31.12.08

Migajas de lo real...

Voy a entrar esta noche en el limbo de los sueños, bien contento de viandas y lamido de licores, escuchando un post de La Rosa de Los Vientos, sin Cebri, qué le vamos a hacer. Acabo de pensarlo y estoy encantado conmigo mismo por el atino nocturno. Buscaré alguna Zona Cero de interés y me perderé en la charla adictiva de mis amigos invisibles. Haré eso y me levantaré mañana ufano y promiscuo de buenos deseos para que el 2.009 entrante me releve de la pesadumbre de ver que el mundo va mal y que uno, en su doméstico empeño, poco o nada puede hacer para que las pandemias aligeren su rigor perverso. En ningún momento he pensado que desaparezcan. Y eso ya es evidencia del pesimismo que irremediablemente nos ocupa el sentido común y hasta nos arrebata el júbilo de ser felices siempre y de compartir la felicidad como uno sepa. No es posible. Así que mañana arrancaremos de nuevo la página. O pasado. Y contaremos lo que importa. Poca cosa. Migajas de lo real. Feliz 2.009, otra vez.

A quemarropa: El vengador cansado

Ya no hay actores como Lee Marvin. Y tal vez tampoco películas como A quemarropa. De simple, de sencilla y de bien resuelta, produce la sensación de que no transcurre. Boorman, que debía ser un excelente espectador de cine francés, construye un thriller modélico, resuelto con un prodigioso sentido del ritmo, hipnótico, frenético cuando la acción exige nervio y minimalista, casi autista, cuando los personajes reposan su odio y se sientan en bares y se miran largamente como si mirando pudieran conversar lo que las palabras nunca podrían decir. Luego A quemarropa es la película en la que conocí a Angie Dickinson, y eso es marca la cinefilia de cualquiera. Recuerdo haberla visto en la gloriosa segunda cadena de nuestra sacrosanta televisión española y recuerdo haber disfrutado enormemente con aquel modo reflexivo de contar una historia que, en manos de otro, hubiese sido un vértigo de persecuciones y un carrusel sincopado de tiroteos y luchas en las sombras. Aquí hay de todo eso, y lo hay en un grado superlativo, pero John Boorman hace otra cosa: frena la acción, la corta de cuajo, la envuelve en un frío y distante ropaje de embelesamiento y se dedica, con pasmoso desparpajo, a retratar la vacía vida interior de sus personajes. Hoy, más de veinte años después, he vuelto a verla y el disfrute ha sido idéntico. Quizá mayor.
Crepuscular y psicodélica, impulsada por una briosa y lisérgica banda sonora firmada por el jazzman Johnny Mandel, es la película en la que Lee Marvin se come la pantalla y en donde uno piensa que sería el actor perfecto para Quentin Tarantino. De hecho, tal vez Tarantino haga cine por haber visto muchas películas de Lee Marvin.

30.12.08

El derecho a pensar de otra manera


No creo que la familia cristiana esté al borde de la extinción. Ni que el gobierno la amenace. Los tiempos son otros y a ellos conferimos la caprichosa facultad de reformular el modo en que se entiende las cosas. A falta de ángeles y demonios, convencidos de que la fe es una opción íntima y en modo alguno, bajo ninguna circunstancia, un credo religioso pueda interferir en el aparato del Estado, caminamos hacia una tiniebla de moral difusa, en voz de algunos, o hacia un territorio feliz, contaminado de alegre progreso y jubilosamente representado por la laicidad de una sociedad que se obceca en adquirir cierta soltura en el manejo de problemas que antes pasaba por alto y que ahora está en disposición de franquearlos. La religión no maneja los mismos parámetros sociales que un gobierno o una asociación de vecinos (de vecinos laicos, claro); ni siquiera la religión, repujada de preceptos y alicatada de severas normas de conducta, representada por la cúpula eclesial, puede emitir juicios acerca de lo que, fuera de su estricto ámbito de militancia, le compete. A la Iglesia le convienen las masas como las del domingo, que reventaron Colón y clamaron (legítimamente) por lo que les afecta. A la Iglesia le conviene magnificar un modelo de familia que ha subsistido dos milenios al amparo de sus bendiciones y conforme al (según ellos) modo natural de celebrar la vida en comunidad. La pareja que no podía divorciarse, unida canónicamente, festejada su alegría vital ante los ojos de Dios, se divorcia ahora y festeja que el Estado, investido para ese menester, rompa ese vínculo y repare el error. Porque el ser humano, a pesar de que lo vigile el ojo de la divinidad, yerra, comete faltas que luego quiere enmendar. Vino el otro día Rouco Varela a decir que el Gobierno ha facilitado esta frivolidad amorosa al crear un marco jurídico cómplice y malévolo. Ignora la cúpula eclesial que el Estado no conmina a sus ciudadanos a que se divorcien o a que aborten. Tampoco premia al homosexual por serlo, aunque haya medidas que intenten paliar el déficit de ayudas sociales a que su diferencia sea razonablemente compensada. El Estado elabora leyes que preveen anomalías en el funcionamiento natural de las cosas (qué sé yo: una pareja que deja de amarse, una joven que decide abortar, un homosexual que desea contraer matrimonio...) pero no fomenta el desamor ni anima a la interrupción del embarazo ni a la creación de comunidades gay a diestro y siniestro. O la Iglesia se equivoca o se equivoca el Estado, pero el pueblo, a la luz de lo visto, a pesar de Colón, se divorcia y aborta y va menos a misa y recela cada día más de una institución caduca, que no progresa con los tiempos y que se obstina en moldear a su capricho la moralidad de la sociedad, cuando hace tiempo que la sociedad (o una muy considerable parte de ella) ha descreído de este patrón de comportamiento y ha buscado (fatigosamente) otros modos de felicidad. También hay leña política a punto de prender cuando la Iglesia se afilia a la derecha o cuando la derecha se enroca con la Iglesia: en democracia, cuando Aznar escribía las leyes, también había divorcios y había abortos. Evidencia de que los tiempos no son tan terribles es que el Episcopado pudiera cortar una ciudad o una parte inmensa de ella y que una misa fuese celebrada en una plaza a la vista de quienes no la comparten y retransmitida como lo que es, un acto multitudinario que requiere un seguimiento informativo. Por lo demás, no hay hostilidad. A mí me parece muy bien que la gente vaya a misa. Cosa distinta es que los asistentes piensen que lo que hacen, aparte de confirmar sus creencias y sentir el júbilo de la fe, mueve a quienes no van a pensar como ellos piensan. Bien podría haber sido al contrario y que el pueblo laico, el que respeta a los demás, pero no comulga con lo que piensan, hubiesen ocupado Colón para ejercer su derecho a la disidencia y manifestar (fue una manifestación lo de Colón, una manifestación vestida de homilía) que se puede pensar de otra manera. De hecho, algunos pensamos.

Australia: Las antípodas de la épica


La épica es otra cosa. Épica es Monument Valley con John Ford detrás de una cámara y un paisaje bíblico en el que sangra la tierra y los hombres deambulan, místicos y poderosos, buscando el fermento exacto de la leyenda, el aliento intacto de lo indómito y de lo vírgen. Épica es, a su modo, la historia de Tara y de sus legendarios habitantes y cómo el tiempo ha respetado el vigor de sus héroes, la inquebrantable salud de la historia contada y de la emoción salvada. Épica es Lawrence de Arabia o Doctor Zhivago. Si me apuran, hasta la trilogía de Stars Wars contiene una épica esplendorosa, un modo limpio y bien hilvanado de contar un cuento en el que sus personajes dirimen cuestiones más grandes que sus pobres almas, pero Australia no es épica, por más que el márketing navideño, el zorro dispositivo de carantoñas estéticas y mimos visuales que nos hace pagar la entrada y pegar el culo al asiento casi tres horas, disponga que Australia lo sea.
No lo es porque Australia no forja héroes sólidos sino que garabatea personajillos tercos, hombres y mujeres y hasta un niño que se obcecan en conducir vacas por un espectacular territorio de fotogenia impecable y que sólo tuercen la testuz cuando los japos les cortan el vuelo y sajan, de cuajo, el anhelo romántico y los besos tórridos bajo el imponente cielo de las Antípodas.
Australia no puede ser una gran película porque, en el fondo, carece de interés por serlo: su objetivo es saquear las taquillas y llevarse el premio a la película de las Navidades. En ese aspecto, a lo leído en periódicos y en blogs bien informados, ya está ahí, en la cima, convenciendo a la ciudadanía que el mejor modo de terminar el año, cinematográficamente hablando, es perderse en esta historia chunga de amores imposibles entre aristócratas y rudos cowboys de barba cerrada y torso moldeado en cualquier gimnasio de Beverly Hills con música de Mariah Carey de fondo. Australia es mentira al modo en que el cine debe serlo, pero con la pecualiaridad de que no disimula su impostura, su planteamiento engolado, mimetizado de un ciento de cintas pespuntadas con los mismos (débiles, en este caso) hilos.
No llegas a darte cuenta del tostón megalómano que es Australia hasta que llevas dos horas de ecología, redención histórica y parches cinéfilos y piensas, entre el bostezo y la anarquía mental, que el mejunje narrativo podría haber colado de perlas en una de aquellas series que veíamos en el pasado, que es la estación más propicia para la melancolía y para los poetas: Grandes Relatos, creo que se llamaban. Los programaban a diario y de lunes a jueves te colaban la Historia de una familia de Kentucky desde que el tatarabuelo encontró pepitas de oro en un río de Alaska hasta que el guaperas del tataranieto, embutido en Armani y con un Lamborghini Diablo en el ocupadísimo garage, dilapida la fortuna entre furcias, empresas puntocom y maría colombiana de la buena.
Hugh Jackman, un Rhett Butler abstemio que desayuna anabolizantes y zumos multifrutas, y Nicole Kidman, una no-creíble dama de alcurnia que deja todo su esplendor victoriano para perder el culo por unos acres de polvo, ubres de vaca y nativos místicos, han apostado por seguirle la corriente al mesiánico Luhrmann y se han dejado engolosinar por la peregrina y fantasiosa idea de que iban a protagonizar un drama bigger than life, cuando lo que han hecho (con su consentimiento) es un colorista y terriblemente largo panfleto sobre las bondades de los medios técnicos, que escora entre la comedia precariamente risible y el dramón de hondos designios cuasimetafísicos.
Con retales de un ciento de películas que todos hemos visto, adorado y hasta olvidado (yo vi un Cocodrilo Dundee en algún tramo que ahora no sé o no quiero recordar), Australia se despereza entre la incontestable grandilocuencia cromática y su anoréxica pereza narrativa. Harticos de ganados bovinos, ovinos o porcinos, es lo mismo, que fatigan las infinitas praderas bajo un atronador manto orquestal, creemos que la materia estrictamente literaria va a tomar vuelo con la historia de amor entre la moza inglesa repentinamente convertida en patrona de un terreno tan grande como Segovia o como Extremadura entera, yo qué sé, y el cachas Jackman, que se desmelena en cabalgadas impregnadas de glamour, donde falta que el director, ensimismado en su gran obra de arte, pare la cámara y la vuelva a encender, y haga que el jinete luzca más sobre su mágica montura. Salvar a Kipling Flynn, un estupendo Jack Thompson, el único personaje que cae bien de verdad y al que uno quiere perder en el metraje, aunque luego las cosas, no es cuestión de quemar el poco interés que le quede a alguien, se tuercen.
¿Tan mala es? Hay tal vez mil películas peores que merecen prosa y difusión para que el espectador incauto, no avisado, se aleje de ellas, pero Australia duele más íntimamente porque uno, en su inocencia, creyó ver en esta superproducción una especie de Lo que el viento se llevó versión siglo XXI. Lady Sarah Ashley, una cargada de mohínes Nicole Kidman, cada vez más perdida en su divismo post-Cruise o post-Kidman, quedará en la retina del espectador interesado en salvar algo de la quema como una especie de Deborah Kerr en Mogambo, pero menos pacata, más afectada por el honor y por la pérdida de su Tara particular, un palacete exótico incrustado en mitad de ninguna parte que responde al muy sinfónico nombre de Faraway Downs, que repiten hasta que Faraway Downs sale por tus orejas y se te va derramando, sílaba a sílaba, pecho abajo, como una mala (y larga) digestión...Juro por la panza danzarina de un canguro auténtico que la película no es mala de solemnidad, pero que tardé cinco minutos en olvidarla. He guardado unos trozos de contienente para escribir estas líneas. Ahora, permitidme, formateo esa parte de mi disco duro. Feliz Entrada de Año.
posdata: Ah, y Over the rainbow, la pieza del Mago de Oz, la que canta Judy Garland, la termines aborreciendo. Y eso que hasta Eric Clapton, que no es hombre dado a estas delicadezas del star-system hollywoodiense, se tiró de cabeza a la piscina del riesgo y la cantó en un concierto del que tengo una estupenda copia en DVD. Me la pongo esta noche para recuperar el aire.

