31.12.09

El último post del año... II

(Miguel Brieva)
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Dije anoche que no volvía a abrir el editor del blog: mentira cochina. Lo he abierto solemnemente esta mañana de tránsito entre un mundo antiguo y un mundo antiguo al que le ponemos la careta de nuevo. Ando ahí entre tinieblas: fumigado por la realidad, izado como una iglesia románica en un pueblito de Salamanca, a salvo de los rigores del tiempo, completamente convencido de la inutilidad de todo lo que escribo, pero feliz por darme al menos el gusto infinito de registrarlo en este muro de las lamentaciones en que se está convirtiendo el blog. Espero con entusiasmo el año venidero, pero sé que la realidad ésa que me aturde no me dará tregua y el año a punto de venírsenos encima cumplirá su cuota ordinaria de tragedia. Como vivimos en un mundo aséptico que amortigua los dolores ajenos y los traduce en ficción para que nuestra conciencia no se altere en exceso, convertiré el año próximo este blog en un inventario de reseñas cinematográficas. Siempre quise eso: escribir sobre cine, sobre libros, sobre discos de jazz. Pero no sé cómo me las apaño que termino blandiendo el verbo y doliéndome de lo que me enseñan estos ojos sensibles con los que me enfrento al mundo. Propósitos vacíos, seguramente. Nada más empezar mañana la nueva travesía por el hilo fragilísimo del tiempo, volveré a manuscribir (es un decir, ya no escribo a mano casi nunca) la teoría del caos, el triunfo de la soledad, la certidumbre de que a pesar de que vivimos en el mejor de los mundos conocidos (no lo dudo) algo fractura el envoltorio, lo abre, permite que el aire viciado lo inunde todo. Esto me pasa a mí por ser tan sentimental y tener siempre los poros tan abiertos. No dudo que antes de que trague a lo bruto las uvas de la felicidad abra otra vez este muro y manuscriba (es un decir, otro) alguna chorrada que se me vaya ocurriendo. Siempre estoy alerta de lo que me pasa dentro de la cabeza. No conviene dejar pasar las ocurrencias más jugosas.
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El último post del año...

(31-12-2008)

I
Voy a entrar esta noche en el limbo de los sueños, bien contento de viandas y lamido de licores, escuchando un post de La Rosa de Los Vientos, sin Cebri, qué le vamos a hacer. Acabo de pensarlo y estoy encantado conmigo mismo por el atino nocturno. Buscaré alguna Zona Cero de interés y me perderé en la charla adictiva de mis amigos invisibles. Haré eso y me levantaré mañana ufano y promiscuo de buenos deseos para que el 2.009 entrante me releve de la pesadumbre de ver que el mundo va mal y que uno, en su doméstico empeño, poco o nada puede hacer para que las pandemias aligeren su rigor perverso. En ningún momento he pensado que desaparezcan. Y eso ya es evidencia del pesimismo que irremediablemente nos ocupa el sentido común y hasta nos arrebata el júbilo de ser felices siempre y de compartir la felicidad como uno sepa. No es posible. Así que mañana arrancaremos de nuevo la página. O pasado. Y contaremos lo que importa. Poca cosa. Migajas de lo real. Feliz 2.009, otra vez.

(31-12-2009)

II
Copio, pego. En todo de acuerdo. Todo discurrió según lo previsto. Júbilos y tristezas, entusiasmo y desencanto a partes casi iguales. Y embocamos el 2.010 esta noche. Me pido un podcast de los de siempre. Igual que el año pasado. Contento de viandas y licores, untado de mi yo más mío, ufano de no fatigar las calles en cotillones. La resaca siempre fue muy mala. Pásenlo en grande. Como mejor sepan y les dejen.

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30.12.09

2009 en 8 fotogramas....










Pobre, todavía no sé a qué esa pobreza, el año 2.009 no ha sido venturoso en cine. He visto bastantes menos películas que en otros años. Lo he notado hoy al buscar cuáles fueron las mejores. Son éstas. Vampiros sin pedigree ni traca sanguinaria. Astronautas escritos por Conan Doyle. Catedráticos universitarios que hacen de Pygmalion. Hordas judías que cazan nazis en los bosques bávaros. Una investigación criminal que habría encantado a Chandler. Un juerga masiva en la ciudad de las juergas masivas. Una historia de superhéroes metafísicos. Un poema de amor en los tiempos del futuro perfecto. Eso dio de sí el año moribundo. Espero que el venidero, el naciente, sea más rico.

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The box:: Nostalgia Sci-fi


La guerra fría creó un género dentro de un género en el cine mainstream: era el terror reformulado a partir de la realidad y no impostado, creado desde el gótico o sobrealimentado de fantasmas, vampiros y otras criaturas de la retorcida nómina de autores clásicos como Poe, Lovecraft o Maupassant. En cuanto la vida doméstica se tiñó de hongos nucleares, la máquina de hacer dinero del Gran Hollywood echó mano de la ciencia-ficción. Nos invadieron del espacio exterior y nos abdujeron: crearon zombis, clones, ejércitos de alienados que fatigaban las calles sin disimulo de su condición o que ocupaban puestos de importancia en la vida social y reclutaban feligreses a la causa cósmica. Un poco de todo esto está en el cuento publicado en Playboy en 1.970 por el maestro Richard Matheson (Botton, botton) y en menor medida, en un limbo pasablemente entretenido, en la película de Richard Kelly. Atrás quedó la estupenda Donnie Darko: sobrevalorada, mitificada, pero todavía fascinante.
The box es una invitación al miedo primario que cruzó sin rival que lo derribara el cine fantástico desde los últimos cincuenta (The man from Planet X, de Ulmer; El enigma de otro mundo, de Nyby y la antológica y fundacional La invasión de los ladrones de cuerpos, de Siegel, nada que ver con la versión de finales de los setenta del aséptico Philip Kaufman) y murió a principios de los ochenta, época de asesinos en serie, de descerebrados a los que la bendita naturaleza sólo les premió con el don natural de la extinción sistemática de sus iguales. The box crea todas esas insalubres atmósferas de terror extraterrestre, de conspiración sideral, y lo hace con un guión dúctil, fácilmente entendible, sin fisuras ni dobles lecturas. Lo que Kelly hace después es matrimoniar malamente las texturas del cine clásico del género y las exigencias del público contemporáneo, joven, con escasa erudición cinéfila, ávidos de emociones fuertes y reacios a dejarse la pasta en experimentos. Kelly, indeciso, planea entre estas dos clientelas y no acaba de contentar del todo a ninguna de las dos.
The box posee, no obstante, imágenes perfectas: zombis pegajosos que no aturden al espectador, pero que están muy estratégicamente colocados en diferentes partes de la trama; sugerentes planos que escamotean o exhiben sin pudor la terrible quemadura en la cara del extraño Sr. Steward, un metódico Frank Langella... Más preocupado de razonar o de interrogarnos sobre la naturaleza sobrenatural de la caja de marras, que sesga la vida de una persona al pulsar el botón rojo que la preside, Kelly desatiende el dilema moral, la historia interna de la pareja que, empujada por la necesidad de una vida mejor, decide entrar en la espiral de caos que representa la arcana caja. Lo que podría haber sido un fantástico thriller queda en un digerible ejercicio de nostalgia sci-fi. El que se pierde en las divagaciones metafísicas de la historia es el espectador, el paciente, el amante de la historias, que aquí flaquean, se esbozan, se estiran y terminan entrando en un peligroso territorio más cercano al ridículo que a la perplejidad.

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Audrey Justine Tautou


No son los ojos de Bette Davis y admito una sesión de photoshop para encontrar ese punto hipnótico que conduce a quien ve la fotografía al lugar al que el fotógrafo se le antojó que debíamos estar. Ahí estamos. Parroquianos de la belleza. De un tipo de belleza limpia como pocas. Dicen que la fotografía habla del secreto de un secreto. Lo leí en algún sitio. Lee uno tanto y anda tan corto de memoria últimamente. Me quedo con la instantánea. No me gusta la palabra. Instantánea: parece cacao en polvo. Después de este regalo óptico que me doy sí que cierro definitivamente el blog y les digo a todos ustedes que pasen una noche muy feliz. En mi pueblo, en Lucena, sigue lloviendo a lo bruto. Nada que haga parpadear a la modelo.

