29.4.13

Ya no sabemos cuál es el peso del mundo




Uno nunca sabe dónde empiezan las historias. Si las arma el azar o es el capricho de quien las piensa el que las termina cerrando, convirtiéndolas en una pieza canjeable por otra pieza, en un sombra cosida a otra sombra. Lo que sé y a lo que me aferro más fieramente cada día es que las historias piden más historias. La mía, a poco que la pienso, es más triste ni peor que las otras. Quizá porque sea de mi incumbencia o porque es una sombra cosida a otra sombra o porque no quiere que la cierre, mi historia me conmueve cada día más. Tanto aprecio le dispenso que en ocasiones no la siento cosa mía y la miro desde afuera, com cortejándola, dejando que se me vaya colando, convirtiéndose en algo personal. Es curioso el modo en que nos comportamos con nosotros mismos. Estaría bien salir unos días, contemplar lo que es uno desde la periferia, regresar más tarde con la lección aprendida o con ninguna lección aprendida, yo qué sé, pero viajado. Debemos ser muy ridículos, imagino. Incluso debemos ser sublimes, en ocasiones. No veo la razón por la que no podemos brillar. A diario. Brillamos intermitentemente, a ráfagas. A veces lo hacemos a solas, al término del día, en la intimidad.

Igual las historias viven a salvo de los que las cuentan. Quizá el peso del mundo no sea el amor sino las historias. Las de amor. Las de sacrificio. También las historias en las que la muerte termine imponiendo su criterio bastardo. A cada novela que termino de leer (la última, Antigua luz, John Banville) pienso en qué sería del mundo sin que esa novela existiese. Si en el modo en que el mundo gira, hay una brizna de lo escrito por Banville. Si todo lo que somos, al morir, se pierde invariablemente. Cosas absurdas para estar cerrando un domingo. Mañana lunes, a poco que lo piense, lo razono a fondo, borro este post y cuelgo uno sobre el último disco de David Bowie. Lo tengo en el editor desde hace un mes y no encuentro el momento de darle salida.

28.4.13

El vals lento




No sé a qué velocidad morimos. Hay por quien no pasan los años y hay quien por quienes pasan sin pudor los de todos los demás. Quienes mueren porque ya lo han vivido todo muchas veces, quienes han vivido todo una triste y sencilla vez y quienes no han vivido absolutamente nada. Se tiene una idea rudimentaria e imprecisa de cómo se va uno muriendo. La misma de la que disponemos para razonar la velocidad con la que vivimos. Algunos, atropelladamente, ya saben; otros, con morosidad. Hay hasta un inasible término medio, aséptico, neutro, gris, sin excesos ni atrevimientos. Son más las cosas que ignoro que las que tengo por ciertas. En ese certidumbre, sobre ese pequeño avituallamiento de verdades, se vive infinitamente mejor. Ardo, pero no conozco el fuego. Nos consumimos impeceptiblemente. No hay indicios registrables a diario. Apreciamos el desquicio de la piel o el atropello salvaje del olvido cuando vemos fotografías antiguas, advertimos las dentelladas del tiempo, pero son conceptos esquivos. El dolor del tiempo no es tangible, no se puede medir bajo los criterios con los que valoremos todos los demás. Estamos en un desamparo terrible, si se piense esto un poco a fondo. Del pasado se posee una impresión enteramente huidiza. Sabemos que hemos vivido porque la memoria nos restituye los datos cabales, las imágenes precisas, las emociones puntuales, pero del mismo modo aceptamos la ficción. Podríamos inferir que la vida que hemos dejado atrás es una ficción más. Que todo lo que no es ya visible ni se puede evaluar con el rigor de los sentidos no existe. Yo no fui a Galicia hace dos veranos. Yo no jugué al fútbol, siendo niño, en la plaza de Zaragoza, en el Sector Sur de Córdoba. Yo no compraba discos de jazz de segunda mano en una tienda cerca de la Corredera. Ninguna de esas cosas sucedieron verdaderamente. Algo me dice que sí, que ocurrieron, pero no debo fiarme de la memoria. Es la misma memoria falible que altera a su antojo mi vida. No sabemos nada. No tenemos registros de lo que ocupa los días y ocupa las noches de la existencia que atesoramos. Porque vivir, a pesar de todo, es un prodigio, es uno de esos tesoros inviolables, inargumentables, inasequibles al desencanto, por más que haya quebrantos que lo fracturen, por más que el olvido lo vacíe de nombres y de gestos, de lugares y de caricias.

La mujer de la foto de Mark Story debe contar poco de la naturaleza tosca de su piel. No tiene palabras con las que matizar el origen de todas esas formidables arrugas. Es una travesía hueca, se mire por donde se mire. Solo tenemos el ahora, el pasar majestuoso de las horas, no el vuelo de los años. Con lo pequeño, vivimos. Lo tremendamente grande, lo que solo se deja describir con grandes palabras y con grandes relojes, se nos escapa. Está en fuga ya en el mismo instante en que dejó de suceder. El tiempo, del que estamos hecho, es una broma estupenda, un fraude colosal, uno de esos argumentos que no comprendemos, pero que invariblemente hechizan. Si me lo preguntan, no sé qué es el tiempo, decían los filósofos. No me lo pregunten. No me pongan a pensar. Las cosas importantes de esta vida (el amor y la fe a la cabeza) no son asuntos del pensamiento. Los conduce el corazón. Los malogra el corazón también. Mis dudas son las comúnes. Mis desvelos, los previsibles. No sé a qué velocidad mi alma modela su bienestar. No sé qué puedo hacer yo para que vaya más lento todo. Supongo que es la lentitud lo que se anda buscando en estos asuntos. A esta altura de la trama, viene bien un poco de lentitud. La ecuación se resuelve así. La incógnita, el tiempo, se despeja sin que en ningún momento se adiverta excesiva pompa. Y de lo que nada sabemos, de lo que está por venir, nada digamos. No estropeemos la intriga, toda esa dulce sensación de asombro que todavía adoramos. Será el asombro el que hace que el mundo gire. Seguro.

26.4.13

Un perro en un paraninfo / Festejando la literatura con alumnos del IES Juan de Aréjula de Lucena


Para conmemorar el día del libro, el Ayuntamiento de Lucena ha organizado varias actividades. Entre ellas los "Encuentros literarios sin salir de casa". Mi colaboración ha consistido en visitar el IES Juan de Aréjula y hablar a los alumnos de 4º de ESO sobre lecturas y sobre escrituras. Les leí un cuento que escribí hace unos años. Días antes, un poco preocupado por no dar con la cuerda que les motivara, lo rehice, lo alargué, le extirpé lo que ciertamente no les motivaría y lo sentí, en esa transformación, nuevamente mío. Como si hubiese sido escrito por primera vez. 

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NIBELUNGO

Mi perro Nibelungo desconfía de los gatos y, contrariamente a lo que hacen el resto de los perros que conozco, no consiente entre sus vicios callejeros la intimidación. Ni ladridos iracundos ni baba asesina en el morro. Mi Nibelungo animal de raza muy retraída, se engolosina con las palomas en los parques y arrima su lomo a mi paso cuando la calle se vuelve ruidosa o advierte la cercanía de otros perros a su rabo. Otro de los asuntos que hace que mi perro no sea como los demás perros es su asombrosa afición a la ópera o al cine negro. En cuanto escucha una voz barítona se agita como si anduviera en celo, ladra con emoción y pone los ojos como en blanco. A poco que preste uno atención, si se le observa con detalle, se percata de que en algunos arias particularmente hermosos de Verdi, en los que las voces son arcangélicas y los violines suenan celestiales, Nibelungo sigue el trayecto invisible de las notas moviendo delicadamente la cabeza, y hay ocasiones en las que podría parecer que conoce las partituras y actúa como el director de la orquesta, subiendo o bajando la pata, escorándola a izquierda o a derecha como si fuese una batuta. Tampoco pierde oportunidad de echarse en su alfombrita de paño turco y acompañarnos a mi mujer y a mí cuando ponemos El cartero siempre llama dos veces o Perdición, obras cumbres del cine negro de los años cuarenta. Cuando asesinan a alguien, por la espalda o a cara descubierta, ladra y uno advierte que el ladrido perruno y el llanto humano son, en el fondo, la misma secreta y filantrópica cosa. En los títulos de crédito, Nibelungo no se levanta de inmediato. Agacha el morro, entorna los ojos y se diría que mastica las cosas que ha aprendido. Luego se yergue, estira su cuerpo pequeño y sale al patio o se retira a su colchón. 

Comparte Nibelungo conmigo estas extravagancias domésticas y me busca, caída ya la tarde del viernes, para olisquearme la bata. Le tengo yo a Nibelungo el cariño que a veces no le dispenso a ninguna criatura de mi raza. Le saco de paseo al parque o le llevo a una tienda de animales domésticos en donde lo asean , lo pelan y le hacen sentir el perro más maravilloso del cosmos. En ese ir y venir por las calles jamás me puso en evidencia al modo en que lo hacen los perros de los demás. Nunca olisquéo a una hembra de su raza. Esas pasiones del corazón no le interesaban lo más mínimo. Tampoco se arrimaba a las peleas con las que suelen adornarse los parques que frecuento. Al verlas, alzaba una pizca el morro, movía ligeramente el rabo y abría con verdadero interés los ojillos, pero ahí acababa todo sin interés en la pendencia.
Igual que Cátulo cantó al gorrión de Lesbia y nuestro Antonio Gala dedicó un librito a su perro Troilo, lo mismo que los ingleses adoran los gatos o los hindúes saben que la vaca es un animal sagrado, yo consagro este capricho literario a mi perro Nibelungo, que anoche se fugó de casa con otro perro de su raza, torpe y aburguesado como él, cuyo dueño me confesó el amor que su mascota, Traviato, tenía por las óperas de Verdi. 

- Les pierde el bel canto, las masas orquestales, la épica de esos héroes románticos - comentó atravesado por una congoja indecible. 

