29.12.15

Lost hype



Se crean hypes. Una vez que un hype alcanza cierta cota de relevancia no hay vuelta atras. Un hype, una vez viral, es un big bang, una epifanía. Guardo en mi disco duro algunos hypes que me han desvelado. Noches enteras considerando la posibilidad de dedicarme enteramente a ellos o renunciar a su influjo y seguir practicando la vida rutinaria que solía. Un hype, si se trabaja bien, puede ocupar un sector virgen de tu cabeza. La mía, talludita ya, hecha a ir y a volver y a disfrutar del trayecto de ida y del de vuelta, necesita un reboot. Manejo estas palabras de poco asiento clásico porque no tengo otras más a mano. Esta noche he soñado que un hype, uno a lo Abrams, se asentaba en lo real, mezclándose en mis conversaciones de taberna (hace un rato que vengo de uno, bien abastecido y feliz como suelo) y adquiriendo el rango de verosimilitud con el que ya soy capaz de entablar un diálogo de tú a tú. Es como si la iniciativa Dharma, sigo con Abrams, se apostara enfrente de casa y a diario viese cómo se mueve la calle. Quien haya visto Perdidos sabe de qué hablo. Si la ficción se acuartela en la realidad estás en manos del caos. Ya he hablado del caos, pero nunca se habla lo suficiente. Estoy por abandonar el estado armonioso en el que me encuentro y librar la batalla definitiva con el reverso de la fuerza. El lado oscuro me llama. De verdad que hay días en los que uno no sabe a qué aferrarse. Lo peor, no lo malo, lo peor, es que un hype se te cruce por el camino, te mira a la cara, te mire fijamente encima, y discurras con él, lo integres en tus emociones y te pongas a almorzar pensando que en la siesta vas a flipar con todos los spoilers que te cuenten. Debería haber un mecanismo que prohíba que los spoilers invadan tu sueño. Luego buscaré una aplicación que maneje estas reflexiones y las tenga bien integradas en su cadena de ceros y de unos.

27.12.15

Esta noche negra lo mismo que un pozo


La idea que se tiene de la memoria es siempre falible. Cree uno que existe una propiedad de lo registrado, pero todo se deja contaminar por la imprecisión, por el veneno del olvido, pero hay algo peor que olvidar. Lo que no se recuerda no importa. Es más lamentable (trágico en ocasiones) que nuestra memoria esté invadida por todas las demás, por las palabras que no hemos dicho y por las historias que no hemos vivido, no al menos en primera persona. Por eso leemos. Por alimentar la memoria y hacerle creer que hemos estado en lugares fantásticos, algunos a los que ni siquiera nuestra imaginación alcanza. Por eso necesitamos la imaginación de los otros, la fantasía de los que escriben para que podamos vivir las vidas que no nos pertenecen. La memoria se construye leyendo. O viendo cine. Todo lo que la realidad no nos ofrece y está codificado en los libros, en las películas. No habiendo estado nunca en Nueva York, la siento mía. Conozco calles, plazas, miradores. Habrá quien haya venido a Córdoba y posea de la ciudad, la mía en este caso, una idea que no he adquirido jamás yo mismo. La lectura es una especie de viaje absoluto, uno que se emprende en soledad. Igual que no podemos leer en pareja, ni se hace una lectura con un grupo (sí, se hace, las hay muy buenas, pero ésa no es forma de leer, no lo es) tampoco deberíamos viajar con otros. El verdadero viaje debería ser siempre solitario. Uno viaja solo. Llega solo, camina solo y regresa solo. Como la vida misma. Recuerdo un personaje de Updike, no sé de qué obra, que era capaz de vivir enteramente con sus recuerdos. No precisaba ninguno más. Le valía ese inventario. Venía a decir, de verdad que está esto en bruma, como si la misma memoria me estuviera poniendo a prueba al saber que escribo sobre ella, que incluso no se precisaban una cantidad enorme de recuerdos. Bastaba con unos pocos. Si el memorista estaba instruido, haría por adornar lo que flaquease, dándole la veracidad que no poseían. Al final, no se trata de haber vivido algo, sino de que alguien te lo haya contado con la suficiente eficacia como para que parezca que en verdad lo has vivido. Todo eso lo sabían los novelistas decimonónicos. Toda la Gran Literatura juega con esta teoría, la hace suya, la consuma, la sublima. Hoy, en la cocina, escuchando Ay pena, penita, pena, el clásico de la copla, el que escuché cien veces, quizá quedo corto en eso de cien, recordé cosas que andaban perdidas. Juro que estaban perdidas. Bastó la magdalena de Quintero, León y Quiroga. Qué grandes fueron, qué poesía guardaban esas letras. La memoria es una noche negra lo mismo que un pozo. Juanito la canta muy bien.

26.12.15

El orden aprendió del caos

El orden aprendió del caos. El mío va a trompicones. No se me da bien el orden y tampoco me siento a gusto en el caos. Si tuviera que elegir uno, elegiría el caos, el bendito caos, pero no sería bueno para los que me rodean. Me dirían cosas que no serían bonitas. Entiendo que es el orden el que hace que el mundo funcione. Sé que la gente ordenada, la que sabe dónde están las cosas y en qué lugar encontrar lo que andan buscando, son las que salvan el mundo. Y yo agradezco que haya gente así. Tengo buenos amigos que son un prodigio en eso, en el orden, pero yo admito que soy un aprendiz mediocre. Me cuesta, me duele a veces. Moriré, pues tal cosa tendrá que llegar, sin que el orden sea una de las virtudes que salgan en las conversaciones del velatorio que se me rinda. Dirán lo que quieran, no sé ahora qué podrían decir, pero la palabra ORDEN no saldrá. Conste que me esfuerzo, mucho, en serio, pero hay algo que no me cuadra. Todo lo que me gusta proviene del caos. Es en el caos, en el bendito caos, en donde mi alma goza. Es en ese caos en donde mi creatividad, la poca o la mucha que tenga, siento que brilla. No es que brille de verdad, cómo podría decir yo eso, pero yo la siento brillar, y disfruto con la luz que emite. Cuando vuelva el trabajo, que volverá, mi cabeza se recompondrá, hará las cabriolas que precise para integrarse en la (también) gloriosa rutina, la bendita rutina. De hecho hoy, para ir entrando en calor, estoy ordenando el cuarto en el que escribo. No es cosa de que yo ahora describa ese cuarto. Es un tributo a mi persona, a mi hiperbólica fascinación por hacerme de todo lo que me gusta, y no caben ya más libros, ni más discos, ni más películas. Así que hago espacio, busco huecos, ordeno rincones, le dedico la mayor de las atenciones, le doy el mayor de mis afectos, y luego cierro la puerta, miro la obra, pienso en cómo quedó y me tumbo, contento de lúpulos y de maltas, a echar la siesta. No tengo remedio,

24.12.15

Cuatro cuentos y una canción de Navidad / 2015




Tenemos una costumbre buena, la adoramos, festejamos su inicio y luego nos sentimos muy orgullosos de que no flaquee y los años la refuercen, hagan de ella un clásico. No hay Navidad, no la hay, sin que cuatro amigos (Marisa, Fran, José Antonio y un servidor de ustedes) escriban un cuento. No tiene que ser alegre, ni triste. Puede ser oscuro, puede ser melancólico. Incluso alguno habrá habido en el que brillara un poco la esperanza de que un mundo mejor era posible. No se si tal cosa ha pasado. Las cosas siguen a su aire, como si se obcecasen en contrariar la buena voluntad de los que nos empeñamos en que de verdad la felicidad resplandezca. Resplandecer: muy pomposo me ha quedado. No voy a corregir: resplandecer. Dejo aquí mi cuento, una parte de él, como todos los años. La empiezan a leer aquí y siguen a la página de José Antonio, mi hermano norteño. Él es el que pone en orden el caos. Y ahí, en su Antártida, que es mía también, leen la entrega de este año. Cuatro cuentos, cuentos. Y un canción de Navidad. Este año, sin que siente precedente, Wham!.


