25.7.17

Elogio de la obediencia

Se obedece porque conviene y se duda porque se piensa, escribe Ray Loriga en Rendición, la novela que acabo de leer. Obedecer siempre fue más cómodo que pensar, o más limpio. Al pensar se abren opciones y no es fácil escoger la adecuada. Por el contrario, cuando se obedece, no se hace otra cosa que obedecer, sigue uno un camino y no precisa indagar en otros, tomar un atajo o estimar que hay otro que nos hace llegar antes o en mejores condiciones. España es un país de obedecer más que de pensar. No faltan grandes pensadores, gente que ha ido lejos en discurrir las maneras de hacer las cosas o de no hacerlas; incluso hay una tradición literaria o enciclopédica que los expone. De lo que no hay es literatura de los que acatan, de todos los que prefieren no tener que tomar mando alguno, ni pensar por el bien de los demás. Nadie cuenta con ellos, con los obreros, pero no habría nada hecho piedra sobre piedra sin ellos, aunque suenan siempre los de arriba, los que escriben los libros que leen los otros o los que idean las recetas que preparan los otros o los que se sientan detrás de una mesa en un despacho y organizan las leyes que cumplirán los otros. Al final todo cuenta igual, tanto si mandaste como si no, no importa si fuiste jefe o subordinado, porque todos somos jefes o subordinados según en qué o cómo. En el extremo, a veces se obedece porque así se zafa uno de la responsabilidad. No trasciende el nombre de los que hacen las cosas, sino de quienes tuvieron la responsabilidad de que se acometieran.

En el verano interesa más ser del gremio de los que asienten. A todo se le da asiento en la cabeza. El calor achanta, hace que flaquee la voluntad, la convierte en otra cosa, pero se permite tal vez porque pensamos que regresará el frío y entonces tendremos algo que decir, ya sin que el calor achante, ni haga que flaquee la voluntad o que no exista, ya de un modo más dramático. A K. no le duele que se le lleve a un lado u a otro. Le parece bien una sopa cremosa de setas o un arroz caldoso o un sándwich frío de york con un par de lonchas de queso. No es cosa de que K. no prefiera un sabor a otro o que, al pasear, no le agrade un paisaje más que otro: lo que no desea es decantarse, evidenciar que algo le es agradable o no, contar a los demás lo que ni a él, en ese momento, le preocupa lo más mínimo. Dice que su opinión no cuenta o cuenta tan poco que no es relevante que se manifieste. Se deduce que tampoco a él le parezca bien o mal las opiniones de los demás. A K. no le parece que escribir valga para nada en absoluto. Aprecia que haya escritores; lo de menos es que haya lectores. El escritor, me dice, trabaja para él mismo, pero lo dice sin entusiasmo, como si estuviese dispuesto a decir lo contrario si se le convence con esmero, o incluso sin él.  Carver, en una especie de conferencia contada para sí mismo también, arguye que escribir es una especie de parto. No se sabe qué criatura será alumbrada, pero contiene nuestros trazos, se le aprecia rasgos de nuestra cara o gestos, pero luego ya no es pertenencia nuestra. Podemos corregirla las veces que deseemos, añadir párrafos o suprimirlos, cambiarle el final o consentir que arranque de cualquiera otra manera, pero será otra obra, no la previa, la que se urdió por primera vez. No se sabe bien a qué se obedece cuando se traman las cosas que pasan en la historia que estamos contando. Ni siquiera ahora sé bien a qué término acudiré con este escrito mío, un poco elogio y un poco no, de la obediencia o de la escritura o no sé de qué. 

24.7.17

Elogio de los perros


Hay perros que se parecen a sus dueños y dueños que se parecen a sus perros. El trato hace que se concilien los vicios de ambos. No se ha visto que un perro lea un periódico, pero algunos hacen como si pudieran. Tampoco que un dueño de perro ladre, pero algunos se esmeran y logran resultados admirables. Se tiene la idea de que un perro es el mejor amigo del hombre. Yo no he tenido perro en la vida, así que no puedo decir que alguno haya sido amigo mío, pero he visto esa amistad en los perros de los demás y aprecio la lealtad con la que se ganan el aprecio de sus dueños. Hasta la palabra dueño, usada así, entre lealtades y amistades, suena mal. Valdría más otra o ninguna en especial, pero hablamos por inercia y creamos propiedades falsas a poco que nos dejan. No sé la causa por la que no ha entrado todavía un perro en mi casa. Supongo que por imaginar que no sabría darle la atención que merece o porque no tendría un sitio apropiado para acomodarlo o por cualquier otra a la que ahora no alcanzo. Mi amigo J.A. solía decir que su perro amaba a Verdi, en particular, y el bel canto en general. También que le ponía de los nervios los ladridos del perro de su vecino. Se puede sentir ese brote colérico por un perro o por su dueño. Del animal, al menos, se tiene la certeza de que obra con más dignidad, sin que pueda comedirse o excederse según la asistencia a su discurso. De los dueños habría mucho más que decir. Algunos ni se dignan a hincar la cerviz y recoger las deposiciones de sus animales. Hay aceras intransitables, calles que pertenecen a la dejadez de algunos que pasean a sus perros y no atienden a la más mínima norma de civismo, imponiendo su libertad a la mía, impidiendo que los demás podamos caminar sin miedo a que un descuido plante nuestro zapato en una mierda que, en sentido estricto, es de su entera pertenencia, pero no es culpa del animal, cómo habría de serlo, es responsabilidad de quien decide tener un perro, que no es (insisto) un asunto fácil. En cierto modo los perros vendrían a ser miembros añadidos a la familia, no puedo entenderlo de otro modo. Por eso me irrita sobremanera quienes banalizan esa pertenencia y los maltratan de muy variadas maneras. Se tiene un perro porque uno sabe cómo cuidarlo. No hace falta que se les erice el pelo o abran los ojos o enhiesten sus orejas cuando escuchan un aria de Verdi o un pasaje sinfónico de Mahler. Tengo un amigo que se afanó en conseguir que su hijo amara el blues. No sirvió que en casa se escuchara a diario, ni que el niño en cuestión acudiera en familia a conciertos. No tenemos hijos para que refrenden nuestros vicios. Lo que sí he comprobado (no una vez, sino muchas) es la manera en que muchos de esos perros domésticos, criados en casa, sacados a pasear cuando es preciso, cuidados con afecto y acostumbrados a recibir la caricia del dueño (ay, otra vez, perdonen) obedecen y saben si deben quedarse fuera o entrar, si callar cuando se requiere o ladran cuando se espera que lo hagan. Lo de colgar vídeos en facebook donde los perros hacen cosas graciosísimas no es cosa a la que yo me incline, aunque alguna vez haya esbozado una sonrisa o sentido, a veces muy adentro, que son más humanos que muchos de nosotros.



22.7.17

Elogio del jazz


                                  fotografía: John and Alice Coltrane, Chuck Stewart, 1966

Adoro el jazz por lo que no cuenta. A diferencia de otros registros, el jazz circunvala la información: la esquiva, la retuerce, la esconde, la elimina, la rescata y, al final, informa de su irrelevancia, de que al fin y al cabo lo que importa no es la cadena de notas, ese hilvanar arabescos en el aire, sino la vida que se origina en el vuelo, la posibilidad de agotar todas las vistas sin que se precise abandonar una favorita, la que se retoma para que exista un vínculo, una especie de refugio al que acogerse. Lo que importa en jazz es el merodeo, la periferia feliz de las cosas. El músico regala la melodía principal, nos declara solventes para retener, al menos, unas líneas tarareables, un asidero fiable, pero después renuncia a la formalidad, se declara libre y avanza (a trompicones, a capricho de su genio) sobre una mullida alfombra. El mejor jazz es el que no se agota en las primeras escuchas, el que precisa un adiestramiento, una voluntad de ahondar o de involucrarse sin reservas. Incluso un jazz liviano (el que sólo se nutre del canon, sin extenderlo, sin avanzar) tiene tramos a los que se puede regresar en la confianza de que nos reservan algún pasaje inadvertido, una nota perdida.

Los músicos de jazz,  los que han logrado un óptimo estado de ensamblaje sonoro, los que en su oficio visitan la excelencia, van siempre por libre: realizan piruetas melódicas que amenazan el derribo absoluto de la pieza, crean ilusiones mentales en las que uno sabe con más o menos certeza de qué lugar partió pero desconoce enteramente al lugar al que le dirigen. Es un maravilloso viaje a ciegas. Anoche, escuchando Spirituals, la pieza magistral de John Coltrane, rocé la plenitud, sentí esa comunión dulce que nos reconcilia con el cosmos o con uno mismo. En algunos casos hasta podemos encontrar piezas sin nexo con la realidad: limbos, estadios intermedios entre dos diferentes grados de belleza, el dominio de la creatividad sobre la rutina. Como si entras en una catedral y te apabulla la altura, el silencio o la imponente severidad de la piedra antigua.