Desde que Nibelungo no está en casa, todo va mal y camino de ir a peor. He perdido casi completamente el apetito, apenas me interesan las cosas que pasan en el mundo, no asisto al trabajo con la alegría de antes, no hablo con mi mujer e incluso he abandonado pequeñas normas de higiene a las que antes me entregaba con absoluta eficacia. He dejado crecer mi barba. La tengo agreste y salvaje. Falta que hagan nido un par de mariposas en su boscosa mata. Tampoco me importaría, la verdad. Igual me dan compañía en las noches y les tomo cariño y ellas me lo toman a mí. En el fondo soy un sentimental, ya ven. Uno de los que se arrugan cuando le hablan con ternura o cuando, pongo por caso, un perro se hace extensión de tu sombra y disfruta de tus cosas como nadie ha disfrutado nunca. No pongo el pie en la calle salvo que tenga que ir al médico a que me examine por si este mal que padezco tiene una cura a la que pueda contribuir la medicina. Yo sé qué hará que sane. Ni el psicólogo que mi mujer quiere que visite ni todas las pastillas de colores del mundo obrarán el milagro. Lo que quiero es que un alma caritativa, un gentil señor o una buena señora, un niño gordo o una niña con trenzas llame al timbre de la puerta y me entregue a mi Nibelungo. De verdad que la vida es insoportable sin él. He pensado muchas veces en lo idiota de mi comportamiento. He razonado que hay personas que pierden seres queridos y levantan cabeza y vuelven a tomar café en las terrazas y hacen las compras en los mercados. Sé que la vida sigue y que todas las heridas, incluso las más terribles, cicatrizan, pero no hay manera de que todas esas buenas cosas que pienso me las crea y me hagan efecto. La vida, si no fuese tan cruel, sería una de esas películas con argumentos terribles que uno ve y de las que se olvida a los diez minutos, pero mi vida es una película triste y sigo sentado en una butaca, mirando la pantalla, contemplando la secuencia patética de mi existencia. 

Hace un par de días que me dejó mi mujer. Dejó una sencilla nota debajo del imán en forma de perro de peluche que tenemos en el frigorífico. Decía: 

- A Nibelungo es posible que lo encuentres. A mí me perdiste el día en que el maldito chucho puso el pie en esta casa-

No he quitado el papel prendido al frigorífico todavía. Lo miro para que me recuerde que Nibelungo no está. Uno no le desea su mal a nadie, desde luego, pero no de vez en cuando me recreo en la posibilidad de que alguno de los que consideran que estoy loco o que solo me mueve el capricho y la frivolidad sientan en sus carnes el dolor que siento. Tampoco lo entienden mis jefes, antes tan comprensivos con todos mis asuntos. No me dijeron nada cuando llegué tarde el primer día. Se limitaron a hacer una pequeña broma con el despertador, pero cuando mi indisciplina horaria malogró la firma de un contrato, me llamaron seriamente al orden. Puedo incluso llegar a entender que les irritara la forma en que había descuidado mi aspecto. La barba montaraz, el desarreglo en el vestir o las uñas sucias y sin cortar. Lo que no comprendo es que se tomaran a broma el extravío de Nibelungo. 

Hace algo más de una semana que no salgo de casa. Entretengo mi ocio viendo libros sobre temas caninos y salgo a la terraza a fumar y a ver pasar coches y señoras con perro. Qué felices son. Con qué alegría se manejan por las aceras. Con qué delicado primor se agachan y recogen con una bolsita las deposiciones. Me pregunto si esas nobles y amables criaturas que despiertan mi envidia y alegran mi tristeza serán aficionadas a Verdi y a Wagner. Si como mi llorado Nibelungo, echarán el morro delante del televisor de plasma y no perderán ningún detalle de todas esas películas de cine negro que a mí me entusiasman. Anoche salí a la calle. En uno de mis sueños, en uno particularmente lamentable, un coche atropellaba a Nibelungo. Voy a liberar al amable lector de este informe de mis desgracias de la incómoda restitución de los detalles. Solo diré que fatigué el barrio entero. Anduve por calles en donde nunca había estado. Paseé parques oscuros en donde los jóvenes, felices como un caracol en un espejo, se bebían la vida en un cubalitro. A ninguno se me ocurrió preguntarle por Nibelungo. Nunca se me dio bien abordar a un extraño. En eso soy como mi Nibelungo, un ser amable en el fondo, pero de una timidez enfermiza. Por eso me cuesta tanto trabajo entender qué hace mi perro en las calles, solo, sin mi protección, sin Wagner, sin la alfombra de paño turco bajo su panza, viendo películas de Stanley Kubrick. Seguro que el sueño es una premonición. Seguro que está en el depósito de cadáveres, aunque ahora que lo pienso, ¿tendrá el ayuntamiento de mi ciudad un servicio para estas inconveniencias urbanas? Un perro muerto, a la vista de todos, expuesto al dolor de sus dueños y a la visita de las moscas , debería ser recogido, tratado con el respeto que merece. No me dejen ir por aquí, que voy a echarme a llorar. Nibelungo está con Traviato, el perro con el que se ha fugado. Porque es una fuga. Volverá a casa. Un día de éstos, sin que yo lo espere, sin que una señal en el cielo me avise, sin que me lo pronostique un sueño, rascará la puerta con sus patitas, ladrará todo lo fuerte que sabe y moverá el rabo con el ardor de antaño. Yo le pondré la cabalgata de las valkirias en el equipo de alta fidelidad, le dejaré que elija película por la noche y lo sacaré de paseo por los parques. En esa bendita felicidad, me afeitaré la barba, rogaré a mis jefes que me permitan volver al curro y buscaré a mi mujer sin descanso solo para pedirle perdón y hacerle ver que la amo y que mi vida, sin ella, es un completo desastre. Tenemos que ver otra vez los tres El cartero siempre llama dos veces. Es nuestra película favorita.

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 Antes de la lectura del cuento, los animé a leer, les dije que escribir es una actividad estupenda, porque uno se inventa las historias que desea y no depende de las que le cuentan los demás. Piensa uno que a esa edad, todavía párvula en lecturas de fuste, conviene el entusiasmo más que ningúna otra cosa. El entusiasmo, el que uno imprime en lo que puede, confiere al discurso un tono de concilio feliz, una especie de casa común en la que las dos partes de hoy, yo arriba, junto al micrófono, atrincherado sin quererlo, y ellos en sus sillas, expectantes, ingenuos, cándidos, puros y también fieros, han compartido un secreto durante más o menos una hora. La literatura era el secreto a profanar. Quise descerrajar los usos de la costumbre y tal vez solo conseguí retirarlos de la rutina de todos los días y asistir a la conferencia de un pequeño charlatán de feria, pero ah amigos, feria de ficciones, convidados todos a la felicidad de las palabras, festejando el triunfo de las mentiras estupendas que nos regalan las palabras de las novelas, de los cuentos. Yo les leí dos. Uno era éste que acabáis de leer. Creo que a algunos, por lo que observé, yo tan desatento, no les incomodó mucho. Agtradezco a Eduardo del Río y a Carmen Anisa, que me asistieron, me acompañaron y me hicieron sentir muy bien, de verdad. Mi hijo, Emilio, ahí andaba, emboscado entre los compañeros y entre los amigos, escuchando a su padre. Luego, en casa, me dijo que se me notó nervioso al principio. Que leí a ratos deprisa. Nada que no sea verdad. Ha sido un día bonito.

25.4.13

De unos muebles, un árbol




I
Narrar es hacer un palimpsesto absoluto. El texto está debajo y solo hay que sacarlo. Narrar es transgredir también, violentar a quien lee o a quien escucha, agredir a quien se presta a modificar su estado en el mundo. El que escribe también está violentándose, modificando un ánimo para conducirlo a otro. Leer es siempre un riesgo porque no se tiene la certidumbre de que se vaya a salir con el mismo apero sentimental o intelectual con el que se entró. Leer es hacer un palimpsesto inverso. Leer es ser transgredido, aceptar ser violentado, pedir esa dulce agresión que consiste en empezar una travesía siendo uno y saliendo siendo otro. Salir al día, mirar por la mañana el sol y pisar la acera es, a su modo, un ejercicio literario. El escritor es alguien que de unos muebles hace un árbol, dejó escrito Anne Sexton. Por ahí va la cosa. Por hacer árboles. Por ser dioses. Dioses inversos. Metafísica pura.

II
Hablaba hace unos días con un amigo sobre la importancia de educar en el hipertexto, en fin, mis amigos y yo somos así, y caí en la cuenta de que la realidad funciona con idéntico chasis contextual que la red. Que vamos libando de aquí y de allá, abasteciéndonos de códigos, descerrajando lo real y habilitando un espacio nuevo, necesariamente hostil, en el que depositar el deseo de ir más allá. Porque, al fin y al cabo, todo se resume a esto: a querer saber más, a indagar, a compartir, a fundar un territorio en el que podamos reconocernos actores de una trama común. Narrar, en los tiempos en los que estamos, es proyectarse al mundo y sentir que esa proyección afecta de alguna forma toda proyección vecina. La otredad, la cercanía del prójimo: ése es el verdadero sentido de las cosas.

III
El blog, cualquier blog, este blog en concreto, es un instrumento, un modo fiable de representación en el escenario recién creado. Hay que repensar lo clásico y renunciar a hacer literaturas comparadas: leí anoche (nuevamente) a Góngora y me dormí en ese limbo perfecto de palabras que se engarzan y se abrazan y se pierden y vuelven luego a encontrarse para producirnos el asombro que quería Aleixandre. Bien: toda esa fascinación metalingüística, de orfebre infatigable del verbo, no es posible ahora. Pienso en la escritura actual y en cómo esquiva esas poéticas trascendentes, de altísimo voltaje semántico. Prima la experiencia, el lenguaje que se deriva de lo vivido, el sencillo discurrir de los acontecimientos poetizables, la cáscara liviana, el peso de lo light frente a la contundencia metafórica/cognitiva de esa otra poética ya condenada. Hoy tengo a Peo en la mesita de noche. Poe es un refugio. Poe es un refugio.


