31.5.14

La mejor versión de uno mismo


El niño que fuimos asoma cuando menos lo esperamos. El otro día lo hizo cuando escribí mi nombre en un formulario. Conforme iba registrando las letras lo que yo observaba era el cuerpo feliz del muchacho que fui dejando atrás. Lo vi con una nitidez que a veces no consigue uno cuando desea afinar en lo real, en lo que los ojos nos permiten ver. Imagino que no se fue en absoluto ese niño: sigue ahí, pendiente de que una circunstancia fortuita lo reclame y aparezca. Una de las ventajas de ser maestro es que se pueden forzar las apariciones. En cierto modo no hemos dejado nunca el colegio. Siempre hemos estado en un pupitre. No dejamos de aprender mientras procuramos, en lo posible, enseñar algo. Es un oficio hermoso el mío. No hay día en que no tenga un pequeño arrebato de felicidad por sentirlo una parte mía. Está también el lado oscuro, el que no considera dejarse enternecer y cree absurdamente que no es posible traer de nuevo al niño. No sé si es fácil hacerlo regresar. Basta quizá una fotografía, un cuento escuchado con atención, un cromo de un futbolista del Atleti de los setenta o la portada de un disco (probablemente sería alguno de los primeros de la Electric Light Orchestra). Nunca dejamos de ser el niño que fuimos. Vuelve a poco que se le llama. En realidad no se hace nunca de rogar. Es, con diferencia, el yo con el que fuimos más felices, el que no nos permitió contemplar lo terrible del mundo. 

30.5.14

Cold drinks




Muerdo un helado de turrón como si estuviese tragando cicuta. No hay nada que yo pueda decir que haga comprensible esta sensación mía. De hecho jamás la he compartido. No creo ni que sea un hecho familiar, del que se pueda hablar en una reunión de amigos o a la mujer, en la cama, cuando va cayendo el sueño y está la boca suelta, loca por contar lo que no suele. He probado con el helado de fresa y con el de vainilla, pero es el turrón el que me produce ese miedo primario, de quien se cree morir y no encuentra nada que lo alivie. 

Están en la playa todos los turistas de siempre. Los conozco. Sé quiénes son. Vienen de verano en verano, arrastran su coppertone, dejan las toallas en la arena, clavan las sombrillas, miran al sol como si fuese el último sol y se zambullen en el mar como si se acabase y fuese la ola en la que se pierden la última, la más hermosa y la más terrible. Es una vida privilegiada la de los turistas. Juro que no he visto otra mejor. Yo voy y vengo con mi nevera. Me esmero en que se me entienda bien. Hago lo que puedo para que todos desocupen sus asuntos y reparen en mí, en la gorra de la NBA y en mis gafas de sol robadas. Llevo birra, llevo refresco, llevo cold drinks. En cuanto acabo con las existencias de latas, paseo los helados. Voy dejando un olor dulzón. Hay quien solo me huele. Ve venir al viejo. Observan con falsa indulgencia cómo me acerco y dejo la nevera en la arena. Me dejan contar la retahíla. El turrón. El limón. La cerveza.


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29.5.14

Coltrane, Spade

Después de escribir casi a diario en este blog desde hace casi siete años, me arrimo más fieramente que nunca a la convicción de que puedo escribir sobre lo que se me antoja. En realidad, nunca ha dejado de ser así. Me siento libre a la hora de escoger sobre qué asunto explayarme. Porque básicamente lo que hago es eso: explayarme, tantear la posibilidad de que no cuente nada verdaderamente en serio y, en todo caso, merodee lo más enjundioso, sin caer en la obligación de estar al día y dar en la diana y hacer constar aquí, en esta especie de registro público, lo atinado que ando siempre y lo pertinente de lo que escojo para hacer una entrada. Esto mismo que ahora estoy escribiendo no deja de ser una cosa irrelevante. Digamos que escribo sobre la escritura en sí misma. Muy tangencialmente expresado, escribo sobre mí. Esto es una gran ventana al corazón del autor. Lo tengo grande. No sé si es generoso o si merece que se le preste una atención excesiva, pero es mío y lo traigo con frecuencia aquí, a que se le contemple y propicie que unos lo respeten (ya eso es bastante) y otros, en derecho más que legítimo, lo fustiguen. Al final siguen viniendo los mismos antiguos lectores. Vienen los amigos y cuatro casuales que están acostumbrándose a mis elucubraciones. No espero más y, en cierto modo, no sabría sobrellevar algo más. Lo que me fascina es que, sin saber cómo, a veces me dé por John Coltrane y otras, según gobierne el azar, venga Sam Spade quien venga a visitarme. 

Más de un kurtz todavía



Hay gente de una bondad tan honda que suelen pasar por tontos. Se les tiene un afecto muy elemental, uno sin pulir, pero no abusamos de su trato. Quizá creemos que vamos a terminar contaminados de bondad, infectados por ese aura de armonía y de pureza. Puestos a elegir, uno prefiere siempre la maldad. Vale más que le tengan por retorcido que por pazguato. Se es tonto sin voluntad, pero lo malo siempre se adquiere. Va uno ganando conforme van pasando los años, aunque haya ya una semilla que viene cargada de fábrica. He visto excelentes malvados. Mejores en lo suyo que los otros obrando lo contrario. No he visto buenos que me hayan marcado. Los pocos personajes que me han fascinado de verdad son los que se han inclinado al mal. No un mal absoluto, pero sí uno que se está amenizado con fatalidades, penurias y adversidades de variado argumento. Perdura lo que hiere. El olvido se ceba con las cosas limpias, con las que no se entabla conflicto alguno. 

Atticus Finch y Cody Jarrett están frente a frente en una habitación. Una parte de nosotros quiere que Finch lo convenza, que lo haga entrar en razón, avenirse al discurso de la bondad, pero hay otra (no sé cómo argumentar muy bien esto) que se alegra de que el cabrón de Jarrett lo anule. Creo que anular es un verbo razonable. El poder de la literatura es precisamente éste: conjeturar; dar por válido lo que no lo es; crear una trama fiable de algo que, fuera de ella, es inasumible. Queremos que exista el coronel Kurtz, aunque no podamos enfrentarnos a él, sentir que está cerca, sospechar de que hay algún kurtz por ahí, agazapado, pensando, tocándose la calva en mitad de la selva, creyéndose dios mientras los demás lo adoramos. 

27.5.14

Cuatro de martes

Disidencias
A veces hay que estar en un grupo combativo, aunque sea para no anquilosarte. Como no estoy en ninguno, escribo. En lo que voy dejando registrado me aparto de mí o me declaro abierto seguidor de todo lo que hago. O me encanta todo lo que se me ocurre o entro en caída libre y detesto cuanto invento. De una o de otra forma quien sale reforzada es la escritura, que es la parte verdaderamente combativa. En cierto sentido, escribir es un diálogo entre el lector - un censor consumado - y el escritor. No se me ocurre conversación en la que se ponga más al descubierto el espíritu. Quizá escribir sea un poco como hablar con Dios, pero sin salirse de la propia cabeza.

Talleres de poesía
Hace tiempo que no asisto a una de esas reuniones en las que se lee poesía sin orden ni concierto alguno, y ciertamente no las echo en falta. Ya me cansaban cuando me dejaba ver por ellas, leyendo yo a veces o escuchando, la mayoría. Siempre tenía la impresión de que lo que yo impostaba no iba a ser escuchado con la rotundidad que merecía. Pensaba que la poesía, si se lee, precisa de una voz idónea, que la eleve y la convierta en algo sólido, incrustado en el aire como quien fija un clavo en la pared para colgar un cuadro. Lo relevante de esas reuniones de poetas no era la poesía, por desgracia. O lo era de un modo accesorio, de poco fuste, siempre zarandeado por circunstancias extrapoéticas del tipo "conozco a alguien que puede publicarme en...." o "hay un concurso al que e voy a presentar". Mientras los aspirantes airean sus proyectos editoriales, yo iba haciendo amistades. Buscaba el destello ajeno al vértigo de las letras. Convenía conmigo mismo que el único disfrute de aquellos eventos era la posibilidad de encontrar un alma gemela, un lector paralelo, una especie de yo escindido de uno que de pronto se reconociera en mí y se esforzara en agradarme al modo en que yo lo hacía. K. dice que era un excelente método para ligar. Volvemos siempre a la misma vieja idea: escribimos para que nos quieran más.