ASTRID Y EL BUEY TOSCO Y PANZUDO
por Emilio Calvo de Mora
Los días felices
A Astrid la queríamos porque era resuelta en las fiestas, no se cohibía, le daba palique a los nuevos y bebía como si le faltara el aire. En algunas ocasiones, en muy pocas, sumaba a esas virtudes la de encamarse con alguien. Dejaba la puerta abierta y miraba por encima del hombro del que la montaba, por ver quién pasaba por el pasillo, por hacer ver qué mayor era y qué desenvuelta. En todo lo demás, mostraba la misma resolución. Apenas callaba, aunque dejaba hablar. En los bares, cuando los ocupábamos en manada, iba de aquí para allá, sin detenerse más de la cuenta con nadie, sin dejar a nadie sin saludar o a quien contar o que le contaran. El pelo corto y rubio, cortado a lo tazón, los ojos azules, de los que era imposible no prendarse, le conferían un ascendente nórdico. Alta, de una altura imprudente para una mujer extraordinariamente guapa. Y un poco hombruna también en el andar, en algunos gestos, hasta en el modo en que se sentaba o en cómo cogía el cigarrillo, Siempre pensamos que no era Astrid, ni Ingrid, como a veces le decía; no se preocupaba de aclarar nada, incluso fomentaba toda esta bendita imprecisión. De Astrid o de Ingrid disfrutamos aquellos años de facultad. La amábamos todos. Unos más que otros, pero de los que la tuvimos cerca, todos hubiésemos hecho algún pacto con el diablo por ganarla y saber que ella correspondía a ese amor pactado. En el bar en el que ponía copas, uno de mucho tirón entre la casta universitaria, la apreciaban mucho. El dueño, un tipo gordo y sobón, de poco o ningún encanto personal, pero ladino como pocos en el negocio, la tenia bien mirada. Él sabía que íbamos a verla y que dejaríamos de ir si ella no estaba. Recién separado, por el modo en que la miraba, sospechábamos que él también se hubiese arrimado al demonio y le hubiese dado la mitad del negocio por hacerla dueña de la otra mitad que quedaba.

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22.12.15

Loterías

Es más que posible que sólo sea el dinero lo que nos iguale a todos, el afán por tenerlo, el vicio a veces de gastarlo. Todo lo demás pasa a un irrelevante segundo puesto en esa lista de adhesiones. Lo que fascina en este día, el día en que la suerte te abraza o te da de lado, es la sensación de que no importa nada de lo bueno o lo malo que has hecho, si has trabajado duro para labrarte un porvenir (eso que decían las abuelas) o si no te han dejado ni catar un trabajo y ver qué se siente. Importa el azar, la dulce certeza de que el destino ha estado a tu lado siempre, pero es ahora cuando te lo ha hecho ver. Viendo en televisión el carrusel de números, las impostadas y cantarinas voces de los niños y las niñas de San Ildefonso en el Teatro Real, se me ocurre que yo nunca seré uno de esos agraciados. Lo pienso cada año. No me quiere la suerte. Tendrá de mí la opinión que me perjudica. Justamente ésa. Porque la suerte tiene opinión. Es la que mueve los números. Caen como lo hacen porque ella los gobierna. La fe que no tengo en asuntos religiosos la cubro con creces en estas nimiedades del pensamiento ocioso. Qué se le va a hacer. Llevo tres días de una ociosidad que me está alarmando. Hasta he escrito un relato de los largos. No parece ni mío. Y estoy poniendo en orden lo que andaba desordenado. Luego me ocuparé de mí. Lo haré, ya que la suerte no me mira siquiera. Menos mal que estamos moderadamente bien de salud y el amor, eso si, me tiene entre sus soldados. De todas maneras, ojalá cambien las tornas este día soleado de números y de bombos. Ojalá a vosotros también.

15.12.15

CURSO DE LINGÜÍSTICA GENERAL


Lo más fácil es juntar cuatro o cinco palabras en una frase y esperar unas horas a ver qué pasa. Hay palabras feroces que se bajan de renglón y acaban a pie de página en una soledad que conmueve muchísimo. Otras se arriman, blandas y cómplices, como algodón de feria, a donde buenamente pillan y parecen alemanas por su desmesura y exceso bizarro. Un día cogí cinco verbos copulativos. Los metí en una caja de zapatos sin zapatos, una antigua, a la que tenía verdadero aprecio porque guardó fotos hasta que dejamos de verlas en papel, y los zarandeé un rato. Durante tres o cuatro días oí unos ruidos suaves, algunos musicales, otros, entrecortados y como minimalistas. Ruidos de una timidez sobrecogedora, en todo caso. Hubo hasta un jadeo o lo que yo imaginaba que era un jadeo que alteró vivamente a mi madre. Ese día me habló de cuando era joven y mi padre la cortejaba. Los días felices de la espuma, contaba. En la felicidad, la vida semeja la espuma, su vocación de bandera, su efervescencia sin cabeza. Cuando abrí la caja encontré once verbos. Uno, recién alumbrado, olía todavía a letra inocente, sin pulir. Si la empresa tiene un alcance mayor y metemos cincuenta adjetivos superlativos en un cajón de la mesita de noche, suele pasar que el sueño se nos presenta espeso, levantisco, reventón de persecuciones por callejones oscuros como de West End. Un amigo me contó que su empeño en esta vida es mezclar palabras de varios idiomas en una media de señora, pero no le prestan ninguno y a él igual reparo le da comprarla que pedírselas a su madre y a su hermana, ya talludita y sin novio con el que fatigar parques. Yo le he ofrecido la media de mi abuela, pero sabiendo a qué me puedo exponer y qué explicaciones tendría que dar he preferido no insistirle y esperar que mi ofrecimiento no prospere. Por puro amor al peligro, probé dejar caer ocho palabras polisílabas sobre un espejo. Los espejos (la cita no es mía) son abominables porque vienen a duplicar la realidad. La palabra fantasmagótico cayó boca abajo y se la vio sangrar por una sílaba muy débil que tenía. La vida secreta de las palabras, la que pocos conocen, es una historia alternativa de la propia literatura. Tiene sus autores secretos, sus clásicos invisibles. La palabra aromaterapia cayó boca arriba y, de súbito, fue cubierta por una preposición muy lúbrica que la sobó con delectación en la sílaba con diptongo de modo que la palabra infló su vientre y dio allí mismo unas vocales extra lindísimas que fueron escurriéndose por el doble corazón del espejo hasta desplomarse sobre el suelo, que estaba ocupado en ese momento por nueve o diez frases adversativas en búlgaro antiguo que nadie entendió. Lo más hermoso del mundo es partir una palabra en pedacitos y observar el comportamiento de esa ruina semántica. Hay letras que jamás vuelven a dejarse querer por el tacto untoso de otra letra. Al quinto o sexto día del declive, la letra así arrumbada se empequeñece al tiempo que se retuerce: ya podemos considerar que la letra está enfilando su muerte. Ver morir a una letra es una experiencia tristísima comparable únicamente a la mutilación de un sintagma o la supresión de una tilde en una palabra aguda terminada en ene. Yo ya me he resignado a soportar estas experiencias y no hago esfuerzo alguno por reprimir el dolor o a contener el llanto. Un llanto cercenado por la razón propicia otro llanto oculto que no puede ser cerrado de ninguna forma. Anoche lloré por un verbo llano que murió de frío .Ahora mismo estoy tengo el corazón partido por la fuga de unos adjetivos que tenía yo en mucha consideración. Ni mi madre, tan pendiente de mis cosas, ha sabido consolarme. Las madres nos confortan, pero jamás llegan a conocernos del todo. Ni nosotros a ellas. Daré con las palabras que resuelvan esta incomodidad familiar. 