29.12.08

21 gatos para un regalo de cumpleaños


Cannery Row es un libro que huele. Leído con mimo, como se deben leer las cosas, hasta forma una película nítida y fluída en el cerebro. Si hubiese sido una versión clásica la habría dirigido John Ford, por supuesto. Él le da a sus personajes hondura metafísica, aunque sean estibadores o sean obreros de una conservera sucia y pestilente. Si la dirección corriese a cargo de alguien actual, me pido a David Mamet, que convierte las historias sencillas en pura épica, pero tampoco tengo muy claro que deba ser llevada al cine ni que Mamet la conduzca. Con Ford no albergo dudas. De hecho, quien me regaló el libro hace pocos días, vía postal, me contó que había ya una versión filmada de la que no recuerdo dato alguno. Mejor así. Me quedo con la impresión fiable de las palabras, de los olores, de la historia de Doc, que tuvo al final su fiesta y de Lee Chong, con su Ford T y su ojo natural para los negocios y para la supervivencia. A ratos, Cannery Row (inevitablemente) me llevó a Bruce Springsteen, y escuchando algunas canciones de Bruce Springsteen, ayer, en mis paseos urbanos, quise ver las calles de Monterrey y oí los silbatos de los barcos que salen a faenar y cosas así. Eran sensaciones livianas, que se escapaban al poco de pensarse, ideas frágiles que desentumecían la rutina y conducían mis pasos (alegremente) como si me empujara una fuerza mística. Extraño, para ser Navidad y andar como loco comprando regalos en las calles de Lucena. Hay libros que no se dejan ni cuando los cierras. Permanece el placer como un fuego cuidado que ilumina otros libros y te permite abrazar, en cuanto te place, pasajes sueltos. A mí me sigue encantado, por encima de todos, el poema del capítulo 2, que me sobrecogió y me hizo leerlo (del tirón) tres veces, al menos. Steinbeck hace una lírica declaración de intenciones y cuenta que la virtud, la gracia, la pereza y el deleite desfilan con el amor por las avenidas de la naturaleza y se pregunta de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si luego debe sobrellevar una úlcera de estómago, una próstata enferma y gafas. El mundo está descarriado y lo conducen al desquicio ciegas bestias que no miran por dónde van ni cuidan el paraíso que han encontrado, pero Lee Chong envió a su abuelo a través del oceáno para que descansara en tierra de sus antepasados y galones de whisky del bueno corren por Cannery Row. Ah, por poner caras, he decidido que Doc sea Nick Nolte, versión talludita. Quizá alguien pueda llevarme alegremente la contraria.

28.12.08

El jazz se ama así


Y la nave va...


Me dan cierta grima emocional los discursos en los que un preboste de la sociedad, uno con un micrófono a mano y un púlpito mediático desde donde extender sus tesis, o un ciudadano de a pie afirma que la única verdad posible es la que se desprende de sus palabras. En este hilo narrativo, el cardenal arzobispo de Madrid Rouco Varela ha levantado hoy a su feligresía de la España azotada por la canalla laica para decirles que la única familia verdadera es la cristiana. Ha insistido en la infamia del divorcio express, ése que faculta a quienes ya no se aman a dejar de compartir techo, desayunos y almohada y poder seguir viviendo tan ricamente, sin ejercer el masoquismo como oficio diario. Luego ha encendido el verbo, aunque sin zaherir al gobierno zapatista, con la salva de proclamas contra el aborto, lo cual no deja de ser el único argumento rigurosamente legítimo y razonable al que pueden agarrarse y al que cualquiera que no sea cristiano también puede unirse, cerrando el discurso con una buena tunda de palos a los homosexuales, que no son dignos para muchos asuntos, pero sobre todo para educar a unos hijos, como si la familia tradicional hubiese demostrado que sí lo es y que se le puede confiar esa noble y delicadísima tarea. Se equivoca el clérigo en que un hombre y una mujer, por definición, por alguna ley sagrada o por algún retorcido manifiesto metafísico, puedan amarse para siempre.
Y cuando el amor se muere, cuando desaparece la ternura y el afecto, el embelesamiento y la tolerancia, la alegría y el mancomunado esfuerzo de llevar una vida hacia adelante, entonces qué hacer. Tendremos que pedir asilo emocional a quien nos lo de, pero si nos quedamos en el mandato parroquial de hoy en Madrid, no hay que hacer nada salvo aceptar que (en palabras del cardenal Rouco) un hombre y una mujer deben amarse para siempre. Sólo dejar correr el desafecto, la falta de ternura, la ausencia de alegría y soportar la atroz embestida de los días cuando los escribe la tristeza y los rubrica la rutina, el tedio o la desolación. Así debe ser porque así está escrito. Y la nave va...

El último libro del año...




A pocos días de entregar el caprichoso balance musical, cinematográfico y literario de 2.008, me embarco - con cierto recelo - a la lectura de Los hombres que amaban a las mujeres, de Stieg Larsson. La empiezo esta noche y descreo, en principio, de que sea tanto como todo el mundo dice. En libros, en música, más que en cine, suelo no dejarme llevar por la crítica visible, la que coincide cada sábado en los suplementos del periódico en machacar o elevar al cénit de la excelencia al libro que les ha tocado reseñar. De momento, enciendo esta noche el flexo, apago el mundo y me encierro en esta historia de flores enviadas cada uno de noviembre...

Puccini con queso / Cuentos del astronauta zurdo

1
Al principio, recién casados, después de cada bronca con Irene, Cándido se refugiaba en Verdi o en Orff. Se perdía desconsoladamente en las arias sublimes. Se colocaba justo encima de una cresta orquestal y desde allí dominaba el mundo. Como Cody Jarrett en el depósito de gas en Al rojo vivo, pero sin una madre castradora ni sintiéndose en la cima de nada. La ópera,s u brío, su vértigo hermosísimo, le restituía el ánimo fugado. Luego, por no acudir siempre a los mismos paliativos del dolor, se atrincheraba en los sándwiches de jamón de York con queso fundido. Se despachaba a gusto en la cocina mientras Irene, pasillo abajo, iba cerrando estruendosamente las puertas, acotando con portazos barítonos la nómina de frases, el rico y siempre inagotable prontuario de insultos. Al tiempo que Cándido colocaba con mimo y dulce arrobo la última loncha de jamón, Irene cerraba un parlamento superlativo que la dejaba exhausta al modo en que queda un caballo cuando ha recorrido tres películas de JohnFord en Monument Valley. Como si los ladridos de los perros de Pavlov revoloteas en por la cocina, Cándido entendía que cuanto más prolongado y combativo era el enfado, cuanto más énfasis daba a las oraciones subordinadas, mayor era el grosor del sándwich. E ltiempo durante el que se prolongaron estas amenazas de batalla termonuclear, Cándido entró en kilos.“No más sándwiches”, se dijo. Da igual que un calcetín mal doblado principie un descenso a los infiernos. Es lo mismo que un resto de salsa carbonara malee el esplendor pequeñoburgués de una camisa de tweed de marca. Cualquier desaliño en la recta observancia de ciertos preceptos castrenses movía a Irene a fustigar a Cándido durante un buen par de horas. Luego las aguas volvían a su roto cauce y el silencio, como una música, ocupaba las habitaciones durante las jornadas que escoltaban la llegada de un nuevo desastre doméstico. Hasta que un día no encontró Cándido refugio en Puccini o en el queso parmesano y decidió preparar unas brevísimas maletas y poner tres manzanas de por medio: a casa de sus padres. De donde no debí salir nunca, sentenció al compás grave del único portazo que se atrevió a dar en su matrimonio.
2
La casa de la infancia le imponía una armonía tácita. Al quinto día de plácida recomposición neuronal, la voz de Irene se convirtió, en el perturbado eco de sus recuerdos, en un arrebato de violines de Stockhausen, en una paranoia de hip hop metalúrgico.Nada de palabras: sólo masas enormes de cuerdas arrebatándole el oxígeno al aire. Los días tranquilos devinieron en zozobra cuando Luisa y Federico, los pobres padres, decidieron, tras severas deliberaciones sobre la conveniencia de ser tan estrictos, dejar sentadas cuatro o cinco cosas. “No vaya a ser que el niñose vaya también de aquí, y dónde irá”, gemía la madre.“Tú habla, lo has hecho siempre”, insistía Federico. Y entonces, al principio, después de cada bronca con sus padres, Cándido acudía a Verdi, a Puccini. Las arias de toda la vida. Y arropado por el vigor de las masas orquestales, se envalentonaba y tosía tres quejas y un ultimátum. Con el tiempo, se cansó del lenguaje de los arpegios y regresó a la cocina. York con queso contra bel canto. Se despachaba a gusto mientras papá y mamá revisaban su vida. El noviazgo con Irene, sobre todo. Los años de riña. Los hijos nunca pedidos. Con la pieza última de queso despachada sobre la lámina de fino york, el punto final, un portazo a modo de bocado con un trago de cerveza después. Hasta que un buen día no vio Cándido amparo en estos caprichos culinarios y decidió preparar unas todavía más flacas maletas y fatigar, tripón y arrepentido, las tres manzanas del regreso. Llamar entonces a la puerta. Esperar que Irene estuviese de buen humor. Repetir las frases ensayadas durante la travesía del perdón y tal vez arrumbar en el sótano toda la discografía operística. Y a entrar a saco con el puerro y las espinacas.