Secretos 
Fui hace pocos días destino involuntario de unas confidencias que no me incumbían. Se siente uno zarandeado, toma conciencia de que valdría otro o de que no es verdaderamente a uno mismo a quien van dirigidas. Las escucha con atención, aún así. Se esmera en razonar en lo posible lo contado y en atinar después qué se responde, cómo corresponder a la intimidad recién volcada. Y se sale herido. Un tipo de herida irrelevante, es cierto, pero te molesta mientras la observas. No querríamos tener esa responsabilidad. Se vive mejor si solo sabemos lo propio o, en todo caso, lo que atañe a quienes tenemos más cerca, a quienes amamos. Pesan las confidencias. Molestan incluso.

Escuchar al Papa
Siendo de otro mundo, este Papa parece de éste. Solo hace falta escucharle en corto, apreciar el mensaje que no busca la fidelidad a la causa cristiana. Es un hombre al que se le puede invitar a la mesa con la certeza de que el alimento será espiritual, a pesar de que no exista complicidad alguna en la liturgia. La moral es otra cosa. El sentido común. Las ganas de arreglar el mundo desde el lugar preeminente en donde está. 

25.5.14

A votar

No sé qué ropa voy a ponerme hoy. Normalmente no me detengo mucho en esas cosas. Abro el armario, hago que los dedos bailen un poco entre las camisas, tiro de la pernera de un pantalón y ahí se acaba el protocolo de la indumentaria con la que me cubriré y que delatará, en parte, cómo soy. Es curioso que sea la ropa la que nos defina más que el modo en que hablamos o los gestos que hacemos. Admiro a quienes cuidan su imagen. No creo que lo hagan por los demás o espero que no solo lo hagan por los demás. Estará también el amor propio, la sensación (escasa, no crean) de absoluto bienestar que a veces tiene uno consigo mismo, y a esa epifanía del alma puede contribuir una camisa de cuadros o un polo rojo. Me moriré descuidando esa faceta de la personalidad, pero a día que pasa más me fascina cómo les preocupa a los otros y qué hacen para agradar y para agradarse. En lo que nunca flaqueo, en lo que aplico un más esmerado baile de los dedos frente a las camisas, es en la ropa que voy a colocarme cuando voy a entrar en un colegio electoral y depositar mi voto. Da igual que en el fondo sepa lo inútil del gesto. No hago aprecio ni al daño que me hará descubrir, conforme pasen los meses y hasta los años, que toda mi confianza en el sistema político ha sido vulnerada, reducida a algo que no conozco y con lo que viven o se enriquecen unos cuantos, ya sean de los que yo voté o de los que no tuve a bien concederle el beneficio de esa confianza de la que hablo. Me visto con esmero, de verdad. Salgo a la calle con la sensación de estar participando en un acto trascendente. No diferencio entre comicios municipales, generales o europeos, como los de hoy. Soy un europeo raro, lo admito, pero sería incluso peor no ser europeo siquiera. El mapa de Europa está mejor desde que estamos juntos. No creo que haya habido un periodo de paz más duradero que éste que vivimos. Europa siempre ha sido un campo de batalla. Quizá solo por eso, por la limpieza del mapa que se cuelga en las escuelas, en los temas de Historia, merezca la pena elegir una camisa bonita, calzarme unos zapatos bien limpios y salir con mi mujer a la calle. Seremos muy inocentes y estaremos muy escarmentados, pero no pasa día en que, al votar, no me sienta una persona importante. Luego está la resaca, ya saben. El momento en que uno razona todo y deja que entre el cáncer en la cabeza. El cáncer es la política. Se está extendiendo. Nos están convenciendo de que va a dar lo mismo hagas una cosa o la contraria. Siempre interesó la apatía. Bueno, voy a vestirme. 

24.5.14

Escribir cuando vas un gol en contra


No poseer una familia disfuncional malogra que uno sea uno de esos atormentados a los que los guionistas recurren para encauzar una trama aburrida. Uno podría haber llegado lejos, quién sabe. No se puede escribir mirando hacia atrás con ira si no hay nada atrás a lo que pueda mirarse arrojando ira. Digamos que escribir es un acto puramente lúdico si has nacido en una de esas familias sin aristas, exenta del encanto que otras, más azotadas por la fatalidad, ofrecen a quien se sienta a observarlas, pero ay si has nacido en una familia reprobable, de las que ocupan los reality en los grandes horarios, de ésas que escandalizan a los de proceder recto y modales intachables. Sé yo que hay familias en apariencia modélicas que esconden cuervos debajo de la cama. El desquiciado Willy Wonka no daba crédito a la familia: sostenía que no fomentaban la creatividad. En realidad a la creatividad se la emborrona siendo feliz, sea o no la familia la que contribuya al sostenimiento de ese rango del ánimo. Triste, apesadumbrado, se escribe mejor. No tengo duda alguna. Todo lo que yo haya podido escribir bien no proviene de estados de júbilo. No conozco ningún escritor al que admire cuya literatura no refleje el dolor de la vida que practican. De hecho hay vidas de escritores que podrían ser tramas de las novelas o de los cuentos o de los poemas que hicieron. Si esta noche pierde el Real Madrid, equipo al que le profeso la simpatía que no dispenso a otros, escribiré las líneas más tristes. Si gana mi equipo, en fin, estamos en el descanso y Godín ha dejado en evidencia a Casillas y vamos uno en contra, no creo que me siente aquí y refleje la alegría que me traspasa. La alegría se comparte sin que intermedie la palabra escrita. Salvo que sea Benedetti. Admito discrepancias. 

22.5.14

The Walking Dead / 4


Hay un cierto relato agradecido a la bondad misma de la literatura. Consiste en la creación de un universo, en la forja de un territorio primigenio en la que se desplazan, un poco a ciegas y un poco a golpes, los personajes. Así debió ser el principio de los tiempos: una historia de las luces y de las sombras, escrita con vehemencia, sorteando a su paso los inconvenientes del rigor de ese mundo recién abierto. Esa es una de las razones por las que no he dejado de ver ninguna de las cuatro temporadas de The Walking Dead. Hay otras, que apelan más a lo estrictamente visual, pero es la condición humana la que respira en toda la trama, la épica del hombre observado mientras construye su futuro. Porque los zombis, desde tiempos de George A. Romero, el padre espiritual del género, son marcadores de un estado de las cosas, incluso un estado huidizo de las cosas, inestable, frágil, lindando con el fracaso o instalado convincentemente en él. No hay otro género que convide tanto al espectáculo mitológico. Uno se imagina que el primer día del mundo vino con caminantes y con humanos y que la batalla consistía en que solo quedara un grupo al final del séptimo. No importan las razones del apocalipsis. De hecho nunca importan. En este sentido, no hay en The Walking Dead un fondo de índole religiosa, aunque tengan a veces a mano sus biblias y arguyan que Dios quiso las cosas así o que Dios pondrá todo en su sitio. No es un relato providente en el sentido evangélico del término. Los showrunners del tinglado buscan acción y buscan mesura. Los últimos episodios de la cuarta temporada son maravillosos en ese aspecto: extraen el aliciente dramático sin menoscabar la sencilla rendición bélica. A veces se cansa uno, es cierto. Me dejó el final de la entrega dolido. Suele pasar con todo a lo que uno se afilia, con lo que se vincula. No está bien (nunca lo estuvo) esperar a octubre para ver el desenlace o, qué sabemos, un avance de algún desenlace posterior. Siempre duele la quinta temporada. 

