15.6.17

El árbol de niebla

Un apunte sobre el cuento

Estamos en la idea de reflotar la Barra Libre. Será tras el verano, me asegura mi amigo Ramón. Siento que esta vez lo lograremos. Siempre hubo impedimentos en otras ocasiones. Siempre había algo que nos disuadía. Anoche releí este cuento que escribí hace unos años. En esta ocasión, al volcarlo, he corregido algunos pasajes. Otros han sido borrados. Hay un final distinto y hasta el tono difiere de la historia pensada entonces. Iré cogiendo algunos de esos cuentos en estos días. Los reescribiré. Como si fuesen de otros y me tocara desmontarlos, montarlos de nuevo, hacer como si fuesen nuevos. En una época no corregía nada de lo que escribía. De poco tiempo a esta parte, estoy particularmente puntilloso con la escritura. Deben ser etapas normales. La de no tocar una línea y dejar el texto como fue vertido ha durado muchos años. Ésta que parece tomar cuerpo ahora no será definitiva. Echa uno en falta ese vehemencia, esa exigencia primera de las cosas. 



Sergio Garval, Naúfrago, óleo sobre tela


EL ÁRBOL DE NIEBLA

A ratos tengo la sensación de que no estoy solo. En mi voluntad de no caer en la locura o en el deseo de no anhelar la muerte prefiguro la idea de que, si no un mal sueño, uno de verdad triste o trágico, estoy ocupando un fragmento accidental de una trama invisible en la que yo soy el náufrago y el resto del mundo, sin exceptuar a criatura alguna, se afana en dar conmigo, mueve cielos y tierra por encontrarme, buscando en todo momento el consuelo del que ahora carezco, procurándome los afectos que en este instante no poseo. Así, en esa maquinación de mi cabeza, paso los días en este isla. Es una propiedad que no me interesa, pero me he ido acostumbrando a reconocer sus accidentes y a veces, sin que me entusiasme ese acceso de afecto, he pensado que es bonita a su manera. 

Ningún naufragio es razonable. Ninguno del que después uno pueda extraer una enseñanza o siquiera un buen relato, un relato admiable, del hombre considerado en sí mismo como un verdadero héroe, enfrentado por el gobierno del azar al rigor más terrible, empujado al infierno mismo, exterminada su vocación de vida, rebajado a la condición más pobre del alma. En mi delirio, el poco que tuve o el inventado ahora para aliviar mi penuria, imaginé también una suerte de ficción en la que cada ingrediente dramático contribuía formidablemente a que la historia fuese épica, fuese sublime, y concitara la admiración del público eventual que la escuchara, del lector fortuito o, bien mirado, del amigo cercano, ávido de que le cuentes todo y comprenda que has regresado del reino de los muertos como Lázaro en las Escrituras. 

A ratos caigo en el desánimo absoluto, me lamento de lo funesto de mis pensamientos y lloro a salvo del pudor, puesto que nadie me observa, aunque mis manos tapan ridículamente mi rostro y mis ojos entre los dedos, avizorando aquí y allá, cuidando de que nadie repare en esa flaqueza mía. Porque soy un hombre entero todavía o porque no creo haber llorado nunca al modo en que en ocasiones  lo hago. Carezco de la firmeza que otros exhiben al advertir el mal cerniéndose sobre ellos. No poseo tampoco la paciencia o la confianza que alguno manejará, especulo ahora. Manejos que distraen el curso imbatible de las horas. Argucias que combaten el desquiciamiento al que me acerco a diario. Tengo abandonadas todas las buenas costumbres de antaño. He comprendido que la vida en esta isla sería insoportable para el hombre que fui. He comido pescado crudo. He dormido en la orilla y me han despertado las olas. He hincado mis dientes en el cuello de un ratón y he saboreado la carne dulce hasta que mi estómago dio varias arcadas y mi cabeza reventó de pánico. He dejado de ser quien era, sí, he dispuesto ser otro, soy inamoviblemente otro. Esta victoria sobre la isla la trajiné durante años, en soledad, escribiendo en mi memoria los prodigios a los que tendría que recurrir para que la isla entera desapareciese. Ese es mi propósito. Lo que mi imaginación febril ha fabulado es la impostura más fantástica. Ninguna iguala a ésta mía en fascinación. Voy a borrar el paisaje, voy a vivir dentro de mi cabeza.

