1.6.17

Darth Vader de Monet



Mujer con el parasol, Claude Monet

Lo malo de haber nacido Darth Vader es que luego no puedes quitarte la Estrella de la Muerte, la respiración cavernosa y los problemas paterno-filiales. Uno nace con un fondo de armario, aunque el tesón modele esa herencia y haya puertas disponibles y, una vez franqueadas, podamos deshacernos del traje o de los gestos o de todo cuanto ha sido invariablemente nuestro y haya sido difundido y sea del dominio público. Por eso siempre miramos igual a Kafka. No hay manera de que le imaginemos en una playa, en plan dominguero, leyendo la prensa, bebiendo cerveza de lata y echando un ojo disimulado a las mozas concurrentes. Poe es la absenta, los callejones oscuros, las primas problemáticas y la pobreza. Un Poe extraído de su Boston e incrustado en el alegre París de los veinte es difícil de montar en la cabeza de quien lo haya leído a fondo y aprecie su decadencia y entienda que quizá sólo puede escribirse El gato negro si has bebido mucho o has trasnochado en tugurios infames. A Darth Vader le tenemos un afecto que no es posible argumentar. Supongo que los afectos no precisan justificaciones. De ahí que este juego en el que la dama del parasol de Monet deja su sitio al caballero oscuro que ruge de venganza y ha sido poseído por el mal. Por otra parte, visto así, en esa actitud desenfadada y primaveral, Darth Vader no impone. Todo es cuestión de atrezzo. Te quitan el casco y eres un don nadie.

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