13.12.15

Sinatra, cien años



Hay fotografías que registran todo el esplendor del modelo que las ocupa: captan una esencia, el magisterio de su oficio, cierta voluta invisible de rara perfección que incluso ellos mismos desconocen y que la cámara roba. Hay quienes, gozando de genio, no han sido pillados en un momento de esta vehemencia estética y quienes, no abundando en carisma ni en talento, tienen la bendita suerte de que un fotógrafo, tocado por el numen infinito, los salva del olvido y los eleva, merced a quien sabe qué inargumentables premisas, al olimpo mismo.

Esta fotografía de Frank Sinatra, en el antológico estudio de Capitol, donde grabó sus discos clásicos, cantando tal vez Love's been good to me o Angel eyes (que era una de sus favoritas) o I've got you under my skin (la mía, una de las mías) pertenece al muy escaso inventario de obras maestras en las que se matrimonian todos esos elementos infinitesimales que procuran, al final, todos ya hilvanados y en armonía, la perfección misma. Yo no me canso de verla. Además sé que detrás de la foto está la música: la que me ha hecho feliz y me ha entristecido, la que me ha zarandeado y me ha abandonado después sin atenciones, la que me ha dado más que mucha gente con la que comparto conversaciones y gestos. Eso tiene Frank Sinatra, eso da su voz. Ninguna que yo recuerde, ni siquiera la de Billie Holiday, lograba transmitir la complejidad del alma humana como la que impostaba Frank.

Ahora que cumpliría cien años, la televisión programa homenajes; cortos algunos, de cierre de telediario de las tres y, como anoche, más sentidos, de mayor fuste festivo, como el que colocó Informe Semanal en una de sus piezas. Me emocionó ver todas esas imágenes, escuchar trazos de todas esas canciones. Por la noche, mientras adecentaba el ordenador, quitando de aquí y de allá, revisando carpetas de trabajo y de ocio, abrí una en la que coloqué las diez canciones a las que más me  acerco, con las que he mantenido una intimidad más elocuente. Luego puse el disco que le hizo Bob Dylan a principios de este 2015, Shadows in the rain. Me pareció admirable que incluso en la voz rota y sufriente del viejo trovador las canciones de Frank Sinatra, que ni siquiera eran suyas, suenen a Frank Sinatra, aunque las decore con raspaduras de blues y de country, a pesar de que las enmascare, las embosque y las vista de turbiedad. Lo demás, las adhesiones a la mafia, los saltos de cama en cama, la morralla biográfica, tan abundante, no importa. Dura la voz, dura el estilo. Porque lo suyo, ya lo saben, no era cantar bien: era crear un estilo. 

10.12.15

Zapatos

Volver a casa despacio, demorarse en los escaparates de zapatos, pero no nos interesan los zapatos, sólo atisbamos el color, la horma, el brillo, pero no el zapato, casi nunca el zapato, que no está, que nunca ha estado a fuerza de ver únicamente el color, la horma, el brillo. Así ese zapato invisible del escaparate, fijados en todos nuestros sentidos, nos escolta a casa, pero la casa no está, permanece la puerta, el armario para el abrigo en el hall, un pasillo que se antoja siempre excesivo a cuyo fatigado término no es posible encontrar ninguna habitación, pero allí están los libros, los discos, el confort previsto, el refugio conocido, los amigos con los que se cuenta para escalar la dura cumbre de los días, la oscura casa de la noche. Charlie Parker y Milan Kundera esta noche.

9.12.15

La casa

Que la casa sería enorme para los dos lo supimos antes de entrar y verla en detalle. El agente inmobiliario se prodigó en atenciones, pero sobraron todas. Nos agradó esa ampulosidad, aunque por razones distintas. Ella tendría espacio para perderse. Yo para buscarla. No había que confiar en que un pasillo nos encontrara. La casa le dio a ella una felicidad nueva. Se entretenía en el oficio de mantenerla pulcra y presentable. Compartíamos una comida frugal a mediodía, antes de partir yo al trabajo. A la noche, en el regreso, la buscaba, sin éxito. La imaginaba en el sótano o en el ático. La veía en el salón haciendo punto o viendo revistas antiguas. Fantaseaba con la posibilidad de que el azar aliviase la soledad en la que vivíamosl En ocasiones, me lo confesó en cierto ocasión, aunque yo lo sospechaba, no cenaba. Nunca nos vinculó la cama, aunque alguna vez me confesó que era atento y que le complacía que yo fuese tierno y no me quedase después. Tampoco yo necesitaba ese trato de la carne, ni me entusiasmaba conciliar el sueño a su vera. Uno tiene vicios en el sueño que no desea compartir, o eso he ido creyendo en estos años. La casa consentía que no tuviésemos que acatar las convenciones y los hábitos tan normales en otros matrimonios. Anoche quise encontrarla con más determinación que otras veces, pero, al poco rato, me rindo y dedico el tiempo encontrado en esa rendición a ver la televisión o a releer alguna novela. Una vez quise de tal modo encontrarla que abrí todas las puertas de la casa. No di con ella. Esta mañana la he visto en la planta baja. La atareaba la ropa recién cogida del patio.  La oigo ahora cerca. Canturrea. Limpiar la casa es hacerla todavía más grande. Ella no lo ignora. He querido ver en estos signos de distanciamiento una evidencia de que ya no nos amamos. O de que hemos muerto y en la muerte el amor no acepta las rutinas que antaño le eran tan gratas. Me da a veces, cuando me aburro, por componer la figura de esa muerte alegórica en la que los amantes, tocándose, se pierden y, en el abrazo encontrado, se hallan y reviven. Estamos destinados a querernos así de esta forma tan quebradiza y fugaz. No hay deseo en ninguno de que esto deba preocuparnos. Ninguna voluntad hará que anticipemos el final previsible, ningún desenlace improvisado nos inquieta. Ya nos ha pasado antes y hemos salido. Es hermosa la certeza de que duerme en esta casa y de que, si grita o llora o se ríe, yo la oigo. Ella, por su parte, me mira con el afecto de siempre, me sonríe, me toca a veces la cara y me susurra al oído palabras que no confío en que nada entienda.

