemos parte en la trama. Uno es sensible o no lo es, uno es voluntarioso o remiso, uno es optimista o le asalta el pesimismo. No hay nada que pueda ser considerado de un modo fiable y duradero, pero hay algunas cosas que se tienen claras y a las que nos entregamos infaliblemente, sin que nos arredren los obstáculos, sin que nos mengüe el infortunio. Lo más satisfactorio es entender que lo hecho es lo que se debía haber, poseer esa propiedad del trabajo, pero a veces se nos escatima, se birla, sin saber entonces a qué atenerse. Tal vez lo ideal sea actuar a ciegas, soldadescamente. Cuando uno obra sin percatarse del fin de su empresa, no le preocupa que se venga abajo, no le apura que su resultado no sea el esperable, no tiene convicción, no tiene tampoco remordimiento, ni nada que se le parezca a la pena o al abatimiento. Se presta atención a lo que nos conmueve, no al ruido. Es el riesgo el que nos mueve a hacer lo que hacemos. De no ser por él, por el riesgo, por la posibilidad de equivocarnos, no habríamos llegado aquí. El padecimiento se alivia mejor si ignoramos qué lo causa, si seguimos mecánica o ciegamente la senda ofrecida, no la pensada, ni la elegida. K. me reprende, no le parece bien nada de lo que digo. Ve que hay fantasmas en mis palabras, dice que hay fantasmas. A K. le fascina mi preocupación por lo que no debería preocuparme en absoluto. Hoy escuché a alguien decir que deseaba la precaución, el terreno ya pisado, que no le agradaba no saber, perderse, como si se declinara el asombro, por peligroso, por traer lo desconocido, por la desolación y por el miedo a estar desamparados o a no tener asiento ni casa. Hay vidas robadas, empujadas a donde no cuadran, vidas que avanzan con torpeza, con la impresión de que son ajenas y no se viven con la suficiente intensidad. No contribuye ese ir ciegos, ese obedecer lo que se nos consigna, aunque a veces se viva mejor no inventando, no creando, sino cumpliendo los inventos y las creaciones de los otros, los más capacitados, los envalentonados, los que no van ni a ciegas ni con torpeza, los que prestan el oído y luego interponen la lengua y escriben las reglas del juego que van a jugar los otros. Yo sé de lo hablo, pero los pensamientos de cualquiera pueden ser traducidos por quien los escucha y adaptarlos a lo suyo, a lo que le circunda y obliga y retiene. No son los mejores días: no porque incuben el mal, no porque alberguen penurias. Los hay mejores, días en los que uno barrunta en qué emplear su tiempo para su deleite y para el ajeno. Llegarán, se presentarán con los brazos abiertos, nos dispensarán del ruido, harán que sintamos de nuevo que tenemos un lugar en el mundo. K. me dice ahora que es viernes, K. es un personaje de viernes muchas veces.

26.10.17

Yo tengo tres lectores estupendos

Los escritores acaban solos y acaban mal. Lo dejó escrito Vila-Matas por ahí, no sé dónde ahora, pero siempre llevo encima esa cita, aunque no la saque. Lo que hago es rumiarla, ver si cuadra con lo que me rodea y si la realidad se inclina a darle la razón a Vila-Matas o es una ocurrencia literaria más, una de esas cosas que no tienen por qué comprobarse. Hay una literatura de la propia literatura, un decir de lo dicho, un constatación (brutal a veces) de que en realidad el escritor sólo habla de la escritura, aunque lo enmascare y parezca que habla de amor o de odio o de las dos juntamente, que es lo acostumbrado y esperable. Vuelta a Vila-Matas: bien mirado, todos acabamos solos y acabamos mal, seamos escritores o registradores de la propiedad o carpinteros. Al empezar también se empieza solo y mal, aunque después se vaya arrimando la vida y se descomponga esa llegada terrible, desconsolada, en la que lloramos y sentimos el primer dolor, el del aire haciendo presencia en los pulmones, tan delicados, tan pobres de espíritu aún. Que escribir ande por ahí de por medio no es un dato que haga esa aseveración más o menos estricta y fiable. La escritura es una compañera de viaje, no siempre agradable ni mansa, con la que nos sentimos aliviados o confortados o incluso ni una cosa ni la otra, sino alarmados, asombrados, continua y manifiestamente zarandeados y disconformes. Entra en lo razonable que se zanje el acto de escribir o se reduzca o se postergue, pero no conozco a nadie que escriba y lo haga a ratos o cuando encuentre un hueco en el trasegar de sus asuntos o cuando le hierve la sangre (sólo entonces) y precisa airear el mal que le afecta, el daño que se le ha hecho. Se escribe sin brida, se hace porque hace falta que esa claridad penetre o porque hay que arrojar lejos lo oscuro o porque no hay manera más pacífica, ni más honda, ni más clara tampoco, con la que mirarse uno adentro. Yo no sé cuánto me miro, si hay una cantidad, si existe una cifra, una evidencia mensurable. No sé eso, pero sé otras cosas. Quizá leer no hiera al modo en que escribir hiere. Es dulce la herida, no es ni siquiera una de esas heridas vistosas, que precisan atención y no se pueden tocar porque se reverdecen o se extienden. Es de otra naturaleza, no la naturaleza prevista, la que se espera y se conoce. Después de treinta años largos de lidiar con las palabras, no creo haber llegado a ningún sitio. En cierto modo, ningún escritor llega nunca a ningún sitio. En todo caso alcanza la intimidad de un lector, no la de un ciento, ni la de miles o la de cientos de miles. Hay un único lector. El que escribe lo hace para un lector que se prefigura en su cabeza. Lo tiene ahí cautivo, sabe que va a censurarlo o a agasajarlo, sabe que nunca le va a fallar, estará ahí cada vez que salga un párrafo o un poema o un trozo de una novela. En el fondo, el escritor es su propio censor, su lector privado, el que  en más apuros lo pone, el que lo hace levantarse en mitad de la noche y escuchar el silencio, por ver qué dice. El de ahora no dice mucho, no sé qué dice, en realidad. En otras ocasiones, se le escucha. Da igual lo de la soledad de Vila-Matas, y eso que es un escritor con muchos lectores, yo uno de ellos y uno particularmente agradecido también. Yo tengo tres lectores estupendos. Sé eso, lo sé muy bien. He dicho tres, he dicho cien, he dicho todos.

22.10.17

Estar enfermo




Hoy me he levantado constipado, estornudando más de la cuenta, sin que intermedie la alergia primaveral que padezco. Pensé en si es sólo el constipado lo que me preocupa o si debiera beber o fumar menos o incluso no hacer ninguna de esas dos cosas, pero son pensamientos de una fugacidad asombrosa. Los retiro con la misma presteza con que acudieron, me sorprende que venza la parte mía responsable sobre la que no lo es. Al cuerpo, cuando se le conceden licencias y se le procuran placeres, le cuesta poco pedir más, hacer ver que está necesitado, huérfano, hambriento, abandonado. De ahí que me llamara la atención que la cabeza, la que piensa y la que preserva, la que está obligada a regañar y a censurar, desoyera las reclamaciones del cuerpo. Así que tras ingerir las pastillas de la mañana y organizar el desayuno, he caído en la cuenta de que hay una batalla por ahí adentro: la libra la luz contra la sombra, el deseo de durar más y el de disfrutar más. Siempre la hubo, aunque uno se percate de sus trifulcas o las perciba vagamente cuando suena alguna alarma en forma de resfriado o de dolor de tripa o de cabeza.



Todos estamos enfermos de algo, a todos nos aqueja un mal, no hay día en que sintamos un dolor, por pequeño que sea, ninguno en el que no se piense en la enfermedad, en la propia imaginada o verdadera o en la ajena, en la que padecen los otros y se ve en la distancia, sospechando que cualquier día es bueno para que nos visite y, cuando la enfermedad se aleja, cuida el enfermo de no recaer, se administra la medicación con esmero, no se arrima a lo que no le conviene, sortea los obstáculos con los que se le tienta y se esperanza en que la dolencia regrese tarde o no lo haga de ninguna manera



Hay quien tiene con sus enfermedades una relación casi amorosa, íntima hasta lo carnal. Alardea de que le duele esto o aquello, ensaya el modo en que contará sus aflicciones y sostiene sin pudor que no espera mejoría o que no le importa que los quebrantos sean tan suyos como lo son sus brazos o sus piernas o su carácter. Tengo amigos que no reparan en explayarse cuando se les pregunta cómo andan, si pueden salir o seguirán en reposo, al resguardo de la casa, confortables y resignadamente convalecientes. Pierden chispa cuando la enfermedad les abandona, no saben de pronto de qué hablar, merodean las conversaciones, van de una a otra sin entusiasmo, como si se les hubiese retirado de cuajo la locuacidad que antes brillaba cuando tosían o padecían ardores o dolores de cabeza.