IV
Lo que ahora estamos viviendo es una revolución absoluta. Lecturas muy triviales de los acontecimientos recientes, todos alojados en el paradójico, democrático e invisible panel de las nuevas tecnologías, podrían desvirtuar el verdadero sentido de esta nueva cruzada post-teológica. A lo mejor el terror a lo nuevo viene de esa renuncia tácita a ver a Dios debajo de los hilos de la Red. La literatura cyberpunk abastece de suficientes argumentos como para tomar muy en serio esta trivialización de la religión como ortodoxia y el abrazo a eso que algunos han denominado new age y que consiste, muy sesgadamente escrito, en la creación de un nuevo depósito de esperanza mística o metafísica o transterrenal que no se base en metáforas ancestrales, en creaciones de otros que ya no están y sí, muy al contrario, en contenidos contemporáneos, nacidos hoy, contextualizables, convertibles (a poco que se piense) en un nuevo folclor digital, material de muy escaso volumen ideológico, que no precisa inmersión cultural sino algunas señas meramente mediáticas, los restos de la cultura fragmentada a la que no queremos apegarnos porque implica un gasto que no estamos dispuestos a hacer. Engolfa más el apetito sensible la caterva infame de golosinas pestilentes que adornan el escenario interesado del negocio: engolfa más Telecinco, engolfa más la tertulia rosa de avatares irrelevantes de gente aburrida que se cuenta y se recuenta las cicatrices de la vida, las inventadas, las ciertas, y va y las cuenta para que el espectador, el usuario doméstico arrebujadito en su butacón aséptico, contemple el sexo de la simplicidad. Engolfa la carne mostrada como mercancía, derramada y blasfema, sin vocación de trascendencia, pero he aquí, oh sonido de las monedas en el bolsillo, oh trasunto bursátil, que el negocio se nutre con estas sutilezas de lo precario.

V
Mañana, en unas horas realmente, voy a un instituto de mi localidad a hablarles a los alumnos de 4º de ESO sobre libros y sobre escritores. He ido preparando unas cosas muy a tientas, sin saber con certeza el modo en que contarlas. Si confiar en la improvisación y dejarme llevar o si, bien al contrario, depositar todo en la buena lectura, reposada, interpretada. No lo tengo claro y está bien no tenerlo claro. En todo caso, hablaré con entusiasmo. El entusiasmo saldrá solo. Con eso cuento. Es lo que tiene hablar sobre lo que le gusta a uno. Que sabe que el éxito de la tertulia está asegurado porque el material con el que se trabaja (la literatura, el amor a los libros, el deseo de escribir) es bueno. No es que yo vaya a hacerlo bien, quién sabe, qué importa: es que voy a hablar con material muy bueno. De última generación. Un pepinazo de material.

24.4.13

El ojo atento y la plata lista




La cultura es un espejismo: creemos estar asistiendo a su florecimiento y a su distribución limpia y honesta, sin la injerencia de los lobbies, sin el concurso interesado de los patrocinios, pero es mentira. La cultura la venden embotellada o en una caja con un lazo rosa o azul o en una bolsa del Carrefour con un agujero en el fondo por donde se pueden ir cayendo los contenidos camino del coche. La cultura en España es un producto con un código de barras identificable o en todo caso la cultura en España son muchos productos con distintos códigos de barras identificables. La cultura es un lujo al alcance de unos pocos, no un valor confiado al pueblo, democratizado, convertido en un bien incuestionable. Porque la cultura, a día dehoy, salvo casos formidables, es una mercancía al modo en que lo es un Jaguar último modelo o un plato de gambas en una terraza en Punta Umbría. Y no sabe uno si habría que aflojar la mano, rebajar el precio de salida y darle el vuelo que hasta ahora no se le ha dado. Ese gravamen de los libros, esos precios del cine, esos aires aristocráticos en el escaparate, no pueden conducir a nada bueno. Ayer se celebró el Día del Libro, ah, y de los Derechos de Autor, qué olvido el mío. Bien, buen día, sin duda. Hoy es otro el asunto que nos ocupa. Hoy ya no hay libro del que hablar ni stand en el que grabar la riada de fieles buscando la firma de sus autores favoritos. Hoy ya no hay maratones (bueno, en mi colegio sigue el que arrancó ayer y en el que mis alumnos participaron con dos discretos poemas) ni hay slóganes en la red sobre la bondad de la lectura o sobre los efectos balsámicos y paliativos de la poesía de Antonio Carvajal, pongo por caso. Hoy es lo de siempre, es decir, el habitual ausente o escaso afecto por lo libresco, toda esa impresión de que leer, en el fondo, no hace mejores personas ni sirve verdaderamente para nada práctico. Los buenos lectores no nos van a sacar de esta crisis, pero quizá no nos metan en ninguna en el futuro. La cultura es cara. Los recortes, en la escuela, la van a hacer más cara todavía. No va a estar todo tan a mano: lo van a apartar un poco, lo van a aislar, envolver en papel regalo y adjudicar al mejor postor. Ganarán los postores, los que compren al precio más alto, los que tengan el ojo atento y la plata lista.

Podemos movernos de un modelo a otro hasta dar con uno que nos cuadre más cabalmente y permanecer en ése de por vida o podemos manejarnos con promiscuidad y revolotear de una cultura a otra, libando aquí y libando allá, a capricho del humor con el que el azar nos haya bendecido al poner el primer pie en el suelo cada mañana. En la blogocosa o blogosfera o burrovía la cultura es también un espejismo: creemos estar contemplando la sensible expresión del ciudadano anónimo y a lo que asistimos es a un escenario muy parecido al otro, al embotellado o al empaquetado y vendido con grandes campañas de promoción. Si la vida, como quería Artaud, es quemar preguntas, yo estoy ardiendo en la mía y me pregunto, en una combustión perfecta, si estaré preparado para comprender las respuestas. Quizá el signo de los tiempos sea ése: alumbrar incógnitas, bosquejar dudas, regalar la ecuación sublime. Ando en pesimismos recientemente: será la calina que en Córdoba está ya presentado sus habituales credenciales, será que la alergía (gramíneas, olivo, ácaros del polvo) me tiene bajo mínimos y me salen posts grises, embadurnados de caos, visiblemente decadentes, pero es que en la decadencia vive uno mejor. La realidad es tan boscosa y se abre tan procazmente que casi merece la pena no indagar en demasía en su textura, en su naturaleza, y brincar y celebrar con inargumentable júbilo los números y las palabras, las formas y los fondos, la luz y las sombras. 

Yo, el burro en cabeza, y mi Terbasmín Turbuhaler juntos por las avenidas festejando el espejismo de la cultura, la impostura del negocio en el que invariablemente nos manejamos. Y si mañana me levanto razonable, discúlpenme los diez lectores habituales, escribiré sobre el fin de ciclo del Barcelona, barrido en Múnich, o sobre la posbilidad de que el cine gane clientela si bajan el precio en taquilla, en lugar de pedir subvenciones. No sé yo si el cine precisa de mecenazgos o puede ir reclamar, solo, sin tutela del Estado, su cuota de negocio. Tampoco revierte en mí, como cliente, la pasta, gansa o no gansa, que ganan, cuando la ganan, habría que añadir, en fin... Todo es muy triste. . De hecho abrí el editor de Blogger con la feliz idea de escribir algo sobre eso, sobre el cine, sobre la tristeza,  y miren ustedes en dónde he terminado. En el limbo feliz de los post inútiles. Excusadme, ortodoxos, que diría otro. Voy a prepararme para el miércoles. A ver si a Mou, el indefendible, no le meten hoy cuatro, pero si los teutones los sacan del campo a base de goles, merecido estará. Buenos días..


posdata: no he encontrado, como quería, autor para el dibujo que ilustra el post.

22.4.13

La escuela verbo punto cero





Hay una inclinación natural a dejarse convencer antes que a hacer valer el criterio propio, pero no es por falta de argumentos ni porque mande la pereza, esa indolencia con la que se contempla la vida como si no fuese con nosotros. Se deja uno convencer porque no se cree ganar nada convenciendo al otro. Estamos en un punto en el que la dialéctica, el noble oficio de la oratoria, está dejando de ser un valor. Hoy los valores son otros, y casi todos prescinden del concurso eficiente del lenguaje. A poco que esto continúe, en el hipotético caso de que a nadie le importe, caeremos en una narcocomunidad, legislada a base de narcodecretos, gobernada narcóticamente. Hechizados por la abulía, íntimamemente convencidos de que es mejor ser guiados que guiar, sin caer en la cuenta de quién nos guía, prescindiendo en todo momento de la posibilidad de cuestionar la naturaleza misma del lìder, fascinados por la inercia. Ah la inercia. La Historia está llena de desastres auspiciados por un cierto estado de inercia. No sé si hay alguna prevención de esta enfermedad que nombramos. Una vez enfermos, en la convalecencia, no es fácil la cura. Por eso hay que hacer que los niños (sí, claro, las niñas también, cómo no, por supuesto) cuestionen (en cierto modo, con algunos matices muy claros)  la autoridad. No que le falten al respeto ni que la ignoren. No que la pisen. Ni siquiera que se acostumbren a desautorizar cualquier decisión que les afecte o que les incomode. Lo maravilloso sería que se entablara un diálogo. Uno conducido bajo ciertos criterios, inevitablemente gobernado por el respeto. Uno en donde el aprendíz (qué hermosa palabra y qué perdida) confíe en quien le enseña y donde el que enseña acepte algún pequeño gesto de desconfianza. De ese saludable escenario saldrán las ideas y los protocolos con los que edificar la sociedad en la que vivimos. No es solo el hecho de que la escuela instruya en contenidos sino que vierta en quien los aprende un cierto sentido de nobleza, de responsabilidad en el trabajo, de aprecio del esfuerzo.

