23.4.17

Celebrando el Dia del Libro



Miguel Carrillo Martínez hoy está leyendo. Lo ha puesto en su muro de Facebook. Y yo, entre salidas y entradas, leeré. Porque hoy es el Día del Libro. Porque hubiese dado lo mismo que no lo fuera. Leer, a pesar de todo, quizá con conduzca a nada bueno.
Leer es una actitud de riesgo. Ni siquiera garantiza la alegría. Es un disparate. Además cansa la vista. De verdad que no merece dejarse los ojos en un libro. Hay algunos, los de edición muy básica, muy barata, que tienen una letra ridícula, como de cagadita de mosca. Ésos son los peores.
 Los libros no cuenta nada útil. Hay quien ha padecido terribles dolores de caberza por abusar de las lecturas. Me lo han confesado. Un dolor de cabeza mal tratado puede derivar en jaquecas, en migraña. Si uno va al médico y le pide que le receten algo, le dice que hay cura, sí, pero lenta. No hay fármaco fiable que elimine el daño de forma drástica.
Otro asunto a considerar, uno no baladí, es que el enfermo, una vez recuperado, no puede tener libros a mano. Un solo libro a la vista hace que flaquee y recaiga. Ahí tenéis a Don Quijote, el loco, apartado del mundo, de él mismo, hechizado por las andanzas caballerescas. La letra impresa, sigo con mi hilo, es el veneno más fulminante.
Leer aturde el tino, emponzoña el alma, nubla la fe, agría el carácter, atonta el cerebro. Un cerebro atontado (o desquiciado o extenuado) es el primer paso. El siguiente es que se atonte o desquicie o extenúe el corazón. De ahí a ser una mala persona, mala solemne, hay una distancia pequeñísima.
Porque quien lee mucho, sólo desea leer más. No le interesan los asuntos de la vida diaria, con sus rutinas, con sus travesías, con su cesta de la compra, con sus paseos por los parques, con sus terrazas de primavera. Lo que de verdad le interesa a un lector son las grandes historias de los grandes autores. A faltas de grandeza, pequeñas historias de pequeños autores. El tamaño no siempre es vinculante.
La vida de verdad (lo sabe el que lee) está en las novelas. Incluso acepto (hoy que celebramos esto de los libros) que alguien diga que está en los cuentos o en la poesía. Para leer un libro como Dios manda hay que aislarse del mundo. Se precisa un búnker. Un refugio a salvo de las bombas.
Un libro, un buen libro sobre todo, vampiriza a quien lo abre. Los libros son los vampiros, lo he dicho alguna vez, achispado o sin achispar. No hay libro que no tenga un Drácula dentro. Los libros anulan la voluntad del que aceptar el contrato de leerlos. No sólo anulan la realidad: en ocasiones la niegan. Ofrecen realidades maravillosas. Algunas, de tan maravillosas, rebajan los primores de lo real y no nos hechiza la verdad de los árboles y de la luz en las ramas.
La realidad de los libros rivaliza con la otra. No se puede afirmar con rotundidad que una tenga más armas que la otra. Es malo todo esto que digo. Lo único que supera la maldad del libro es la maldad de una biblioteca, que es una suma caótica u ordenada de maldades, una especie de Babel diabólica en donde se almacenan y catalogan (por lo que pueda pasar) todos los libros. Insisto en que leer no es un buen negocio, no trae a cuenta. Yo no conozco a nadie que sea feliz por leer. Felicidad y literatura no están casadas. Ni siquiera flirtean o tienen escarceos galantes. Tampoco la hay entre felicidad y ajedrez o felicidad y Liga de Campeones o felicidad y tercios de cerveza. Uno es feliz por cien causas o por una sola, pero no tengo duda de que la lectura no es una de ellas. Al menos, no la capital, la verdaderamente relevante.
Esta sinceridad mía, cruda y áspera, es razonable, a poco que lo piensen. De estas cosas hay que hablar así. Si no, mucha gente sale confundida. No hay que vender confusión. Ni libros, claro. Por mí pueden coger todos los libros y echarlos al bendito fuego. Al fuego todos los libros. Al fuego La Iliada. Al fuego Borges completo, con su Funés el Memorioso, su Aleph, su Jardín de senderos que se bifurcan y su Libro de arena, al fuego todas las novelas en que muere alguien, al fuego las novelas en las que no muere nadie, al fuego todos los poemas de amor, incluso ése de Neruda de me gustas como callas porque estás como ausente, al fuego los poemas que no tienen dentro ningún amor.
Amontonad los libros, levantan una montaña de ellos y prendedla fuego. Que se quemen. Que ardan las letras. Las frases largas, las cortas. Que arda Pinocho y El capital. Que arda el Evangelio según San Mateo y los diarios de Ana Frank. Que se pudra en el fuego el tonto de Harry Potter y el valiente de Atticus Finch. Que la paloma de Alberti no se equivoca más, por Dios. Que el fuego se coma las enciclopedias.
Y también echad los ebooks. No son libros, pero hacen su mismo oficio. Un mundo sin libros es un mundo más feliz. Porque el libro no garantiza la felicidad, ya lo he dicho. Ni siquiera produce que por la noche duermas plácidamente y no se te acerquen las pesadillas.
Yo he leído centenares de libros que me han hecho tener pesadillas. Los libros no sirven para nada. No conozco ninguna utilidad. No creo que tengáis alguna que podáis contarme y con la que podáis convencerme. Hay gente que ama los libros, los lee, los guarda primorosamente en casa y después salen a la calle y son violentos y buscan pendencia como el que busca una sombra en verano.
Los libros (además) no detienen las bombas en el aire. Una vez que empiezan a caer, siguen su destino inapelablemente. En una guerra una de las primeras cosas que hacen los soldados es quemar bibliotecas. No es algo que piensen. Todos sabemos cómo funciona un ejército. Luego incendian los colegios, borran todos rastro de las letras del pueblo que desean aniquilar. Queman las historias del pasado. Los que los mandan, los dueños de las guerras, saben que estamos hechos de historias. Somos las historias que llevamos dentro y todos nos convertimos en escritores en cuanto empezamos a contarlas.
No hay escritores que no sean lectores de otros escritores. Vivimos de los cuentos de los demás. Los buenos y los malos, todos se aceptan. Todos nos construyen como personas. Nos levantamos pidiendo cuentos y nos acostamos con cuentos en la cabeza. Y al dormir, en cuanto conciliamos el sueño, se nos llena la cabeza de cuentos nuevamente. Somos escritores cuando dormimos. Somos escritores invisibles, carpinteros invisibles.
No hay un solo día en que no haya escuchado una historia nueva. Da igual que sea en un libro o en un paseo o en un banco de un parque. Y me va a dar lo mismo que leer no conduzca a nada. Que no garantice la felicidad. Ni la alegría. Que los libros no cuenten nada útil. Quizá sea inútil haber conocido al Capitán Ahab, que perseguía a Moby Dick, mi ballena favorita. Quizá sea inútil haber conocido a Gregor Samsa, el bicho que inventó Kafka. Vaya tipo raro, Kafka. O Frankenstein. Qué voy a contarles de Frankenstein, que era un replicante, un golem, un monstruo cándido y bueno en el fondo. Al final va a dar lo mismo que los libros no paren las bombas. Que atonten el cerebro o reblandezcan el corazón, ese pobre zarandeado.
No conozco viaje más hermoso que el que me proporcionan los libros. Ninguno tan cómodo, por otra parte. ¿Quién no se ha acostado con un libro, al amor de un flexo, en mitad de la noche, protegido por las historias que lee, transportado a otro mundo, izado más arriba, mecido, conmovido, amado?
Los libros son maravillosos, ahora sí puedo decirlo. He ido merodeando esa verdad, pero ahora es insoslayable, debe decirse, airearse. Mienten con absoluto oficio. Los libros cuentan las mejores mentiras que conozco. En la vida se nos miente con tanta frecuencia, sin que lo esperes, sin que lo merezcas, que está bien elegir qué mentiras nos confortan más. Cada uno, al coger un libro, escoge la que más le place. La literatura es la mentira por antonomasia. Sólo tenéis que pensar que hay literatura desde que tenemos lenguaje. Lo primero que hizo el hombre fue contar las cosas que veía. Historias del fuego, de la caza, de los ríos y del invierno. Como no tenía palabras, dibujaba esas historias. En realidad lo que hacían era una especie de cine de caverna. Luego le pusieron voz a la imagen. Hasta música, supongo. A partir de ahí, sin pudor, sin echar atrás, empezaron a conquistar el mundo.
Al principio se contaban historias simples. Yo salgo de la cueva. Yo me encuentro con el oso. Yo lucho con el oso. Yo mato al oso. Yo vuelvo a casa. Yo traigo la piel del oso. La cosa se complicó más tarde. Primero fue el combate con el oso, después el encuentro con los dioses. Cuando descubrieron que la realidad no era suficientemente épica, tiraron de efectos especiales, por decirlo de alguna manera. Entonces adornaron el relato, lo inflaron de magia, lo convirtieron en mítico. A falta de ocio de más lustre, se buscaron poetas, narradores, gente de facilidad de palabra y de memoria prodigiosa. Se les encargó el registro de las hazañas. La tribu precisaba alguien que consignara esos milagros.
Cuando muchísimos años después se inventó la imprenta, nació de nuevo el mundo. El objeto más maravilloso que hemos construido ha sido el libro. Aunque no detenga balas o incluso aunque las espolee y cuente cómo fabricarlas y contra quién usarlas. Hoy toca leer. Mañana también. Traigan un oso a casa. Cuénteles a su familia que el combate fue a muerte y volvieron con el trofeo al hombro.
Y ya saben, si Christopher Lee lee, Stan Lee lee y Bruce Lee lee también, ¿por qué no leen ustedes?