La enfermedad, cuando se enquista, aburre y aturde a quien la sufre y a quien la escucha; produce en los dos la sensación fiable de que no hay nada afuera de ella, nada que rivalice con su alarma y con su caos, con su vértigo y con su locura. El enfermo hace literatura de sus achaques. Quizá sea ésa, la enfermedad, la que mueve al mundo, la que lo hace girar, la que lo tiene en danza y en ofrecimiento. Toda la historia de la literatura vendría a ser una especie de extensísimo informe clínico en el que muchos autores relatan los avances y los retrocesos de las patologías y se enredan en los consuelos, en toda esa suerte de artefacto balsámico con el que sortear o esquivar enteramente los accidentes que acarrean. Uno es esclavo de lo que padece, viene a decir ese gran argumento universal.



Estar enfermos nos tiene a medio hacer, es una media vida, una vida de préstamos y de química. No es lo mismo una enfermedad que otra, no hay dos convalecencias iguales. Las hay fortuitas y de poco asiento, en las que el paciente ni tiene conciencia de que anda mal o no sabe verbalizar qué padece y las hay esperadas y festejadas, aunque en el fondo quemen y anulen y maten. Se busca en ellas el calor ajeno, la posibilidad de que alguien escriba unas palabras en el yeso con el que nos corregían el brazo roto cuando niños. Durante el tiempo en que tenemos puesta la escayola, somos la atracción absoluta de la vecindad. Mientras está ahí o incluso a veces cuando la retiran, sabemos que nos preguntarán y tendremos ingenio para contar la historia de la caída y de la fractura del modo que nos plazca, poniendo énfasis allí o restándolo aquí, dejando que sean las palabras que guíen el relato. A veces echamos de menos un brazo roto, dicho de una manera absolutamente no literal. Deseamos que nos agasajen con el interés sobre nuestra salud, ésa que tenemos a medias o no la tenemos de ninguna manera, que también hay enfermos terribles que han terminado incorporando la enfermedad a su ánimo y a su carácter y a su modo de respirar o de desplazarse y no conciben su vida sin ella. De esa paradoja surge también una género literario.



Nunca se está enfermo a voluntad propia, pero hay quien permite que acometa la enfermedad, aunque luego ella obre a su antojo y haga cuartel de la casa que se la ha ofrecido. Un conocido con el que compartí reclusión militar se desarropaba de noche, pisaba descalzo el suelo y hasta desoyó la primera medicación impuesta por un buen doctor que allí había y que se preocupaba sinceramente de sus pacientes. Cuando el frío le caló bien hondo los huesos, cayó enfermo de verdad, se le llevaron al hospital y anduvo allí ingresado el tiempo suficiente para abjurar de su locura médica. Perseguía que se le librara de las guardias y quedara confortablemente acomodado en la cama o en los sillones de la compañía, leyendo como le gustaba o viendo una tele enorme en la que cualquier programa era (en ocasiones) el mejor de los programas. Hubo otros que se lesionaron a posta con objeto de no ser reclutados para unas maniobras. No lo aireaban, no contaba a qué recurrieron para exhibir las heridas en los pies o al dolor reticente en el hombro. Preguntados en la intimidad de la cantina, referían que se golpearon contra la taquilla o que aplicaron una cabeza de martillo sobre la herida que le había causado el zapato de vestir, el usado en los desfiles, cuando nos vestían de bonito y salíamos a recorrer las calles o los patios de otros acuartelamientos. De ellos guardo la convicción personal de no estar a capricho de la voluntad ajena sino depender en última instancia de la propia, la de sortear los obstáculos, pese a que salieran diezmados, rebajado no sé si el amor propio o la dignidad o algo así elevado y noble que ahora no sabría nombrar. Tampoco sabe si uno actuó de parecida manera en alguna ocasión y los años, que lo borran todo o lo rescatan todo, me han impedido mirar con objetividad aquella época en la que uno andaba todavía a medio curtir, si es que ahora se puede decir que esté ya enteramente curtido.




Nunca se está bien del todo, podría decirse. Siempre hay algo que nos afecta o que nos reduce. Da igual que sea leve y no deba ser tenida en cuento o incluso ni siquiera sea percibida o que sea grave y nos lastre y acabe marcando nuestra vida y, en cierto modo, acortándola, produciendo la sensación certera de que esa vida está en manos de la enfermedad y será ella la que la finalice. Decía mi abuela, a la que quise mucho y de la que siempre tendré el mismo festivo recuerdo, que lo peor que podías hacer con un reloj que mostrase una avería era llevarlo al relojero. Ese acto en apariencia sencillo y lógico sería la muerte misma del reloj. No dejaría de estar averiado nunca, si se llevaba a quien lo reiniciara; no tardarías mucho (sostenía) en llevarlo de nuevo y así hasta que decidieras hacerte con uno nuevo. Creo que quería decir que el reloj ya venía averiado desde la misma fábrica. Tendría en sus tripas un tornillo sin ajustar del todo desde el que se desmoronaría la máquina entera. Ahora lo llaman obsolescencia programada y al tornillo, los listos de ahora, con su vocabulario precioso, le llaman algoritmo. Todo es cosa de que un algoritmo no esté bien implementado. La vida entera, considerada con cuidado, es un logaritmo o una sucesión aleatoria de logaritmos. La misma enfermedad de la que hablo es un algoritmo caótico.




21.10.17

Vina bona sunt / XIX Cata del Vino de Moriles



Se le da al vino el rango que a los dioses, ocupan el lugar que ellos, se le invoca para apartar el mal o para aplazarlo. No hay nada que rivalice con él cuando uno desea esconderse del mundo o cuando el mundo se atarea en contrariarnos o apenarnos. Tiene el vino su ascendencia litúrgica, la de la vid y el trabajo del hombre. En el ofertorio divino es el vino el que nos recuerda la inmortalidad, es él quien se basta para explicarnos la semilla de la que procedemos y la eternidad a la que secretamente aspiramos. Somos cuerpo eucarístico, cuerpo tomado por la uva terrestre y por la uva celeste, por la esencia de la tierra, por la lujuria ebria y dulce y metafísica. Porque el vino es filosofía. El hombre mira hacia su adentro y descubra el alma y la consuela con el vino.

Celestina decía que no había conforte mejor para adentrarse en los bosques de la noche que unas jarras de vino, que no sentía frío en el crudo invierno ni tampoco calor cuando ajusticia el sol en las siestas del verano. Que el buen vino daba coraje al cobarde y diligencia al apocado. No hay mudanza al trasegar de los siglos: el cobarde se agiganta y el apocado se envalentona. Los humores torpes y estúpidos son borrados de cuajo, dijo Shakespeare. La palabra se vuelve aguda y el espíritu, a medida que se empapa, se libera de la cárcel del cuerpo y toma vuelo y festeja la plenitud del aire. El ánimo se embravece, la mirada se limpia, aunque mire turbiamente si la ingesta es excesiva. Borges, en su famoso soneto, lo hermanaba con la alegría, le encomendaba mitigar la tristeza. Neruda, en su oda, le creía inteligente, capaz de extraer de quien lo bebe las palabras cabales, los deseos más limpios.

Del vino a veces se tiene también la equivocada idea de que nubla el tino y lo embarranca. No es así del todo: lo que hace es borrar eventualmente el sentido común, que es el fiable y al que debemos nuestra estancia en la tierra, pero no siempre es deseable que ese sentido común perdure siempre y en todo momento: conviene de vez en cuando que nos abandone y nos permita volar, perder la confianza del suelo y mirar desde arriba para comprender lo que muchas veces no se entiende a ras de suelo. No se sabe con certeza a qué hemos venido al mundo, pero es probable que el vino nos invite a descubrirlo. Parece que hiciera su trabajo a la callada, sin alarmar mucho a quien lo ingiere, pero predispone a pensar con anchura de miras (como otros dicen sin beber ni haber bebido) y a aceptar lo que no se acepta cuando se está sobrio y no hay indicio de que el pulso esté acelerado y la sangre circule con entusiasmo y brinque y cante. Todo el que es derrumbado por el vino es porque no supo conversar con él y dejarlo cuando las palabras todavía se entendían. Fracasa el vino cuando confunde a quien lo ingiere, cuando lo abate y no deja rastro de su hermosa travesía, sino hundimiento y anulación. No es ése el vino del que hablamos, no anima estas palabras de elogio, no las considera siquiera.

El nombre es vino, pero el nombre no importa. Lo que se bebe es la tierra emancipada de su claustro, la decantación del complacido fruto de su vientre, que se ofrece para que la vida sea menos vulgar o para que el tiempo que se nos concede en ella se aligere de tragedias, se expurgue de pesadumbres y se limpie y así, aligerada, expurgada y limpia, la vida sea tan sólo belleza, el tipo de belleza que uno saborea en los labios y deja que se demore garganta abajo. El nombre es vino, pero el nombre no importa. Lo que se bebe es la voluntad de algún dios caprichoso y rudimentario, que hizo el mundo y se entretuvo en hacer que alguien (dicen que hace más de veinticinco siglos al norte de Irak) lo sacara de la tierra y lo escanciara en una vasija entonces, ahora en copas de cristal finísimo, hermosas copas que custodian el sacrificio de la uva en la boca.