Lo que ahora sucede, en gran medida, proviene de toda esta desidia. Que lo hagan ellos, parecen decir. Y cuando la juventud (un tipo de juventud, no toda) se echa a la calle y la incendia con soflamas contra el gobierno contra el mismísimo sistema, se desprende la idea de que es una lucha simbólica, de la que nada relevante o vinculante puede extraerse. Quizá sea ésta otra de las tareas encomendables a la escuela. La de crear individuos críticos. En eso, en la crítica, radica la primera de las vacunas con las que hacer que la enfermedad no aparezca o tarde en reproducirse. El crítico, el que de verdad ejerce ese derecho y lo expresa de un modo manifiesto, es el que discute, el que expone libremente. Las espaldas de la escuela son grandes y generosas, pero quizá ese propósito deba ser repartido.Quizá todo deba ser repartido. Que no sea la escuela la única depositaria del porvenir. Que sea la gran culpable de los males ni tampoco la heroína de esta función, aunque todos sabemos lo fácil que es reprenderla, ningunearla a veces, y lo difícil que es alabarla, agradecer el trabajo que realiza, comprender que no hay nada importante en este mundo que no haya salido de un aula al cuidado de un maestro, que es una figura abandonada, rebajada al gris rol del funcionario, el que cumple un horario y observa un reglamento, cumplimentando unos documentos y ofreciendo un amable (en lo posible) servicio público.

La escuela punto no sé cuánto es una maravillosa forma de mirar el futuro, pero al mirar hacia afuera se desatiende en ocasiones el adentro. Hay cosas a mano malogrados por las que están a cierta distancia. Está bien que el aprendíz (el alumno, ah sí, la alumna, perdonen) maneje los cachivaches digitales, que sus competencias digitales brillen, pero hay un peaje que no estoy muy seguro de que todos los docentes sepan que es pagando: se gana en destrezas cibernéticas y se pierde en las lingüísticas o en las matemáticas, pongo por caso. He tenido los suficientes alumnos con severas dificultades comunicativas como para dudar una brizna de la gravedad del problema que expongo. Saben descargarse un programa, instalarlo, borrarlo, pero no saben escribirlo. Conocen cómo funcionan las redes sociales y optimizan a plena satisfacción su uso, pero no saben de qué hablar cuando están en el recreo. Solo el juego los une. En el bendito juego, en ese país con sus propias reglas y sus propios protocolos, se unen y se alían, comparten una inquietud común y se igualan como casi con ningún otra disciplina de la vida. Fuera del juego, en la periferia de ese limbo perfecto, lo que cuesta es entablar un diálogo. No lo entablan, no al menos idílicamente. Se están volviendo ágrafos de la lengua y expertos en los códigos cifrados. No sé (cómo voy a saberlo) el modo en que esto pueda virar. Pensé anoche en los libros. En la ilusión de que el mundo está encerrado en los libros. No los digitales, los descargables, que adoro, por otra parte, sino los tangibles, los que se compran en las librerías, se cogen de las bibliotecas o se prestan. Qué maravillosa costumbre perdida. La de recomendar libros. La de prestarlos. Que barullo tan monumental estamos montando. Qué desatino. Qué incongruente todo. Qué feliz el viaje, no obstante.

19.4.13

Sobre viajes, libros y vicios


Vicio puro



Amo mi ocio, su molicie, la restitución cartesiana de los vicios que lo componen. Emboscado en ese deslumbramiento amoroso, prendido en la certidumbre de que todas esos juguetes de mi entretenimiento están ahí, a la espera de que yo los alcance y estruje, desempeño el resto de las cosas que ocupan el día. A menudo, en mitad de un tormentoso momento de stress, en la cresta de una actividad ineludible, irrelevante y gris, pienso en alguno de esos juguetes y en el modo en que voy a jugar con ellos. Imagino que los he convertido en una especie de alimento espiritual. No soy yo, al menos muy visiblemente, pieza rara . O lo soy al punto que lo son los otros, sin nada remarcable que me distancie de ellos. Cada lector de este blog allá donde esté, me conozca en persona o solo caiga por aquí y lea los voluntos un poco erráticos de mi oficio de escribir, tendrá los muy queridos suyos. Quizá uno de los males que tenemos como sociedad sea precisamente éste que apunto: que haya quien se aburra, quien no tenga ninguna afición particular o no encuentre placer en ninguna actividad fuera de las más elementales y previsibles, o incluso ni éstas mismamente. Es muy malo el aburrimiento. Malo al punto de que malogra una vida entera. Escuché ayer a alguien cercano a quien aprecio que no imagina una vida desocupada. No entraban en sus cálculos no hacer nada y fantaseaba con la posibilidad, a la que yo me arrimo gustosamente, de jubilarse y dedicarse a plena satisfacción a lo que le gusta; cosas como la fotografía o la lectura, decía. Sentí una punzada al escuchar aquéllo. De quien lo dijo me apropié de la idea como quien la escucha por primera vez. Me sentí cómodo y me sentí feliz pensando en todo lo que me aguarda y todavía no he hecho. Pensé en lo maravilloso que es vivir cuando no hay huecos que malogren la travesía de las horas. Hoy mismo, a punto de irme a mi centro de trabajo, y bendita cosa ésa en los tiempos en los que estamos y en cualesquiera otros, no me importaría pasar el resto de la mañana alargando esta entrada, maquinando otras, ingresando datos en una base a la que confío el listado de mis discos y de mis películas (me niego a inventariar los libros, no sé bien el porqué), escuchando jazz mientras leo un libro (ahora, frente a mí, Deshabitados, colección de poetas antologada por Juan Carlos Abril y publicada por la Diputación de Granada). Insisto en que otros harán otras cosas y les llenarán igual o les llenarán mejor. Las mías me parecen las mejores del mundo. Quizá porque las elijo yo y me tengo en muy alta consideración. Esa debe ser la razón sobre la que se izan las demás razones. Que uno se sienta en paz con uno mismo. Que no se mire mal en el espejo y no tenga nada que reprocharse al término feliz o infeliz del día. Porque hay días malos en los que el ocio es una puñetera mierda, por supuesto. Días de un gris tirando a muy gris en los que nada sale como se desea. Días que uno no maldice del todo porque se refugia (ahí vuelvo a donde empecé) en el ocio, en su molicie, en esa restitución metódica de los vicios que lo componen, deslumbrando en el amor o en la pasión o en la lúbrica representación de todas esas pequeñas contribuciones felices. Quien no esté de acuerdo conmigo, por favor, anótelo al márgen. Quien se maneje bien sin vicios que lo propulsen, que me informe. Por si mañana amanezco distinto y nada me contenta. Todo puede pasar.



Viajes


He viajado cuanto he podido y, no habiendo sido suficiente, a veces solo entretengo mi rutina enredado en la ficción de que me esperan grandes viajes y que, al regreso, planeo viajes nuevos. Como las finanzas no me asisten como quisiera, hay ocasiones en que desplazo los grandes viajes por viajes de más corto vuelo. Incluso a veces he tenido que anular alguno completamente y contentarme con especular sobre los que están por venir. El caso es no desfallecer nunca. Lo importante en estos asuntos es no apartarse de la idea que el viaje lo impregna absolutamente todo. Hasta podemos retirar el viaje en sí mismo y solo satisfacer el alma apetitiva con la prefiguración de que existe, de que anda ahí, cómplice, querencible, imperturbable y puro. En pocos días se celebra el Día Internacional del Libro, es decir, se festeja el modo más eficiente de viajar que existe: la lectura. Por eso amo las bibliotecas, que son otro vicio confesable. Las que están fuera de casa y la propia, modesta, por muchos volúmenes que tutele. No hay ninguna a la que no mire con delectación y en la que vea cumplidos los sueños posibles y los imposibles. Todas, a su secreta manera, preservan al mundo del caos que lo diezma. Una biblioteca es un santuario al modo en que lo es una iglesia. No hay libro que no contenga algo maravilloso. Ninguno que no sea maravilloso para alguien. Ninguno en donde no se describa un viaje. Creo que hay pocos asuntos de los que me agrade escribir más que éste. Por eso me repito. A sabiendas, me repito. Quizá no sepa escribir de otra cosa. En cuanto tenga ocasión, de verdad lo digo, dejo de leer en casa y leo en otro país. Eso sería fantástico.

18.4.13

El corazón de las tinieblas



Cuando le piden a Willard que elimine a Kurtz, le ofrecen un cigarrillo. A veces la comisión de un delito se inicia con un gesto frívolo. En el relato de las perversiones que adornan el alma humana siempre podemos encontrar un episodio donde la mezquindad se viste de rutina o donde el que instiga el crimen, el que lo tutela, introduce en su narración un distraimiento doméstico, un cigarrillo ofrecido antes de pedir que fulano mate a mengano. Se trataría en el fondo de rebajar la culpa aliñándola con los ingredientes del juego. Como nunca he matado a nadie desconozco si esa banalización del mal reconforta a quien la ejerce; sé que cuando uno comete un pecado, y en eso sí que puedo entretener al desprevenido lector, se apresta sin rubor a acometer cualquier otra actividad y sale a pasear o toma un café o lee distraídamente la prensa mientras las nubes despejan de tedio el limpio azul del cielo. Así he visto a niños pequeños, en patios de colegio, liarse a tortas y luego adentellar una pieza de fruta o jugar al balón como si el damnificado, el que está tirado en el suelo, sucio de moratones, fuese una ilusión óptica. Y lo he visto con absoluta naturalidad. Como si se produjese a diario o como si todo formase parte de un juego en el que solo cuenta la masticación golosa de las horas. Que el tiempo pase y que yo disfrute, aunque alguien salga dañado, podrían decir los niños. A lo mejor a su manera, en sus entendederas, en esa todavía precaria y elemental visión del mundo, piensan así, solo que no saben expresarlo.