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Un mapa de mi corazón


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27.12.09

Hey you, out there in the cold...(Revisited)



Un niño al que Santa Claus olvidó.
Tigres liberados.
Trincheras en bruma.
Relojes Mickey Mouse.
Nicotina en los dedos.
El padre ausente, segundo teniente del Octavo Batallón de los Fusileros Reales, Compañía C.
Una habitación de hotel.
Películas de guerra en blanco y negro en la televisión.
Los días más felices de nuestra vida.
Traed a los chicos a casa.
Madre está en el jardín echando una cabezadita mientras papá muere en el frente.
No necesitamos educación.
Ni sarcasmos en la clase.
Eres otro ladrillo en el muro.
No te sorprendas si el hielo se abre.
Madre cuidará a su hijito.
No va a a consentir que ninguna guarra se lo arrebate.
Papá ha volado sobre el océano dejando sólo una instantánea en el álbum familiar.
Hasta el viejo Rey Jorge ha mandado a mamá una nota.
Condolencias.
Sentidos pésames.
Un héroe que no va a regresar a llevar a Pink al parque y columpiarle en las mañanas de sábado del crudo invierno.
Adiós, cielo azul.
Las bombas reventaron los tímpanos y la esperanza.
Maestros de esposas psicópatas.
Mamá no te dejará volar, pero podría dejarte cantar.
Mamá te tendrá sano y fuerte.
Mamá, ya he empezado a construir el muro.
Soy una estrella del rock.
¿ Quieres ver la tele ?
¿ O conducir por una autopista vacía ?
No me dejes ahora.
Es uno de mis días malos.
No necesito drogas que me calmen.
Ni brazos que me rodeen.
Adiós, mundo cruel, cielo azul.
Inglaterra, mataste a tus hijos en nombre del deber.
Los gusanos se comieron su cerebro.
No dejaron nada.
Tal vez el fascista dormida.
El mesías del riff.
El líder de los alienados.
Todos necesitamos un héroe.
¿ Hay alguien afuera ?
Tengo un libro negro con mis poemas dentro.
Trece canales de mierda en la tele para poder elegir, pero cuando te llamo no hay nadie en casa. Tengo una cuchara de plata en una cadena.
Tengo un deseo urgente de volar, pero no sé dónde.
¿ Alguien se acuerda de Vera Lynn ?
Traed a los niños a casa.
No les dejéis solos.
Pink, puedo aliviar tu dolor.
Ponerte en marcha otra vez.
Dime dónde duele.
Tus labios se mueven, pero no oigo lo que dicen.
Estoy confortablemente insensible.
El espectáculo debe continuar.
Papá no va a volver.
Nadie te va a dar la mano en el parque.
Ya espero los gusanos.
El juicio de la madre patria y del Dios justo que todo lo ve y nada perdona.
El muro es ya demasiado alto.
Algunos niños recogen botellas en la calle.
Ladrillos en camiones de juguete.
Sueños que no fueron verdad.
Secretos abiertos.




p.d.: Me lo debía desde un verano de los primeros ochenta. Detrás de las palabras, está Safo y Marcelino, el cine de verano en el patio de la Diputación de Córdoba y un disco doble que tuteló mi ingreso en la sociedad. Aquí ando todavía. Hoy, a días de cerrar el año, he vuelto a oírlo completo, ensimismado, comprendiendo que el tiempo no pasa y que el adolescente está todavía entre el ruido de los helicópteros y el llanto del bebé antes de que la batería caiga y Roger Waters entone su plegaria. Me marcó mucho en esa época y aun hoy retumban los tigres y la película de Alan Parker pone (insuficientemente) algunas imágenes para cerrar la odisea por el dolor. Igual que mi amigo Anto, al que no veo y en algún lado estará, sabía la letra de esa mentira monumental y formidable que era Thick as a Brick (Jethro Tull) yo me sabía de memoria todas las canciones de The Wall. Las he ido olvidando y sólo salen si las oigo al modo en que lo hace quien flaquea en recuerdos y necesita de un apoyo acústico, de un empujoncito para completar el prodigio de la memoria.
En esa época el dolor es un bálsamo y uno quiere ingresar en él y salir y hacerse adulto. Luego no se puede volver atrás. No se regresa. Pero algunos símbolos permanecen idénticos y la historia de Pink y la música de ese fastuoso disco doble (en vinilo, por supuesto) me acompañará siempre. Déjenme esta noche ponerme sentimental. Estamos en Navidad.


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26.12.09

Aburrirse según Truffaut



Yo nunca me aburro. No puedo aburrirme porque leo periódicos, libros, veo la televisión. En mi mesa siempre hay un montón de libros. Por consiguiente, no puedo mostrar gente que se aburre, que no hace nada. Soy muy activo. Soy un activista. El reverso es que no sé divertirme, no sé tomar vacaciones, no sé estar sin hacer nada, no puedo pasar un día sin leer, sin escribir. Por tanto, mis personajes son también así; necesariamente, los personajes se parecen a su autor.


('L'Express', Paris, número 883, 20 de mayo, 1968)

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Una Olivetti Lettera 32




It has never been serviced or cleaned other than blowing out the dust with a service station hose. ... I have typed on this typewriter every book I have written including three not published. Including all drafts and correspondence I would put this at about five million words over a period of 50 years.”

(Cormac McCarthy)



Tengo con Cormac McCarthy una cosa en común: usar esta Olivetti Lettera 32. La forma verbal exacta sería haber usado. La mía, mi espléndida y mítica Lettera, duró los años académicos, los entregados a rellenar formularios, a fusilar textos de la Historia de Roma o de la prosa de Benedetti, a esbozar poéticas que luego quedaron en pequeños arrebatos de lucidez amateur, de metáforas quemadas y de cuentos rutinarios sobre hadas y gente que acaba muriendo en grandes avenidas. Luego llegó el pc, el imperio del microsoft Word, ese amanuense idílico que suma las palabras, las computa, las organiza de forma cabal a beneficio del orden.
McCarthy escribió La carretera, que es su novela más reciente en mi cabeza, en esta Olivetti Lettera 32. La ha usado para mecanografiar más de una decena de novelas. El señor McCarthy, cuenta su esposa, la compró por 11 dólares allá por 1.958. Christie's maneja la cantidad de unos 20.000 dólares cuando la saque a subasta. Los fondos irán a alguna institución noble que le dé también noble fundamento. Hay gente de bolsillo mitómano que vampiriza estos objetos con pedigree: yo los miro embelesado, arrobado, convertido en un voyeur fantasioso que imagina la trama detrás, el escritor formulando su teoría del cosmos. Todos los escritores, a su modo, no hacen otra cosa. El objeto con el que producen esa suerte de prodigio merece atención, un lugar en una vitrina, un espacio en la memoria de quienes, embelesados, arrobados, los leemos.

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22.12.09

Desgracia: Poesía




Coetzee es un señor premio Nobel que tiene una novela llamada Desgracia y Malkovich es un señor gran actor que tiene una contundencia en pantalla a prueba de napalm. He visto muchas películas de Malkovich y he leído un único libro de Coetzee: Desgracia, precisamente. Lo extraño es que haya tardado tanto en sentarme delante de la pantalla y comprobar si Jacobs, un señor al que no conocía en absoluto, ha sabido plasmar en imágenes el universo de esa novela, que es punzante, duro, incómodo, glacial en tramos.
No sé si estos tres señores se han reunido en una habitación de hotel (con o sin sus representantes) y han hablado de cómo explicar los silencios de Lurie, el profesor amante de Lord Byron que discurre por la novela en plan vírico, contaminando, pisando, autosuficiente y pletórico en su vibrante posición de poder. Porque Desgracia (qué título tan espléndido, tan seco y espléndido) es un informe sobre la búsqueda de la identidad, sobre la autoridad que se ejerce contra los débiles (estamos en Sudáfrica, es el apartheid) y sobre la serena contemplación del propio declive. Hay una escena en Desgracia (la película) en donde Lurie pide perdón a los padres de la joven de la que ha abusado y lo hace con la misma convicción y desde la misma posición de poder (en esta ocasión ocupando el escalafón inferior, el servil, el inclinado) que antes había usado para conseguir sus propósitos lúbricos.
Desgracia habla también del deseo: lo cuenta David a su hija en uno de esos planos enormes de campos infinitos en los que los dos planean la vida o la desmontan, que viene a ser lo mismo. Lurie elucubra sobre la posibilidad de que no exista el deseo. Que esa voluntad íntima lo devasta todo, aunque en el ejercicio de la devastación el cuerpo y la mente (el alma, si se prefiere) disfrute y se sienta viva en extremo. Todo lo que en la novela de Coetzee es dureza léxica, intransigencia con los devaneos líricos, se continúa en la pantalla. Desgracia cuenta cosas importantes.
Mi amigo K. sostiene que las cuenta aburridamente: que es mejor involucrarse en el texto y no confiar los significados de las cosas a la menos concentrada exposición audiovisual. No estoy de acuerdo. Jacobs, al que hay que seguir la pista en adelante, recrea con formidable precisión (con devoción casi) el universo del libro. Malkovich está perfecto. No sabemos cómo ser John Malkovich, pero nos conformamos con verlo en pantalla. No hay gesto imperfecto, no hay impostura: vemos a Lurie en la piel de Malkovich, vemos cómo su impiedad se degrada a un estado casi infantil de las cosas, en cómo su inteligencia (ama a Byron, enseña Literatura, viste como un dandy y maneja las relaciones sociales como un carnicero maneja el trato con las bestias) va adaptándose al medio y en esa adaptación sale ganando el ser humano, uno que probablemente andaba agazapado, observando la realidad, recelando de ella, sintiendo que la hostilidad y el abuso son más hermosas que la docilidad y la pureza. Es eso: Lurie gana en pureza. Tal vez Coetzee nos esté contando que la única vía por la que el hombre puede ser amigo del hombre es la sencilla búsqueda de la pureza. No una pureza mística, que implique la separación de aquello que no se adecúa a su textura, a su dogma, sino una pureza natural, sentida, abierta. Pero K. se aburrió y salió del cine irritado, hastiado, convencido de que los libros buenos, los que manejan ideales nobles y se escriben con el corazón y también con la inteligencia, igual no deben traspasarse a la pantalla. No estoy de acuerdo. Viendo Desgracia pensé en la lectura que hice de libro hace no demasiado tiempo: el Lurie al que quieren retirar de la vida universitaria se ve en pantalla, se ve con absoluto desparpajo. Pocos personajes leídos han tenido después una imagen tan absolutamente hipnótica, tan verosímil y cercana al modelo narrado.

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20.12.09

Avatar: ¿... entonces era una historia de amor?