19.5.14

Doce de Croce



A.J. Croce es uno de esos genios invisibles que se mueven con cautela y que no pretenden en modo alguno el estrellato, las ventas masivas o que les fichen para anunciar nada en televisión. Solo hacen música, música perdurable, cuidada hasta el más mínimo detalle, despachada en un disco que pasará desapercibido para algunos y que será imprescindible para otros. No hay otro modo. Croce, hijo de Jim Croce, el del tiempo en la botella, es un artesano. En un tiempo en que las facturas artesanales no encienden pasiones, es de agradecer un disco como éste. Doce cuentos (Twelve tales) tira de seis productores y está grabado en cinco estudios y con cinco bandas diferentes. Tiene lo que ama cualquier amante de la cultura musical estadounidense. Turnished and shining es soul grasiento, setentero. Call of love es jazz de club nocturno, riquísima en matices, impregnada de humos, a la que no haría ascos cualquiera de los muchos Billy Joels que ha habido. What is love es la quintaesencia del pop que despachan los Eagles más tranquilos o unos Crosby,Still and Nash en un descanso entre piezas más rocosas. Right on time, una de mis favoritas, es una balada que acaba metiéndose en lindes psicodélicas, como si la pidieran Jeff Buckley o un Syd Barrett súbitamente baladista. No hay un cuento que sobre en estos doce de Croce. Uno cree que ha nacido en Nashville o que Johnny Cash o Allen Toussaint han venido a contarle los secretos del delta de Mississippi, donde está las raíces musicales de un pueblo. Han venido a bendecir a este cuarentañero gente del rango de Dr. John, que es un padre sin botela, anclando texturas, dejando que el niño crezca sin la estela del hippie padre, pero a la vera de la esencia, encimándole la pureza del bluegrass, del country, del jazz del music hall o del blues más limpio. Está Croce de estreno, aunque no sea éste su único disco. Llevo unos días metiéndole oído, aguzando el radar, por si algo se me escapa. Conozco un par de amigos (Jesús, Miguel) que van a paladear esta sesión memorable de canciones. Porque a veces se pierde la idea de las canciones. Estas doce de Croce son para tararear junto a Huckleberry Finn. No importa tener a mano una botella de bourbon y que sea de noche en un tugurio junto a un río. Ríos, Miguel. Terminamos como Heráclito, pero renovados. Aquí les dejo el regalo.



Algunos bailan para recordar, algunos bailan para olvidar



Uno va queriendo que lo recuerden hasta que de pronto decide que lo olviden. Me pregunto si algún día todo lo que voy dejando escrito aquí y allá no me represente o no lo considere ya mío y  pediré que sea borrado y si será posible que todos estos años de constancia narrativa ya no estén al alcance de nadie y no pueda leerse nada de lo que fui dejando. Lo otro es fácil. Lo otro es la realidad, el modo en que perduramos en los otros, en cómo existimos en sus vidas y en cómo también de pronto desaparecemos, desocupamos un lugar que antes fue nuestro. No sé la de amigos que ya no tengo y que tuvieron un lugar y que ya no es de ellos. Los recuerdo con afecto o sin él, pero tengo la certeza de que no están. Por unas causas, por otras. De igual modo tampoco andaré yo en donde solía. Tendré quienes me borraron. Por unas causas y por las otras. La red opera de distinta manera. El derecho al olvido es un logaritmo. Lo que no hay es derecho a la memoria. No hay forma de que uno trascienda por mucho que lo desee. No está en nuestras manos perdurar. Quizá los hijos nos hagan perdurar, pero no esta niebla de ceros y de unos a la que volcamos casi el ser entero, como si quisiéramos contarnos de golpe y ser escuchados instantáneamente. No hay red social que cubra la necesidad de afecto de modo absoluto: son todas representaciones falsas, aunque en ocasiones cumplan algunas funciones que les encomendamos y nos hagan creer que estamos en el mundo y que el mundo, a su modo secreto o invisible, nos ama. No hay tal amor o lo hay de una manera aleatoria, circunstancial, eventual, regida por patrones efímeros, diseñada para que nadie permanezca en el silencio. No podemos pasar desapercibidos. Se nos quiere visibles, se nos desea a la vista. Debemos ser peligrosos si no estamos a la vista. En cierto sentido, está bien perderse, borrarse, dar a entender que no queremos participar del juego, producir una sensación incómoda a quien cree que todo está bajo control y que el sistema es eficiente y condena al extraviado, al insumiso. El derecho a no estar en la red, a que desaparezcan nuestros datos, es una insumisión en toda regla. Uno va queriendo que los recuerden y otros van queriendo que los olviden. Como en Hotel California, la inmortal pieza de los Eagles: "Some dance to remember, some dance to forget". Y al Leteo lo patrocina Silicon Valley...



18.5.14

Europa necesita bailes de salón


No hay novela de Austen en la que no brille un baile y en donde no se fije el destino de una familia o de una desconsolada dama, por lo general culta, de carácter abierto y muy poco o nada cortejada por los hombres. El baile (the ball) era la puesta de largo de la vida provinciana, una especie de parlamento en el que se cerraban tratos y se firmaban matrimonios. El galán solo puede bailar con la dama si ha sido formalmente presentado a ella. La dama que no está en el centro del baile, llevada en volandas por su pareja, es también el centro de las miradas. Importa la periferia tanto como el núcleo, bailar como no hacerlo. No hay movimiento que no sea evaluado, discretamente evaluado, considerado como antesala de un movimiento de un alcance mayor o evidencia de que ya no habrá ninguno más y la partida ha acabado. Jane Austen fija en el baile una especie de mapa geopolítico en el que cada pieza juega un papel y en el que es posible salir derrotado o vencido merced a una indiscreción o a un comentario sagaz o un gesto oportuno. No conozco una literatura más protocolaria que la victoriana. Tampoco un modo de vida tan sumamente rígido, de tan asombroso fuste diplomático. Si una señorita declina un baile, debe obrar de igual manera con todos los que le sigan. Es la mujer la que gobierna la sala de baile entera (the ballroom), pero es también en la que más fieramente se aplica la injusticia, cierto tipo de injusticia que, a la postre, está consensuada, admitida como legítima, organizada para alcanzar una justicia de rango mayor. No sé si las novelas de Austen son eminentemente románticas. Lo son, qué cabe duda, pero hay en ellas lo que Dumas o Hugo evitaban: el racionalismo, la búsqueda de la verdad a través de la inteligencia y no aprehendida por el instinto, por la fuerza del corazón. No hay en Austen ninguna concesión al frágil y condescendiente corazón romántico. Preconizó una forma de registrar la realidad consecuente con la tragedia que la persigue: obviaba lo intrascendente, remarcando la nobleza de los actos perdurables. No quita que toda esa gente de buena crianza que pueblan sus historias sean, en alguna medida, falsos, crueles, investidos de un clasismo insoportable a veces. Solo las mujeres se yerguen, felices incluso cuando no lo son, portadoras de unos valores que las alejan del patriarcado clásico. Hija de un ministro anglicano graduado en Oxford, los años de aprendizaje de Jane Austen pasaron en la espléndida biblioteca familiar, en la que se acostumbró a la novela gótica y a los clásicos del teatro, pero la novela de la vida estaba en la misma biblioteca, no en sus libros; estaba en las reuniones para el té y en las fiestas del vecindario, atestadas de gente bien, de noviazgos truncados y de adverbios colocados con sabiduría en frases enormes, cargadas de dobles sentidos. En esto estamos, ah amables lectores, cuando entra en escena Arias Cañete y denigra a quien Austen puso en un pequeño altar de relevancia y de inteligencia, siendo tiempo entonces de muchos ariascañetes y de poca paridad. Y no es que Valenciano sea precisamente una Austen. No le llega ni de cerca. Es la británica más honda, de una cultura más mesurada, aunque a la candidata del PSOE no le falto otro tipo de cultura, más de congreso, más de votaciones a altas horas de la madrugada. Y la pregunta sale sola: si Jane Austen estuviese con nosotros (no sé quién podría ser ahora una buena Jane Austen) ¿le daría su confianza en la urna al señor del yogur caducado y las duchas frías? Ay, qué tiempos. Faltan bailes de salón, de verdad. O que el personal se ponga a leer Orgullo y prejuicio, Emma, Persuasión y Sentido y sensibilidad. Igual todos aprendíamos a irnos llevando mejor unos con otros o a ofrecer la suficiente educación como para que lo parezca. 

