29.9.17

Aquellos sábados de la infancia


Fotografía: Carl de Keyzer
Hay quien sostiene que la felicidad consiste en no tener conciencia de que se tenga o no; quien, cuando el azar o la tenacidad la brinda, piensa en ella sin excesivo empeño, como algo fugaz, de apenas asiento, sin que le turbe, ni lo esclavice. Conozco gente feliz. No se advierte que flaqueen, no hay resquicios visibles que evidencien un roto por donde se escape esa felicidad con la que se visten. Desde afuera, uno aprecia esa especie de exaltado estado del ánimo, esa visión absoluta que quizá ni ellos mismos son capaces de aplicarse. También gente que no parecen haber sido felices en su vida. Al tratarlos, vence la idea de que no  hay modo de contentarlos, de que no hay con qué agasajarlos para que sonrían o miren con alegría, contentos, hospitalarios consigo mismos. Es un asunto extraño el de la felicidad, sin duda. Si me pregunta si soy feliz, no podría responder certeramente. Si no me lo cuestionan, entra en lo posible que sí lo sea. No hay día en que no piense en esa gente feliz, en contarles lo se ve desde afuera, aunque ellos descrean y no atiendan a lo que yo de verdad siento, pero no doy con la manera sin que se sientan incómodos, abrumados por argumentos a los que tampoco dan un crédito fiable. A la reversa, podría suceder que ellos se ocuparan de mí, pensaran si soy feliz y sacaran la extraordinaria conclusión de que lo soy de un modo irreprochable. De esos amigos felices que tengo tal vez alguno crea que me guía el afecto sincero o que me ciegan los años compartidos, las conversaciones abandonadas en las barras de los bares, los paseos volviendo al barrio. Ahora son otros tiempos y ya no vivimos ese barrio. Es uno quien cambia, no los tiempos. La infancia es la única patria, dijo alguien. Lo es hasta el hartazgo. Se echa la vista atrás y encontramos el mapa de esa felicidad precaria, cálida, inasequible al desaliento, forjada en fuego y en barro y en sábados enormes en la plaza, dándole a la pelota, corriendo de un lado a otro como si el mundo hubiese anunciado su finiquito.

Todo queda ciertamente lejos ahora: lo mitificamos a nuestro antojo, le concedemos el rango metafísico de los paraísos perdidos: cuente el buen lector la niñez o la adolescencia, repase ese paraíso suyo, las calles en las que se forjó la épica más noble del ser humano, la de los juegos y la de la pereza, donde se echó el ojo al primer amor o donde, por obra siempre de la fortuna, se malogró ese enamoriscamiento y se vertieron las primeras maravillosas lágrimas o se dio el beso primero, ése que nunca tuvo rival, por muchos que se dieran más tarde, por muy trabajados y procaces que fueran. La felicidad de la que hablo no es un asunto baladí: de ella depende en gran medida el sostenimiento de todas las posibles felicidades futuras. Estoy con quienes ven en la construcción de una infancia feliz la antesala de una edad adulta no excesivamente malograda. Creo con firmeza en la limpieza moral de los años en los que la moral no es carga alguna y vive uno libre, desprejuiciado, cogiendo esto y aquello, sin pensar en el mal que se causa o en el bien que esos actos conllevan.

La infancia es la irrealidad. Luego se le afinca la adolescencia, la adolescencia mineral y primitiva, que no deja de ser un florecimiento orgánico, un brotar asilvestrado de todas las cosas, las del pensamiento y también las del cuerpo que acoge a lo pensado. Hay en la foto de Carl de Keyzer un regusto maravilloso a felicidad absoluta, un poco infantil y despreocupada, traviesa y pura. Está la locura y está la cordura. A veces conviene que se desquicie la mirada o que se impregne de lujuria. Se regresa sin esfuerzo, está a mano la rutina, el gris de las cosas que ya hemos visto, pero lo que dura en la memoria son los atrevimientos, esa osadía de pareja recién casada que prueba a girar sin pensar en nada más, sin que nada les ate, ni les frene. El mundo es de ellos mientras giran. La edad adulta exige siempre peajes muy altos. No se sale nunca indemne de ir creciendo. Al corazón lo violenta el aire incluso, el aire turbado por la fatalidad, comido de prisas que no precisamos, íntimamente convencido de que no hay vida más allá, ni escapatoria. El corazón tan duro, desmemoriado, sin signos de izado. El que no recuerda los años de la niñez, la fiebre de los juegos, el vértigo fabuloso de los cacharros de feria. Debería existir una posibilidad de volver allá, pero es bueno que no la haya. La infancia no se abandona nunca. A veces permitimos que salga, dejamos que pasee alrededor nuestra, haciendo el tonto, dando brincos. Es entonces, si acude, cuando creemos estar en un sábado de hace muchos años, corriendo de un lado a otro, creyendo que no hay nada afuera que tenga más importancia que el juego en el que estamos y giramos en una atracción de feria y el mundo gira con nosotros y sentimos que no podemos contener la gana de reír. Algo así como el amor o como si siempre fuese uno de esos sábados gloriosos. 


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26.9.17

Palabra de Dios / Soy un sentimental léxico, soy un lexicómano tóxico

Secundípara:
adj. Aplícase a la mujer que pare por segunda vez.

