31.12.06

LA ALIANZA DEL MAL : Sustos con acné


Esto de la Alianza del mal es un Harry Potter pasado de vueltas: un batiburrillo de tópicos


cogidos con la punta de los dedos y mezclados en una batidora de última generación para entregar al público adolescente una película de poderoso atractivo visual, pero hueca en su interior, lastrada por un argumento visto ya en muchas ocasiones y condenada al pase por las cadenas digitales o por la estantería más golosa del cine club de barrio.


Decir que el asunto entretiene es decir ya un montón, y habrá quien eche el rato en la butaca del cine y salga ufano de su escaso nivel de exigencia porque, escrito brutamente, lo que tenemos es una carambola minuciosamente planificada, correctamente filmada y generosa en presupuesto de piezas de un puzzle que nunca llega a ensamblarse del todo.

Son cuatro chicos ya talluditos, aunque nos metan la idea de que tienen menos de dieciocho años, que tienen unos poderes que les merman a medida que los usan, que además son adictivos y que usan para levantar la falda a una rubia bombón que resulta no tener bragas. Es como si Lucius Malfoy, el rubito malísimo de la serie de Harry Potter, hubiese ganado un premio de mala leche extra y, metido en otro libro, ajeno a los vaivenes infantiles de una mente inocente, cayese en la cuenta de que es Dios, pero sin religión ni metafísica, a lo burro, con un plus de hechizos, arañas, brujas y mansiones bostonianas de no te menees.

No son superhéroes, pero pintan como si lo fueran. Las niñas que salen no son carne de porno blando, pero hay escenas más movidas al encendimiento y lubricación de la masa pubescente que lo parecen. La música ( Tomandandy, el artífice del bodrio ) es ruidosa, accidental y escasamente dramática. Mi amigo J., siempre tan atento a los detalles, me condujo a la idea de que, en ocasiones, la película le recordaba, por partes, El bar coyote y, en otras, Jóvenes ocultos. La mescolanza explota en muchos fotogramas, chirriando.

Que dirija Renny Harlin ( suyas son Deep blue sea, Cliffhanger o Memoria letal, títulos decentes todos ) no resuelve nada: lo embadurna todo de oficio, trata de levantar un guión mediocre tirando a malo o malo acercándose a deplorable y con mimbres tan insustanciales no se puede edificar una catedral del gusto.

29.12.06

DEJA VU : Un caramelo insípido





Ahora en las películas de acción late el pulso del cine político. En este Deja vu de Tony Scott hay un film de hondísima preocupación política que toma del 11-S su material de reflexión con palomitas y una coca coca light. No crea el amable lector que va a tragarse un sainete de parlamentos profundos. Nada de eso. En una película con el sello Bruckheimer interesa que el espectador esté dos horas pegado al sillón, interesa que los argumentos no sean excesivamente complicados y, por último, interesa que la sensación nunca, bajo ninguna circunstancia, sea de que el dinero ha sido desperdiciado. El baile de géneros que Scott pretende colarnos ( thriller, drama, romance, ciencia-ficción ) no contenta: se aprecia un esfuerzo enorme por facturar un film competente, entretenido, pero se estropea en el nivel más racional, que es la verosimilitud. La película, en este sentido, es un desastre. La herramienta de la tecnología que posibilita observar el pasado es francamente absurda. Obviando ese recurso funcional, Deja vu es un apreciable film de ameno consumo, que se deja querer en su tramo último, pero que se escora ( en exceso ) a la ramplonería argumental a la hora de fijar sus frágiles conceptos narrativos. Está completamente desperdiciado el personaje del territorista ( Caviezel ). Las breves pinceladas sobre su patriotismo y su sentido del deber hacia una América decididamente perdida podrían haber dado un juego enorme, habida cuenta del excelente actor que lo representaba. Deja vu nos hace comulgar con ruedas de molino, como decía mi abuela. Ruedas enormes, en este caso. Un molino gigantesco, añado yo. Una vez tragado el dulce, no sabe mal, en el fondo. Tiene Scott formas y maneras de director espléndido ( El fuego de la venganza es una película formidable ) y Denzel Washington es un actor de primer orden. ¿ Dónde está entonces el error ? Son los quince minutos, o eran más, de lenguaje metafísico- paranormal que nos cuelan de rondón para que podamos entender lo de los viajes en el tiempo y los visionados del pasado. En otras películas, incluso en otras películas menos logradas que ésta, no se preocupan de explicarnos tanto la magia del engaño. Simplemente nos engañan. Sin tanto verbo.