16.5.14

La literatura se abre camino

Leemos lo que lo escriben los demás para suplir lo que no sabemos inventar. Es de agradecer que algunos se dediquen a escribir y otros, los más, los privilegiados, seamos los que abrimos las páginas y nos ponemos al día de cómo va el mundo según lo que los otros observan. La literatura es una evasión y también es un paliativo contra la realidad. Ahora está de moda intercambiar casas. Yo me voy a la tuya y tú te vienes a la mía. No hacemos muchos cambios. Dejo las cosas como están. El disco de Frank Zappa que escuché anoche no lo toco. Está en la bandeja del Marantz. El libro que estaba leyendo (El hombre duplicado, José Saramago) no lo muevo. Está en la mesita de noche. En el cajón hay un par de auriculares y un pack de pilas pequeñitas. No soporto que en mitad de la noche me quede sin radio. Igual eso es superfluo para quien ocupe mi cama. Si yo voy a la de alguien quizá esté bien que esté al tanto de mis vicios, pero entonces no funciona el intercambio. Se trata de vivir otra vida. En cierto sentido, se trata de renunciar a la de uno. Cuando abro un libro, renuncio a mi vida. Entro directamente en la trama. Yo no importo. No al menos mientras ando por donde otros hicieron que andase. Yo obedezco. Eso del intercambio me suena a un nuevo subgénero literario. El que suprime el libro. El electrónico y el digital. Tenemos el libro definitivo. El escritor y el lector son en realidad la misma extraña sustancia. No me imagino que alguien venga a mi casa y malogre la calibración que le hice a mi equipo de sonido hace una semana. Si pone un disco, que lo ponga y punto. Que no toque ni un botón más. Claro que entonces no es un intercambio de verdad. Quiero decir que mi casa es la suya. Hace de Emilio Calvo de Mora Villar. A mí me toca ser otro también. Siempre adoré dejar de ser yo mismo durante un tiempo prudencial. Se ve cine o se leen novelas para salir de ahí e ir a otro lado. La realidad es insoportable. Igual que uno descansa en ocasiones de ciertos hábitos que ama y a los que da una relevancia quizá inconveniente, está bien descansar a un nivel más sofisticado. El desconocido en el que me convierto durante una semana, pongo por caso, no debe afectarme más allá de esa semana pactada. Tampoco ese desconocido debe encariñarse con lo que le dejo, con el yo programado que hay en mi casa, con mis discos de jazz, con mis libros de novela negra, con la despensa llena de latas de tercio de cruzcampo. La literatura se está abriendo camino. Escribimos sin saber que lo hacemos. Leemos sin la percepción fiable de que estamos leyendo. El mundo es extraño. 

Europa


Estoy convencido de que la política no alcanza el rango moral que se le exige. Lo lamentable es que los honestos que anden en ella o los que accedan en el futuro no podrán zafarse de esa herencia infame y dedicarán parte de su horario de trabajo a limpiar lo que otros enfangaron. Anoche, viendo a Arias Cañete y a Valenciano en el debate televisivo, pensé en lo difícil que es el oficio de la política y me impuse la tarea de mirarlos a ambos con condescendencia, un poco como si no tuviesen a sus espaldas los desaguisados que han cometido sus compañeros de filas o los que cometen. Los escuchaba ir y venir de sus asuntos a los míos, pero sin que en ningún momento yo percibiese voluntad de ofrecer una información objetiva, que no se quedase en descalificar la del oponente, que no cayese en la manifestación de los desfalcos y atropellos ajenos. No viniendo aquí al caso a qué bando se inclina mi voto, razoné que ninguno de los dos se lo merecía. Quizá lo que falle sea el formato o sea la formación que todo político, por serlo, lleva en vena y de la que yo, no siéndolo, carezco. Los políticos deben ser buenos polemistas; deben saber llevar la oveja a su redil, si se descarría; deben suscitar la idea de que un buen debate electoral es, en esencia, un espectáculo, una fiesta de la democracia, una celebración absoluta del lenguaje o de las ideas o de la posibilidad de que todos aprendamos algo. Dicen que afuera hay políticos de este tallaje, pero aquí no he visto yo a muchos. Anoche Valenciano demostró tener soltura ante las cámaras y Cañete, no. Anoche Valenciano se dio cuenta de que el hecho de ser mujer, una echada hacia adelante, intimidaba a su contrincante, que se achantaba cuando la mujer a la que se enfrentaba se ponía levantisca y contaba el origen de la derecha y el peligro de que España se despeñe más si continúan estos en la poltrona. Y eso es un lastre en unas elecciones de este tipo, tan paritarias. Podíamos haber quitado el sonido del televisor y percibido un mensaje también. El cuerpo va por un lado y las palabras van por otro. Como si ambos hubiesen armado bien el debate, pero hubiesen descuidado (o sus asesores les hubiesen descuidado) la parte gestual, la de los impulsos, la que el pueblo llano, el que no está al tanto de la alta política, percibe primero. Y ahí el candidato del PP hizo aguas, se hundió, acabó desplomado en el fondo. Tampoco es que la del PSOE flotara tan ricamente. Digamos que las aguas se llevaron a los dos. Y aquí estamos los demás, esperando que llegue la oportunidad de que podamos elegir a buenos nadadores. Ni siquiera se caían bien. Eso podría haber estado bien. Que se respetaran y levantaran todo el discurso desde ese respeto. 


15.5.14

Carta a Alejandro López Andrada

Hay veces en que crees en Dios, lo ves en el fondo de la taza del café, lo escuchas en la masa orquestal de una sinfonía de Stravinski, lo percibes en el sueño, convertido en un personaje de una trama que no gobiernas. Dios debería ser un fijo en los sueños, pero solo sale de vez en cuando, antojadizamente. Anoche soñé, bendita ilusión, que me visitaba Edgar Allan Poe y me contaba el secreto de un buen cuento, de cómo dejar escrito un cuento que perdure y sea leído como si acabase de estar escrito. Juro que escuché con atención y hasta estoy por decir que me enteré de lo que decía, pero nada más despertarme, a poco de abrir los ojos, lo olvidé. Vi a Poe o vi a Dios o los vi a los dos, hablándome. Está bien que dos personajes de tanta enjundia reparen en uno, aunque sea en los sueños. Hay cosas que solo se conocen en los sueños, destinadas a que la vigilia las borre. De igual modo hay cosas que solo consiente la vigilia y que el sueño, que es un zorro viejo, elimina, quizá por dañinas. La realidad es más dolorosa que los sueños y lo es mucho más que la ficción. Por eso quiero acercarme a Dios y a Edgar Allan Poe, por ver si me cuentan algo de interés que luego pueda usar en el trasiego de las horas, que a veces se ponen duras y no sabe uno cómo domeñarlas. A lo mejor, en mis sueños, Poe y Dios son la misma sustancia. No sabemos si siempre hubo un Poe que devino en Dios o viceversa. Admito opiniones. Ninguna que se me facilite logrará que yo deje de sentirme fascinado por lo que no está a mi mano o que yo no me sienta en deuda con todo lo que no conozco. Dios suena dentro de mí como un tambor levantando un rumor de luciérnagas y de alas. Has dejado eso escrito en tu facebook, tú, el letraherido, el sensible como pocos que yo conozca, que se deja contaminar por la luz y por las sombras y escribe con dolor el dolor que ve en el mundo. Los poetas somos seres desvalidos, Alejandro. Somos como Poe en mi sueño, personajes que suenan dentro del orden secrerto del cosmos, registradores de todos los rumores del universo, observadores fieles de las luciérnagas y de las alas. Somos pobres, siendo tan ricos, Alejandro. Me conmueve tu honestidad. Yo aspiro a ser honesto en lo que hago, en mi descreimiento, en mi corazón escuchando a Dios a lo lejos, pero no sintiéndolo en el corazón. No habrá nadie que me ilustre, quien me indique cómo mirarlo y ya no dejar de hacerlo. Dices que tus mejores amigos son ateos o agnósticos. Los míos son cristianos firmes. Está bien ese ir y ese venir y ese encontrarse en mitad del camino. Somos como Dios y como Poe, como Emilio y como Alejandro. Nadie va a venir a decirnos si marramos o estamos en la vía correcta. No hace falta. No estaría bien que viniese nadie a decirnos nada. Disfrutamos con estos desvaríos. Yo sé que tú lo haces. Se ve en lo que escribes. Eres muy transparente, haces que leerte sea un abrazo, aunque no compartamos (no hace falta) el ruido que hacen los ángeles o la voz que duerme dentro y nos despierta en medio de la noche, como un salmo. Somos espirituales, Alejandro. Nos mueve el espíritu, el alma a medio hacer. No sé si será la religión el texto, pero las palabras que usamos no son religiosas, las mueve el alma, el aviso de que todo esto no debe quedar únicamente en una fuga cerrada. No se puede escribir más, vernos otra vez en Lucena, cuando encarte, con un café. 

