3.7.17

Que seas feliz...


Amé los mapas cuando no entendía lo que significaban y todavía hoy siento un placer que no sabría explicar bien cuando abro un atlas y el dedo va recorriendo los sistemas montañosas y las ensenadas, el curso de los ríos y la evidencia de un populoso núcleo urbano, pero los mapas ya no son lo que eran, ya no invitan a ningún viaje. En cierto modo se ha perdido esa voluntad mágica de querer ver más allá de lo que la evidencia ofrece. Todo son moléculas que se agitan, saltos sinápticos, trenzados más o menos estables de corrientes nerviosas que irrigan el cerebro y nos hacen pensar. No sé de genética mucho más de lo que necesito, pero alcanzo a comprender que en ese baile de moléculas, de cuerpos que se abrazan y se alejan en el caos infinitesimal de la materia, debe estar la llave de algún logro sentimental al que no hemos llegado aún. Nos malogra ese milagro la contundencia, a veces brutal, con que la realidad nos atenaza, cuando la realidad debería ser un obsequio, un regalo precioso, un don. La realidad, de maleable que es, resulta incómoda, de poca o ninguna constancia, de fácil vuelo, como si nosotros, sus inquilinos, no mereciésemos habitarla, consentir que nos zarandee y nos apremie a que, conforme los años nos van formando, la entendamos. Perdemos más tiempo en pensar que alguna vez seremos felices que en disfrutar del rato en que verdaderamente lo somos. Sentimos que la felicidad debería ser un derecho, cuando es un privilegio, no algo que venga de serie como los músculos o las palabras cuando las decimos. Hoy escuché a alguien desear felicidad a otro que pasaba cerca. Se lo dijo sin entusiasmo, como el que vaticina que habrá lluvia por la tarde o que anoche hizo frío. No pillé (no pude) el antes y el después de ese obsequio sintáctico: "Que seas feliz". Tal vez era su cumpleaños o salía a un viaje maravilloso o acababa de casarse o de separarse. Da lo mismo qué circunstancia concurra. No hay un mapa de la felicidad, uno que enseñe el camino y por el que podamos mover el dedo. Yo nunca he ido a Moscú, ni a Nueva York, ni tampoco a la Patagonia. Sin embargo, puedo considerar que esos sitios me esperan, sin que tenga constancia alguna de que de verdad esos viajes sucedan. Pienso que podrán o no presentarse, pero no retiro la posibilidad de que acaezcan. Tampoco la de ser feliz de un modo continuo. No pasará tal cosa. Tendré lo de hasta ahora, lo de todo el mundo. Habrá fragmentos de felicidad fulgurante. Vendrán a su aire, sin que intervenga ninguna ocurrencia mía, ningún plan para que se presenten con más frecuencia. Cuando no estén, no tiene que ser bueno pensar en ellos como si no existiese otro aliciente. Como si afuera de esa epifanía absoluta el mundo no tuviese interés o lo rebajase de algún modo. Ahora me acaba de levantar de la siesta un vecino. No ha dejado que la complete a mi capricho. Me ha puesto a escribir, me ha forzado a que ponga música (él no sabe nada de esto) y a que escriba. No sabré qué habría tras la siesta si no me la hubiese chafado. Quizá saldría a pasear (hoy estoy solo en casa) o habría puesto una película o un capítulo de la serie que estoy viendo. Podría haber leído o ido al supermercado y comprado tres o cuatro cosas que he ido apuntando en un papelito. Nada de eso ha sucedido. He cambiado el queso fresco y el vino tinto por dejar aquí registro de mi incertidumbre. No tengo ni idea de lo que haré cuando deje de teclear y cierre el blog. Creo que acabaré yendo a por el tinto. 

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