21.4.17

Presentación del "Curso de escritura automática"





Ayer disfruté de una noche única. Tuve cerca a muchos a los que quiero y me quieren. Fue un acto sencillo, familiar, íntimo. Calixto Torres hizo que todo fuese perfecto. Me acompañó en la mesa de autores Maria Pizarro, poeta entusiasta, sincera y libre. Se leyeron poemas, hablamos de muchas cosas, no sólo de poesía. Rafael RoldánMamen Mo y Antonio Sanchez Huertas y Miguel Ángel Matamoros pusieron estupenda voz a cuatro de ellos y yo mismo me envalentoné (o fui envalentonado) para que recitara alguno. Al final hasta pude con dos. Hoy lo recuerdo todo con infinita gratitud. Uno escribe por muchas razones, pero una de ellas es la de juntar a los amigos y darles besos y abrazos. Después nos fuimos de tabernas por la Córdoba que echo de menos. Nos recogimos tarde, sin entrar en más consideraciones. Mi "Curso de escritura automática" ya tiene lectores. También se escribe para eso.

10.4.17

Confío en la lluvia

Confío en la lluvia, dijo el director de la orquesta. Cuando los músicos comenzaron a tocar, el agua arreció y el sonido parecía comportarse como si él mismo lo condujera por el aire, haciéndolo que repiqueteara o que brincase, que se detuviese súbitamente o se izara hasta que culminara en un estallido. La pieza duró poco más de un minuto. Hubo que echar mantas sobre los ejecutantes y alguien dijo que se habían echado a perder algunos instrumentos. Al director se le veía una sonrisa que no deseó disimular. Habló con algunos espectadores, apretó algunas manos. Luego miró al cielo y buscó nuevamente una explicación que no necesitaba.


9.4.17

Intentado recordar un día mejor...

A la música se le atribuye el consuelo con más declarado oficio que cualquier otra disciplina artística. Posee la virtud de sanar lo que anda enfermo o de abrillantar lo que no exhibe, en apariencia, vistosidad o empaque o vigor alguno. No es algo que haya que forzar en demasía, no se precisa un adiestramiento, no hay nada que impida que el menos dotado iguale en sensibilidad al que más la frecuenta, a quien está acostumbrado a que le visite y lo impregne. He encontrado en la música placeres que no he vislumbrado en nada que mi voluntad pueda acometer o que el azar pueda entregarme o restituirme. La bondad de su influencia no es discutible en modo alguno. Es un asunto incontrovertible, que no se deja manosear o rebajar o convertir en un asunto baladí o frívolo. Se puede estar mal (mal adentro y afuera) y sentir que el cielo entero está derribado sobre nuestra cabeza y abrir los ojos y apreciar la belleza de una melodía, advertir que cala y por un momento, aunque sea transitorio, el mundo vuelve a cobrar el sentido que ya no poseía. Para que todo esto cuadre y se aplique, como una especie de posología que contuviera el uso de un medicamento, no se precisa un género, un tipo de composición o un determinado estilo tímbrico. Da lo mismo un aria de Bach que una canción pop de Madness. Un arrebato pop o un cuarteto de cuerda de Brahms. Todas las variantes, cada una en su registro, responden con completa eficacia al cometido que se les encomienda. Esta pieza acudió anoche. La escuché en un coche abierto, aparcado junto al mío. Dentro había una pareja, parecía que discutían, pero no podría asegurarlo. El pudor hizo que no llegase más lejos. A veces pienso que la realidad es una representación teatral a la que uno asiste, de modo que no pienso en si soy atrevido al aplicar mi atención a beneficio de comprensión de la trama. Lo que sí me llevé de ese pequeño acto fue esta maravillosa banda sonora. Madness es una de las bandas de antaño, de las primeras, de las que uno tiene como favoritas cuando empieza a tener bien marcados los vicios y sabe que son irrenunciables. Sé que todavía hacen discos, quizá menores, como si hubiesen perdido la habilidad antigua de hacer canciones perfectas. De eso se trata. De que algo sea arrebatadoramente limpio, ofrecido sin compromiso alguno, con la seguridad de que nos sentiremos reconfortados al escucharlos, vivos y sublimes también, elegidos para degustar incansablemente la belleza. Que sea bueno el domingo.

7.4.17

Rayuela y aledaños




En una época en la que leía una novela tras otra, incluso varias a la vez, atropelladamente, sin pensar que ese consumo pantagruélico pudiese rebajar mi salud o afectar al desempeño fiable de otros asuntos que ocupaban entonces mi vida, alguien me dijo que leyese Rayuela, la anti-novela de Julio Cortázar, la novela en la que los amantes se buscan y no se encuentran o se encuentran un poco sin buscarse. Entonces sólo había disfrutado de algunos cuentos, aunque sabía de la importancia de Rayuela, había escuchado o leído comentarios altamente favorables, cuando no encomiásticos en un grado soberbio. Me causaba un respeto enorme el grosor de la historia, ese tocho intimidante del que no sabría uno salir o al que costaría mucho entrar. Creía (un poco idílicamente) que leer Rayuela era menos importante que decir que la había leído. Se leía por el placer de nombrar las lecturas.A K. le parecía inadmisible que alguien mintiera, en general, pero se encrespaba más cuando el motivo del engaño era de índole literario. No comprendía (ni yo tampoco) que se exhibiese el gusto por tal o cual corriente novelística o que se airease lo maravillosos que eran las novelas de Proust sin que el dueño de esas afirmaciones hubiese abierto alguna de ellas, sin que supiese ni siquiera la trama o el estilo de la escritura o la compostura moral de Charles Swan y de Odette de Crécy. Se tiene ese gusto por aparentar, por dejar dicho que sabemos o que la materia de moda es favorita nuestra.

A propósito de las rayuelas de mentira que tenemos en la cabeza, recuerdo a cierto compañero de trabajo que tuvo el detalle de invitarme a su casa para tomar una cerveza de mediodía. A A.L. se le fue la mano en los botellines y, llevado por su hospitalidad, me condujo a su lugar preferido de la casa. Era una habitación enorme, bien iluminada, recuerdo ahora. Allí tenía sus libros (no muchos, los suficientes, no era a lo visto un mal lector) y sus discos. Me fijé en los vinilos. Estaban colocados de modo alfabético y abundaba el rock. Había obras de King Crimson, de Led Zeppelin o de Jethro Tull. Siendo yo entonces ya un buen aficionado al jazz, entreví en las baldas atestadas de discos alguno de jazz. Creo que había uno de Charlie Parker o de Louis Armstrong, no estoy seguro. Como no habíamos hablado ni una sola palabra de jazz, le inquirí sobre si de verdad le gustaba y qué tipo de jazz escuchaba. Sostenía que no le importaba lo más mínimo. Adujo que siempre está bien tener algunos discos de jazz en casa. Por si a un invitado le apetecía de pronto un poco de swing (creo que lo dijo así) tras cenar o a media tarde, apurando un café. No expresé entonces mi asombro: le recomendé adquirir algo de Herbie Hancock. No tenía pianistas en su catálogo. Te viene bien un disco de Ella Fitzgerald o de Billie Holiday. Tampoco tienes nada de Brahms. Hay unos cuartetos de cuerda magníficos. Prueba la canción protesta.  Una vez se me ocurrió probar con Stockhausen. De verdad que me interesaba la música aleatoria. En una conferencia sobre jazz a la que asistí hace tiempo, alguien me dijo que a Miles Davis y Karl Heinz Stockhausen tuvieron la feliz idea de hacer algo conjuntamente. No eran tiempos en los que encontrar la música que te apeteciera escuchar fuese fácil (no había streaming, ni Big Data, ni el bendito Spotify) así que tuve que buscar en una Biblioteca. No duró mucho el interés. Renuncié, opté por no forzar. Por otro lado, quizá no le di tiempo, no supe tener la paciencia, no confié en que me visitara el numen y divisara entre la bruma de esas notas arcanas una brizna de belleza. No vino, no estaba, no entendí.

