31.5.17

Lo que hace que el mundo gire


Something wild, Jack Garfein, 1961

Se quiere ver como ven los demás, no se inventan excusas, no hay argumentos con los que no echar el paso al frente y unirse a los otros. En cierto modo, hemos sobrevivido porque hemos compartido. La humanidad necesita un patrón que la cohesione, una especie de modelo estético o ético o económico en el que perderse entre la masa. Todas las religiones han partido de este precepto: si se venera al mismo dios, se cultiva la misma tierra y se reparten sus frutos o se pasean los mismos senderos y se cuidan para que nadie los arruine y se echen a perder. Con el arte sucede lo mismo. Adoramos la belleza, la sublimamos, nos inclinamos ante ella como el que se postra ante su divinidad, porque nos hermana, nos permite llorar juntos o reír juntos o aprender juntos. Somos una raza noble, aunque todavía emporquemos esa nobleza con la barbarie, con la brutalidad. Somos esa niña que camina con incredulidad hacia no sabe bien dónde. Sabe que otros anduvieron antes, sabe que vendrá otra. Al final quien sobrevive es el cuadro. Es el cuadro el que hace que el mundo gire. 

Dios existe en el ladrido de un perro

Un perro ladra a lo lejos. La noche lo hace invisible. Sólo percibimos el eco de lo que dice. No sabemos entender el ladrido, pero este perro que ladra a lo lejos tiene miedo. 

Todos los perros tienen miedo de noche; en eso son muy humanos los perros. La oscuridad que les cierne los amedranta, los rebaja, los hace frágiles. Extraña, siendo perros, sabiendo ladrar y acostumbrados como están a episodios hostiles a poco que ponen la pata en la calle y se encuentran con el trasiego habitual, con los semáforos, con los coches, con otros perros que tienen el mismo miedo, el miedo antiguo de los perros ciegos, ese miedo a lo que no se conoce. 

Debiéramos ser perros un tiempo, ver qué efecto produce el ladrido, dejarnos querer por un dueño, ver si de verdad somos tan fieles, tan leales, tan buenos como dicen, y luego volver a lo humano y recordar matices de la vida perruna, recordar la jerarquía en las calles, la sensación de elevar la pierna en la esquina y evacuar sin pudor, alegremente, la orgía imprevista en un parque con la hembra eventual que se acerca y no se incomoda porque la olisqueemos y hagamos el ademán de montarla, ya digo que sin molestar a nadie, conste, Cosas de perros que no requieren conocimiento de las ordenanzas municipales, ni haber leído algún manual de autoayuda argentino.

Es la noche la que malogra esta aventura canina. Te imaginas al perro, solo el animal, y desamparado, recorriendo las calles, removiendo bolsas de basura, porque creo que hacen eso. Una de estas noches salgo y busco perros que confirmen mis especulaciones burguesas, un poco dominicales, un poco banales también. No sabe uno bien nunca a qué atenerse: si a lo conocido o a lo que no está al alcance y produce zozobra. Hay a quién no le produce zozobra saber que se va a acostar siendo Juan Gómez Muñoz y se va a levantar perro, perro de cualquier raza, perro pequeño y lanudo o fiero y grande, con ganas de trifulca nada más poner la pata en la acera. Yo no sería un buen perro, ni siquiera uno tolerable por sus dueños. Acabarían dándome la patada o espaciando las caricias o los juegos. Yo de perro no valgo. No porque tenga yo información previa, razonable, de la que disponer y a la que consultar para saber qué va a pasar y cómo. Manejo una intuición firme, la que no puede reprimirse. 

Me sentiría mejor en otro animal, si es que es posible esa transmutación zoológica que entretiene mi molicie (ay, qué de tiempo que no pongo yo molicies en la frondosa materia del texto), en lugar de aplicarme en menesteres de más enjundia, que hay. Ahí están, mirándome desde lejos, como un ladrido en mitad de la noche. Es curioso el modo en que se escribe, no se conoce el propósito, únicamente se deja uno llevar. Qué bien el dejarse llevar, qué placer el irse, qué esplendor no igualable a ningún otro, recita el entusiasta amanuense. Piensa uno en escribir y piensa también en lo que escribir (escribir bien, por supuesto) se parece al sexo, El que escribe no piensa siempre en quien le lee, es mejor eso. Uno es su propio lector. Ninguno más severo, ninguno más interesado en que la lectura fluya, trasciende, vibre a veces.

Ahora, justo en este momento en que percuto el teclado, oigo al perro, siempre a lo lejos. Es el perro concentrado en sí mismo, en su condición de perro. Y entonces no atiende a la hembra que monta, sólo la monta, le deja sentir el peso brutal de su virilidad o el peso liviano, pero entusiasta. El sexo es siempre entusiasta. El plan cósmico hizo que el sexo fuese una delicia para que las especies se perpetuaran, no acabasen enterradas en el gris, en el tedio, en el terrible tedio gris de las mañanas enormes de la existencia. De no ser tan grato el sexo no estaríamos usted allí, leyendo (un poco con pasmo y otro con incredulidad) y yo aquí, en este lado, ocupando las horas de la mejor manera posible. Ésta no es mala. 

Se agradece que los perros amenicen la noche. De los que escucho ahora puede pensarse que se acercaran. Lo hacen con velocidad, ladran a veces, otras van sin emitir palabra. Sólo de vez en cuando paran y observan la luna. La misma que entreveo en las nubes. No es la misma que la de anoche. Ni los perros. Tampoco yo.

Imagino al perro en un sentido metafísico, no uno apreciable, pero todas las criaturas deben tener ese temor cósmico, esa especie de perplejidad que se produce cuando de noche uno mira la alta noche, la estrellada, la rumbosa de puntos de luz que titilan y se ofrecen y después se pierden. Creo firmemente en la existencia de Dios. Existe, Dios existe en cada ladrido de perro. Está en todos los perros, en los que me hacen pensar en un plan cósmico. Ninguna catequesis de la infancia logró impregnarme de este sentido limpio de la fe. Es el perro, el perro catecumenal, el perro proyectado desde el pasado, el que cuenta la historia del mundo, el que repite a su manera, sin que a veces sepamos apreciarlo, la existencia de la divinidad. 

30.5.17

Todo es hermoso

Hay ocupaciones banales que incomodan la ejecución de algunas tareas más elevadas, pero habrá quien prefiera poner el lavavajillas o tender la ropa antes que meterse en la faena de recorrer junto a la Maga las calles de Paris. Luego está aclarar qué es elevado y qué no. Si no hay también un cierto nivel de excelencia, del tipo de la que despacha el arte, en la ejecución de esas empresas menos nobles, pero inevitables. Barrer mi casa puede parecerse, en cierto sentido, a acomodarse en el sofá y abrir Rayuela por cualquier parte, ya saben que se puede, y acometer la lectura de su trama. Vivir es tener siempre a mano un plan de evasión. Cada uno formula en su cabeza el que más le conforta. Quien se extasía en la contemplación de una bandada de pájaros sobre unos árboles o quien pasea tozudamente las calles en la creencia de que el amor le robará el corazón y volverá a casa prendado de un rostro o de una manera de andar. Quien se esmera elaborando un arroz caldoso o se viste de forma admirable. Quien sabe de qué forma coger la cámara y qué mirar por su lente y hacer fotos brillantes. Tengo algunos amigos (Fernando, Rafa, Joaquín, Pedro)  que hacen fotografías estupendas. Poseen algo de lo que yo carezco: saben mirar y extraen de lo mirado algo único, que yo no comprendo y que me hace feliz al contemplarlo. No tengo ningún argumento que haga de la escritura un oficio de más fuste y nombradía que otros comúnmente rebajados, declarados universalmente de un rango menor; oficios que pueden llevarse a término chapuceramente o con absoluta maestría. Ayer vi a un carnicero despachar una pieza en su mostrador y quedé hechizado por la soberbia habilidad con la que apartaba los trozos inservibles, extraía los útiles y mimaba el vuelco de la pieza, procurando no malograr un ángulo sobre el que el cuchillo entrara más limpiamente, concentrado en no cometer error alguno, como un bailarín ocupado en no perder una nota de la música, mágicamente izado sobre el suelo. No solo está la literatura o la escultura o la música: al arte le concierne cualquier disciplina. Se puede lograr un grado absoluto de brillantez en casi cualquier cosa que podamos pensar. Incluso ahora, cuando me ocupe de mis clases, cuando pregunte y me pregunten, cuando aprenda y enseñe. 