Con los años, a pesar de llevar doce en el dique seco, preparando este Avatar, James Cameron no se ha separado de su discurso inicial: sigue indagando en las razones de la máquina, en el espíritu humanista dentro en un futuro en donde la realidad se ha reducido a una carpeta alojada en un disco duro. El embalaje es éste: la planificación metódica del imperio absoluto de la tecnología, aunque detrás Cameron formula un cuento tradicional, apenas un cuento decimonónico al uso en el que uno es capaz de encontrar rastros de la literatura oral desde los tiempos de Ulises al Matrix moderno, pasando por Pocahontas o por la escuela profética de Asimov.
En muy resumidas cuentas, Avatar es una metáfora sobre el poder y sobre cómo el poder, incluso el más devastador, no es capaz de someter al amor. Ya lo dijo Hilario Camacho: el peso del mundo es amor. El de este blockbuster es cabalmente moderno: la teoría de la alianza de las civilizaciones empastada con los poemas de Walt Whitman o, si el lector prefiere, el antiguo conflicto entre el verso y la lanza que movió a Jorge Manrique y construyó nuestros propio sedimento literario. Todo eso puesto en danza con la tecnología fílmica más apabullante. Cameron, todos esos años después, sigue siendo un maestro de la ciencia-ficción. Se le puede negar que no haya aprovechado el talento técnico con un más concentrado esfuerzo narrativo, pero aquí importa el envoltorio más que lo envuelto, se ve más talento y más voluntad de crear arte en la delirante escenografía que en la trama oculta tras el azul que lo envuelve todo. No hizo falta la versión en 3D: renuncie a ella teniéndola en la sala contigua. Preferí la carnalidad del cine sin ese extra al que no dudo que los muy voluntariosos aficionados a las novedades ópticas encontrarán deleitoso y adictivo.
Lo que Cameron hace con su guión (elemental, precario, sencillo como un verso de David Bisbal) es arremeter contra las naciones poderosas y abrir al mundo la verdad de la dignidad de las que no exhiben ni poseen poder alguno. El pobre, el aniquilable, el reducible a polvo con una firma en un tratado o un dedo pulsando un botón, es el invadido. Parece que el director hubiese querido contar las razones de la bestia. Antes siempre estuvo en el lado humano y vimos como los aliens se merendaban a la tropa de la teniente Ripley en varias fogosas y fantásticas entregas. En esta vuelta de tuerca hemos avanzado un peldaño en la narración de la guerra infinita que el hombre libra con sus fantasmas y hemos alcanzado el territorio de lo minúsculo, de los árboles que hablan y de los moradores de un bosque vivo al modo en que vive la idea en la cabeza del hombre o la metáfora en la limpia imaginación de un niño. Pero quien quiera lujo visual, desentiéndase de este embrollo en el que me he metido y déjese sencillamente atravesar por las imágenes. Las hay a espuertas y casi todas fascinan. Es posible que algunas estén huecas. No pienso llevar la contraria a quien considere Avatar como un timo monumental, caro y estupendamente vendido. Se trata de que el cuerpo te pille en un punto o en otro del segmento espiritual. El mío, mi segmento, estaba abierto y casi me enlazo con las criaturas del mismo modo en que ellas, en la película, se vinculan orgánicamente con la naturaleza, con las bestias que la pueblan, con los olores y con el color del viento. En un orden infinitamente menos trágico y más desafectado de violencia, podríamos asegurar que el propio Walt Disney habría comprado este guión sencillo, sí, pero útil para montar la maquinaria audiovisual, el fastuoso engranaje de colores, texturas, capas y paisajes que el ojo ve y cree, pero que la razón (invadida por la fantasía) no comparte. Igual se trata de eso: de querer ver Avatar con un ojo rígido.
La historia de amor del marine paralítico y la alienígena azul vence (al final) a la estrella de cinco puntas nucleares que el Estado (o el Poder o la Razón o el Dinero) usa para conseguir sus fines, a los que Cameron da una importancia menudita, como de mcguffin irrelevante. El más que extenso metraje se consume más rápido de lo que el crítico poco cómplice querría. De todas formas no acabo de entender que se airee la mentira de que aquí empieza una nueva forma de entender el cine. Incluso habiendo pasado un buen rato (sin exagerar, no crean) salí lampando por compensar el abuso new-age, el volcánico chute de efectos especiales, con alguna golosina en DVD escondido en mis estanterías. Renoir, Capra, Ford, Truffaut. Incluso una buene sesión de John Carpenter, al que estoy ahora echando muchísimo de menos. Les juro que por la noche me acomodé en mi sofá favorito y disfruté durante dos horas de El apartamento. Wilder puro. No había un solo efecto especial y la emoción me erizó una vez más la nuca, pero me dormí pensando en Pandora, en que no es mala esta fórmula palomitera de ganar adeptos entre la chiquellería ávida de emociones fuertes. Entran a ver Avatar en 2.009 y dentro de diez años desean ver Blade Runner en bluray. Yo me quedo con C.C. Baxter, pero no puede uno (o sí, no sé) estar toda la vida amando las mismas viejas canciones. ¿Puede, Álex? Es que al rever El apartamento (cuántas veces) me imaginé si a ti te pasaría lo mismo después de ver Avatar. Estoy con que sí.

addenda: no dejé de ver portadas de discos de Yes durante las dos horas largas de película. ¿Alguien las vio también?

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17.12.09

Haidar


A veces uno sólo tiene una huelga de hambre. En nada vale la educación, los años compartidos con los libros y con la bendita sociedad del progreso, con las leyes más nobles o con la razón más terca. Las palabras en ocasiones se enmarañan en un fragor cainita y dejan a la luz sílabas con sangre, obscenos grumos de letras que fueron un glorioso triunfo de la inteligencia. Todo el acervo de logros que han conducido a ser esto vagamento idílico que somos no sirve para nada cuando alguien interpone entre sus deseos y la realidad una huelga de hambre y la lleva a su efecto último, al devastador, al que confirma el grado de compromiso de su revolución.
Ignoro si una huelga de hambre es un indicio de la grandeza del ser humano. Sé que ese sucidio lento y programado alerta más que casi ninguna otra medida sobre la angustia y la impotencia de quien la ejerce. Sé también, en mis cortas miras en estos asuntos tan graves, de la convocatoria que posee una huelga de hambre: de cómo copa teletipos, aguza el ingenio de los tertulianos de la radio, roba minutos al ligamento de Pepe o a los trofeos del Barcelona y retrasa el bienestar de la sobremesa del público que, arrebujadito en el sillón de orejas, observa las noticias. Las noticias se ven con distancia, no vaya a ser que afecten en exceso. Luego, después de la exposición, regresa uno a su confort burgués o medioburgués o algoburgués. Eso pasa con las guerras, con las pandemias víricas y con las huelgas de hambre, que son instrumento para comprobar si todavía somos capaces de consternarnos o de conmovernos.
Nada hay de romántico en esa inmolación. Nada en ella conduce a nada loable porque su consecuencia primaria es la eliminación del sujeto activo que la ofrece al mundo. O se la ofrece a sí mismo, eso es otra cosa que también ignoro. Podemos involucrarnos en lo que representa, podemos secundarla, seguirla entre la fascinación y el horror y esperar, en el desconcierto, el desenlace inevitable, pero en modo alguno podemos reducirla al capricho de ninguna legislación. Uno se mata como quiere. Hay quien lo hace con toneladas de alcohol o con un Maserati biturbo o con un ración doble de matarratas. Qué más da la negación del alimento. Vivimos como queremos, o eso debe ser, y morimos de igual manera. El cuerpo, el envoltorio de este conflicto, no tiene nada de sagrado. Carecemos de alma que ascienda al cielo o se abisme en el infierno. La carne, la dolorosa, la jubilosa carne, la gobernamos nosotros. Le damos mimos o la sepultamos en escombros. Todo bajo criterio del dueño de la piel, del corazón y del cerebro que organiza el material sensible.
Entiendo que la jerifaltía eclesiástica esté abrumada por estos comportamientos paganos. Censuran que el suicida haga de su voluntad un dogma. El de ellos lo escribieron hace mucho tiempo y en estos tiempos no está en disposición de guiar ni de proclamar la bondad que propone. Esta trama sórdida o luminosa, según cuándo, que es la vida tiene un guión demasiado frágil como para entorpecer más todavía su travesía y su gozo. Por eso, más que por nada, descreo de la fe; por eso, pienso ahora, veo más negocio que espíritu y me indigna que se venda la salvación del alma y no se atienda en idéntico medida, con el mismo voluntariado de adeptos, su camino entre los vivos.
No entraré, por falta de tiempo, habrá días, o por agotamiento informativo, en la triste historia de Aminatou Haidar. Razono que ninguna tierra vale más que los pies que la pisan. O valen lo suficiente, qué corto de entendederas ando, como para que legiones de mártiires se pierdan en ella. Todo es fragmentario, provisional. Incluso el suelo, la patria, como se llama ese hosco, primitivo y problemático invento, tal vez no merezcan un precio tan alto. Otros lo pagaron con gusto y no faltará quien se arrime a esa causa en el cercano o lejano futuro. Haidar está en perfecta armonía con su alma. Ése es su derecho, inquebrantable derecho. Aunque termina sacrificándola. Aminatou renuncia a sí misma, a los suyos, en la admirable idea de que su brecha en el muro de la política podrá ser un faro, un símbolo. Una huelga de hambre deja un cadáver, un mártir, un exvoto, un nombre en la Historia, y también una brecha, un punto de acceso para que otros ganen en la batalla que algunos perdieron.