6.4.17

Borges más humano

                                                          Fotografía: Rogelio Cuéllar


Al parecer a Borges no le incomodó que un fotógrafo le pillara en el mingitorio de la Escuela Preparatoria de San Ildefonso, en México, en donde acababa de pronunciar una conferencia. Ciego como estaba, al escuchar el ruido del obturador al registrar la instantánea, se limitó a decir que había un duende haciendo travesuras. El tono (a decir del propio Cuéllar, el fotógrafo) era de complicidad por lo que se sintió autorizado a repetir varias tomas, por si alguna era verdaderamente buena. Borges debió confiar en el pudor del improvisado periodista, en su profesionalidad a la hora de difundir la toma si en ella se mostrase una intimidad demasiado explícita. En realidad, no es una imagen que tenga alguna utilidad, salvo que deseemos inmiscuirnos en la privacidad misma del escritor. No entiendo esa inclinación un poco promiscua que consiste en adentrarnos en donde no hemos sido invitados, en un cuarto de baño, en una cama o en un paseo dominical, pero es ésa la tendencia actual. Interesa conocer al autor, no tanto entender su obra. Queremos saber si Borges es aficionado al fútbol o si en casa calza zapatillas de paño o duerme en pijama historiado o en pelota picada. O si escribe nada más levantarse o cuando declina el día. Quizá no se debiera saber quién escribe, se podría eliminar la voluntad de anhelar la información periférica. Sólo leeríamos, escucharíamos la historia que otro pensó por nosotros. De alguna forma es el lector quien finalmente cierra la escritura. O no se cierra nunca, yendo más lejos. Se abre a poco que indagamos de nuevo en ella. Esa idea sería del agrado de Borges. No el Borges que evacúa la vejiga en un servicio de una escuela o el que abusa de las carnes rojas en los almuerzos o el que escucha el tango en una quinta bonaerense. Ninguno de esos borges es de nuestro interés. Nada de esa exhibición de vicios domésticos contribuye a que su obra escrita mejore o empeore, brille o flaquee. A lo que se nos enseña es a sentirnos autorizados a inmiscuirnos en esa privacidad, a requerir de quien la detenta una parte sensible o por qué no toda. Si hablo en primera persona, no negaré que en ocasiones (quizá más de las debidas) hurgo en esa intimidad, paseo sin pudor por su territorio cerrado. No es algo que se premedite, no buscamos la satisfacción espuria, un poco bastarda, sí, sino algo creativo, no sancionable: saber más de quien nos fascina, que no haya dependencia suya a la que no podamos acceder. De ahí que este Borges que orina sea relevante, se incorpore al material icónico del que ya se dispone y hasta adquiera un fuste al que no alcanzan otras imágenes oficiales, las del Borges en los pasillos de las bibliotecas o el Borges sentado en una butaca, mirando sin mirar del todo, perdido en esa bruma suya de dios en su laberinto.

1.4.17

El Danubio



La literatura de verdad no halaga, no conforta, no cura: es un veneno, una sustancia incómoda, una que no da tregua, ni siquiera permite un respiro. Claudio Magris (leo ahora El Danubio) sostiene que es el malestar el que la hace válida, el malestar como principio a partir del cual indagar en la realidad, cuestionarla, convencerse de que la narrativa suscita un diálogo, no un parlamento transmitido sin que exista un interlocutor hostil. La idea del Danubio, trazando una línea sinuosa por un continente entero, representa Europa, que no es la cuna de la Literatura, pero sí su hacedor más valioso. De Europa hay que salvar el Danubio. su idea globalizadora, la del río que hermana países y los convierte en una especie de sucesión no necesariamente caótica de costumbres. Somos, al cabo, huérfanos en materia de patrias. No hay razón por la que no hayamos podido nacer a uno o a otro lado de esa corriente de agua larguísima. Quizá la cultura no sea el conocimiento de las materias sino la habilidad (la competencia, dicen ahora con más pomposa novedad) de saber comprender lo que nos rodea, la facultad de razonar esa realidad y manejarnos cívicamente (he ahí el problema de Europa en estos días) en ella. El Danubio ha entrado esta noche en mi cabeza, lo he surcado, ha tirado de mí, me he sentido transportado por sus aguas. Creo que incluso sonaba el vals de Strauss de fondo. A los lados, mientras me desplazaba río abajo, se sucedían las ciudades. Las veía iluminadas a lo lejos, emitiendo un fulgor hermoso, invitando a que abandonase la singladura (eso era, imagino) y las pasease. Fue un sueño europeo que provino de haberme dormido con el libro de Magris sobre el pecho. Hay libros que se incrustan en uno. Libros de los que nos impregnamos y que incorporamos (sin forzar ese matrimonio) al sueño. Leí una vez que nos parecemos a los que los demás ven en nosotros. Que de alguna forma la idea que proyectamos y que rebota hacia nosotros es la que creemos que mejor nos define. Europa es la idea que se tiene de Europa. Es el pasado glorioso; también su infierno, el laberinto de batallas y de infamias que cincelaron su carácter, su lugar en el mundo y en la Historia. Hoy que tantos problemas la cubren debemos pensar en la belleza que custodia, en la inteligencia que ha construido. No es que uno ame las patrias, ni que crea que podemos salvarnos si adoramos a un mismo Dios o escuchamos con piadoso fervor las notas de un himno o besamos los colores de una bandera. No hay esa filiación en mi boscosa manera de entender el mundo, pero de alguna manera admiro que alguien posea una identidad, un sentir, un proceder ante los otros o ante sí mismo. Está bien esa proyección y está bien que se refuerce o que incluso se pula. Europa precisa encontrarse de nuevo a sí misma. Ahora que algunos socios desertan, necesita fortalecer los lazos con los que no han sucumbido a la fuga. Tenemos más en común que en contra. La misma literatura nos lleva de la mano a través de los siglos. No nos deja varados, nos empuja, nos iza, nos propone un viaje y nos espolea a que lo acometamos sin miedo, pero nos avisa: no saldréis indemnes, no hay libro que uno lea que no actúe por dentro y reforme a su antojo lo que a su paso va hallando. Europa es una especie de buen libro del que cuesta salir o que anhela no salir de nosotros, como si tuviese vida y decidiese, a nuestro favor o en nuestra contra. No nos halaga, no nos conforta, no da soporte o alivio, pero sin embargo es dentro de su ámbito donde encontramos el camino, ese sendero que nos conduce al confort y a la paz, a la convivencia y a un sentir compartido.

31.3.17

Una fotografía de Kafka antes de que le perturbara Samsa


1
Andan los días persiguiéndose, implacables. Se oye un latir de algas a lo lejos. Afuera está la noche como una fuente honda y sin dueño. Dan ganas de buscar a Dios en las avenidas, en la periferia de la ciudad, en las afueras. Oigo la sangre con una ternura infinita. La oigo adentro circular como si buscase algo y no encontrase el rumbo preciso. Me busco en las palabras y lo que encuentro es vértigo. Vengo sin brida. Alegre, abierto, invisible vengo. Tendré que pararme a pensar y festejar la soledad y perderme.

2
Todos los niños de Londres aman a Peter Pan. No es algo que se advierta siempre, ni sucede con la fiereza con la que el amor se manifiesta en otros episodios suyos, pero es una verdad inamovible. Lo aman sin saber que esa entrega existe. Están fascinados sin conciencia del hechizo. Se esmeran en su embrujo.

3
Duelen, resaca adentro, los años.

4
Procura el amor alminares, una fotografía de Kafka antes de que le perturbara Samsa, báculos, un poema de Charles Bukowski sobre vino pendenciero y Plymouths del cincuenta y siete, una fotografía en blanco y negro de cuando niños perdiendo el tiempo en una playa con mi abuela de fondo.

5
Descienden, muy secretos, al centro de la palabra. Rescatan la semilla, la izan, la exhiben. Es el fugaz numen de todas las cosas lo que se está ofreciendo, la dura comisión de la sangre, la mecánica sencilla del cosmos.

30.3.17

El peso del mundo es amor

1
Puse anoche a Scarlatti en la cena y a mi hija le sentó mal la tortilla francesa. Scarlatti suena a gaseosa ida, me confesó en los postres.

2
Algunos grumos del poema siguen conduciendo a Dios.

3
La luz fluye desde la respiración primera. La luz mordida. La luz sin pulso.

4
Jadear en conciencia pétalos y endecasílabos mientras escucho a Chet Baker antes de que le rompieran la boca.

5
El amor percute el aire. El mundo entero es aire percutido por el amor. Todo el peso del mundo es amor. Lo han dicho todos los poetas, pero hay que repetirlo y hacer que los poetas nuevos lo aprendan y lo digan nada más abran su boca.