Moriré sin haber pronunciado secundípara. Importa escasamente que sepa qué significa porque no tendré ocasión de usarla. Tampoco ajear: el ajeo es el chillido que da la perdíz cuando se ve acosada. Tiene el boscoso idioma español palabras asombrosas a las que jamás acudimos, pero que están ahí, a la espera de que las pronunciemos. Mi amigo K. se prendó de la palabra pusilánime, que no es retorcida ni se escapa al común de los hablantes, pero que poseía a su entender una sonancia formidable, una influjo hipnótico, un veneno dulcísimo. Estuvo un día entero usándola a tutiplén. He escrito tutiplén y he vuelto a pensar en las palabras. Hay días en los que uno no piensa en lo que las palabras esconden sino en cómo se enseñan, qué traje usan para airear lo que pensamos. De hecho la palabra tutiplén no existe salvo que hagamos que la vocal a la anteceda. Si nos paramos a pensar en estos matrimonios léxicos descubrimos historias fascinantes dentro del lenguaje, que es una forma de decir historias fascinantes dentro de uno mismo. Somos las palabras que decimos y también las que no decimos. Evito decir secundípara a pesar de saber qué expresa porque no es en modo alguno una palabra razonable. Lo es pájaro o incluso genocidio, que tiene un debate interior más dramático y lamentable, pero secundípara es una marca rocambolesca del lenguaje, una de esas construcciones semánticas que ocupan un huequecito pequeño en el diccionario y que, salvo en días como hoy, no forma parte del acervo léxico de un individuo normal. Bien al contrario (es la segunda que hoy escribo bien al contrario) uno acepta secundípara en una conferencia sobre genética o en un simpósium de matronas. Pasa lo mismo con el ajeo. Seguro que en el medio rural los asuntos de las perdices son pieza frecuente en chácharas de taberna, pero yo me voy a morir sin usarla. Quizá esa reflexión trágica sea irrelevante. Me asomo al interior de las palabras y es como si me asomase a mi propio interior. Me veo con limpieza y con hondura según qué palabras use. Hoy he tenido un día de poco vuelo semántico, ahora que lo pienso. No ha habido conversación en la que haya necesitado explayarme, ninguna que precisara un empleo más tenaz, una conciencia sintáctica. Como si estuviese hecho de palabras y el descubrimiento de alguna (ajizal, repinaldo, mozcorra) te hiciese comprender que estás más cerca de entender la maquinaria sutilísima del cosmos, el plan celeste, la trama metafísica. El mismo Dios debe ser una especie de diccionario secreto. Hoy me decía mi amigo Clemente que Dios escribe a veces con renglones torcidos, como aquella novela de la que he oído buenas cosas, pero que nunca he leído. Borges decía que Dios poseía muchos nombres, algunos de ellos secretos, impronunciables. Los diccionarios son mapas secretos. Lo que hacen es cartografiar el cerebro de Dios. Cuando una palabra nos asalta, al modo en que a veces lo hacen, es porque Dios ha tenido una epifanía y la ha soplado urbi et orbi. Yo, al menos, cuando escucho una palabra nueva y la entiendo (es importante que no entre por un oído y salga por otro sin dejar dentro un poso) me siento más cerca de Dios. Incluso la palabra Dios, escuchada sin anclaje cultural, desguarnecida de toda la morralla arcangélica, de toda esos grumos eclesiásticos, me parece preciosa. El amable lector habrá advertido el uso de la palabra morralla junto al adjetivo arcangélica. Es que uno se delata a poco que se deja engolosinar por lo que escribo. Soy un sentimental léxico. Creo que me voy esta noche a la cama escuchando a mi espalda el ajear de la perdiz. No fui yo quien la abatió, ni quien sienta que perezca. 

25.9.17

Escribir como quien sale a correr


Carson McCullers, 1948
Fotografía: Henri Cartier-Bresson


Se puede estar más solo que escribiendo, pero ninguna soledad, ni siquiera la no pedida, la que nos invade y sojuzga, rivaliza con la escritura en hondura, en apartarse enteramente del mundo y, al tiempo, en apropiarse de él. En ocasiones, al escribir, se percibe esa soledad, se aprecia cómo se cierne en torno, sin que podamos zafarnos de ella o sin que, por más que nos afanemos, podamos tampoco dejar de escribir. Dejar de escribir con la esperanza de que regrese la luz o de que la oscuridad no cunda, ni se enseñoree como suele. Nunca fue un padecimiento escribir, nunca sentí que me fracturara o que me ablandase o que me retirara alguna posible fortaleza que yo, sabiéndolo o no, pudiera tener y, sin embargo, a veces prefiere uno no tener que dejar consignado nada, no ocupar la limpieza de la hoja o el vacío del editor de este blog. No dura mucho ese arrebato ascético, un poco sobrevenido por el cansancio o por la evidencia de que no hay ningún lado al que conduzca escribir que no se pueda acceder de otro modo, no sé, paseando, tomando café con los amigos en las terrazas del otoño éste recién abierto, leyendo lo que otros a los que no conocemos han hecho para nosotros, ah lectores. No es una preocupación que persista, se diluye conforme el día va conviniendo sus peajes y tienes que salir a la calle y acudir al trabajo y regresar a casa en coche, cuidando de que nadie invada nuestro carril, pero de pronto hay una necesidad y se aplica uno en satisfacerla. No importa de qué se escriba, incluso de la escritura misma, tal es el caso. Lo que de verdad cuenta es penetrar en esa soledad solicitada y dejarse ir. No creo que haya otro método: no hay escritor que no se deje ir, por más que organice y cuadre su trabajo, por más que investigue, tabule o prevea cuál será el texto que finalmente saldrá. Lo que fascina es el acto impetuoso de la escritura, su vértigo, su fiebre, ese avanzar loco, sin brújula, en el que las palabras se prestan y uno las abraza o las censura o aplaza que concurran o se duele de que salgan esas y no otras, que son las que deseamos, pero no están a nuestro alcance. Tal es el caso también. Esta soledad mía es más íntima cuando abre el día. Ahí encuentro que está la cabeza en condiciones, si es que eso fuese cierto. Ahí me envalentono con el día y encaro lo que a su antojadizo capricho haya decidido arrojarme. En este sentido un poco nutritivo de las cosas, escribir es una ingesta de luz, una especie de avituallamiento de coraje para que no nos haga flaquear en demasía el trajín de las cosas. Como quien sale a correr a primera hora de la mañana y vuelve a casa con el cuerpo encendido y la cabeza alerta.