La rapsodia bohemia / Cuentos del astronauta zurdo

Debería haber una cierta impunidad en algunos crímenes. Una del tipo que te permita más tarde proceder con entereza y hasta con naturalidad frente a los demás y llevar una vida ordenada, en nada escandalosa y ajustada siempre al civismo y a las buenas formas, aunque al muerto, al sacrificado, lo devasten minuciosamente los gusanos en algún bosque en las afueras, pero esta garantía, este salvoconducto moral, no te lo da nadie. Te educan para el remordimiento así que matas a alguien y se te cae el mundo encima. No importa que el cadáver no sea recuperado. El alma se atasca, se embota y ya no es posible besar a un hijo o estrechar manos cordialmente con la ufana naturalidad de antaño. No puedes lidiar con la rutina del trabajo sin considerar la miseria a la que has abocado tu vida. ¿Quién duerme ahora con la conciencia tranquila? En esa mansa vigilia que precede al sueño te invaden, como lobos, todos los muertos que has ido abandonando en los bosques, en las afueras. Como en una mala película de serie B, truculenta y casposa,la conspiración va urdiendo su trama secreta y todo conduce irremisiblemente a la detención del criminal. El cine forja sus héroes y sus villanos, pero la mano asesina carece de mitologías: no obedece a argumentos. El crimen paga, reza la leyenda. Habría querido yo esa cierta impunidad. Haber vuelto a los parques y ver la evolución de los juegos de los niños. Haber mirado al mundo de cara sin la tozuda certeza del miedo a ser descubierto en un gesto delator. Haber enterrado la culpa junto con el muerto. Y ando las calles sin aplomo, ajusticiado, solo, entregado al vicio irrenunciable de los remordimientos. Y la hormiga muerta aparece en mis sueños, demediada, en la suela mortal de mis Nike de cien euros. La pobre, la inocente.

27.12.08

Tres cuentos navideños versión 2.0


La Nueva Antártida de mi amigo Álex ha vuelto a reclutar a dos amanuenses eventuales y he aquí el noble y voluntarioso resultado. Tres cuentos navideños, one more time, y van 2...Alojo los 2 vínculos para que el lector novato en estas manías nuestras (el mundo entero tal vez) pueda ejercer la crítica con más elementos de juicio. Los escribas somos los de siempre: Álex, que acoge y tutela el empeño, Mycroft y un servidor. El encabezado gráfico quiere (sin asomo de éxito) parecerse al que ha usado Mycroft en su Micronesia. Los dos, a lo visto en la actualidad, están condenados al éxito mediático.
Primera entrega: 2.007. Segunda entrega: 2.008....

26.12.08

Pabellón de tristeza




Están los pobres de la navidad al raso frío de las avenidas y tienen empuñada el hambre como una levísima arma arrojadiza, pero se mueven sin prisa, no les duele la densa verdad de los escaparates ni el peso sin propósito de los contenedores. Están mirando cómo nace el niño Jesús en una pantalla de plasma que emite en alta definición todas las cosas importantes que pasan estos días en el mundo. Es una pantalla enorme que se ve desde el cristal. Las caras parecen que perdieran píxeles y ganaran aire para colarse por las rendijas de los bolsos de las señoras y las estanterías reventonas de cachivaches eléctricos hasta hocicar con la cara del pobre ensimismado con los colores y con la evidencia formidable de que el mundo está infinitamente mal repartido y él está en el lado equivocado sin que nada parezca que vaya a sacarlo de ahí y meterlo en danza, en la fiesta estomacal, la que festeja que el niño Jesús ha venido y nadie sabe cómo ha sido.
La navidad es magia para quien la paga y estos pobres de hoy que me han cortado el paso de camino al Corte Inglés no tienen con qué abonar la pitanza. Van como zombies y entonan una letanía en un idioma que no nos pertenece. Ni a ellos. Se atreven con un español precario y funcional que les sirve para reblandecer oídos cómplices. El mío está duro y sobrevivo como puedo al gentío de pobres de la navidad que me regalan incógnitas igual que yo les regalo indiferencia. No puedes pararte y editar el hambre, borrar con algún sofisticado artilugio infográfico la cara oxidada, el pelo brumoso, las ropas tullidas del frío y de la costra de mierda que las levanta a peso del frío suelo de Ronda de los Tejares, en Córdoba, hoy, a eso de las tres, cuando volvía de charlar con mi amigo Rafa Roldán las historias nuestras. Me ha dicho que en el blog falta humor, pero hoy precisamente no tengo el argumento jocoso. No tienen la culpa los pobres de la navidad ni los muertos de la carretera ni tan siquiera la franja de Gaza, que aperece esta noche mientras preparo a mi hija una pizza y escucho la CNN, que es un boletín de desgracias como otro cualquiera, pero neurálgicamente conectado a toda la fibra sensible del jodido mundo. Me ha extrañado que no hablen de los pobres de la navidad.
En Madrid tiene que haber un millón de pobres, según las últimas estadísticas. Y como Don Dámaso a veces por las noches me incorporo en este nicho mullido y levemente aristocrático en el que hace poco más de cuarenta años que me pudro y paso largas horas oyendo el ruido de la tristeza, que es un ruido sin alboroto que se agarra al pecho y no te suelta. Y como el poeta me paso muchas horas preguntándole a Dios por qué se pudre lentamente mi alma y por qué la grandeza del ser humano es un verso en un soneto o es un alto pensamiento de alguien que supo manejar las palabras y juntarlas con razón y con belleza y no un acto heroico, uno del tipo que soluciona de cuajo la infamia y la miseria, el ejército de pobres que cercan el Corte Inglés en Ronda de los Tejares, en Córdoba, y te impiden que puedas desplazarte a la velocidad que te apetece para no perder el autobús número 6, que va al Sector Sur, a la Avenida de Granada. Ahí te esperan con la mesa puesta y la sonrisa abierta y te preguntan si hace frío, pero tienes una urdimbre esponjosa de caras de pobres que te anula el desparpajo, te bloquea el júbilo y te arrumba en una tristeza de viernes de navidad que tenía que llegar tarde o temprano.
Y mi amigo K., que me da en estos casos consejos sabios, no atina a colocarme ahora uno válido. Me ha soltado tres lugares conocidos y una ristra de frases previstas, pero la ciudad es un pabellón de tristeza y los coches enfilan las largas avenidas del centro como caballos salvajes que quisieran perderse en la distancia y no regresar jamás. Mi amigo K. lee a Chesterton y le sale una prosa de lo más enjundiosa, pero no sabe que ser cristiano en estos tiempos equivale a tener que justificarte continuamente. Antes, me cuenta, los que se justificaban eran los ateos. Los pobres de la navidad no se justifican. Los ricos que hoy me han parecido muy ricos caminan a la vera de los ricos que luego son unos muertos de hambre en la intimidad y abren latas de conserva en un mantel antiguo de cien mil pesetas. Todos los que aquí paseamos las calles de la tristeza, que según las últimas impresiones avanza sin cautela y devora edificios y muda el color de los semáforos, sabemos que la miseria o la gloria va por tocas y que el azar, ese bicho cabrón, da y quita a capricho. Está siempre el azar comprometiendo la bondad del mundo y azuzándole leones y serpientes y luego brokers recién despojados de la gracia infinita y abandonados en el asfalto como bestias bautizadas en sangre y dispuestas a romper los escaparates y llevarse la cesta entera de la navidad. Maadof tutela la travesía desde alguna celda y cien mil hijos confiados se suicidan en los servicios de las cafeterías. Un pobre no se suicida. Se suicidan los que lo tuvieron todo y perdieron ese recuerdo. Los ateos del mundo viven la navidad con el corazón encogido y no le echan la culpa a ningún dios en las alturas. En eso hay una pedagogía: en no caer en el fanatismo semántico ni en la cuenta cruenta de cadáveres que la Historia, por ser historia, ha ido abandonando por el camino.
Rojos, nacionales, judíos, demócratas, chinos, marxistas, fascistas, hijos de la MTV y parias del underground: todos son por navidad muertos ilustres de las páginas de las enciclopedias o son pobres sublimes que recorren las calles de la tristeza con la mano horizontal y el ojo avizor, como deslumbrantes aves rapaces que perdieron la capacidad de vuelo y arrastran zapatos quemados en las avenidas definitivas de Suburbia, ¿verdad, Álex?. Y aunque la noche esté cerrando ya las persianas del verbo y uno entienda que no se puede alfombrar el barro, duele que en Madrid y en Córdoba y en las calles de Londres y en las de Varsovia los pobres vayan a seguir siendo pobres y los ricos de raza o de azar (las dos palabras se contienen y se buscan: raza, azar) sigan en su riqueza inasequible al desaliento. Yo mismo, hoy, de vuelta a casa, camino del almuerzo familiar en un día de navidad, me he visto atropellado por una turba obscena de pobres que me han regalado cien incógnitas en un par de miradas y otras cien en el recuerdo ineludible de esas miradas, de esos ojos metafísicos que buscan en los escaparates (había uno cerca que presidía el encantamiento) pantallas de plasma que emitan en alta definición la realidad que a pie de calle, en la tristeza infinita de las calles de mi ciudad, no conocen todavía. Los pobres, por serlo, no conocen la realidad. Se niegan la razón que les faculta para aceptar que todo lo que les está pasando sea realidad, contenga trozos de realidad, exhiba trazas de realidad, parezca de lo más real y se puede ver desde dentro y desde fuera como algo inevitablemente real. Y no lo es. Debe ser mentira o debe ser ficticio o debe ser falso todo lo que no se ajusta a la belleza ni al común denominador de la razón empírica. Pobres hechos paisaje. Mendigos hecho atrezzo. Caigo ahora en la cuenta de que los pobres de la navidad son pobres todo el año y les asiste (qué infamia) la rutina y el miedo.