Óyenos


Ser feliz
salvo en lo verdaderamente importante,
dejarse patria, cordura, fe
en discutir
si Dios es quien dicen
y reparte las causas y los azares,
la gloria y la tragedia,
y nos deja imperdonablemente morir
sin habernos instruido
en estos avatares íntimos del juego.

28.3.17

Atlas II

Mamá es un atlas y papá es un atlas.
En la lógica cartográfica,
los países son extensiones del alma.
Tengo el vicio pequeño de ir
                  de un lugar a otro con el dedo.
Repaso los ríos, voy perfilando
la longitud retorcida de las costas.
Pienso en la suma sencilla de accidentes geográficos,
en el inventario de ocasionales incidencias topográficas.
Papá yendo al trabajo al abrir el día.
Mamá poniendo en orden la provincia de la casa.
Todos esos años ahora no existen.
El mapa fue calcinado por el olvido.
Las carreteras se pierden página adentro
sin un cielo hondo que las vigile,
sin ardorosas estrellas ni secretas nubes.
No hay ríos, no hay elevadas montañas,
no hay un cielo azul e invisible en mi mano
al recorrer los ríos y al acariciar las montañas.
El mapa de la infancia está abandonado
a su triste suerte testamentaria.
El insensato mapa de la felicidad
convertido ahora en la memoria del dedo que lo surca,
el dedo metafísico, el dedo voraz, 

el dedo que escruta el alma dispersa en los perímetros.

Los libros son mapas de un mundo a punto de ser revelado.
Es la memoria la que escribe.
Toco el mapa y siento que regreso.




Atlas


En la panza de la ballena están Jonás y el Capitán Ahab.
En la palma de la mano del hombre más pobre del mundo está el oro del verbo y la opulencia de la carne.
En el aleteo de las mariposas de los bancales está el mapa del tiempo.
En los ojos del caballo está la tormenta que sacudió el cielo de las primeras montañas.
En el vientre del fuego está el asombro del primer quemado.
En el sueño de una virgen están los nombres de todos sus hijos.
En un bazar secreto de un pueblo inaccesible, en una las laderas de la cima más alta, está el nombre exacto de Dios, pero es un pueblo de ciegos y la palabra Dios está prohibida.
En la memoria del poeta está la memoria del cosmos.
En el aljibe de un patio cordobés está el agua que bebió Maimónides.
En el corazón de la bestia está toda la sangre que ha derramado.
En la palabra del puro de corazón está el caos.

26.3.17

Una teoría del mundo


El cuerpo es una extensión de la realidad, la realidad es una emanación del cuerpo, cuerpo y realidad son una cosa, no se sabe quién precedió a quien, si uno es la madre y el otro es hijo, si cuando cerramos los ojos la realidad lo percibe igual que cuando ella se expresa (cuando se mueve, cuando grita) nosotros también lo percibimos. Todo eso está en los veinte dedos y en las cinco bolas, en la oscuridad que lo cierne todo y en la luz que todo lo impregna.



https://vimeo.com/184028817

25.3.17

Una pequeña historia de la literatura

K. cuenta cómo empezó a enviciarse con los cuentos. No había noche en que no le contaran uno. A veces, el mismo cuento, por falta de cuentos a mano. Lo mejor era (dice) cómo cambiaba conforme iba siendo contado. En uno, la luna era amable y tierna; en el mismo, narrado la noche siguiente, la luna era roja, pendenciera, canalla. En lo que se le contaba había seres terribles con aspecto maléfico y también seres de aspecto bondadoso, pero intenciones oscuras. Nada aseguraba que la historia se repitiese; incluso le molestaba el hecho de que acabara siempre de la misma predecible manera. Prefería la varianza, cierta movilidad de los hechos. Donde el lobo, ahora una oveja. A mí (razono ahora) me sucede algo parecido. No me gusta releer al modo en que lo hacía antes. Ansío material nuevo. Prefiero que el asombro llegue limpio, no manejado, no rehecho. Quiero leer lo que no conozco. Me dolerá no volver a Stevenson o a Kafka o a Amis (ayer acabé la segunda lectura de El libro de Rachel, su novela fundacional y luminosa) o a Borges o a Lovecraft (cuatro de los grandes), pero transigiré, adquiriré la suficiente firmeza como para compensar el vicio antiguo de volver a ellos con el vicio nuevo de ampliar escritores. No he leído tantos, ahora que lo pienso. No sé. Será cosa de hacer una lista y ver cuántos me han acompañado, con cuántos he salido y viajado y gozado y sufrido. Por otro lado, qué necesidad habría de leer una sola línea nueva, a qué dirigir la atención, cuál dejar que penetre, con qué ardor abrazarlo cuando ya hemos sido bendecidos por historias deslumbrantes, iluminados con la más nutritiva de las luces. Así miro a veces con desconfianza los catálogos de novedades, la oferta apetecible, esa lujuria al alcance que supone abrir un libro sin saber qué nos hará. De los libros no se sale indemne. No hay puerta que abrir, por la que salir y enfilar los pasos a otro lugar. Ahora K. me consuela a mí. Vamos los dos hacia adelante. Me pide que no escriba para el blog en el iPhone. Dice que es mala costumbre. Ahora me distrae pensar en que no importa dónde escriba uno. Con tal de escribir. Con tal de no flaquear. Este marzo está flojo en escrituras. Vale cualquier acometida. En cualquier cuaderno.

24.3.17

La persistencia de la memoria



En su acepción más pedestre, la que menos incita a pensamientos profundos o a consideraciones de más enjundia, la felicidad es una especie de alegría mantenida en el tiempo, de la que se puede hablar con la confianza de algo conocido, de lo que poseemos una propiedad o a la que concedemos la máxima de las preocupaciones. Queremos ser felices, nos importuna que exista una evidencia de que en realidad no lo seamos, no deseamos en modo alguno que avancen los años y esa felicidad a la que anhelamos se escape, no se nos impregne, apenas dure su estancia. En cambio, adoramos la alegría. Es una batalla que se gana con más facilidad, no requiere que permanezca y se tiene la idea de que va y viene a su antojo, de modo que su ausencia no preocupa.  Hoy estuve alegre, pienso ahora. Hubo un tramo de la mañana en que sentí esa zozobra gozosa en la que el mundo de pronto cobra un sentido que poco antes no poseía. Las endorfinas, las serotoninas y todos las demás sustancias narcóticas tiraron de oficio. No sabe uno bien los motivos de toda esa felicidad sobrevenida, cree razonar cuáles puedan ser, pero desecha cualquier convicción. Lo que hoy procura placer no lo dio ayer o entra en lo posible que no lo entregue mañana. Hay, sin embargo, cosas que son invariablemente útiles. No existe nada que sostenga esa eficacia, no podemos desmenuzar la emoción, no se la puede compartimentar, convertir en una mercancía sentimental. Hoy bastó con andar unas calles que eran familiares hace unos años. Calles que amé, no se me ocurre pensar otra cosa o rebajar mi filiación con ellas. La memoria hizo el resto. Me condujo al pasado o una parte gloriosa de él. Canceló cualquier asomo de mediocridad y remarcó (sin sutilezas, abruptamente, como cuando irrumpe agua fresca en la garganta y refresca de inmediato) los recuerdos de entonces. No sé si se habrían perdido (como lagrimas en la lluvia) o si ahora, habiéndolos recuperado, cobrarán una pujanza nueva y encontraré matices que tenía enteramente olvidados. Creo que será así. Que vendrán en tropel y los disfrutaré de nuevo. No es nada que sea un privilegio mío, uno que no esté al alcance de cualquiera. Lo que me fascina es la insistencia de esos recuerdos, la forma en que permanecen. Me intriga que ahora sean tan vigorosos y antes, cuando no había recorrido otra vez esas calles, apenas se vislumbraran, no estuvieran, pareciera que nunca hubiesen estado. Siempre se puede volver a esas calles. Traen abrazos, afectos, conversaciones largas, gente que no he vuelto a ver o a la que veo menos, pero que no han desaparecido de mi memoria. Nadie que haya estado desaparece del todo. Puedo provocar el regreso, hacer que dure más de lo que duró ayer (nada apenas), pero no sabré si me volverá a sacudir la satisfacción o volverá la memoria a desempaquetar su (en ocasiones) preciado cargamento. De fondo, sin que sonara, escuchaba a Jimi Hendrix o a B.B. King. Como antaño.