Un disco de jazz, bien escuchado, atendiendo a todas las capas de sonidos que ofrece, puede ser inagotable. He pensando que Kind of blue (Miles Davis) es el disco más inagotable del jazz, pero confieso que me mueven motivos que no pueden ser analizados sin que el que sufraga esa opinión salga seriamente perjudicado. No soy imparcial: se me nota la devoción, el espíritu de absoluta rendición ante el tamaño descomunal de la pasión que exhibo. En esencia, soy uno que escucha a diario jazz y que procura aprender a diario en el vicio que me alegremente me administro. Si hoy fue Coltrane, mañana ya he pensado que me administraré una sesión de Joe Pass. Sé que en algún tramo del día, habrá ocasión para que me retire a mis vicios y me enchufe Virtuoso, que es el disco elegido. Ahí está Night and day o Round about midnight. Las habré escuchado decenas de veces, pero sospecho que sentiré el deslumbramiento de la primera vez. Como el amor a veces. Al modo en que el feligrés se ofrece al dios que lo observa en la homilía, la escucha del jazz es también una rendición, una a la que la razón no puede rebajarla al lenguaje que le es propio. La palabra que más se ajusta es euforia. El jazz es un secreto. Nos lo vamos confiando unos a otros como una revelación. Ahora voy a comer a la fresca (ay, qué placer) y dormir después como si no hubiese nada más en el mundo.


16.7.17

Elogio de la memoria



Todavía no sabemos lo que es la memoria. Poseemos un sentido primario de su uso: nos enternecemos o nos apenamos cuando hace que aflore algo que no estaba presente, pero siempre está en un privilegiado espacio del que no tenemos propiedad alguna. Cosas que uno recuerda que no siempre son fieles a como acontecieron rivalizan con cosas que uno inventa que se ajustan de modo fidedigno. Es curiosa la idea de ficción. Igual vivir es una especie de palimpsesto del que sospechamos que hay algo debajo que rascar, una especie de voluntad imperfecta, de acto febril. Envidio a los que lo tienen todo claro. Yo me declaro frágil. Mi fragilidad consiste en no tener un asidero fiable. En parte es bueno ese conducirse con los mapas precisos, sin tener conciencia exacta (digo exacta) de qué nos va a sorprender en el camino o de cuánto va a durar la travesía. Ayer recordaba algo que me pareció ajeno y, sin embargo, nadie (salvo yo) podía narrarlo con cierta eficacia. Pensé en una playa en un verano y en unos primos jugando. Estaba mi abuela, estaba el runrún moroso de las olas. Lo maravilloso es que mi sueño incorporó escenas falsas, de las que ahora no sabría con seguridad decir si de verdad lo fueron o no Todo lo ha trucado el tiempo. No creo que algo de lo que vi fuese cierto. La literatura consiste en añadir líneas al texto de lo real, con todos sus primores, como quería Machado.

El acto de soñar es lo más parecido a escribir que posee quien no escribe. Si no fuese una actividad pública, no habría letra escrita, nos bastaría con soñar y después rememorar lo soñado. La memoria es barro. Hundimos los pies, nos desplazamos con dificultad, no sabemos si caeremos en un lodazal profundo o si la tierra firme nos hará más confiado el paso y podremos continuar. En verano se me ocurren estas cosas. Será el calor o será ese ocio pequeñito de las mañanas, antes de arrancar con el tráfago del día. Siempre hay cosas que hacer. Siempre está llenándose de líneas la memoria. No sabría explicar qué hace que unas cosas se pierdan y otras, felices o no, subsistan, se queden por razones que no alcanzamos a entender nunca. Cuenta, al final, el depósito que dejan, esa constancia un poco azarosa de que se ha vivido y de que uno pueda contar cómo fue el ingreso en la alegría o la excursión por la tristeza.

15.7.17

Elogio de la cama



Mattise (en la fotografía) hace de Onetti o de Aleixandre en esa cama que es también un taller de trabajo. No se han valorado como se deben las camas, aparte de la circunstancia amatoria o fúnebre. Lo normal es que  entremos al mundo en una y salgamos por otra, se entiende que no sean la misma, pero puede darse esa extraordinaria casualidad mobiliaria. También he visto fotografías de Frida Kahlo encamada. Se pinta o se escribe en la cama porque el cuerpo está reconciliándose consigo mismo y se le da primacía a la cabeza. Yo creo que muchas de las mejores ideas que se han tenido provienen del hecho de estar tumbados en una. No es un colchón reposado en un canapé o en un somier. No importa que se la cubra con una u otra sábana o un tipo de manta o de edredón determinado. Tampoco qué tipo de almohada la preside, si es mullida o lánguida, de cuerpo recio o liviana y de escaso empaque. Sólo importa que nos permita extender el cuerpo, dejarlo ocupar el espacio que no es el propio de nuestra especie. Entonces le inventamos un oficio. Pensamos que puede confortarnos cuando soñemos o que aliviará la enfermedad o que nos restituirá la dulzura y la plenitud física cuando la usemos para volcarnos en otro cuerpo. Pensamos que no hay mejor lugar en donde leer. Pensamos que esa quietud que nos ofrece contribuirá a que aclaremos las ideas y nos levantemos con el pie derecho, determinados a enmendar lo errado o convencidos de que sabemos qué hacer con el día hasta que llegue más tarde, próspera y limpia, la noche. Luego está la cama postrera, la que nos conduce al sueño más largo, del que no sabe a ciencia cierta (cómo meter la ciencia en esos asuntos) qué paisajes tendrá, si la derecha del Padre o su nada metafísica. Quizá la cama sea, en el fondo, el único asunto metafísico de nuestras vidas.

14.7.17

Borges en la cabeza de Hopper o viceversa


                                                   Fotografía: William Eggeston



Hay cuadros que no son de Edward Hopper y parecen suyos. Hay también fotografías que le pertenecen sin que sepamos que se valiese de la cámara para contar el mundo al modo en que lo hacía con un lienzo. Lo extraordinario de Hopper es esa intención narrativa que ofrece una historia de la que sólo sabemos un fragmento, ni siquiera tiene que ser el primero, tal vez uno alojado a la mitad o al final de la misma. Hopper hace cine sin que se hile un fotograma a otro. En cualquier momento podremos observar cómo el hombre sentado en la cama se levanta y recoge con meticulosidad sus cosas en la maleta o se desviste y se afeita morosamente o se asoma a la ventana y escucha el ruido de la realidad que no existe en su habitación de motel. Porque Hopper es un maestro en convertir en paisaje la habitaciones de los moteles. Un paisaje es un personaje que no reconoce la primacía de la trama, sino que va por libre e interfiere a la trama misma y, en casos excepcionales, se hace personaje y modela el devenir de los acontecimientos como si hablase o decidiera una posibilidad de entre otras.

No sabemos nada del inquilino, ni tampoco del lugar en que se hospeda. Es una historia de fantasmas la que vemos. Hopper es el pintor de los fantasmas. No existe nada a lo que aferrarnos, no hay nada que pueda iniciar una historia y, sin embargo, ahí están todas las historias; en ese ensimismamiento que exhibe el señor de la fotografía, están todas las ramificaciones posibles. Como si fuese un Aleph, el infinito Aleph que mi temerosa memoria no abarca,  alojado en una carretera secundaria de la América profunda y en la quinta porteña de Beatriz Viterbo. Se ve todo, a todo se le cursa trayecto, en todo se oficia la ceremonia de la memoria.