29.5.17

Big Bang Book


Abundan las historias en las que se engrandece el comienzo. Se les da un tono épico o bíblico o fundacional. Cosas del tipo: Al principio era la oscuridad y la luz se fue haciendo paso hasta que la cubrió. Todo expresado así, con contundencia, dando aviso de que se está asistiendo al inicio de algo extraordinario, mayor y más hondo que nuestra presencia accidental, razonablemente accesoria, poniendo el esmero y el énfasis en sublimar, en dar empaque mitológico. Lo que no ha alcanzado esa obstinación literaria, esa especie de género en sí mismo, es el fin. El comienzo siempre ha sido sobrevalorado. Se puede decir que los adeptos de conocer el origen ganan a quienes desean conocer el destino o el futuro o el porvenir. En literatura no sucede exactamente así. Todos recordamos grandes principios novelísticos. Sabemos cómo empieza el Moby Dick de Melville o Historia de dos ciudades de Dickens (uno de los favoritos que yo conozco) o Cien años de soledad de García Márquez. Se nos escapa (no hemos querido poner la suficiente atención) el final de todas esas narrativas. Los finales, por necesarios que sean, no tienen el peso metafísico de sus progenitores, los inicios rotundos, esas frases que se te impregnan y de las que ya no sales. Del fin, el fin considerado como un cierre, interesa la posibilidad de que contenga alguna vía por la que penetre el aire e insufle de vida al cuerpo recién fallecido. Queremos que Lolita no acepte a Humbert Humbert, pero tampoco nos satisface que viva esa vida mediocre, con un marido insulso, sin sustancia, que sólo ha sabido dejarla embarazada. Cuando Nabokov cierra su novela lo que el lector desea es que no acabe. El fin es una trampa, el fin es un pacto que no ha sido consensuado por las dos partes, el fin es cualquier cosa menos una liberación. Los cuentos no acaban nunca. Tienen un arranque, pero no precisan un finiquito. La vida es una trama novelística más. La literatura lo acapara todo, no hay nada que no sea capaz de succionar, no existe ninguna otra consideración. La singularidad irrepetible del comienzo del cosmos (ese latido primero, ese ruido iniciático) es irrelevante. Tiene más intriga entender cómo se expande o si ese ahondar en el espacio y en el tiempo tendrá un latido postrero o un ruido póstumo. Tiene infinitamente más morbo comprender esa inercia que indagar en el tímido arranque. Quienes siempre supieron esto son las religiones. No se preocupan del infinito pasado, sino del infinito futuro. Queremos saber si Lolita llegará a vieja.

28.5.17

Suites acuáticas y jazz endecasílabo



                                                           A mi amigo del alma Antonio Sánchez, él sí que sabe de ritos


Leo hoy en El País que Sting hace unos largos en su piscina cada mañana mientras escucha las suites para chelo de Bach tocadas por Yo Yo Ma. Imagino que el sonido irá y vendrá a capricho de las brazadas y de las inmersiones. Una suite de Bach puede ser el delirio si se la escucha bajo agua. Yo las tengo ahora de fondo mientras escribo. Bach me hace sentir pequeño. Tiene el mismo efecto que producen las catedrales. Una vez probé a salir a andar con clásica en el móvil. Llegó un momento en que acompasé el paso a la fuerza de la masa orquestal. En los pasajes más calmados, me parecía una ofensa no atenuarlo. Los paseos eran una especie de coreografía no pensada, una evidencia de que importaba más lo que pasaba en mi cabeza que la inercia mecánica de mis pies. Si yo pudiese poner unos altavoces grandes que sonorizaran una piscina en la que yo pudiera hacer unos largos con las suites para chelo de Bach, podría deciros qué haría mi cuerpo. Si nadaría con esmero, pensando en los vaivenes del instrumento, en sus acometidas, en sus deliberaciones íntimas, en sus retraimientos y en sus felices respiraciones o me limitaría a dejar que sonara, advirtiendo de vez en cuando, según sacara la cabeza del agua, algún pasaje preferido. Hacemos cosas que no pensamos, incluso cosas que no tienen sentido. Quizá sean ésas a las que más nos arrimamos para que lo demás adquiere el sentido que tampoco tiene. Sting escucha a Bach en su ejercicios natatorios y yo elijo a Charlie Parker cuando escribo poesía. Me salen unos versos sincopados, poco o nada ortodoxos, que se envalentonan en unas partes y se atenúan, como tímidos de pronto, en otras. Me parezco a mi apreciado Sting en que elijo protocolos para casi todo lo que hago. Tengo amigos que no secundan estos ejercicios amatorios que uno mantiene consigo mismo. Hacen las cosas sin que intermedie un rito. Yo, en cambio, en casi todo impongo uno. Escribo con música. Creo que nos sabría hilvanar una frase con otra si no tengo canciones alrededor. Creo que no sabría salir a andar (a mi pesar, lo hago cada vez menos) si no busco en las playlists del spotify la que más me consolará del vértigo del día.  A mi amigo K. le parece improbable que pueda leer a placer si no es un sillón de orejas. No es capaz de extraer disfrute de ninguna lectura si lo hace en cualquier otro lugar. R. bebe cerveza negra cada vez que su equipo juega partido de Champions. M. desayuna el mismo tipo de pan. Es capaz de rehusar el desayuno si no hay pan de ese tipo. J. M. echa una cabezadita de veinte minutos tras el almuerzo. Le da igual estar en el bus o en un parque público. A. lee a las nueve (quien dice las nueve, dice las ocho) la prensa local en una cafetería cercana a su trabajo. Creo que somos todos unos raros si se nos mira en detalle. Bach es el primero de los raros. No puede ser un hombre normal alguien que hizo lo que él. Tal vez Bach tenía sus rituales. Componía mirando tal o cual jardín, corregía a una hora precisa de la tarde o escuchaba su obra con un traje muy de su agrado. Ahora mismo me dispongo a acometer uno de sus ritos  de los que no me es posible escapar. Voy a meterme una cerveza bien fría. Tengo pensado desde bien temprano cuál será. Dejaré aquí escrito que será turbia, no de abadía, pero espesa y con cuerpo y espuma en la copa. Luego me voy de comunión. Que ustedes disfruten el domingo.