19.3.17

Dios en alta definición / La misa de los domingos



No tengo creencias religiosas, pero sospecho que podría haberlas tenido sin más problema. Ninguna de las historias bíblicas que escuché de pequeño cautivaron mi alma. Ninguna de las que me contaron de mayor me influyó lo más mínimo. Percibo la belleza de las creencias, pero no hubo nunca ese enamoramiento desde el que construir una vida de fe. La distancia que existe entre creer y no hacerlo es muy leve, no tiene consistencia. Igual que el creyente tiene crisis de fe y se cuestiona la naturaleza de su inclinación espiritual, los que no creemos también caemos en limbo en el que Dios aparece y desaparece, nos convida a pensar en su presencia o le excluimos con firmeza. Hay días en que Dios me ocupa más tiempo del que podría esperarse de una persona que se dice incrédula (no me gustan las palabras ateo o agnóstico, no creo que ninguna de ellas se ajuste a mi manera de entender todos estos sucesos trascendentes). Otros, sin embargo, echo atrás o me vengo arriba, según se mire, y me agrada ese descreimiento mío. Me siento bien (por decirlo de alguna forma) en las dos orillas de este imaginario río de las creencias. Lo que no veo es el daño que hace poner una misa en el segundo canal de la televisión pública. No es nada que hiera a quien no tiene la voluntad de entrar en el templo y dejarse impregnar por la liturgia del párroco o el que desee pulsar un botón de su mando en lugar de otro. Además, en estos tiempos modernos, escuchar una misa por la radio no tiene la vistosidad de verla por televisión. Ser laicos (en mi opinión) no tiene nada que ver con ser hostil. La tendencia reciente consiste en zarandearnos los unos a los otros, en buscar qué nos separa y enarbolarlo fieramente, como si el mundo entero (con lo revuelto que está y la de tiempo que precisa su ensamblaje) girara en torno a la decisión de unos de sentarse en el salón de su casa y, en lugar de ver las reediciones de los programas bastardos de las noches, seguir las enseñanzas de las Escrituras. En el instante en que unos escuchan la lectura del Santo Evangelio según San Juan, otros cancanean por el pueblo, buscando donde hocicar el morro y meterse la primera cerveza de la mañana o leen El capital del barbudo Marx o mandan chistes por whatsapp o adecentan su casa para que esté presentable hasta el domingo siguiente. Lo que hace una parte de la gente cuando la otra se le pone levantisca  es afianzarse en sus credos, nunca mejor dicho. De ahí que la misa de marras, la de La 2 de TVE, haya conseguido cotas de audiencia inéditas. En la adversidad,  gana siempre el débil. Es el que recibe la puya quien se granjea la adhesión del graderío, quien confirma con más vehemencia su orientación o su aplauso. La diatriba de la misa televisada de los domingos es una pequeña maniobra de distracción, una de tantas. Cuando el demonio no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Tampoco es cosa de demonizar (por seguir con el símil diabólico) a los ocurrentes ideólogos de las hordas paganas. Se pierde a veces una visión en perspectiva y no se afina en las prioridades, en poner lo importante al frente y dejar lo secundario, lo que no es primordial, en la reserva, por si un día, una vez despejado el horizonte, se puede acometer.

Los poderes públicos tienen la exigencia de la neutralidad, que no quiere decir el apartamiento. De hecho se siguen sacando los pasos en las calles en Semana Santa y la ciudad entera (los que devotamente los siguen y los que no) se mueve con ellos. Imagino que la fobia hacia lo cristiano (que irrita con razón al que profesa esa fe), llevada al extremo, borrará una parte de la Historia, y no necesariamente limpia ni luminosa, porque la Iglesia, la que detenta el mensaje de Cristo, es una organización falible (como cualquiera o más dolorosamente ésta si concurre en su juicio la voluntad de bondad que la anima) y una parte de esa Historia está emborronada (o enfangada o entenebrecida) por su roce. Si nos obstinamos en esta pequeña guerra fría entre cristianos (o musulmanes o judíos o budistas) y descreídos, terminaremos apartándonos unos de otros, confundidos entre el afecto que nos profesamos y las ideas que tenemos. La libertad religiosa es un hecho fundamental en el progreso de las sociedades. Lo contrario, la batalla campal entre estandartes y tronos, ha llevado al mundo con frecuencia al desorden y a la sangre. No son los dioses los que alientan las guerras, no pueden serlo de ninguna manera. Es el hombre, el que los adora, el que se inclina y los busca en la oscuridad para que lo guíen. A Dios (imagino) le parecerá un desatino esta costumbre nuestra de darnos de palos en su nombre. Las guerras no acabarán nunca. Da igual qué dioses las crucen o se aparten. Siguenpasando, si uno aprecia con detalle lo que le van informando. Es un problema irrelevante lo de las misas dominicales en televisión. Mi abuela las vería, si estuviera por aquí. No sé si acudir a la ternura de que los mayores y los impedidos, que otra parte también pagan religiosamente sus tributos al apóstol Cristobal , dependen de esa hora de los domingos por la mañana para estar en paz con Dios y con su alma. Cada uno hace esas cosas a su modo. Algunos recitan sus oraciones y se persignan. Otros buscamos encontrar nuestro lugar en el mundo con otros instrumentos. El final de la historia es que, cuando conciliemos el bendito sueño, estemos en armonía con nosotros mismos y no hayamos hecho daño a nadie y sintamos agradecimiento por estar en el mundo. Tenga la culpa de eso el que la tenga. Lo que sea. No está la cosa a esta hora de la tarde para meterse en honduras de más fuste. El principio de concordia sobre el que se levanta la sociedad no puede desanudar los hilos de las religiones. No debe desmontar esa cohesión que las creencias conforman y hacen que el pueblo se eche a la calle y sea devoto de sus santos y les llore o les ría como se le antoje.

Caso distinto, ah la diferencia sobrevenida, es que la iglesia católica arremeta como a veces hace contra los que no piensan a su muy respetable manera, no vea enemigos por doquier, no se sienta la víctima de los tiempos, salvo que de verdad lo sea y haya pruebas fehacientes que lo confirmen, pero no es eso lo aquí hoy retratad: es lo de las eucaristías cristianas en televisión. Que también hay espacios religiosos para otras confesiones (evangélicos, musulmanes, judíos...) Todavía no ha salido el tema capital de esta conversación entre lo divino y lo humano, que luego se catapulta a la calle: la presencia de la asignatura de Religión en la escuela pública. En breve, cuando la circunstancia lo precise, se pondrá en circulación (se visibilizará, dicen ahora los modernos) la extracción a la francesa de la materia religiosa de las aulas. A falta de que ese incendio invisible (pero ardiente) prorrumpa en la sociedad, nos quedamos con estas menudencias mediáticas. Para que no se extinga  la llama y siempre se pueda avivar a beneficio de ociosos o de agitadores. Lo mejor es no entrar donde no se desea o no irritarse por lo que no nos atañe. Hay ocasiones en que esa coherencia cívica sobre la que reposa el respeto a lo ajeno y la tolerancia por lo diferente se envalentona, se irrita también y volvemos a donde ya estuvimos antes, a ese lugar del que (al parecer) todavía no hemos salido, el de evitar la confrontación por todos los medios, el de no inventar un problema para ejercitar la mente (aburrida a veces) en busca de una solución. Que un periódico de tirada nacional (el ABC hoy) dedique su portada completa a mostrar qué personajes públicos van a misa (no tiene más importancia) tampoco informa del país en que vivimos. No es ése, no es el de yo voy a misa, yo no voy, pero ya se sabe que, si no es un autobús en las calles con un mensaje controvertido (se hacen oír, pero no es un texto constructivo el que mostraban, por cierto), es una declaración machista de un obispo o una virgen investida como hija predilecta de algún pueblo de la España Profunda. A veces el creyente no tiene culpa de estos dislates, desde luego que no. Bastante tiene con intentar no errar en el camino y escuchar con el corazón limpio las historias que una vez decidió harían de su vida una mejor.

16.3.17

Cocodrilo blues

Historia natural
Dormir frente al televisor mientras la paciencia del cocodrilo organiza un festín de antílopes distraídos. La ceremonia de adiestrar el cuerpo para que el sofá lo reciba como un hijo con el sueño tamborileando en tu cabeza y National Geographic bombardeando imágenes impactantes de la salvaje vida animal. La sensación de que el mundo se detiene en la dentellada brutal del cocodrilo. Crees escuchar después, en sueños, la carne rota, los huesos fracturándose. Notar cómo la realidad, el cocodrilo abriendo en dos al antílope, se adhiere fieramente al sueño, pero son sueños frágiles, de una fragilidad conmovedora, sueños en los que no hay tiempo para que la trama invisible ni siquiera pueda cerrarse. Queda pues abierta, sin adquirir el rango de obra acabada. Los sueños no terminan nunca. No sabemos si luego se buscan, si el sueño de media tarde en el sillón se activa en la noche, incorporándose al sueño recién adquirido, si es posible que hasta lo borre y tome el mando y haga lo que se le antoje. No sabemos nada de estas cosas. La realidad tampoco es discernible. La realidad no termina nunca. Las tardes de un par de miércoles al mes son del cocodrílo y mías. ¿Soñarán los cocodrilos con ovejas eléctricas?