25.12.08

El intercambio: Fría, calculadora, ejemplar...




Charlaba animadamente con un amigo acerca de la contribución del cine al modelado de la ficción que cada uno lleva dentro para soportar la realidad, que a veces se embrutece de rutina y mutila el entusiasmo sencillo de las historias bien contadas y bien oídas, las historias de amor y de fe, de cordura y de desquicio. Lo que importaba (decíamos) era la envoltura del regalo, el desprecintado lento de su contenido y luego, al final, paladeando, sintiendo su cercanía y su asombro, el cuento puro.
Las películas de Clint Eastwood han estado casi siempre muy sobriamente contadas. Tiene el maestro Eastwood ese noble arte academicista, de mecanismos narrativos clásicos. Incluso cuando cae en la rutina y se dedica a copiar lo que ha aprendido (cuántos lo hacen) el maestro Eastwood es un zorro de la camada de los zorros listos que conoce con precisión la forma en que el espectador mira una película. Sabe qué darle, qué caminos recorrer y cómo hacer el recorrido para que la impresión de la travesía sea, a primera instancia, buena. El público menos versado en sus trucos y en sus razonables bajonazos de talento no aprecia que El intercambio es un ejercicio enciclopédico de cine. El maestro Eastwood coge la letra A y luego la B y más tarde la C y va cogiendo de cada letra lo más granado y lo más eficaz para que El intercambio, la película de estas navidades, sea cine de altura, entretenido como pocos, pero íntimamente deshuesado, desafectado de esa sensibilidad primaria que enfocaba a sus protagonistas (Bird, Sin perdón: mis favoritas) con complicidad y los aureolaba del encanto épico de los seres que estaban (en el fondo) por encima de las historias en las que su autor los había abandonado.
La madre-coraje Collins/Jolie (convincente, aunque excesiva) se acoge más al sensacionalismo de tabloide, en su versión estilizada y glamurosa, que a la investigación sentimental, la que exhibe la moralidad y la verdad, pero Eastwood conduce con oficio, filma sin estridencias y termina entregando al fiel público una obra menor, que no ha sabido o no ha querido convertir en una cosa de más peso, limitándose a resolver una ecuación y no a despejar con su habitual maestría (y conocimiento y arte, en definitiva) las incógnitas. Éstas que aquí se despliegan (la corrupción del cuerpo policial, la abnegada terquedad de una madre violentada y anulada, la oscura trama política) carecen por completo de poesía. Y antes, en muchas obras del zorro Eastwood, había poesía a cañonazos. La había en Mystic River, tan seca, tan amiga de la elipsis y de la complicidad intelectual de un espectador motivado y esforzado en aprehender detalles clarificadores, símbolos de la naturaleza lírica del cine que este venerable anciano de manos febriles y cerebro todavía iluminado ha hecho en las últimas dos decadas. Toda esa tosquedad visible de sus historias tutelaba ternura, celaba un amor infinito por el género humano y por cuestiones universales como la culpa, la redención o el fatalismo.
Nada de eso hay en El intercambio, y a pesar de que pocas cosas nos remitan al buen Eastwood de antaño, encontramos una película que devoramos en un suspiro, a pesar de sus dos horas y media; una del tipo que no veremos en mucho tiempo pero que recomendamos a quien pillamos a la salida del cine, pero a mí me sigue gustando mucho más el cine que busca historias más retorcidas, donde el desequilibrio y la sordidez (la que le falta a El intercambio, que a veces se relama en soluciones dramáticas de saldo, como el drama carcelario) sostenga el edificio narrativo, aunque luego el director esté en la bendita obligación de conmovernos con otras armas, a pesar de que lo expuesto, lo que nos ofrece, nos hiera en algún lugar de nuestra ya anestesiada alma. Eastwood se involucra más en cuanto tiene en el horizonte limpio de su cámara una escena que le satisface verdaderamente: en este caso el ajusticiado en el cadalso, el cimbreo del cuerpo, la lastimosa evidencia de su culpa. Pero afuera, en el resto del metraje, el director se escabulle, se escapa a territorios que domina y que no exigen ni la solidaridad ni su intimidad como ser humano. Eso, aquí, falta.
La contribución de Eastwood está salvada, pero esta película no engrosará ninguna nómina de prodigios...

21.12.08

Yo también tengo voces dentro de mi cabeza


Hay jueces que oyen voces dentro de su cabeza que les distraen del oficio por el que se les paga. Oír voces cuando no las hay no es síntoma de nada y sucede a casi todo el mundo. Lo raro, tal vez, sea no oírlas. Yo mismo me divierto cantidad analizando la textura fonética de las mías o considerando en firme la posibilidad de hacerles caso o, cuando se me envalentonan y discrepan de lo que pienso, hacerles frente y ser firme en la batalla.
Puede pasar que tú seas un tipo de una moralidad recta y de un comportamiento cívico y que las voces te pidan que expolies una sucursal del BBV o que levantes las faldas a las mozas. La moralidad, en estos tiempos, es un mejunje tan escasamente prestigioso que hay quien la esquiva por temor a que su noble materia se le quede demasiado hondo; hay quien, insisto, lampa por tener dentro voces que se atrevan más de lo que se atreven ellos. Es la versión moderna (post Freud) del ángel encaramado a un hombro y el diablito escalado al otro. Ojalá hubiese yo tenido alguna voz convincente en mi adolescencia, una que me guiara por fiestas y antros, aconsejándome, encendiendo la bombillita del encanto personal de la que entonces adolecía y que hoy todavía acude en muy contadas ocasiones. O una que te permita sortear las trabas que la vida te va colocando y prosperar o como sea eso, pero un juez que tenga voces (regreso al hilo bautismal del post) en la cabeza es asunto de más delicado tratamiento y a veces hasta sería recomendable exigir que no las tengan.
Pensemos que el juez de marras, el que administra las sentencias y escribe la ley con letras de oro. Habrá (imagino) jueces de ferrea disciplina católica, severos parroquianos y obreros estrictos de los mandamientos de la ley de Dios, que exigirán al vulgo juzgable, en su fuero más hondo, que adorne sus procederes con fiel compromiso a esa ley. Habrá quienes militen en lo laico y abominen de que la moral cristiana (una entre muchas morales) pespunte las sentencias y les de cuerpo teocrático cuando son, en probidad, palabra del hombre para el hombre, sin que en ese campo tan resbaladizo pueda inmiscuirse la religión o (incluso) su ausencia. Pensemos, oh dilecto lector, en eutanasias, abortos, fecundaciones asistidas y educación sin crucifijos en las escuelas.
Y qué alegría le da a este cronista de sus vicios que la sociedad del progreso, la que avanza al margen de la cultura del espíritu religioso y se enrosca con la pluralidad y con la moralidad de la ética, vaya alcanzando (peldaño a peldaño) logros gigantescos, hitos...pero cuando la voz dentro de la cabeza irrumpe se desmorona (con estrépito) el edificio de la judicatura.

20.12.08

Soy George Bailey




Hay quien cree que un banco es un sitio en el que hay que entrar de un modo distinto al modo en que se entra en una perfumería o en un bar de carretera. Gente del tipo que cree que un director de banco o un sencillo cajista es alguien conferido de alguna valía sobrenatural, rayana en lo sacerdotal, que posee el don de impartir la riqueza y autorizar o desautorizar la felicidad ajena en base al brillo de su puesto de su trabajo. Conozco a quien tartamudea al pedir un préstamo, agachando la cabeza, carraspeando, azorándose profundamente y, al final, cuando ha firmado el contrato que valida el negocio, sale encantado del atrevimiento, agradecido de corazon, allá en lo más secreto y noble de su alma, por el favor prestado, ufano por disponer de recursos para aliviar el extravío de la crisis, el expolio de la tarjeta visa o el sufragio del arreglo de la cocina o del nuevo mobiliario del salón. Conozco gente íntimamente convencida del hecho de que el lugar que ocupan en el mundo es pequeño, doméstico, muy insignificante. Merced a esa absurda modestia social entran en los bancos con un sobresalto en la válvula mitral y jamás se atreven a violentar el estricto conducto protocolario que coloca a unos en un escalón del sistema y a otros, por razones incomprensibles, en el inmediatamente superior. Hay gente de una irrelevancia tan consumada, tan asumida, que confunde la educación y el respeto a los demás con la sumisión y la obediencia ciega.
Frank Capra llenó sus películas de gente así. Los dibujaba con un mimo absoluto y en ningún caso rebajaba ese cariño y esa ternura (preciosas las dos palabras) por imperativos comerciales o porque un gerifalte de Hollywood le intentase convencer de colocar tal o cual cosa conveniente para su buchaca. Todavía hoy cuando entro en un banco pienso en Frank Capra. Absurdo, ¿verdad?. Pienso de una manera primaria, que en ocasiones es el modo más efectivo de pensar en las cosas. Pienso sin retorcimientos de índole intelectual. Pienso desafectado de ira, sin que mis actos estén manuscrito por la venganza o por considerar que el mundo está mal hecho (lo está) y que los bancos contribuyen, con su sangría invisible, con su misma política de cuentas, a agravar el defecto. Pienso (insisto y acabo) en Frank Capra, lo cual es una forma muy sentimental de escapar de la realidad y refugiarme, ay, en el cine, en las historias maravillosas que el cine procura para desautomatizar la realidad y darle un colorido y un encanto que, sin cine, estoy seguro, no tendría. Pienso en Frank Capra (sí) y entonces sitúo mi lugar en el mundo. Reconsidero (en una prodigiosa fracción de segundo) mi exacta posición en la pirámide social y confirmo que, en el fondo, sigo siendo un pobre personaje de Frank Capra, una especie de George Bailey cualquiera, un George Bailey que mide las palabras y las vuelve a medir por temor a que las palabras suenen inconveniente, una de esas personas que prefieren la prudencia (mis padres me educaron bien) pero a la que no le importaría encabronarse cuando sea preciso y dejar de ser George Bailey un par de minutos para enfundarme algún otro disfraz más cabrón. Exhibir, por ejemplo, el careto palurdo, rocoso y profesional de Jack Palance y entrar en un banco como si Michael Bay rodase la escena. Y que venga Capra y nos alumbre a todos.