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9.12.09

Buscando a Conrad


Una biblioteca en Bagdad




El orden es una fatiga: lo escribió Espronceda, del que únicamente recuerdo los versos de los cañones a toda vela por el pupitre de mis once años. Santiago Auserón, menor en la nómina de autores de la literatura española pero más afín a mis vicios, dijo (en una memorable canción) que el orden aprendió del caos.
Siempre me obsesionó el orden, que es una dictadura para quien lo respeta. Ese orden al que aspiro no se deja que lo manosee. No soy un amante convincente: se escapa a mi control, se obstina en contrariarme, resiste que lo gobierne. El orden procura (lo sé) confort, habilita refugios, crea una intimidad limpia a la que acudir cuando afuera el vértigo (las horas son el vértigo) nos aturde. El orden es una condena también, una especie de enfermedad cultural en estos tiempos frágiles, volubles, vacíos, contagiados de stress. Al orden no se le combate nunca: el orden es un dios severísimo que pide tributos y no consiente disidencias. Y estos días de diciembre vivo en desorden, huído, incapaz de postrarme ante su cálido afecto y dejarme dirigir por su divina certeza. Recuerdo días bajo su protectorado, días simétricos, días de una formalidad espartana, cartesiana, lúcida y enteramente previsible.
Y es en ese rango de lo previsible en donde los deseos patinan o donde los hacemos patinar. Hay algo de premeditación en el caos. Hay más alegría en la búsqueda que en la certeza. Y el azar contribuye fantásticamente a engordar este desorden mío al que ya me voy acostumbrando y del que (a lo visto) no presento síntomas de curación. Oficio y vocación: el territorio de lo sublime o de lo mediocre no dependen de ese estado de las cosas al que llamamos orden. No, al menos, en el sentido en el que ese orden legisla la creatividad, la regula, la compartimenta y vigilia. El arte o los intentos domésticos y sencillos de acercarse a él precisan otros ámbitos. Trabajo junto con inspiración, que era lo que buscaba afanosamente Lorca.
Y hoy al entrar en la habitación en donde están los libros y los discos, me pareció que un poco de orden convenía. Encontrar a Conrad a la primera, que no fue posible. Ni a la segunda. Apareció (El corazón de las tinieblas) horas después un poco por azar y un poco por trabajo. Inspiración y terquedad como quería Lorca. Y pensé en la canción de Radio Futura y en la cita de Espronceda y en la necesidad de ordenar el desvarío, acotar el desmán y hacer más llevadera la vida dentro de esta habitación en la que escribo.

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8.12.09

El poeta en la casa de los poetas


Durante un par de meses de principios de los noventa, justo antes de dejar la casa de mis padres, buscar la propia y encontrar mi lugar en el mundo, escribí convulsivamente en un cuaderno de anillas, que luego fueron dos, anotaciones a diario sobre cualquier cosa. Escribía sin apasionamiento. Como una rutina. En permanente alerta. Recuerdo tomar notas en servilletas de un bar o sacar una pequeña libreta del bolsillo y manuscribir una frase o una palabra o un pensamiento. Luego la pasaba al cuaderno grande. Nunca releía lo que escribía igual que ahora (pasados los años) tampoco lo hago. El diario carecía de intención. Se trataba de ejercitarme en la escritura como el pianista se deja llevar por el vértigo de las teclas y prueba paisajes sonoros que no llevan a ningún sitio, que se alejan de la idea melódica principal y terminan en otra de modo que el espontáneo oyente no tiene jamás idea de qué escucha sino que se siente atropellado por un riada cacofónica de notas muy precariamente hilvanadas y en casi ningún caso pensadas para producir emoción alguna. He perdido mis cuadernos de notas. Y casi es mejor que sea así. Fueron útiles (tal vez) para escribir ahora esta reflexión y procurarme la satisfacción de que los recuerdos nos dan placer cuando sabemos mirarlos con distancia, sin el estorbo del interés que supone evaluarlos, cribarlos, diseccionarlos como si fuesen organismos de laboratorio.
Nunca he vuelto a escribir un diario salvo que consideremos el blog como uno, y no estoy en disposición, después de casi dos mil entradas durante casi tres años, de rebatir esa opción. Siempre imaginé esa rendición de la intimidad como un ejercicio vacío. El lector es el abono de lo que uno escribe. En esa época me leían María del Mar y Auxy y Antonio y Rafa. Escribí en un periódico local en donde tenía mi pequeña tribuna semanal (Diario Córdoba) y en su suplemento cultural (Cuadernos del Sur), pero esa forma de escribir era pública. Lo de los cuadernos era algo de una intimidad asombrosa, dolorosa casi. A Antonio y a Auxy, que veía casi todos los días, les envie cientos de cartas que sé que todavía conservan. Eso podía ser también una forma de diario. De lo que se trataba era de escribir por encima de cualquier otra consideración. Escribir cada día sin falta. Como quien pasea o deposita la basura en el contenedor. Muy curioso esto de la basura que me ha salido.
Viene esta pequeña reflexión de lunes sabático porque vi el pasado sábado a las puertas de la Casa del Libro (Gran Vía, Madrid) una imagen que me sorprendió y que no me abandonó durante el resto del día. En apariencia era un mendigo, un paria urbano, uno de esos desgraciados que se acogen a la beneficencia pública y se dejan morir en las aceras, entre cartones y tetrabriks de vino barato, tullidos o enfermos, desahuciados del glorioso Estado del Bienestar, de la Alianza de las Civilizaciones y de los anuncios del Corte Inglés. Y no descarto que comparta con ese gremio de desheredados alguna tara social. Lo que lo elevaba a un más alto status, el factor relevante que hacía que le prestases una mayor atención era que escribía poemas. Tenía a su vera, en el suelo, un buen taco de folios. Se apoyaba en una cómoda superficie en donde escribía y jamás, en el rato en el que lo observé, levantó la cabeza. Ajeno al vértigo de gente que sube y baja la Gran Vía, el poeta escribía.
Creo que estuve alrededor de una hora dentro de la librería (compré Una investigación filosófica, Philip Kerr, Anagrama) y apunté mentalmente un par de libros para una próxima compra. Al salir el poeta no había modificado el gesto. Producía versos. Quizá sea ése el término: producir. Al verlo allí, pensé en un ideal noble. En la escritura como un fin épico. En la poesía como un arte de una nobleza y de una altura a prueba de los rigores del otoño frío en las grandes ciudades y de la miseria económica que se intuía a la vista de su aspecto. Te ofrecía un poema a cambio de la voluntad. Eso de la voluntad es un mecanismo semántico, una especie de eufemismo. No me acerqué a él. Cosa de las prisas después de un buen rato de manoseo de libros en las estanterías y de algunas circunstancias más que no vienen al caso. Sé que no se me olvidará esa imagen entre la lírica y la miseria, que me afectó en demasía y me hizo repensar en un colectivo del que a menudo nos desentendemos y que nos alfombra los paseos por las grandes avenidas de las grandes ciudades y evidencian la muy frágil textura de la sociedad, el precario tapiz de sus conquistas y el lamentable pozo de sus fracasos. Y la escritura, como una forma de reivindicación de una existencia. Y el amor a las letras y el amor a los demás hasta en los momentos menos propicios a que el amor prospere y dure. Lo de mi lugar en el mundo, a pesar de los años de combativa pesquisa, sigue siendo una incógnita.

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4.12.09

Madrid


No tengo ni idea del Madrid que busco. Sé que es la ciudad en que sería feliz al modo en que las ciudades cobijan y tutelan la felicidad de quienes las buscan. Mañana la visitaré y recorreré unos días sus calles. Sin planes apenas, Madrid me guiará a su antojo. Improvisaremos itinerarios. Evitaremos, en lo posible, los clichés, pero tampoco me incomoda pertenecer a ese gentío comido de asombro que ve por primera o por segunda vez (es mi caso) la Gran Vía o la Puerta del Sol, que parece que han arreglado para este disfrute nuestro de puente jubiloso.

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3.12.09

"Vivía sola salvo para un gato sin dueño...."



Una de las caras más bonitas del mundo. O al menos, una de las caras más bonitas del mundo que nos venden para distraernos. En la distracción, en la evasión pura, se vive mejor. El cine da alimento para el espíritu al modo en que lo da la religión para quien se deja. Las imágenes nos lo dan todo hecho. Basta dejarse, engolosinarse despacito, caer en la cuenta de que el ojo está alegre y de que el alma aplaude el receso y por un momento la miseria y la fealdad del mundo aplaza su vara de mando. Entonces vemos a Audrey Hepburn y esa sencilla noticia de la belleza nos transporta a un paraíso también sencillo en el que no necesitamos otra voluntad que la sensibilidad, ese don que abandonamos y al que de vez en cuando acudimos cuando nos sentimos embrutecidos en exceso. A mí la cara de Audrey Hepburn me desembrutece. Me pasa con pocas caras del star-system del cine, que no es únicamente Hollywood. Anoche pensé en la cara agreste y casi violenta de Anna Magnani. En Bette Davis. Incluso en la belleza varonil, simétrica y preocupada de Katherine Hepburn. Pero yo hoy estoy feliz con la fotografía que ilustra la entrada. La encontré esta mañana en una de esas revisiones internaúticas que no sabes dónde van a acabar. La mía terminó en ella. La guardé con mimo en un rinconcito del disco duro y allí ha estado todo ese tiempo hasta que ahora, a salvo ya del stress del día (juro que lo hubo), he ido a buscarla. Ha sido como una pequeña y discreta cita. No ha sido en París ni en Tiffany's. Blake Edwards no nos rodó el feliz encuentro ni Henry Mancini lo musicó. Hubiese querido que Chet Baker nos tocara Moon River y que la cantara Frank Sinatra, pero incluso sin toda esta maravillosa gente (Edwards, Mancini, Baker, Sinatra) yo hubiese sido feliz hasta el desmayo. Por esa cara sin error. Admito correligionarios. Me dejo convencer para adularla juntos.