23.9.17

La quinta de Mahler




Lo primero que hace cuando se queda solo en casa es poner en el tocadiscos la quinta de Mahler. Le gusta la versión de Claudio Abbado con la Filarmónica de Berlín. Después se deshace de la chaqueta y de la corbata, se calza unas zapatillas de paño bien cómodas y se sirve bourbon en un generoso vaso de boca ancha, con cubos gordos de hielo, dejándose caer en el sofá, ajeno al mundo y a su barbarie. El primer movimiento, sombrío, un poco fúnebre, le hace pensar invariablemente en la muerte, pero a medida que despacha el bourbon se reconcilia con la vida y entorna los ojos, como afectado por un trance. Cuando la aguja se levanta en el último surco de la cara A, le da la vuelta al disco. Ahí suele servirse un segundo vaso con otra buena medida de hielo. Al final de esa cara, se queda amodorrado, sin estar enteramente dormido, pero sin tener la sensibilidad de quien está en vigilia, con el vaso a medio beber o acabado, cuidando de que no se le caiga de la mano. Para componer un poco el gesto antes de que llegue su mujer, se da una ducha o entra en la cocina por ver si hay algo del almuerzo por recoger. Ella llega poco más tarde. Lo primero que hace es quitar el disco de Abbado, colocando en su lugar la versión de la Quinta de Bruno Walter con la Filarmónica de Nueva York. Luego se sirve un vaso largo de té frío y se deja caer en el sofá. A veces coge un libro, nada demasiado serio, nada que le ocupe la cabeza más de lo necesario. Otras, ojea números antiguos del revistero. Al terminar el lado primero, se levanta y da la vuelta al disco. Ahí se sirve otro té. Suele quedarse dormida antes de que su marido salga de la ducha o de recoger los platos. Luego él quita a Bruno Walter del tocadiscos y le dice, sin usar un tono alto, con suavidad, muy preocupado de no estropear el clima de bienestar que el té frío y Mahler han logrado. Ya en la cama, cogen los dos sus libros de la mesita de noche. Se desean buenas noches. Él se rodea a la derecha y mueve el flexo para que la luz incide más provechosamente en el libro. Ella se rodea la izquierda y mueve el flexo para la misma cosa. Cuando se levantan, cada uno ocupa un cuarto de baño distinto. Pidieron al constructor que fuesen iguales. Tienen el mismo gel, toallas con idéntico dibujo y hasta ponen la misma emisoria en el transistor. Mientras desayunan, se cuentan lo que han escuchado en la radio. Se contentan o se lamentan de que haya pasado tal o cual cosa. En una ocasión él refirió que, por fin, tras muchos años, su equipo de fútbol había ganado la liga. Fue un solo gol, en los minutos finales del partido, lo que inclinó el campeonato a su escuadra. Ella lo miró como si hablara un idioma que no entendía. Él la miró como si hubiese descubierto que acababa de usar un idioma que ella no entendía. Menos mal que nos queda Mahler, le dice ella. Esta noche traeré una versión nueva. Es de una orquesta muy prometedora. Me lo ha recomendado un amigo que ama a Mahler, añade antes de dejar la cocina y encaminarse al dormitorio para vestirse y dirigirse al trabajo. Mientras que recoge las tazas y los platos del desayuno, él no deja de pensar en ese gol, en el logro del campeonato, en los festejos que debieron ocupar las calles y los bares la noche anterior, mientras él apuraba el bourbon y se reconciliaba con la vida con los pasajes más tristes de la quinta de Mahler. Y de pronto, esa felicidad conocida le parece trivial. No cree que esa noche pueda volver a sentir vibrar la orquesta, ni que el vaso de bourbon le conforta como solía. Teme, en el fondo, que esté dejando de amarla, pero retira ese pensamiento obsceno de su cabeza y tararea su pasaje favorito, por ver si se aleja el miedo, por apartar ese veneno y no darle muchas vueltas a la cabeza. Sobre todo, lo hace por impedir que le dé muchas vueltas. Camino del trabajo, se pregunta si ella tendrá algo parecido a ese gol comiéndola por dentro, como un veneno. 

22.9.17

La elegancia de lo simple

Lo que sé del corazón no se lo debo a la ciencia. Ninguna información técnica relevante, ninguna evidencia cartesiana valdrá más que la poesía romántica inglesa o un verso suelto de Pablo Milanés. No hay lenguaje de más probado oficio que el de las metáforas. A ellas confiamos el entendimiento del mundo, aunque revistas tipo Science sean recetarios de prodigios al modo en que lo es un libro de Kavafis. Del cerebro dice, en un número antiguo del que anoche leí una breve reseña, que es elegantemente simple. Que el mapa de alta resolución de su maraña sináptica respeta un orden. Del corazón no he leído nada parecido. Como si le concedieran el rango de brújula espiritual del universo. Como si el desorden del cosmos proviniese de los espasmos de su funcionamiento, de ese hermoso mantra de percusiones privadas que produce para que yo ahora escriba y usted lea, para que percibamos el olor del campo recién llovido o la belleza incuestionable del vals número dos de Shostakovich. Como si la armonía de esa oscuridad (donde nadie puede oír tus gritos, como decía la publicidad de Alien) se acompasara a la de tu corazón y una y otra se mirasen y buscasen tocar la misma canción y no desafinar en demasía. Que tengan ustedes un buen viernes y la música del corazón, con su elegancia sencilla y luminosa, les acompañe en sus quehaceres.