13.5.14

El fuego bastardo

Soy un fardo gordo con los pulmones grandes y rotos, soy un guiñapo, soy un hombre drogado, convencido de que solo la química podrá liberarme. La tos me aturde, me empobrece y me anula. En ocasiones me expreso a través de la tos. Digo cosas según cómo toso. No sé si alguien ha estudiado estos asuntos, pero hay un filón filológico. Son buenos tiempos para la semiótica del asma. Adentro, a ras de pulmón, soy un pobre hombre, el más pobre de los hombres. Habrá quien padezca un dolor más trascendente, quien se duela de verdad, pero cada uno escribe de lo suyo y a veces, cuando se está sensible, se escribe sobre los demás, sobre los parias del mundo, los que esperan el paraíso y no tienen a nadie a mano que les informe de que el paraíso no existe o de que está a medio hacer, como el cielo, como las palabras que se dicen con amor, pero que nacen ya huecas o nacen muertas. Tengo la escritura enferme y la sangre engañada. Me disponga a librar una batalla más con la noche que se va acercando. No vale la poesía, no valen las metáforas. Está la tos y el ojo, un cómplice bastardo, pidiendo a gritos que me lo saque de un tajo. Porque tengo el ojo muerto, aunque vea a trozos y me salga un poco lastimoso el texto. Es culpa del ojo o es culpa del pulmón, no mía. El aire es un hacker que me está formateando. Aprecio el borrado conforme va creciendo el volumen de la tos. A veces una tos fuerte significa la supresión de un órgano entero. Si una tos fuerte se acopla con otra lo que noto es que me duelen las piernas. Me pregunto qué tendrá ver mi pecho con mis piernas, pero el cuerpo es un artefacto extraño. Uno quisiera administrarlo más fieramente, que sepa quién manda. No va por ahí la cosa. No sé por dónde va, pero no es mío el cuerpo en el que me oculto. No lo es incluso cuando no toso o no me duele la cabeza después de haber estado tosiendo una hora entera. Una vez escribí que el bang debió ser la primera tos de Dios. Hoy entiendo un poco más lo que escribí entonces. Yo soy una especie de dios caprichoso y rudimentario, de poco afecto por la obra creada, juguetón y un poco bastardo, que se cree que todo el monte es salmo cuando, de pronto, le sobreviene el peso de esta inutilidad de pólenes. Porque son unos bichos cabrones los que se han adueñado de mi metro ochenta largos y mis ciento cinco kilos. Hay vidas peores que la que estraga la enfermedad. Solo tengo que caer en la cuenta de que saldré indemne. Volveré a encender un chesterfield en las terrazas de mis bares favoritos, volveré a hilar uno con otro, sin prisa, departiendo de esto y de aquello, escuchando unos chistes, conversando sobre lo divino y lo humano, eso que tanto me gusta. Sí, ya lo sé definir bien: la tos es un fuego bastardo. Me van viniendo a la cabeza formas de definir el mal que padezco. Enfermo, soy más creativo. Lo sé desde que en casa, cuando pequeño, en la cama, convaleciente, leía todo lo que se me ponía a mano e inventaba en mi cabeza aventuras fantásticas que no me atrevía (ay) a registrar en palabras. Es posible que los escritores seamos enfermos. Sucede que cuando la fatalidad, en cualquiera de sus rostros, nos visita, sacamos el genio productivo, ponemos encima de la mesa el yo incendiario, el yo batallador, el que quiere dejar constancia de la importancia de estar vivo y de poder contarlo. Hay que contar las cosas, K. Hay que describir al fuego cabrón, al fuego bastardo, al fuego blasfemo. Lo tengo aquí ahora mismo, atravesado. Toso mientras busco en el teclado un punto de asimiento, un luz en la tormenta, un bosquejo de refugio cuando el teclado no ofrece refugios alguno. Escribo a vuelatecla. Toso y escribo y me llora el ojo izquierdo como si acabase de nacer el ojo y acabasen de nacer las lágrimas y ahí andasen, conociéndose, viendo qué tal fornican. No sé si la lata de cruzcampo que me acabo de abrir será el punto que detone la escritura total. Siempre fui de los que quiso apurar las cosas y llegar al lugar ese tras el cual el peligro no es un indicio sino un país entero, con sus banderas, con sus reyes y con sus putas. Me ha salido la palabra puta porque estoy de pastillas hasta los ojos, de verdad. Yo no quería, pero ya está puesta. He escrito puta y he escribo cabrón. Parece un texto impropio de alguien que anoche leía a Keats en la cama, antes de conciliar el sueño. Sabe uno adaptarase a todas las circunstancias. Lee a Keats, tose, se mete ventolín con mascarilla, ve un episodio de la cuarta temporada de The Walking Dead, cenará en breve pan integral con tomate y aceite y pulpo sin mucho protocolo, pulpo bueno. Los pulpos no tosen, los pulpos no leen a Keats, los pulpos solo dicen quién será el ganador de Brasil 2014. Tengo ganas de que empiece el fútbol veraniego. Mi mujer dice que nos va a salir el fútbol por las orejas. Primero por una, luego por la otra. Si sale por ambas es que está cerca el colapso neuronal y se ven balones firmados por Iniesta por todo el cielo, el cielo a medio hacer, K. Está el cielo a medio hacer, ya lo he dicho, y yo aquí, sin freno, como un kamikaze, sin saber a qué viene este explayarse sin cuartel, pero el ojo no para, el pulmón no para. Hablo de un pulmón por conveniencia estilística, pero son dos. Me voy al pulpo. Luego me iré a la cama y soñaré con bichos cabrones. 

El cielo está siempre a medio hacer



                A Caty Luz, allá en el norte, con su pequeña arca de Noé 

El cielo está siempre a medio hacer y Neil Young es un ángel sordo que no tiene claro si quiere entrar o quedarse afuera, si contarle a Dios la historia de la semilla o de susurrar al diablo los cuentos de la carne. Sabe que ha estado en los caminos, escuchando el lamento de la tierra, el gruñido de los hombres y la áspera noticia de que el mundo gira con desgana, pero él no ha perdido el tiempo y sigue manuscribiendo el salmo de América sobre un escenario, grabando discos estupendos y editando cajas fabulosas en las que rememora el esplendor absoluto de su arte. Yo tampoco lo tengo. Eso no me hace flaquear. Tampoco me eleva por encima del resto. Pasearé uno de estos días con Harvest en mis oídos porque una vez lo hice (le di la vuelta a mi pueblo y volví cuando acababa el disco) y quiero hacerlo de nuevo. Como si el tiempo no existiese o como si yo lo gobernase. Qué ingenuidad.

De la escuela en su ángulo oscuro...

Bécquer no era idiota, ni Machado un ganapán, y por los dos sabrás que el olvido del amor se cura en soledad. A la poesía que nos enseñaron en la escuela vuelvo poco. Se mueve uno mejor en lo elegido, en los poetas que no han sido impuestos, sacados de un libro terrible, alimentado de preceptos y de teorías, destinado a sorberlo y a volcar después lo sorbido, no sabe uno para qué propósito. Porque los libros, en la escuela, en ocasiones, no son artefactos asombrosos, refugios del alma sensible, en fin, ya saben, todo eso. Está el libro todavía sin bendecir, maldito, arrojado al destino como un antídoto de una realidad que nos venden como si fuese un veneno. Lo que nos salva es que haya quien cuente bien a Bécquer puertas adentro, en una clase. No hay público mejor que éste. Se trata de venderles bien la moto, de explicarles la de cosas que pueden hacer cuando entiendan qué hace el arpa en su ángulo osucro, olvidada de su dueño, en silencio y sucia, dejando dormir sus notas a la espera de que la mano de nieve las conmueva y airee, y así también el genio duerme, como el arpa, como Lázaro, ya saben, esperando la voz que lo haga andar. Yo conozco a unos cuantos que venden arpas como Dios sus nubes. Yo no tuve quién me la vendiera bien. La adquirí después, en el mercado clandestino. Quién sabe si así no se aprecian más sus prodigios. 