El vino, en todo caso, es una invitación a amarse uno mismo. No hay oficio más satisfactorio que ése. Mientras se bebe, se escuchan confidencias, se deja uno llevar por la euforia de esa alegría sencilla y saca de sí lo que no sabría o no querría sin la intervención bendita del vino. Hay buenos vinos y malos bebedores, escuché una vez. Los de ayer (esta tarde, como quien dice)  en Moriles fueron los mejores y tuvieron al mejor anfitrión, mi buen amigo Clemente. Se decantaban vinos y se decantaba amistad. No se entiende a veces lo uno sin lo otro. Éramos unos pocos amigos arrimados alrededor de un barril, hablando y escuchando. Se habla más y se escucha más mientras sujetas un catavinos. Lo comprobé ayer. Hoy tengo la sensación de que la culpa la tuvo el vino. Se me ocurre que habló y escuchó también. No habrá otra bebida que tenga en su custodia tantas confidencias. No creo que haya otra que guarde mejor los secretos. Los vinos tienen buena memoria. Por si la mía flaquea, por si yo olvido, me traje el catavinos. Lo guardaré con el afecto de las cosas buenas que en ocasiones encontramos. Juro por Baco que volvemos el año que viene.








20.10.17

La ignorancia, el desvarío, el desencanto y la revelación

No sé si es una temeridad ignorar y esmerarse en que nada te afecte ni te sacuda e ir por el trasiego de los días únicamente ocupado en las cosas sencillas y en las difíciles que se cruzan, pero no las ajenas, no las que incumben de lejos y parece que no tuvieran nada que ver con uno. No se sabe nunca a qué atenerse, se desconoce qué senda es la correcta, si la tomada o la aplazada o la censurada, las que se ofrecen y nos invitan a que las transitemos o las que acuden sin que las llamemos y se interponen en las otras y nos hacen recorrerlas como si fuesen cosa nuestra o como si anduviese ahí adentro algo que nos perteneciera y a lo que aspiráramos, secreta o manifiestamente. Por no saber, no sé si es una temeridad estar al día, comprender que todo lo que sucede le sucede a uno también, por deferencia del azar o por incumbencia ineludible. El escrutinio de la realidad es boscoso, es traicionero, es ciego, no sabe nada y no se espera que sepa.

Tampoco se sabe bien en qué bando se está. En ocasiones se cree en lo que postula alguno y, en otras, no le satisface eso y se escora a otro. No es normal que sigamos pensando lo mismo, no entra que el modo de entender el mundo sea el mismo. Ni siquiera ese mundo que anhelamos entender es el mismo mundo, ni los mismos son quienes lo administran ni quienes son administrados, los que escriben las leyes y los que las leen. No se sabe dónde estamos, pero se tiene una certeza rotunda sobre donde no queremos estar. Esa percepción íntima planea inalterablemente, se afianza, crece, ahonda. La ignorancia es una más de las casas en las que nos refugiamos cuando cunde el desencanto. Porque todo consiste en apartarlo, en hacer que nada nos desencante, ni nos derrote, para que avancemos y sintamos que todo tiene sentido. Como aquello que escribió de esta o de parecida manera Mark Twain: hay dos fechas fundamentales en nuestra existencia; una es la de nuestro nacimiento y otra la del día en que por fin descubrimos el porqué de esa irrupción, la naturaleza y la vocación de ese prodigio. Por otro lado, es legítimo el dolor, el despropósito mismo del dolor. No es que curta o que instruya sólo. El dolor acompaña, hace que la visión de su ausencia sea más íntima, obedezca a pasiones más humanas. Ahora vamos al viernes. Empieza a imponerse el frío, se echa una manta a la cama, se cierran las ventanas y se colocan las prendas de otoño en el armario.

19.10.17

Los días /3


Hay días que parecen muchos días. No sabes cuándo empiezan, ni cuándo acaban; tampoco la razón que los mueve, ni la que los detiene. Bien pensados, no parecen que sean reales, se prefigura uno que pertenecen estrictamente a una trama novelística en la que has ingresado y de la que sabes que puedes salir en cuanto desees, como cuando lees y la atención se evade y miras la realidad y detienes la realidad libresca y después regresas y censuras una y activas otra.
as con la sensación de que algo extraordinario está a punto de suceder, pero no cuaja, ni oteas la inminencia de ese prodigio, por más que mires, por mucho que te afanes.
Días sin Dios, días en los que sueñas con Dios, días en los que Dios te visita y te cuenta de qué va la trama celeste y todo eso, pero luego no eres capaz de contarlo y andas huérfano de Dios y sabes que esa orfandad es larga y te hará tener un desconsuelo muy grande cuando te acuestas por la noche y hablas contigo y sabes que no está por ahí escuchándote.
Días Frank Zappa en el iPod por la periferia del pueblo, a paso rápido, quemando algoritmos y frases de alambique poderoso y sustancia insulsa.
Días como un pen de sesenta y cuatro gigas lleno de valses vieneses.
Días que parecen un gospel, días que parecen un foxtrot.
Días donde ves la cara oculta de la luna, días en que David Gilmour y Roger Waters te invitan a unas pintas en un pub inglés en 1972.
Días sin entrar en facebook, ni mirar whatsapp, ni escribir en cien caracteres o en ciento y algo lo bien que estuviste ayer o lo bien que crees que vas a estar mañana.
Días de bebop, días de swing, días de cool jazz, días de grandes bandas, días sincopados, los días hermosos con su colmo de besos en el alma.

Los días /2

Hay días de tres bourbons a última hora de la noche, escuchando a Chet Baker, desplazando el miedo a que algo malo suceda mañana por la sensación muy plácida de que el amor nos visitará más tarde y nos hará dormirnos muy cansados, felices, inocentes, blasfemos y puros, sabiendo que no hay nada que podamos hacer, en la creencia de que tampoco hemos hecho todavía nada y que nos han arrojado al mundo en el instante en que apuramos el último sorbo del bourbon y Chet dejó de soplar para buscar el suyo.

Días para entenderse uno, días sólo para entenderse uno, días que acaban con la evidencia de que sabemos quiénes somos un poco más y somos hospitalarios con nosotros mismos y nos queremos un poco, a veces incluso (durante un rato muy pequeñito) mucho.

Días de vértigo y de fiebre, días en los que no haces nada que hayas pensado, sino cosas que han pensado otros y que tú aplicadamente ejecutas, sin que se advierta queja o se te note pesadumbre o decaimiento o un tímido qué mierda de mundo es éste.

Días como un disco duro al que hemos ido echando cuanto no sabíamos qué uso dar, días de una consistencia inútil.

Días perdidos, días huecos, días grises, días sin que nada verdaderamente hermoso nos visite, pero ah qué placer el regreso al vaivén dulce de las horas, al compromiso con la belleza, al amor carnal, a esa luz con la que la mañana nos invita a que la paseemos.

Días de andar por casa con el corazón muy abierto.

18.10.17

Mi novela

La novela que estoy escribiendo está creciendo a expensas mías, a mis espaldas quizá, me dicta frases enteras cuando estoy ocupando en otros asuntos, hace que me cruce con personajes a los que no he metido mucho en faena narrativa y me saludan como solicitando más papel o reclamando que los retire. De ella, de la novela, tengo la sensación de que no es mía en absoluto. Debe ser por el tiempo que transcurre entre los días en que me siento y me explayo y la voy cerrando por un lado y abriendo por otro, según la consistencia o la fragilidad de la trama. Tengo a veces la secreta convicción (hoy impudorosamente manifiestada) de que la acabaré sólo por sentir que he sido capaz de concluir todo lo que hace un par de veranos pensé sobre un tipo que no es un voyeur al uso, ni siquiera uno accidental y disculpable, sino uno convencido de que es un privilegiado siendo como es y que la suya es la mejor vida de todas las posibles, la que bendijeron los astros, la más prolija en riesgos, de los que sale indemne y a los que acude cuando no tiene nada que ver, cuando el azar se obstina en contrariarle y no posee objeto en el que ocupar su vicio. Bien, pues este voyeur se me ha ido muchas de las manos, se ha convertido en otra cosa y ha vuelto a la que consideré primaria y sobre la que levantar todo el armazón de la historia, pero ahora ha regresado con entusiasmo, me ha permitido que esté una hora larga indagando, yendo hacia adelante, buscando un lugar fiable al que conducirme para que la novela sea una novela y no (como me pareció al principio) un cuento largo, y ni siquiera uno que me gustara especialmente, pero hubo un momento en que me achispé con las letras, con ese ir a ciegas y de pronto, en mitad de la niebla o de la oscuridad, en el enturbiado magma de las palabras, encontrar un camino allanado, uno por el que discurrir y discurrirme, en el que extenderme y por el que permitir que los demás se extiendan. Las novelas son caminos y los que nos obstinamos (torpemente, sin oficio, sin tiempo, ni hondura) en escribirlas somos guías, sólo eso, como si la historia que perseguimos ya estuviese ahí y sólo tuviésemos el mérito de haber encontrado una senda por la que acercarla. Esta hora larga de escritura ha sido un festejo que no sé si tendrá confirmación mañana o el viernes o la semana próxima. Tengo un par de amigos (tres si lo pienso) que están esperándola. Lo que esperan es la rendición de su ausencia, mi pertinaz vocación de hacer una y tal vez mi liberación. Entienden que, al acabarla, al finalizar su transcurso por mi cabeza, afloje o anule la obsesión (plácida ella, no dolorosa, ni maligna) que me causa. Es por ellos, en último término, por los que continúo espiando a mi voyeur, viendo cómo procede, dejando que vaya a lo suyo y se meta en algún lío (uno particularmente doloroso) y espere que yo le muestre cómo zafarse de él y no recibir culpa, ni remordimiento siquiera. Son los amigos, al cabo, por los que uno escribe. Estas reflexiones de martes anochecido, poco antes de perderme en la bruma de los informativos, en la entenebrecida historia de lo que pasa en el mundo, son una confesión en voz alta, feliz sin discusión, por la hora de trabajo, por esa sensación de que poco a poco se acerca el final y estará todo cerrado y olvidado. Hasta se me ha ocurrido un título provisional, que me agrada más que todo lo que el título acarrea y lo que el relato de todos esos sucesos que narra conlleva. En todo caso, es mi novela, una especie de hijo tutelado y ajeno también, como todos los hijos de verdad. La literatura es un parto. Soy la madre vocacional, la madre empeñada en alumbrar y ser madre completamente, aunque luego la criatura sea prematura y no hiciera falta traerla al mundo. Con la de novelas que hay, me pregunto qué motivo habrá para traer otra. Un día, no está lejos, la imprimiré para los cercanos, nada de un archivo en un pen drive, y se la llevaré en mano a esos pocos íntimos, los que leen lo que escribo y me quieren y sólo desean que no me descarríe demasiado. Es una empresa complicada. A un desvarío le sucede otro, se van arrimando unos a otros, aplazando el vacío, por no quedarse uno solo, por todas esas cosas y otras que ahora no se me ocurren.