20.9.17

Zoología fantástica / Loros

Al loro que compré en Estambul le gustaban las literaturas germánicas medievales. Ponía unos ojos de loro entusiasmado cuando le recitaba en voz alta las gestas de Beowulf o los funerales de Héctor, el domador de caballos. Contrariamente a lo que se puede esperar de un loro, el mío no repetía con la gracia previsible las frases que yo decía. Su única evidencia de una inteligencia superior a la de otras criaturas era la de abrir los ojos con pasmosa desmesura. Se diría que estaba allí mismo, en la batalla, blandiendo la espada, empapado de sangre enemiga. Si un día me daba por cambiar de tercio y leer en voz alta, como suelo hacer, otro género, qué sé yo, poesía romántica o cuentos policiales, mi loro expresaba su disconformidad y emitía unos ruidos tan poco soportables que tenía que mudarme a otra habitación a continuar la lectura. Tampoco aceptaba que yo cantara, cuando me da por cantar, o que yo le recitara alguna frase ocurrente con objeto de que la repitiera. Era el mío un loro de costumbres peculiares. Su predilección, la única que yo advirtiese, era la épica medieval. Bastaba observar cómo se agitaba en cuanto el episodio narraba una cruenta batalla a la vera de un río o el ajusticiamiento de algún reyezuelo caído en desgracia. Esta mañana mi loro ha muerto. Estaba en el fondo de la jaula. Tenía un sencillo corte en el cuello. Temo que se ha suicidado. No me cabe otra explicación. Debió tener una pesadilla, me ha dicho mi madre, que es la que lo cuidaba. A mi corto entender, debió sentirse desplazado. No son buenos tiempos para las líricas medievales. Creo que ha muerto por inadaptación  a la época en que le tocó vivir. No se me ha ocurrido reemplazar con otro loro.

19.9.17

Zoología fantástica / Moscas

A las moscas no se les pide jamás explicaciones. Se tiende a apartarlas o, caso de que incordien en demasía, matarlas con absoluta contundencia. Mi mano lo sabe. He diezmado a conciencia su población en enormes tardes de verano. No hay (o no había) molestia mayor que su zumbido en torno nuestra. No incurro en exageraciones si declaro ahora que odio que una se pose en mi brazo o remolonee pesadamente sobre mi cabeza. No siempre nos escolta la fortuna. Hay veces en que erramos. Hace poco, seriamente contrariado, lancé un manotazo contra una de esas moscas molestísimas. Mientras el buen doctor me la ensayaba en Urgencias, una mosca se posó sobre la mano sana. Medí la consecuencias de reventarla con el yeso recién colocado, pero renuncié. Seguí, fascinado, su vuelo por la consulta. En el fondo admiraba su osadía, ese atrevimiento animal y primario. Referí al médico que fue una mosca la que me causó el percance. Le confesé mi obsesión, no escatimé empeño, me esmeré en hacerle comprender que hay ocasiones en la que manda el instinto. Le pedí que me hiciera entrar en razón. Temía (temo todavía) que en adelante no tuviera freno y una mosca o un puñado de ellas me enloquecieran. Primero sacrificas una mano, luego la otra y finalmente no te arredras cuando está un juego tu cabeza. Sinceramente conmovido por lo que le dije, el médico quiso compartir conmigo que él también sufría el mismo mal. Recuerdo que nos miramos como ni a veces se miran quienes se aman. Sentimos el alivio que no podemos encontrar en nadie. Me confesó, en verano, cuando abundan, apenas sale. Va al trabajo, se encierra en su despacho, mantiene bien cerradas puertas y ventanas y después vuelve a casa, conecta el aire acondicionado y deja que corran las horas sin otro deseo que le acuda cuanto antes el otoño y pueda pisar las calles nuevamente. Todavía hoy pienso en su confesión. La siento mía y, al tiempo, me parece ajena. En cierto modo, le he tomado aprecio a las moscas. hacen que me discipline. Gasto las horas de ocio en casa ideando maneras de atraparlas. Me valen los botes de tomate que compro en el súper. Son ideales. Probé con botellas, pero no me entusiasmó esa altura estilizada, ese afinamiento al final. El bote de tomate es idóneo. Apenas los compro, vacío su contenido en el fregadero, los limpio con ahínco y dejo caer las moscas que afanosamente voy capturando. Al principio metía una por bote. Me fascinó que fuesen dos. Paso tardes enteras ensimismado frente a ellas. A veces creo que entro en el bote y vuelo con ellas. Les enseño mi brazo enyesado. Les cuento, aunque no se me escapa que inútilmente, la pasión que les profeso. No llega a ser un enamoramiento, no es amor lo que siento. En cierta ocasión, pensé en liberarlas, en ver qué hacían, si alguna volvía de manera voluntaria al bote. Las moscas muertas las dejo al fondo. A las demás parece que no les importa, aunque he notado que no se posan sobre ellas, las evitan, quizá piensen a su modo que el poco tiempo de vida del que disponen van a emplearlo en buscar sin descanso una salida. Ellas, las caídas en combate, serán mártires, pienso. Uno de estos días iré al médico. Le contaré lo de mis botes, le diré si quiere venir a casa y observarlos conmigo. Tal vez desista de su odio. Esta mañana he liberado a una de ellas. Abrí la tapa y esperé a que saliera. No lo hizo de inmediato, se demoró, probablemente creería que la fulminaría se abriese camino libremente. No sabemos nada sobre las moscas. Hay días en que deseo que alguien me haga entrar en razón y días en que no me interesa que nadie me disuada de mi empeño; días en que las ataco con furia, aún a riesgo de lastimarme una mano o una pierna, y días en que sólo me dedico a hacerlas entrar en mis botes y siento que la armonía me abraza y me reconcilio con el mundo y conmigo mismo. Quizá seamos legión los que amamos y odiamos a las moscas. Amor y odio juntamente, quiero decir. No vamos por ahí alardeando, declarando airadamente que en verano somos más felices porque tenemos moscas con las que entretenernos. Es posible que seamos muchos, por qué no. No sólo el médico que me enyesó el brazo y yo. No tiene sentido que seamos únicamente los dos. Se acerca el frío, temo que no pueda esperar a que prorrumpa el verano y anuncie su vértigo de moscas. Ahora me arrepiento de haber aniquilado cientos de ellas. No tienen culpa, no saben que son moscas, no tienen conciencia de su condición de insecto. Tampoco nosotros sabemos fiablemente qué somos. Si el mundo es un bote de tomate y alguien desde lejos nos observa entre el miedo y la fascinación o entre el amor y el odio. Si los reveses del destino, todas las tragedias que nos circundan, las que más atinadamente nos incumben, no serán sino manotazos de alguien, golpes que persiguen nuestro abatimiento. 