Lo mejor para no apesadumbrarse en exceso tras realizar una mala obra (matar a Kurtz, romperle las gafas al vecino incordioso que pone el home cinema a tope) es compartirla con los demás, introducirla en el correlato de las horas, embutirla en el extravío de las palabras y así involucrar al que escucha, hacerlo cómplice del roto, procurarnos una tertulia fiable en la que aceptar la parte canalla que llevamos dentro e incluso pulirla, elevar el asesinato a una de las más bellas artes como quería De Quincey. Es el mal que se procura así una vía normalizada por la que convivir entre nosotros. En realidad, usando un hilo bíblico de las cosas, el bien no es tal bien sin el concurso del mal. No hay ternura si no hay un hijo de la gran puta moliendo a palos a alguien en un callejón. Sin la astucia del mal, el bien sería un cuento para niños. Por eso veo con fruición las narraciones en las que el mal se apodera del escenario y en donde la trama, incluso inocente en apariencia, esconde una turbiedad, un punto enfermo de mala leche. No sé si es una desviación o un vicio de mis lecturas o del cine que he visto, pero el mal vende mucho mejor que el bien. Queremos a Hannibal Lecter, aunque nos aterre pensar que le queremos. En ese dolor interno, en esa batalla librada entre la realidad y el deseo, como quería Cernura, se disfruta enormemente de la vida. Sería triste y sería aburrida si todo estuviese claro y el mal estuviese apartado, confinado, embutido en un camisa de fuerza, introducido en una botella y lanzado al mar.

Igual que Willard se pierde en la selva y en sí mismo a la caza de Kurtz, el hombre también posee en su interior una senda equivocada, un regreso a lo primitivo, a la negación del imperio de la razón: a medida que el mercenario Willard, instruído para acatar órdenes, reclutado por su obediencia, en fin, un militar en su quintaesencia, se acerca al coronel Kurtz, más se fascina por su presencia y más entiende que el ex-boina verde, el gordo y calvo y disidente Kurtz, haya intoxicado a los nativos de divinidad y se haya erigido en tótem de una religión imprecisa, paranoica, hipnótica y (como todas las religiones) tenebrosa y hostil. Lo que resulta relevante para Willard es la figura paterna que Kurtz representa, esa especie de dios rudimentario que se deja adorar por un ejército de iletrados, de oscura masa sin contaminar.

Y el río, el mítico río que Coppola filma como si fuese un protagonista más, si no el único verdaderamente inalterable, sirve para conducir la historia de los dos personajes, que lo han navegado y han accedido a un limbo inpenetrable, en donde las leyes de los hombres están sobreescritas, en un palimpsesto místico, de modo que Kurtz sabe más de la vida que los que la viven, aunque él esté afuera, atrincherado en su locura maravillosa. Kurtz, el Mesías, vive lejos de lo real porque lo real ha dejado de interesarlo y sólo se abastece de recuerdos para confirmar su idílica existencia en la frondosa mansión que involuntariamente ha erigido. De fondo, a caballo entre el vértigo de la guerra, operísticamente filmada por Coppola, y la dramaturgia existencialista abierta en el corazón mismo de las tinieblas (dixit Conrad) el gordo y calvo y disidente Kurtz desea, en el fondo, que lo exterminen: que alguien lo reemplace de alguna forma. Y ahí tienen al gordo, perdido ya tal vez inevitablemente, contemplando la belleza de la naturaleza, el insecto ajeno en su mano, preguntándose quizá sobre el origen del mal y sobre la esencia misma de la función del hombre en la tierra.

Willard, a pesar de Willard, no mata a Kurtz: es el propio Kurtz el que se ofrenda, quien se abre a la expiación definitiva y gana la batalla final al sistema que lo corrompió. Todo lo demás que se ve en la película es el conducto para entender este tramo infinitesimal de historia, pero a mí me sigue fascinando la autopsia del mal que Conrad/Coppola regalan, la travesía con claroscuros por los territorios de la vileza, que inventa guerras y les pone música de Wagner para que la función adquiera categoría de representación. Es el cine organizando la realidad o el espíritu festivo de todo desalmado a la hora de rematar a su víctima. En el festín, en la celebración de la carne sacrificada, el hombre se resuelve animal, se exhibe impúdico, bestia acéfala, el reducto en el que crece el infierno, que no tiene nada que ver con ningún libro ni se deja engañar por ningún credo. Kurtz es uno mismo, en los días oscuros.
 

17.4.13

Elvis Kafka Borges Thor Ramones Gallo


Kafka, de haber nacido en Las Vegas, habría paseado su tristeza por las mesas de juego. No es lo mismo ser un descarriado en Praga a principios del siglo XX que un descarriado frente al Caesar's Palace, en el año trece del siglo XXI. Kafka a día hoy sería un friki. Esa cara de funcionario gris no matrimonia con las lentejuelas del traje, pero Elvis, ya gordo y fondón, tampoco daba bien con el traje. Kafka pidió a Max Brod, su amigo y albacea, que todo lo escrito fuese pasto de las llamas. Elvis, antes de morir bien empastillado, tóxico y grosero, fofo y solo, dudo que le pidiera a su manager que borrara los viejos hits, los nuevos, su cara de niño feliz y sano en todas esas cintas cutres que alimentaron el mito. Lo que no hizo el rey del rock fue inventar un adjetivo, entregarlo a la historia. Elvis fue muchas cosas y algunas en modo superlativo, pero nunca fue un tipo kafkiano. Tampoco sé con certeza si Kafka lo fue. En fin, conjeturas. Modos de sobrevivir al martes. A los días se les sobrevive con Kafka, con Elvis, con toda esta corte de alucinados. Se vive bien en la alucinación. Lo malo, para Elvis, para Franz, fue salir. Darse de bruces con el mundo. Pasear las calles. Mirar a la gente. Dormir de noche y enfrentarse a los sueños.






A Borges no le hubiese escandalizado que lo travistiesen de Thor. Conocía de las sagas nórdicas la pureza de sus metáforas, la lírica de sus runas, el peso de la épica. Le fascinaba que ese pueblo hubiese vivido al margen del progreso demoníaco de los países de abajo, de las fraticidas guerras entre todos los países del sur. De haber existido un Thor borgiano (o un Borges thorizado) habría hechizado a más de un friki. No sé cómo matrimoniar a ambos. No sé qué saldría si ese híbrido (a Pablo Gallo, el autor de estos formidables dibujos) no fuese únicamente una invención, el personaje imposible que tiene en una mano un libro y en la otra, imponente, el martillo de los dioses. Ambos son, en el fondo, materias divinas. El libro es también un artefacto que arruina y funda imperios. No hay artefacto bélico de más probada eficacia que el libro. Se puede esgrimir un libro como quien blande una espada. Hay libros que han vertido más sangre que el hierro de muchas espadas. A Borges, como a Thor, no le importa que el mundo ande descarriado y que se precipite, alocado, un poco frívolamente también, al más oscuro de los abismos (esto del abismo es muy de viking, muy de épica nortúmbrica). Lo que ambos persiguen, ciegos los dos, es la vigencia de un modo de hacer las cosas. Se puede vivir en este mundo sin pertenecer a él. Borges no era del siglo en el que nació. A Thor, al dueño del Mjolnir, que nadie puede sostener salvo él mismo, el hijo de Odín, el dios, le satisfacía, más que otra cosa, el placer de entrar en batalla. A Borges, el bibliotecario, el constructor de laberintos, el que vigila los sueños y los espejos, le satisfacía, más que otra cosa, el placer de vivir en los libros, que son también una elegante forma de entablar una especie de batalla. Las guerras mueven el mundo. No han dejado de existir y no van a dejar de hacerlo. Da igual que observen un rito u otro. La sangre será derramada. El poeta elaborará su canto. Thor es el guerrero. Borges, el ciego, será el poeta.


This is rock and roll radio. Los Ramones en realidad son puros, a pesar de la impureza que irradian. A estos tres, a Gómez de la Serna, a Valle-Inclán y a Jiménez, les une tener tres ramones en sus nombres de pila. Quizá solo eso. En lo demás, fueron tres almas atormentadas por las letras, que siguieron caminos distintos y que solo reclamaron para España un modo menos previsible de entenderla. El primero sumó humor y metáfora. El segundo arrimó el esperpento. El tercero cristalizó la poesía como vehículo total para entender la realidad. A los Ramones verdaderos les interesaban almas como éstas. En el fondo, a pesar de las distancias, de los mensajes, incluso de las texturas con las que el producto, en apariencia, se muestra, el arte posee una brizna compartible. Una de la que es posible extraer una cierta posesión de la verdad. Y también de la belleza. A bailar, paisanos de las letras.

16.4.13

Manteca



Distraídamente, leyendo sin ahondar, ejerciendo una especie de zapping lector, accede a veces uno a frases relevantes. El hecho de que estén despojadas de contexto les dan un brillo especial que, en ocasiones, al ensamblarlas con la matriz que les dio carta de ser, se pierde. La frase la volví a leer este fin de semana, en un suplemento de cultura de un periódico de los que venden mucho o, más precisamente expresado, de los que venden más que la mayoría: la mayor parte de los escritores no entiende literatura más de lo que las aves entienden de ornitología. La subscribo. Y casi no indago en saber quién la escribió. Alguien, sin duda, ajeno al mundo de la literatura. Como el ave que ignora que es ave. Como esta noche de lunes de abril, un poco cansado y muy feliz por la travesía sencilla de las cosas, por los libros y por los amigos, por la mujer y por los hijos a los que se ama, por el jazz de Bill Evans, que suena ahora mientras me dejo caer con este volunto impreciso, casi inapreciable, que no cala y que se pierde conforme lo termino. Ha sido un día largo. De esos días largos y felices, es cierto. No suelen darse. Tengo un disco de Dizzy Gillespie que me pone a ciento veinte y tres. Cuando suena Manteca, el mundo sonríe. Lo tengo ahora de fondo. Cierro este lunes de poca síncopa, mucho cansancio (arrastrado de días) y aburrimiento en partes muy concretas con mi amigo Dizzy. No me ha fallado nunca. Es el pulmón del jazz, con permiso de Satchtmo. Lo tengo ahí, a buen recaudo. No sé si yo estoy pendiente de él o es él quien me cuida a mí. Los dos nos llevamos divinamente. Es una de esas amistades inquebrantables. Hay pocas, ya saben. Buenas las noches.