¿ Alguien se acuerda de Frequency ?

24.12.06

HIJOS DE LOS HOMBRES : Ciencia- ficción política







Impecable modelo de cine nihilista, Hijos de los hombres plantea más interrogantes que soluciones. Ya he escrito algunas veces que ésta es la naturaleza del arte. Produce desasosiego, crea malestar, induce al pesimismo y, no obstante, es un canto a la vida humana, un canto hermoso, escasamente religioso, aunque lo que sucede pueda hacernos sospechar que la vertiente moralista o mitológica va a triunfar en algún momento: nada de esto sucede. Híbrido inteligente de varios géneros ( cine polìtico, ciencia ficción, thriller convencional ), Hijos de
los hombres es un destello absoluto de luz, una luz tenebrista y apocalíptica por lo que lo narra ( una mujer embarazada conducida por un antiguo activista hacia la salvación habida cuenta de que hace 18 años que ninguna mujer queda encinta ).
Cuarón, que es un todotereno capaz de dar vida a Harry Potter, hacer road movies de sexo adolescente ( Y tu mamá también ) y revolvernos las tripas con esta fábula de ilegalidad y de corrupción, de muerte y de belleza, al tiempo, da en la diana del entretenimiento sin abandonar su prontuario más próximo de intenciones metafísicas, a saber: un mundo abocado a su disolución, un mundo sin Dios ni gobierno que vive su último cielo y sus últimos estertores de ternura.Maniquea en su resolución final, carente por completo de ninguna brizna de humor ( ni el personaje alocado de Caine logra ponernos una sonrisa, aunque se lo propone con ganas ), la película documentaliza el horror de la guerra, retrata con verismo el profundo absurdo de la condición humana ( Malraux dixit ) y cómo el amor, ese hijo engendrado por la mujer de color en un campo de concentración, a la luz gélida de un flexo insensible, termina ( cómo decir lo contrario ) triunfando.

MENTES EN BLANCO : Thriller espasmódico






















Pastiche edulcorado a caballo entre el thriller espasmódico y macabro del gore más sanguinolento y la competente funcionalidad narrativa del cine de intriga, aunque ésta venga trucada con argumentos previsibles, montajes ya trillados y, sobre todo, el as en la manga de saber que un final sorprendente pueda reflotar noventa minutos de pereza visual. Mentes en blanco juega a esta ambiguedad de forma notable, todo hay que decirlo. Se hermana con otros productos de un corte similar y acuden, mientras la vemos, trozos de Memento, de Saw ( ay, qué escuela ha abierto esta franquicia ) o de ( más lejanamente ) Sospechosos habituales. En el reino de los ciegos, el tuerto es el rey.


Hay actores de valía ( Kinnear, Caviezel, Stormarre ) y no se ha acudido a un plantel anónimo como en otros films de esta índole. El guión es minucioso, resultón, puzzle animado de convenciones del género donde prima ( ya digo ) la búsqueda de un final que nos deja a todos flipados, en la línea de Saw ( insisto ) o Seven, que una hilazón de los acontecimientos bien trabada y un trabajo más artesano en la caracterización meramente teatral de los personajes.Esos de los hombres encerrados en un sótano sin tener ni pajolera idea del cómo y del cuándo suena ya a canción conocida. Estos tiempos de creatividad plana producen clones briosos. que uno acepta porque, en el fondo, ama el cine y reconoce que no siempre es fácil filmar El silencio de los corderos ( esa obra maestra del entrenimiento adulto ) o la citada Seven, que a mí me parece absolutamente genial.




Tanto flashback y tanta cámara en mano producen sofoco y también mareo. La construcción del decorado final, el puzzle barroco que nos muestran, se vale de un pesado proceso de crear realidad paralelas: ninguna de estas realidades nos seduce enteramente.La pregunta final: ¿ es buena ? Pues a su modo es una obra maestra, pero ese modo ya tiene al personal una pizca harto. Queremos cine de calidad, pero habiendo tanto y tan diverso, escama que se arracimen en la cartelera productos buenos, en principio, pero aburridos, por vistos. Pienso, ahora, en Deja vu, que tiene los mismos ingredientes de película competente, pero carente de una adecuada tensión dramática.