5.12.15

Bola de amor



Uno no sabe a veces las causas, ignora los porqués. Cuando se precisan, en el momento en que hay razones, todo empieza a desfilar más rutinariamente. No tengo nada contra la rutina, En ocasiones, la abrazo y me conforta. Otras, huyo de ella, la desprecio, me perturba, me hace sentirme mal conmigo mismo, que es una de las peores cosas que le pueden pasar a alguien. El amor que le profeso al cine proviene de películas como Bola de fuego. La vi una noche, no sé qué edad tenía, pero no más de diez o doce años. No era la primera película que me gustaba, pero fue la primera a la que le concedí esa atención especial que no había dispensado a ninguna. Algo parecido a lo que sucede con el amor, cuando llega. Hace mucho tiempo que no la veo. Lo que guardo de ella dudo que se contamine con lo que ahora me cuente. La tengo en la bandeja del DVD. Me la voy a despachar en cuanto cierre este post. Creo que volveré a entonces, cuando había visto algunas películas, aunque ninguna había prendido. Las cosas, al prender, adquieren un rango distinto, ocupan una dimensión distinta, se hacen íntimas. Esas son las verdaderas propiedades. Y todavía no alcanzo a entender qué hubo, qué se produjo para que Bola de fuego, del inmortal Howard Hawks, esté en mi cabeza casi plano a plano y recuerde con absoluta nitidez las voces del doblaje y los gestos e incluso, si me apuran, restos del diálogo. Es el amor. No puede ser otra cosa.

2.12.15

Lo que tenemos, lo que no


Se sabe poco de lo que nos complace de verdad. Es más creativo el dolor. Hay más escrito sobre él, se tiene una noción más fiable de lo que nos duele, se crea un vínculo mas poderoso con quien compartimos una tragedia. Incluso conforta la sensación de alivio absoluto que produce su finiquito. No debería ser así, no habría que dejarse fascinar por lo que nos reduce. Al mal, cuando sucede, se le concede más atención que al bien. En cierto modo, pensamos más y pensamos con más ahínco cuando somos arrollados por él, cuando nos invade. Hasta podríamos decir que se afinan los sentidos y se pondera todo de un modo en que no lo hacíamos antes. No sucede así si es el bien el que acude. En la felicidad o en la alegria o en el goce, en esos momentos en que nos traspasa un ardor vivo, una especie de plenitud, nos bloqueamos, no pensamos, no le damos la entereza con la que despechamos su reverso. Ahora que vienen los días de estipendio salvaje, conviene pensar en si nos conforta adquirir, si las propiedades a las que accedemos, esos pequeños o grandes objetos, procuran que vivamos mejor. No hacen que sea peor vida; tampoco una particularmente mejor. Con lo que compramos, mantenemos una relación íntima, de una intimidad en ocasiones mayor de la que dispensamos a las personas que nos rodean. Se ama la casa de campo que adquirimos o el coche o el último modelo de móvil, al que le procuramos atenciones, afectos y mimos que no siempre aplicamos a las personas. Quizá sea el hecho de que, salvo que se estropee o pierda la configuración de fábrica, un móvil no nos va a mirar mal o no va a escucharnos cuando más lo necesitamos. Incluso han inventado una entidad fantasmagórica en el iPhone, de voluptuoso nombre, Siri, que funciona a modo de gran bola de cristal, contestando con formidable sentido del humor - mecanizado y programado y previsible a veces - a todas las dudas que le vamos planteando, desde quién ganó Wimbledon en 1976 a si Dios existe o la propia máquina, considerada como algo real, susceptible de padecer las humanas pasiones, tiene novia, a lo que responde que ella sólo siente circuitos, no un corazón, como el hombre de hojalata de la historia de Oz. Pero estamos cargando más objetos de los que podemos atender, más de los que sabemos atender. Nos sentimos bien - se trata de eso - cuando traemos a casa una televisión inteligente - no dudo que más que muchos de sus dueños legítimos . o esa chaqueta de cuero que siempre vemos en el escaparate y miramos con profundo arrobo. Al comprar, en el instante en que un objeto pasa a ser una extensión de uno mismo, en esos casos estrictos, se produce una extraña armonía entre el cosmos y el alma. No es una armonía espiritual, no puede serlo, no entra que lo sea: es una de esas revelaciones bastardas, de poco asiento en el espíritu, que terminan por compensar justamente lo que no poseemos.

Sólo es nuestro lo que perdimos, dejó escrito Borges. Es posible que también nos pertenezca lo que no tenemos, y vivir sea un enconado esfuerzo por apropiarnos de ese inventario de cosas dispersas, útiles unas, absolutamente innecesarias otras, con las que adornamos, en ocasiones, el vacío. Es un concepto curioso, el vacío. Hoy mismo, en un pequeño atisbo de vacío y de desubicación que he padecido, una ráfaga de vacío, por lo demás, he pensado en que no podría llenarlo con nada material. Lo acometí con cierta complacencia. Conseguí, en cierto modo, acomodar el vacío, hacerlo doméstico, robarle esa trascendencia que se le asigna, a voluntad o sin ella. Me reafirmé en la idea de que no tenía nada que pudiera derrotarlo. Nada que yo pueda coger o en donde pueda refugiarme, ninguna cosa que yo haya podido comprar o me hayan regalado. De pronto sentí una muy viva sensación de confort. Sentí (o creí sentir, ya digo que eran pensamientos fugaces, ideas peregrinas) placer en esa pobreza de pronto descubierta. No quise nada, sólo caminé, miré los árboles que jalonaban a mi derecha el paseo y aspiré con firmeza el aire de la mañana, el aire frío, que me alivió. Fui dueño del aire. Lo abracé, me abrazó, nos quedamos así los dos, hermanados, como en un dulce trance. 

27.11.15

Mejor una rana que habla


Afortunadamente los cuentos ya no son lo que eran. Estoy con quienes los pervierten, con todos los que les dan la vuelta y hacen que las princesas prefieran a una rana que habla antes que a un príncipe. El asunto de los cuentos no es una materia inmutable, a la que no se pueda meter mano, con la que no podamos mantener un diálogo íntimo de donde salten chispas. En cuanto se conmuta el sentido primordial del cuento y Caperucita se zampa al lobo, los niños escuchan, dibujan el asombro conforme van abriendo la boca, de puro pasmo. No hay mejor voluntad que la voluntad incómoda, la que gusta a unos y, sin que vayamos a esforzarnos por evitarlo, moleste a otros. Está muy bien eso de molestar. Con matices, con los matices previstos. Los del respeto, los de la armonía entre los distintos, pero está bien meter un poco de humor o quitarle un poco de gravedad a los clásicos. Mejor la rana que habla. Mi amiga Isabel Huete lo tiene claro. Yo, con ella. 

26.11.15

Cien novelas en la cabeza



No creo que Stephen King sea nunca mi autor favorito. Ni siquiera que entre en el parnaso de los que me hicieron sentir mejor persona o me iluminaron cuando me abrazó la tiniebla o me emocionaron hasta las lágrimas cuando mi corazón, desbocado y solo, era un músculo sensible y muy torpe. No hay nada en su escritura que merezca un alegato profundo, pero conozco pocas que fluyan como la suya. Las tramas que fabrica son impecables. Incluso cuando son malas, rehusables, de poco interés, tienen lo que algo de lo que otras (más redondas, de mayor asiento literario) carecen. Es la narratividad, esa facultad natural de contar y de hacer que lo contado parezca un río, uno fluyendo hacia el final, que a veces no es enteramente el morir. No hay novela de King a la que no se le puedan aplicar esas bondades, de las que no se extraiga la conclusión de que nos entretuvieron. No sé qué otra cosa debe buscarse o cuál es más importante que mismamente ésa, la de hacer que el tiempo se adelgace y nos dejemos invadir por lo que no existe, por las historias puras, sin el relleno que no nos importa, sin la habitual floritura que en ocasiones hacen que el producto gane en prestigio (qué es es eso del prestigio) pero malogre su fiabilidad lúdica, ese espacio en el que el lector descubre que tiene en sus manos la historia perfecta, la que andaba buscando, la que (en cierto modo) le va a reconciliar con el mundo, incluso consigo mismo. Eso lo consigue Stephen King como pocos. No porque sea deslumbrante su prosa, no. No creo que King tenga entre sus consideraciones la estilística, la que hará que un año de éstos le den un Nobel o un premio de alguna asociación de críticos sesudos, de los que leen a Pynchon y a Frazer y desmenuzan hasta el desmayo la escritura, encontrando lo que ni el propio autor sabía que estaba. 