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30.11.09

Mapas + El vacío bien ocupado

Mapas
Cree uno que no ha hecho otra cosa que escribir un mismo repetido texto. Que en cada poema, en cada verso suelto, en los cuentos y hasta en los posts de esta carcelaria página está ese texto abierto, roto, deshilachado, convertido en un puzzle monstruoso en cuyo fondo especular está un yo también abierto y roto y deshilachado. Y al modo en que uno no ve lo que le circunda por estar encima en exceso y precisa de una altura para apreciar la cartografía escondida, así estas páginas mías, los textos que manuscribo o que tecleo y luego guardo en el editor del blog o en el disco duro, son esas partes fragmentadas. Lo que ahora barrunto es si la vida no será igualmente un texto, un palimpsesto, un mural de piezas que vamos dejando aquí y allí en la travesía de los días y que alguien, desde fuera, en la altura, lee con corrección y hasta entiende.

El vacío bien ocupado
Tengo propensión a un tipo de pereza muy peculiar que es en conjunto idéntica a todos los demás tipos de pereza pero que se entretiene, en su útero interno, en su fondo primario, en inventar, en fabular con qué entretener el tiempo una vez que la pereza desaparezca y regrese la actividad. Muchas de las cosas que proyecto en esas horas de limpio cansancio luego no conducen a ningún sitio. Son ideas para escribir o lugares a los que ir o amigos a los que visitar. Todo en plan caótico. Todo rezumando fiebre. Todo, lamentablemente, abocado al fracaso. Mi amigo K., pendiente en lo que puede de lo que me pasa, me cuenta que él sufre un tipo de pereza bien distinta. Deja la mente en blanco o en gris o en un color así muy vago que despierte poco interés en quien lo vea desde fuera. Una vez que ha adquirido esa tibieza cromática se embarca en la búsqueda del vacío perfecto. No pensar. No decir. No hacer. Me jura que lo consigue nada más proponérselo. En minutos. Yo lo he intentado hoy mismo, después del almuerzo. Me he sentado en un butacón y he cerrado los ojos. Ha faltado poquísimo para caer en el sueño conciliador. La mente en blanco, en gris, pero por la vía directa. Sin retórica. Sin la mística de los libros leídos.

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29.11.09

Más circo



Mientras algunos sostengan que en el ordenamiento jurídico cabe un concepto tan ligado a un credo religioso como es el pecado, la guerra religiosa que tenemos en las calles no va a tener fin. En realidad no está tanto en las calles como en algunos medios de comunicación, que la alientan a sabiendas de que esa trifulca milenaria (creer o no creer, atizar al cura o defenderlo) da caja. Al final todo es un asunto monetario. Lo de hoy incluso: ese Barcelona-Real Madrid con la bandera de la política enarbolada en los titulares y con la ya inevitable sensación de que esto del fútbol no deja de ser un negocio. A los astros recién llegados a la disciplina merengue no les puede caber en la cabeza la noble historia de rivalidad entre los dos clubs durante casi un siglo. Les entra la plata por la boca, los anuncios en la camiseta y las portadas en los periódicos deportivos que se venden en las gasolineras y se leen en el café. Es como mezclar el pecado con el delito. La fe no se debe mezclar con las leyes. El dinero nunca con el corazón. En España la historia de nuestros conflictos proviene en muchas ocasiones de esa falta de respeto por lo ajeno. Ese olisquear en la casa del vecino buscando indicios de pecado o de sanción. Veo a diario cómo unos descalifican a otros por abrazar una opción que no sea la suya. Lo advierto con tanta frecuencia que ya no me sorprende. Hasta incluso me dejo llevar en esas conversaciones y no tengo el coraje de salirme, exhibiendo así mi disconformidad con lo que se habla. A lo que no entro, por falta de tiempo tal vez, por interés en extenderme en conflictos innecesarios, es en la batalla dialéctica total. Simplemente no me involucro. Preferiría no hacerlo, decía Melville en boca de su estimado Bartleby. Es pereza mental: la pereza que llevada a su extremo nos separa y nos conduce directamente al cuartel en donde nos escuchan nuestros iguales. Por eso hay peñas del Real Madrid y Cofradías del Espíritu Fervoroso de Jesús, asociaciones de amigos de los toros y clubs de fans de Rouco Varela. En esos atriles es donde nos enfebrecemos y donde soltamos espuma verbal por la boca. En Londres hay una plaza en la que oradores espontáneos sacan a discusión sus opiniones. En Salamanca, en la época dorada de la Universidad Pública, había un aula de Oratoria. Habiéndola perdido, no disponiendo de esa escuela en nuestros días, nos refugiamos en la descalificación. Hoy, comprando el periódico, he visto a dos amigos (supongo) insultándose de lo lindo. Todo muy naïf. Palabras fuertes pronunciadas con la inflexión de voz que las rebaja y hace que el que las escucha no se las toma en serio del todo. Los del Madrid es que sois... Los culés estáis... Eso, en otro orden de cosas, lo contemplamos luego en el Parlamento. La élite política carece de temple: no asistió a ninguna clase de Oratoria. Tampoco recibieron, en los más de los casos, instrucciones sobre cómo hablar con la oposición. Saber oír. Esperar. Hablar. Pensar. Nada comparado con la posibilidad de que Cristiano Ronaldo o Messi hoy metan un gol por la escuadra desde mitad del campo o driblen a media defensa y metan la pelota en las mallas. Eso sí que anima a un país. Me imagino mañana los titulares, las charlas en los bares, los minutos en la televisión. España paralizada. La cinética de los despreocupados. Será eso del pan y del circo. Hoy toca, por si no lo saben, sesión intensa de circo. Habrá que ir buscando dónde verlo. Circo en vena.
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28.11.09

Paranormal activity : Experimento (frustrante)



Al cine de terror le cargan siempre la responsabilidad de hurgar en las vanguardias. No sé si un género del todo menor al modo en que lo es la comedia a la hora de recibir premios, pero suele venir precedido de un entusiasmo mediático excesivo que, en ocasiones, responde a las expectativas creadas aunque suele diluírse en verborrea de marquesina lujosa, en el puro deseo de hacer lícita caja y llenar salas con adolescentes sin recorrido cultural y absortos en la travesía del miedo. Dicen los que saben, a lo que yo he leído, que el miedo es la emoción más humana. Incluso por encima del afecto o del ya más sublime y poético amor. En esas cuentas, en ese ejercicio de dar siempre al público lo que quiere, los que mandan en el cine, los que ponen el dinero, se ponen como locos cuando un novato, un rookie sin miedo al descalabro, les pone sobre la mesa un presupuesto corto, un casting anónimo y la confianza ciega en el vértigo viral de las redes sociales. El antiguo boca a boca, en estos tiempos de alfabetización digital, se llama Facebook o Tuenti o cosas así. Como Monstruoso, aunque sin su vistosa tarjeta de visita, Actividad paranormal se beneficia de una descomunal maquinaria de propaganda puesta al servicio de un endeble dispositivo literario francamente beneficiado de los nuevos lenguajes de los mass-media. Lo que ofrece Oren Peli, el orfebre de esta especie de docudrama con espasmos, es un cóctel que matrimonia con sorprendente eficacia los mecanismos del miedo ancestral cobijado en lo más profundo del corazón humano y el inevitable morbo de creernos una especie de voyeurs distinguidos con una mirilla ampulosa desde la que vemos el día a día de la pareja protagonista, omitiendo cualquier referencia física al ente que los atormenta o eludiendo excesivos golpes de efecto, borrando de cuajo truculencias, involucrándonos en un sencillo, a veces exasperante, relato. Casera hasta el desmayo, no engaña a nadie: la empatía que sentimos hacia las víctimas del terror no descansa hasta su abrupto final. El mérito, tal vez el único, es ése: despertarnos la curiosidad, chuparnos la película en absoluta entrega, preguntarnos si en verdad no haría falta un extra de mimo en los planos, un punto profesional que, vista la recaudación a nivel mundial, se ve que huelga. Y puestos a decir si la experiencia ha valido o no la pena habiendo tanto cine que ver y escaseando el tiempo como escasea, pues digamos que no. Que no merece que ninguna crítica, por estricta que sea, se cebe en ella, aunque tampoco se vea lógica alguna en los halagos oídos, en esa retahíla ya cansina de frases rimbombantes con las que engolosinan nuestro alma concupiscente (ávida de miedos, cómplice de sobresaltos) terminando por acudir a la sala y contemplar (ay) el experimento.