Pensé: no hay una isla, no hay un árbol a mi izquierda, no estoy sentado bajo su sombra. Es un árbol de humo o es un árbol de niebla. Mi conciencia no admite el árbol ni admite la isla. Todo eso, hechizado, pensé. Y mi esperanza o mi fantasía o mi instinto rubricaron con el sueño mi anhelo. Dejé la vigilia, olvidé la luz, abandoné la oscuridad de las noches, renuncié al sabor de la fruta, censuré los peajes de mi cuerpo. Con el tiempo advertí que mis deposiciones eran más espaciadas y que el hambre no me acometía con la saña del pasado. El árbol a mi izquierda, el que me deparaba la solaz sombra, era un árbol solo en mi sueño. Era el árbol de niebla. Ahí estaba a salvo de la lluvia o de la ausencia de lluvia, liberado de todas las servidumbres de las horas y de las nubes y de la tierra dura sobre la que orgullosamente se yergue. Anoche urdí este simulacro . No intervino la inteligencia, pues poseo la justa y no sabría administrarla con éxito. Fue la belleza la que acudió anoche en mi ayuda. Yo la llamé y ella vino. Fue la poesía o fue el milagro de las palabras, acunadas con mimo infinito, recitadas como un salmo, invocadas para que algún dios me premiara y regalase la posibilidad de escapar de aquí, aunque mi cuerpo no abandone jamás la sombra en la que en este mismo instante yazgo.

Son las palabras las que sustentan el mundo. O mi mundo. Ya no tengo las ideas todo lo claras que querría. Querría poder contármelas con más convicción, ocuparme sólo en encontrar el vocabulario exacto. Sé que si yo ahora dejase de escribir o de pensar que escribo, me quemaría el sol, me dolería la cabeza, me aturdiría dolorosamente el hambre. Si en este momento interrumpo el relato, mi corazón entero dejaría de latir, mis ojos no percibirían el cielo azul, atravesado de nubes muy blancas, que se mueven aprisa y que me ignoran. Si no me cuento el mundo, desaparece. Si perezco, el mundo perece conmigo. Soy como el árbol, soy de niebla.

Temo que un día mi cuerpo desista de lo que mi cabeza le ordena. Temo que se malogre este bienestar magnífico. Que el frío importune mi voluntad de escribir o de pensar, no sé, son la misma cosa ambas dos. También que el calor me despierte. En este prodigio no cabe la vigilia. Y con todo, en la ensoñación en la que habito, nada me es en absoluto ajeno. Todo lo siento mío y a todo me aplico con ardor. Concibo con precisión el río y escucho a mis espaldas su fluir dulcísimo. Aprecio el rumor de su caudal y el chapoteo sencillo de los peces cuando saltan. De una manera que no podría explicar sin entrar en contradicciones o en sinsentidos, el río fluye porque yo pienso en que fluye. Sé que si despierto, no habrá peces ni la hierba glauca en la que el agua se abandona y donde hocican las bestias. Las bestias que modela mi ingenio, con las que entablo diálogos asombrosos. Como si fuesen criaturas humanas y me concedieran el inestimable privilegio de que yo converse con ellas.

Creo que todo me pertenece y que nada de lo que me circunda desafía mi mando. Soy un dios pequeño y rudimentario, soy la luz y la sombra, soy el que discurre la trama entera del cosmos. En mi afán por adquirir en este mundo impostado una vida similar a la del mundo que abandoné, he consentido que los animales se reproduzcan y que el cielo riegue los campos y me moje a mí, el que sueña. Es una temeridad, me ha reprochado una especie de tigre o de pantera con la que tengo unos parlamentos extraordinariamente inteligentes. En cuanto la lluvia arrecie con fuerza, ha insistido, te mojarás, enfermarás, despertarás, yo me moriré, dejaré de hablarte, se acabará el mundo. Por eso ando pensando en prohibirles la coyunda. Suprimo ese acto noble y evito que mi reino se pueble de excesivas criaturas.

Miro el mar, ahí enfrente, observo el vaivén loco de las olas, escudriño barcos que nunca llegan, me ciego  con el vértigo del sol, me quemo con la fiebre de sus rayos. También soy un dios torpe y desaliñado. Un dios sin un templo. Un pobre dios abandonado que solo habla con los personajes de su locura. Que cree estar contándole a alguien el dolor que está sufriendo. Que se muere todos los días o que ya está muerto y está descubriendo poco a poco que el cielo y el infierno no existen. Que todas las almas del mundo, las antiguas y las novicias, duermen aquí conmigo, bajo el árbol de niebla, en una isla terrible al final del tiempo. 

Poco a poco entreveo lo absurdo de mi empresa. No es una cosa que se descubra de golpe. Viene despacio esa convicción. Duele que no pueda interferir en el ruido que hace el viento al agitar las hojas de los árboles o en la velocidad con la que la sombra malogra el imperio de la luz. Anoche soñé que me rescataban. Hombres serios, con una cruz al pecho, de conversación sencilla y ruda. Me tumbaban en una cama, me consolaban a su manera, un poco bruscamente, pero con noble intención en el fondo. Les agradecía que me hubiesen salvado, pero sin estar convencido del todo. Echaría en falta el árbol de niebla, las noches infinitas en la isla,el rumor de las olas cuando se retiran, todas esas evidencias primordiales de la novela de mi soledad. Si nadie acude en mi auxilio, me encerraré en mi delirio. Se está bien dentro. Cree uno que nada hay afuera. Se me escaparán los días y las noches, irán por ahí sin que yo consienta su fuga. Me quedaré en mi encierro, me perderé en mis recuerdos. 

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