26.5.17

No somos Fred Astaire, no somos Javier Marías


Si yo hubiese tenido los pies de Fred Astaire, habría comprado una casa sólo para los zapatos. Habitaciones enteras llenas de zapatos. Creo que es Javier Marías el que tiene un piso en el que sólo hay libros. Quizá no sea él. Seguro que hay alguien que puede permitirse ese lujo. Tener un piso que funcione a modo de biblioteca. En casa tenemos los zapatos en el alto de un armario enorme y los libros en un mueble que ocupa una pared entera. En algunas baldas los libros deben ser apilados en varias filas. No sé si tras Nabokov está Proust o si hace falta coger la escalera para coger la poesía de Whitman. En cierto modo acepto no saber dónde están, comprendo que no tengo tiempo para ordenarlos de una manera coherente. Leo a bocados, leo a merced de lo que el azar a veces me depara. Me paro delante de una fila de libros y decido cuál vendrá conmigo. Cuando lo acabo, lo devuelvo a una balda diferente, no le doy un lugar cabal, uno fiable. Imagino que a Fred Astaire le pasaría lo mismo. Cuando tienes trescientos pares de zapatos, puedes dejarte convencer por cualquiera que se te ponga a mano. Es la vista la que disfruta en la elección. Si fantaseas con la posibilidad de ponerte unos determinados, Oxford o Monkstrap, es probable que no des con ellos. Recuerdo una vez en que desistí en el deseo de volver a leer los cuentos de Rudyard Kipling.  De hecho es posible que estén en una de las cajas que hay en el trastero. Mi trastero es una especie de piso de Javier Marías, pero sin el pedigrí que se le supone a éste, exento por completo de glamour y poco o nada recomendable para enseñar a los amigos cuando te visitan. Mi desventura adquiere visos de dramatismo cuando entro en una librería y dudo si comprar tal o cual novela, no sabiendo con certeza si la leí de un libro que yo comprara o si me lo prestó alguien y, en cualquier caso, no teniendo ni idea de si está en el trastero o no. Me sigue fascinando el asombro. Creo que vivimos para que el asombro nos asalte a diario y nos desarme. Hace tiempo que comprendí que los placeres más hondos provienen del azar. Los otros, los previstos, son a veces tan buenos como ésos, pero no los igualan en ardor. Es el ardor el que al final cuenta. De no estar, si no se le convoca, el resultado final flaquea. Hoy mismo he sentido el ardor o el fervor o lo que a uno le convenga que sea que lo haga sentir pleno. Fred Astaire lo está con su ejército fiero de zapatos en el suelo. Yo lo estoy incluso cuando no sé si Kipling está aquí a mi espalda, arriba o abajo, o está en el trastero, en una caja, en una de ellas. Si yo fuese Javier Marías tendría también ese piso comido de libros. El hecho de saber que está hará que Marías duerma mejor, sienta que su vida entera está en esas estanterías, en todas esas habitaciones ocupadas por libros. Son los libros quienes nos cuentan. Eso en el hipotético caso de que se lea. Como no somos Fred Astaire, nos trae más al fresco tener un par de zapatos de más. Igual él no leía. Somos los objetos que tenemos. Ellos nos justifican ante el mundo o ante nosotros mismos. A ver si este verano pongo en orden el trastero y saco de las cajas los libros importantes. Todos, en uno u otro sentido, lo son. Probablemente no haga nada. Hablo por hablar. Este blog me sirve para eso.

25.5.17

Dioses

Siempre quise escribir sobre Dios. Creo que mi interés en él es más literario que otra cosa. No se me ocurre personaje que concite un interés mayor, ninguno con una carga sentimental o trágica o lúdica o patética mayor. Toda la filosofía es una extensión de este deseo mío, pero yo no quiero ser filósofo. Tampoco creo que pueda conocer mejor a Dios siendo filósofo. Los teológos, contrariamente a lo que puedan decir el sentido común o la experiencia que uno albergue, no tienen mucho más que decir. Tienen amarrado a Dios, pero no lo poseen. 

En la novela que estoy escribiendo hay una parte en la que el personaje principal (un voyeur que decide airear sus pecados y sus delitos cuando ve acabar sus días) le pide explicaciones a Dios. No recibiendo respuesta, decide confesarle con más apasionamiento su historia. Se le sincera de un modo que no haría de saber que de verdad está siendo escuchado. En buena medida, la sinceridad del personaje (pongamos W.) es directamente proporcional a la seguridad que posee sobre la inutilidad de su esfuerzo. Dice que profanó o que violentó o que vulneró la intimidad de S. con la convicción firme de que su lamento será aireado, sí, pero no usado en su contra. Trata, por todos los medios que están a su alcance, de salir indemne de todo el mal que ha causado. Por eso busca a Dios. En otra parte de la trama (llevo cien páginas largas, creo que no será mucho más extensa) W. se arrepiente de haber sido tan lenguaraz, de haberlo contado todo, de no haber guardado nada. Desea con toda su alma que Dios no exista. Le molestaría (quizá algo más severo que la molestia) que alguien supiese lo mismo que él. De alguna manera, cuanto más secreto es su pecado, o su delito, más fascinante será y más sentido tendrá haberlo acometido. El hecho de difundirlo (a una persona o a todas o a Dios) no es una liberación, no le supone ningún alivio. Bien al contrario, le atormenta. Cree que Dios es una invención maligna, caso de que sea una invención. También que es una criatura maligna, caso de que no lo sea. La posibilidad de que no haya nada que se escape a su vigilancia le aterra. En perspectiva, el lector es Dios. Sabe de W. cuanto W. sabe. Él mismo le ha entregado esa rendición minuciosa e íntima. El escritor, otra divinidad injertada en la obra, observa cómo avanza su incredulidad, su fascinación por la brecha narrativa abierta. 

El alma

Al alma se la doma, se la aquieta, se le impone una disciplina y luego se saca a pasear como si fuese un perro, se enseña a los amigos, se les dice lo estupenda que es, lo bien que le hemos enseñado y después vuelve uno a casa, se echa en el sillón de orejas, conecta el televisor y la deja perderse.  

El alma no puede estar siempre alerta, sensible, frágil, inquieta o curiosa. Conviene en ocasiones que se aquiete, que adquiera la quietud de lo que no se mira, ni se espera. Necesita aplazarse, vencerse, dejarse querer por el silencio, que es una asignatura que no se da en las escuelas. 

Al alma le conviene una quietud; ahí se amansa, se observa, planea qué  pasos dar, cuáles no. En ese pensar las cosas andamos. Estamos en el vértigo y en la fiebre, en la sensación de que algo prodigioso está a punto de suceder, pero no acaba de cuajar, no se impone a la realidad. Es esa inminencia la que nos hace estar vivos. 

No se sabe bien si tener el alma siempre izada, a la vista, expuesta, ofrecida o dejarla en la sombra, cuidando de que nada la perturbe, pero el oficio del alma es el riesgo, el no comprender, el titubear, el pisar con miedo. No se puede usar el alma de coraza; no todo el tiempo, al menos. 

Hay quien sostiene que andamos escribiendo un libro, uno invisible. Ocupa desde que nacemos hasta que morimos. Empieza con la luz, cuando la luz prorrumpe y ocupa el entero espacio y el entero tiempo, y termina con la oscuridad, cuando la oscuridad lo impregna todo y todo lo entenebrece, pero nosotros somos el libro. Nos escriben, somos la trama de otro. Un libro grueso o muy mordido de páginas. Un libro inocente, plagado de abdicaciones o un libro valiente, en donde es visible la marca de los dientes en las hojas. El alma es la que consigna el argumento, la que traza la caligrafía.

Del alma se tiene siempre una impresión etérea. Es la voluble, es la antojadiza. No ha habido nunca quien la acote, quien sepa administrar su dominio. El arte es la que la entiende. Sólo la mirada que procura el arte es capaz de ver el alma y de entender su razón y su desvarío, su lógica y su desquicio.