Ahora estoy leyendo Revival, la última que ha escrito. No llevo lo suficiente - la mitad quizá - como para escribir sobre ella. Sí es bastante para concluir que es el mejor King de los últimos tiempos. 22/11/63 ya era muy buena. Y Joyland. Parece que el hombre está en trance. Nuevamente en trance. Se le irá el numen. Suelen irse. Hará alguna novela mediocre, alimenticia, de las que se venderán en las grandes cadenas al lado de las otras, de las novelas de prestigio, de lo que los especialistas consideran excelentes, exquisitas, las llamadas a ser clásicos. No debe envidiarles: él es ya uno de esos clásicos. No sólo por las cincuenta (he leído eso) novelas que ha facturado, sino porque muchas de ellas (Misery, Carrie, It, El resplandor, Joyland, La zona muerta, Dolores Claiborne...) son algunas de las historias que más me han atrapado de cuantas he leído. Y son muchas. De Stephen King admiro su prolijidad. No hay mejor oficio que el de escribir si no tienes otra cosa que hacer o si no has hecho otra cosa en tu vida. Morirá con una novela en la cabeza. Estoy deseando que la lea mi amigo Antonio. Tiene una balda en su casa con novelas de Stephen King. Una balda completa. 

Escribir



No es lo mismo escribir en pijama, uno sobrio, sin adornos, de tela recia o uno más liviano, al que aplicamos el batín favorito, el de cuadros a lo Pollock, que escribir con un abrigo de tweed, un abrigo de peso considerable, con bolsillos generosos, uno de esos abrigos que duelen a la vista en el verano, pero al que en invierno, cuando el frío arrecia como sabe, damos la mayor de las consideraciones y miramos como en ocasiones, no siempre, se mira a los hijos y se entiende que son una parte de nosotros mismos. Cómo nos vestimos o nos dejamos de vestir debe afectar de algún manera al modo en que escribimos. No dudo que calarse una boina o forrarse el cuello con una bufanda de lana de calidad ejercerá en la escritura un influjo no apreciable en el hipotético caso de que uno, en el momento de sentarse y empezar a escribir, ande con un chándal de marca o con un traje de chaqueta o en cueros vivos, que es la forma idónea para escribir sin la trabazón de lo textil, como si lo escrito viniese en tromba, revelado por una entidad superior con la que acabas de entablar un diálogo secreto. Quizá siempre exista esa intimidad entre lo que no conocemos y uno mismo y no haya procedimiento que la manifieste. Se ha escrito mucho sobre los estímulos creativos, sobre ese momento sublime en que se produce el rapto, esa especie de iluminación festiva y abrasadora en la que las palabras fluyen y quien escribe, lo haga como lo haga, cree estar en posesión de la llama de la verdad y de las razones últimas del universo. No sé si se habrá escrito mucho sobre cómo nos vestimos para escribir. Si conviene cierta extravagancia. No la clásica, la que consiste en recibir el abrazo de las musas en un bar (Joyce los cerró todos, el muy bebedor) o en la cama (Onetti escribía y soñaba o viceversa) o en una habitación cerrada completamente, sin que pudiese ingresar ninguna luz exterior, iluminada con el pudor de una lámpara únicamente (Frazer es, en ese aspecto, un maniático de primer orden). Víctor Hugo escribía desnudo, lo cual no es un pensamiento agradable al leer Los miserables, ni (tal vez) oriente su trama o la influencie de algún arcano modo. Ya digo que andamos especulando, que es un oficio muy de escritores y del que, la mayoría de las veces, no se extrae nada relevante.

A mí me fascina el Pío Baroja de la fotografía. Admiro su actitud, su entrega absoluta. Imagino que no he tenido la posibilidad de ver cómo me comporto yo cuando me siento a escribir y que, de tenerla, sentiría también algo de esa fascinación primitiva por la escritura misma, no por mí, pobre escribidor, modesto hilador de las historias, sino del acto fabuloso de crear algo donde antes no había nada. He visto a poca gente escribir. Parece un acto íntimo, confiado a lo privado, que no precisa que se divulgue. Con la lectura no hay tanto protocolo. Se lee en cualquier sitio. El lector profesional, en lo que yo aprecio, a lo que yo he visto, no ofrece resistencia a ejercer su vicio en cualquier circunstancia, por incómoda que pueda parecer. Es más, es la lectura la que hace que las circunstancias incómodas se arredren. Lee uno para no ver lo que tiene delante, se lee para que la realidad que nos circunde se desvanezca en favor de la ofrecida en lo leído. Las historias que nos rodean son sustituidas por las que buscamos en las páginas. Escribir es una lectura que uno se inventa. Uno escribe para no ver lo que tiene delante o para ver lo que no está a la vista o para convidar a lo invisible y que haga acto de presencia y anule, siquiera unos instantes, lo obvio, lo real, sea eso lo que quiera que sea. No se sabe qué habría delante de Baroja, qué deseaba censurar. Si su ropa, que no soy capaz de borrar de mi cabeza, guiaba su mano, si podríamos barojizarnos al vestirnos como él y dejar el editor del blog y coger una pluma y escribir con la letra menudita este texto. No saldría igual. Nunca salen dos textos iguales. Los podemos comparar y no hay evidencia que los hermane. Si yo ahora borrase este texto - ahora mismo, en este instante - no habría manera de que volviese a ser restituido idénticamente. Sería otro, siempre sería otro. Yo mismo, el Heráclito del río clásico, no sería tampoco el mismo. Aunque me calase una boina.

Luego están las distracciones. Hoy se escribe más distraído. Hay cosas que perturban la fluidez del texto. Está uno en más frentes y está de un modo intenso y continuo. No había entonces, cuando Baroja, móviles que a cada poco anunciaban lo que la voluntad ajena decidía. Ayer mismo, preparando trabajo, decidí apartarlo, llevarlo a otra habitación más apartada. Lo que aprecié fue una sensación nueva, nueva y agradable: la de estar verdaderamente volcado en el trabajo, sin otra preocupación que ésa, sin otro interés que finalizarlo y hacerlo concentradamente. Después, al cerrarlo, fui pasillo abajo y miré los mensajes, las notificaciones del whataspp, del facebook, del twitter y las llamadas entrantes no atendidas. Esa actividad, no frenética pero sí un poco mareante, me ocupó unos buenos diez minutos. Una vez zanjé esas obligaciones sociales, frías ellas, sin el armazón del afecto, volví a sentarme en el ordenador (eran cerca de las nueve) y me llevé conmigo el móvil. Lo puse bien cerca. Como al amigo que se abandona y al que de pronto se le concede el beneficio de la amistad y se le da reforzada y cálida y sentida. Se distrae uno, no está siempre en el tajo con la voluntad firmemente anclada al trabajo. No sé si hay manera de evitar estas frivolidades. O no lo son en absoluto y es el signo de los tiempos, el sencillo deseo de la modernidad.