Efectismo a raudales, final sorprendente, actores en racha, director de videoclips (Simon Brand ): Mentes en blanco. ¿ Y por qué, entonces, no tengo la sensación de que la película vale la pena y que echa uno un rato estupendo en el cine ?



18.12.06

ERAGON : El dragón ataca





El problema de Eragon no es Narnia, con la que se busca reiterada comparación: es El señor de los anillos. Caso de que esa trilogía de Peter Jackson no existiera, Eragon sería una epifanía absoluta para la calenturienta, por fantástica, mente de un adolescente hecho a echarle horas a libros bien nutridos de páginas y a perderse en mitologías de elfos, duendes, magia y dragones. Como la maquinaria de Hollywood es implacable, tenemos que imponer a Eragon varios correctivos si bien en ninguno de ellos la película sale demolida en exceso.

La piedra encontrada en el bosque por un joven y que luego resulta ser huevo de una dragona profética bajo cuyo morro chisperreante se oculta el destino de un pueblo sometido por un rey bárbaro y despótico es la piedra fundacional de la magia de todos los cuentos de reinos mágicos y de héroes sobre los que se deposita, en una suerte de arcano, el futuro de la justicia o de la felicidad de un pueblo.

Todo esto se explicita con soltura en el film, pero el problema es que ya hemos visto argumentos tan parecidos y narrados con igual o mejor fortuna que éste, por tardío, es irrelevante.Este cine familiar de palomitas y asombro discreto no sobra. Es más: debería ser auspiciado, potenciado, convertido en moneda común de las productoras americanas que dan luz verde a estos taquillazos, enclenques en ocasiones en calidad, pero arrebatadores en sugerencias y en amenidad. Hay ya tan escasas películas verdaderamente dignas para que toda la familia se siente en la fila siete y se deja llevar por la magia de la sala grande ( dejemos ahora el trillado argumento de la conveniencia del cine doméstico) que agradecemos todas las que den.

De este cine rudimentario, plano y populista nace un espectador, ahora joven, que luego paladeará otras obras. Ése es el fin de mi crítica. Fuera de ese sentido, Eragon es una franquicia cinematográfica más, navideña, espoleada por un libro de ventas masivas y conducida con oficio, pero sin encanto, por un director otrora experto en efectos especiales ( Terminator 2, Master and commander, La tormenta perfecta, Salvad al soldado Ryan ) y que aquí cumple, sin más. No es posible, decía el refranero popular, pedir peras al olmo. Éste es, encima, una pera bien simple.La épica que requieren estas historias se ve lastrada por cierta cortedad en los escenarios, aunque brille ( y cómo ) en el majestuoso vuelo de la dragona y en la batalla final, que está muy lograda.

De los actores, mejor no hablar. Jeremy Irons, curiosamente afincado en el mundo de la dragonería ( Dragones y mazmorras, verbigratia ), hace como que se implica en su labor de gurú del joven aprendiz de Salvador, pero se le nota perdido en un papel que no le va y al que no da ninguna impronta de actor con carácter, que es, limitándose a sobreactuar, aportando tics demasiado vistos y gestos de lobo viejo muy goloso de ovejas ( pasta ) a las que morder su ya alicaído diente.Robert Carlyle es un sombra, un malo de órdago, adlátere, no obstante, del rey demoníaco y motivo de toda la trifulca fantástica, un John Malkovich que sale poquísimo y que, a lo visto, parece guardado para una segunda parte ( Eldest ). La tercera ( Empire ) de este geniecito cuasiadolescente todavía ( Christopher Paolini ) que ha sabido remedar a su amado Tolkien y repensarlo para entregar al público juvenil, ya está dicho, ávido de estas golosinas medievalistas, entretenimiento puro. Y además pronto harán muñecos y dragones de plástico para llenar las estanterías de los Toys 'r Us de medio mundo y los McDonalds del otro medio. Son muy listos todos.p.d.: Mi hija, que ha leído el tocho, salió defraudada, en el fondo de su corazón. Le habían esquimlado medio libro. O más. O todo. En fin....Vuelvo a lo que importa, en todo caso: cine familiar.