24.5.17

Twin Peaks / 3





A veces hay que dejar de lado la lógica. No conviene siempre. Hay también belleza cuando no acude. Incluso hay lógica cuando ésta decae o cuando deliberadamente se la extirpa de la trama o cuando comprendes que se está bien en esa ilusión de coherencia, en ese limbo dulce, en esa vida embrionaria, perfecta. Por eso estoy deseando de meterme los ocho episodios nuevos de Twin Peaks. Mark Frost y David Lynch hicieron que la televisión adquiriera cotas de excelencia absolutas. Todo cambió tras Laura Palmer. Sí, es cierto, se puede decir que la primera temporada es sublime y la segunda, en ocasiones, bordea lo decadente, lo vacío, lo estrambótico, pero yo soy de los que aman lo decadente, lo vacío y lo estrambótico. Amo a Lynch casi por encima de otras consideraciones cinematográficas. La turbación es ese estado de ánimo en donde te sientes confortado, dispuesto a que el fuego camine contigo. Fascina, en la espera, no saber, no tener ninguna información, sospechar que empezará de nuevo todo. Incluso estoy dispuesto a que me decepcione. Con tal de que vuelva. Por ver si encuentro otra vez esa sensación de plenitud y de extravío. Las dos cosas juntamente. Habrá quien sepa de qué hablo.

23.5.17

hipotaxis

uno tiene siempre su visión de los hechos, cree que es la que más cuenta o no piensa que las otras la aparten, conforme crece se aferra a su visión, la adora en la intimidad, la mima incluso, la reserva a ojos extraños por si no es capaz de defenderla, así que se esmera en su cuidado, se informa, se afana en informarse, concluye que sigue siendo la única visión posible, todo lo que lee, lo que escucha, confirma que es la correcta, las que le inquietan, las versiones peligrosas, no las considera, no deja que ocupen mucho tiempo en su cabeza, por si descabalgan a la buena, a la gran visión de los hechos, la que ha ido amasando pacientemente desde que se le ocurrió, no se acuerda cuándo, no sabe cómo, pero es la suya, lo que tiene para enfrentarse al mundo, es la teoría del búnker, uno tiene su propio búnker, no hay nadie que no haya construido uno, quien diga que no lo ha hecho es que miente, se miente a veces porque la verdad es escandalosa o porque la verdad no es admisible, en la mentira el tiempo fluye de otra manera, las mentiras son los ladrillos del búnker, pero adentro está la verdad inconmovible, la gran verdad forjada a través de los años, contra los vientos y contra las mareas, frente al rigor de las estaciones y frente al caos de las leyes de los hombres, no se puede salir a la calle y zafarse de todos los peligros que ahí acechan sin tener la seguridad de que al volver a casa tendremos un refugio en el que guarecernos, la idea de los países proviene de que los hemos imaginado como si fuesen búnkers, los hay más estrictos, los hay más benignos, el búnker es una extensión lógica de la visión única de los hechos, el búnker es un país dentro de un país al que no se desea pertenecer o al que no le tenemos afecto o del que huimos o uno que creemos que nos persigue o que nos hiere o que no nos tiene en consideración, de ahí la construcción del búnker, no es sólo el miedo, también es la sensación de una intimidad, de sentirse protegido, el búnker es el útero materno al que se vuelve siempre, la gran vagina cariñosa, el túnel por el que accedemos a la música secreta del cosmos, pero afuera el mundo gira, suda, sangra, muere y nace en un mismo espasmo, el mundo es el búnker, no tienes que agenciarte otro, no hace falta que construyas otro

Los monstruos



Fotografía: Five members of the Monster Fan Club / Diane Arbus


Se hace uno monstruo para intimar con los demás monstruos, no porque le fascine el mal o porque tenga una inclinación natural a producirlo. Tenemos monstruos más cerca de lo que creemos. Sucede con ellos lo que con los amigos algunas veces: tienen una cara y luego revelan otra, una que no se espera, que no se ve venir. Nos vendieron la historia de que el bien es la aspiración más noble, pero es el mal el que escribe la trama, el que dice quién cae o quién se levanta, el que planea el lugar y el momento en que todo será oscuro y no habrá vuelta atrás. De ahí que deseemos con toda el alma saber qué se siente cuando el mal nos invade. Tenemos esa adicción no confesable, queremos ser liberados de las ataduras de la compostura y de las buenas maneras. Una vez se ha retozado en el lodazal y se ha visto cara a cara al diablo, no hay prado verde ni dios que nos conforte. Sólo hay que pensar en la historia de la humanidad, en su devenir, en su correr tumultuoso. De no ser por la irrupción del mal, no habría crecido civilización alguna. Cicerón dijo que uno debía irse antes de la que obra comenzase a ponerse aburrida, pero no hay aburrimiento cuando suena la tempestad arriba, en todo lo alto; no hay consuelo, pero nos quedamos a ver qué pasa, por comprobar si todo queda en ruinas o al final hay un vestigio de luz, aunque sea pequeño y sepamos que lo consumirán las sombras. Es imposible no darse cuenta de que el monstruo que llevamos dentro (unos con más fiereza y con más desvergüenza que otros) pugna por hacerse visible. Se tira toda nuestra vida tratando de salir. A veces, cuando el dolor es muy fuerte, le dejamos asomarse, permitimos que haga una tropelía, le concedemos la facultad del engaño o de la intolerancia o de la tiranía. Los monstruos muy persistentes, cuando salen, matan. De ahí (insisto) la necesidad de que lo abracemos e intimemos con él. Por mantenerlo a raya. Por saber cómo apaciguarlo. Por no dejarlo creer que es dueño nuestro. Siempre fue así. Toda la literatura rinde cuentas de esta escisión salvaje. No hay libro en donde no aparezca, velada o abruptamente. Ni siquiera el día, cuando clarea y abre, ahuyenta a la sombra y la aparta. 


21.5.17

Todas las tardes de domingo y todos los gatos de Schopenhauer


   Preguntémonos con sinceridad si la golondrina de este verano es otra que la del primero y si realmente entre las dos el milagro de sacar algo de la nada ha ocurrido millones de veces para ser burlado otras tantas por la aniquilación absoluta. Quien me oiga asegurar que ese gato que está jugando ahí es el mismo que brincaba y que traveseaba en ese lugar hace trescientos años, pensara de mí lo que quiera, pero locura más extraña es imaginar que fundamentalmente es otro.

                                         Arthur Schopenhauer


Son las tardes de domingo las que no difieren unas de otras. No admiten que se las varíe o que les incrustemos un adorno. Si se piensa en ellas cuando es lunes, no hay una variación excesiva cuando prorrumpe el domingo. Hay como una lentitud que no se da en ninguna de las otras tardes. Se hacen morosas las horas, adquieren el peso que no suelen, se obstinan en evidenciar cierta fatalidad soportable, la del tiempo echado encima como si fuese piedra, la de la súbita constatación de todo lo que tenemos que hacer durante la semana, de todas esas cosas menudas, tal vez irrelevantes, pero que parecen montañas si se ven de lejos. Hace tiempo que todas las tardes de domingo son paradójicamente la misma. A veces incurren en anomalías, presentan novedades que entusiasman, aunque luego vuelven a esa deriva suya ya conocida. Todos los gatos son el mismo gato, dejó escrito Schopenhauer. Por extensión, no hay domingo que rivalice con otro en novedades. En el de hoy ha cabido que el Real Madrid gane la Liga y Pedro Sánchez sus primarias. No hay que distraerse con estas evidencias de la existencia del azar. Igual veo esta noche en los tejados un gato primerizo, una especie de gato fundacional, inédito, rutilante. 

Todos los cuentos de miedo

Hace tres años o tres cursos (los maestros a veces confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto de primaria del colegio en donde trabajo. La idea era contarlo en los festejos que organizamos en la Semana del Libro. No lo hice porque al final convino mejor que bajase a otro ciclo, en donde no me pareció oportuna la historia, ni la forma de contarla.