15.12.08

Los restos de cualquier naufragio...


Nacimiento: 24-V-49

Infancia feliz y estudios en el British Institute School.
Adolescencia neurótica, como todas, hasta caer en Río de Janeiro por el oeste y en Estambul por el este.
Sueño con convertirme en líder revolucionario o estrella del rocanrol, fracasando en ambos campos por mi corta estatura, mi voz repugnante y mi imagen francamente doméstica. Desorientado, decido dedicarme a la dirección de cine, ya que es algo que puede hacer cualquiera, al ser el oficio más idiota del mundo.
Desengaños amorosos me llevan a tierras lejanas como África occidental, capital Timbuctú, y a arriesgadas aventuras como cazar ballenas, arpón a mano, en la isla de Madeira.
De salud, bien, hasta que me hallan una estúpida diabetes mellitus emboscada, que me produce honda irritación con el mundo y con la vida en general.
He escrito estos poemas en el breve espacio de diez años y son todos los que he escrito en mi vida. También soy vago como poeta, si es que acaso lo soy.
En ellos he tratado de contar partes de mi vida de esos diez años, pero no tal como fueron, sino como me habría gustado que fueran. Cada uno trata de una cosa, y todos juntos y seguidos, de otra. En realidad, son historias para las que nunca creí encontrar productores.No sé si volveré a escribir, pero si lo hago pienso hacerlo desde Kingston, Jamaica.
Dada mi irresponsabilidad, me temo que no llegaré a viejo, y bien que lo siento.
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“Trataré de resumir sin extenderme y relatar
catorce años embarcados de la infancia de los vientos
delicado recorrido por el mundo tras un nombre
hoy perdido con el mapa en el mar y en la memoria.”

Ricardo Franco.
Los restos del naufragio, Hiperión, 1979
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(gracias, Luis, llevas razón en eso de que La buena estrella es una gran película. A mi entender, corto y más hoy que ando huérfano de brío, una de las más hermosas historias contadas en una pantalla de cine. Y mira si hay...)

12.12.08

... las cuatro botellas


Y qué hermoso sería que la estancia entre la tercera y la cuarta, caso de que la ominosa cuarta finalmente acuda, dure mucho y nos procure el júbilo suficiente como para no tener que pensar en ninguna otra...

11.12.08

Qué difícil va a ser explicar la Teoría de la Evolución....


I
El hombre, merced al capricho teocéntrico de la religión, ha gozado siempre de ciertos privilegios cósmicos. La sencilla circunstancia de ser el rey de la creación y apropiarse históricamente del centro de la inteligencia le ha facultado para aceptar (por encima de consideraciones servilmente científicas) que es el puñetero centro del universo y que no hay otra contabilidad de prodigios que la manuscrita por su puño y letra. Copérnico, el heliocéntrico, el avanzado, se granjeó el cariño de las generaciones venideras al sentenciar, a riesgo propio, que la tierra es un pequeño kiosko de miserias, un fatigoso cúmulo de contrariedades físicas, químicas, espirituales y sensitivas, pero que hay más (o debe haber más) por ahí afuera a la espera de que el azar o la NASA abran la pandora terrible del cosmos y veamos alienígenas en prime time como si fuesen hooligans que nos visitan en Champions y a los que Mulder y Scully persiguen sin descanso.
La cosa teocéntrica tiene su contrapeso intelectual, su quema de iniciados y, al final, su penosa rendición a la Historia, que es un juez firme y severo. Podemos pensar que Dios no entró en la discusión sobre si sus parroquianos harían de su prosa un antojadizo vademécum de mandamientos a beneficio de buchaca.
Con el tiempo, ese nutrido ejército de profetas y gurús de la nueva mística inventaron doctrinas, instauraron recetas para ahuyentar el peligro de pecar y levantaron tótems: les metieron al pueblo lerdo el miedo a que esta vida fuese la única. Abierta la veda de la eternidad y de la salvación de las almas, que ya estaban salvadas antes del litigio, lo demás fue un gasto menor. Disciplina, obediencia y, de regalo, ciega fe en ese ideario perfecto.
La religión, en su doctrinario, exige esa cierta disciplina sin la cual sería saqueada por la modernidad, por los infieles que al paso van saliendo siempre y por las hordas fúnebres del relativismo, que todo lo apestan con su falta de moralidad, seguro.
II
Venía el otro día Maruja Torres en plan laico total en El País con un apasionado ejercicio de libertad de expresión a propósito de Dios y de Darwin en donde clamaba sobre la historia traída estos días de cruces o no cruces en el aula. Pide la buena señora, buena en el noble y buen sentido de la palabra, que se instalen ordenadores y se doten de libros las clases en lugar de litigar en prensa y en foros sobre la vigencia o legitimidad o pertinencia de clavar cruces en las paredes escolares o colgar retratos del emérito Rey de la sacrosanta España.
Frívola, quizá, pero ajustada a un más que luminoso sentido de la coherencia, la mordaz articulista de El País, longevamente adscrita a este medio, razona que tan legítima sería que el profesor de un aula enarbolase un escudo del Betis, pone por caso, que un crucifijo, sobre todo porque ambos explican en qué ocupa su ocio sentimental o espiritual el que los coloca en la pared. Blasfema, por el beticismo militante e insolente y por el apartheid icónico, Maruja Torres dice preferir (mil veces, apunto yo) a Copérnico o a Darwin (mil más) que al infalible (por teocrático) cónclave de gerifaltes de la moralidad cristiana, que gracias a Dios no es la única, a la que (para que el desahogo sea completo) convierte en morboso cuento de sacrificados y cómplices del sacrificio.
En lo que a mí me toca como usuario de esas clases, aplaudo la osadía argumental de Maruja Torres. Visto el panorama educativo, tal vez el tsunami moral es una nimiedad, un apunte frívolo de los tiempos que corren, si lo comparamos con la levedad intelectual del alumnado, con sus estadísticas flacuchas y su enclenque nivel académico. Si le dedicamos esfuerzos extra a ver quién gana esta partida, aunque alguien al final se lleve la hebra argumental a su traje, perdemos un tiempo precioso en averiguar en qué fallan las leyes que rigen los planes de estudio y dónde podemos incidir o en dónde debemos aflojar para que el rango educativo se eleve y alcance los niveles que otros países de esta travesía del progreso exhiben con orgullo. Igual ahí no se enfangan con cruces ni con zarandajas carpetovetónicas y se emplean a fondo en lo verdaderamente esencial, que es el expediente de cada alumno, y la responsabilidad pedagógica de quienes se encargan de cumplimentarlo a lo largo de su vida lectiva.

8.12.08

Algunos hijos de Dios


"La comedia es un género dramático que se caracteriza porque sus personajes protagonistas se ven enfrentados a las dificultades de la vida cotidiana, movidos por sus propios defectos hacia desenlaces felices donde se hace escarnio de la debilidad humana. La comedia se origina en el mundo griego, pero se va desarrollando por el medievo y por la edad moderna, hasta llegar a nuestros días."

(Wikipedia)

¿y eso es lo que hacía Billy Wilder?


7.12.08

Peter Lorre, el villano sin futuro


Gjon Mili, 1944


Ladislav Loewenestein nació en Hungría a comienzos del siglo XX. En esta foto tenía 40 años. Su desmedida afición por el teatro le hizo dejar su país antes de cumplir los 20 y buscarse la vida en Suiza. Allí trabajó de cajista para pagar las clases y que su nombre sonara en la escena dramática de la época. Bertold Bretch lo apadrinó y Fritz Lang le hizo M, el vampiro de Dusseldorf, aunque Loewenestein no confiaba en el cine ni apreciaba la emergencia de un arte que, comparado al teatro, no dejaba de ser un entretenimiento pasajero, una moda de feriantes y comerciantes espabilados. Su ascendencia judía, no obstante, le haría razonar el error y enseguida volcó su talento en el cine.
Eso era 1.934. Tres años después, huyendo del terror nazi, trabajó con Alfred Hitchcock en El hombre que sabía demasiado, versión inglesa. Después vendría el encasillamiento: decenas de películas para la posteridad. Su aspecto desvalido, esa fragilidad, la indefensión que exhibía su rostro extraño se afiliaba a dos tipos de interpretaciones: la del atormentado y la del inocente; la del hombre atribulado y solo, fatalmente ungido por la mala suerte, por la miseria moral de un tiempo siempre en zozobra, es decir, el cine negro puro, y la del hombre digno de lástima, escasamente dotado para el mal, pero empujado a él por designios irreparables. El segundón perfecto, el actor gremial y esforzado, siempre vivió encadenado a su aspecto. No recuerdo, salvo Charles Laughton, otro actor más esclavizado que éste a un perfil y a un gesto, a un rostro imposible de olvidar y a un rol perdurable, por encima de que le llamaran para hacer una comedia de altura (Arsénico por compasión) o un thriller de la mejor enjundia (La máscara de Dimitrios). Curiosamente ambas obras maestras están producidas en el mismo año, 1.944.
Ya Peter Lorre y harto de ser el villano prescindible, pidió un papel de mayor calado dramático. Mr. Moto, el personaje que interpretó hasta en 8 ocasiones, no es (al menos para este cronista cinéfilo) el papel de su vida. Me quedo con el villano, qué le vamos a hacer. A su pesar, supongo, Peter Lorre será siempre el hombre enclenque, presumiblemente zarandeado por algún trauma infantil, que salía en las películas de gángsters con una pistola en una mano temblona, como poco hecha a empuñarla. El rostro delata un mal peculiar: el dolor infinito de querer salir de ese cuerpo y colarse en el de James Mason, pongo por caso. Cary Grant tampoco hubiese estado mal. A un actor con madera de actor de verdad, el cuerpo de Cary Grant es siempre un regalo. Con Grant coincidió en los desencantos matrimoniales. Tres esposas. Murió en 1.964 el mismo día en que firmaba el divorcio de su tercera.