 Dizzy Gillespie – Manteca

15.4.13

ah cómo amo esos días

después de todo ahí está siempre esa siniestra manía de hurgar en la memoria con objeto de rescatar algún remotísimo resto de cordura o de encanto personal o tal vez únicamente un aviso mínimo de filantropía, pero acaba uno preñado de mala leche y andar así como encabronado no conduce a nada bueno o el encanto es un complot entre la líbido y el dow jones que contradice las más elementales reglas de la diplomacia
los que acuden siempre son los vicios, apuntes bastardos de una vida tirando a crápula, un cierto abandono en las formas, noches en duermevela, blues sin complejos, todas esas sólidas buenas intenciones que al levantarnos abrazamos como maná metafísico y que luego devienen tristeza o algo que no puede ser nombrado con esa vaga fonética cómplice
algo vagamente parecido a uno mismo con lo que afrontamos el resto de la jornada
como borges solo le pido al señor que me permita escalar la cumbre de cada día
salgo a la calle a primera hora de la mañana, compro el pan, miro el cielo y recito las palabras de borges poco afectadamente, como si no hubiese otra cosa que decir o como si alguien vigilara lo que hago y anotase en una libreta cómo empiezo el día
deberíamos tener un biógrafo
cada uno debería tener un biógrafo
no sé si lo ha escrito alguien antes de ahora
seguramente sí
pero todos deberíamos tener un biógrafo
uno que diese fe de los quiebros y de los voluntos
de chet baker en holanda y de los espasmos del amor a mitad de la noche
a partir de aquí el día suministra su ración de atropellos
el autobús está lleno
las calles están llenas
el ascensor está lleno
el rapidshare se pone imposible
el megaupload lo acribillaron en un despacho del fbi
luego la mesa de la oficina, el cajón, windows xp presenta, la agenda metódica y el ruido sin dobleces del reloj muerto en la muñeca
windows ocho es la caña
se trata de ir vaciando la pereza en carpetas azules que van al armario de madera de pino de la habitación de la señora de la limpieza
o se trata de ir escuchando todas las noches un disco nuevo de jazz y acostarte con la sensación de que algo hermoso se ha registrado en la memoria
al final del día queda uno amorosamente rendido y se ocupa del tic tac del estómago, esa procesionaria del rhythm and blues onomatopéyico
amorosamente rendido
me gusta decirlo así
soy un corazón al descubierto
un corazón al descubierto
un diario que se abre y cuenta los secretos
racimo opulento de uvas o la boca carnosa de la muchacha carmesí, la muchacha del pan, que en ratos libres lee a proust, lee a kavafis, lee a rimbaud, lee toda la carne ardiente de la belleza endecasílaba 
la muchacha mil novecientos ochenta y cinco a la que besaste en un bar y de la que no ya recuerdas nada salvo quizá la turgencia de los pechos en tus manos nuevas, la boca rompiéndose en la boca, el olor a tabaco en el paladar como una bendición, la vuelta a casa si es que era una casa, el tiempo como el río de heráclito, heráclito mismo contigo, volviendo por la calle real de san fernando, oh amigo, tú vas por mal camino, pero los poetas estáis como cencerros
apunta en una hoja de pedidos los versos más esplendorosos, la rima mayestática, los nombres más íntimos de las cosas
tuvo un novio que la dejó a los quince, pero ahora tiene un novio a los cuarenta que la espera en un coche de segunda mano, de tercera mala mano, para besarse después con melodías de europa fm, cosas ramplonas, la rancia evidencia de que no hemos aprendido nada todavía
ella en el beso recordará pasajes de mann, pasajes de balzac, todos los pasajes líricos de la novela decimonónica, pero el novio sólo aspira a una noche de sílabas tónicas, una visión a ras de epidermis de la harina obrera
los novios son una estaca de madera apretando el pantalón vaquero
el tiempo no acaba en un abrazo
el tiempo no acaba en un abrazo
lo supo ana karenina
lo supo madame bovary
lo supieron todas las heroínas de la decadente opulencia de los palacios con alfombras y cortinas historiadas
lo dejo a riesgo de que se me olvide
la memoria es la que escribe, no yo 
la memoria es la verdadera culpable, no yo
pero no podemos ir por ahí sin memoria
conociendo cada pequeña cosa por primera vez
diciendo vergel la primera vez
diciendo vírgen la primera vez
diciendo me ha gustado mucho por primera vez
las primeras veces
ah las primeras veces
se podría escribir un libro sobre las primeras veces
escribirlo del tirón con una botella de jack daniel's
con un paquete de chesterfield
en el fondo no somos unos sentimentales
crápulas y descarriados es lo que somos
unos días, crápulas
otros, descarriados
días en lo que somos ambas cosas de modo formidable
ah cómo amo esos días

 

Hay tribus ocultas cerca del río

I
A lo lejos viene el verano con su coppertone de marca, florido de sol y tumbona se le ve venir, empedrado de pereza, pobre de músculo, con llamas en los píxels, comido por mil fiebres, bebido como veneno grato con el que ir soportando el mandoble cabrón de los días ahora que parece que la crisis no tiene pinta de flaquear y que los desvelos de los que nos administran son baldíos. Porque el verano es un no-tiempo, una especie de limbo en el calendario en el que los periódicos vienen adelgazados de tragedia o la traen amplificada, pero juntita en una página, arracimada y estricta. Viene el verano con su panza lúbrica de gazpacho y de cañas con pincho, contando la historia del sol encabritando su hueste de dardos sobre la espalda de las turistas.

II
Viene el verano triste, en el fondo, con su elenco de mafiosos, aristócratas de lentejuelas en la conciencia y caravanas de jubilados, fichajes de relumbrón en el fútbol del kiosko, todos conjurados a escribir páginas gloriosas, muescas de visa y ginger ale en la tripa, que ahí es donde se esculpen los misterios de la carne, los vicios absolutos y los pecados frugales. El verano derrama en los paseos marítimos, que son como una enciclopedia orgánica del capitalismo y de sus daños colaterales, jóvenes aupados al éxito, sofisticados jóvenes con 3G en el bolsillo y cincuenta euros en la cartera, que lampan por encontrar el polvo de la noche en el servicio de un local de copas mientras en los altavoces se fragua la demolición de todos los cánones, la tenebrosa advocación del dios hortera de la evanescencia total.

III
Viene el verano escrito como una epifanía del despilfarro, anoréxico y cutre, que ya llegará el invierno con sus rigores y todos los maniquíes aquí sublimados se convertirán en obreros de sus vicios y madrugarán el odio y la esperanza de que el tiempo, el inexorable, cumple su cometido y los abandone en la playa del sur junto al chiringuito abastecido de huevos con bacon y jarras enormes de cerveza. El verano administra venenos gratos, la herrumbre dulce de la pereza, la desazón sobrellevable de no saber casi nunca en qué abandonar nuestro ocio exultante: si en la frívola exaltación del exceso o si en la rigurosa anuencia de la desidia.

IV
Viene con sus pólenes y con su óxido, quemando el aire, reduciendo mis pulmones a una expresión enferma, pero ah el verano, el dulce vencimiento del cuerpo, la siesta noble, las noches perfumadas de patio y de luna grande en el cielo limpio. Porque en verano el poeta entra en conversación con el cosmos. Como lo oyen. No hay poeta que no sienta esa vibración adentro. No existe otra igual. El invierno azuza sus perros, pero el verano, que se oye venir, a lo lejos, entre los olivos, saca de uno los versos más cósmicos.

Quesito rosa


Poseo un sentido muy primario de las cosas que no entiendo. Me merecen respeto, pero no suelo practicar el esfuerzo que merecieron las que sí comprendo. En ésas me aplico y me obstino en extraer el más interno de sus zumos, aunque no siempre lo consigo. Procuro esconder en lo que puedo la evidencia de ambos extremos. No me expongo a que se descubra lo pobre que es mi cultura en asuntos científicos, pongo por caso, y tampoco me explayo en poner encima de la mesa mi bagaje libresco, los nombres del jazz o del cine. Al Trivial, ese juego que se practica entre amigos, contentos de copas y de risas, juego siempre a quesito rosa. Me sonrojo cuando debo dar cuenta del número de las alas de una mariposa o el nombre de la válvula que abre o cierra un órgano. Sin embargo, me recreo en cierta frivolidad erudita y pronuncio con absoluta claridad el director de fotografía favorito de Brian de Palma o el bajista de nombre impronunciable con el que Joe Pass firmó sus mejores discos. Va así uno, dándose y recogiéndose, presentando credenciales volubles, dando imágenes de uno mismo. De hecho, hacemos básicamente eso. A posta o sin el concurso de la voluntad, lo que hacemos a diario es exponer la sustancia que somos. Al correr de los años voy adquiriendo la experiencia que me permite disfrutar de la vida sin entrar de cabeza en la de los lepidópteros. Incluso acepto que no sirve absolutamente para nada saber qué disco de Al Stewart fue monitorizado por el excelso Alan Parsons, salvo que en una noche de invierno, cerca de la chimenea, con los amigos, se pida que uno tire de enciclopedismo. Acepto que la cultura, incluso la más alta, no procura la felicidad. Tan solo hace aproximaciones; algunas fantásticas, lo admito. Porque no es otra cosa. Ahora no se estila mucho que en las escuelas se fomente ese voluntarismo memorístico, pero no creo que sea malo, siempre que no afecte al desempeño de otras disciplinas de la cultura. Es malo (tal vez) que sea únicamente eso. Que ese apresto de nomenclaturas no contenga una ética, una manera de ver el mundo y de actuar en el mundo. Tengo amigos de una memoria asombrosa que ponen al servicio de la inteligencia a poco que las circunstancias se lo exigen. También otros que carecen de inventarios a mano dentro de la cabeza y que, sin embargo, brillan en lo dialéctico, en la urdimbre más íntima de las cosas. Algunos que disfrutan de un modo brillante de las cosas elementales. No hay un procedimiento que concite el aplauso mayoritario. Todos se desdibujan o se desmoronan. En noches como ésta, cerrando el domingo, satisfecho de jazz (escucho a Roy Haynes vía Spoti) y de actividades de fin de semana (viaje a ver a mi hija, salidas con los amigos, poco estar en casa y mucha ronda de calle) pienso en el poco tiempo del que disponemos en realidad. Pienso en la mortalidad de lo festivo y de lo que no lo es. Pienso en que nada (ni siquiera el placer, ni siquiera el dolor) duran eternamente. Nada que no supiera antes. Nada que no sepamos sin tener que venir yo a contarlo. Quesito rosa. Me acerco al triunfo. Buenas las noches.