13.7.17

Un día de calor perfecto




Fotografía: Slim Arons


Si hubiese un árbol a la derecha, la fotografía sería perfecta, incluso lo que la fotografía cuenta sería perfecta también. Se está perdiendo la rotundidad de ciertas palabras. Nos han sido arrebatadas, se han puesto al servicio de los contextos equivocados Perfecto es una de ellas. Es de las pocas palabras que tiene un sentido terminativo, de obra finiquitada y exenta de error, una de ésas que se ocupa por sí sola de no permitir que se frivolice con ella o que se banalice su empleo. Si yo digo que ha sido un día perfecto o que la película que acabo de ver es perfecta no habrá nadie que dude de la convicción de mis palabras. Si ahora digo que ha sido un día de calor perfecto, todos imaginaremos que ardió la calle y que yo andaba por ella, errático y perplejo, convencido de que el infierno se ha convidado a pasear las aceras y malograrnos la existencia. Hasta puede que dé lo mismo disponer de una piscina, incluso una cerca del mar, en la que se refleje el sol y circule una brisa consoladora. El calor se lleva adentro como quien padece de una enfermedad crónica y sabe que no se podrá deshacer de ella hasta que la palme. Es el calor antiguo, el conocido, pero nos ajusticia cada verano, nos hace ver quién manda, nos retira a nuestras casas a cobijarnos bajo el split (eso quien tenga casa y tenga split, que aquí entra en circulación otra historia). Da igual que lo hayamos sufrido antes. Se aprende cada año a soportarlo. Como si fuese nueva la experiencia y no valiese de nada el acervo de enseñanzas anteriores, toda la rica y penosa experiencia térmica del pasado. Sólo renueva uno la confianza en el porvenir cuando se zambulle en el agua. En ese instante único, el cuerpo se reconcilia con el cosmos, la mente se limpia de todas las toxinas que le han ido devorando sin piedad y el alma, ah el alma, el pobre alma se siente reconfortada, aliviada, convertida de pronto en la agasajada de la fiesta, en la reina del universo, en la emperatriz del éter, en la suprema diosa de la creación misma. Mientras dura el baño, el mundo gira. Se para al salir, se nota incluso que se ha detenido. Hoy lo prueban si les atenaza el calor y tienen a mano una buena piscina o el chorro bendito de una alcachofa de ducha en su cuarto de baño. Buenas noches.

10.7.17

Las palabras de la ceniza



Fotografía: 
Lukas Barth-Tuttas (Agencia EFE)


Hay imágenes imposibles. No hay cabeza que las procese sin que le sobrevenga la incredulidad o piense que están trucadas, amañadas para que causen uno u otro efecto. Las segundas, las que se editan y se preparan con esmero para que adquieran el rango artístico al que propenden, están casi siempre exentas de naturalidad. No son realistas, no se ajustan a lo que el ojo buenamente registra cuando barre el campo visual y captura lo que pilla. Se sabe que la instantánea está tomada en Hamburgo con motivo de la reunión del G20. No se puede saber mucho más o, al menos, la imagen no resuelve ninguna incógnita, sino que propone más. Lo primero en lo que se piensa es en algún tipo de apocalipsis del tipo que difunden las series de televisión o el cine. Vienen a la cabeza los guerreros de terracota que custodiaban la tumba de no sé cuál emperador chino. La mujer con el torso desnudo que los mira es el contrapunto festivo, no porque se obtenga un beneficio erótico o porque se vea venir un festejo, una especie de baile tribal o de performance de uno de esos grupos de teatro de la vanguardia. Debiera haber una fotografía que continúe a ésta. Nos la han birlado. No he encontrado nada que satisfaga mi instinto natural. Siempre te dejan huérfano, te abren una puerta y no te dan instrucciones de cómo recorrer la casa a la que accede. Es probable que el ideólogo de la cosa haya pretendido exponer el estado de abandono en el que estamos y desee que la manifestación (salvaje si se atiende a la prensa) surta el efecto anhelado y conmueva las conciencias o suscite algún tipo de diálogo entre las partes. A los políticos el teatro callejero les trae al fresco. No tienen tiempo para apreciar la creatividad de quienes los censuran. Van a lo suyo, se sientan en unos salones enormes, llevan sus intérpretes (Rajoy necesita uno hasta para pedir café) y se devanan la cabeza hasta que de pronto dan con una idea luminosa, no una trascendente, pero una lo suficientemente llamativa como para justificar el gasto de manutención y de hoteles. El mundo sigue herido afuera. Quizá la fotografía sea un metáfora de lo que está por venir. Eso debe ser, ahí está la solución, ahora acabo de entenderlo. Los figurantes son los mismos políticos a los que hostigan. Alguno hasta se ríe de lo bien que se lo está pasando. Basta salir del despacho y andar un poco las calles para percibir el runrún de la sociedad, el sentir de los ciudadanos. La rubia de pelo rubio a lo afro, desnuda de cintura para arriba, no parece que esté ahí para disuadirlos. Será otra cosa. Ando toda la mañana pensando en qué podría decirles para adherirse a la causa que esgrimen o para atajarla y conseguir que la abandonen. En esa frase puede estar la salvación. 

8.7.17

Elogio y refutación de la pereza



La pereza es una bruma confortable. Uno se declara un poco Bartleby y cancela toda posibilidad de abordar una empresa. La rehúsa, se inhibe, manifiesta no ser involucrado, no hacerse ver. Lo expresa con el mayor tacto posible, pero prefiere no hacer nada, no entregarse a nada, no sentir que los demás esperan algo de uno mismo. Se dedica a asuntos mínimos, de escasa o nula nombradía, de los que afectan a todo el mundo y de los que nadie habla con el orgullo y la afectación que se aplica a los asuntos de más calado. 

El verano no entiende de calados. Tampoco de honduras. En la superficie, al ras de las cosas, se vive bien. Ha habido tiempo y habrá para la prospección habitual. Quisiera uno pasar desapercibido. Quizá no desapercibido del todo, pero retirado de la rutina, a salvo del vértigo y de la fiebre con la que se manejan los días en ocasiones, conmovido por la pereza, obligado a contarle los secretos, afincado en su territorio pequeño, de susurros, de palabras que apenas se izan en el aire, caen y pierden una parte de lo que desean revelar. 

El verano, el que ya tengo aquí, recién comenzadas las vacaciones, rondando la ventana, quemando la acera, matrimonia bien con la pereza. O al revés. En esa querencia de cosas que ensamblan bien, yo escribo. No me sale nada que me exija mucho. Nada que me ocupe mucho. Está el texto, un poco traído sin gana, como comido también de pereza. Se levanta uno y se sienta delante del editor y discurre sobre lo primero que se le ocurre. No hay mucho de lo que hablar y, al tiempo, están disponibles todas las cosas de las que se puede decir algo. 

Por otro lado, el perezoso no puede serlo a tiempo completo. Tampoco el estajanovista del movimiento puede estar todo el día arriba y abajo, quedando aquí y allá, ocupado en cien menesteres y de vuelta de ellos para idear cien más. El sábado de hoy, sin ir más lejos, ha sido de una pereza conmovedora. Creo que no he hecho nada salvo comer, beber y sestear. Antes y después de esas nobles actividades he acometido otras, pero son las habituales, las que no pueden sustraerse del tráfago diario, ustedes pueden entenderme. A estas horas, entrando ya la noche por la ventana, pienso en la inconveniencia de que mañana se repita a modo de bucle la inacción de hoy. Podría ser inconveniente, me podría marcar, podría pillarle hasta gusto. 

Acabar el trabajo, saber que su regreso está todavía lejos, tiene sus riesgos. Hay que inventar una vida distinta a la que se tuve mientras se realizaba. Podemos levantarnos más tarde y acostarnos mucho más tarde también. Podemos salir a las terrazas de noche y no pensar en que el exceso (alguno de los que tibiamente me aplico) me cobrará un peaje y, caso de que tenga que abonárselo, saber que no dolerá, ni nos perjudicará en algún otro orden de la vida. Puedes (pongo por caso) trasnochar en casa leyendo todos los cuentos de Carver o ver algo de la época alemana de Fritz Lang o escuchar blues de Chicago mientras pones en orden la habitación de los libros hasta que te cubre el cansancio y, sin mirar el reloj, te refugias en el sueño. 

Anoche tuve un sueño en el que no pasaba nada relevante; ni siquiera hubo una de esas imágenes poderosas con la que empiezas el día. Ya se sabe que los sueños son el territorio en donde hacemos lo que no podemos o lo que no nos permitimos. He notado que, a medida que entra en mi conciencia la idea de que el trabajo terminó, los sueños son menos intensos. Incluso la escritura es menos intensa también. Hasta las lecturas han cambiado. Se diría que estoy en uno de esos periodos de reconciliación en los que todo te parece bien y nada te afecta más de lo conveniente. Imagino que pasó igual el año pasado o hace cinco o pasará el próximo. Nada grave, nada que inquieta, nada que deba hacerme sentir ni mejor ni peor. Ya digo que uno abre el editor del blog y se pone a escribir y no tiene casi nunca idea clara de lo que acaba vertiendo. No sé si el lector, al cerrar el blog, también tiene esa zozobra y no sabe a ciencia cierta a qué entro y qué ha podido sacar en claro de todo lo que he contado. Tal vez nada. Como si diese pereza entrar más adentro o no tuviese interés alguno. Todo es correcto, todo está bien. 