4.12.08

Kenny Drew : plays Great Standards: Elegancia, lujuria...


El término standard, aplicado al jazz, manifiesta la excelencia melódica. Luego se trata únicamente de que los ejecutantes de esos prodigios se sientan a gusto en el escenario o en el estudio y toquen con absoluto desparpajo, sensibilidad infinita y un extraordinario sentido de la anticipación o de la sincronía o de la improvisación matizada, como decía Joe Pass en una entrevista que leí hace poco en una revista del ramo. Standard es Summertime o Body and soul o Nature boy, por nombrar algunas de las piezas de jazz que más me gustaron siempre. En este excepcional disco hay tres hombres asombrosamente ensamblados, genios en lo suyo que dispusieron renunciar a cualquier muestra de lucimiento personal para que lo que relumbre sea el conjunto. Y cómo lo hace. Kenny Drew, al piano, Niels-Henning Orsted Pedersen al bajo y Ed Thigpen con los platillos tocando algunas de las canciones más memorable del impecable recetario de pastillistas musicales del patrimonio jazzístico. But Not For Me, My Romance, Stella By Starlight, Autumn Leaves, Nature Boy, Like Someone In Love, You Don’t Know What Love Is, Begin The Beguine y Here’s That Rainy Day tocadas en Tokyo, en vivo, en dos pletóricas noches de 1.983. Made in Japan, my friends, pero no hay humo en el agua...Y estoy disfrutando estos días como hace mucho que no disfruto con ningún disco. Prueben. El que busca en el jazz complicidades, querencias, ese exquisito matrimonio entre la belleza y el conocimiento de la esencia del arte tiene en este puñado de standards un refugio. El jazz, decía Cortázar en algún sitio, es un biombo tras el que puede uno esconderse. Pues sí.

1.12.08

Novelas

Llevo toda la vida con una novela a cuestas. A fecha de hoy sólo posee título y un par de cientos de folios de merodeos argumentales. Pensé cuando la arranqué que saldría sola, pero he notado que requiere una parte considerable de mi tiempo. A ser posible, todo. No le importa que sea padre y esposo, obrero más o menos cualificado y consumidor convulsivo de mis vicios (muchos, créanme). La novela me vampiriza, me estruja hasta que no tengo ojos para nada más. Por eso nunca la escribiré. Mi hija acaba de comenzar una. No consiente que sea un relato. Ni siquiera uno largo. Ella quiere escribir una novela. Como lee mucho más que yo, no dudo que su voluntad adolescente le consienta el tiempo del que yo no dispongo. A su edad también yo hice mis pinitos. Por algún lado anda un amago de novela, unos folios mecanografiados (Olivetti Lettera 32) de historias que no acababan de ensamblarse. Era otra edad y era hasta yo otro muy distinto al yo de hoy que apenas tampoco conozco.
Las novelas son como pequeños trozos de vida que, al final, engarzan, se acoplan, fijan un destino y se amoldan a ese vértice sin desmayo. Las buenas novelas son las que son una extensión de la vida. Quizá por eso precisen autores cuya vida esté cuajada o, en cierto modo, bien provista de experiencias que más tarde puedan ser conducidas al hilo de la trama. Borges nunca escribió novelas. Le agradaba más el territorio selectivo del cuento, su precisión matemática, ese calor semántico en el que las cosas tienen un peso absolutamente crucial y nada está manejado con descuido ni dejado al socaire de los vaivenes fortuitos de la historia. La vida, de hecho, se asemeja a la ficción novelada por cuanto incluye en sus pasajes trozos prescindibles, episodios meramente accidentales que aportan escasos o nulos datos a la gran trama principal. De todas formas abro mi cajón y observo las páginas a medio terminar, el hecho fundamental de tener una novela a cuestas y no dar con la tecla que pulse su gesta definitiva. En ello estamos. Mientras sucede el prodigio de la inspiración, tiramos de narrativa breve, de entradas superficiales en este blog cada vez más íntimo...

29.11.08

Pálpito vs. Púlpito....

Imagino que es una cuestión de coherencia editorial así que no me extrañó que el diario Público regalase el viernes un condón junto a la película que habitualmente entregan ese día. Su cruzada ética requiere de estos exabruptos mediáticos para ganar adeptos y fidelizar enemigos. Los tiempos que corren ganan en pluralidad y pierden (tal vez) en elegancia. Hay rotativos que se desmarcan de estos atropellos a la moral tradicional y anatemizan todo apunte revolucionario. Éste, en su modesta contribución, lo es. El condón envuelto en su plastiquito, exhibido como una oriflama en tiempos de guerra, exhibe (sin texto) la línea periodística de quienes escriben a diario el periódico. Público está en un extremo del espectro político o, dicho de otro modo, está en el grupo de periódicos que ondean con orgullo sus credenciales en materia religiosa, política o social. La razón hace lo mismo en la horquilla inversa. En mitad del abanico de prensa disponible están todos los demás, aunque unos sean más risibles, transparentes, corporativistas o belicosos que otros. El País, pongo por caso, es también un curioso ejemplo de periódico que no se rebaja a la frivolidad de regalar condones, pero acepta que otros, en su lugar, lo hagan. Es una cuestión de estilo. Todos los periódicos tienen eso: un libro de estilo, un prontuario de intenciones, de compromisos irrenunciables... Luego el tiempo, la caja y el clientelismo político modifican ese libro, lo matizan, le confieren apéndices, capítulos escritos al hilo de la actualidad. Eso de la actualidad es lo que hace que la empresa sea rentable y sus gacetilleros, sus columnistas de relumbrón y los que manejan las máquinas en los sótanos cobren a final de mes y tengan razonables perspectivas de incentivos. Público, a lo visto, se vende relativamente poco, aunque quizá no lleve el tiempo suficiente como para acomodarse en el panorama de la prensa nacional. Lo mismo le pasa a su hermana televisiva, La Sexta, que a base de fútbol y Fórmula 1 en breve se está ganando interesantes cuotas de pantalla: share, que dicen. El condón quita share o gana share. Lo raro es que no lo hayan regalado antes. Lo más raro todavía es que en próximos días no incluyan el documento oficial (bien timbrado, listo para echar al correo) para apostasiar a gusto. O un tocho fascicular sobre las tropelías que la Santa Madre Iglesia, a la que le tienen escaso aprecio y la que azuzan verbos incómodos y adjetivos con látigo en cuanto encuentran ocasión, ha cometido en sus dos milenios de mística existencia.
No tengo argumentos (ni uno solo) para recriminar el detalle del profiláctico, pero no creo que sea ése el lugar desde el que se debe pontificar (a pesar de su encomiable propósito) sobre un asunto tan serio en tantos aspectos como es el control voluntario de la natalidad y la seguridad sanitaria en las relaciones sexuales. Los conservadores, que son personas proclives a mirar lo suyo con más mimo y afán protector que otros, quizá de ahí eso de conservadores, conceden a la moral (normalmente la cristiana, a pesar de que hay tantas como pareceres y sentimientos) afectos casi físicos. La cuidan y preservan como si un bien material se tratase. No es bueno (aducen) que se descarríe el ciudadano con estos misterios de lo mundano. Parece como si en el fondo temiesen que el pálpito derribase el púlpito.