24.11.15

Explayarse, exasperarse, extenuarse / Releyendo a Javier Marías




Muy contrariamente a lo que siempre se me dijo, leí ayer algo -muy por encima, en la obligadamente reducida pantalla del móvil -  sobre las bondades de explayarse. Lo podría haber expresado más concisamente, pero no me hubiese divertido igual. Cuento con que la brevedad no es enemiga de lo ameno o con que extenderse, en ocasiones, emborrona lo contado, lo hace perderse, no lo precinta en un espacio reducido, de fácil asiento en la memoria. Cuento (también) con la idea de que me gusta leer a los que se explayan o escuchar a quienes eligen el merodeo, sin procurar que una criba, una al menos decente, rasure la frase larga, la frase un poco crápula y libertona, que va a su aire y se sepa cómo empieza o en qué términos discurre, pero no el modo en que decae o el cómo - abruptamente - se extingue. No me entusiasma que la conversación, la hablada, se explaye más de lo conveniente, pero no siempre tengo a mano una idea exacta de conveniencia. Disfruto con los que, al contarme algo, se recrean en el detalle, amenizan la anécdota - muchas, además, muy escasamente narrables - con circunstancias periféricas. Hay cierto tipo de derroche semántico que me hace estar más atento a lo que escucho o a lo que leo. Lo contrario, la brevedad antes aludida, conviene a veces, por supuesto. El lenguaje, si es demasiado pulcro, no motiva. Hace falta enfangarlo algo. Por eso quizá me gusta Javier Marías cada vez más. No porque escriba mejor que otros, sino porque escribe de un modo que me atrapa, al que concedo una atención máxima, dejándome ir, consintiendo ese rapto hermoso de la frase. Vamos los dos sin pudor, por donde el viento dice. Reconozco que hay hartazgo, cómo no haberlo. Frases que no son explayamiento únicamente, sino que adquieren un rango hipnótico, del que no es posible siempre sustraerse, pudiendo (en una hipótesis traída muy a posta) deslindarse de ellas, no estar al cabo de lo que narran, prescindir de ellas en un extremo. Es la falta de equilibrio lo que exaspera de la prosa de Marías y, al tiempo, lo que la hace única. Quizá sea eso, el exasperarse, lo que la hace cautivadora, adictiva en muchas de sus novelas. Marías, incluso el más benigno, extenúa. Ya hay cientos de escritores que ejercen su oficio en la antípoda de Marías. Muchos que, a fuerza de concentrarse, de frenar el ánimo explicativo, buscan el paso fugaz, el relato exacto, sin la minucia que uno querría para saber más o para disfrutar del estilo. Tal vez sea eso, el estilo, de lo que estemos hablando. No de las tramas, ni de la voluntad firme de contar una historia y de hacerlo conforme a unas líneas o a un patrón, sino el traje con el que la cubrimos. El cuerpo narrativo está de fiesta en Javier Marías. Y entiendo que sea esa fiesta de las palabras, de su ir y de su no saber al lugar al que van o no tenerlo absolutamente claro, lo que disuade a algunos lectores, que reconocen al escritor, pero no halagan los vicios a los que se ha entregado. Se le ama o no se le ama: se le convida a la casa y le abrimos las puertas de nuestra intimidad porque amamos la conjetura pura que representa. La vida, al cabo, es conjetura también. Todo son caminos bifurcados en otros; caminos emboscados en otros; caminos ocultados en otros. Las palabras nunca dicen del todo lo que parecen. Existe un interior no siempre legible. Y ahí es donde entra ese explayarse, aunque exaspere o extenúe, ya saben. De los vicios, de los más aprendidos, no se tienen jamás razones. Se tiene fe en ellos. En el lenguaje, en lo que ofrece, también hay fe o algo que se le parece mucho. Estaré especulando. Hemos venido a este mundo a especular. Muy probablemente. Lo que no volverá, al menos no como aquella soberbia primera vez, es la lectura de Los enamoramientos o de Mañana en la batalla piensa en mí, con la que descubrí, allá en 1994, al autor. 

dispersiones

de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los verbos que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, no lo tengo casi nunca, aparento que hay uno, pero es un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda, me da lo mismo, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un marcas blancas, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, escribiendo en plan disperso, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, sabiendo de donde parto y mirando al lugar a donde acudo, no va a ser posible, al menos no de momento, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando en cómo será el día, hay días que valen por muchos, días en tromba, días con los que no contar después, días que no gobierna la cabeza, ni el corazón, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que se mete tres episodios seguidos de sons of anarchy, no sé qué habla el corazón, incluso cuando no habla, en esos momentos de rara quietud, está diciendo algo, siempre se dice algo, no hay ocasión en que no se exprese una voluntad o una carencia absoluta de ella, a veces no entiende uno los porqués, pero hasta esa inquietud se diluye, se va perdiendo, adquiere rango de cosa fortuita, de accidente, de mosca en mitad del brazo

23.11.15

Caer


En cuanto pueda me levanto y vuelvo a mi sitio, ha sido un golpe de calor o un golpe de frío o un golpe de público. Mi madre me lo dijo. Si ves que no vas a poder, no te metas ahí. Hay que ser muy disciplinado. Tú no has tenido disciplina en tu vida, hijo. Y no será porque no he intentado inculcártela. Las madres hacen muchas cosas, pero no las pueden hacer todas. Sí, claro que te levantarás, pero yo no me refiero a eso. Digo que ahora no podrás borrar de la cabeza de todos los que te vieron caer el hecho de que te caíste. Uno debe caerse solo. A salvo de los que miran, hijo. Si lo haces a la vista, no podrás hacer nada por enmendarlo, aunque no vuelvas a caerte nunca. La gente recuerda siempre las caídas. No ven nada cuando estás de pie, firme, orgulloso y entero. Sólo se esmeran si perciben una duda. En cuanto atisban un indicio de debilidad, aguzan la vista. la mantienen fija, por si algo relevante sucede y no han estado lo suficientemente atentos. Luego largan lo que pueden. Hay quien ha venido a este mundo a ver cómo se caen los demás. De ellos, de si pueden caerse o no, no piensan mucho. Yo siempre estuve muy atenta a esas cosas, hijo. Sabes que te llevé por el camino bueno, pero hay veces en que no es posible evitar venirse abajo. Al cuerpo no se le tiene nunca bien atado en corto. Tiene el cuerpo su voluntad, muy a pesar de que nos creamos sus legítimos dueños. Si naces para martillo es el cielo el que provee los clavos. Tu padre no se levantó. No es imprescindible caerse para no poder levantarse. A tu padre se le vio siempre caído, hijo. Por eso más vale tener una buena y luego incorporarte. Lo malo es que la gente no perdona, no olvida. De eso puedes estar seguro. Basta un descuido y ya no hay manera de reponer la idea que tenían de uno. Y tú hazme caso: la imagen lo es todo. Hemos venido a este mundo a ver y a ser vistos. No le des más vueltas. Todo lo que te cuenten es accesorio. La parte principal es la que te confía tu madre. Yo jamás permití que las cosas que hacía o las que dejaba de hacer fuesen la comidilla de la calle, pero me ha costado lo mío. Años de mirar por la ventana, por ver qué hay afuera. La vida es dura a veces. Uno cree que es un regalo, pero no lo es en absoluto. Se viene a penar a este mundo, y después para acabar en el hoyo. Tampoco se deja en paz a los muertos. Con ellos se aplica una dureza mayor que con los vivos. Tienes la ventaja de que no pueden rebatir nada de lo que digas. Ni los cercanos pueden. No se sabe nunca qué se hizo en vida. Si le dices a la viuda que el marido recién fallecido era un putañero y un crápula en sus ratos libres, tragará, como tragó antes. Y si duda, si se obstina en contradecir lo que le contamos, ya le dará de noche vueltas a la cabeza, cuando se acueste, en la quietud que precede al sueño. Hemos nacido para adorar al mal. Por mucho que el reverendo en la homilía cuente y cuente otra vez lo de poner la mejilla y el milagro de los panes y de los peces y la salvación por las buenas obras que hagamos. Yo llevo toda la vida siendo una madre buena y una esposa buena y no he tenido todavía una señal que me indique si el camino que he elegido es el correcto o hago algo mal. Seguro que si un día caigo en desgracia no habrá quien me ayude a ponerme en pie y arrancar a andar otra vez. Eso lo hacen las madres, hijo. Y no todas, no creas. Hay algunas que traen los hijos al mundo y después dejan que se descarríen y no les aconsejan ni les dan consuelo ni cobijo, pero en ocasiones una no puede hacer más de lo que hace, no se puede estar en todas, no hay manera de que la dejen, por más que insista una en que ahí tiene que estar tu madre. La que te coge y te levanta y te alivia y desafíe, con fiereza si hace falta, a quien te mire mal y te haga burla. No se puede borrar lo que hemos hecho. No está en mi mano evitar que caigas. Tampoco que puedas levantarte. Hay caídas terribles. Las ve todo el mundo. Estamos expuestos. No hay nada que hagamos que no esté a la vista y sea registrado. Ni a solas, cuando nadie te ve, estás a cubierto. Te ve Dios, que es la memoria de todos. Así lo decía tu padre. La de veces que le levanté, ya sabes. A estas alturas lo que me duele es no tener a nadie que me alce. Nadie que me cuente cómo no caer. Tendremos que pensar en si podemos estar ahí bien, en el suelo, sin miedo a qué dirán, sin pensar en qué haremos cuando estemos de pie, sin preocuparnos de volver a caer de nuevo. 