De lo que no podemos saber nada

                                                           
                                                                     Foto: Mark Story

No sé a qué velocidad vivimos. Hay por quien no pasan los años y hay quien por quienes pasan sin pudor los de todos los demás. Quienes mueren porque ya lo han vivido todo muchas veces, quienes han vivido todo una triste y sencilla vez y quienes no han vivido absolutamente nada. Se tiene una idea rudimentaria e imprecisa de cómo se va uno muriendo. La misma de la que disponemos para razonar la velocidad con la que vivimos. Algunos, atropelladamente, ya saben; otros, con morosidad. Hay hasta un inasible término medio, aséptico, neutro, gris, sin excesos ni atrevimientos. Son más las cosas que ignoro que las que tengo por ciertas. En ese certidumbre, sobre ese pequeño avituallamiento de verdades, se vive infinitamente mejor. Ardo, pero no conozco el fuego. Nos consumimos impeceptiblemente. No hay indicios registrables a diario. Apreciamos el desquicio de la piel o el atropello salvaje del olvido cuando vemos fotografías antiguas, advertimos las dentelladas del tiempo, pero son conceptos esquivos. El dolor del tiempo no es tangible, no se puede medir bajo los criterios con los que valoremos todos los demás. Estamos en un desamparo terrible, si se piensa esto un poco a fondo. Del pasado se posee una impresión enteramente huidiza. Sabemos que hemos vivido porque la memoria nos restituye los datos cabales, las imágenes precisas, las emociones puntuales, pero del mismo modo aceptamos la ficción. Podríamos inferir que la vida que hemos dejado atrás es una ficción más. Que todo lo que no es ya visible ni se puede evaluar con el rigor de los sentidos no existe. Yo no fui a Lorbe a comer mejillones. Yo no subí al Teide.  Yo no jugué al fútbol, siendo niño, en la plaza de Zaragoza, en el Sector Sur de Córdoba. Yo no compraba discos de jazz de segunda mano en una tienda cerca de la Corredera. Ninguna de esas cosas sucedieron verdaderamente. Algo me dice que sí, que ocurrieron, pero no debo fiarme de la memoria. Es la misma memoria falible que altera a su antojo mi vida. No sabemos nada. No tenemos registros de lo que ocupa los días y ocupa las noches de la existencia que atesoramos. Porque vivir, a pesar de todo, es un prodigio, es uno de esos tesoros inviolables, inargumentables, inasequibles al desencanto, por más que haya quebrantos que lo fracturen, por más que el olvido lo vacíe de nombres y de gestos, de lugares y de caricias.

La mujer de la foto de Mark Story debe contar poco de la naturaleza tosca de su piel. No tiene palabras con las que matizar el origen de todas esas formidables arrugas. Es una travesía hueca, se mire por donde se mire. Solo tenemos el ahora, el pasar majestuoso de las horas, no el vuelo de los años. Con lo pequeño, vivimos. Lo tremendamente grande, lo que solo se deja describir con grandes palabras y con grandes relojes, se nos escapa. Está en fuga ya en el mismo instante en que dejó de suceder. El tiempo, del que estamos hechos, es una broma estupenda, un fraude colosal, uno de esos argumentos que no comprendemos, pero que invariablemente hechizan. Si me lo preguntan, no sé qué es el tiempo, decían los filósofos. No me lo pregunten. No me pongan a pensar. Las cosas importantes de esta vida (el amor y la fe a la cabeza) no son asuntos del pensamiento. Los conduce el corazón. Los malogra el corazón también. Mis dudas son las comunes. Mis desvelos, los previsibles. No sé a qué velocidad mi alma modela su bienestar. No sé qué puedo hacer yo para que vaya más lento todo. Supongo que es la lentitud lo que se anda buscando en estos asuntos. A esta altura de la trama, viene bien un poco de lentitud. La ecuación se resuelve así. La incógnita, el tiempo, se despeja sin que en ningún momento se advierta excesiva pompa. Y de lo que nada sabemos, de lo que está por venir, nada digamos. No estropeemos la intriga, toda esa dulce sensación de asombro que todavía adoramos. Será el asombro el que hace que el mundo gire. Seguro.

7.7.17

Bienvenidos al infierno



El monstruo más cercano que tenemos es el que nos mira desde dentro. Eso es lo primero que se me ocurre cuando pienso en monstruos. Luego acuden todos los que me han visitado en una u otra ocasión. A los que uno llama con voluntad no se les mira mal. Tenemos propiedad sobre ellos, sabemos censurarlos, conminarlos a que no espeluznen en demasía. De esos monstruos salimos siempre airosos. Son familiares, les tenemos hasta cierto aprecio, han acompañado nuestra imaginación y, si nada se ha torcido más de la cuenta, les hemos vencido. Están en la sala de trofeos privada. Ya no salen nunca más de debajo de la cama, ni nos erizan el vello del brazo cuando creemos que nos acechan. Al miedo se le vence con fiereza. Hay edades en las que algunos miedos nos curten, nos educan para todo lo que viene más tarde. Al crecer es otra la naturaleza del miedo, son de otro rango los monstruos, pero perduran los de la infancia, todos esas criaturas que nos impedían conciliar el sueño o las que entenebrecían los sueños. 

Ahora hay otros monstruos. No tienen la apariencia viscosa o maligna o aterradora de antaño. Son monstruos de aspecto normal, no alarman en lo visible. Toda su maldad está oculta. Sólo aflora cuando es preciso. De algunos no llegamos a tener una imagen formada, cabal y fiable, hasta que ejercen su oficio delante nuestra. A veces basta encender la televisión y ver un telediario o abrir la prensa y ahondar en el texto que descansa bajo los titulares. Hay monstruos sencillos y los hay populosos. La turba es un monstruo. En su masa informe y anónima se sustancia el mal de todos los monstruos individuales. Los de las palabras educadas y los que no se esmeran en adornarlas. Los de cara de buenos amigos y los del gesto torvo y cainita. Los que van a las claras y se les ve venir y los que no delatan su intención y saben andar a escondidas. La turba es el monstruo que menos escandaliza. Se encarga de arropar las maldades de quienes la componen, se las maneja para que nadie pueda dirigir su dolor a un elemento suelto. 


Emboscado en la turba, el hombre prospera en maldad o, caso de que alguna tenga y la aplique, no tiene la necesidad de rendir cuentas de ellas porque no existe evidencia de que la esté ejecutando. Por eso se va a los estadios a contemplar un espectáculo deportivo. Se despotrica contra el árbitro porque no somos distintos a todos los demás que alrededor nuestra también lo hacen. Votamos al mal (hay Estados configurados monstruosamente y se les vota a sabiendas de que esa naturaleza desviada existe) porque nadie sabe que nosotros contribuimos a su coronación. Hay quien dice abiertamente que confió en Trump y le otorgó su voto y quien lo hizo y no lo proclamó, aunque Trump, más que el mal, representa la mediocridad o la torpeza o la incultura. Al final va a resultar que todos los monstruos son construcciones de la cultura. Hay quien dice abiertamente que cree en Dios y le concede la mayor de las atenciones y luego no razona en el mal que representa el diablo. Vi el otro día un tira cómica en inglés que ahora no he podido encontrar. En ella estaba Trump debajo de la cama de un niño y aparecía en sus sueños. El texto venía a decir que él (Trump) siempre estuvo ahí. El hombre del saco es Trump. El coco es Trump. Siempre fue él. Cuando no esté y otro ocupe su lugar, seguirá atemorizando a los niños, les hará soñar con cosas terribles. 

Los monstruos siempre andan cambiando de rostro. Unos valen una época y después no son válidos en otra. Yo sigo pensando que todos somos ángeles y demonios. No hay día en que no viremos de un a otro lado. Hacemos el mal porque el mal fascina. Lo hacemos porque nos lo hicieron y deseamos sentir lo mismo. El bien está menos valorado. No vende, nunca lo hizo. Deseamos que el personaje terrible de la película sea terrible de un modo arrebatadoramente terrible. Cuanto más terrible es, más gana la trama y más nos fascina. El peso entero de la literatura no es el amor, no es la bondad, ni siquiera el vértigo dulce de la carne. El mal hizo que todo funcionase. Probablemente el bien se acercó a no dejar que todo se viniese abajo muy aprisa. La religión es la narración de esa metáfora. Cualquier religión, sean cuales fuesen sus dioses y sus demonios, pormenoriza esa batalla ancestral. Se nos indica qué debemos hacer para ir al cielo, pero está más a mano el infierno. Si nos dejan elegir, no sabríamos qué residencia nos convendría más. A modo de chanza, se suele decir que el infierno es más divertido, más parecido a la vida que tuvimos antes de que se acabara. Del cielo se vende siempre una especie de quietud cósmica y la certeza de que tendremos todo el tiempo del mundo para degustarla. 

