7.8.17

El verano es física cuántica pura

No sé cuántos veranos tengo, aunque sepa mi edad. El verano tiene muchos veranos dentro. Hay algunos que duran más de lo que uno comprende y se extienden durante los días enormes, comidos de sol y de pereza. Otros, sin que existan razones, se entretienen en la cal de las paredes, en la almohada de las siestas, en el cloro de las piscinas o en la canción de los grillos en la noche. Es la estación más elástica. También hay días que parecen muchos o que no llegan al volumen de uno solo. En lo que va de mañana he hecho más cosas que las cumplidas ayer. Si tuviera valor saldría al campo. Hoy es uno de esos días en los que me encantaría caminar por el campo, pero me arredra el calor, me postra, me convence de que no haga nada de lo que después pueda arrepentirme. En la radio hablan de Venezuela y después de un libro de poemas de no sé quién. Se mezclan las cosas en la cabeza, se podría pasar uno el día entero en ordenar lo que va entrando o seleccionar qué debe ser retirado. Puestos a que nada salga, deberíamos entrenarnos para que convivan todos los recuerdos. Ahora me acuerdo de un verano de hace muchos años en el que todos los primos estábamos en la playa en Fuengirola. No tengo ni idea el porqué de esa imagen, si hubo algo que la eligiera y censurara otras. Tampoco si dentro de una hora seguiré ahí firme, en la cabeza, pormenorizada, matizada, o la borraré para que ingrese una imagen que todavía no ha llegado. La memoria es un ejercicio de física cuántica. El verano es física cuántica pura.

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