La muerte de la novela
Uno al que se le supone cierto conocimiento de lo que hablo refiere que las novelas son aburridas. Imagino que se refieren a novelas que él ha leído recientemente o que leyó en el pasado y de las que guardo ese recuerdo. La novela ha dejado de pasearse por el cementerio, ya no se la da por muerta: ahora está en la convalecencia, en el aburrimiento, en un balneario gris de un cantón suizo, en una tarde de domingo en la que no sucede nada, pero incluso no sucediendo nada, cuando parece que no se mueve la maquinaria de la trama, pasan cosas, pasa la vida con su aburrimiento incluido en el pack. Porque la vida, en ocasiones, aburre, y la novela solo transvasa lo que observa a su interior. La novela no es aburrida, las novelas no son aburridas. Y si lo fueran, caso de que llevase el buen hombre, la razón que cree asistirle, serían formidables también. Novelas aburridas para una vida aburrida. Pronto habrá un patrocinador triste y apesadumbrado que invierta en el gris como color favorito de las estanterías.


Bipolar 
No hay día en que no tenga uno esa bipolaridad dulce de querer ser un irresponsable y, al mismo tiempo, querer poner la mejor sonrisa y pisar el día con el entusiasmo más completo. No sé en qué momento vence una de las dos, y a veces no sé cuál de las dos vence. Los momentos en que la cabeza no funciona como se espera y la voluntad prefiere el caos son los momentos propicios para la creación literaria. En los días mansos, en los buenos, en todos esos días en los que no hay quemazón dentro, no escribo, pero siempre llega el vértigo, acude juntamente con la fiebre; ahí están los dos, mirando cómo intentas zafarte de ellos con las manos, con gestos grandilocuentes, con frases que has estado ensayando para que convenzan a la primera, sin extensiones sintácticas indeseables. No te zafas, no hay posibilidad de que el maelstrom no te engulla. Y entonces escribes. Escribir es un maelstrom.





13.3.17

Matrimonio del cielo y del infierno





A poco que indague uno, sin entrar en honduras, descubre que no hay religión en la que no estés condenado a vagar una eternidad por el infierno. No sé si merece la pena buscar la que menos te penalice o la que te aplique un correctivo más benigno. Lo de la eternidad no me acaba tampoco de cuadrar mucho. No hay vida con la que se pueda trasegar sin que exista un fin en el horizonte. Una de las funciones del sueño es precisamente ésa: la de cancelar la realidad, la de encapsularnos durante unas horas para que podamos reponer el brío que se ha ido vaciando durante el día. Hay noches en que, a poco de caer en el bendito sueño, piensas en lo bueno y en lo malo que hubo durante ese día, en la manera en que hemos acometido las obras con las que seremos vistos, con las que los que nos medirán. Quizá la conciencia sea el infierno. Debe estar ahí, cosida a los pensamientos, embutida en ellos, convertida en una extensión fiable de las palabras que decimos y de las que callamos, de los gestos que hacemos y los que censuramos.  El infierno es siempre uno mismo. También el cielo. Toda esa propiedad mística de las bendiciones y de los pecados es sólo literatura fantástica. Anoche leía a William Blake. No he podido evitar dejar escrito aquí una brizna de ese influjo. El lunes no ha sido el infierno tan temido. No obstante, en uno de sus tramos, he percibido el influjo de Blake. Escribió, por ejemplo, que no esperes veneno del agua estancada. También que a la atareada abeja no le queda tiempo para la pesadumbre. Ahí esta la abeja, en su dulce molicie, en la ajena propiedad de la ignorancia. Ni siquiera sabe que existen los fines de semana. A mi amigo Antonio le dejo una frase que solíamos dejar caer en los bares cuando la cabeza anunciaba los quebrantos habituales: el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría. De eso hace pronto treinta años. Hay bares a los que hemos vuelto. Algunos han cerrado. Ahora, en esos locales, dispensan medicamentos o venden tabaco o te convencen para que te afilies a un sindicato o escuches a uno de los dioses de las últimas tierras conquistadas por el Mayflower. Todo viene a ser lo mismo.

9.3.17

Hoy me duele Kim Novak


La pértiga describe la locuacidad del ojo.

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El poeta es el cartógrafo del alma.

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El teólogo es un novelista del aire. Todos los feligreses son, en el fondo, teólogos novatos. Dios es el crononauta favorito de todos los novelistas de ciencia-ficción. A Dios se le reserva siempre el papel principal de todas las tramas cósmicas.

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El escritor siempre fornica con su prosa.

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El lector es un voyeur. No hay actividad más privada que leer. Ninguna.

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El náufrago escribe monólogos de alga.

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La fatalidad carece de efemérides.

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El azar escribe renglones torcidos para lectores perezosos. La fortuna es el numen.

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Lo dijo Shakespeare o su negro: desconfía el viejo del joven porque ya lo fue.

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El pecador es el que oye que alguien le acusa de sus pecados. El que delinque es laico; el que peca, no.

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Cioran gemía, tumbado en su sofá, esperando que los lamentos le abriesen los poros y le entrara a tropel el conocimiento. Yo quiero ser CioranNo ejercer ningún oficio. Ser un dios de mi pereza. Quiero ser un Ciorán del siglo XXI. Con tweets y whattsaps. Con Spotify y con mi editor de blog. Un Cioran meno drástico, en todo caso. Uno que posea un sentido muy refinado del drama.

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Kim Novak apareció anoche en un tramo irrelevante de un sueño mío muy huidizo. Hoy me duele Kim Novak en los ojos y tengo la mirada como perdida y la cabeza a ratos me descabalga de la realidad y me empuja, alucinada, al sueño que no retuve. Me duele Hitchcock a la altura de todas sus rubias.

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Todos estos años de cómplice matrimonio con el aire y cuesta todavía meterlo entero en el pecho y sentirlo estallar dentro. 

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Puede suceder que en unos años la vida vaya en serio y tengamos que armarnos finalmente de valor para andar con firmeza. Cómo echo de menos que Gil de Biedma, en estos tiempos de zozobra y de vértigo, nos contase qué pasa. Hace falta que nos lo cuenten bien, en todo caso.

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Lo peor es perder tan miserablemente el tiempo y acabar descubriendo que hemos gastado los años y todavía nadie nos haya dicho qué bien planchada llevas el alma. El alma no hay quién la entienda. Hay que echarla a los perros. Que se la coman entera.

  ***

A veces vivir conduce a irnos queriendo mucho, a entender los retos, a domiciliar en la memoria piezas de un sueño, historias recientes de amores imposibles y de pasiones evitables, desmayos a última hora de la tarde frente a un disco de Sarah Vaughan, besos muy logrados tras años de fatigado oficio. Me quiero mucho.

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Todo el amor que yo puedo sentir cabe en un verso de Pessoa, pero no de los tristes, no de los que te hunden, no de todos esos versos de Pessoa que huelen a papel antiguo.

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En verdad fuimos hermosos, pero la belleza ya no es útil. No sabemos qué es útil. La belleza, a veces, no basta.

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Ha llegado la hora mineral, la gran hora sin maquinaria que somete el azar a un pulso siniestro, que comete imprudencias del tamaño de un corazón sin amarre, que escribe convulsos versos de amor con menuda caligrafía de principiante. Ha llegado el corazón más humano a conveniencia del que escribe, varado en la trágica evidencia de estar perdiendo la inspiración a medida que se acaba la batería del portátil. Ha llegado la hora de escribir las grandes palabras. Creemos que las grandes palabras están en las obras de la religión, pero hay grandes palabras en los juegos de los niños, en las canciones de pop más livianas, en lo que decimos cuando alguien nos saluda o nos pide que le confiemos un secreto.

  ***

Donde la noche nos habita. donde las palabras declinan oscuros favores y erigen inmensos páramos, lugares para el abandono, jardínes que sólo holla el viento. Los poemas de los quince años vuelven. Están aquí. Me están mirando. De éste no hay ni siquiera un título. Sería incapaz de escribir uno ahora. No lo considero ni mío. Ni esto que escribo, una vez lo termino y el editor lo registra, me pertenece siquiera. Toda la literatura es anónima. El que la escribe, al leerla, la cree ajena.

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Me encanta buscar en el diccionario el léxico de mi fracaso. Páginas enteras. Palabras mías. Historias que no imagino en otros.

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Afuera todo se abisma y concluye. La fragilidad de las cosas. La posición de los astros. El peso de la cordura.

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Triste andamiaje de los años, travesía sin término, espejo inocente, la herrumbre secreta, el insomnio tan urdido. Me duele el pecho. Se me abomba el pecho. Parezco John Hurt en el Nostromo.