12.5.14

Mondrianesco


Un cuadro de Mondrian (Composición con rojo, azul y gris, 1927) se va a subastar en Sotheby's por una cantidad que no sabemos decir los pobres. Una vez que has visto un cuadro de Mondrian ya los has visto todos. A K. le fascina el hecho de que Mondrian no había visto ninguno cuando hizo el primero. Imagino el mismo mérito a quien se le ocurrió soplar por una caña de madera y advirtió el milagro de la música. Lo malo de Mondrian no es Mondrian sino el mondrianismo, que consiste en la disciplina que interpreta la geometría del mundo, la contundencia cromática, la limpieza del trazo en las líneas rectas, la voluptuosa plasticidad del plano. Acabo de escribir la voluptuosa plasticidad del plano y me he quedado un poco indispuesto conmigo mismo. Como si hubiese dicho algo importante. De lo que uno no conoce sobra que hable, pero a veces se deja llevar, tienta a la suerte y comete la imprudencia de poder escribir sobre Piet Mondrian sin saber qué hizo o por qué lo hizo. A lo que alcanzo es a entender la influencia. No hay día en que no vea trazos mondrianescos en la calle, en los escaparates, en los títulos de crédito de las películas, en la ropa de las grandes firmas, en portadas de discos o de libros, en tazas de café o en fundas para móviles. No entro en la dificultad de la obra. He aprendido que las cosas sencillas son en ocasiones las que más disciplina necesitan para que no parezcan mediocres o, en el caso menos bueno, malas de solemnidad. Mondrian es solemne, es coherente, es el pintor que los que no sabemos pintar hubiésemos querido ser, pero ya me estoy dejando llevar por mi ignorancia. A ver si viene un experto y me corrige, me pone en mi sitio. Ojalá venga y me diga qué sitio es ese.

11.5.14

4.47

Invariablemente amar las cosas que declinan, todo lo que acepta rendirse, no avanzar más, dejar que el viento escriba algo, aunque no se cuente, consentir que las horas no se persigan más, convencerse (he aquí lo difícil) de que ninguna vez más escucharás el ruido de la lluvia o verás el mar agasajarse de luz y estallar en la distancia, mientras lees en la playa unos poemas en un libro antiguo y piensas que el mundo está bien hecho y que todo está ahí para que tú lo admires. Por razones que me cuestan comprender, existe esa querencia por lo triste, la consideración del mal como una parte del guion, del tiempo como una flecha, una hiriente, no como un camino, uno abierto y entusiasta, horizontal y puro. Tal vez escribir despeje estas incógnitas. Es probable que la función de la escritura sea la de aliviar el dolor. Leer es siempre otra cosa. En este instante, justo ahora, en este momento en el que escribo, noto un descanso, una especie de paz que me impide cerrar el texto o que me trae más ideas que exponer. De todos los asuntos que son parte indisoluble de lo más mío es la escritura de la que menos conocimiento tengo, es una de las que más me fascina. De verdad que querría yo saber qué hago a las cuatro cuarenta y siete arañando la superficie de las palabras en lugar de perderme en los sueños, de retirarme unas horas en el sueño. 

10.5.14

El abrazo del vampiro




Carezco de la virtud que hace ver hermosas las cosas que no lo son. Sobre la belleza poseo un sentido a salvo del desencanto o de la flaqueza. Puedo estar sufriendo la depresión más dolorosa y apreciar con absoluto detalle la belleza si se cruza ante mí. Me puedo limpiar de arriba a abajo asistiendo a la ceremonia de lo bello. Una de las razones por las que vivir es un oficio tan maravilloso es la de estar continuamente zarandeado por la belleza, perturbado por ella. Quien no posee esta virtud que yo sí amaso pierde una parte considerable de felicidad. Es posible que yo me pierda alguna de las otras partes. Mi descreimiento religioso hará que me pierda el deslumbramiento de la fe, que no dudo apabullante, esplendoroso. Yo me sublimo con la belleza al modo en que otros lo hacen con sus dioses.

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9.5.14

Ahondar

Vienen a veces a la cabeza palabras a las que uno profesaba cierto afecto y que se han extraviado de alguna manera. Palabras que colocaba en cuanto podía y que casi nunca esperaba que fuesen, por sí mismas, distracción de la conversación en que se contenían, pero qué placer tan enorme que así resultasen, que de pronto cobraran vida y desviaran incluso el motivo que las alentaron. Cae entonces uno en la cuenta de que el lenguaje es una especie de cuerpo vivo, que avanza sin el concurso de nuestra voluntad o que la desvía, acercándola a territorios que no conocemos mal o que ignoramos. No hay conversación en que yo participe en donde no perciba la contundencia fonética o semántica de una palabra y que no me induzca, ya digo que sin que yo lo promueva, a que la haga más manifiesta de lo que es, la eleve a un lugar de más preeminencia y no hay vez en que alguien, tarde o temprano, la reclama, la cree suya y la incorpora a su torrente lingüístico. Anoche, sin ir más lejos, fue la palabra ahondar. No había otra palabra mejor para explicar cierta cosa que debía ser explicada, y ahí vino, por obra de alguna magia maravillosa, ahondar. Se quedó y prosperó. No sé cuál será hoy la que me fascine. 

8.5.14

Vetusta Morla / La deriva


Conocí tarde a Vetusta Morla y no me esmeré en apreciar ese cierto toque de pop en el que una canción tiende a confundirse con la anterior y con la siguiente. No es que sea un mal grupo o que sea mediocre: acepto que Vetusta Morla es un grupo de una contundencia sonora que hace pensar en bandas de más al norte, de algunas que dan la impresión, incluso en las primeras escuchas, de que no es producto desechable. Mapas era un disco agradable, que caía en ocasiones en esa pesadez dulce, en esa paradoja que consiste en dar por irrelevante lo que no es sublime. Vetusta Morla no es una banda que apabulle, no es el grupo sólido que ha encontrado un lenguaje y lo explota a conciencia, insistiendo en matices en que solo ellos insisten, hablando de asuntos de los que solo ellos hablan, pero quizá haya que bajar la guardia, no estar a la defensiva, no pretender que el paraíso exista y creamos que está al alcance, a poco que elevamos la vista. De Mapas me quedo con el agrado primerizo. No hubo más. Es otra cosa La deriva. Llega donde uno no esperaba, emociona donde antes solo había un leve afecto, una tenencia compartida de emociones, pero no una mano tendida sobre otra, un libro que leen dos al tiempo. De hecho, lo primero a lo que se acoge uno es al mensaje, que es reivindicativo, político, de poesía social de los cincuenta, de puñetazo encima de la mesa. La voz de Pucho engancha mucho o te molesta mucho: puede sobrecogerte (a mí me conmueve en tramos, me llena mucho en momentos) o crearte un severo estado de nervios que incluso podría reconocer el fan más fan de todos los fanes vetustos. Llevo tres días prestándole toda mi atención a esta deriva. La siento mía, me ha conducido por calles, me ha enganchado lo suficiente como para haberme alegrado una barbaridad de que un grupo español (por fin, por fin) me haya entusiasmado al modo en que lo hizo Radio Futura en el glorioso pasado, que es una estación propicia para la nostalgia, por supuesto. El desfile de los mil dolores pequeños que punzan la piel del herido o del atropellado (hay tantos atropellos, hay tantas heridas) te mantienen alerta, a la espera de que en cualquier rincón te conmocione un verso suelto o te haga brincar un riff de guitarras o un certero acople de sonidos, menos atmosféricos, más epidérmico. Dice mi amigo K. que Vetusta Morla no saldrán nunca de la etiqueta de grupo de culto. En este país las cosas de culto suelen ser las que se despachan con desprecio, las que solo suscitan la atención de ciertos connoiseurs. No teniéndome yo por ninguno de ellos, llego a La deriva con la voluntad de escuchar sin prejuicios. No siempre sucede. Se deja uno llevar. Cae en lo que oye. Una vez contaminado, es difícil acceder de forma limpia. Ahora mismo estoy escribiendo esto y pensando en que tengo un amigo vetustero (P.) y dos, al menos dos, que no lo son (F. y J.A.) K. me dice que desoiga, que tire al monte, que haga lo que suelo, pero no dejo de pensar en que entiendo las posturas, el amor frontal, el odio recto. 