Bienvenidos al infierno: eso dicen los antisistema contra los gerifaltes del orden mundial en la reunión que tienen estos días del G20, pero ya no dice mucho eso. Hemos gastado las palabras, las hemos quemado de expandir sin mesura su uso. Quizá valgan los gestos privados, los desaires, un apretón de mano que no se da, una mirada de desprecio cuando sabemos que estamos siendo observados. Contra los mandamases del mundo no cuadra ni la palabra monstruo. Los hay que merecen elogios y quienes no, cómo no. El mal no es la política, pero no hay lugar mejor para que se ejerza con más difusión y haga un daño más hondo y duradero. Hamburgo, donde andan justo ahora dirimiendo qué será de nosotros, no es el infierno. Ningún lugar es el cielo tampoco. Los alborotadores han elegido mal la palabra que los representa o que representa la queja que exhiben. Han confiado en que todavía asusta ese lugar donde se tortura eternamente (otra vez el tiempo y su salud) a quien se ha descarriado o ha pecado alevosa y concienzudamente. Hay que creer en el cielo para entender qué cosa es el infierno. Creo que yo que en esa turba (otra vez la masa) que ocupa las calles de la ciudad alemana habrá pocos que elogien la legitimidad moral del pecado. Porque el infierno está lleno de pecadores y el cielo, el bendito cielo, está en verdad ocupado por almas buenas que merecieron el perdón y se les permitió disfrutar de un merecido premio. De cualquier manera, hay muchos monstruos dentro y muchos fuera. En eso no discrepa nadie. 



5.7.17

Todos los años que nos quedan por vivir

Se tiene a veces la errónea idea de que la vejez es un descenso. Se cree que se vive marcha atrás o que hay un punto final y avanzamos hacia él inexorablemente, sin que se pueda aminorar la velocidad de caída o la dureza del impacto. No hay una pedagogía de ese ingreso en los años finales. Contamos con algunas certezas, hemos observado con detalle la manera en que otros lo han acometido, pero falta la experiencia en carne propia, la anuencia de que no habrá más juventud o de que el peaje a pagar es siempre demasiado alto. Renquea el cuerpo, flaquea la cabeza, duele el corazón. No sé nada de todo esto de lo que hablo ahora o lo sé todo sin que pueda explicarme cómo quisiera. He conocido la suficiente gente mayor como para comprender que no existe un patrón. Tampoco lo hubo antes. No hay un modelo fiable que responda a todas las preguntas, no tenemos a mano un recetario de placebos con los que afrontar la despedida. Quizá la filosofía sea un recurso útil. No la académica, no la que despliega toda esa jerga críptica de nomenclaturas y de corrientes de pensamiento, de autores y de influencias. Es otra la filosofía de la que hablo. Está disponible cada vez que podemos hablar con alguien de la tercera edad (no sé el porqué de la cifra, bien podría haber una cuarta o una quinta si la salud ayuda). Se aprende más de los viejos que de nadie.

Los años vividos te enseñan a apreciar los que todavía no has usado. Te dicen en qué te equivocaste, te muestran un camino, te censuran otros. Hay ocasiones en que ninguna experiencia es transmisible: cada cual debe adquirir la suya. También las hay propicias, fértiles, líricas: uno encuentra alguien con quien aprender lo que todavía no le ha sido enseñado. Gente que ha vivido mucho, gente que lo ha vivido casi todo, gente que tiene todavía la facultad de narrarlo. Igual que la poesía nació para ser contada, aunque después se robusteciera con la escritura y pudiera perdurar, hay personas que poseen el germen de esa poesía dentro. No importa que se registre o que se le dé nombradía. No es necesario que exista una difusión amplia. Basta con ese privilegio maravilloso de que alguien te brinde su vida, te la cuente con el entusiasmo con que la cuentan los que la saben pronta a acabar.

Ser viejo es una actitud, un mirar de frente la niebla del porvenir, un no pensar, un no caer en la cuenta de que la marcha atrás está acelerada (lo estuvo desde que rompimos a llorar cuando nos entró el aire en los pulmones por primera vez). La vividez de esos relatos nos proporciona una literatura espontánea, de la que carecemos habitualmente. Nos educamos para saber afrontar la muerte, pero es una educación incompleta. Nunca estamos preparados del todo, siempre hay un resquicio por el que deseamos escabullirnos. Tenemos lugares (no sólo escuelas) donde nos enseñan a manejar los rudimentos de la vida, donde nos esforzamos y de la que aprendemos a valorar el esfuerzo, el trabajo y el respeto por los otros y por uno mismo. Todo eso está muy bien, sí, pero falta una didáctica del tiempo, una asignatura que nos llene las alforjas de la cabeza con la limpia aceptación del fracaso y de la despedida. Se viene el mundo encima cuando nos damos cuando de que se viene el mundo encima, dicho a modo de perogrullo. A mí me alegra ver a la madre de una amiga cuando me dice que viene de la escuela. Le enseñan todo lo que no aprendió cuando era la época en que debía hacerlo. Se esfuerza en recordar, se apremia a no olvidar todo lo que tiene todavía por vivir. Dice sentirse útil y no me cabe duda de que no le asalta en ningún momento el tedio ni la crudeza de la vejez. Además está guapa y exulta vitalidad a cada gesto o a cada palabra que pronuncia. De personas como ella deberíamos aprender a diario. Yo mismo tengo esa edad intermedia en donde acabo de darle la vuelta al jamón, como dice mi amigo Calixto. Ya he apurado una parte y ahora se ofrece la otra, que no tiene nada que envidiar a la que ya se ha consumido.

De vuelta a casa, completo de pan y de ganas de volver, he observado a cuatro o cinco viejos (no hace falta ser políticamente correcto: son viejos y ojalá lo seamos también lo que tenemos cierta juventud todavía) que despechaban alegremente sus asuntos en la puerta de una bar. Uno fumaba y contaba, a lo que he escuchado, una trapisonda que hizo de pequeño y de la que todavía se acuerda. Otro se reía sin disimulo, dándole temerarios golpes en la espalda a modo de celebración. Quisiera llegar a ese momento y tener la lucidez de rescatar de la memoria los episodios divertidos y también los tristes. Ninguno sobra, de todos extrae uno una enseñanza. Porque es eso, la cantidad de cosas que hemos aprendido y de la que nos hemos valido para ir despejando incógnitas y abriendo otras nuevas.


4.7.17

Viajar


Rural highway, Cornell Capa, 1959

Uno viaja sin considerar el destino, cree que ninguno es válido, acepta que cualquiera lo es. Se tiene la idea romántica del viaje, la de probarse en otros paisajes, la de pensar el mundo a pie de campo. Al principio, cuando empezamos a construir la civilización tal como hoy la entendemos, la palabra viaje no tenía sentido. Los pueblos se desplazaban para medrar, anhelaban el bienestar que no les procuraba el lugar en donde nacieron. A viajar se va a no saber, se pierde la compostura de la previsión, se le otorga carta de mando al asombro. Todo lo demás es el paisaje esperado, el que no fascina. No hace falta que el viajero se pierda en la hondura, en el país profundo. Basta abrir la mirada, concederle el rango que normalmente no se le permite. El problema es siempre ése: saber cómo mirar, saber después cómo disfrutar de lo mirado. Ahora que empiezan las vacaciones (para unos, no para todos) convendría abastecerse de incertidumbres. Lo otro, las certezas a las que inevitablemente propendemos, nos dan otros placeres, no dudo que maravillosos también, pero viajar es anhelar el horizonte, aceptar que no hay un plan de actividades. También hay un viaje interior. Hoy he salido a pasear mi pueblo. No ha sido una caminata larga. En una hora he recorrido calles que no esperaba. He torcido sin voluntad una esquina cuando podía haber elegido la contraria. He dibujado un mapa invisible con mis pasos. Quizá haya dibujado, sin saberlo, un laberinto. No sabría recorrerlo de nuevo mañana, si terciara andar de nuevo. Cuando se echó la noche volví a casa. Me pareció que había estado fuera y también lejos. Viajar es un asunto que sucede dentro de la cabeza. Por eso leer es un viaje simulado. Por eso la literatura es un desplazamiento.