  **

Los años ocultan siempre la verdad. Algunos la ocultan con más oficio. Otros no se manejan en estas frivolidades y se advierte la siniestra trama en los meses bisiestos.

  ***

Bien está contar con un biógrafo propio, uno que constate el vértigo de haber vivido, uno que argumente la miseria y la gloria y dé crédito a los placeres depositados como memoria festiva, en su costra. Óxido en júbilo. Unos versos de Leopoldo Panero (otra vez) anoche. Es la primera vez que lo leo sabiendo que no está. Nunca me ha pasado con Garcilaso de la Vega, con Kafka, con mi buen Borges. No sé a qué este desvarío mío. Con qué propósito mi delirio lo urde.



2.3.17

Los días

Días en que uno vive la vida de la que habla y días que no nos corresponden y con los que tenemos un trato distante, al modo en que se producen las tramas de las novelas o de las películas, como si todo fuese ajeno y en esa dimensión sucediese y no nos incumbiese en absoluto. 

Días precisos como una sílaba tónica, días suizos, días con colmo de aritmética, que nos cuestionan la lírica de las cosas y se incrustan como una enfermedad y nos hacen flaquear y caernos. 

Días Kierkegaard, días con absoluta indiferencia a la intimidad, bruscos, llenos de palabras que conocemos por separado pero que no sabemos manejar si se juntan y nos hablan.

Días mansos. Yo adoro los días mansos. Días en que no ocurre nada. Blancos, los días. De una blancura que intimida.

Días Hal 9000, días Kubrick en vena, días para contar secretos, días que merecen un aparte, donde cuanto sucede es una cosa extraordinaria, días de máquinas más complejas que uno mismo, ante las que palidecemos y nos postramos, como si fuesen dioses.

Días de tres bourbons a última hora de la noche, escuchando Chet Baker, desplazando el miedo a que algo malo suceda mañana por la sensación muy plácida de que el amor nos visitará más tarde y nos hará dormirnos muy cansados, felices, inocentes, blasfemos y puros.

Días para entenderse uno, días sólo para entenderse uno, días que acaban con la evidencia de que sabemos quiénes somos un poco más.

Días de vértigo y de fiebre.

Días como un disco duro al que hemos ido echando cuanto no sabíamos qué uso dar, días de una consistencia inútil.

Días perdidos, días huecos, días grises, días sin que nada verdaderamente hermoso nos visite.

Días de andar por casa con el corazón muy abierto.

Días que parecen muchos días, días con colmo de bondad en las palabras que escuchas y en las que dices, días de una semántica dulce como una lengua en el centro de vaso ancho de whisky lleno hasta de arriba de mermelada.

Días con la sensación de que algo extraordinario está a punto de suceder.

Días sin Dios, días en los que sueñas con Dios, días en los que Dios te visita y te cuenta de qué va la trama celeste y todo eso, pero luego no eres capaz de contarlo,

Días Frank Zappa en el iPod por la periferia del pueblo, a paso rápido, quemando algoritmos y frases de alambique poderoso y sustancia insulsa.

Días como un pen de sesenta y cuatro gigas lleno de valses vieneses.

Días que parecen un gospel, días que parecen un foxtrot.

Días donde ves la cara oculta de la luna.

Días sin entrar en facebook, ni mirar whatsapp, ni escribir en cien caracteres lo bien que estuviste ayer o lo bien que crees que vas a estar mañana.

Días de bebop, días de swing, días de cool jazz, días de grandes bandas, días sincopados.




28.2.17

Error

Hoy K. ha tenido una ocurrencia que no es nueva: uno cae a veces porque quiere, por levantarse, por ver el cielo desde abajo, por perder una dimensión, por hacer que nos miren y les de por mirar a otros cuando se cansen de ver que hemos caído, cuando ya no tengan nada más que ver porque ya lo han visto todo. Hay quien cree que caer es lo peor que puede sucederte o que detrás de haber caído no hay nada más. Como si fuese un maelstron, un abismo, una tarjeta black que de pronto ha aparecido en tu bolsillo. A la gente le gusta verte caer. No porque ellos no hayan caído, sino precisamente por eso, por ver que no son los únicos y hay otros que hincan la rodilla igual o en peor postura que ellos. Uno se cae porque cansa estar de pie. Se cae porque de vez en cuando es bueno retirarse, no proseguir, dar por terminado el camino, aunque sea por empezar otra vez o por andar algún camino nuevo. En poesía, en la construcción de un poema, todo es caer, todo es ir acercándose y retirándose, buscando y errando, hasta que das con el adjetivo perfecto. Has estado la mañana entera buscando un adjetivo y no hay nada mejor en el mundo que dar con él y verlo en tus manos, como una criatura desamparada a la que das cobijo y con la que entablas una especie de idilio semántico. Los desórdenes más difíciles de corregir son los de índole semántica. Hay días en los que buscas una palabra y te acuestas sin que haya aparecido. También los días en los que sobrevienen las palabras, las que buscas y las que se precipitan sobre ti, sin que las haya llamado. Son las palabras las que nos salvan. Cuando caes son las palabras las que te hacen izarte. La idea de que puedas equivocarte en algo en lo que tengas un empeño especial hace que lo hagas con más oficio. Es bueno salir a la calle intrigado por lo que pasa. No saber nada de la trama que está por venir. No poseer ninguna propiedad fiable de la realidad cerniente. Cuanto más sabes, más aburrida es la vida. Hay días en los que lo sabes todo y te acuestas sin nada que contarte a ti mismo antes de conciliar el bendito sueño. En cambio, hay días formidables, viajes que van de un error a otro hasta que ves que nadie mira en qué has marrado y te permites equivocarte con más entereza. Como si fuese parte de ti y te hubieses esmerado en hacerlo mejor cada vez. Después se ha despedido. Ha dicho adiós. Hay veces en que hace estas visitas. Como queriendo hacerse ver. A mí me da también por convidarme a verlo.

Hacer un warrenbeatty


No sabe uno bien las cosas, no tiene la propiedad de su buen uso, pero deja que lo ocupen y trasiega con ellas lo mejor que puede. Hoy me levanté pensando en el error, en la idea primaria del error, en cómo nos equivocamos, en la manera en que uno no hace lo que se espera que haga o incluso en la posibilidad de que el error no tenga esa mala prensa y tenga sus adeptos. No he visto tal cosa. Digo un club de gente que ha fracasado en algo o algo así. Cosa de ese pensamiento de primera hora de la mañana, al sentarme ahora y poner la contraseña en el ordenador he pulsado las teclas equivocadas. Hace que no me pasa. Luego he puesto el lavavajillas y le he dado a un programa que no convenía. Quizá la culpa la tenga Warren Beatty y el marrón del papel del Óscar a la mejor película de la noche del domingo, pero ha sido un error productivo. Todos lo son. Basta meter la pata para que la noticia se difunda con rapidez. El trabajo bien hecho (que Warren Beatty o Faye Dunaway, la pobre, hubiesen leído como Dios manda la tarjeta) no es noticia nunca. Andamos pendiente de que alguien cometa un desliz. Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa, que ni yo mismo me entiendo, cantaba Aute. La creatividad nace del error y de la sustitución del error. Los mediocres no se equivocan nunca. Ahora voy a ver si preparo unas cosas para el trabajo sin que me tiemble el pulso o se me vaya el santo al cielo y haga un warrenbeatty.

27.2.17

Tres principios de incertidumbre del alma

1
Amar lo que no existe
Lo malo de la verdad es que acaba antes. Al mentir, la historia se alarga y permite que la verdad pueda aflorar en un momento u otro. La literatura de la verdad es más aburrida, cree uno que lo de basado en hechos reales disminuye la calidad de lo narrado. Da igual que la ficción esté en un peldaño más abajo que la realidad o que sucesos acaecidos a pie de calle, de los que no provienen de las tramas novelísticas, en ocasiones sean apabullantes y mantengan la intriga que no ofrece la materia fabulada. Uno se pasa la vida amando cosas que no existen. Las de verdad están siempre a mano, no se van a dar a la fuga, se pueden canjear unas por otras, pero la ficción debe ser mimada, considerada el verdadero alimento del espíritu, observada con el apasionamiento de quien tiene ante sí al objeto amado y teme que un desliz o una contrariedad malogre ese estado idílico del alma.

2
Primer grado
Yo soy de preguntarme mucho. Me contesto con el afecto grande que me profeso, aunque a veces me fustigo, me acoso, me da por no dejarme pasar ni una. Lo mejor es partir de la idea de que no me conozco o de que no hay manera alguna de que alguien pueda conocerme. Como si el alma humana fuese de verdad inescrutable. Da lo mismo toda la literatura rusa que hayas leído o las risas que hayas echado viendo a Woody Allen extenderse a su manera sobre la divinidad y sobre lo terreno. Al final no hay camino que pisar, no existe la certeza de que conduzca a ningún sitio fiable.