12.4.13

¿Qué es más noble para el alma...?



Hay sitios de los que uno no puede salir, por más que lo desee. Incluso cabe la posibilidad de que no haya obstáculo que lo impida o que nadie se percate. Lo que hace irrealizable ese deseo es la propia voluntad. La cosa funciona más o menos así: el hombre que se está poniendo de pie en el público no ha ido a escuchar la obra. Le da lo mismo que el actor sea eminente o que la pifie garrafalmente.

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Robot



Tus padres se habían ido a no sé dónde y la casa quedó para nosotros. Creo que hay un poema de Luis Alberto de Cuenca que empieza así. Estaría bien vivir en un poema de Luis Alberto de Cuenca. Que te dé por cortejar hijas de padres cultos y mientras que planeas el modo de hacer que todo se maneje con docilidad y el amor no irrumpa con estrépito puedas observar anaqueles reventones de libros. La Iliada. Moby Dick. La biografía de Marco Polo. Las obras completas de Kafka. Una enciclopedia en alemán. Un tocho inabarcable sobre los barcos que cruzaban el Atlántico y traían tabaco y cuentos de ultramar. Pero la vida nunca te hace estos regalos y lees a Luis Alberto a primera hora de la mañana, antes de ponerte a funcionar como un impecable robot japonés al que le han extirpado todo sentido de la belleza. Queda la serena fragancia de la voz del poeta, recitando, inclinando el tono, auscultando el aire con la contundencia de quien se sabe dueño de un oficio antiguo.

11.4.13

Post

Hubo un tiempo en que me encantaba la palabra bonancible. La usaba en cuanto podía. Para lo que me gustaba, la usaba poco. Había situaciones en las que, sin venir a cuento, la sacaba, la aireaba, la exponía a la consideración de quienes me escuchaban. Hay palabras que hablan del que las dice más que una frase o un parlamento entero. Te puedes tirar una noche entera hablando sobre los desahucios, blandiendo argumentos de fuste, sin que te hagan ni puñetero caso, pero ah si dices bonancible. En el momento en que la palabra escapa de su jaula y se iza en el aire como un arresto de campanas todo el mundo se queda mirándote y algunos, los más osados, los más sensibles también, la repetirán sin estruendo, como si fuese la primera vez que la escuchan. Lo hermoso de las palabras está en que ensamblan bien entre ellas. Si no calzan, ladran. Hay palabras de un estruendo insoportable que, movidas de campo, adquieren un melifluo pulso de junco al que el viento mece y engalana. También al contrario: palabras de una deliciosa sonancia, de las que sustancian lo más dulce y sereno y apacible, que se embrutecen y afean si son reproducidas sin esmero, cosidas a otras con las que no congenian. Está el mundo de las palabras así de caprichoso para los que las amamos. Prefiero dejar mis excentricidades semánticas para los posts. Qué palabra más horrible. Post. De verdad que no es nada bonancible.

8.4.13

Soy un hijo de la materia oscura



I
Hay días en los que a uno le salen las cosas bien y revisa el modo en que se han conducido los acontecimientos y advierte que no hubo nada especial que contribuyera a esa felicidad. Una conjunción de azares, podría ser. A lo sumo, una serie de benditas coincidencias. Sucede también al contrario. Días terribles en donde nada sale como uno espera y que, al ser revisados, cuando concluyen, tampoco ofrecen material con el que extraer alguna enseñanza. Vendrá esto a decirnos que en realidad importa muy poco el modo en que vivimos porque estamos a merced de los enemigos a los que no conocemos. Al enemigo se le vence a medida que se le va conociendo. No hay nada a lo que aferrarse o nada que, si nos aferramos bien fuerte, nos garantice la felicidad que anhelamos. Será que no hay felicidad posible. Solo una suma de pequeñas alegrías. Tampoco existe su anverso. En todo caso lo que hay es una suma de pequeñas tristezas. Digo o escribo todo esto el día en que han muerto Margaret Thatcher y Sara Montiel, viejitas ya ambas, habiendo atravesado los crudos inviernos y los cálidos veranos. Quiere uno morir como la Montiel. Que un desmayo te sobrevenga en el salón y te lleve al otro mundo sin que se note mucho ni afuera ni adentro. Que te lloren los deudos y tú abandones el oficio maravilloso de vivir. No sabemos (yo al menos no tengo ni la menor idea) si hay otro mundo detrás de éste. No sé qué va a pasar mañana así que comprenderán que no me preocupé por las metáforas del porvenir. 

II
Una parte considerable de mí se resiste a ser un hijo de la materia oscura. Otra, en cambio, está fascinada con la posibilidad de que me haya parido la tiniebla, el pulso secreto de un mecanismo de precisión que escapa por completo a mis capacidades de entendimiento. El universo es que es de verdad una cosa maravillosa. No hay mapa que lo agote. Tampoco ojo que lo abarque. En esas tesituras cósmicas, hoy que he visto un artículo de prensa sobre el origen del cosmos y la certeza de que más de la mitad de él está formado por tal materia oscura, me siento particularmente cómodo. Las disfruto porque no las entiendo. Caso de que sí las comprenda, en el hipotético y remoto escenario en el que me maneje con soltura con los agujeros negros, la teoría de las cuerdas y el puñetero big bang de las narices, creo que perderé ese disfrute. De ahí que no crea en el cielo, pero acepte y hasta sienta sana envidia por los que creen y esperan que haya una vida después de ésta y se sepan de memoria todas las metáforas del porvenir. Ya he dejado escrito muchas veces esto, contado de una forma o de otra. No es que mi alma (si es que hay una por ahí adentro) desee creer. Es más bien que los que creen, los que de verdad lo hacen, sin fingimientos ni falsedades, acceden a niveles de la percepción espiritual a donde yo, descreído, no alcanzo. Insisto en que no es una declaración pública de una súbita inclinación hacia los fastos y los milagros de la fe. No es nada de eso. Es simplemente la constatación de una realidad. Si hay tanta materia oscura, ¿quién soy yo, triste criatura con un blog, una mujer y dos hijos, padres y algunos buenos amigos, amante del cine y del jazz, de las palabras en los libros y de las barras de bar, para dudar de que en sus tripas anide un Dios y me esté mirando ahora y se consuele con la idea de que algún día caeré de bruces en su regazo? Espero que sea tarde. Mientras tanto, sigo en pecado, descreyendo, disfrutando de mi pagana voluntad escéptica. En fin, que soy un hijo de la materia oscura, un vórtice de luz en las tinieblas, un pequeño cuerpo (a pesar de mis muchos kilos) en la insondable negritud del caos.Y además hoy es lunes.


Elementary



 El blues
Anoche, al ir acabando el último episodio de una serie que me ha gustado mucho, Elementary, con un Sherlock Holmes al hilo de los tiempos, con un Watson femenino y con Nueva York en lugar de Londres como centro de operaciones, sonó Me and the devil, la pieza maestra del blues del breve maestro Robert Johnson. No estamos hechos de otra cosa que de dolor: el dolor mueve las palabras, ensucia el pensamiento, atrinchera su garfio cabrón en las dulces estancias del sueño y te levantas con el pecho abierto, encallecida el alma, notando el peso inconmovible de la sangre rota; el dolor acompaña las fiestas de cumpleaños, escolta la juventud al tedio, se manifiesta en la música y troca el arpegio más emotivo en ruda música de fondo; el dolor cubre los cuerpos de los amantes mientras se entregan a la celebración horizontal de la carne; el dolor empuja el feto a la luz; el dolor mueve el corazón y también las estrellas; el dolor es el itinerario exacto de las horas; el dolor discute con el tiempo la autoría de nuestros quebrantos; el dolor zanja a cuchilladas las pasiones; el dolor se anuncia en el neón fugaz de las once de la noche; el dolor acude sin que se le llame; el dolor azuza la tristeza; el dolor corrompe las metáforas; el dolor amarillea los recuerdos; el dolor percute la noche como un taladro melancólico; el dolor mancha el traje del domingo; el dolor asfixia la luz en los rincones; el dolor es un blues.


La coda del blues
Como escribía aquí un amigo “el dolor mueve más hilos que el amor, y eso sí que duele”. Eso es: la letra de un blues. Voy a llamar a Robert Johnson antes de que algún marido afrentado lo defenestre.Voy a pensar en que el lunes no es doloroso. Nunca lo son. Lo que duele es la sensación de empezar otra vez. De que hay que ir aplazando las festividades que nos concedemos porque la realidad, la terca, la infame a veces, se obstina como solo ella sabe en importunarnos con asuntos que en las más de las ocasiones no son de nuestra incumbencia, aunque debamos realizarlos. A un alumno, hace años, le conté una historia parecida a ésta: debes hacer lo que no te gusta con el mismo ardor que haces lo que te gusta, le vine a decir. Supongo que lo hice con convicción porque se aplicó y logró el esmero que yo le pedía en disciplinas que no era del todo de su agrado. Me pido yo ahora una voz que me persuada del mismo empeño. Que me diga que hay que esmerarse en las labores casuales, en las que no te suponen un placer especial, y solo luego así poder disfrutar de las verdaderas altas y nobles, las que te hacen izarte como un pequeño dios en su pequeño minufundio de placeres y de vicios. Los míos son de alta gama. Como los de cualquiera. Anoche, escuchando el blues, pensé en que el dolor es necesario. Sin él, no hay sensación de que el placer sea tan bueno como en verdad es. Elemental, por otro lado. Hoy me he levantado con una elementaridad escandalosa.