Zoología fantástica / Caballos y perros

Cuando despierta, ya no llueve. La envuelve el olor a tierra mojada y remolonea en la cama, tapada hasta la nariz, acomodando todavía el cuerpo a la espera de que el sueño regrese y pueda concluir lo que no recuerda. Del sueño, o de lo que se ha salvado del sueño, recuerda una puerta y también (brumosamente) un jardín detrás de esa puerta. Conversaban alrededor de una mesa unos cuantos amigos de cuando ella era más joven. Uno, que fue novio suyo entonces, hablaba de perros, de lo nobles que eran. Otro decía que el caballo era el animal noble de la creación. Un tercero, distraído, no apreció que un perro le venía encima, lo derribaba y lo mordía con saña en los brazos y en la cara. Sólo ella se le acerca, aparta como puede al animal y le pregunta, preocupada, cómo está, si se duele algo. Ahí acaba bruscamente el sueño o la parte del sueño que milagrosamente ha recordado. Al despertarse oye unos ladridos. Vienen de afuera. Deja el confort de la cama y se asoma a la ventana. No ve nada. Vuelve a refugiarse entre las sábanas y se lamenta de no saber cómo acaba la historia. Si su amigo se repone, si la conversación añade un animal de más nobleza que el caballo o que el perro. Entonces escucha un caballo relinchar afuera. No es un sonido que pueda confundirse con otro. Además parece que le están incomodando. Como si pugnara por zafarse de un jinete indigno, uno que lo vejara o que lo lastimara. Nada embargo, le concede la presencia de un caballo o de un perro. Así que se acuesta nuevamente. Antes de conciliar el sueño reparador, el de los perros, el de los caballos o cualquier otro que la alivie de la pesadumbre que la embarga, coge un libro que tiene en la mesita de noche. Hace días que no lo lee. Lo abre con delicadeza. Sabe qué le espera. A poco de que se le cierren los ojos, cree escuchar otra vez relinchos y ladridos. Decide no levantarse. Incluso el olor a animal impregnado en el aire no la fuerza a dejar la comodidad dulce del sueño. Al concluir ese limbo impreciso de caballos y de perros, se asea sin prisa, prepara un café reparador y enciende la televisión. Nunca lo hace, pero ese día piensa en qué pasó en el mundo mientras ella soñaba. El presentador refiere que un camión que transportaba caballos se había empotrado en un casa lindante con la carretera. Los perros muertos se cuentan por decenas, añade. Los gerentes de la perrera lamentan lo ocurrido y piden a las autoridades que investigue si el conductor iba bebido o sólo fue un desgraciado despiste. Es entonces cuando decide acostarse otra vez. Cree que podrá deshacer la tragedia si la sueña. Quizá no escuche ladridos ni relinchos.

18.9.17

Zoología fantástica / Hormigas

La hormiga cubrió la distancia que la separaba de mi zapato en una tarde entera. La vi avanzar sin desmayo. Tampoco sabría ahora decir si le costó o no. Sé que se plantó allí delante y no se movió en un par de horas. Mientras que ella se desplazaba, yo leía. Nunca había sentido esa compañía tan insignificante. La de la hormiga avanzando, acercándose poco a poco al sillón en donde estaba muy cómodamente instalado. En esa tarde, concluí la novela. Era buena, sin ser magnífica. Me encantó la manera en que la trama iba desquiciándose sin que se desmoronara la entereza de los protagonistas. Uno de ellos, uno particularmente obcecado en alcanzar su destino, conjurado a esa meta a riesgo de su propia vida, moría fortuitamente nada más conseguirla. Uno no puede llevar de la mano a los protagonistas. Pensé que ésa era la voluntad del escritor, que es un dios en lo suyo, si se piensa con detalle. Dolía que ahí concluyera la novela, que no hubiese una posibilidad, por pequeña que fuese, de que otras circunstancias de la trama me sacasen de la tristeza enorme que esa muerte imprevista me había causado. Fue entonces, al concluir la historia definitivamente, cuando la emoción de esa pérdida irrecuperable hizo que se cayese el libro al suelo. Aplastó a la hormiga, la redujo a una mancha en el suelo. No fue voluntad mía. Fue el azar, por pensar algo.

17.9.17

Zoología fantástica / Vacas

El pastor se queda dormido con el libro de Kafka en las manos. El libro termina cayendo. La vaca se acerca y lo olisquea. Le da fuerte con el hocico y ve con interés que no se rompe. Le vuelve a arrimar con más vehemencia. Está toda la vaca en ese gesto. Ni una parte pequeña de ella queda fuera. Entonces abre la boca y empieza a buscar el modo de comérselo. No sabe qué sabor tendrá, pero siente cabeza adentro que comer el libro que no puede romper es un modo de vencerlo. Se la ve con entusiasmo, se aplica en la mordida, en la ingesta de las hojas. De pronto bizquea, da arcadas, mueve arriba y abajo la cabeza y suelta un eructo no muy sonoro, la verdad, pero que despierta al pastor. No es la primera vez que escucha a una de sus vacas soltar un eructo, pero nunca había visto ninguna que tuviera unas alas de insecto en el costado.