Cuentos


No hay nada que esté a la altura de la ficción. La verdad, la programable, la que se registra y se estabula, no alcanza a la ficción ni cuando se esfuerza con más ahínco o cuando consiente que un poco de ella, prestada, la traspase. Amo la ficción casi por encima de todas las cosas. El mundo es también ficción. La vida que llevamos es una ficción a la que le damos carta de credibilidad, de asunto pesado, medido y gobernado. Buscamos a Dios porque la divinidad contiene trazas de ficción, grumos puros, sin cortar. Más que el amor, la prioridad es la historia, la narración. Todas las religiones se construyeron en base a esta premisa. Todas conmueven por el peso moral o el estético de lo que narran. Ninguna malogra la posibilidad de que los textos exhiban esa musculatura épica, de cuento infantil casi, con la que el espíritu se eleva y se deja traspasar de toda clase de ángeles. Luego está la realidad, aplazando toda especulación narrativa, imponiendo su trajín, mostrando sin pudor el tráfago de sus asuntos. Está tutelando todas estas banales distracciones del alma inconforme. 

7.5.14

Todos los hombres del mundo



Debe haber cientos de ellos, pero en esencia son el mismo. Bill Murray convertido en tipo asqueado del mundo o en galán venido a menos o en presidente de los Estados Unidos de América o en mafioso con cáncer terminal. Creo que hay pocos actores cuyo rostro se ajuste con más honradez al papel que se le encomiende. Ninguno, que yo piense ahora, cuya forma de actuar exige menos. Como una especie de Antonio Resines americano. Lo que yo creo es que Bill Murray no es un actor. No al menos uno al modo en que entendemos el oficio de representar a otro en una ficción. Bill es un privilegiado, una de esas personas que poseen una vida interior tan sumamente rica que obtienen de ella lo preciso para desplegar los matices de esos personajes en los que se cuela en todas las películas que ha hecho. Me gustaría ver un Bill Murray haciendo de Sherlock Holmes o de Hannibal Lecter o incluso un Murray transfigurado en Samsa, justo en el momento en que sale o entra del bicho repugnante que inventó Kafka. También un Murray Kafka, claro que sí. O uno Mourinho, en rueda de prensa, creyéndose el emperador de la frase corta e hiriente. No hay película suya que no haya disfrutado, aunque fuesen malas o no entrasen en mis consideraciones estéticas o narrativas. Solo el hecho de verlo en la pantalla me reconforta, de verdad. Hasta anoche, en que vi este montaje fantástico con todos los Murray del imaginario Murray, no caí en la cuenta de todo esto que digo. Hoy es el día Bill Murray. Si no estoy desfallecido esta noche, me programo algo. Me vale Los incorregibles albóndigas. Esta noche seré un albóndiga de nuevo. Uno no puede razonar las debilidades. 


p.d.: Gracias, Refo. Está usted ahí, lo sé.

6.5.14

Dios y el espagueti volador





"What goes on inside believers is mysterious. So far as it can be guessed at it appears to be a kind of anxious pretending, a kind of continual, nervous resistance to reality. We don't seem to get it that the magic in Harry Potter, the rings and swords and elves in fantasy novels, the power-ups in video games, the ghouls and ghosts of Halloween, are all, like, just for fun. We try to take them seriously; or rather, we take our own particular subsection of them seriously. We commit the bizarre category error of claiming that our goblins, ghouls, Flying Spaghetti Monsters are really there, off the page and away from the CGI rendering programs.Star Trek fans and vampire wanabes have nothing on us. We actually get down and worship. We get down on our actual knees, bowing and scraping in front of the empty space where we insist our Spaghetti Monster can be found. No wonder that we work so hard to fend off common sense. Our fingers must be in our ears all the time – la la la, I can't hear you – just to keep out the sound of the real world"


«Por eso la vida interior de los creyentes es un misterio. En la medida en que puede imaginarse —si es que alguien quiere imaginarla por alguna razón—, parece algo así como un continuo afán por fingir y resistirse a la realidad, como si un creyente no pudiera permitir que las cosas sean simplemente como son; como si tuviera que traducirlas o dotarlas de una moral, darles un significado adicional innecesario y bastante sentimental. Una puesta de sol no puede ser únicamente parte de esa mezcla de esplendor, crueldad e indiferencia que es el mundo: tiene que ser una bendición del cielo. Una comida es un regalo por el que hay que dar las gracias, aunque los ingredientes los hayas comprado en el super y te hayan costado equis. El sexo no puede ser el abanico de experiencias al que uno se ha acostumbrado como adulto, y que van del terremoto aislado al cosquilleo agradable y suave: tiene que ser un sí, sí, sí; esa cosa tan especial que sucede cuando las mamás y los papás se quieren mucho. Supongo que todas estas pequeñas negaciones del sentido común reflejan un fracaso del realismo rotundo y fundamental: nuestra vergonzosa dificultad para distinguir, como es básico en la vida adulta, entre lo que existe y lo que se fabrica. Al parecer no entendemos que la magia de Harry Potter, los anillos, las espadas los elfos de la literatura fantástica, los poderes de los videojuegos, los espíritus malignos y los fantasmas de Halloween son mero entretenimiento. Intentamos tomarlos en serio o, mejor dicho, nos tomamos en serio una determinada parte de ellos. Cometemos el extraño error de categoría de afirmar que nuestros duendes, espíritus o el Monstruo Espagueti Volador existen de verdad fuera de la página de los programas de animación digital. Los fans de Star Trek o los que quieren ser vampiros no son nada en comparación con nosotros. Nosotros veneramos y nos arrodillamos de verdad. Nos ponemos literalmente de rodillas y nos las arañamos, y nos inclinamos ante el espacio vacío en el que insistimos se encuentra nuestro Espagueti Volador. No es de extrañar que nos esforcemos tanto en eludir el sentido común. Tenemos que taparnos los oídos todo el tiempo (la, la, la: no te oigo) para que no nos llegue el ruido del mundo real. Lo curioso es que yo lo veo exactamente al contrario».



Impenitente, una defensa emocional de la fe, Francis Sputtford, Turner Noema, 2014




Conforta leer lo que uno no escribiría nunca. Reconozco que he leído a Hitchens y a Dawkins y me he sentido afín a lo que dicen, pero Sputtford cuenta de un modo absolutamente encantador su visión de las cosas, sobre si hay un Dios o todo es una ficción mantenida durante siglos de convalecencia espiritual. Conforta y conmueve la teoría según la cual todos los que amamos la ficción pura no alcanzamos el nivel de credulidad de los cristianos de fe más honda. Luego están los que se conforman con la superficie. Los que no creen a medias o los que creen a medias también. Admira uno el empeño con que se sostienen algunos en sus cosas. Yo soy todavía de los que prefiere el jardín de los senderos que se bifurcan. Algunos ya me entienden


Yo tuve una camiseta rojiblanca


No soy del Atleti, pero voy a disfrutar este año cuando gane la Liga. Lo haré a pesar de que mis inclinaciones futboleras son merengues, pero está bien que de vez en cuando la fatalidad se vista de fiesta y nadie la reconozca cuando la mire. Y el Atleti es la fatalidad, es el pupas, es el dolor en un ojo cuando creías que ya no te iba a doler más. Todo lo demás, la fiebre colchonera, el ardor de la grada cuando juegan con equipos sin el brillo de los de arriba, se lo dejo al forofo integrista, al que no se pierde un partido de su equipo y sabe la alineación de corrido y hasta se permite comentarios sobre cómo se despliegan y cómo serían imbatibles. No hay equipos que lo ganen todo siempre, y está bien que sea así. Aburre lo previsible y dan ganas de cerrar los ojos o de mirar a otro lado. De este Atleti me quedo con su discreción absoluta. Tal vez de ahí parta el éxito y de esa discreción, de ese no sentirse grande del todo, sino un grande circunstancial y fortuito, provengan todos los triunfos que se le presentan. Y si no gana ningún trofeo (es norma que la fatalidad antes nombrada viene sin aviso y corta aquí y corta allá a su antojo y sin miramientos) quedará la sensación de que pudo ganarlo todo, y eso es también un triunfo. Si ganan los de siempre (el Madrid, el Barcelona) no habrá diversión o la habrá de un modo anestesiado, repetido, sin la alegría de lo novedoso, sin toda la bondad de lo que no está previsto. No es solo ya el hecho de que gane el débil (el equipo de Simone no es débil, en modo alguno) sino de que los clásicos, los que llevan un palmarés más vistoso, cedan un poco, dejen a los demás reinar, aunque solo sea durante un curso deportivo. Luego está la memoria de quien subscribe esto: la idea de que hace treinta años (más tal vez) yo era del Atleti. Lo era cuando Leivinha, Gárate, Capón, Ayala, Reina. Cosa de los cromos. O de la elástica. Creo que de chico tuve una camiseta rojiblanca. 