7.4.13

Pynchon son los padres




 I/ Pynchon redux/ Una parte
Me desalientan las novelas inasequibles, pero eso debe ser porque mi cerebro está paralizado por lecturas banales o porque ya no me atraen las cosas difíciles o porque necesito leer un texto dos veces para que no se me quede nada afuera. Una vez entré en El Corte Inglés, ah templo del saldo beatífico, con la inocente idea de hacer tiempo a la espera de ver a un buen amigo. Ojeé un par de libros de Pynchon. Nada profundo. Abrir unas páginas. Leer unos párrafos. Intentar convencerme para sacar la tarjeta y llevarme el tocho (oh sí que lo era) a casa. En el autobús, a la vuelta, me recriminé por mi falta de osadía libresca. ¿Dónde están los tiempos en que la dificultad, la aparente dificultad, digamos, me parecía una cima digna de ser cubierta? ¿Por qué el lector que soy huye de los pynchons de la literatura y se refugia en banalidades, en distracciones livianas, en toda esos libros que se engullen con presteza y se olvidan sin esfuerzo? Será, en el fondo, que uno no posee vicios eternos. Que al paso que voy acabaré preguntándome quién es Borges, dónde puedo comprar el último libro de Matilde Asensi, de Clara Sánchez, qué sé yo, el último recetario moral de un coelho. Será porque todo a lo que me entrego se hace rico y a mí, como dejó escrito Rilke, me deja pobre. Y yo estoy entregado últimamente a más cosas de las que me puedo permitir. Entonces siempre hay alguna que flaquea. Incluso hay alguna que directamente desaparece de mi ránking estupendo de prioridades. Pynchon no es mi prioridad. De verdad que no. Mira que sé lo mal que hago dándolo de lado, pero creo que voy a pasar un mal rato. Bastantes de ésos me dan sin que yo lo solicite como para que los busque a posta, movido por una extraña voluntad, un poco masoquista y otro poco pedante. No tengo ningún amigo que haya leído a Pynchon. Ninguno, en la barra del bar, me ha contado lo bien que se lo pasa leyendo a Pynchon. Hemos hablado de mujeres, de series televisvas sobre zombies, de los goles de Messi y de la madre que parió a la cúpula militar de Corea del Norte, pero de Pynchon, en serio, ni una palabra. En cuanto alguien lo nombre, en la barra del bar o en el pasillo de mi colegio, me voy a la librería de mi amigo Pipo y le pido la obra completa de Pynchon. En plan valiente. Pipo, una de Pynchon. Sin tartamudear. A bocajarro. Con un par.


(El título de este parte del post, en su cápsula, es un volunto ocurrente de Vicente Luis Mora traído con mimo cómplice al facebook de un servidor)



 II/ Me relajo una barbaridad hablando de Stephen King / Otra parte
Está bien visto que el autor sea un ser invisible, casi un personaje de sí mismo, que no concurra a festejos ni haya fotos suyas en el google. Pynchon, en este sentido, es el autor ideal. Da igual que uno no haya leído una línea suya o que haya leído poco o lo haya leído mal. Lo verdaderamente relevante es que uno se maneje en el pedigrí del escritor ausente. En ese no estar hay un brillo como fantasmagórico, un aureola de genio que, en ocasiones, se escuda en lo extraliterario, en la metalingüística, en la morralla que se expide a beneficio de los exégetas y de los frikis de turno. Siendo yo friki de muchas cosas, no lo soy de Pynchon, y bien quisera. Estaría bien (más que bien) hablar con propiedad de las virtudes del autor, sacar en una cháchara de taberna los entresijos de su obra. No me preocupa no estar en ese grupo de elegidos. No soy sensible a esa vertiente excéntrica de lector muy avezado en literaturas de gama alta, digamos. La mía, la literatura a la que propende mi últinmamente cercenado ocio, es la asequible, la que no me exige cogitaciones excesivas, la que (ay qué mal camino llevo)se apresta a manosearla sin que se me caiga el cielo sobre la cabeza, sin que note un peso en la frente, una sensación inquebrantable de asfixia intelectual. Lo dicho: un despojo de lector, en eso me estoy convirtiendo. Soy un Samsa libresco. Mi amigo K., cuando me ve comprar libros, tercia siempre hacia el mismo hilo: quién te ha visto y quién te ve. No me vio nadie, K. Le contesto. Tú es que estás adentro y me vigilas sin que yo lo pida ni lo aprecie. Además todos los libros, incluso los de Coelho y Bucay, sirven para lo mismo. ¿Y para qué sirven los libros? Para hablar de ellos con quienes se dejan. Últimamente disfruto con eso muchísimo. Me relajo una barbaridad hablando de Stephen King. Y eso que todavía no he leído La cúpula. Es que un tocho infame, una cosa inabarcable en la cama. He leído 22/11/63. Y me ha gustado, a pesar de las mil páginas o así. Ah cómo echo en falta esa obesidad decimonónica de Proust o de Stendhal. Qué feliz fui en el balneario llevado de la mano de Thomas Mann. Con qué dulzura me dejé llevar por las desventuras de Ana Ozores por Vetusta. Cómo sufrí a bordo con el capitán Ahab a la caza de su ballena metafísica. Siempre bromeando, Emilio, concluye K. Pero no es broma, le insisto. Mañana mismo, no tardo más, me leo El arco iris de gravedad. 1.152 páginas. Conociéndome, ay, me va a dar el verano.

Las dolencias sublimes

Va uno con los años un poco yendo y viniendo por las cosas como si las viera en la distancia y el afecto o el desafecto que causan apenas prendiese. Está así a salvo algo que antes estaba siempre expuesto. No sé si ese empeño en protegerse uno verdaderamente importa, si al final la vida echa a perder todos los esmeros y te zarandea a su modo, haciendo que hociques, que muerdas el polvo, que te consideres el ser más desgraciado sobre la tierra. Algunos días con algunas de sus noches todos nos sentimos así: ocasionalmente trágicos, investidos por la serenidad de quien se sabe perdedor del único juego al que sabía jugar. Y es que no tenemos otro juego que no sea este de levantarse por las mañanas y acostarnos al término de la jornada. Pero hay días de una intrascendencia maravillosa, en los que olemos las flores, escuchamos el latido del fondo de los árboles y miramos a los demás como si de verdad los quisiésemos a todos. Son los días en los que no hace falta que escribas. En cuanto a mí, poseo la extraña habilidad de que me arrebata la inspiración cuando más ocupado estoy, en el momento en que los problemas te asaltan. Creo que no soy el único, pero no tengo a nadie más a mano y hablo de lo que conozco. Decía que va uno con los años viendo las cosas con la distancia que le permite no involucrarse obligatoriamente en ellas. Luego está la voluntad de meterse en honduras, pero advierto (y yo soy lento para lo mío) que he ganado en tranquilidad (que no en sabiduría) con ese nuevo estado de espectador paciente. No sé si lo he aprendido de alguien cercano que lo ejerza o ha sido un volunto de mi infatigable capacidad de no estar jamás contento con casi nada. De todas formas, no pienso defender esta novedad de mi espíritu más allá de lo razonable. En cuanto el azar me zarandee, muto a quien era ayer o hace una semana o el mes pasado, cuando era otro. Uno siempre es otro. Yo no existo. En realidad todo lo que digo, en cuanto lo pienso, me produce zozobra. En la zozobra se vive mejor. En la incertidumbre se vive también muy bien. Escribir sirve para aclararse uno y para aclarar a alguien que, en la lectura, encuentre una parte de sí misma en lo que le estoy contando. Probablemente tres criatruas con las mis dolencias que yo. No sé nombrarlas, pero me acuesto con ellas todas las noches. Son de mi propiedad incluso cuando no las padezco. Es al corazón al que le incumben estas cosas. La cabeza, con sus protocolos y sus reglas de servidumbre racional, no sirve para estos asuntos. Yo la dejo de lado en cuanto puedo. Y se nota.

4.4.13

Spleen y burbuja

El abismo
El abismo se explora con los ojos cerrados. Si los abres, el vértigo te aturde. La realidad sólo la explora el aturdido. En el asombro, en el aturdimiento, la realidad se ofrece más luminosamente. La realidad, en ocasiones, informa sobre sus extravíos y el artista, debidamente alerta, en ese trance que lo faculta para la transcripción exacta, registra la caligrafía del prodigio. La realidad tiene ese uso mixto; por una lado vale para circular por ella y por otro se puede circunvalar. El abismo está dentro.

Las afueras
En las afueras, en el margen, la realidad establece un diálogo más hondo con su usuario: lo zarandea, le hurga, lo seduce, lo violenta. En cierto modo, la realidad es un obstáculo siempre. Vivir, en ese hilo sutil de las cosas, es un riesgo. Respirar aturde. El abismo es el tiempo. Respirar duele. El corazón es el veneno y es la pócima. Y en ese plan.

La rutina
Concierne al artista descerrajar los usos de la costumbre, declinar toda responsabilidad sobre la posible inconveniencia de los resultados. La realidad carece de resultados. Está. Es. Persiste. Insiste.

La poesía
Un poema es una inconveniencia, una cosa intrascendente. La lírica es un lubricante que suaviza el tránsito de las horas. Una novela es una inconveniencia amplificada. El novelista remeda la vida, pero la vida se fuga siempre. Se escapa siempre. La novela, en estos tiempos del google docs, es un anacronismo absoluto, pero alguien tiene que llevar la contraria.

Los poetas
El poeta desdeña la realidad y así la aborda más lúcidamente. El arte es también una fuga. En esto reside la naturaleza de lo artístico, en su capacidad de no ser fácilmente aprehensible, en su vocación de secreto.

El secreto
Al secreto le asiste la luminosa certeza de su cáracter sagrado. El arte es una manifestación de ese secreto. La revelación de lo callado.

La vida
A uno le concierne únicamente las cosas sencillas. Todo lo que no es sencillo no conviene. La vida se construye en base a estas premisas, pero no es vida.