Elogio íntimo del infierno




   A mi amigo Francisco Machuca
El infierno en el que creo está en Melville, en Ahab, en la ballena blanca.
Está en Conrad cuando dibuja un río y hace que la oscuridad lo atraviese.
En la mentida inocencia de Perrault y de los hermanos Grimm.
En el hombre sin atributos de Musil.
En la primera mañana del mundo para Gregor Samsa.
En el Maelström de la cabeza.
En las ensoñaciones de William Blake.
En la oscuridad de las catedrales.
En los festejos bastardos de la carne.
En el cine negro de la RKO.
En la memoria infinita de Funés.
En el club de los suicidas de Stevenson.
En las resacas de Bukowski.
En el barril de amontillado de Poe.
En la vida cartesiana y triste de Benjamin.
En Derry cuando llueve en 1958.
En el festín de los lobos.
En la cara oculta de la luna.
En la infamia del desquiciado Hyde.
En Mann con asma baviera.
En Beatriz perdida en un círculo concéntrico.
En Morel inventándose una isla.
En el desquicio sin rimar de Leopoldo María Panero.
En el rey del que Shakespeare hizo un dios.
En Dios permitiendo el caos, la miseria,
permitiendo a Shakespeare.
En la crónica del submundo de Orfeo.
En Ripley tomando café en una terraza de Florencia.
En Maquiavelo y Montesquieu, hablando morosamente.
En la soledad de Peter Pan.
En Walter White en una caravana en mitad del desierto.
En las cartas que escribió Bram Stoker
En los dioses primigenios que pueblan las calles de Providence.
En la oreja tirada al césped en Blue velvet.
En el trago de veneno que se aplicó Rimbaud.
En las carreteras secundarias por las que Humbert Humbert huye con su Lolita.
En Pessoa, que reemplazó a Dios, escogiendo al Hombre.
En el veneno en la boca del muerto.
En la carne débil, en su fiebre insalubre.
En el desquicio de Panero antes de que se lo llevasen todos los demonios de la ginebra.
En la absenta a la que se encomendaba Baudelaire.
En todas las derrotas.
En todos los naufragios.
En todas las oraciones.


15.9.17

Una piscina con palmeras y amantes hindúes


Uno toma distancia de lo que no le conviene, lo mira de lejos, adquiere la percepción de que no hay nada que le fuerce, nada que lo apremie o que le reconcoma. Sólo está la sensación de si hemos hecho bien y no hubiese sido de más conveniencia flaquear, dejarse llevar, poner en claro las ideas para luego arrumbarlas, darles puerta, hacer que no pesen dentro de la cabeza y campar por ahí sin que duela la conciencia. Caso de que no exista conciencia alguna, las horas pasan con más notoria frugalidad, se expanden, crujen, vibran, elevan su condición de espuma, nos confortan o nos sangran, pero es sangre con más vida que la que fluye en la oscuridad de su cauce, dentro del cuerpo, que es un tirano. El cuerpo es quien nos bendice y también quien nos condena. La cabeza es un vigilante jurado. Está ahí a ver qué pasa, por si se desmanda la escena o por si se estanca y no avanza. Todo lo que viene después (el cansancio, el pecado, la certidumbre de que el fin se aproxima) es materia secundaria. Cuenta el júbilo, sólo eso cuenta. Si yo escribiera un diario, sólo consignaría los episodios felices, las andanadas de alegría, toda esa trompetería dulce del corazón cuando late desbocado y amenaza con desbordarse, con salirse del pecho y danzar a sus anchas, festejando el ala el mismísimo vuelo, pero no sucede nada de esto, no al menos de un modo fiable, duradero. A veces dejamos que el cuerpo mande y obedecemos sus necesidades. Da igual lo que la cabeza decida, no importa que se obceque en censurarlo todo, en zanjar las veleidades, en poner coto al vértigo y a la fiebre. El placer es vértigo y es fiebre. Hay días en que uno piensa en estas cosas y otros en que ni se le ocurre. Días que aplazan las consideraciones metafísicas y días en que todo es cavilación y hondura. Los demás no entienden estas cosas. Uno tampoco entiende al otro. Son monólogos. Toda la filosofía es una fiera batalla entre la luz y la oscuridad, pero no se entrevé quién sale victorioso. Somos ángeles y somos demonios. Cuando estamos iluminados, sabemos a qué inclinarnos, tenemos noción de lo que de verdad nos alivia o lo que más nos deleita. No sé si esos otros de los que hablo caen la cuenta de estas cosas, ignoro si se entretienen en estas ocurrencias. Todas son frívolas, si se escuchan con atención, si se leen en detalle, amigo mío.

En un poema de Houllebecq había palmeras y amantes hindúes. También una piscina en la que el poeta hubiese querido pasar tres años. Quizá fuesen más. No presumo a estas alturas de memoria. Se ha empequeñecido, ha ido perdiendo esa pujanza primeriza en la que uno era capaz de recordar detalles irrelevantes como si fuesen la sangre que mueve el corazón del cosmos. No es la edad, no es algo de lo que ahora yo me queje. Debe ser el cansancio, debe ser este decaimiento lento y sin estridencias con el que trasiego últimamente. La belleza será convulsa o no será, sentenció Breton. Esta noche creo que voy a leer unos poemas suyos. A ver si dicen lo mismo que dijeron cuando me deslumbraron. Probablemente sean distintos, aunque sean las mismas palabras. Es casi seguro que no serán los mismos poemas, cómo podrían serlo. Tampoco son iguales todos los viernes. Hoy ni he apreciado que irrumpa como suele. Nada que no repare el sueño. 