Qué bonito. Dios nos pille confesados.

12.12.06

BRICK : Detectives de instituto






Brick es noir adolescente, pieza rara de concurso de fin de carrera para un director talentoso y con vicio para ensamblar lo que, en principio, se antoja harto difícil: cine negro clásico y cine de instituto juvenil a la americana.
Brick no exhibe las estridencias previsibles por ser una obra amateur (casi) y por plantear un discurso tan arriesgado. Se abastece de un muy sólido planteamiento de cine negro, trufado del acné de la juventud hormonada con pins en la solapa y posters de ídolos del rap en la chapa de la taquilla del instituto.
Más que la calidad estética de Brick, interesa aquí su gesta, su ministerio sencillo de propósito cumplidos: no puede haber maledicencia a la hora de valorar su calado en el público, aunque uno sepa, a ciencia cierta, que estas desviaciones de la norma no van a hacer caja ni engolosinar a productores ávidos de plata que ven precuelas y secuelas, merchandising de hamburguesería y camisetas para agosto en todos estos productos de nuevo diseño cuyo resultado final es (siempre) desconcertante.
Tampoco el espectador va a hacer durar en su memoria este desfile de matones, niñas ricas y gente, por lo general, abiertamente siniestra ( el personaje del spielbergiano Luke Haas, ya remozado en adulto con perspectivas ).
El ingenio de Rian Johnson hace que las pesquisas de su protagonista, muy alambicadas, retorcidas en ocasiones, nos parezcan más importante que el descubrimiento de las razones por la cual su novia haya aparecido muerta.

Personajes inacabados, imperfectos: jóvenes sin lirismo, enquistados en una sociedad sin emociones en la que van dejándose vivir, lastrados por no se adivina qué oscuros vicios, percibidos como una extensión forzada del cine de adolescentes talluditos, gamberros, irreverentes, de vuelta de mucho y sin haber vivido todavía apenas nada.
Dejo caer, como sin querer, la última piedra en el estanque: Brick es una película creativa: aparenta claridad y es turbia, farragosa: sacrifica la elemental exposición de los acontecimientos por un dibujo disgresor de la clase social que se empeña en retratarnos, desfiguradamente.
Bien mirada, no entusiasma, y bien pudiera.
Yo entiendo a quien este fallido experimento le haya reportado júbilo y entretenimiento en el mismo lote. A mí, muy por el contrario, me produjo una intensa zozobra, aburrimiento a ratos, placer únicamente por momentos.
Hasta el mcguffin se adivina incompetente.
Será que no tuve arrestos para dejarme conducir por su bizarro argumento.



