18.6.17

La historia que contó Klamm / Sobre El castillo de Kafka

Leí El castillo con miedo a no entenderlo. Avancé, creo recordar, con titubeo, pensando en si dejarlo para una edad más propicia. También fue miedo al propio Kafka. Había devorado La metamorfosis, que es un cuento asequible, con traveseras metafísicas, con bruñida y apocalíptica hondura, por lo que me envalentoné. Lo acabé en uno de esos días de verano en los que amanecía sin mucho que hacer, salvo leer o poner orden los libros. Lo retomé hace unas semanas y anoche zanjé mi deuda antigua con esta novela. No sé en qué cambiado ella o en qué he cambiado yo. Me sigue gustando la nieve del pueblo sometido al castillo, me sigue gustando K. y su bastón, me sigue gustando esa afición del autor por demonizar la administración y hacerla oscura y caprichosa, aunque El castillo no trate exactamente de eso. Trata del amor o trata de la búsqueda del amor: el amor a uno mismo, si así convenimos.

K. empieza en soledad su travesía por el pueblo y, al concluir la trama, sigue solo, incluso consciente de que lo está. Leerla, veinte años largos después, me ha hecho pensar en alguien que, a su modo, era el K. de Kafka. Le diré A. No usaba bastón ni era agrimensor, pero se tenía de él la misma impresión que se tiene del protagonista de El castillo: la de inventar una historia, la de creerse personaje y no persona. Se vive mejor en la ficción. A. nos hizo creer a muchos que tenía un oficio y un cometido. En realidad tanteaba, buscaba, indagaba sobre sí mismo como lo hace cualquiera, aunque A. llegó más lejos, se atrevió más, novelizó su vida. Se me ha cruzado varias veces A. mientras leía la historia de K. De un modo muy kafkiano, agradaba esa facultad de ser niebla, digamos. A. iba y venía, tenía peso mientras estaba (era trágicamente obeso, añado) y producía en los demás el afecto que buscaba. Invariablemente se granjeaba la simpatía de cualquiera que se le presentase. También, si se hurgaba más adentro, su rechazo. Si El castillo es contradicción pura, la vida de A. lo era también. Si Frieda era para K. el vínculo con las personas nobles de la sociedad, yo era para A. un puente que lo conducía a las orillas en las que yo paseaba. Y entonces eran muchas y en todas había gente suficiente como para que A. tuviese el público que anhelaba. El castillo es también trama simbólica, preñada de subtramas imposibles. No supimos qué había en las tramas paralelas o en las tramas inferiores de la trama principal en la que A. nos introdujo. Alguien, muchos años después, me informó de la impostura. Me confío la verdad sobre sus andanzas, el motivo por el que actuaba como lo hacía. No viene al caso exponerlas. Tampoco Kafka se esmera en contar los porqués. Importa todo lo demás. Hay más evidencias que emparejan a los dos. Ninguno de los dos está terminado. Kafka no acabó la novela y yo, en lo que alcanzo, imagino a A. prodigando sus artes sociales.

Las vidas nunca acaban. Prosiguen incluso cuando quien las vivió ya no está. Da igual que haya muerto (ojalá él esté alegremente vivo) o que el tiempo o la distancia nos lo haya apartado. K. quería, en el fondo, quedarse en ese pueblo. El trabajo de agrimensura que le había llegado era una excusa; en realidad no era ésa la razón verdadera. Toda la historia de El castillo es de amor. Como todo en Kafka, un amor simulado, lejano, casi hostil. Yo debo ser Klamm, el funcionario de la puerta, sobre el que (a pensar de K.) reside el poder. Me pueden contar todas las palabras para que me disuadan de mi naturaleza reacia a abrirla, pero ninguna será válida. Y sin embargo, soy el que está en la puerta, ésa es mi residencia, podría decir.

Escribir es escuchar las cosas que nos dicen y verterlas en las historias que uno después maquina. A lo mejor A. lee esto, se ve reflejado y me cuenta qué es de él. Así a veces funcionan las cosas. No sabemos qué puerta hemos abierto y a qué otra nos conducirá. Hay vidas ajenas sobre las que avanzamos con titubeo, pensando en si dejarlas para más adelante o incluso si dejarlas definitivamente. Se les tiene miedo, se cree que nos harán daño, pero proseguimos, las propiciamos a veces y nos enseñan lo que ya sabíamos. Todo tiene ese traje con el que Kafka vistió a sus personajes. Sólo hay que haber leído a Kafka, sólo hay que dejarse llevar y abrir bien los ojos.

Pequeña coda:
No sé si leeré otra vez El castillo. Anoche, bien tarde, al cerrarla, caí en la cuenta de que posiblemente no vuelva a leerla nunca. No porque no haya disfrutado: lo he hecho. Lo que me hace no desear volver a ella es que me ha cansado. También que hay mucho nuevo por leer. No obstante, ha sido una lectura fatigosa, provechosa y dolorosa, todo juntamente. Imagino que todo Kafka funciona así. Ese no es el asunto de esta entrada. Carmen Anisa sabe de Kafka más que yo, un principiante, y uno no especialmente hoy animado.  Que ella opine.

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