Los maestros somos cuentacuentos. Tenemos historias en la cabeza y pugnan por salir. En ocasiones salen sin que las autoricemos, se nos atropellan, las dejamos ir y nos sorprende que nos sigan causando el mismo asombro que cuando las escuchamos la primera vez. Lo mejor de este oficio nuestro es la inocencia de la audiencia que lo hace posible. Quien haya contado un cuento en una clase, sabe de qué hablo. Hay pocas experiencias más satisfactorias. Cuando las acometo yo, suelo improvisarlas. Dejo que ellos intervengan. Les pido que empiecen, yo sigo, ellos avanzan y terminamos todos juntos. El camino es compartido, aunque yo sea quien frene, atenúe o acelere los pasos. El final no siempre es lo más importante. Importa el trayecto, los gestos, la impresión de una frase o el tono de voz con que se dice, pero cuando hay un buen cierre, la satisfacción aumenta. Lo mejor no es que pasen un buen rato: es que el cuento dure, se impregne en sus cabecitas, les haga volver a él y sientan que les pertenecen. Algunas veces, no siempre, ustedes ya me entienden, se consigue que amen los libros. No tendrán mejor lugar en donde encontrar nuevas historias.

Todos los cuentos de miedo es un cuento sencillo, pensando para ser contado, no tanto para que se lea y se repose. Habrá ocasión en que lo cuente.




TODOS LOS CUENTOS DE MIEDO




Gracias por venir, distinguido público.

Gracias por escuchar las humildes palabras de este cuentacuentos. El que tengo hoy preparado es terrorífico. Por eso está todo oscuro. Por eso parece que estamos en la biblioteca de una casa encantada. Así que no pensad que estamos en un colegio, ni que afuera hace sol y que los pájaros cantan en los árboles y los perros ladran en los parques. Esto es una casa encantada. Detrás de esa puerta las maderas crujen si las pisáis. Los fantasmas aguardan a que se haga de noche para vagar por los pasillos. Las sombras están vivas y se retuercen en las cortinas y forman figuras tenebrosas. El mismísimo fuego de la chimenea es una bestia sedienta de sangre que está encerrada en las llamas e implora amargamente que alguien le libere. Así que cerrad los ojos, mis queridos amigos. Cerradlos bien. No dejéis que la luz os distraiga. Debéis concentraros en mis palabras. Os aseguro que la historia que estáis a punto de escuchar tendrá fantasmas, brujas, vampiros y quizá algún niño perdido en el bosque, llorando desconsoladamente, buscando a su mamá.

Empezamos:

Para contar bien mi historia debo decir mi nombre, pero es mejor que no lo sepáis. Sabed que fui enviado a casa de mis tíos y que mis padres eran pobres y no podían enviarme a la escuela. Sabed que mis tíos eran buenos de corazón y que no tenían hijos. Sabed que me amaban y que me cuidaban como si fuese el hijo que no tuvieron. No había nada que yo quisiese que ellos no me diesen. Me cuidaban como se cuida a un hijo de verdad. Juro que es verdad. Juro que fueron unos buenos padres para mí. Solo me prohibieron bajar al sótano.

-No se te ocurra bajar al sótano. Puedes hacer lo que quieras y te querremos siempre y serás nuestro hijo, pero el sótano está prohibido. Te lo diremos una sola vez y no volveremos a repetírtelo nunca. ¿Has oído lo que te hemos dicho?- dijo mi tío con voz ronca, levantando el dedo, encogiendo muchísimo los ojos.

Yo moví la cabeza arriba y abajo y abrí los ojos como nunca lo había hecho. Esas palabras me invitaron a sentir miedo. Por primera vez en mi vida, pensé en el infierno y en las almas malditas y en todas esas cosas que sólo había leído en los cuentos. El dedo de mi tío subía y bajaba, sus ojos se encogían, su voz retumbaba en mi cabeza y yo sentía el miedo. Y os aseguro que no era un miedo fácil de apartar. Duró unos días, lo recordé por la noche, pensé en el miedo al salir a jugar con amigos y lavándome los dientes. Fue un miedo duradero y frío. 

Las primeras noches soñé con el sótano. Imaginaba que me despertaba en mitad de la noche, me ponía mis zapatillas de paño, mi batín y cogía una vela. Recorría los pasillos de la segunda planta, que es donde estaban las habitaciones, bajaba con muchísimo cuidado a la primera, que es donde estaban los salones y la cocina y buscaba la entrada al sótano. Lo hacía con empeño. Era mucho el miedo que sentía, pero también mucho el interés en saber qué había allí. El final del sueño siempre era el mismo: mi tío me descubría yendo de acá para allá y me mandaba a mi habitación, enfadado, muy enfadado. El sueño se repetía una y otra vez sin que variase nada. Me despertaba en mitad de la noche. Me ponía las zapatillas y el batín. Encendía la vela. Bajaba las escaleras y recorría la planta baja, buscando el sótano.

El sueño, poco a poco, fue cambiando. En uno de esos sueños, encontraba la puerta que accedía al sótano y bajaba.

En ese momento me despertaba. 

Creo que soñé la misma historia días enteros o noches enteras, no sé ahora si también se puede soñar sin que se entornen los ojos y todo se haga repentinamente oscuro.

Disfrutaba tanto con esos sueños que les pedía a mis tíos ir antes a la cama y cerraba los ojos y pedía que el sueño llegase. Ven sueño, ven, decía en voz alta. Ven y enséñame los secretos que no conozco, pero el muy terco se negaba, me dejaba siempre en el último tramo de la escalera, con mis zapatillas de paño y mi batín, con mi vela y con mis ojos grandes como platos. Los ojos de un niño que está a punto de descubrir el más grande de los misterios o vivir la más terrorífica de las aventuras.

Mi suerte cambió cuando el sueño fue generoso conmigo y me enseñó lo que había detrás del último tramo de la escalera. Era la oscuridad absoluta. Era la oscuridad absoluta y el silencio absoluto. Era un sueño, pero hacía frío y escuchaba pequeños ruidos y notaba cómo se encabritaba mi corazón en mi pecho. Moví la vela, la hice avanzar hasta donde llegaron mis brazos y agucé la vista. La oscuridad era mi enemiga. No había nada. O todo estaba allí, invisible a mis ojos. Tampoco se escuchaba nada. Los ruidos de arriba (la planta noble de la casa, donde bullía la vida) se amortiguaban, perdían peso, se desvanecían con una rapidez asombrosa. A cada peldaño que bajaba, más se desmoronaban. Hasta que no se oyó nada.

Me desperté con el mayor entusiasmo que un niño puede tener. Esa noche aplazaría el sueño, haría como que dormía y  esperaría a que mis tíos lo hiciesen y bajaría con mi vela al sótano. No temí que nada malo me pasase. No me dejé intimidar por las sombras, ni por el negro perfecto de allá abajo, ni por el silencio.

Bajé, bajé, bajé hasta que mis pies dejaron el último escalón. Mi cabeza comenzó a dar vueltas. Mi pecho temblaba. Mi pulso se aceleraba. Tenía ganas de gritar, pero algo me susurraba que callara y avanzara, que abandonara el miedo y cruzara el umbral. Ahí acabó todo. Cuando desperté, estaba en la cama. Mi tía me miraba con ternura, mi tío me tocaba la mano.

Dijeron que había tenido un mal sueño, el peor de los sueños. Que llevaba un par de días con una fiebre muy alta y que desvariaba. Que hablaba de un sótano oscuro y silencioso.

- Pero es verdad - les dije -Es verdad, es verdad -

- Estás enfermo, no hablas con razón, no hay sótano en esta casa, nunca lo hubo, cuando estés mejor daremos un paseo y te darás cuenta por ti mismo - dijo mi tía cogiendo mi mano y apretándola con ternura.

- Pero, tío, usted me dijo que no me atreviese a bajar al sótano, usted me amenazó... - interrumpí con sobresalto, contrariado, convencido de que me estaban engañando.