5.5.14

Turbado, perplejo, fascinado

Como no soy un hombre de fe, no puedo ponerme en lugar de quien la posee. En ese sentido, quien la tiene no podrá nunca ponerse en el mío. Eso conlleva a un punto sin retorno en el que dialogar es una empresa baldía. Quizá convenga entonces un principio de cesión por ambas partes. Ese interés en entender al otro no suele darse con la frecuencia que la convivencia exigiría. De darse, no habría una sola guerra en el mundo o, en caso de que las hubiera, por la naturaleza cainita del hombre, serían menores, mucho menos cruentas, pero ya digo que igual la palabra supliría al tomahawk y se podría elaborar un terreno intermedio, donde uno cede viendo que el otro también lo hace. Cabe incluso la posibilidad de que la razón acaba imponiéndose y el equivocado se rinda, desmonte sus ejércitos (sintácticos, semánticos) y crezca como persona después de aceptar esa derrota. El problema es que no aceptamos jamás las derrotas, pero eso es otro asunto. Decía que como habrá quien de esto sepa más que yo, quizá no debería contar nada, pero uno no sabe marginarse, no cree que el silencio, tan hermoso a veces, convenga para algunos asuntos. El de la fe es uno que siempre me atrajo y al que nunca di de lado. Soy un descreído sensible a la posibilidad de ser un creyente. Ejerzo mi moralidad de un modo absolutamente a salvo de las inyectivas que se trae la iglesia cuando decide airear su pensamiento. Soy una buena persona (en lo fundamental, en lo aparente, por supuesto) sin asistir a misa de doce y sin tener intención alguna de escuchar a nadie vestido de negro, elevado a un púlpito, convencido de que la salvación está en la palabra que predica. Hay también buenas personas que van a misa de doce y creen en la salvación y en la trascendencia de sus oraciones. De hecho conozco a unos cuantos y estoy casi por decir que mis mejores amigos son feligreses, gente de iglesia. 

Yo sigo en el papel de ajeno combativo, aunque no milito en ninguna asociación de ateos, ni tengo necesidad alguna de estar continuamente revelando mi catecismo laico al modo en que otros sí que se esmeran en hacer propaganda del suyo y llenan sus facebooks y sus blogs de imágenes y de textos que manifiestan su fervor. Por eso no debería contar nada. Lo apropiado sería apartarme de lo que no me atañe. Sé todo eso. Sé que no se debe opinar sobre lo que no nos afecta directamente, pero la cosa es que sí afecta, sí que me incumbe. A los mandos eclesiásticos mi educación les debe respeto, pero ellos no respetan que yo ande descarriado. a decir de su sentido del camino, y no pierden ocasión en atropellar con sus comentarios todo lo que se aparta de lo que su formación espiritual dicta como correcta. Por eso (insisto) acabo contando, termino en la obligación (moral tal vez) de posicionarme afuera de todos de ellos, de quienes sostienen que mi vida no me pertenece del todo o que la sociedad sin dios se despeña sin remedio o que traer hijos al mundo no es un asunto que yo pueda gobernar. Una sociedad sin dios es un triunfo del hombre, que es libre de creer o de no creer en instancias superiores a la razón y al libre albedrío del espíritu. No tengo ningún interés en saber si habrá una vida después de ésta. De hecho no hay ninguna razón que me incline a pensar que al final del camino se abrirá otro mágicamente, por designio divino, como si de verdad hubiese una inteligencia absoluta que gobernase los pasos que damos y los que no. Me conmueve, en lo estético, en la declinación de lo fundamentalmente racional y en la irrupción limpia de la belleza, la comunión del pueblo con sus imágenes, como la que anoche vi (en parte) en mi pueblo. Sé que no apreciaré lo que el creyente y que no podré en modo alguno penetrar en lo místico. A mi beneficio queda la liberación de un cierto grado de belleza, de belleza sin pasar por los conductos de la inteligencia, que es como en ocasiones se advierte mejor su hondura. Esa es la religión admisible, la que no entra en reglamentos morales que castigan al diferente (o lo igualan a un perro) o la que propugna la igualdad entre todos los que andamos por aquí, los mismos y los distintos, los que se arrodillan ante sus iconos y los que nos arrodillamos ante iconos diferentes. No conozco a nadie todavía que viva encapsulado, al margen de la fascinación de las imágenes. Da igual que sea una virgen en un altar o en un paso por las calles o un cuadro en una pinacoteca o un paisaje en la naturaleza, quien no sienta un temblor cuando esas manifestaciones de la belleza (la gran belleza) se le ofrecen y lo turban. Sin turbación, no hay vida. Vivimos mejor turbados. O quizá todo esto tenga sentido si unos cedemos y otros, observando ese acto, cede también. En fin. Creo que igual me hablo yo solo. 

4.5.14

La siesta


No creo que haya elogio que me satisfaga más escribir que el que se merece la siesta. La he practicado con absoluto fervor y he lamentado las veces en que las circunstancias, juro que muchas, han malogrado su ejercicio. No soy de los que cierran la persiana, se ponen el pijama y se tapan a cal y canto, buscando colar la noche en el día, ni de los que les basta una cabezada de veinte minutos, en el sillón de orejas, escuchando el runrún de la televisión, a la que no se presta jamás atención y que hace las veces de narcótico. Mi siesta es un rito que se sublima a partir de la hora de aturdimiento. En ese plazo de tiempo, en esa fuga pensada de la realidad, confío como el que se encomienda a los santos o le reza a su dios y confía en ellos para que brille el horizonte y el porvenir lo acoja y lo mime.. El mío, mi dios de uso diario, a falta de uno ortodoxo, de los de altar y catecismo, es uno caprichoso y rudimentario. No tengo un entrenamiento especial, creo. Reconozco que el tránsito al placentero limbo del sueño se acelera según la ingesta de cerveza o de viandas que haya tenido antes. Suelo ser prudente porque va teniendo uno la edad en que las imprudencias se pagan a un precio que no es el suyo, pero hay imprudencias maravillosas, de las que te hacen reconciliarte con el cosmos y contigo mismo, no sé el orden exacto en que cifrar esos dos deseos más que cumplidos. Insisto en que no hay elogio que dé cuenta de lo que la siesta, una buena siesta, proporciona a quien la practica. Sé un par de asuntos más que rivalizan con el de la siesta en satisfacción absoluta de los sentidos, pero habrá ocasión de explayarse en ellos, y no es (a lo visto) ésta. Quienes prefieren la siesta de brasero y mesa camilla tienen mis bendiciones. La conozco sobradamente y la aprecio sin titubeos. He tenido epifanías monumentales leyendo (por decir algo eso de leer) a Chesterton al amor de ese brasero, dejando al cuerpo decidir cuándo dejarse vencer. Al bueno de Chesterton, observando con detalle su porte, su figura victoriana y bien abastecida, le debió gustar la cabezada de la sobremesa, leyendo a sus maestros (Stevenson, Shakesperare, Cervantes, Proust), pero no creo que comprenda el arte mismo de la siesta, su supremo bienestar, incluso la enseñanza que proporciona. Yo, sin embargo, me inclino por la siesta estival, la de la lujuria bajo el split, caso de que no se tenga a mano una buena sombra en un patio, entregado al solaz puro, comprometido con la molicie más alta. Y ahora excusadme, ah lectores, debo acostarme. Los que amamos la siesta no le hacemos ascos a una buena cama cuando está cerca el amanecer. Quizá eso justifique que mañana a media tarde, después de un buen almuerzo, bien comido y bebido, decida retirarme a mis aposentos. Creo que no tengo enmienda. 

3.5.14

El silencio


No se aprecia el silencio hasta que uno lo ha perdido. Es el ruido el que nos conduce, el que marca la pauta. Estamos hechos de ruido. Puede que de más cosas, pero hay ruido dentro de uno, ruido que no nos pertenece, en muchas ocasiones. Quizá haya que escucharse. Hace mucho que no me presto atención. O que me la presto de un modo impreciso, sin escuchar de verdad. No nos escuchamos. Yo, en particular, me escucho cada vez menos. Hay días en que no ejerzo esa voluntad privada, días enteros en los que no reparo en el silencio. El silencio es lo que se está perdiendo. Ganamos otras cosas, pero están impregnadas de ruido. El progreso no ama el silencio.