3
Words don´t come easy
La mejor compañía es la de las palabras. Basta tener la consideración que merecen y andar siempre enamoriscado con ellas. En el momento en que no las cuestionas, cuando no las arrullas, ni les acaricias el lomo cuando se te acercan, todo se viene abajo. Hay días en que no te responden. Por más que solicitas que te auxilien, no acuden, parece que te la tienen guardada y se reservan el derecho de asistir. Ayer no las tuve a mano cuando quise. Me dejaron tirado, se puede decir. No hubo manera, de verdad que no la hubo, de que respondieran a mi llamada. Lo bueno es que me pasó con un amigo, echando unos vinos. O quizá fuesen los vinos, no pocos, ahora que lo pienso. En realidad todo esto que escribo podría haberlo silenciado. Vamos más lejos: todo lo que escribo podría haberlo silenciado.


26.2.17

La última estación / Reseña del segundo disco de Xavi Nuez



   Hace tiempo aprendí que de poco sirve llorar
   (Sólo para verte una vez más)

Hay muchas cosas que Xavi Nuez no hace. Sigue sin ser Bob Dylan ni Neil Young. Tampoco entra en sus planes continuar la senda que abrieron otros que tocan sus palos (Loquillo, Barricada, los más cercanos). Se aprecia que ha madurado, se le ven tablas, ha adquirido maneras de rocker, por decirlo de alguna forma. Como dice en una de sus letras, no sigue al rebaño. Con lo difícil que es tener una voz propia en el panorama discográfico español, hacer un disco de rock es una temeridad, una osadía, un salto al vacío o todo juntamente. Xavi Nuez es consciente de que no ha inventado nada, lo cual no quiere decir que el rodaje y la experiencia le abran nuevas vías en las que la música que reconoce como suya le envíe a territorios nuevos. Se vale de una voz muy personal. En mi opinión, su mayor valía, el hecho diferencial, el rasgo que hará que su propuesta puje y alcance los circuitos de difusión habituales, los que hacen que te programen en radio fórmulas o los ayuntamientos te contraten para hacer rulos. La parte que me falta para comprender de manera global la trascendencia de Xavi Nuez es su puesta en escena, si la rendición en vivo estará a la altura del disco, que está muy bien grabado y suena rotundo. Lo evidente de La última estación es que es un disco de rock, aunque también uno de rock and roll o de punk.  La última estación (Rock CD Records, 2017) es una apuesta ambiciosa en la que ya no está la inocencia lógica de Historias varias, su anterior disco. Hay un avance, una producción más serena, un sonido más directo. Abundan las piezas pegadizas (Coleccionista de problemas, Un millón de cartas, Ay Diana...) y las que requieren una escucha más honda (Amigo Pedrún, una de mis favoritas; La canción que prometí, que viene de la producción anterior) para que se impregne el mensaje (no sólo la melodía tarareable, que hay muchas, o la letra sencilla, en apariencia).




La honestidad del rock es una de sus cualidades más apreciables. Nuez es honesto, no se enreda en lo que no sabe hacer o en lo que no comulga. Malhablado si se precisa (Esto no es el CSI) o lírico hasta parecer un trovador que carraspea sus primeras letras (Sólo para verte una vez más o Un millón de cartas), el rockero se amarra a la que tiene a mano para que el mensaje fluya: guitarras enérgicas (Ay Diana es una declaración de intenciones, una de esas canciones que entran a la primera) o suaves (el magnífico comienzo de Espina de sardina, una de las mejores canciones del disco), teclados que no apabullan, pero llenan la escena sonora (Amigo Pedrún, La canción que prometí) o baterías sin prejuicios, baterías musculadas que marcan el tempo de casi todos los temas, creando la sensación de que el rock tiene mucho que decir todavía, aunque siga vistiéndose con las mismas ropas y no se arriesgue a enredarse en probar otras.  La última estación gana según se le concedan escuchas. No es un catálogo aleatorio de canciones: guarda un sentido, explica una manera de vivir, narra el pulso de la ciudad. Ahí están Barcelona, Madrid, todas las ciudades con todos sus avenidas y todos sus bares, pero también la ciudad que uno crea en su cabeza, la que hace suya y con la que convive.



El rock es un lenguaje de la ciudad, nació con ella y no hay otro instrumento que la cuente mejor que él. Por eso no flaquea, por eso perdura. Y es ésa  la razón por la que el rock de Xavi es la expresión diáfana de la libertad en estos tiempos de zozobra. Y es precisamente ahí, en la contienda, en las trincheras, donde el mensaje del rock prospera. No hay una intención social fundamental en las letras de Xavi Nuez: su prioridad es el amor o su añoranza o su pérdida. En adelante, en cuanto se decante con más hondura la inspiración en su manera de componer, depurará las letras, las hará menos pendientes de la música, creará una especie de poesía urbana en la que siga contando lo mismo y en donde el texto pueda ser leído sin que se precise el concurso de la melodía, sin que se eche en falta el colchón sonoro sobre el que él construye sus canciones. No es cosa que urja, no hay que exigirle lo que quizá no haga falta todavía: manda el conjunto, es la pieza entera la que requiere atención, no la mirada fragmentada a sus partes. La contracultura que parió el punk no está presente, incluso no conviene que aparezca. Lo que sí se agradece es el rescoldo del incendio que creó. De él, de ese bagaje cultural, Xavi coge lo que le interesa, indaga aquí y allá, coge lo útil, prescinde de las partes bastardas. La suya no es una batalla en la periferia de la ciudad: un disco como La última estación se defiende bien en los grandes escenarios, en los clubs o en la intimidad. De hecho, eché el disco al iPhone y paseé el pueblo como si las letras de Xavi me lo contaran de nuevo. Es una colección de canciones urbanas, arrebatadoramente urbanas, sí, pero también tiene vocación doméstica. La inclusión de un par de tiempos menos adrenalíticos le dan la pausa que precisa para que no sea un subidón enérgico de pies a cabeza, del corte primero (un disparo con todas las de la ley) al último (Pensa en mí, una versión más que decente del clásico de Oasis, Stand by me). El trabajo de Wences Sánchez, que co-produce, toca batería y bajo, y el de Xavi, con guitarras y voces es impecable. Además el disco suena muy bien.


Espero también que la estupenda voz de Xavi (personal, de inmediato asiento en la memoria) se pula y dramatice con más intensidad. A Neil Young, por citar otra vez  un grande del rock, se le afinó esa carencia cuando ya había hecho discos enormes. Fue capaz de registrar inflexiones nuevas, matices que no están en unas canciones y, en cambio, se hacen obligatorios en otras. Hay muchas voces dentro de la voz de un cantante, sea de rock o de boleros. Así que Xavi, que tiene una manera de cantar muy específica, aceptará de buen grado que es ése uno de sus trabajos. Lo acometerá bien, no tengo duda en ese aspecto.


Entiendo poco de cómo funciona el negocio de la música para saber cuál es el siguiente paso. Sé que Xavi las tiene todas consigo. Posee la vitalidad y la ilusión, una voz contundente y unas ganas enormes de correr por el mundo, pero no le falta el talento. Hay mucho en La última estación y lo hubo en Historias varias. El que falta se aposentará con el tiempo, conforme escuche más música y crezca como intérprete y como persona. Hace bien en aprovechar la juventud y tocar casi con toda probabilidad la única música que responde a todas las preguntas que la juventud suele hacerse. Tal vez no sean respuestas lo que hay en el disco, sino más interrogantes, más dudas en todo caso. Hace muy bien en confiar en las redes sociales, en los videos en youtube (Ay Diana es una pequeña obra maestra) o en salir a la calle con el disco en los dientes y venderlo a cara de perro. Porque son malos tiempos y no hay mejor aval que uno mismo, exhibido, ofrecido como él lo hace, con humildad (aseguro que en lo que le conozco es un tipo sencillo y asentado en la tierra) y con la certidumbre de que su trabajo es el mejor que ha podido facturar. A mí me ha correspondido recibirlo en casa (lo cual fue un verdadero honor) y escucharlo con calma para que todo lo que aquí he reseñado no reste ningún mérito ni deje en el olvido ninguna falta. Ya comenté Historias varias por aquí. Cuando saque el tercer disco, espero que no se haga esperar, estaré encantado de volver a dejar unas notas. Que dé muchos conciertos, que venda mucho, que se vea a Xavi por todos lados.

Ah, una última cosa: la portada de La última estación gana por goleada a la de Historias varias. Claro, todo son apreciaciones, formas de ver las cosas. A él le toca (una suerte) el trabajo grande de hacer un disco y a mí el recado suyo de que le haga una reseña. Espero que la reciba con una sonrisa. Yo sigo agradecido por la confianza.



Si alguien desea escuchar y tener La última estación aquí lo tiene fácil.

Página web: www.xavinuez.com 

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