Los días /1

Hay días en que uno vive la vida de la que habla y días que no nos corresponden y con los que tenemos un trato distante, al modo en que se producen las tramas de las novelas o de las películas, como si todo fuese ajeno y en esa dimensión sucediese y no nos incumbiese en absoluto, al modo en que se observa un cuadro, en el que sentimos una realidad extraña, que no nos incumbe y de la que tenemos una impresión subjetiva, no precisa, sujeta a la ocurrencia de quien lo pintó y también de nosotros en ese instante, que no será la misma visión si la retomamos con posterioridad y es otro el ánimo y somos igualmente otro, no el que miró, ni el que creyó estar falsamente en la propiedad de lo observado. 

Días precisos como una sílaba tónica, días suizos, días con colmo de aritmética, que nos cuestionan la lírica de las cosas y se incrustan como una enfermedad y nos hacen flaquear y caernos. 

Días Kierkegaard, días con absoluta indiferencia a la intimidad, bruscos, llenos de palabras que conocemos por separado pero que no sabemos manejar si se juntan y nos hablan.

Días mansos. Yo adoro los días mansos. Días en que no ocurre nada. Blancos, los días. De una blancura que intimida. Blancos como la idea primeriza de la nieve, antes de que irrumpa, con anterioridad al momento en que es nieve y dejó de ser otra cosa, que no sabemos con certidumbre qué fue o cómo influyó para que hubiese nieve y hubiese blanco y hubiese esa mansedumbre que adoramos.

Días Hal 9000, días Kubrick en vena, días yesterday  or let it be en una terraza a la caída de la tarde, días para contar secretos, días que merecen un aparte, donde cuanto sucede es una cosa extraordinaria, días que bendice un dios caprichoso y rudimentario y completamente feliz.

17.10.17

Los bárbaros

Felizmente no estamos a merced de los bárbaros. Por mucho que agiten sus artilugios de guerra, por más que aireen su condición animal, no tienen ninguna batalla ganada, no hay evidencia de que la guerra se incline a su favor. Estamos sólidamente anclados en el bien, en la creencia de que siempre es posible hacer mejor las cosas y no hacer daño a nadie en ese desempeño. Porque hay gente que se duele a poco que uno se mueve en derredor suya, gente que nunca arguye argumentos, sino que ladra o que berrea o que, en el mejor de los casos, y no es bueno, esgrime opiniones peregrinas, imposibles de sostener si se las examina en detalle. Lo malo empieza donde lo bueno no alcanza, dicho de una manera abreviada y de poco lustre sintáctico o sentimental. Los bárbaros son los que no escuchan, no lo hicieron cuando no tenían motivos para no escuchar y el mundo era hermoso y todo estaba a su alcance. Después se creyeron que no era necesario escuchar o que la mejor manera de entablar un diálogo era obligando a callar al otro, para que su parlamento no tuviera respuesta, para que su criterio no tuviese rival.

No estamos a merced de los bárbaros porque hemos ido muy lejos. Hemos sido capaces de sentarnos y hacer turnos de palabra y levantar actas de lo dicho y respetado la opinión de quienes pensaron cosas buenas y cosas nobles para que vivir no fuese más doloroso de lo que ya es. Porque vivir duele, ya seamos bárbaros o no. Duele desde que salimos del vientre materno y notamos que el aire penetra en nuestros pulmones y los violenta. La primera respiración es una especie de rotura del himen primigenio, el que traemos desde el limbo fundacional, en el que no hay dioses ni palabras, en donde todo consiste en esperar a que la luz penetre y seamos violentamente expulsados de esa paz a la que no es posible volver nunca, aunque inventemos úteros en todo lo que hacemos y amemos a nuestra madre porque ella fue la residencia primera y la más fiable. En un sentido primario, de afecto antiguo y perdurable, siempre volvemos a esa casa: incluso al dormir nos ovillamos, adquirimos esa postura de recogimiento, por no importunar al espacio tal vez.

No hay miedo, ni sensación de que prospere el miedo. Lo que hay es hastío, constatación de que los bárbaros, a su pedestre manera, alcanzan cotas de poder, ocupan despachos y toman decisiones. Se les ve en televisión sin que parezca que sean en verdad bárbaros, se pavonean delante de las cámaras, exhiben su grandeza, la que les sobrevino cuando entendieron que debían actuar sin que se delatase la barbarie, haciendo como que escuchan, aunque después nada de lo escuchado durase, todo fuese sacrificado y no fingido nunca más. Pues a pesar de eso, no estamos a su merced, no hay ranuras, no hay fisuras, no hay resquicios por los que permitir que franqueen nuestra integridad o nuestra moral o como quiera que se llame lo que hace que no seamos como ellos.

Uno no sabe bien en qué bando está. En ocasiones cree en lo que postula alguno y, en otras, no le satisface eso y se escora a otro. No es normal que sigamos pensando lo mismo, no entra que el modo de entender el mundo sea el mismo. Ni siquiera ese mundo que anhelamos entender es el mismo mundo, ni los mismos son quienes lo administran ni quienes son administrados, los que escriben las leyes y los que las leen. No se sabe dónde estamos, pero se tiene una certeza rotunda sobre donde no queremos estar. Esa percepción íntima planea inalterablemente. Esa certidumbre es la que hace que salgan algunos de estos textos de vocación combativa, pero estériles en el fondo, a poco que se los lee en detalle y se extrae lo poco que aportan. Se conforma uno con contarse el mundo y decir he aquí a los bárbaros, he aquí a los que no lo somos, algo así. Es posible que únicamente sirva para conciliar con más propiedad el sueño y dormir sin que nos atormente nada. A los bárbaros se les debe poner muy difícil dormir con esa limpieza. Se deben despertar en muchas ocasiones, deben tener sueños pesados, deben tener la sensación de que sólo son bárbaros cuando abren los ojos y empieza la vigilia. Se les debe aparecer la madre o los hijos o los dos. No sé. Se me ocurre que los bárbaros tienen madres y tienen hijos, aunque no lo pareciera, ni remótamente. Ni siquiera este martes que amanece tímidamente es de ellos, no les pertenece, no es cosa suya. Que el nuestro sea bueno y pródigo en alegrías.