9.12.06

EL ILUSIONISTA : Htichcock y un conejo





Tiene El ilusionista trazos de cine de muchísima altura y contiene momentos donde esa excelencia es nítida y manifiesta. Por otro lado, El ilusionista es una película de talante comercial, pertrechada tras un argumento comercial y serenamente dibujada, montada y ejecutada como una película enteramente comercial. Que la comercialidad sea una lastre para lo sublime nos hace restar epítetos a esta cinta de Neil Burger, aunque bien mirada, contemplada con ese regusto de haber pasado dos horas de placer en una sala de cine, El ilusionista es un producto nobilísimo, ameno en todas sus máscaras, que tiene algunas, y fácilmente recomendable para dos tipos de públicos: aquél que no se pierde ninguna golosina y va al cine por obligación ética ( y éstetica, y moral, y vital ) y aquél que no va nunca. Para ése último, está El ilusionista y, a lo mejor, se le cuela el gusanillo de dejarse caer de cuando en cuando por una sala de cine: son oscuras, tienen magia, tanta como la del escenario en la que Eisenheim ( Edward Norton ) obra sus prodigios e inoculan en el espectador un veneno lento, cuanto más lento, más imperecedero.
Muy inteligentemente terminada, a pesar de que en algún momento pareciera que todo se vaya a ir al garete, El ilusionista convence por una propuesta lúdica, sentimental y humana competente, creíble ( a pesar de la fantasía de las mariposas, de los pañuelos que desaparecen y de las emanaciones espectrales que pueblan el escenario del mago ).
La historia es buena, bien armada de trucos, en la pantalla, en el guión, en las palabras que se dicen y en los gestos que se hacen: homenaje a la magia, en estos tiempos de sobrio minimalismo o de fuego de artificio infográfico en las propuestas cinematográficas que llaman al público al cine. El ilusionista queda en un meritorio término medio, en un limbo de dignidad para que todos paledeemos, sin alardes, sin la floritura del gourmet cinéfilo que a todo le pone peros, una cinta (insisto) encantadora, y la palabra tiene fondo y una paloma vuela el cielo de la página y deja caer un ornitorrinco.
Lastrada, en su demérito, por una historia política no excesivamente clara ( tampoco es su propósito: no podría serlo ), la cinta se deja querer por la absoluta claridad expositiva a la hora de desgranar la historia: da igual que al indagar un poco en la Historia se aprecie que Burger mienta un poco. El cine o la literatura manipulan la realidad a su antojo: la deforman, la amplifican, se arroban el legítimo derecho a especular y aquí, eso está meridianamente claro, hay especulación, y mucha.
Concluyo con una última reflexión: Paul Giamanti, a este paso, va a ser mi actor favorito. Edward Norton está bien ( sin más ) como el ilusionista enamorado y Jessica Biel, la amada, es un florero bonito en una mesa rococó.
En estos tiempos en que no se hacen películas de época, ésta va a hacer época. Por escasas.

8.12.06

FICCIÓN : Gente que habla




Era muy fácil que Ficción, con unos mimbres tan sencillos, cayese en la autocomplacencia, en ese mirarse el ombligo en el que muchas películas de este calado intimista caen. Y Ficción lo evita casi siempre: el lirismo que vemos, esa limpieza de sentimientos, es sincero, pero abruma, en ocasiones, y uno se siente cohibido ante esta despliegue formidable de emociones tan a ras de epidermis, de personas ( que no personajes ) tan honestas con su vida. Ficción explicita como pocas películas que yo haya visto la dificultad del ser humano para manifestar el amor, para dejarlo fluir y no controlar los efectos de su fuga. Cesc Gay es el director retratado en el film: un Eduard Fernández inconmensurable, convertido ahora, no tengo duda, en un actor de fundamentos solídisimos, capaz de levantar, por sí, una película en este cine español nuestro, tan necesitado de aditamentos, de añadidos superfluos. Es la historia de un hombre que huye de la ciudad y se refugia en la casa de campo de un amigo.
Es la historia de una reconciliación: la de un hombre consigo mismo. Entonces Ficción no se articula como historia clásica, sino que va transcurriendo con mansedumbre y son las palabras, los gestos, los silencios, las miradas ( sobre todo ) las que levantan el film. El guión es brevísimo: no tiene casi carnaza. El mérito de que salgamos del cine con la impresión de haber visto una película y no un aburrido concatenamiento de conversaciones de cuarentones en una casa de campo es el pulso poético de un director en racha ( En la ciudad, su anterior film era también una notable película, o Krampack ) y de un elenco ( se dice así, pero la palabra me suena a starlettes en una escalera de un musci hall, a ver, qué vamos a hacer ) en absoluto estado de gracia ( y esto último me suena a San Juan de la Cruz rematando un verso en trance místico, en la soledad metafísica de su retiro ).
No sabemos si el director que busca inspiración y paz espiritual encuentra alguna de estas carencias. Importa poquísimo. Lo que halla es el amor: y lo reconoce inmediatamente.
En el fondo, la historia de amor es triste. Y la película: una tristeza remansada, agradable, contenida y casi cálida que nos hace preguntarnos, sin la estridencia de la urgencia, por la vida, por los estímulos que nos hacen soportarla, disfrutarla, temerla, en ocasiones.
Cine recomendable en estos tiempos de vértigo y de confusión estética, aunque choque que los personajes, salvo el del veterinario que hace Javier Cámara, hablen esporádicamente en catalán. Serán cosas de la política, y esto es una página de cine.
El propio Gay se sintió "consternado" cuando la distribuidora le vino a obligar a doblarla al castellano de forma íntegra. En fin, ésta es una página (insisto) sobre cine y no podemos, por extensión, al tiempo, por ganas, meternos en esos vericuetos.