14.9.17

El cofrade secreto

En cierto modo,  el tiempo en que uno escribe es tiempo en el que no lee, pero no hay vez en que escribir no sea también un acto de lectura. Uno escribe y sanciona lo escrito, lo reforma, lo estira, lo desmonta para recomponerlo después. Hace todas esas en la cabeza, no las plasma en la hoja, no las conforma en el texto o no es enteramente necesario que lo haga. Es en la cabeza en donde está la escritura. No sabemos qué hace que elijamos unas y desechemos otras, de qué modo (secreto, íntimo) se ejerce esa censura privada, la que se esmera en cuadrar una idea con el armazón lingüístico que mejor la expresa o el que, según qué intención tenga, la haga más hermosa. El lector, en este sentido, es una especie de escritor perezoso, ajeno a los rigores de la escritura, uno que no precisa del registro de las palabras. Mientras leemos, somos el lector primero, el fundacional, el que hizo el esfuerzo de dejar constancia de lo pensado. Cuando leo a Tolstoi, soy Tolstoi. No hay escritor que haya muerto del todo. Todos existen en cuanto alguien los lee. Ese diálogo (presumo) debe ser la eternidad, una especie de cielo inverso en el que todo permanece, en donde nada se pierde o se reduce. 

Cada libro, en cierto modo, es la historia particular del lector que lo abre. No existe como libro hasta que alguien formula el rito maravilloso de imponerlo a la realidad. Antes de ese acto mágico, cuando todavía no existe la voluntad de abrirlo, el libro es un objeto entre los objetos, como diría Borges o un fantasma, como diría Cela. El aburrido trabajo de contable de Kafka o de Pessoa seguro que consentía libros secretos dentro del abrigo. El otoño que se cierne es propicio para esas escaramuzas. El libro se convierte así en un objeto clandestino, en un espejo furtivo de nuestra propia incertidumbre ante la vida. Se trata, al cabo, de nunca ir solo. El lector es una especie de enemigo acérrimo de la soledad. Busca siempre refugios, lugares donde otros desamparados facultaron las actas de una cofradía única, ajena al tráfago de las prisas del mundo vertiginoso que hemos inventado. El cofrade secreto, héroe de sus fugas, flipado con la bondad del botín, no precisa correligionarios que le aplaudan los gestos, los títulos y los pies de página abiertos en cada capítulo, en cada pequeño trozo. Él es ala y él es vuelo. 

13.9.17

Cientos de libros más tarde




Hay desórdenes que los causan los libros. Daños a veces poco reparables, fracturas que se acarrean de por vida y con las que trasegamos, sin que se las pueda retirar o hacer que duelan menos. De hecho hay vidas que discurren con absoluta normalidad, nada las importuna severamente. Poseen en propiedad tragedias pequeñitas, cuentos cortos que terminan por sepultarse en el olvido. Nada del otro mundo, ya saben. Se dice de ellas que están más inclinadas a la tristeza que las otras, que las impregnadas de riesgo, las que se visten de tragedia. Son los libros, en algunas ocasiones, quienes se encargan de cubrir esa orfandad. Tuve un amigo escandalosamente feliz, ocupado en ligerezas la mayor parte del tiempo, poco o nada preocupado de los temblores del mundo. El azar le obsequió con una templanza admirable. No se alteraba en público y, a lo que contaba, lo hacía lo justo en privado. Fueron los libros los que le expulsaron de ese paraíso emocional. En ellos descubrió lo mal hecho que está el mundo. Fueron ellos los culpables de que se perturbara. De pronto cayó en la cuenta de que hay amores imposibles o de que la gente se suicida a las primeras de cambio o de que morir no es lo peor que puede pasarte o de que la soledad es un cáncer. Comprendió que la vida, en ocasiones, no rivaliza con la ficción, ni se le acerca. Al menos su vida, la suya pobre y rica a la vez, de tan corto y medido vuelo siempre. De él guardo esa impresión. Ni los años, los muchos que hace que no le veo, han borrado ese desconcierto. Los libros, dicho de una manera brusca, le malearon, lo zarandearon, lo instalaron en un agujero que ni pensaba que existiese, del que salía como si nada, pero del que ya no pudo substraerse. Tienen los libros ese veneno dentro. No todos, quizá muy pocos, pero algunos de esos libros son armas de perversión masiva. Hacen que te cuestiones todo, que a todo le asignes una duda razonable. En cierto modo todos somos, en parte, ese amigo mío deslumbrado (y al tiempo enfermado) por los libros. Quien no haya sentido esa punzada no ama la literatura. Se limita a leer, que es un asunto noble, pero no más relevante que pasear en bicicleta, recoger setas en el bosque o cocinar platos italianos. Cada libro es, en cierto modo, espejo de quien lo lee. Extrae del lector lo que ni él conoce. Hay libros que desasosiegan, libros que conmocionan, libros que destrozan. Cada libro hurga en quien lo lee a la manera en que se le hurga a él. El abismo te mira también. Quizá mi amigo sensible, ése que descubrió a Pessoa en un bar de Cádiz, lea esto ahora, quién sabe, entra en lo posible. Tal vez sepa que es de él de quien hablo, aunque hable de mí y nos incumba a todos. Juan, somos del tamaño de lo que vemos, escribió Pessoa. Éramos grandes entonces, no hay que pensar que no sigamos siéndolo ahora, tantos años después, cientos de libros más tarde. Tengo un par de amigos o tres que, siendo también muy de Pessoa, saben de qué se habla en estas líneas, conocen esa quemazón, han apreciado el desencanto y han regresado, indemnes, al gozo, a la luz, al abrazo limpio de los que amamos. Ellos nos reconfortan, nos rescatan, hacen que podamos volver a dejarnos atrapar por la literatura. En ellos está nuestra casa, por ellos la cuidamos a diario. 