22.11.15

Se ha echado el frío / Un clásico

No sé saben de qué consuela el frío, a qué secreto alivio nos conduce, el modo en que nos hace pensar en los refugios, en todos esos lugares a los que encomendamos la tarea de que nos salven. Estamos a la intemperie. A poco que uno pone el pie en la calle o lo pone en casa, se produce el roto, se hace visible el desagüe por donde vamos cayendo. No se tiene la certeza de que los refugios sean obligatoriamente domésticos. Pueden estar en un parque o en una calle en la que fuimos felices o en un bar.Tampoco sabemos, una vez caídos, dónde vamos. Si a un lugar mejor, en todo caso. Detrás de un agujero, hay otro. Todos se comunican. El frío los comunica. Se va uno dejando llevar, buscando el refugio, el rincón en donde encontrarse. El problema es que, sabiendo dónde estamos, no sabemos qué lugar es ése. Da igual que reconozcamos el paisaje que lo rodea o que sintamos que es familiar. Lo difícil, lo que no siempre se consigue, es el lugar al que pertenecemos, esa especie de útero doméstico que nos recompone. A veces es un sillón de orejas, junto a la ventana. O la cama, la dulce y la cómplice cama. Pero puede ser la casa de un amigo, en donde nos agasajan y nos abrazan y nos quieren. O un poema de Keats. Anoche volví a leer a Keats. No sé cuántos años hacía que no leía a Keats. Me contó una felicidad que recordaba, pero que andaba diluida, como en fuga. Son días de frío, éstos. Días en los que una amiga te dice que cojas un libro y no pienses en nada que no te convenga. Nada que rebatir en ese argumento. Los libros te hacen no pensar en otra cosa salvo las que te cuentan. Hay que saber leer. Sobre todo hay que saber leer. Y Benítez, en el As, ajusticiado ya. Qué barbaridad, qué disgusto, qué pena más honda.

19.11.15

Incluso él, un igual...



En ocasiones, por mucho que uno se esmere en razonarlo, no acepta que las personas a las que admiramos, sobre las que de alguna manera crecimos y nos hicimos mejores o más sensibles o más inteligentes personas, obren como nosotros y tengan que evacuar la vejiga en un urinario público o el vientre en esa intimidad de la que casi nunca se habla, salvo para hacer alguna ocurrencia grosera o un chiste de fondo soez. Se cree, sin ningún asiento en la lógica, que viven en un ámbitodistinto de lo real. Incluso, ya puestos a fantasear con ellos, se les considere personajes, entidades sin una dimensión corpórea, que están ahí para escribir o para cantar o para subir a un escenario. De Borges, el que orina en la formidable fotografía, tengo sus cuentos, su aleph, su jardín de senderos que se bifurcan, su tigre, sus literaturas germánicas medievales, sus runas, sus mil y una noches, su biblioteca circular y su ajedrez inaplazable. Y esas propiedades me bastan. No deseo que ingrese en mi credulidad el Borges que sale a la calle y pasea y bosteza y derrama el café. Ninguno de esos hipotéticos borges son necesarios. Son piezas secundarias. Como si el personaje que he ido construyendo se diluyera un poco al dejar que contemplemos su parte terrenal, su necesidad de ir al servicio o al baño, su incuestionable envejecimiento o sus debilidades políticos - las de Borges fueron muchos y no siempre juiciosas - o sentimentales. Pero tiene su morbo el Borges que orina. Hace que la realidad suplante la ficción o la contamine o haga que pensemos en que todo es una ficción o todo es una realidad y las dos partes se unen a veces y se confunden y nos perturban o abrazan.