15.10.17

Lo que ayer Antonio y yo no dijimos

Yo soy muy de andar por casa, no incurro en carreras, no me agito, no desaprovecho ocasión en la que pueda encontrar alivio. Me consuelo a conciencia, creo que no hay oficio que maneje con más arte que en el de procurarme el placer que, por unas causas o por otras o por todas juntamente, la realidad se obstina en negarme. No es que el mundo se haya conjurado para estropearme la fiesta (más quisiera Paulo Coelho que el mundo obrara adrede, hiriendo por aquí, calmando por allá) sino que el azar en ocasiones trabaja en tu contra. Cualquiera que lea sabrá que no desatino, cualquiera sabe que hay días felices que se malogran por detalles irrelevantes y días infaustos que cobran vida y alzan el vuelo por detalles irrelevantes también. Maneja uno con cuidado los instrumentos que se nos entregaron. No son muchos, no son ni siquiera muy sofisticados, no hubo adiestramiento, no se pasó un examen, ni se tuvo nunca la idea de que se estaba capacitado para su desempeño. En eso somos todos muy iguales, en cuidar de que nada bueno nos falte si está a la mano, si no hay que ir muy lejos para alcanzarlo, si valdrá la pena el gasto que acarrea, pero hay quien se priva y censura, quien no se permite ningún exceso y argumenta que es la salud la que importa y caerá malo si no renuncia o si despreocupadamente incurre un día en una licencia y más adelante en otra, hasta que dejan de ser caprichos atendidos y pasan a convertirse en rutina, en pieza doméstica de uso normalizado. También hay quien no presta atención alguna y se excede y no mira en qué pierde y si de verdad valió la pena. K. sostiene que no hay que pensar demasiado en uno mismo. Él no lo hace, no tiene esa lealtad íntima, no ejerce con fiereza la responsabilidad de estar sano. K. es voluble, K. es un fantasma. Quizá los fantasmas, incluso los volubles, no merecen consideración en estos asuntos, no se les de voto, ni se les exija opinión, pero no tengo a nadie más a mano y traigo sus pareceres, que son a veces un poco también los míos, no tengo intención de eludir esa parte, ni de apartar lo evidente. En eso todos somos fantasmas, volubles o no. Todos damos opinión cuando no se nos pide o no la damos cuando se nos requiere. Nadie tiene a nadie más cerca que a sí mismo. Nadie tiene a nadie más lejos. De ahí el caos, la fiebre. De ahí el vértigo.

Entre cañas y chesters,  charlaba ayer con mi amigo Antonio sobre la imposibilidad de ser felices a tiempo completo. No era esa la conversación, pero de fondo no era otra. No podemos, no sería tampoco ni bueno. Ya no vemos películas de la RKO a las dos de la mañana, sentencié a mis adentros. Este dolor en el costado debe ser la edad, conté en un verso. Pero no es un dolor único, uno tangible, uno mensurable: son mil dolores pequeños, son mil soliviantos suaves. Y ninguno es grave por sí mismo, aunque todos se arrimen para que la pieza flaquee o caiga y acaben venciendo. Es muy complicado todo esto, Antonio.


13.10.17

Catalunya, mon amour

Conmueve la ternura, se apresta a que la bondad irrumpa y permanezca. Luego se desvanece, a pesar de la voluntad de que persista. Duele que sea lo malo lo que perdure. Ahora que los balcones se tapizan de banderas patrióticas piensa uno en el movimiento que hemos consensuado los que apreciamos la cordura y el temple. Los otros no creo que sean insensibles o que se inclinen al desatino a lo loco, sin caer en la cuenta del daño que causan o que, a la larga, se causan a sí mismos y, por ósmosis jurídica, a todos.

Fascina la visión del pueblo echado a la calle festivamente, unido por ciertos valores irrenunciables, sacados de sus casas para exhibir un modo de pensar o de posicionarse en el mundo. Ahora que flaquea la conciliación o la concordia o la armonía, agrada que estemos conscientes. Lo de antes era anómalo: faltaba que uno diese un giro en la rutina de las cosas para que el otro ideara cómo contrarrestar el ruido que hizo la pieza movida.

Contra la persistencia de unos acude la firmeza de otros. Como no sabe uno la letra pequeña y la trascendente de las leyes, se conforma con sentirse esperanzado en la diligencia de quienes sí conocen las obligaciones que emanan limpiamente de esas leyes, que son el asidero fiable y legítimo para que nadie obre a su antojadiza manera, sin acatar el rojo del semáforo o la cerradura que clausura la propiedad ajena. No es un mundo de emociones, no deben ser esos  voluntos sentimentales los que escriban las normas.

Sirve la política para despejar estas acometidas inasumibles por todos, aunque algunos, los afines, las esgriman y consideren válidas, sin considerar la dimensión de la tragedia, el flaco favor que se le hace a una sociedad madura, hecha a andar con firmeza, confiada en la gestión de sus administradores e íntimamente feliz por vivir en uno de los mejores mundos posibles, a pesar de las fracturas que produce todo movimiento. Pero nos movemos, avanzamos, afrontamos juntos el futuro, compartimos una casa común, no nos anima la idea de que se extravíe o que se malee esa sustancia humanista de armonía y de confort.

A la larga, si hay extravío, si cunden el apartamiento y la escisión, tendremos que reescribir la plana de obligaciones y de derechos, articular un mapa nuevo en el que vivir. No creo que vaya a más el desatino. No son tiempos de beligerancias obstinadas o fratricidas o cainitas. Lo son de ternura y de cuento la ternura arrastra. Tengo la convicción de que acabará triunfando, aunque me cueste portar esa esperanza a la vista de lo que nos cuentan. Está todo muy embarrado. Escribir sobre el amor es de una temeridad escandalosa.

Habrá quien me censure por cándido, por inocente, por creer en que regresará el concierto o por pensar que se entablará algún tipo de diálogo o por conceder a la política el papel que se le encomienda, el de procurar a sus administrados una brizna de bienestar, aunque algunos no la entiendan o la censuren ásperamente, negados a ver más allá de sus símbolos y de sus juveniles ansias de emancipación. Lo malo perdura, ya lo sé. Quizá estemos hechos para sobrevivir, no para vivir únicamente. Es el prefijo el que bastardea el discurso. Se irán de la casa familiar quienes puedan hacerlo, amparados por alguna ley que les permita salir, sin que nadie les afee el gesto, sin que se amotinen unos y se solivianten otros. Vendrán tiempos mejores, serán nuestros.

12.10.17

Las flores suicidas / Juan Herrezuelo / 9 notas para 5 cuentos



1
Tenemos la enfermedad de las palabras, tenemos el dolor de no tenerlas, tenemos la certeza de que nunca habremos entendido las suficientes. El hecho de escribir alivia esa dolencia, la hace llevadera, produce la sensación de que estamos en el buen camino o de que el oficio de vivir (tan agotador y también tan dulce) se maneja con mayor soltura si sabemos qué palabras usar, a cuáles entregarles una intendencia más firme. Es de las palabras el mundo. Suyo sin fisura, sin que podamos rebajar la certeza de esa propiedad o apostar por la injerencia de otro dueño. Lo que hace Juan Herrezuelo en Las flores suicidas es contarnos el mundo con esa premisa (la de la prevalencia absoluta de las palabras, la de su festejo en el trasegar de lo contado) bien anclada en su cabeza. La cabeza de los escritores es más o menos la misma cabeza. Todos tienen en común la voluntad de ocupar el vacío, todos se obstinan en aplicar cierto rigor en ese volcado.

2
Con la vida viene a pasar como con ciertas películas malas: que sólo entretienen, que aligeran el dolor o lo zanjan en el mejor de los casos y que acaban olvidándose. Lo que hay en Las flores suicidas es vida pura, pero no es un relato ameno de su transcurso, no ofrece un asidero al que confiar el aplomo del viaje. Por más que planee la idea del suicidio, es la vida la que siempre sale a flote. No hay cuento en que no prospere esa idea; ninguno es triste a tiempo completo, aunque la tristeza lo impregne; ninguno desalienta severamente, aunque el desaliento lo ocupe.

3
No sabe uno cuándo un cuento pide que se alargue. Hay tramas que exigen un desplazamiento mayor, una ocupación más sólida del tiempo y del espacio. La esfera de sus plumas (mi cuento favorito) es una novela de la que se hizo un cuento, cuando suele suceder a la reversa y son las piezas cortas las que alumbran las largas. Creo que fue Cortázar quien dijo que había cuentos suyos que podrían haber resultado más eficaces si los hubiese extendido. Hay días que son muchos y vidas que, cuando concluyen, semejan un día largo y agotador.

4
Somos levedad. Si hay una palabra que se queda adentro tras leer Las flores suicidas es levedad. La literatura hace que lo leve posea también su esplendor.

5
Juan Herrezuelo es un escritor prometedor de ciencia-ficción. La esfera de sus plumas es un cuento sobre la destrucción y sobre la esperanza. No sé cuál de las dos vence. Es un cuento duro de leer, que dialoga con la parte de uno mismo que no nunca está ofrecida, la del porvenir, la de la creencia de que el mundo es un ser vivo y que lo herimos a conciencia. Creo que no hay género más útil para contar el presente que la especulación de lo que acaecerá en el futuro. La ciencia-ficción ecológica, que no sé si es género revisado y catalogado, ocupa el cuento que da título al libro, una proeza discursiva. No basta con escribir con oficio (Herrezuelo lo hace sobradamente) sino de escribir con coherencia hacia lo escrito. No es lo mismo dejarse llevar por la inspiración, que prorrumpe justo cuando estamos en la cúspide del trabajo, que investigar sobre lo narrado. La labor documentalista de algunos relatos es abrumadora. Lo verosímil es lo periodístico, la rendición cartesiana de los datos puros y duros. Con todo, no es el mejor relato. Adolece de hondura sentimental. La prevalencia de la trama conspiranoica borra, en parte, la dimensión humana. No son los personajes más labrados los de este cuento cuando lo que más admira este lector es precisamente el tratamiento de todos los personajes que aparecen en los cinco relatos. Y lo humano, lo más acendradamente humano, es el valor que con más esmero traza el autor.