11.9.17

Día primero de escuela

Contra la voluntad de perdurar está la de no contener deseo alguno de que nada dure más de lo preciso. He encontrado gente que anhela pasar desapercibida y otros que, a poco que se les incita, hacen valer su firme convicción de que han venido a este mundo para hacerse oír y dejar huella. Gente rotunda cuando manifiesta su voluntad de que se le escuche en todo momento o de producir en los demás cierto tipo de admiración. Gente que cree con vehemencia que han venido a este mundo a dejar huella y se obstina en no desaprovechar ninguna circunstancia que haga medrar ese propósito íntimo e irrenunciable. También la otra, la que hace las cosas sin que se detecte el orgullo que les produce hacerlas e incluso hacerlas muy bien y advertir que los demás lo saben. Imagino que todos enseñan algo. De ésos tengo algunos cerca, por fortuna. Se aprende a diario, se enseña a diario. No sabemos a quiénes les damos algo o los que nos lo dan. A veces, si concurre el azar más propicio o está uno alerta o sensible, percibe que está aprendiendo o que está enseñando. Hay días en los que no se produce ni una ni otra cosa, días que transitan con pereza, como empujados por un viento gris y deshilachado. Los otros son los que importan, los que hacen que cuadre todo. Se trata, al final, de que todo cuadre, es posible. Esa sencilla cosa, una especie de ensamblaje. Uno perdura cuando enseña. No hace falta tener esa certidumbre constantemente en la cabeza. Basta con ejercer el oficio, con disfrutarlo, con poseer la voluntad de enseñar, sí, pero la de aprender también. Se aprende todos los días. No hay ninguno en que algo no te pula, no te forme, no te haga mejor persona. Quizá, en el fondo, baste finalmente con eso: con hacernos mejores personas. Ese es el verdadero trabajo, el más difícil de acometer, el que más obstáculos interpone, también el más gozoso cuando se franquea. Hoy empieza el colegio, se abren las clases. Toca enseñar y aprender. Se espera también, aunque no hay confirmación fiable, ni esperanza certera, que no se nos importune mucho desde arriba, que los que piensan y deciden cómo funciona este asunto estén en lo suyo, en lo nuestro, en permitir que hagamos nuestro trabajo lo mejor posible. No faltará entusiasmo, no tendremos pereza. A ver si de una vez por todas se entiende en esta sociedad nuestra que el futuro empieza hoy, empieza en la escuela y está, en gran medida, en nuestras manos. Que les vaya bien el día. 

9.9.17

Mi pequeño sí privado



Cuento entre mis aficiones la de procurar no renunciar a ninguna. Cuando me atiborro de antibióticos, prescindo del alcohol o cuando la alergia me colapsa los pulmones, una vez al año, por mayo, retiro el tabaco hasta ocasión más propicia. Una de las más queridas aficiones, una que no hay médico que rescinda, es la de las palabras.  Prueba uno el sabor de la palabras y ya no desea ningún otro sabor. No hay otro que se le parezca. Estrujen un adjetivo y verán cómo sale otro igual que de la panza de John Hurt salía un alien. El lenguaje tiene estas cosas: cree uno que lo tiene dominado y de pronto un adjetivo se resiste o sale díscolo o se pone a roznar como un asno o a balar como una oveja y entonces no tenemos esa certidumbre de saber con qué andamos trabajando. Las palabras son, en este caso, piezas sensibles que no se dejan manosear por cualquiera, ingredientes de un plato delicioso o de un brebaje tóxico. Recuerdo mañanas enteras arañando palabras, buscando cuáles convendrían, con cuáles armaría la frase y la dejaría expuesta, creyendo la mentira de que no sería posible limarla más. Una de esas aficiones que me gusta mantener es la de la curiosidad semántica. No hay mejor libro que  un diccionario. Puestos a dejar que se nos desboque la imaginación, podemos asegurar que dentro de un diccionario, ni siquiera del mejor ni del más premiado, están todos los demás libros. Está Lolita, Lo-li-ta, la pieza maestra de Vladimir Nabokov. Están las obras completas de William Blake, que era un visionario metido en letrista de copla de la época. Está Borges y sus laberintos, la rosa de Milton, los tigres en la noche. Dentro de los diccionarios, en su alambique de placeres, están todas esas cosas, las que sabemos, las que nos esperan. Está Conrad, está Lovecraft, está Cortázar. Son atlas en los que perderse. Cogido anoche uno, comprobado su peso, fascinado por lo que tutelaba, reparé en epistolar. Abrí una página por limpio azar y di con ella. Se me ofreció, no sabe uno bien qué la forzó, no hay tampoco necesidad de entender esa gobernanza oscura. Mantuve epistolar en mi cabeza, pensé en todas las cartas que he enviado, en las que recibí, en que ya nadie escribe cartas, ni siquiera de amor. Yo he escrito muchas, tengo memoria para recordar que he escrito muchísimas cartas. Lo hice por amor a quienes las recibían y por amor a la escritura y también por amor a mí mismo. Hay épocas en las que uno se ama con más vehemencia; otras, según qué nos aqueje, en las que renunciamos a ejercer esa querencia doméstica y nada de lo que hacemos nos parece bien y nada de lo que hacen los demás nos parece bien tampoco. No hay gozo que dure, ni dolor. En el diccionario están las palabras que usó Shakespeare. Debe haber una combinatoria mágica que las arracime y de las que se extraiga una composición que exhale belleza. Todas las palabras de amor lo son porque están calzadas con otras que las completan y mejoran. Si releo este texto y lo escribo de nuevo, elegiré otras palabras, será otro texto, no éste. Quizá por eso no releo lo que escribo. De hacerlo, no lo volcaría, no lo expondría, no daría mi anuencia, mi pequeño sí privado. Ha sido un día largo en exceso. Extraño casi todo el tiempo. Tal vez no haya sido el mejor que pueda recordar, pero he llegado a su finiquito con una sonrisa.