Libros que curan el alma

Creo que la ciencia llega siempre tarde, aunque acuda con pompa y con circunstancia, obsequiada de festejos y de promesas de bienestar. Unos médicos ingleses prescriben poesía para que remita la depresión o para que las dolencias del mundo moderno mengüen. Parece que los galenos recetaban libros de poesía y de novela a quienes, aquejados por el stress, enfermos de prisa, pedían alguna pócima mágica, algún remedio que no aparezca necesariamente en los prontuarios de medicina. Lo que hacen, según leo en prensa, es enviar a los enfermos a las bibliotecas. Éstas, avisadas, tienen ya las píldoras sobre el mostrador. Ahora un cuarteto de Keats, ahora un soneto de Shakespeare, por qué no un cuento de Saki.

Leer lo que otros pensaron hacen que pensemos como si no fuésemos el ombligo del mundo, dicho de una manera brusca. Hay males en el mundo que rivalizan con el nuestro. Incluso amores que derrotan todo el amor que nuestro corazón pueda sentir. No hay nada que no hayamos hecho en esta vida que no haya sido escrito en un libro. Da igual qué pensemos o qué hagamos: seguro que es parte de la trama de una novela.

Leer sirve para que nuestra ignorancia no vaya a más. De no hacerlo, cavamos una fosa más honda y nos metemos ahí a esperar que el tiempo acabe o que el mundo se detenga. Los libros, incluso los malos, nos salvan del caos o nos arrojan a él. Es preferible elegir el mal que esperar a que él nos elija a nosotros. A veces, en algunos libros que he leído, he sentido esa punzada, la del desencanto o la de la tristeza. ¿Entonces un libro puede curar a quien padece un trastorno psicológico? Imagino que sí: lo hará a su manera, escogerá qué partes te dejará como nuevas y cuáles no tocará. No hay libro que te sane enteramente, pero no hay ninguno que no te alivie algo.

La neurociencia dice que el cerebro aprende a través de las emociones. Quizá resida ahí la manera en que leer cura más que correr o que tomar ensalada antes de dormir. Por otro lado, hay quien no lee jamás y tiene las ideas claras y las emociones limpias. No hay fiabilidad en este tipo de cosas: se puede vivir al margen de los libros y tener la felicidad que no tiene quien los devora. Tengo amigos que están en ese lado y no me atrevo a hacer ver que padecen un mal del que yo me considero libre. Lo que no tienen es el refugio al que yo acudo cuando lo necesito. Otra cosa es que esa necesidad sea diaria o que uno se abastezca sin que intermedie necesidad alguna. Uno de ellos, del que no diré nada más, lee para coger el sueño. Coge alguno libro de la estantería, se lo lleva a la cama, se acomoda bien con el almohadón a la espada y busca el lugar por donde lo dejó anoche. Me confiesa que tarda un par de páginas en caer rendido. Le vence el cansancio del día, lo derrota. En ese sentido, los médicos ingleses estarían encantados. Este amigo no precisa medicación para conciliar el bendito sueño. Lee un libro al año, pongo por caso, pero le procura el consuelo que a veces a mí no me proporcionan los veinte o treinta que leo en ese tiempo. Algunas de mis noches son lo suficientemente largas como para envidiar ese uso bastardo que mi amigo le da a los libros. Los días terribles, los que a veces lo son, me parezco a él más de lo que me gustaría: caigo a la quinta página. Tal vez sueño que continúo la lectura. Prefiero pensar que en mis ensoñaciones prosigo la lectura cancelada. Se produce así un texto doble: uno funciona en la realidad; otro, más enigmático, ocurre en mi imaginación.

Son las palabras las que curan. Ellas hacen todo el trabajo. Se arriman unas a otras, buscan la posición más idónea y montan un cuento o un poema. Las más osadas, las que tienen más coraje o disponen de más tiempo, construyen novelas, pero no hace falta que estén impresas o que las contenga un libro. También curan las palabras que decimos y las que escuchamos. Uno cuenta lo que le pasa o escucha lo que le pasa a los demás. El modo en que esas palabras confortan no es nuevo. Somos las historias que nos cuentan. Mientras que las escuchamos, el tiempo se encorva, se aligera, se expande, se fragmenta, se comba, se alarga. Hay libros en los que incluso desaparece. No creo que todos sirvan para ese propósito. Yo he visitado algunos. No todos son recomendables: los libros nos eligen a nosotros de alguna manera. Hay autores que idearon su historia para que tú la leyeras. Conforme entras en ella adviertes ese regalo que te hicieron. Mientras que la lees, no tienes constancia de que otros estén haciendo eso mismo que estás haciendo tú, leer. El cine es una actividad comunitaria, pero la literatura es un acto íntimo, uno privado como pocos. Nunca se necesita a nadie para leer. Nacemos solos, morimos solos y leemos en soledad.


3.7.17

Que seas feliz...


Amé los mapas cuando no entendía lo que significaban y todavía hoy siento un placer que no sabría explicar bien cuando abro un atlas y el dedo va recorriendo los sistemas montañosas y las ensenadas, el curso de los ríos y la evidencia de un populoso núcleo urbano, pero los mapas ya no son lo que eran, ya no invitan a ningún viaje. En cierto modo se ha perdido esa voluntad mágica de querer ver más allá de lo que la evidencia ofrece. Todo son moléculas que se agitan, saltos sinápticos, trenzados más o menos estables de corrientes nerviosas que irrigan el cerebro y nos hacen pensar. No sé de genética mucho más de lo que necesito, pero alcanzo a comprender que en ese baile de moléculas, de cuerpos que se abrazan y se alejan en el caos infinitesimal de la materia, debe estar la llave de algún logro sentimental al que no hemos llegado aún. Nos malogra ese milagro la contundencia, a veces brutal, con que la realidad nos atenaza, cuando la realidad debería ser un obsequio, un regalo precioso, un don. La realidad, de maleable que es, resulta incómoda, de poca o ninguna constancia, de fácil vuelo, como si nosotros, sus inquilinos, no mereciésemos habitarla, consentir que nos zarandee y nos apremie a que, conforme los años nos van formando, la entendamos. Perdemos más tiempo en pensar que alguna vez seremos felices que en disfrutar del rato en que verdaderamente lo somos. Sentimos que la felicidad debería ser un derecho, cuando es un privilegio, no algo que venga de serie como los músculos o las palabras cuando las decimos. Hoy escuché a alguien desear felicidad a otro que pasaba cerca. Se lo dijo sin entusiasmo, como el que vaticina que habrá lluvia por la tarde o que anoche hizo frío. No pillé (no pude) el antes y el después de ese obsequio sintáctico: "Que seas feliz". Tal vez era su cumpleaños o salía a un viaje maravilloso o acababa de casarse o de separarse. Da lo mismo qué circunstancia concurra. No hay un mapa de la felicidad, uno que enseñe el camino y por el que podamos mover el dedo. Yo nunca he ido a Moscú, ni a Nueva York, ni tampoco a la Patagonia. Sin embargo, puedo considerar que esos sitios me esperan, sin que tenga constancia alguna de que de verdad esos viajes sucedan. Pienso que podrán o no presentarse, pero no retiro la posibilidad de que acaezcan. Tampoco la de ser feliz de un modo continuo. No pasará tal cosa. Tendré lo de hasta ahora, lo de todo el mundo. Habrá fragmentos de felicidad fulgurante. Vendrán a su aire, sin que intervenga ninguna ocurrencia mía, ningún plan para que se presenten con más frecuencia. Cuando no estén, no tiene que ser bueno pensar en ellos como si no existiese otro aliciente. Como si afuera de esa epifanía absoluta el mundo no tuviese interés o lo rebajase de algún modo. Ahora me acaba de levantar de la siesta un vecino. No ha dejado que la complete a mi capricho. Me ha puesto a escribir, me ha forzado a que ponga música (él no sabe nada de esto) y a que escriba. No sabré qué habría tras la siesta si no me la hubiese chafado. Quizá saldría a pasear (hoy estoy solo en casa) o habría puesto una película o un capítulo de la serie que estoy viendo. Podría haber leído o ido al supermercado y comprado tres o cuatro cosas que he ido apuntando en un papelito. Nada de eso ha sucedido. He cambiado el queso fresco y el vino tinto por dejar aquí registro de mi incertidumbre. No tengo ni idea de lo que haré cuando deje de teclear y cierre el blog. Creo que acabaré yendo a por el tinto. 