6
Lo que no está es lo que más importa. Una obra vale tanto por lo que elude que por lo ofrecido. Es el perímetro lo que al final queda a la vista. La periferia es el objetivo, pero había que entrar en las entrañas y contar las cosas como si nos afectasen, aunque duelan a distancia y uno pueda referirse a ellas sin que lo lastimen, sin que obren en él un daño del que después no sea fácil salir o del que no haya manera de hacerlo. Eso parece que dice Juan Herrezuelo o eso pongo yo en su boca. Respira con dificultad la literatura cuando su oferente la hace inteligente, la viste con el cuidado de quien reconoce la experiencia del observador. Sigo pensando (después de todos los libros que he leído) que la creación de una obra literaria es un ejercicio absurdo. Ya existen miles de historias que han sido escritas con un talento mayor que el nuestro, el de los escritores noveles, el talento novicio de quien empieza, aunque crea que lleva toda la vida en ese desempeño. Pues Las flores suicidas es un libro necesario, trabajado con el esmero de quien sabe que todo va a ser escrutado y puesto boca arriba, expuesto y manumitido de su condición más íntima. Una vez que acabamos el cuento, cuando cerramos la trama, deja de pertenecer al autor y es propiedad de quien lo lee. Las flores suicidas fue mi libro durante el tiempo que me ocupó despacharlo. Me llenó de orgullo (privado orgullo) sus aciertos y me apenó (cuando acudió la pena) sus fracturas, que las hay, por supuesto. Fue mío de un modo que a veces no alcanza un libro que se espera con más fruición, ya sea porque lo ha escrito un escritor al que adoras y del que lo has leído todo o porque tu olfato literario te inclina a pensar que será disfrustable y muy gozoso. El hecho de contar aquí ahora estas impresiones me parece un acto insensato. Como si todas estas reflexiones (hiladas a bocados, escritas en días distintos, con ánimo diferente) no se precisaran o hasta incomodaran y el libro anduviera a solas por el mundo, yendo de lector en lector, haciendo  que sus personajes (Virgina tan paciente y Abel tan heroico o Julio tan apesadumbrado o el tío Isidro tan visionario) perduren, no flaqueen en la memoria de sus nuevos dueños. La literatura entera es un acto de préstamo, pero no pierde uno del todo lo que ha ganado. Eso lo sabe Eduardo padre, personaje de El camino de los aires, el cuento más doloroso, creo. Uno en el que la escritura se hace elástica y va y viene por el dolor de un padre por sacar a su hijo del confinamiento en donde está y de la festividad de los sonidos y de las palabras. Lo que hacemos en la vida es prestarnos, no es enteramente el darnos cristiano, que a veces, sino una especie de extensión de uno mismo, de volcado sentimental hacia lo que amamos. Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, escribió Rainer M. Rilke. Somos ricos, somos pobres, todo juntamente y en el mismo trazo del tiempo.

7
Antes de que las cosas se olviden hay un momento en que pensamos en ellas y las miramos con más detenimiento, como buscando una respuesta que haga que las reservemos o las perdamos. No es posible que todo lo que vivimos pueda ser custodiado a la manera del Funés de Borges, que tenía una memoria del tamaño del universo y no había ruido que escuchara que no fuese escrutado y sometido a la vigilancia obsesiva de su portentosa retentiva. Ese festejo de la realidad no es el más atractivo. Una de las funciones de la literatura es la de crear la ilusión de que algo imposible puede suceder o de que lo real, lo tangible, lo que se aviene al registro de los sentidos, puede esconder en su interior la semilla del desconcierto, la de la perplejidad. Sin asombro no gira el mundo. Por eso Vísperas del olvido es un relato formidable. Porque lo cuestiona todo. Porque dice algo y se desdice después. Porque Eladio, el pobre, está en un lado y en otro del espejo o porque está en los dos a la vez, como el gato de Schrödinger o como Puigdemont cuando declara que Cataluña es independiente (permítanme esta referencia cruzada, hoy que es Día de la Hispanidad, sea eso lo que sea). La realidad gana en hondura cuando no es lineal, cuando serpentea, cuando hace meandros. La credulidad es un obstáculo. La ignorancia, aun mala, crea la posibilidad de que abramos los ojos y agucemos el oído para que todo penetre limpiamente y podamos extendernos sin estorbo en su análisis. El mérito de ese cuento es el ofrecimiento de una realidad boscosa, un poco tramposa también, de la que sólo al final (no spoilers) tendremos un punto de anclaje fiable, una especie de puerta que nos invita a salir. En todo caso fue el primer relato que leí. Abrí Las flores suicidas por ese cuento. Tal vez me gustó el título (todos son buenos, no obstante) o algo en ese día inclinó mi elección o abrí una página al azar y leí un párrafo suelto que me hizo buscar el inicio y acometer después (sin prisa) el desarrollo. Todo lo que cuento es muy de Cortázar. No es ninguna novedad: Julio Cortázar va y viene por los cuentos. "Varias noches he soñado que doy de comer a las palomas", el comienzo de La esfera de sus plumas, es Cortázar. Sin discusión. También la querencia por la mixtura de géneros. Incluso la de formatos: Vísperas del olvido es teatro (diálogos estupendos, lo son) y es prosa.

8
Somos levedad, somos frágiles, somos tiernos. Lo leve, lo frágil y lo tierno es la periferia del apocalipsis, tema recurrente en al menos tres de los cinco cuentos. Esa terminación brusca de la realidad tal como la conocemos es un tema difícil, que ha sido explotado hasta el desmayo, poblándolo de zombies y de carreteras largas que no acaban en ningún sitio. La visión humanista de esos cuentos los salva de la grisura de lo visto. No tienen la etiqueta de apocalípticos, no es la vía fundamental por la que discurren, pero se percibe que existe esa vía. La crónica que hace Virginia es de una lentitud que a veces exaspera. Lo cuenta todo como si ya hubiese reventado el mundo y quedara ella como cronista del cataclismo. Lo cuenta con morosidad, sin ahondar en el caos, pero ofreciendo puntuales referencias a cómo se extendió. Es el cáncer, es la metástasis cainita, es el ruido que hace la hoja del cuchillo cuando se hunde en la carne y la rompe. Creo que al final Virginia sucumbió. La venció la debilidad o el abandono, que es una de sus formas más dulces.

9
He leído dos veces Las flores suicidas. Me gustó mucho más la segunda. Ganó en pesó, se hizo más mía la lectura. La primera vez no fue propicia para que yo disfrutara. Mi padre cayó enfermo, fueron días de hospital. Leí por refugiarme, por abandonar transitoriamente la realidad, por desaparecer a capricho y regresar por necesidad y por amor también. Uno lee cuando puede o cuando le dejan, no hace falta que concurran circunstancias trágicas para que leamos menos o leamos peor. A veces no se encuentra acomodo, no sabe qué tramo del día ocupar con los libros, qué cosa dejar de hacer para que ellos hagan festivo acto de presencia. Compré con entusiasmo el libro de Herrezuelo y lo aparqué hasta que acabara el que tenía, un Murakami que no me llenó, como suele. Acudí a él y lo devoré en pocos días. Lo dejé apaciguarse adentro, pero entendí que necesitaba otra lectura. En cuanto volviese la rutina, lo acometería de nuevo. En cuanto volvió, eso hice. Me dispuse a regresar a un lugar que conocía, me sentí cómodo, invitado por amigos, como quien regresa a la casa en la que ya ha cenado antes y en donde ha conversado y reído y bebido hasta altas horas de la mañana. Esa es la razón por la escribo a bocados, a dentelladas, sin que haya una armazón que lo compacte todo. Tengo la sensación (nuevamente digo esto) de que este libro que tanto me ha gustado requería un texto distinto, pero siento que éste es el mío, el que proviene de esos dos lectores y de conocer a Juan y de sentir que hablo de alguien que me conoce a mí también.

11.10.17

Viva Carver




1
Lo difícil, en la escritura, es hacer sencillo lo extraordinario, manejar con ingredientes muy livianos asuntos de una hondura asombrosa. Lo contrario, lo fácil, es vestir con hechuras sofisticadas lo que en apariencia se advierte como sencillo. Raymond Carver hace lo que otros eluden: escarbar en lo real y extraer su complejidad sin interponer en esa investigación instrumentos violentos, ingredientes vistosos. Carver hace que la literatura sea verdaderamente un juego en el que importa su transcurso, las peripecias con las que se exhibe y no, al modo clásico, insistiendo en la supremacía narrativa de un final rotundo, de un cierre plausible a una trama. Las suyas son retazos de vida extraídos con una cirugía no invasiva, de ésas que apenas rozan el cuerpo intervenido. Carver explica el mundo sin que esa explicación lo vulnere, sin que su giro se ralentice o acelere. Carver fue un creador insólito, un entomólogo sutilísimo que coleccionaba piezas de una normalidad absoluta, de las que ocurren a diario y ocurren a cualquiera. Como si excluyera las mariposas y tan solo buscara moscas. Las primeras son las exuberantes, las que hechizan el ojo, aunque después narren una trama hueca, de vuelos limpios, que me perdone Nabokov. Las moscas, sin embargo, las intrépidas y molestas moscas, poseen una biografía increíble. Se podría levantar toda la novela decimonónica alrededor de la vida de una de ellas. a pesar de su brevedad o precisamente por esa circunstancia. Cruzan todos los paisajes, se posan en todos los veladores, no se esmeran en ser hermosas, incomodan con absoluto oficio, hacen que uno saque de adentro su lado animal. Prefieren lo turbio, lo desechado, lugares donde planea la amenaza de un cese abrupto, de un final terrible. No sé si hay moscas en los cuentos de Carver. Bien pudiera haber, se ajustan bien a la mecánica de sus tramas.