27.11.08

Gun crazy


Escribió Julio Camba a propósito de Nueva York en La ciudad automática (Alhena Media, Barcelona, 2.008) que le fascinaba "la organización criminal de sus negocios y la organización comercial de sus crímenes". Las urbes titánicas, las que exhiben oceános de gris en las aceras y semejan bocas grandes que engullen papel en los atlas, han inspirado obras maestras de la poesía o del género negro. Se me viene a la cabeza Lorca y se me viene Auster. Pienso en la épica combativa de sus ciudadanos por borrar cierta aureola de jungla y de brutalidad normalizada en sus calles. Pienso en John Huston y es imposible que James Cagney no se me cruce en la hipotética parada de iconos de lo urbano, pero James Cagney es un gángster, un mafioso, el criminal al que no damos más de noventa minutos de vida. Salvo en épocas recientes, el cine negro duraba menos de hora y media. Es ahora cuando inflan los minutos y meten alrededor de la historia principal agazapadas minihistorias que en poco (a veces) contribuyen a clarificar o hermosear la principal. Anoche vi (reví) Ola de crímenes / Crime wave (André de Toth, 1.954) y quede absolutamente petrificado por la honestidad de la narración, concisa, concebida como un cuento y contada como si fuese un cuento. La literatura de lo breve es muy exigente. La novela posibilita el merodeo, la hipótesis que sólo bosqueja un perfil de los protagonistas o una rama narrativa del argumento. El relato, en cambio, se complace en eliminar la paja y acudir cuanto antes a lo estrictamente dramático. Y el prodigio del cine negro es la definitiva creación de un personaje nítidamente urbano, en diálogo continuo con el atrezzo natural en el que trapichea, ama, teme y finalmente, en casi todos los casos, muere. Al mafioso le estimula la ciudad, a la que hace infinitos mimos y en la que se mueve con absoluto desparpajo.
El amable lector que haya visto buen cine negro de la RKO o haya leído las sobrias crónicas de la decadencia del alma humana alumbradas por Raymond Chandler difícilmente dispondrá de una visión familiar del gángster: nunca tendremos ocasión de disfrutar del ser humano tierno, enredado en afectos.
Los Soprano, muy al contrario, reflexiona sobre la intrahistoria del criminal y nos regala (con lujo y artificio de procedimientos) la trastienda visible, la información relevante en la que Tony Soprano puede ser un hijo de la grandísima puta y, al tiempo, un alma candorosa, una criatura sensible y digna de aprecio. Sabemos, en definitiva, que hay una jauría de bestias retorcidas, pero que cada una lleva un ciudadano bueno y honrado con un corazón limpio como un amanecer sin cláxons.
Volviendo a Camba: llevar un matón que negocia o un negociante que mata. La épica del cine negro retira siempre la posibilidad de que indaguemos en exceso en la naturaleza meamente afectiva de sus personajes. Michael Sullivan, el pistolero funcionarial que interpreta Tom Hanks en Camino a la perdición fascina porque se aleja del arquetipo y contradice el academicismo. De hecho, hasta la ciudad está retratada con el cariño que hasta ahora no percibíamos.
La ciudad, en el noir tradicional, es una armonía bastarda de policías psicóticos con nula o irrelevante vida doméstica, de patéticos asesinos que respetan códigos de honor y otra suerte de códigos deontológicos para granjearse el favor del jefe, que suele ser un burdo y zafio don nadie que escalafonó por alguna osadía de importancia...
La ciudad es un muestrario caótico de mujeres de una obscenidad trágica que mueven una trama sexual que espolea subliminalmente (en esto Ramón Gubern sabe una barbaridad) la otra, la aparentemente capital; la ciudad es el lugar perfecto para que los políticos asqueados de otros políticos se dejen corromper por miedo o por avaricia...
La ciudad es el folio en blanco en el que detectives misántropos o detectives venereos (en esto muy raramente hay un término equidistante) prescinden de la razón para razonar a base de hostias, exaltando la fuerza bruta y estableciendo con el inefable cliente una relación de confianza mutua que, al fallar, acelera siempre el desenlance de la trama...
El cine negro es (compositivamente) una apoteosis de lo sórdido: una implacable radiografía de la sociedad inmoral que pontifica el crimen, el latrocinio y la corrupción como modelos de conducta y que se pavonea de esos modelos ante el opaco, entristecido y burocrático desempño de la rutina de un ciudadano normal que cumple la ley y se escandaliza cuando otros no lo hacen...
El cine negro dilata la sensación de precariedad y de desencanto como casi ningún otro género. Y esta noche de jueves este cronista de sus vicios acaba de pasar un rato formidable, uno exento de cualquier hilo de infelicidad, por pequeño o tangencial que sea, viendo una de gángsters, de tipos duros y de polis buenos... Anoche tocó Crime wave y hoy ha sido El demono de las armas, una obra maestra absoluta, un excepcional documento sobre el talento cinematográfico. Y estoy feliz, oh my friends, estoy feliz como hacía tiempo que no lo estaba...

Buenas noches.

24.11.08

Cristofilias / Cristofobias



Cañizares, en una reunión de lo suyo, denuncia la cristofobia de la sociedad española. No sabemos si la reflexión está jaleada por el asunto de la monja predilecta de Bono, a la que se le han negado galones en el Parlamento, por la notoria bajada de fieles a las homilías o por la cruzada zapateril a bordo de la nava de la Educación de la Ciudadanía, que parece ser el vértice homicida de todas las pandemias morales del país. Algunas, sin duda, hay. Son tiempos de cacofonía ideológica, de mejunje en lo social, de relativismo (que diría Ratzinger) pero quizá los mandos eclesiásticos se están dando una importancia excesiva y creen ver batalla donde no la hay. Piensan que manejan privilegios de antaño: creen que todavía hay una parroquia por cada barrio y un feligrés en cada ciudadano. Todavía recuerdo cuando una buena señora me dijo que todos creíamos en Dios, pero que no nos dábamos cuenta. Que todos somos Iglesia, aunque nunca vayamos a misa. Me dijo todo eso con una prosa dulzona de perdonavidas que me negaba toda posibilidad de réplica. No ha sido la única vez en que alguien ha pensado por mí en el temor de que yo no sepa pensar por mí mismo o que, pensando en exceso, me descarríe, me escore en demasía y me pierde, oh fatum, oh gran tristeza, todas las bonanzas que la fe procure a quienes la practican. No recuerdo si me esforcé en aclararle a esta buena samaritana dónde estaba yo y a qué me arrimaba espiritualmente. Últimamente tengo cada vez más claro que el pantanoso terreno de la fe posee pocos lugares para la armonía: padres de niños de primaria que exigen que se retire el crucifijo del centro, aborto, eutanasia, métodos anticonceptivos... Nada que no pueda ser solucionar uno hacia sus adentros sin que medie nadie (con sotana, sin sotana) para acercarnos a una postura o a otra.
Decía Fernando Savater en una entrevista radiofónica hace bien poco que los creyentes de antes era más creyentes y que los ateos lo eran en un grado más entusiasta. Es posible que ahora todo se fragüe en moldes más livianos y que el capitalismo salvaje, su colonialismo interno, fomente cierta visión propedeútica de las cosas. Se oye que el Estado laico está sustituyendo a la religión y que eso es peligroso. Tanto como al contrario, supongo. Tornas cambiadas. El bucle de siempre, pero de otra forma...

17 años sin Freddie Mercury




Hace 17 años, a esta hora, salía yo de trabajar y alguien me dijo que había muerto Freddie Mercury. Al llegar a casa, una de alquiler que apenas pisaba a beneficio de la vida crápula que entonces llevaba, puse A night at the opera en un radiocassette Sanyo heredado y vetusto: era una cinta Tdk de 60 minutos. El disco, el original, el vinilo esplendoroso y cuidado con el mayor de los mimos posibles, estaba en Córdoba, lejos de mi lugar de trabajo, silenciado de lunes a viernes. Oí Love of my life y Bohemian Rhapsody. Luego devino CD. Vicios de mitómano, supongo.
Vi a Queen en Marbella en la gira A Kind of Magic. Es curioso cómo la memoria se mantiene intacta, sin pérdida de ningún detalle de esos dos momentos de mi vida. El concierto en Marbella. El día en que Mari Carmen, una amiga del colegio, me decía al montarnos en el coche que había muerto Freddie Mercury. Hoy hace 17 años. Justo ahora me estaba montando en el coche. En este momento, pero en el pasado, que es la estación más propicia para la nostalgia.
El tiempo, si lo piensas, es una cuestión de ánimo.

23.11.08

Prosa dominical en tiempos de crisis

Todo lo que es susceptible de empeorar, empeora. O como dice mi amigo K.: Escarba, puedes encontrar más mierda debajo. El panorama no es desolador: le falta una brazada más al nadador para que el cuerpo reviente y se lo coman los tiburones que, en la hambruna, se han acercado a la dársena para ver si encuentran allí la carne que mar adentro escasea. El espectador insensible o el que está satisfecho con la porción de bienes inmuebles que las herencias, el trabajo o el bendito azar le ha puesto en bandeja tal vez imagine, en sueños, que esté es el mejor de los mundos y que a él, ungido por la fortuna, le ha tocado mirar el naufragio desde una altura que no se marchita a pesar del óxido que fatiga el aire y lo hace irrespirable abajo. Hay gente a salvo del caos.
En Dubai han montado un hotel de miles de estrellas y en la celebración han gastado lo que no podemos imaginar los que no tenemos imaginación para estos asuntos de los ricos. Ha ido Robert de Niro, ha ido Michael Jordan: han reclutado a la crema de la cosa popular para que todos los que no hemos sido llamados compremos luego el billete de espectadores de segunda fila. Somos esto: cómplices digitales de todas las injusticias del mundo.
No para la prensa de ladrar su cantinela de miseria y de decaimiento de las finanzas, pero Ramón Calderón, ese dandy de la buena vida que preside el mejor club del mundo, tira de chequera y promete una pasta gansísima si sus asalariados hacen su trabajo, rinden como se espera y ganan los siguiente cinco partidos. Cuando el quinto partido acabe, quizá el número de desempleados sea ya intolerable. Todavía podemos soportar estas estadísticas, salir a la calle, no ver que cierran los negocios (en mi pueblo, otrora boyante, muchos han echado la persiana, han muerto a pie de acera, a la espera de vientos de más bonanza) y que los niños van a la escuela con mantequilla en el pan en vez de fiambres extra. Que no hay vez que no vaya a tirar la basura y al tiempo que yo la arrojo al contenedor (soterrado, en mi caso, muy aséptico, muy moderno, muy integrado en lo urbano) un par de rumanas o búlgaras o magrebíes o vaya usted a saber registran lo que no cabe, las bolsas brutalmente arrojadas al suelo. Las abren, las registran, cogen lo salvable: buscan lo que no queremos, ya lo sabemos.
Nosotros, en un escalón superior, también ejercemos un oficio parecido: compramos lo que podemos, gastamos el dinero en lo que buenamente podemos comprar, pero hay un mundo de gente de más saneada cartera que nos mirará con pavor y con compasión cuando en el súper demostremos preocuparnos por buscar la marca de leche más barata o el detergente de menor coste.
En un congreso del PSOE que ayer por la mañana vi a ratos en CNN, el humanista Zapatero estiraba su prosa funcionarial para explicar a sus acólitos paquetes de medidas para cerrar la brecha abierta. Contaba cientos de cosas que entendí a medias y contaba otro ciento que no entendí nada. Contó (ahí sí me percaté del tema) que el tajo es global: que también en el extranjero, incluso en el extranjero rico que siempre iluminó nuestra envidia congénita, también hay rumanos que buscan leche caducada en los contenedores. No lo dijo así porque entonces no sería el congreso del PSOE sino una reunión de amiguetes cabreados.
Por otro lado, Aznar, ese no-humanista, ése que desafía a muchos, irrita a otros tantos y tal vez contagia su entusiasmo jubilar y didáctico a unos pocos, ha salido en una tribuna similar con la hipotética receta que nos salvará a todos: pide que su partido sea bravo en la lid, que desenvaine la semántica a tiempo y no se enfangue en trifulcas domésticas que (él sabe bien estos asuntos) en nada benefician la imagen pública, la popular, la que luego deposita el voto en la urna.
Luego me asomo a la ventana y contemplo una procesión de mendigos que celebran que anoche fuera sábado y así haya más oferta en los contenedores...

