24.2.17

6 notas


1
Inminencias, sospechas, la realidad con su azar y con su vértigo escribiendo por ti una trama que te incumbe, pero en la que no se te permite opinar. Kafka en el editor del blog. 

2
La moral. O alguna clase de moral que todavía saca la nariz por encima del agua y ama el aire y lo entra dentro y lo mima hasta que tiene que bucear de nuevo y perderse por ahí abajo. 

3
No todo lo que escribo zanja una deuda mía, pero hay cosas en las que entreveo un pago, una especie de rendición, un mirar atrás en el tiempo y registrar una menudencia. Por si la memoria malogra ese pequeño prodigio narrativo. La memoria es un libro que, de tan abierto, el viento vuela sus páginas. Podemos llamarlo el viento, sí. 

4
Creo en la bondad de la gente. De un modo a veces rutinario, sin apreciar los desaires de algunos, sin caer en la cuenta de todos los atropellos que uno ve en la calle o en una pantalla de televisión. Quizá el mal esté en la indolencia, en el hecho de habernos acostumbrado a que lo natural y lo previsible sea el mal; que el bien, cuando triunfa, escandalice incluso, cree esa especie de malestar que solo causa lo que no se espera. 


5
Leer a Bécquer cincuenta años después. Porque son cincuenta, aunque sean treinta y cinco o sean cuarenta, no sé. Uno pierde la cuenta. Bécquer cincuenta años después sigue intacto, duro y apreciable. Me gusta Bécquer porque no se ha ajado. Parece el poeta más frágil, el que menos debiera ir con los tiempos y amoldarse a ellos y, sin embargo, los soporta más que bien, sobrevive estupendamente. Daría Bécquer para una de esas series televisivas de la televisión pública. Si fuese distópica mejor. Un Bécquer distópico mola más que un Coelho alopécico. 


6
En cuanto nado mucho, a poco que me noto cansado, dejo de nadar. Creo que es lo correcto. Es entonces cuando, tumbado en el agua, mirando el cielo sin mirarlo, notando el peso de la luz sobre mis párpados cerrados, entiendo cosas que en otro lugar no alcanzo a entender. Las entiendo en ese momento, después de haber nadado, de extenuarme, de comprender que debo quedarme quieto, boca arriba, mirando el cielo, cerrados los párpados, sintiendo la luz invadiendo mi cabeza, pero cuando regreso a la orilla ya no recuerdo nada de lo que entreví mar adentro. El mar es un sueño topológico. 

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