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27.11.09

America I


JFK en Elm Street, Elvis en Sun Records, máquinas tragaperras, el revólver de Bronco Billy, Highway 61, Nixon en televisión, la noche de la iguana, el precio del poder, suicidios brevísimos en un motel de Utah, Edward G. Robinson mirando un cuadro, Shane de vuelta al miedo, Ford Knox, el puzzle de las barras y estrellas, la ley seca, el blues del delta, los riffs pantanosos de Alvin Lee, la becaria golosa, el traje impecable de Cary Grant, los versos malditos de Jim Morrison, Edgar Allan Poe en un callejón de Boston, George Bailey en un puente en blanco y negro en navidad, la prima voluptuosa de Jerry Lee Lewis, B.B. King tocando en las cárceles, una niña pide una hamburguesa infinita, un tarado enciende una sierra mecánica, la vía láctea en la calle 42, Ginger y Fred en una melodía de Cole Porter, Bonnie y Clyde apartando cadáveres, Iwo Jima, las horas muertes en el corredor de Alcatraz, Harry el Sucio, Johnny Guitar, Cagney en la cima del mundo, Lolita bebiendo coca-cola, Woody Allen deconstruyendo la prosa enfermiza de Kierkeegard, la cabeza cortada de Jane Mansfield, John Holmes abriendo boquetes, John Ford filmando Monument Valley, Obama en Estocolmo, Bruce Springsteen corriendo, Atticus Finch de primoroso blanco como un quijote, Los Beatles bajando de un avión, los fantasmas del Mekong, los francotiradores, la calle Bourbon, Kim Novak enloqueciendo a James Stewart, un negro vendiendo el alma en un cruce de caminos, In the mood, el tío Sam recolectando valientes, Jimi Hendrix en Woodstock, un tocho de Stephen King, Humbert Humbert en moteles con su nínfula, hojas de hierba, Annabel Lee, máquinas de follar, King Kong en Nueva York, Oz, Juro que jamás volveré a pasar hambre, el camarote de los hermanos Marx, el hongo atómico, el banjo, las carreteras comarcales, la Creedence, welcome to the Hotel California, la única sesión de fotos de Robert Johnson, Las uvas de la ira, la alfombra roja del Teatro Kodak, el edificio Dakota, las gafas de pasta de Woody Allen, los restaurantes italianos en las películas de Scorsese, Jack Nicholson con un hacha en la mano, Pat Garrett y Billy the Kid, Billy Joel en el estadio de los yankees, Paul Newman comiéndose cincuenta huevos, puentes sobre aguas turbulentas, Viva Las Vegas, Frank Sinatra en Columbia grabando Stormy weather, la mafia, los indios tirándole flechas a un tren, Peter Parker, la cosa del pantano, Seinfeld, Coca-Cola, My darling Clementine, el león de la Metro, el bendito jazz, Steve McQueen, Popeye, Sunset Boulevard, Give peace a chance...

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26.11.09

Esta bicicleta vietnamita...


este suicidio brevísimo que exige apurar los días y fatigar las noches
este simulacro galante de palabras que se abren y palabras que se cierran
esta orfandad atroz que mira desde el fondo del vaso
esta memoria alerta que se deja incendiar y me incendia
este hermoso escándalo de lagartijas trepando al sueño
esta inacabada obra de lágrimas sorprendidas en un rapto
este goce más hondo que no sabemos nombrar nunca
esta quietud crédula que conforme a sí misma se engalana y sacrifica
este desnudo sin sombra de cuarenta años precipitándose en un verso
esta pequeña evidencia de tragedia que anuncia mi carne cada vez que el deseo la codicia
esta savia dulcísima de adolescencia sin desmayo
este rumor que se agazapa en las sílabas del tiempo
esta voluntad de huésped incómodo que pide prorrogar la estancia
este ghetto digital que no se sacia jamás
este ala que festeja vuelo
este blues con sudor en el verbo
este lento derribar pétalos
esta ausencia que acato sin más y me aturde
esta ebriedad absoluta de temblor ardiendo en el sexo
este esplendor súbitamente abismado en mis recuerdos
esta blonda de luz que vibra en el pecho
esta infancia sin enigmas que todavía canta y me escucha
este misterio más dentro
esta levedad caída desde muy arriba que ha hecho un roto en el folio
esta quieta celebración de la lujuria frente a un cuerpo al que sembrar de tedio
esta alquimia perfecta de espejos que embriagan la luz y la convierten en días
este dios en desorden
este imposible reloj que me mide
este vals con acuse de recibo que en el aire va resbalando como un hijo muerto
este mapa de sombras
este ardor con el que cierro un miércoles
este cómputo infame de abrazos partidos
esta gracia voluble
este armazón de mentiras
este anuncio de cierre
esta bicicleta vietnamita que me escolta al sueño
esta vigilia teológica
esta dulce penumbra sin dios
este espejo de los sueños esclavo
este lupanar de sombras
este parlamento de tarados
esta agujero sin motivo
este pie en el cuello que me nombra
esta gracia sublime de mentirnos
este azul de arriba como un endecasílabo
este pecho mío que me explota

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25.11.09

El emperador de los afectos polares


Consiste la crónica de la rutina diaria en incursiones en lo insólito que condimentan la vida y la sacan del tedio, que en estos tiempos de zozobras morales, relativismos papales y empujones laborales (ayer, ay qué horror, vi un desagradable y poco educativo episodio de este tipo) ya es bastante. Dios siempre está ahí para demostrarnos que bien pudiera no estar. La novela desmembrada del día a día tiene aquí su prontuario de maravillas, su fabuloso vademécum de prodigios a modo de placebos, útiles siempre para despejar la mente y pensar, hacia adentro, que no todo está perdido todavía.
Vamos a hablar ahora de los pingüinos gay, por ejemplo. Hoy los citaron en la radio, pero la noticia no es nueva. Estos animalitos tan Disney, tan cómplices de la ternura ajena, no salen del armario: salen del frigorífico. El chiste no es mío, claro. Luego está Rock Hudson, ese maromo de planta impecable, como de dandy rústico y escasamente cultivado en alejandrinos y pintura del siglo XVII, que tuvo engañados a nuestros padres durante varios decenios para, al final, destaparse bujarrón, lo cual no es bueno ni malo, pero debió pasarlas putas el hombre con ese ramillete de damiselas escotadas y concupiscentes que Douglas Sirk (sobre todo) le ponía en los melodramas de la época para revolcones sentimentales, mayormente.
Y cada uno se monta la cosa amatoria a su aire. Algún arcano diseño genético proveyó para cada especie su corralito y no consintió que criaturas distintas se abrazaran en jubilosa coyunda, pero he aquí que el rebaño tiene individuos de sentimentalidad díscola, aunque ellos contemplen la ajena como la verdaderamente extraña. La inconmovible unidad familiar, alimentada durante siglos por poetas, cronistas de juegos florales y boticarios de iglesia en domingo, ha caído en sospechoso picado y no parece, a la luz de las nuevas políticas de Estado, que la cosa vaya a remontar airoso vuelo. Ya lo dijo anoche un comiquito televisivo de éxito: Yo no estoy en contra del matrimonio gay, yo estoy en contra del matrimonio. Que para hacerse la puñeta - añadió- qué más da el sexo de los contrincantes.
Y ahora si me disculpan, cierro el blog, me coloco la chaqueta, me abrigo un poco (el tiempo va dando ya síntomas de que es ortodoxo y no contraviene su rutina milenaria de frío en noviembre) y tiro al trabajo, que habrá que cumplir y hacer el oficio al que ha dedicado uno sus desvelos y preocupaciones a mayor gloria de la sociedad y de esa cosa que dicen que se llama amor propio. El mío (hoy, inexplicablemente) está por las nubes. No creo que dure dos calles. En cuanto me dé cuenta, entro en el editor del blog y borro esta entrada. Que ustedes almuercen bien.

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24.11.09

Primera plana: Dejad paso al guionista...