La vida de las novelas

No se deberían contar las cosas a los que nos cuentan las cosas de los demás o las suyas íntimas. Hay una sospecha, incluso mientras van desgranando lo que te preocupa o lo que te alegra, de que todo va a ser difundido, de que nada quedará en la intimidad de la confidencia. O se puede airear una trama secundaria o una falsa, vestida de verdad sin embargo, que en apariencia, sin que se hurgue en demasía, evidencia solidez, da un aire compacto, de vida sobrevenida y aceptada. 

Quizá escribir dé un plus de eficacia a la hora de imponer esa falsedad al relato de la cosas: hacer ver que uno hizo cosas que no estuvieron jamás a nuestro alcance, prender en el otro la sensación de que está asistiendo a una representación fidedigna de una existencia completa, tal vez más completa que la suya propia, de más empaque, de mayor peso o envergadura. 

En literatura se ofrece toda esta materia impuesta. El escritor, el que hace las ficciones, produce mentiras útiles; a él se le permite que se extravíe, que escore la nave de la razón al puerto que considere más idóneo para que la narración no decaiga. Lo difícil es que el buen narrador luego no se deje llevar y conduzca su vida, la diaria, la del trato con los otros, con ese desparpajo literario, contando las cosas a los que nos cuentan las de los demás a sabiendas de que ese texto acabará también fragmentado, roto a conveniencia del que escuche, saqueado por su voluntad de narrarlo a su manera, con su voz. 

Vale entonces novelar, considerar ese formato el óptimo, el que mejor responda al humano capricho de fantasear, de dejarse llevar y pasear por todos los lugares en donde no hemos estado y se espere no estar. Ser otro, salir de uno, empezar de nuevo. 

Ser otro en cada novela que se lee, en cada historia que se nos cuenta, en cada brizna de ficción que se impregna a nosotros.

2.7.17

Cambiar de aires / Un cuento de verano


I

Muy confidencialmente contado y reduciendo muchísimo el asunto, podría decirse que soy uno de esos tipos que odian el sudor. No de una manera ligera y de chanza, como quien se pone un poco colérico si una mosca se le pone en el brazo o si el autobús pasa justo cuando llega a la parada. Mi relación con el sudor siempre tuvo un grado de dramatismo absoluto. Quedará claro que no exagero, ustedes entenderán. Por preservarme, suelo rebajar al mínimo mis actividades físicas en época de verano. Son los días en los que no salgo de casa. Me levanto tarde, desayuno zumos frescos, como fruta. Mi split y yo nos entendemos mejor que muchas parejas longevas, de las que saben lo que piensan con sólo mirarse. Debo decir que no he tenido un solo split. De hecho tengo uno por habitación, incluyendo pasillos, cocina y cuartos de baño, y que estoy al tanto de las novedades del mercado por si alguno gestiona el frío de una manera más eficiente. Cuando me agobio en demasía, cosa que sucede con alguna insólita frecuencia, me hago unos largos en la piscina de la casa. Me desplazo por la sombra y camino muy despacio. No es este desafecto mío por el sudor, que otro consideraría un peaje más del ejercicio físico o del inconsciente verano, mi única rareza. Tengo otras. Las voy intercambiando para que ninguna me afecte más de lo necesario. Sé, no obstante, que es mi aversión al sudor la que en mayor medida malogra mi existencia. No tengo familia a la que preocupe con mis excentricidades, por cierto. Tengo pocos amigos y no creo que ninguno me haya acabado de entender del todo. Procuro, en lo que puedo, declinar toda invitación que me hacen si el ofrecimiento, que no desoigo en las estaciones frías, me obliga a exponerme al sol. El verano es un mal invento de algún dios caprichoso y rudimentario o yo soy una criatura débil, privada de la voluntad de sacrificio que se aprecian en otras, a las que miro con arrobo.


No alcanzo a recordar cómo empezó todo. Hay una parte de mi memoria sobre la que no poseo habilidad alguna. A veces pienso que nací ayer o la semana pasada. No he dejado de hacer las mismas cosas, no he confiado en las novedades, no he malgastado el tiempo en probar lo que conozco. Básicamente controlo el sudor que transpiro. Casi nada de lo que sucede alrededor de ese hecho capital me afecta apreciablemente. Ni siquiera la comida o el cuidado del ocio. Me satisfacen muy pocas cosas y no soy exigente en ellas cuando las tengo a mano. Padezco un mal frecuente que consiste en no irritarme en exceso por nada, excepción hecha del doloroso sudor, claro está. Este irse dejando, sin aspiraciones elevadas, contemplando la vida como quien asiste a una representación teatral o cinematográfica, cómodamente instalado en una butaca, me permite sobrellevar mejor el problema que sufro y estar alerta y concentrado para cuando se presenta. Todo el peso que he perdido no deja de ser una estrategia combativa. Las comidas copiosas, las carnes rojas o el pescado, las dulces o el mismo alcohol, me hicieron siempre sudar abundantemente. Ese malestar se subsanó cuando limité mi dieta a unas ensaladas y a una muy severa ingesta de agua. Reconozco que al principio, cuando me obligué a dejar de comer alimentos pesados, que indujeran una sudoración inmediata, padecí al punto de maldecir mi enfermedad y hasta deseé morir y abandonar ya definitivamente toda esta ceremonia absurda, un poco viciosa y terrible. Pero encontré un placer inexplicable en moldear mi cuerpo. En unos meses había eliminado toda la grasa, la que provoca el grueso del sudor. Mi cuerpo, flaco de pronto, pedía a gritos un médico que lo aliviara. Porque yo mismo, contemplándome al espejo, percibía toda la lástima que inspiraba. Llegado a un punto idóneo, que oscila entre los cuarenta y cinco y los cincuenta kilos, suelo permitirme algún capricho en el menú. De eso se encarga Juana, que es quien se preocupa, aparte de la clavada mensual, de adecentar el piso y de salir y comprar la verdura que necesito o algún extra imprevisto, como un libro o un portátil nuevo. A Juana le debo la supervivencia. Yo contribuyo con generosidad a que viva bien y se costee también algunos caprichos. Solo le pido que sea discreta y no airee mis manías. Por otra parte, tampoco la veo mucho. Mientras que se ocupa de una parte de la casa, yo estoy haraganeando en la otra. Nos cruzamos en algún momento de la mañana y le doy dos o tres instrucciones nuevas. En todo caso, me molesta que esté al tanto de mis cosas. Me corroe la incertidumbre de que todo lo mío esté ridículamente publicado por el barrio. Ah ese señor flaco que se asoma al balcón. Debe ser un raro de cojones. Pero no puedo desprenderme de ella. No sabría cómo conciliar mi pacífica vida, relajada y atenta, con las servidumbres de la limpieza. Ni se me ocurre pisar la calle en verano o en primavera. Otra cosa es el otoño o el invierno. Ahí es cuando me dejo ver. Hago con cierto placer algunas de las obligaciones que detesto en verano, pero evito el trato con los demás. Lo que temo es que el despacho de las rutinas del frío, tan agradables, agraven mi odio al verano, me indispongan de una manera irreversible contra él y tenga que tomar medidas que no deseo. Lo de mudarme, que es la cantinela habitual de todos los que tienen la suerte o la desgracia de conocerme, no entra en ninguno de mis pocos planes. Amo esta casa, la amo como si fuese una extensión de mi propio cuerpo. Amo lo que ella me cuenta, los años felices, antes de que enloqueciera, supongo. Porque una brizna de locura tiene esta peculiaridad mía. 


Estoy perdiendo el sentido del humor. No casa bien esta enfermedad (yo la llamo así a veces) con la alegría ni con cualquiera de sus sonrientes parejas de paseo. No sé cuándo fue la última vez que entablé una conversación agradable con alguien. De mis amigos, de los que tuve, de alguno que aún me visita, guardo recuerdos muy imprecisos. De uno aprecié cómo respetaba todo lo concerniente a mi excentricidad. Comprendía que en verano no aceptase visitas ni saliese a las terrazas de los bares. De otro valoraba que me tuviese al tanto de gente como yo. Somos muchos los bichos raros, le decía. Mi rango en esa escala quizá no fuese radical, pero me estaba destrozando la vida. Aclaro: me la destrozaba entonces. Ahora no hay roto. Subsisto en mi búnker refrigerado. Malvivo, a los ojos ajenos, pero he aprendido a disfrutar con pequeñas cosas. Nadie que no sienta lo que yo podría entenderme. En el fondo, ¿quién entiende a alguien? Anoche, en la radio, en uno de esos programas en los que la gente cuenta lo que le parece, venga o no a cuento, me fascinó la historia de una señora que no soportaba que la mirasen. Lo mío, en comparación, es más llevadero. Todavía no he llegado a esa animadvesión hacia el género humano, aunque no dudo que a este paso la alcance y me esmere en su oficio. Otro oyente refirió cómo evitaba, en lo posible, escuchar las noticias. Todo lo que escuchaba lo postraba en una tristeza enorme, inconsolable. El mundo está mal y yo no puedo hacer nada, decía. Yo poseo otra versión de esta frase: Yo estoy mal y el mundo no puede hacer nada. Tuve la tentación de descolgar el teléfono y llamar, pero no lo hice. Creo que no obtendré alivio al compartir todo esto. Ni siquiera esto de escribirlo me proporciona la armonía que anhelo. 