18.11.15

sería de algodón el impacto de la bala

milton en alphaville
el poeta todavía esnifa adjetivos 
hilos de ternura a ras de sístole 
toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura 
largos cabellos 
el sótano está encendido 
suena bossa nova filtrada 
el tiempo es un jesucristo con sordina 
el tiempo es un jesucristo con sordina 
necesito un demiurgo 
un crack en mística 
un hombre con una corbata beige 
con una corbata gris 
todas las corbatas estropean la alegría 
lo hemos visto juntos oh mi amor 
la delicia de mirar amanecer juntos 
la fria inerte dulce sucumbida clave de amar 
hemos oído la misma canción las veces suficientes 
la primera vez en parís 
la segunda en las favelas 
era diciembre 
nos queríamos de forma sencilla 
comprábamos periódicos 
leíamos en las terrazar al sol 
tomábamos café 
el chico del café era sordomudo   
el hombre lee en donde puede 
he visto gente leer en el metro versos del corán 
haikus 
prosa cabreada del tiempo 
dow jones 
big fun 
hemos liquidado el miedo 
lo hemos escondido en un endecasílabo 
la mampara es el jazz 
nos escondemos detrás 
mujer 
tu cuerpo es un desagüe en donde me voy 
arranca el tour de amor 
la ipé de mi corazón es volandera 
la ipé de mi corazón la saco a pasear 
tiene el paseo luna y el perrito de chejov nos mira en un relato tradicional ruso 
todo lo ruso es agradable al oído 
el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho 
no me leas a nietzsche en vernáculo 
no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti porque no tengo tiempo esta noche el exiliado 
el extravagante 
el asunto principal 
la historia de la vida 
el leiv motiv 
los fab four en la pared 
baudelaire en la pared 
la chica asiática muy preñada con pezones como dedales de costurera tuerta 
me gusta el junk mail porque leo ahí la novela de la existencia 
no tengo un tren de vida de algodón sin delincuentes 
la ciudad era nocturno 
gas
pubs 
pizza a las cinco de la mañana 
resaca margarita 
hombre 
no tengas cuidado 
me dejas en la puerta que yo subo 
solo me pongo un charlie parker 
me pongo un stan getz 
amor 
con la posibilidad de arrumbarlo después en un epílogo decimonónico 
esta noche europa
paris londres madrid 
el personaje perfecto en la ciudad ideal 
pegamos tropezones hasta navidad en la tesis más fiable 
la república de las palabras no representa un peligro 
salvo que seas un subversivo 
un tipo de esos de la derecha carpetovetónica 
no me vengas con panfletos 
me dan migraña los panfletos 
se quita solo el temor a que la cultura nos termine induciendo al suicidio 
tío sam está ahí afuera 
me duele el alma 
la bestia políglota avanza por las calles 
recorre avenidas 
no tengas miedo 
me has entendido 
no vayas a demostrar que el miedo te ha cogido bien 
el miedo es una aventura lírica 
la soledad es un agujero enorme 
la pereza es un concierto de keith jarrett en osaka visto esta noche 
samsung cuarenta pulgadas 
europa acoge un puñado exquisito de poetas del jazz 
no crean 
no viene bill evans 
el genio se quedó en sus toxinas 
el timonel escora dulcemente la memoria 
tengo ancho un párpado 
me adormece la tarde 
olvídate de la derrota 
la grúa pasta tu voz 
extrae la palabra 
el oído glauco 
el estremecido punto en el que la voz suministra su inventario de cautelas 
importa el alma 
comparo mi dicho con un eco 
me miento 
me invento un mundo 
se ofrecen dioses para tutelar mi ingreso en un cielo cinemascope 
en vísperas el lance 
nunca sucede el pensamiento 
dilata el trance 
el cuerpo de la cortesana livia dulce acaba de cumplir cincuenta 
ya no acuden amantes 
indagas 
averiguas que el amor subsiste todo coronado 
agua herrumbrada en todo caso 
polen 
eco 
rizo del bello pubis ya en declive 
como en una película de gloria swanson 
fuera morir entonces hermoso 
únicamente hermoso 
es sólo es plumaje 
el pájaro toma altura 
perdura esto 
el pájaro perdura 
el desencanto trenzado 
el menos doloroso si anidan pájaros en el pecho 
dulce quebranto tus dedos 
naves 
mi amor 
te amo 
qué hermoso es ver desfilar la tropa 
arengan en una tribuna los viejos caciques 
las estrellas al aire 
el júbilo 
la patria 
los dioses propicios 
la cosecha de muertos con la voz cedida 
con la voz hundida 
con la voz destrozada por el peso del verbo cainita 
el verbo púgil 
el verbo ampuloso en donde existe un paraíso 
lo mismo que kavafis 
cabafis 
kavaphis 
cavaphis 
pide que el camino sea largo 
alguien jadea un pétalo 
junio esconde savia 
trinos que confunden alta advocación del santo loor 
compartir la gloria 
el dulcísimo eco donado en la noche cómplice 
en esencia el astronauta aunque zurdo evita el trato campechano 
no está hecho para eso 
es de otras miras concretas 
volúmenes que modulan el silencio zubin 
el peso de la orquesta flaquea 
así hablo zaratustra 
así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán 
el galán 
el tiroteo 
esto es cine 
los arquetipos estipulan conductas 
una literatura 
escribo porque tengo los dedos limpios 
verosímil orquesta 
radio skanton 
la pluma 
el tiempo es un sinfín de silbos próximos 
oh nido 
contribuye el músculo a adecentar el alma 
la mano del azote divino 
el onanismo convertido en arte como quería de quincey con el asesinato como premisa válida 
como baluarte 
se desvanece el barco en la distancia 
se pierde 
pues en la distancia todo se deja manejar mejor por la fábula 
en fuga 
todos los niños de londres aman a peter pan 
todos los niños de londres aman a peter pan el formidable 
en balde se diga moneda 
salud 
amor 
te escribo precipitadamente este galope enfurecido 
este galope sucede como lluvia 
este galope finalmente desemboca en poema 
en viena urdida por los nazis 
unas frases que arden 
un viento que asiste al actor en su papel principal súbitamente héroe 
ardor más bien 
el material disperso es la memoria 
el hilo 
el punctum 
el verso armónico despojado de retórica 
en la geometría participan los amateurs 
en la memoria flipa un payaso 
el rito sin usura 
por favor sedúceme esta noche 
si puedes ven 
sedúceme esta noche 
esta noche 
calma 
sobre todo esta soledad de amantes 
no vengas con los libros de kafka bajo el brazo 
dan migraña 
ya lo escribí 
con tal de perderme por todos mis sentidos 
la voz se astilla 
la verdad es que muero veladamente por mis poros abiertos 
rechaza la batalla 
el fondo sin astros 
el cuerdo contra el boxeador sonado 
el verso final 
todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces 
black magic woman varias veces 
stairway to the stars varias veces 
summertime varias veces 
en la tempestad brinca dios 
muda el inverno su vocación de pestillo 
eso es lo que ocurre señor gómez 
la voz se astilla funda 
el amor
 trozos de amor repartidos por los trozos antiguos como salmo 
se invoca 
se venera 
se salva el que reza 
el apestado es el ateo 
el descreído 
ay me he perdido en los mítines del alma 
en contra de sí misma tiendes la mano 
la mano buena  
entonces escribe a su antojo key 
obituario 
escena manzana perdida en el cesto de una vírgen de teruel recién traída a casa por un lejano primo entendido en macroeconomía 
el mercado 
la crisis 
el topo 
el animal oscuro 
el animal oculto 
el bestiario de intenciones que no acaban de imponer un orden 
el caos es el orden que se cansó de repetir un verso 
en bourbon street 
contra la voluntad de un elegido 
algún precio ha de pagarse aunque sea por vivir tan a lo precario
 toda esta iluminación 
este irse en cada gesto 
en cada sílaba 
desde el musgo hasta la rosa la de milton 
vibrar en el sueño 
morir hay que ir muriendo 
el beso último 
el astro numen 
la nave como un rito 
se zafa del oleaje
 nadie oye la proa cascada 
el alma rota 
dios sin aviso 
sólo el timonel siente un ardor 
un peso el naufragio inminente 
soledad entonces tan lírica 
me muero de ganas de volver a los quince 
encontrar un refugio en los grandes salones de la antigüedad 
comprobar el peso de las sombras en un sueño 
volver a casa como si no hubiese uno salido nunca
meter la cara entera dentro de una vixen de meyer
estar ahí metido como si fuese fellini
como si en esa carne viva el mundo tuviese un sentido
encontrar los poemas perdidos del primer dios
el problema es que le dedicamos demasiado tiempo a las palabras 
creemos que todas deben ir hiladas
tener un cuerpo
los brazos
las manos
los ojos de las palabras
pero en ocasiones
va la palabra a su aire
a capricho
sin la tutela de las razones
hemos mandado al mundo a un lugar oscuro al manejar tantas razones
no hemos dejado que el corazón lo guíe
no hemos considerado la posibilidad de que sean los poetas los que organicen las partidas presupuestarias
no lo vamos a hacer nunca
moriríamos de pena en un rincón
no sabrían hacer cuentas
pero sería feliz el trayecto
tendríamos dragones y sería de algodón el impacto de la bala