En cierto modo, Primera plana, muy precariamente resumido, es una película de Billy Wilder, y en ella se dan cita, también muy esquemáticamente planteadas, los leivmotivs del autor, sus particulares intereses en el cine, su manera de ver la vida. Así que Primera plana contiene sentencias formidables, ironía, sarcasmo, mala leche de la buena (no burda, no cazurra), diálogos vertiginosos, personajes con una hondura dramática y una bis cómica a prueba de espectadores adormilados.
El cine de Wilder es cine de palabras, cine de autor enamorado del diálogo como baza absoluta para enganchar a quien deja que le roben dos horas de su atención para asistir a una historia que le sucede a otras personas. ¿Qué es el cine, sino esto? ¿2012 es cine? ¿Luna nueva es cine, este tipo de cine?
Las palabras de Wilder las pronuncias psiquiatras tarados, sheriffs corruptos, periodistas gacetilleros de pacotilla, alcaldes patrocinados por una marca de salchichas y pobres de espíritu que no soportan la injusticia más o menos irremediable de este mundo, pero también las palabras de Wilder son pronunciadas por putas (oficio que nunca sale mal parado en las película del maestro austríaco), profesionales del periodismo como la copa de un sequoia, oficinistas con un corazón catedralicio y pobres de espíritu que van apartando la mierda de la vida y sacan el morro para encontrar, en el aire viciado por el hedor, un punto de honestidad, de aromas y de belleza.
A diferencia de la película de Howard Hawks que da pie a ésta (Luna nueva, 1940, no confudir con la simple cinta de vampiros dulces), Primera plana vive en libertad, se escribe en libertad y se filma sin el corsé homicida de los filtros de la censura de la época. Wilder enfatiza proverbialmente las corruptelas del poder. Hawks hace un film más dinámica: Wilder, en los setenta, cuarenta años más tarde, firma una obra más finamente irónica, con un calado de comedia más virulento porque el humor de Wilder hace daño cuando se escucha concentrado. Es un humor caústico: un humor ácido y corrosivo.
Como quiera que Wilder fue periodista en sus años mozos en Viena, sabe de qué va la cosa y Primera plana, al hilo de esta suerte de acontecimiento vivido, se convierte en un monumento formidable a la libertad de expresión, a la nobleza del arte del periodismo y a su dignidad como oficio indispensable en los últimos ( al menos ) dos siglos, sin contar el que corre.El propio argumento es una sátira minuciosa, metódica en su simplicidad, pero contundente en la extensión de campo que alcanza.
Walter Burns (Walter Matthau) es el director de un periódico de tirada doble y plantilla abundante, pero escasa en talento porque, a lo visto, tendrá que recurrir a su periodista estrella Hildy Johnson (Jack Lemmon) para cubrir el ajusticiamiento de un asesino en el presidio local. Todo se lía cuando Johnson anuncia, teatralmente, con una jocosidad inteligente y manifiestamente contemporánea, que abandona el trabajo por casarse con una concertista de Filadelfia y ganarse la vida como publicista. Despotrica contra el periodismo, conviene que la prensa sólo da lectura para un rato y que el periódico termina como envoltorio de unas raspas de arenque en un cubo de basura. Walter Burns trata, por todos los medios posibles, arteros casi todos, recuperar a su hombre para la noticia, devolverlo al oficio, evitar que se case, mayormente.
Hasta aquí advertimos el guión convencional, la parte comercial, avenible a las convenciones y a los gags habituales, pero debajo, a ras de metáfora, late ( poderoso, sublime ) el desparpajo con el que Wilder retrata la función del periodista como notario de la realidad, así también muy manidamente expresado. Gran parte de lo que vemos únicamente acaece en el departamento de prensa del presidio. Desde su ventana, luego rota, se ve el cadalso. Los periodistas que allí beben, juegan a las cartas y hablan de frivolidades y de correrías antiguas no tienen escrúpulos, no tienen honestidad, no tienen dificultad en modificar la realidad a su gusto y a mayor gloria del titular pomposo y grandilocuente: vendedor. El alcalde y el sheriff son ninguneados y son una baza enorme en el guión de Diamond y el propio Wilder, sobre una obra de teatro pequeña de Hetch. Los dos son degradados, convertidos en escoria que capea ( como puede ) al poderoso gremio de la prensa ( de la seria, que la hay ) para que no aireen sus veleidades, sus pecados jurídicamente punibles. Luego está el Eggelhoffer, el psiquiatra que entrevista al reo Williams: uno de los mejores secundarios de Wilder, sin margen de duda.
Rico en su perfil caricaturizado, reducido a hiperbólico remedo de Freud, al que también Wilder ridiculiza. Se cuenta que el propio Freud conoció al Wilder periodista en su Viena natal y que no tuvieron, que digamos, buena sintonía."La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad", reza el slogan del Examiner, el periódico de marras. Cine y nada más que cine, añado yo.
Dios, en voz de Trueba, fue asesinado por el cine moderno, el cine menos semántico, el cine comido por la fiebre de la tecnología.En el cielo en el que no creo estará tomando notas sobre las turbiedades de los ángeles.
Malos tiempos para la lírica, cantaban en los gloriosos ochenta Golpes Bajos.
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23.11.09

El último tango en París: La mantequilla nihilista



Lo que le ha pasado a El último tango en París no tiene parangón razonable en cualquier otra película de cine de calidad: han prevalecido algunas imágenes en nuestra memoria colectiva y se han borrado el resto. Ha quedado el ascensor donde los amantes se ponen de un lúbrico vitaminado. Ha quedado el pubis muy negro e hirsuto de Jeanne (María Schneider), su cuerpo menudo, sus piernas cortas, su cara de niña y sus tetas grandes. Ha quedado la humillación de la mantequilla. Ha quedado el apartamento soleado, su soledad sudada y su vacío descarnado. Lo que se ha perdido es una simbología, el espíritu de la utopía, su literatura. Se ha perdido el trasfondo de sus personajes: la locura de su existencia, la belleza triste de las historias que, al hilo del encuentro de los amantes, van componiendo el retrato de un mundo en decadencia, ridiculizado por Bertolucci en la figura del director amateur, el cineasta pedante-novio de Jeanne, que representa aquello que el propio Bertolucci odiaba: el cine baboso, pedante y realista de la época. ¿Alguien ha pensado en Goddard? El compromiso político de Bernardo Bertolucci se viste del eco del Mayo francés, de sus revueltas estudiantiles, de la inocencia culta y solidaria de sus jóvenes liberados. Eran tiempos en los que la cultura era manejada, quizá por primera vez en el siglo XX, como arma y las palabras eran arrojadas como balas. Lo que hace Paul ( un alucinante Marlon Brando ) es hablar: su tormento interior es verbalizado, comunicado sin pudor a la niña-amante que ha encontrado y que comparte con él la soledad, el anonimato, como si fuesen fantasmas.El último tango en París es cine auténtico, aunque no sé exactamente qué quiere decir esto: quizá sea auténtico porque no ofrece respuestas sino que abre interrogantes. Así es la vida, de cualquier forma. Paul es un atormentado, un ser destrozado ( ha enviudado; su esposa se ha suicidado, y no quiere construir un mundo nuevo ) y un alma en pena continua, que no necesita redimirse, pero que lampa por encontrar a alguien con quien dejarse morir, a quien confiar su letanía más íntima. Alguien que grita: "puto Dios". Y entonces es cuando aparece el sexo y es en su gramática de sudor y de silencios en donde Paul y Jeanne consiguen una comunicación plena. Eros y Tanatos, la vida y la muerte bordadas en el sexo, como decía Serrat en la copla de su Curro el Palmo, la eterna historia del bien y del mal, de la luz y de su reverso, no necesaramente tenebroso: esto es lo que se esconde debajo de la ropa de los amantes, en el suelo del apartamento parisino, con luz del sol invadiendo la pantalla.Asombra que los años no hayan restado un ápice de contundencia a este film: se ha sobrepuesto a su mensaje, aunque tiene todas las papaletas para perderse porque es, muy fundamentalmente, un film preciso de una época precisa y se entiende que los espectadores que lo vieron en su estreno alojaran un asombro mayor, una reverencia más profunda, un amor más visceral por la expereincia que supone su visionado.




"Puto Dios", dice Paul debajo de un puente mientras un tren pasa. Paul no quiere saber nada del pasado de su amante casual. No hay nombres. No hay historia. Hay epidermis. Hay un revolcón que ha dado suficientes quebraderos de cabeza a los reprimidos y a la censura imperante como para tener este film como cabecera del pecado, con la imagen voluptuosa de Jeanne en la bañera, enjabonado por el hierático Paul, quemada por una tarde invernal tristísima y hermosa. No escandaliza como entonces, gracias a ese Dios de debajo del puente que Paul insultaba, pero deja un poso de angustia, de escozor en el alma, que es donde más escuecen todas las cosas.Palabras mayores de filósofos de mesa camilla como nihilismo o existencialismo para una sencilla remembranza de una película de erotismo dramático o de drama erótico, pero el sexo es el vehículo para que estos personajes toquen el cielo o toquen fondo y acaban en la gloria o en el infierno. Importa poco. París, no obstante, teniendo muchas películas, tiene a ésta como una bandera firme de su aureola de romantiscismo decadente. Capítulo necesariamente aparte es el arco de influencia social que la película produjo en su época: yo todavía sigo fascinado por el patetismo garrulo y provinciano de aquellos españolitos en perpetua erección (Franco había echado inhibidores de la líbido en los pantanos que iba inaugurando) que iban al sur de Francia para ver un coño y unas tetas, con perdón por el rebaje semántico, por demás, utilísimo. Y encima hablaban en francés.
Éstos de ahora son tiempos distintos y otros son los patetismos, provincianos o no, que nos pueblan, pero aquél era paradigmático de una situación pollítica vergonzante, oscurantista. Parece, en todo caso, que el retraso va siendo ya souvenir de nuestra Historia y todo son en estos días de aperturismo en lo social y de bonanza moral galardones para el talente liberal de nuestro Gobierno. Hora era. Tiempo habrá en un futuro probablemente no lejano de evaluar si corrimos mucho o si en la carrera perdimos algo valioso. Luego es muy difícil echarnos atrás, reandar el camino y aguzar la vista para ver qué perdimos. Esto es una sencilla crítica de cine, un apunte sobre el pasado, no una editorial furibunda sobre el progreso y sus vicios en la editorial de un periódico con mucha tirada.





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21.11.09

Ondean banderas piratas...