También llegará el otoño. Me acabo de asomar a la ventana y he visto un cielo gris, un cielo gris y maravilloso. Una brisa levísima me ha invitado a subir a la azotea, como a veces hago, y cenar a la luz de la luna. Temo que brote un acceso de calor y sude. Solo de pensar que vuelva a sudar me da dolor de cabeza. Hace años que no experimento esa sensación. Estoy librando con eficacia mi batalla contra el sudor. Es un enemigo estúpido. No está al tanto de su inmenso poder y carece del sentido del honor. Yo me adiestro con empeño para vencerlo. Esa lucha se ha convertido en el único objeto de mi extraordinaria existencia. En otoño, cuando arrecia el frío, ideo cómo plantarle cara. Apunto los planes, los releo, tacho lo que ya no me convence. Todos estos años de penurias me han curtido bien, me han despojado de la humanidad que tenía, me han convertido en un completo animal. De hecho me comporto como uno de ellos, si es que no lo somos todos. Solo me dedico a sobrevivir. No tengo afición por nada y no poseo (como antes) cualidades humanas. Yo soy el centro del universo. Ni Dios tengo. No hay credo que me conforte. Mis ensoñaciones son la última parte de lo que fui una vez. Ahí paseo las calles, me siento en las terrazas de los bares, compro la prensa en los kioskos de los parques e incluso me sacudo un almuerzo más que copioso en un restaurante al que solía ir y que ya ni siquiera sé si existe. En mi sueños, aunque no de una manera obsesiva, fornico con asombrosa dulzura. Todas las mujeres me expresan lo complacidas que quedan. Como nunca lo hecho en la vida real, me encanta esa satisfacción representada en mis sueños. Ya digo que en los sueños no se suda. No en los míos, al menos. Quizá sea ésa la razón por la que duermo tanto. Juana me lo recrimina: Duerme usted más de lo que necesita, vaya al médico, cuánto hace que no va al médico, pero a Juana le hago el caso justo. Viene a ser una especie de madre a la que no se obedece. Como no recuerdo a mi madre, ella ocupa ese lugar en mi cabeza. Ni se me ocurre manifestar que le profeso cierta estima, por supuesto.  

Pronto llegará el sueño. A veces molesta despertar. Está uno en volandas, izado, desnudo y libre. De mi vientre surje un cordón umbilical finísimo e inacabable. Sé que parte de mí, pero ignoro en qué lugar muere. O soy yo la parte moribunda y la vida está ahí, a lo lejos, al final del hilo. Me asombra la facilidad con la que uno puede despedirse de todo. Nadie que haya estado en esa zona oscura ha sentenciado lo formidable o lo terrible que es. Insisto en que no tengo inclinaciones religiosas. He sido infeliz sin Dios, pero lo habría sido igualmente con Él a mi vera, conduciendo mi desvarío, tutelando mi progresivo ingreso en su reino. A él me dirijo. No sé si he tomado las suficientes pastillas. Espero que Juana no me encuentre antes de que todo acabe y me saque de casa. Ningún lavado de estómago me privará del placer de vivir eternamente a salvo del calor. La fría muerte me espera. Habrá un ligero temblor y después el sueño se alojará en otro sueño, más profundo y perdurable. 

Dejo esta declaración para que no se culpe a nadie. La he escrito a conciencia. Al final no he podido explicarme todo lo bien que hubiese querido. Ya he dicho que nunca fui un buen lector. Ninguna disciplina artística me sedujo. Solo anduve preocupado de exponerme lo menos posible, y ya en el último tramo de mi vida solo quise evitar absolutamente cualquier tipo de exposición. Que suden otros. Seguro que habrá quien disfrute de esa sensación, quien la sienta a diario, pero no la sufra en modo alguno. No fue mi caso. Ya no importa. 


II

Juana terminó primero la cocina. Luego preparó un cubo vacío en el que arrojó la lejía y un fantástico producto de limpieza que había visto en televisión. Olía a perros muertos. Matarratas, por lo menos. Le encantaba probar cosas nuevas. Con tal de que dejara el suelo como le gustaba al señor. No se puede estar toda la vida usando la misma marca. Que fuese caro o no, le importaba poco. O nada. Lo pagaba el señor. El raro. Veinte años sirviendo en su casa, y ni un gesto de agrado. Como si fuesen veinte más. Nadie pagaba como él. De aquella mañana, parecido en todo a todas las demás, le agradó la levísima brisa con la que paseó las calles de camino al trabajo. El verano, al acabar, invitaba a empezar de nuevo. Le agradaba cambiar el vestuario, pasear a media tarde y, sobre todo, dejar de escucharlo. Un tipo raro. De los más raros. Claro, que pagando... De esa mañana, en el piso, le desagradó el silencio. Por pequeño que fuese, siempre había un indicio de vida. Un ruido de una puerta al cerrarse. La cisterna del cuarto de baño. Una tos. Tanto aire acondicionado no debía ser bueno. La manía ésa se la curaba yo de momento, pensaba. Los ricos lo son también en vicios que los pobres ni imaginamos, concluyó, mientras organizaba en su cabeza la rutina de la mañana. Lo que no le cuadraba del todo era que no le escuchaba. Pensó: ahora es cuando no lo escucho. Desde el fondo, sin que se molestase en acercarse, le decía qué debía hacer. Hoy empieza por el jardín. No te entretengas mucho con el salón. Cosas de ese tipo. Cuando Juana entró en la salita, vio el cuerpo en el suelo. Pensó: ahora es cuando veo el cuerpo del señor. El cuerpo con ese par de folios impresos al lado. Lo primero que hizo fue sacar el móvil y marcar el número de emergencias. Luego buscó el mando del aire acondicionado y accionó el stop. El ruido del ventilador cesó. Alguna vez creyó que se volvería loca. Eso de que son silenciosos es una mentira como tantas de las que suelta la televisión. Todos los aparatos acaban haciendo ruido. Incluso los caros. Los servicios sanitarios tardaron poco más de diez minutos. En ese tiempo, le dio tiempo de terminar de recoger el lavavajillas y de abrir las ventanas de todo la casa. Odiaba el frío de esa casa. Lo odiaba de un modo absoluto. Y hoy podía abrirlas. De par en par. Los médicos estaban agachados sobre el cuerpo. Qué mala cara tenía, pensó. Fue el sudor cayéndole por la frente lo que le despertó. Dio tres arcadas muy fuertes y tosió como si nunca lo hubiese hecho. Y miró el split, en la pared, bien arriba. Entonces agradeció  que acabara la jornada. Volvería a casa, pasearía sin prisa, mirando los escaparates. Mañana tendría que ir a que le tomaran declaración. También le tocaría organizar el tanatorio y el entierro. Por una vez pensó en si el viejo le habría dejado algo. Su cara era la que más había visto en los últimos años. Algo podría dejarle. Pensando en esto, sin caer en la cuenta de si era tarde o si había cogido las calles que atajaban a casa, se le ocurrió que no había limpiado las taza. Al menos no olía. La carta le había quedado muy bien. Estaba francamente convencida de que era el modo en que escribe un hombre. Al señor se le daba bien las cosas de los libros así que nadie pondrá en duda de que era suyo el texto. En todo caso, estaba ya decidido a cambiar de aires. 

1.7.17

Dios



No sé quién adhirió el adjetivo metafísico, de índole moral, al sustantivo temblor, que es una cosa enteramente física. Lo leí o lo escuché hace tiempo y me sigué pareciendo un prodigio metafórico. Vivir es una especie de temblor metafísico. Quien no sienta a diario esa punzada está huérfano. No es que se crea en Dios o se deje de creer. La idea de lo que no conocemos es inherente a lo humano, aunque luego existen grados y haya quien comulgue y rece y quien sólo sienta el murmullo de la divinidad o la desoiga o no la perciba. El mundo es de los que escuchan, no de los que hablan.