22.11.08

When you're smiling, the whole world smiles with you....


















Si tuviera que elegir la canción que más ha zarandeado mi sensibilidad, sea esto lo que sea y entienda el amable lector lo que quiera entender, probablemente escogería The thrill is gone. Da igual qué versión. Hay suficientes como para llenar varios discos. Dispongo de uno (artesanalmente grabado, compilado con mimo infinito) en el que he ido colocando las distintas versiones disponibles hasta llenar los 80 minutos predeterminados. El blues no es The thriller is gone, lo sé. El verdadero blues es más áspero y provoca desgarros mayores, pero a mí me sigue pareciendo una de las canciones más hermosas del mundo, muy a pesar de que la letra informa de un amante al que la emoción lo ha abandonado. El blues es dolor y alrededor del dolor edifica su literatura. Ahora viene B.B. King y enseña los dientes y muestra la sonrisa en este puñado de fotos que evidencian que el blues es también gozo y plenitud, esplendor y júbilo, todas esas cosas que contribuyen a que seamos más felices. Este hombre ha contribuído a mi felicidad y merece altar en este modesto blog de tributos aleatorios, de caprichos sencillos, de vicios íntimos. Feliz noche de sábado.






Laico, laico, laico

Los adoradores del laicismo, ese gremio de izquierdosos de sobaco ilustrado con textos blasfemos y panfletos en el disco duro contra los salmos y contra la beatitud de la sociedad en estos tiempos de manga ancha, esos ignorantes de cerebro mal iluminado, han encontrado en la tal Maravillas, la monja santa que Bono no pudo elevar al nomenclátor histórico del parlamento, un motivo de chanza y de jerigonza semántica para tabernas y reuniones de sábados alrededor del scrubble mental del Estado del Bienestar. Tienen en estas frivolidades los laicistas de profesión (entre los que a veces me incluyo y a los que a veces repudio) un argumento para amenizar el aburrido plan de trabajo de sus desquiciadas vidas. A ver cómo si no podríamos entender que vivan en el pecado de no creer y encima tengan la desfachatez monumental de vociferar su descreimiento como un acto de fe al que no renuncian así les manden un destacamento de monjitas de clausura que los convenzan. Llegará un día en que nos riamos de estas veleidades de la feliz democracia que tenemos. Veremos que no pasa nada porque una monja (tenga el meritaje que tenga) contribuya a la iconografía de notables del Congreso de los Diputados. Aceptaremos que tampoco la tal Maravillas tiene en su currículum más galones que otros que, muertos, enterrados, olvidados, hicieron lo que esta insigne dama, aunque no llevaran el uniforme cristiano.
Dice Juan Manuel de Prada hoy en su columna del ABC algo razonable: podemos olvidar que la Santa Maravillas de Jesús es una religiosa y sencillamente admitir que, en su oficio, hizo cosas memorables que merecen el recuerdo y la distinción. Apologetas de la fe y reivindicantes de la pasión más pura del alma, la que se rocía de verdades evangélicas y no se deja embaucar por los aires ateos del zapaterismo en boga, se pondrán en fila para boicotear esta afrenta a la verdad simple de las cosas. El Estado, al que el párroco argentino Leonardo Castellani, que ahora precisamente De Prada apadrina en las letras españolas, no es un instrumento de la espiritualidad ni se debe a subterfugios más o menos milenarios de la moral tradicionalmente aceptada. El Estado, a pesar de muchos, se emplea en menesteres de más hondura. La fe siempre encontró en la política cierto aliado interesado, pero hete aquí que el relativismo todo lo enfanga y hemos descubierto que creer o no creer no es cosa importante (en absoluto) para que un país funcione. Es más: tal vez el excesivo compadreo entre el fervor y la administración de lo público sea recriminable y merezca observación juiciosa y, al final, separación de bienes.
"Laicismo consiste en la sustitución de Dios por el Estado, al cual se trasfieren los atributos divinos de Aquél, incluido el poder absoluto sobre las almas", escribe Castellani en su libro. Y cuanto parece que debamos salir huyendo de la máxima, yo me la pido. Puestos a elegir entre un filiación y otra, prefiero la estatal. Al menos, la manejan hombres y mujeres, congresistas excépticos...

Gomorra: un bocado en el alma


Los bajos fondos han nutrido infinitad de obras maestras del cine. El sobado argumento de que la realidad supera a la ficción tiene en Gomorra un puntal incontestable. No hay en esta primeriza e hiriente película una sola línea narrativa que convierta su discurso en uno digerible, en uno de esos que imaginamos confeccionado en algún despacho de multinacional golosa de méritos y galones mediáticos. No hay aquí impostura que rebaje la sensación de asco moral que los valientes obreros de esta pequeña obra maestra nos regalan en tiempos de crisis y justo cuando la saga Bond paraliza la cartelera y pone a funcionar la formidable (en todos los sentidos) maquinaria de hacer dinero.
Gomorra es un atípico film de gángsters en el que el esmero se ha puesto en filmar de un modo casi artesanal, lindando el naturalismo, concediendo una justificada primacía a lo coral, aunque haya historias menudas (la del sastre, la de las mujeres de los capos) que pueden inducirnos a pensar que la línea narrativa está concebida de forma clásica y va a concedernos un final cerrado. Todo aquí está forjado a sangre y toda la caligrafía del horror al que asistimos es torpe y casi no concede arabesco formal alguno. El fascinante mundo de vengadores y vengados, de comprados y de vendidos, de gente vulgar del hampa arrabalera que trapichea sin conciencia de estar delinquiendo conforma un cosmos tan arrebatador que el espectador (por fuerza) sigue lo contado como si asistiera a un documental parcialente novelado o como si de pronto a Tarantino se le hubiera ocurrido reconvertir sus vicios de adicto a la serie B y al noir impecable de la filmografía clásica en crudos (hasta el desmayo) clips de denuncia.
Que Roberto Saviano sea un avisado, un fantasma, un hombre ya casi irremisiblemente marcado por la osadía de manuscribir la intrahistoria de los camorristas de barrio y explicar al mundo qué de cierto hay en los tópicos vendidos por el stablishment y hasta qué punto algunos de ellos son frívolos puestos a compararlos con la pestilente realidad que él ha vivido, da idea del alcance extracinematográfico de Gomorra. De hecho, uno acude al cine con la secreta esperanza de observar en dónde está el asalto a los cánones, qué hace Saviano y qué hace Mateo Garrone (el abnegado director) para que se haya levantado el inframundo de las pistoleros y hayan puesto precio a sus cabezas. Los propios desventurados a los que ingenuamente nos agarramos cuando arranca el film, los adolescentes ajenos al riesgo y desafiantes de la autoridad, son sacrificados, aunque ellos se crean actores de Hollywood y prefiguren (en su infantil lógica delictiva) que están ejecutando algún infalible plan en el que la muerte no les toca ni los conmueve.
Llegados a este punto, los artífices de esta peculiar travesía por la desglamurizada épica de estos paladínes del crimen someten al espectador a un interesante juego de vaciado bibliográfico: les invita a contemplar la miseria cuando la miseria ha sido despojada de toda compasión o de todo interés estético. El mérito de Gomorra se sostiene en el delirante (y terreno y también creíble) retrato del mal, pero estamos ante la visión más costumbrista y desnuda que se hecho sobre la capacidad del ser humano de contravenir la moral y asumir que el crimen siempre compensa, aunque al final te descerrajen un tiro en la nuca.
Las cinco historias que maneja Garrone no fluyen hacia un final unívoco. Lejos de fomentar el ya cansino cine coral de intenciones sociales que, al final, se aviene al dictado más academicista de la narratología clásica, lo que hace el director es mostrar ásperamente lo que cierta parte de la vida napolitana tiene de infernal. De hecho, hubo una parte del film en la que acepté de buen grado que los personajes que alegremente acometen sus fechorías y destruyen toda posibilidad de bondad en sus almas son en realidad fantasmas, una especie de zombies, muertos que caminan y que se embarcan en negocios lucrativos y en movidas hagiográficos del tipo yo soy aquí el que manda y me recordarán para siempre.
Siniestra, tenebrosa, sútil por tramos, infatigablemente cruda, Gomorra deja un bocado en el alma (otra vez el alma, qué condena) del que solamente podemos salir sin daño con la infinita capacidad de sufrimiento y de anestesia moral que el cine ha ido inoculando en nuestra maraño neuronal, ésa que sabe que al salir de la sala va a estar tocada unos minutos, tal vez un día o un par de ellos a lo sumo, pero que olvidará el desagüe sentimental, la honda brecha que lo visto ha hecho en el ojo.
Agrada también el amateurismo, esa limpia concepción de los materiales traídos para contar una historia que, vista transatlánticamente, entiéndaseme bien, podría haber deparado un film de altura, pero que al estar en Italia y desde las tripas de la bestia se consume con mayor entusiasmo. Vayan a verla. Hay después, en otras salas, pildoritas de evasión perfectas para compensar el estropicio.

Los calcetínes de William Faulkner


Cuando hace poco colgué una foto de William Faulkner y escribí sobre mi querencia hacia su obra, recibí un significativo número de comentarios básicamente encontrados con esa inclinación. Me resultó llamativo que lo mismo pensaran hace años unos amigos a los que le confié también que había disfrutado mucho con las historias del amigo William. Ahora he encontrado una fotografía espléndida del autor. Incluso quienes no comulgan con su prosa deben aceptar que es un escritor absoluto, uno de los que se descamisa, sale a la terraza, coloca su mecedora favorita y lee frente a su máquina de escribir a pleno sol mientras fuma una buena pipa sudista. Juro que si me veo en ésas en alguna ocasión no sale una línea decenta de mi (en estos días) vacío cerebro creativo. Tampoco me sale nada a derechas a la sombra, bajo recaudo doméstico, sentado en donde habitúo a teclear mis cosas. La foto, ya concluyo, no tiene píxel que sobre. Muy moderno esto último que acabo de escribir.