Tardé un par de meses en volver a pensar en el sótano oscuro. No sé cómo van y cómo vienen las ideas en la cabeza. Crees que una vez que las has abandonado y piensas que están lejos, regresan, con más fuerza que antes. Sólo sé que me desperté en mitad de la noche, que bajé al sótano con mi vela y que descendí hasta el último escalón. Palpé la pared y volví a palparla de nuevo. Mi mano la recorrió hasta que se topó con un interruptor. Lo accioné.

Y la oscuridad dio paso a la luz. Era la biblioteca más grande que yo hubiera visto. Había miles de libros. Las estanterías se extendían hasta donde llegaban mis ojos. Libros de vampiros y de brujas, libros de hechizos y de encantamientos, libros de monstruos y de dioses tenebrosos. Había libros de magos, de brujos, de hadas y de fantasmas. Me tiré toda la noche abriendo sus páginas, mirando las portadas, frotándome los ojos para convencerme de aquello no era una fantasía. Ante mis ojos desfilaban los fantasmas de los cuentos de terror, con sus cadenas y sus voces solitarias, los hombres-lobo y el monstruo de Frankenstein, la ballena blanca de Moby Dick y la vuelta al mundo en ochenta días. Había historias de detectives y de ladrones, de piratas en busca de tesoros fabulosos en las islas del Caribe, de reyes y de reinas que organizaban guerras en las que ellos nunca participaban, de viajes al centro de la tierra y de náufragos que beben el agua de un coco en una isla perdida en los mares del sur. Allí estaban todos los miedos. No faltaba ninguno. Todos los miedos esperando a que yo los abriese y los mirase fijamente a la cara. 

Todo estaba allí, todo a mi disposición.

De pronto comprendí que había sido engañado. Me habían prohibido bajar al sótano para que yo desease con toda la fuerza del mundo bajar al sótano y descubriera por mí cuenta el más grande de los tesoros que se puede tener. Un libro en las manos, un libro escrito para que yo lo lea. Porque todos esos libros habían sido escritos para mí. Yo era el lector que los libros estaban esperando. Y los fui leyendo poco a poco, día a día, mes a mes, año a año. Calculé que tendría libros para ocupar dos vidas que yo viviese. Pensé que no me abandonarían nunca y que el miedo estaría siempre conmigo, pero no me haría daño. No de nuevo. También fui un niño feliz y salí con los amigos y jugué al fútbol y corrí por el campo, pero siempre que podía, en cuanto llegaba a casa, bajaba al sótano y escogía un libro y lo leía en el sillón y el tiempo se detenía. De verdad que las horas no se movían. O se movían muy rápido. No sé bien.



20.5.17

Coltrane el Manso

Siempre me gustó esta fotografía, Admiro la quietud que exhibe, esa mansa evidencia de que es posible ser hospitalario con uno mismo y darse la satisfacción de no apresurarse mucho o de no tener prisa de ningún modo. Creo que todos somos John Coltrane de vez en cuando. Momentos de inspiración en los que hacemos algo que de verdad nos enriquece. A veces no tenemos esa certeza. La de hacer algo que nos haga mejores. Hay días en que te acuestas con ese runrún en la cabeza: el de haber contribuido al equilibrio del cosmos, el de haber aportado una coordenada inédita, el de estar en posesión de un frase que hasta ahora nadie ha pronunciado, el de creer que la educación, la ternura, la bondad o el amor pueden derrotar al miedo o a la injusticia o a la violencia, pero no sabes qué va a hacer Coltrane cuando se levante, si acometerá My favourite things (una versión de veinte minutos que se impregna al oído y lo separa del mundo) o se encerrará en una habitación de hotel y se meterá en el cuerpo todo ese veneno que tanto le gustaba. No sabemos cuántos coltranes hubo. Yo prefiero éste, Coltrane el Manso, el que está a punto de ver a Dios en un solo en mitad de la noche. 

19.5.17

El porqué de Seúl



Itawon neighborhood in Seoul, Acrílico y tinta, Souvenir, Christoph Niemann


                                                          A mi amigo Alex Herrera, mi hermano norteño abandonado,  él sabe ver cosas escondidas, cosas que los demás, por más que miremos, no percibimos.



Yo creo que Seúl es como lo dibuja Christoph Niemann en su libro Souvenir. No hace falta haber leído mucho anime para pensar que es una calle japonesa o coreana. Después se adhiere Rick Deckard. Da igual los años que pasen. Hay días en los que piensas en Blade Runner. Lo haces como si no fuese una película, sino algo real, sustanciado en una realidad que no es la nuestra, pero no por ello deja de ser algo tangible, a lo que puedes acudir, de lo que posees recuerdos igual que los tienes de un verano en Fuengirola o de tu casa cuando pequeño en la calle Jaén, en Córdoba. En nuestra memoria se matrimonia lo vivido y lo figurado, las cosas que hemos visto y las que nos ha impuesto la ficción, todos los libros, todos las películas, todos los sueños a los que nos hemos acercado. No importa no haber ido a Seúl. Quien lo ha hecho no tiene una impresión más fiable de la que yo poseo al ver la ciudad en acrílico y en tinta, en un dibujo de Niemann. Es en la cabeza en donde se ensamblan las piezas. Cada uno hace esa operación a su manera. Hay quien ve a Dios sin buscarlo y quien, fieramente yendo tras él, no lo ve nunca. A veces hay quien se las ingenia para que todo adquiera una presencia más hermosa. No es indispensable que las piezas sean originales, ni que hayan sido tomadas personalmente. Finalmente el arte consiste en crear una realidad que no depende de ésta. Una vez que el creador cierra su obra, cuando ha escrito un cuento o dibujado una calle o hecho una fotografía, el cuento, el dibujo y la fotografía se imponen a lo real, lo anulan, invariablemente adquieren una entidad extraordinaria, de la que no se puede extraer un principio regidor, una especie de algoritmo que conduzca a un resultado. El arte no tiene resultados o los tiene todos. Ahora saldré a pasear las calles de mi pueblo y no podré evitar (creo que no podré hacerlo, no es algo que pueda decirse tajantemente, como si supiera de qué hablo) fabular con la posibilidad de que todo sea una historia de anime o un fragmento no publicado de Blade Runner. La verdad es que no entiendo la razón por la que uno piensa en unas cosas en lugar de en otras, el porqué de Seúl o el porqué de los replicantes. Ha debido ser la siesta masiva de la que acabo de salir, a mi sorpresa, indemne y feliz. En el sueño, una voz me pedía escuchar a Wilco al despertar. He puesto Impossible Germany en el Spotify. Mucho más fácil que buscar el CD. Creo que alguien estará contento.