El mundo que estamos construyendo está gobernado por piratas de Somalia, está timoneado por funcionarios corruptos, está sermoneado por clérigos insensatos y se dirige, salvo que el ruido del apocalipsis nos despierte, al abismo de Helm, al agujero negro de los cuentos sin héroes, al silencio perfecto en el que la inteligencia hizo sus últimos alardes de estilo. Los alegres filibusteros de los mares índicos no difieren en exceso de algunos filibusteros de aquí. Ve uno quizá algún rasgo diferenciador en el dominio del lenguaje y en la exuberancia de gestos de unos y de otros. Mientras el corsario de allí se basta con acometer el abordaje por las bravas, a golpe de kalashnikov, el de aquí exhibe un muestrario amplio de registros semánticos. El pirata moderno, el estudiado, es a lo visto aficionado a las letras, culto con apreciaciones, razonablemente ducho en oratoria y de una formidable capacidad para sobrevivir entre gabinetes de crisis, discos duros reventones de querellas y una manada de parias a las puertas de sus despachos, pidiendo pan. Circo ya tienen. En estos tiempos el circo no da la talla de antes. El circo es ahora el mundo entero. Cuentan que hay más imputables en el PSOE que en el PP, pese a la rutina mediática y al Gürtel y a la guerra popular en Madrid.
Abrimos la televisión y asistimos al espectáculo espeluznante de la desdicha humana. Nada hay bueno. Lo malo vende. Lo sabía Shakespeare. Lo saben ahora los raperos de la Gran Suburbia. A la carpa le hemos construido ya tantas trampas que ni los propios montadores pueden evitar caer en ellas. Ahora que ya teníamos el concepto de pirata bien reformulado, ajustado a los deseos de la SGAE, salen estos arribistas del cuerno de África y nos marean el diccionario. La política es una ciencia inexacta. La escribe gente falible. La ejecutan funcionarios temerosos de que los votos vuelen a casa del vecino. Nos hemos envilecido con esto de traer a casa a los pescadores presos. No es que el Gobierno haya caido bajo ni que haya actuado rastreramente. No entro en lo que no alcanzo a entender del todo. Sí que asisto a una función barata de pasables actores. Ni siquiera encandilan con sus puyas, con sus mandobles semánticos. Aburren, aturden, desesperan. Creo que todo se deja manejar por el recorrido informativo. Lo que se lee, lo que se oye y lo que se escribe es lo que existe. Todo lo demás no merece atención alguna.
He leído hoy que lo del rescate de los pescadores españoles ha sido más un reality que un secuestro (David Torres, El Mundo). En realidad todo es reality: todo se desprecinta para ser expuesto. Lo empaquetan en un sótano oscuro, en un sórdido lupanar de informaciones interesadas. Y de ahí al aire, al gozoso aire cómplice de la banda ancha o del prime time televisivo o de la columna en los diarios o de la palabra montada en hertzios. Eso parece. Una obra de teatro. Una del tamaño del mundo. Vamos tirando. Hoy vuelve la Liga. Eso aclara un poco las ideas. O las enturbia del todo.
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20.11.09

Alida en Viena


Fue la novia de Harry Lime alejándose del cementerio en la bruma nostálgica de la cítara de Anton Karas, pero pudo haberse dejado amar por Holly Martins. Entre la tristeza sin aristas de Martins y la navaja encendida de Lime. Por las calles de Viena. En blanco y negro. En una mañana muy lluviosa de navidad en Córdoba, vi por primera vez a Alida Valli, y también fue la última, paradójicamente. Luego he visto algunas películas en las que esta dama italiana del cine ponía su rostro enigmático, duro, hermoso como un adjetivo en la nieve (Senso, El proceso Paradine, El grito) pero nunca tuve esa sensación de plenitud óptica absoluta. Anoche, ojeando una revista de cine, apareció esta fotografía. Contaban que había muerto. Entonces busqué El tercer hombre. No la vi entera. La tengo completa en la cabeza. Busqué el final. La cítara. El cementerio. Joseph Cotten, el novelista de serie B, el derrotado. Alida. Era muy hermosa.

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18.11.09

Bukowski / Pound



Salvadas las distancias, las intenciones estéticas e incluso el compromiso cultural, Ezra Pound me hace siempre pensar en Charles Bukowski. Sobre todo Pound ya anciano, vencido por los años, solicitándole al tiempo, al implacable, una bula, la concesión de un aplazamiento. El poeta, en esa edad ya reveladoramente provecta, se siente una especie de dios del mundo que ha ido registrando en sus versos. Al igual que un novelista necesita el vértigo de los años, su fiebre y su lanza, para crear su obra, el poeta también se alarga y adquiere relevancia mitológica cuando sabe envejecer y entender las heridas de las horas, el vaciamiento del alma que antes se dedicó con paciencia y con rigor y con pasión a ir llenando de belleza y de inteligencia. Los guerreros, al final, estamos solos, dijo en una entrevista. La suya fue una poética contra la usura, contra el mercado del dinero, que es más terrible que todos los sueños perversos de los dictadores. A diferencia de Bukowski, que vivió la feliz vida de quien se deja llevar absolutamente por sus vicios y acepta que esos vicios le retiren de ella, Pound fue un prisionero de su pensamiento y habitó cárceles y fue torturado y rebajado al grado mínimo de humanidad. Dentro de la jaula, Pound concibió su idea del mundo. Bukowski fatigó barras de bar, alternó con putas y jamás fue hecho prisionero por las palabras que dijo. Lo apresaron por calavera, por vividor, por mujeriego, por borracho. Los dos fueron, no obstante, honrados en lo suyo. La poesía es un arte mayor. Tal vez el más grande. El que con más precisión hurga en lo invisible, en lo que no está y, sin embargo, mueve el mundo y mueve el sol y también las estrellas, como quería Dante.

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17.11.09

La señora Danvers, Jimi Hendrix y una asiática preñada


“Last night I dreamt I went to Manderley again”





Cuando Alfred Hitchcock ideó Rebeca, David O. Selznick, el Rey Midas de Hollywood, tenía una ciudad ardiendo en su cabeza. Tenía Atlanta quemada y Clark Gable yendo y viniendo a caballo por entre las cenizas de su matrimonio. Lo que el viento se llevó, rodada al tiempo que Rebeca, hizo que Hitchcock hiciese y deshiciese a antojo y convirtiese la historia de la segunda señora de Winter, más que la primera, ahogada, furiosamente revivida por el ama de llaves Danvers, en un relato personal, conducido bajo la gótica y brumosa atmósfera del cine inglés del maestro. Recuerdo haber visto Rebeca en una sesión matinal de la Escuela de Magisterio de Córdoba. Recuerdo también el estado de shock después del pase. La cara de la señora Danvers me persiguió durante días. La veía en los libros de Pedagogía y en la cola del supermercado. Me la encontraba en la panadería de mi calle, a mi vera, guardando escrupulosa cola. Con los años, por encima de la estupenda historia de Daphne du Marier y del pulso formidable de Hitchcock, Rebeca sigue siendo la señora Danvers, su rostro sacado del centro mismo del infierno y traído a la tierra para envenener mis sueños.


Si era o no lesbiana la estricta y retorcida ama de llaves de Manderley me importaba escasamente. Me bastaba el gesto incendiario, el rictus principiando el mal, todo el odio y todo el amor que es posible encerrar en el alma de una persona y que la conduce al desvarío, al desmán puro.

-Guardo su ropa interior aquí, la hicieron para ella las monjas del convento de Santa Clara. Yo la espera siempre, por tarde que fuese. A veces, ella y el señor llegaban de madrugada. Al desvestirse me hablaba de la fiesta a la que había asistido. Conocía a personas importantes y todo el mundo la quería. Al terminar el baño iba al dormitorio y se dirigía al tocador. ¿Ha tocado el cepillo, verdad? Así está mejor, tal y como ella lo dejaba. Vamos Deni, el cabello, me decía. Y entonces yo le cepillaba el pelo durante 20 minutos. Y luego decía, buenas noches Deni y se metía en la cama. Yo misma bordé para ella esta bolsa y está siempre aquí. ¿Ha visto algo más delicado? Mire como se ve mi mano. Nadie pensaría que hace tanto tiempo que se fue. A veces, cuando voy por el pasillo, creo que la estoy oyendo tras de mi, con sus suaves pasos, no podía confundirlos. No sólo aquí dentro, sino en toda la casa. Casi los oigo ahora. ¿Cree que los muertos nos observan?

-No, no lo creo-

-Me pregunto, si no vuelve aquí, a Manderline, y los contempla a ustedes juntos. ¿Está cansada? ¿Por qué no se queda un rato y descansa? Escuche el mar. Es tranquilizante. Escúchelo. Escúchelo. Escuche el mar.




Diabólica hasta el desmayo, la señora Danvers (una magnífica Judith Anderson) gana la partida a todos sus compañeros de reparto, incluyendo un poco excedido todavía Laurence Olivier y una excelente Joan Fontaine. Quemada como más tarde Norman Bates, sacrificada por amor, entregada al fuego balsámico, la señora Danvers ocupó durante algunos meses la pared de la salita de mi primer piso de soltero en 1.991. Soltero cafre, si me permiten, moderadamente sentimental con mis cosas, amancebado justo a tiempo, pletórico, razonablemente perverso en sus vicios y consciente de la escasa duración de los placeres incluso (ay) cuando éstos se suceden sin descanso, atropellando la serena visión de su efecto, conduciendo al paciente de su alocada fiebre a un casi continuo estado de ebriedad estética. Así amé yo Rebeca. Así permití que su influjo soliviantase la limpia pared de esa casa. No tengo muy claro de dónde salió la fotografía de marras (la de Judith Anderson y Joan Fontaine desgarradas que aparece justo debajo de los títulos de crédito que ilustran este enfermizo post). Sin embargo sí que alcanzo a recordar un póster de un frenético Jimi Hendrix a su lado (Monterrey, Woodstock, en fin) y otro de una asiática embarazada, el pelo muy oscuro y peinado con saña hacia atrás, presumiendo de barriga. de tetas como bombonas de butano y de pezones negros y duros como carbón del Bierzo. Esas fotografías escoltaron mi ingreso en la vida laboral y asistieron con silenciado asombro al desfile de compañeros de farra que dejaban el pudor y el tedio en la puerta y comprendían que el amor y la belleza y la inteligencia estaban en el fondo de una botella de Jim Bean o de una larguísima conversación a muchas bandas sobre el carpe diem y todos sus hijos bastardos. Eran mis veinte y muy pocos años, así que todo se puede excusar. Desaparecieron, supongo. Fueron sustituidas por otras. Al dejar la coqueta casa de alquiler(Plaza de los Caballos, Priego de Córdoba) me prometí llenar las paredes de iconos en cualquier piso al fuese. Lo cumplí a medias. Ninguna fotografía como la de la señora Danvers. Ningún recuerdo tan imborrable.





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