2
Hay algunos cuentos de Carver en donde no pasa absolutamente nada. Yo mismo tengo días que son como cuentos de Carver. Días invisibles, sin presagios ni acontecimientos relevantes, invertidos en la sola empresa de que transcurran ajenos a sobresaltos, construidos sobre la firme creencia de que lo asombroso y lo fantástico sucede siempre en las novelas, en los cuentos o en las películas. De una variedad temática notable, a pesar de que todo nos parezca cercano y familiar, son cuentos en los que se entablan diálogos de una intimidad absoluta. No hay un propósito que privilegie al lector o que indague en la naturaleza metalingüística de la obra. Lo que hay es un raspado brutal de lo real, una constatación inapelable de la épica de lo cotidiano. Como si se taquigrafiasen las pequeñas fotografías que, hiladas, ensambladas unas a otras, forman la realidad.

3
El lector de Carver caza resplandores. Los caza sin que exista tampoco una voluntad de hacerlo. El escritor carece de apego hacia lo que escribe: no es que no lo mime (en los cuentos de Carver hay un deseo infatigable de pulcritud, a pesar de la desnudez y la esquemática presentación de las frases, áridas a veces) sino que lo observado ya es así. La historia está dentro de lo que ocurre. El mérito del escritor es captarla, estar ahí en el momento en que transcurre. El de Carver en particular consiste en la consistencia casi artesanal de ese volcado, en cierta pureza que predispone a la confianza de lector, a la sensación de que no hay impostura en lo contado, en que las historias no precisan de la obligación clásica de solucionar los conflictos. Carver se limita a exponerlos. Los airea. Apunta más que indaga. Las verdaderas historias no están a mano o, al menos, no se puede inferir nada contundente del texto. Lo que el lector saca en conclusión procede, en cierto modo, de la experiencia que trae cuando lo lee. Es, en este aspecto, un escrito que dura más que la lectura que se hace de su obra. Hoy, sin ir más lejos, he pensado en Carver un par de veces. He asistido a un sinfín de hechos insignificantes que me han sugerido la posibilidad de un cuento y de cómo se harían carverianamente.

3
Los libros, en especial los que te afectan de verdad, tienen la virtud de modificar la forma en que te relacionas con los demás. Piensas en términos narrativos. Actúas de un modo narrativo. Eres narrativo. Haces como si todo pudiese ser registrado en un texto. No importa (o importa de un modo secundario y casi siempre irrelevante) que no sea una buena historia. De hecho, la mayoría de las historias son malas. Las pule quien las cuenta. Gana la impresión (durable, lúdica, íntima) de que los cuentos de Raymond Carver son un poco así. Cuentos secos. Que se impregnan adentro sin que depositen nada maravilloso. No hay prodigios, bienaventuras, milagros, belleza, aunque existan esas cosas larvadamente, sin que emerjan y se exhiban. En esos cuentos existe (subrepticiamente) un desinterés productivo, uno apoyado sobre personajes anodinos, cuando no estúpidos, que de pronto se convierten en asesinos (Diles a las mujeres que nos vamos, De qué hablamos cuando hablamos de amor) o en individuos deshumanizados (Catedral, mismo título). Gente de los márgenes, gente escandalosamente trivial, que bebe cerveza en el porche de sus casas mientras el camión de la basura espanta a unos gatos o gente que se despierta en mitad de la noche, sale al jardín, fuma un cigarrillo y vuelve después a la cama sin que se nos invita a ingresar en ninguna historia. El personaje es la historia. Todos, al cabo, tenemos una adentro. Grandiosa, tétrica, criminal, tierna. Y a diferencia de otros autores que prescinden de la poesía, entendida como hallazgo, como revelación metafísica casi, Carver la invita a su prosa de un modo admirable. Siempre me ha parecido que la poesía en su efecto y en la manera en que se compone, se encuentra más cerca de un relato que el relato de una novela. De una imagen, a partir de una evidencia visible, se levanta una catedral de sugerencias. Ninguna es determinante, ninguna vincula de un modo absoluto. Lo que hace que los cuentos de Carver sean prodigiosos es la forma en que impregnan al lector. Poseen un asombroso sentido de la concisión y, sin embargo, se expanden casi viralmente, acceden a un territorio brumoso, conectan con cierta parte del lector que, convenientemente activada, penetra en la trama y se sienta asimismo una parte vinculada a ésta.

4
No hay finales felices en Carver. Tampoco tristes. Hay finales insólitos, hay finales que no lo parecen en absoluto. Uno desea que avance más lo contado pero, por otro lado, cree que no tendría que ser siempre así y que vale ese finiquito inesperado. Finales que piden un extra narrativo que a veces solo provee el propio lector. Está entonces esa sensación poco explicable de no saber exactamente a qué atenerse. A lo mejor no hay que atenerse a nada. Vivir es un cuento de Carver. No sabes qué pasará, no tenemos ni idea del lugar en donde empiezan las cosas y el lugar en donde finalizan. Quizá Carver a lo que aspira es a que nos perdamos en tramas alarmantemente parecidas a las que suceden en la vida real, de la que se alimenta ferozmente. No hay indicios de que exista una mínima posibilidad de piedad en el trato a los personajes. Se pueden extraviar y no habrá un gesto paternalista que los rescate. Se pueden malograr completamente y no habrá nada que los redima. En la vida, en los breves episodios que la forman, no hay una providencia de recursos que presagie la bondad de sus días o la salvación de sus almas. Carver es un dios impío, una especie de demiurgo infame para sus criaturas. Y es precisamente esa malignidad (noble, por otra parte) lo que me fascina de su escritura, su absoluta falta de pudor para explicar la perplejidad de lo humano. Al alma Carver la saquea, la exprime, le pide todo cuanto se le antoja y espera pacientemente a que se rinda y lo ofrezca.







posdata:
Fue Alex (mi hermano norteño José Antonio Zamora) el que me hizo leer de verdad a Carver. Hace tiempo escribí un texto sobre Carver y se lo dediqué a él y a Cristina. Hoy tengo un motivo hermoso para repetir la dedicatoria. Viene una criatura, está en camino, la tiene ella adentro, crece para que luego todo sea luz. No hay vez en que no relea a Carver que no caiga en la cuenta de que son los amigos los que te enseñan el camino. Ven, lee, cuéntame después qué tal

9.10.17

Viva Mamet


David Mamet es un escritor de fondo, no aparece en los suplementos culturales con frecuencia, no desea esa notoriedad que otros escritores peores que él ansían como si ése fuese el verdadero propósito de su escritura, el de arrimarles fama. Manifiesto es un libro sobre teatro. De hecho, su título en inglés original es ése: Theatre. Pero hay más: está su amor por la ficción, su finura, sus opiniones. Mamet es un oráculo. Se lee con delectación. En algunos tramos se lee como si asistiéramos a una conferencia magistral. Una de las cosas que más me han afectado es la del trabajo. Pide al dramaturgo (por extensión a cualquiera que escriba) que se esmere en la trama. Dice que todo es eso: un buen argumento, no hay más, no debería haber mucho más. Si calzamos una buena trama, todo lo demás vendrá solo, sin que nos esforcemos en demasía. Me gusta el Mamet provocador, el que hiere adrede, el que no se arredra cuando mete el dedo en la herida y desmonta (y cómo) instituciones como Broadway o el método Stanilawski. Me gusta su escritura, que fluye con una normalidad asombrosa. Pareciera que no le cuesta trabajo. Tiene esa rara habilidad de convocar las palabras y dejar que ellas se arracimen hasta formar un bloque compacto. Se tiene la impresión de que no hay manera de expresar mejor las cosas. Escribir, corregir. He ahí el método.
»Me gusta el entretenimiento de masas. Yo mismo he escrito entretenimiento de masas. Pero es lo contrario del arte, porque la función del entretenimiento de masas es seducir y adular a los consumidores, para transmitirles la idea de que aquello que consideran cierto es realmente cierto, y que sus gustos y su gratificación inmediata son la máxima prioridad para el proveedor. La función del artista, por el contrario, es decir: ¡Un momento! Al contrario, todo lo que habíamos pensado es incorrecto. Debemos revisarlo.»
Mamet se lee en pocas sentadas. Imagino el placer de quienes aman el teatro de verdad. Yo soy un amante amateur que no finge su inocencia, ni la esconde. Mamet es pedagogía. Hace poco leí una entrevista en un suplemento dominical en el que defendía las armas y rezaba para que Dios aliviara el mal en la tierra y nos encauzara hacia el buen camino. Incluso eso me fascinó. Que no sea perfecto, que haya algo en lo que no podré estar de acuerdo.
Luego está el cine: Glengarry Glen Rose, El cartero siempre llama dos veces, Los intocables de Eliot Ness, El caso Winslow, Vania en la calle 42, State and Main, que recuerde ahora. Además escribe estupendamente. Y tiene citas antológicas. De tatuarse en el brazo son.
«La tragedia no es un canto a nuestro posible triunfo, sino a la verdad: no es victoria, sino resignación. Buena parte de su poder apaciguador proviene de nuevo de aquella consideración de Shakespeare: cuando ya no hay remedio posible, tampoco hay dolor».