Casas vacías



Tomaron la casa. Dejaron las baldas, se llevaron los libros. Abrieron los armarios, desocuparon las perchas. Todos los cajones estaban a medio abrir y no había nada adentro. Vaciaron el frigorífico, lo despojaron de su dignidad, sólo quedó un olor a rancio y unos tappers huecos. No era la voluntad de hacer daño, no se disfruta con esas cosas. Fue un acto de amor lo que hicieron. No debía quedar nada que indicase cómo eran los moradores. Lograron que la casa dejara de serlo. Era cualquier otra cosa, pero no una casa. Luego estaba el silencio. Parecía colocado a posta. Como si lo hubiesen traído de afuera y dejado allí para que colaborase al expolio. El silencio juntamente con el frío. Hay casas que viven en ese limbo sin sustancia. Las ves desde la acera o desde un coche. Piensas que nunca fueron habitadas. Dan esa sensación de orfandad. Te parece inverosímil que antes hubiera conversaciones, afectos, actos de amor y de odio, pequeñas o grandes evidencias de que la vida pasó por allí y se animó a quedarse. Están proliferando las casas vacías, tomadas, descompuestas, desoladas, ciegas y muertas. Las hay en número que rivaliza con el de las ocupadas. Toda esa abundancia obscena de bloques a medio construir o de pisos no estrenados jamás hace pensar en que cierto mal está asentándose en la sociedad y de que estamos encantados de que nos haya visitado. De no estarlo, no habría bloques fantasmas, pisos muertos. Duelen más los que no llegaron a ser útiles siquiera. Los otros, los que habitaron y dejaron, pronto se enmohecen, se cuartean, ofrecen la impresión de que algo extraordinariamente perverso los impregna. Un piso deshabitado es como un libro que no se ha abierto nunca o como un corazón que no ha amado nunca o como una palabra que nunca se ha dicho. Hay una inminencia trágica, una terrible presencia que se esfuerza por contarnos su dolencia íntima, su absoluta flaqueza, su deseo de que la poseamos y nos volquemos en ella fieramente al modo en que el amante se vacía en su amada y la colma como si no hubiese venido al mundo a otra cosa. Las ciudades son cada vez más fantasmales. El hombre es cada vez más insensible. Las casas son cada vez más absurdas.

18.5.17

El aburrimiento es la enfermedad de las personas felices



El aburrimiento es la enfermedad de las personas felices
Abel Dufresne

Se está siempre enfermo de algo. A la enfermedad le hemos atribuido los males más enormes, pero no deja de ser una extensión inevitable de la vida. No se puede vivir eternamente, ni tampoco sin que nos castigue la flaqueza o nos atropelle incluso. Hay enfermos convencidos de la inevitabilidad de su afección. A fuerza de repetir gestos y de convivir con los síntomas, han desarrollado una alegre relación con ella. La aceptan, la sobrellevan, hasta se atreven a no considerarla seriamente y, en ocasiones, desoyen las admoniciones, no caen en la sencilla cuenta de los consejos de los galenos y permiten que esa enfermedad se instale en ellos, como si no hubiese remedio o como si, de haberlo, no mereciera la pena en modo alguno su tratamiento. Hay también enfermos que se han acostumbrado tanto a su mal que no sabrían qué hacer si les faltara. Han hecho una literatura que lo explicita a los demás: cuentan si duermen bien o mal o no duermen en absoluto, narran con angustiosa vocación novelesca el sufrimiento que les postra en la cama o en un sillón, alejados de la vida de verdad, la de los seres sanos que pasean y acuden al trabajo y salen de cañas con los amigos. Cuando mejoran, pues casi todas las enfermedades tienen fases y ceses, ya no saben de qué hablar, con qué entretener el ocio de los otros.

Tuve un amigo, al que no veo hace tiempo, que no tenía iniciativa en las conversaciones. Se adhería con pudor a las que ideábamos nosotros. Era extraordinario el modo en que perdía la timidez cuando le aquejaba algún mal. Se explayaba admirablemente en el relato minucioso de su enfermedad. No sólo reportaba su dieta, insistiendo en si en ella abundaban las legumbres, que detestaba, o la fruta, de la que jamás emitía opinión favorable alguna, sino que nos confiaba la estadística de los kilos que ganaba o perdía. En otro orden de cosas, o en el mismo, extendido como una consecuencia natural del primero, profería ardorosas defensas de su adorable madre (a la que conocí), esmerándose en expresar el extremo cuidado que, cuando enfermaba o recaía, le dispensaba, mimándolo de un manera tan profesional que aplaudía cada pequeño síntoma que indujera a pensar en que la enfermedad le visitaba de nuevo. No disimulaba esta incompetencia sentimental; bien al contrario, la potenciaba. Admitir cuán débil es uno quizá sea un signo de madurez, no lo sé. De él me queda ese recuerdo narrativo, el de la enfermedad yendo y viniendo por su sintaxis. No creo que haya rebajado esa afición suya a encontrar vigor en la flaqueza. De hecho es un recurso admirable, un mecanismo de defensa magnífico. Ignoro si tendrá quien le mime, alguien con quien caer enfermo  a placer. Sé que cuando le vea, si sucede, le preguntaré cómo está y no tendremos prisa ninguno de los dos. Mientras nada nos perturbe, dejaremos que pase el tiempo. Seremos felices, nos consolará escuchar los avances del mal. Quizá eso nos haga bien. Qué raros somos.


16.5.17

Nietzsche es cosa de jóvenes




Siempre me pareció que pecar es cosa de pobres. Los ricos van a otra cosa, no caen en rendir cuentas de la moral, no les incomoda no cumplir los preceptos de la fe, no pierden el sueño si se percatan de que se han descarriado. Lo hermoso de descarriarse es la posilibilidad de que no se nos busque. Se deshace el placer cuando notamos cómo puja la voz de la conciencia.

Al pecado el buen rico lo llama delito. El pobre está doblemente preocupado: le duele haber pecado y le preocupa haber delinquido. Se tiene de la culpa esta visión rancia, mamada a conciencia en los años en que todavía no se ha pecado ni se ha delinquido, en el limbo en el que todavía no te han adoctrinado y no has visto la imagen del espíritu santo ni la de la derecha del padre.

A la Santa Madre Iglesia le encanta que el gobierno legisle con el evangelio en la mano. Los despachos de la administración del Estado conducían (con más o menos comodidad) a la sacristías de las parroquias. De la sacristía al dormitorio de los ciudadanos dista un trecho breve, eso lo sabemos. El pueblo se acuesta con Dios todas las noches. Le pide consuelo, se le entrega sin ambages. Luego hay creyentes de credo fiable, de los que delinquen o pecan sin que una cosa interfiera la otra. Creo que conozco algunos. Creen sin dejarse aturdir, creen con convicción. Otros escabullen el compromiso, no le dan asiento dentro. No creo que ninguno haga daño a nadie. Ni yo, descreído como soy. En todo caso no soy el descreído que fui. No es posible que uno vuelva a los veinte o a los treinta. Entonces las ideas bullían, se buscaba encontrar alguien con quién echarlas a correr, por ver cuáles se cansaban antes o si alguna, en el trayecto, desfallecía y caía, sin métodos que la animaran. Fueron los años de Nietzsche, fueron todos esos años en los que Zaratustra hablaba a mi oído.

Ayer releí (sin detenerme en demasía) algunas páginas de Nietzsche. Páginas sueltas de libritos de Alianza Editorial (portada de Alberto Corazón). Me embobé con Así habló Zaratustra, sobre todo, pero hubo tramos de El Anticristo o del Ecce Homo. Pensé en mis años de precocidad filosófica. Fue una época deliciosa en la que pequé a sabiendas y no delinquí a posta. Años entonces de cafés preñados de filosofía. Éramos jóvenes y éramos épicos. Nos importaba encontrar a Dios o demostrar que no había manera de encontrarlo. De ahí el apresto hermoso de Nietzsche. De ahí que todavía hoy (muchos años más tarde) sienta yo una quemazón cuando extraigo del anaquel todos esos libros de Alianza, los de las portadas de Alberto Corazón, los que leíamos en casa de Auxy cuando el mundo era un juego o cuando quisimos que lo fuese.

Los pobres leíamos a Nietzsche con más devoción. Creíamos que allí estaban las palabras con las que podríamos salvarnos. Las recitábamos, hacíamos que fuesen un himno por los bares que frecuentábamos. Después Nietzsche flaquea, no se le encuentra el fragmento grandilocuente, la frase que vibra en la cabeza días enteros. Creo que sería incapaz de volver a leer todo aquello. No hay lo que hubo entonces, no tengo el corazón revolucionario, no me parece correcto hablar de nihilismo los viernes cuando salimos de cañas con los amigos. Nietzsche es cosa de jóvenes. No sé qué convendrá para esta edad que detento, no tengo ni idea. Tengo que buscar mi filósofo de barra. Necesito uno, aunque sea al final, cuando esté achispado y no tenga gobierno de lo que hablo.