7.10.17

Yo soy muchos


Se heredan de los padres cosas que nunca dejarán de pertenecernos. Por más que agraden o  incomoden no hay manera de que puedan borrarse. Uno es esa suma azarosa de registros a los que no puede aplicar gobierno alguno. En cierto sentido, somos muchos en el recinto de nuestra cabeza. Ni siquiera muchos fiables y conocidos, sino muchos espontáneos, muchos impredecibles. De todos ellos uno mantiene la cordura, el anclaje a la realidad, la supervivencia diaria y el traje con el que nos vestimos cada día para hacer frente al correr de las horas. No debe ausentarse ése, precisamente ése, pero hay días en que no nos reconocemos, nos preguntamos dónde andará ese yo previsto por los demás, del que se tiene una impresión favorable, el que lleva años saludando cuando baja a tirar la basura o entra a trabajar con una sonrisa o abraza a los suyos con absoluto entusiasmo. Hay días en que no podríamos ubicarlo, sacar el mapa y decir es este, aquí va, volverá pronto. Hoy vi un gesto mío en mi padre. Fue un destello, de pronto reconocí que él era mi origen y mi provincia secreta. Fue algo tan sumamente íntimo que no podría ser explicado aquí a entera satisfacción del lector, una de esas cosas que ni siquiera uno mismo tiene en claro, pero que una vez que prorrumpen en la realidad no hay manera de apartarlas, de pensar que son de otro. Mi hijo, hace pocos días, confesó que un gesto suyo era de mi propiedad. No era uno pensado, ni considerado siquiera. Lo reprodujo la parte nuestra que hemos recibido en herencia. Quizá sea ésa la verdadera y las otras, las que interponemos al mundo cuando nos abalanzamos sobre él, sean impostadas, un poco mentidas, un poco forzadas. Nada malo, imagino. Todos somos muchos. Uno es tantos. Me marean los números. 


5.10.17

Los malos, los estúpidos, los insensibles


Conforme adquiere uno sitio en el mundo, él muta, vira, se hace otro tal vez por hacer que yo pierda esa firme voluntad de permanencia o de seguridad. Todo es de una fragilidad que, a la larga, intimida y aturde. Cuento con los recursos aprendidos, pero pierden validez, no sirven para el uso noble y legítimo para los que los encomendamos. Andan los días enfermos, aquejados de ese vértigo, comidos por esa fiebre. Sólo hay que prestar la atención necesaria, observar con entomológico esmero qué obstáculos se empecinan en impedirnos entender qué hacemos aquí, de qué manera seguir estando sin que lamentemos la estancia. Es un mundo bueno, no tengo duda en eso. Somos nosotros quienes malogramos la concordia, los que lastimamos la armonía. El mal pugna por vencer siempre. Al bien tenemos que animarlo, no avanza a solas, no prospera sin que lo jaleemos. Siempre funcionó así. El mal de ahora es invisible. No alcanzo a comprender en qué fallamos. Los unos tan poco sensibles y los otros tan empecinados, todos tan ciegos o tan torpes o ciegos y torpes juntamente. Como no tengo manera de aclararme, me limito a declarar mi incompetencia en estos asuntos. Me manejo bien en los íntimos, tengo las competencias precisas para llegar al finiquito del día con la conciencia limpia y el ánimo más o menos indemne, pero me asusta que haya ahí afuera alguien que posea la capacidad de, aun sin conocerme, dañarme, hacer que peligre mi felicidad tan trabajada, la de los muy amados míos, la de los ajenos que no conozco y comparten conmigo el mismo anhelo de vida. Existen todos ellos, están puliendo su oficio, se cuidan de que no se les descubra, obran arteramente, sólo buscan que yo no tenga la seguridad y el confort que persigo. Hay entre ellos y yo una guerra larvada, no visible, pero igual de cruenta y dramática en el fondo. No siendo soldado ni enarbolando ninguna bandera de ningún bando, me pregunto si no será guerra, sino otra cosa, si será simplemente vivir y todo emana (feliz o penosamente) de esa circunstancia ineludible. Me abruma esta dolorosa suma de pequeños combates en los que involuntariamente participo. Me arrojan a ellos, me exponen para que tome partido o para que exhiba qué lugar del mundo he escogido, cuando no deseo en ocasiones posicionarme en ninguno, no delatarme, no exponer mi voz, ni airearla, aunque por otro lado siento cada vez más nítidamente cuál es el lado en el que no estoy. Sé lo que no me gusta, no tengo claro qué sí. Estoy contra el mal, contra la estupidez y contra la insensibilidad, pero esas tres cosas son la misma cosa. El mal se viste de estupidez y de insensibilidad. Los malos son estúpidos y son insensibles. Nadie está a salvo de no ser alguna de esas cosas (malo, estúpido o insensible) en algún tramo de su existencia o en muchos, a saber. Cada vez que me intereso por las noticias, en cada doméstica ocasión en la que decido enterarme de lo que está pasando, razono que será la última o que interesaría que fuese de verdad la última, pero están hablando de mí. En cada una de esas noticias deprimentes que escucho estoy yo o están todos los que son como yo, los que observan con timidez el curso ilegible de los acontecimientos. Se rompe el mundo y yo estoy en mitad de la fractura. Se hace añicos y yo estoy en todos los pedazos. 

4.10.17

De moscas y dioses





Creo que así me ven las moscas. A veces debería uno confiar en ellas, en cómo advierten nuestra presencia y la registran.  La realidad es lo que traspasa el umbral sensible de los ojos y el caudal de información que registran y el que envían al cerebro. En cierto sentido, todo depende del cerebro. No hay que fiarse de lo que vemos, sólo es una impresión personal, la de la especie, no la estadísticamente consensuada. Lo que es seguro es que no somos como el espejo nos devuelve. Vemos una deformación, lo que aparece frente a nosotros es una distorsión. Es otra cosa la que los sentidos nos restituyen, pero no la realidad. Quizá no sea posible aprehenderla de una manera rigurosa. No habrá criatura que nos vea como creemos ser vistos. Tampoco nosotros las vemos con fineza cartesiana. Ni siquiera aquéllos con los que compartimos un mismo mapa genético. Veo a mi amigo de toda la vida y pienso que no lo conozco, manejo en la cabeza la hipótesis de que no es el que conocí, ni tampoco el que dejé ayer, con el que hablé de las cosas buenas y malas que le pasan a uno. De hecho no se nos ha permitido observarnos desde afuera, salvo que uno domine la experiencia astral y vuele de su centro a la periferia y en el aleteo pueda contemplarse. Somos lo que nos dicen. A veces conocemos mejor a los que tenemos cerca que a nosotros mismos. De los demás sabemos el significado de gestos que nunca reparamos que podamos tener y desplegar. De ellos apreciamos maneras de inclinarse sobre los objetos o de mirar que no consideramos jamás en lo más íntimo nuestro. Y lo fascinante es precisamente todo esto: esa incertidumbre, esa zozobra, toda esa especie de deriva metafísica. La aventura de vivir precisa de estas fragilidades. Estamos vivos porque todo es eventual o porque todo es frágil o porque todo es incierto. Es la incertidumbre la que hace que el corazón late y que el mundo gire. Solo nos interesa lo que asombra y qué mejor objeto de estupor que uno mismo. Infeliz quien entienda que sabe de sí mismo cuanto necesita saber. No tenemos ni idea, no es ni siquiera recomendable que sepamos en demasía. Como si se nos hubiese encomendado irnos conociendo y supiéramos que no habrá vida lo suficientemente larga como para acometer con solvencia esa azarosa empresa. Hay días que contienen muchos días dentro. El tiempo, eso de lo que estamos hechos, como dijeron los poetas clásicos, es lo único que se nos escapa. De ahí la religión. Todas se esfuerzan en compensar esa carencia, la del tiempo, la de no tenerlo a capricho, la de no saber qué es. Porque es el azar el que lo administra todo. El azar, su mecánica absurda. Sospecho que algo queda fuera de su gobierno, aunque sea la impresión de que las moscas nos observan con perplejidad o que, en su breve existencia, conocen lo que la nuestra, tan dilatada a veces, no alcanzamos.