Yo

yo solo al filo mismo de la única enfermedad posible, 
yo solo, fractura de aire en el aire,
 mordida evidencia de la tarde abismando su cansancio sin abandono en la página, 
en los gestos, 
en mil novecientos ochenta,
leyendo Stan Lee, 
tal que un dios abismado en el vértigo de su obra,
tan mío ya sin signos de destrozo, 
pensando en Kant, pensando en la novia de los quince años, 
en el almíbar poderoso de los ojos y en la carne alborotando la semilla perdida en el fondo del alma, 
por el fuego siempre indeciso, 
abrevando en la llama, 
luz que agoniza, 
de pronto con la voz de Joe Cocker en el blues del caballo ahogado por el vértigo, 
en el eterno blues enfermizo, 
en la noche improvisada, 
con una botella de amor muy puro que voy ofreciendo a los viandantes, 
gente de azafrán y gente de clausura perfecta, 
gente donde antes una acera oscura y un dibujo de lluvia,
gente que me confía el dolor de las horas, 
el terrible dolor de las horas, 
el incendio que provoca adentro contemplar el vértigo, 
ah el vértigo, el inmarcesible, el vértigo seguido de una luz que turba y de un ejército de sombras,
el vértigo en un viernes sin sacerdotes, 
en un viernes limpio de ceniza y de llanto, 
en un cielo de alacranes, 
en una turbamulta de alucinados, 
en la cola del pan y en la mejilla del piadoso,
en el momento en que la tristeza canta su doble canción sin fundamento, 
elevado a todas las máximas potencias, 
que mastico versos de Walt Whitman y duermo empalmado de palabras, 
gozosamente mercenario del júbilo de la carne, 
con jadeos y yo gimiendo, 
que me como mis ojos y escupo alejandrinos levemente tocados de lujuria, 
en jueves de lluvia antes de abrir el día y antes de entrar en las horas, 
como pregunta porque no sé manejarme bien en ser respuesta, 
ataviado de mí mismo a salvo de los disfraces que se van apareciendo y me miran, 
en la piel del aire, ardido, precario, proletario, 
varado en mi ser, 
sin salir a la calle, 
sin contemplar el vértigo y la fiebre, 
sin registrar la travesía que va de lo muerto a lo muerto, 
sin futuro, 
con rimel de fonemas, 
con cuerda de preso íntimo, 
con vara de mando de yo, 
aliviado y ofrecido, 
con toda esa complexión infame de vecino ordinario que sale por las mañanas y compra el pan y recita buenos días mientras va pensando en los avatares y en los calambres, 
en Chet Baker en Holanda ya muy al final de su vida, cuando le partieron los dientes,
y en Hemingway en Madrid,
escribiendo en un hotel, sintiendo la punzada del toro del caos al borde mismo de la vieja máquina, 
a mi modo muchas veces yo, 
el yo que únicamente ama dixieland,
el yo consentido,
el yo consecutivo, 
el yo convexo,
el que se desvanece y se iza, 
el que se deja invadir el corazón por algas,
algas minuciosas,
algas antiguas,
goloso de aire, idílico y nítido, 
catedralicio, espiritual, 
fingido eco de una voluta de amor muy puro súbitamente abandonado en un sueño, 
inmarcesible, 
yo el impuro, yo el pagano, yo el solo, 
en mi centro exacto, 
en mi sombra cabal, 
en mi afecto antiguo, 
en mi voz sin dios, 
en mi pecho mío, 
cuando la vida iba en serio y también ahora,
conjugado en todas las formas del verbo, 
abierto en canal, expuesto, 
domesticado, yo contrariándome, 
fugándome, explayándome, inventariándome, negándome, vibrándome, 
con Mishima, con su cabeza cortada, con su ojo nipón y kamikaze, 
zombi en La Habana anoche, 
multicanal, dolby surround pro-logic, 
en mil novecientos ochenta sin Jorge Luis Borges, 
aquí enfermizo y prerafaelista, 
ubicuo y perverso, sentimental y hueco, 
yo al borde de mis palabras como una mariposa temblona que olisquea un pétalo y vence la timidez y se zambulle en la esencia panteísta del polen y renace, 
en mi verdadero flujo cósmico, 
izado, vertido, reducido a polvo,
con toda la evidencia gris de mi palabra,
tensando el plectro del alma,
desertando, desertado,
como un pájaro demorado en el alambre, 
astilla de una luz de un millón de años, 
yo el improbable, el fingido a diario, 
convocado por el numen y rechazado por el numen, 
el que resiste y proclama 
oh la dulzura, ah la dulzura, 
pero nada es del todo dulce o nada se endulza, 
en todo hay que abonar un peaje, un diezmo, la contribución al sostenimiento de los valores eternos con los que uno sortea el vivir, 
el saberse muriendo, el atisbar en las distancias avisos de ceniza, 
yo sobrio esta noche, ya nunca hijo de jack daniel's, 
huyendo del libro de las horas, dejando atrás el verde, 
los húmedos verdes de los primeros poemas, 
los poemas sin asunto, huecos por dentro, de una oquedad vistosa, pero sin semilla, 
incapaces de alcanzar la plenitud, 
el holograma de una plenitud, 
yo adán, elegido, creado de un soplo, borrado de otro, 
yo en mudanza continua,
abatido por las circunstancias, cercado por los números y por el frío, 
hurgando en la tiniebla, 
feliz sin saberlo, 
escribiendo, 
yo el festivo, 
yo el inverosímil, 
yo el aterrado, 
con la esperanza de que todo haya valido la pena,
yo el cronista doméstico, el demiurgo delincuente, 
el que piensa en la sangre de pato del poeta en Nueva York, 
en evidencia, yo en conciencia, yo en mi algoritmo secreto, 
en mi pulso hondísimo, 
en lo que más acendradamente soy y por lo que seré en el futuro considerado, 
multiplicado, crecido, superado, 
yo solo al filo mismo de la única enfermedad posible, 
yo solo, asombrado y entero,
manuscribiendo el alma en una pantalla philips de 22 pulgadas, 
abrevando en la llama, 
luz que agoniza, 
de pronto con la voz de Joe Cocker en Woodstock en el blues del caballo ahogado por el vértigo, en el eterno blues enfermizo, 
en todos los blues de cruce de caminos, 
en la noche improvisada como un muelle,
con una botella de amor muy puro que voy ofreciendo a los viandantes, 
gente de azafrán y gente de clausura perfecta, gente que me confía el dolor de las horas, el terrible dolor de las horas, 
el incendio que provoca adentro contemplar el vértigo, 
ah el vértigo, el inmarcesible, el vértigo seguido de una luz que turba y de un ejército de sombras, 
el vértigo en un viernes sin sacerdotes, 
en un viernes limpio de ceniza y de llanto, 
en un cielo de alacranes,  
en una turbamulta de alucinados,
en la cola del pan y en la mejilla del piadoso, 
en el momento en que la tristeza canta su doble canción sin fundamento, 
elevado a todas las máximas potencias, 
que mastico versos de Walt Whitman y duermo empalmado de palabras, 
gozosamente mercenario del júbilo de la carne, 
con jadeos y yo gimiendo, 
que me como mis ojos y escupo alejandrinos levemente tocados de lujuria, 
en ciernes, en un limbo invisible, 
en toda la extensión fiable de mi asombro recorriendo las avenidas en la noche, 
medrando en júbilo, a salvo de la rutina,
en la fiebre, 
en la creencia de que está dios vigilando los pasos y mirando con celo,
yo, en fin, a pesar de todo, tan previsible