ELLOS : La cámara es la que tiene miedo; no el espectador



















De entrada, Ellos es una película de miedo: todo está pensado para producir miedo. La baza consiste en ocultar durante casi el completo metraje la naturaleza del mal: no sabemos hasta los últimos minutos qué amenaza persigue a la pareja protagonista. Mejor hubiera sido no saberlo nunca: o saberlo desde el principio no ya para habernos ahorrado los ochenta minutos de cinta sino para no aburrirnos tanto.


Ellos aburre. La película se enfanga en unas pretensiones artísticas que no merecen crítica desfavorable alguna. Todo está bien escrito: las imágenes, el crescendo en el miedo, el clímax final. La historia convence visualmente, pero esa escritura fílmica notable no está sustentada por un guión que verdaderamente atraiga.






Se está deseando de que la cosa concluya: saber qué hay detrás de los ruidos, de los silencios. Y al final, cuando lo sabemos, consentimos la idea de que no ha merecido la pena montar tanto fuego artificial para una traca final tan leve.

Sin ánimo de destripar esa traca, leve, ya digo, el amable lector debe, no obstante, dedicarle esos ochenta minutos. Se aburrirá soberanamente, sentirá que a lo mejor al final todo es una tomadura enorme de pelo, creerá que afuera, en la calle, llueve o hace sol o los coches hacen una sinfonía con los cláxons o que una rubia calón monta un pollo porque su novio le acaba de confesar que está con otra, más rubia y más cañón. Todo eso se le puede pasar por la cabeza, pero hay que darle una oportunidad, aunque sea para acelerarnos con ese sprint que toman los protagonistas, la pareja súbitamente despertada en su casa, una casa enorme, insólita, increíble, es decir, no creíble, por unos ruidos que acaban llevándolos literalmente al horror absoluto.

Diríase que los directores han hecho un inventario rápido de clichés del género y los han metido en una tourmix: el batido resultante es Ellos y tiene sabores apreciables, aunque el regusto final es áspero, soso, pobre. No han pasado diez minutos y ya no tenemos los taninos golosos, la boca aromatizada por tanta emoción malograda.

7.12.06

CIUDAD DE DIOS : Si Scorsese hubiera nacido carioca...




















El camino del cine sudamericano está empedrado de obstáculos, pero inevitablemente prospera, se aúpa al balcón internacional y acaba siendo cine desetiquetado, huérfano de clichés localistas, aunque sus guiones hablen de lo que tienen cerca y retraten la vida que tienen enfrente.
Ciudad de Dios es una obra maestra del cine sudamericano o del cine brasileño, pero nos da igual la nacionalidad. La hubiese querido suya un Peckinpah en horas altas o el Scorsese con el brío de los setenta. No sabemos si asistimos a una acelerado sesión de cine de gangster al uso o a un western sincopado con escenarios urbanos de un siglo XX ya casi finiquitado.
Los más de trescientos personajes de la novela de seiscientas y pico páginas de Paulo Lins, que no he tenido el gusto de leer, pero que imagino adictiva y deleitosa como la cinta, dan para un metraje holgado que Meirelles conduce con sobriedad, sin caer jamás en la gratuidad de mostrar una violencia efectista, desarmada de contexto, instrumentalizada y golosa para el accidental espectador que crea estar viendo un videojuego de venganzas y de ambientes turbios a lo Tarantino.
Impresiona la verosimilitud de lo que estamos viendo. Uno está muy acostumbrado a ver cine norteamericano y a concederle méritos, prestigio y medallas sin ningún margen de incertidumbre: pues Ciudad de Dios es probablemente la película más creíble que este cronista
haya visto en mucho tiempo.
Relata sin recato ni comedimiento el nacimiento del crimen organizado en Ciudad de Dios, un barrio de Río de Janeiro. El relator, el ojo omnisciente, el demiurgo de esta historia coral, griega, en ocasiones, es Buscapé, un niño que se decide al margen de la delincuencia y que se sabe, en el fondo, sensible, tierno, artista. Nada de estas etiquetas que se arroba desde bien comenzada la película se torcerán un ápice: Buscapé fatiga la favela: un mundo de armas, de narcotráfico, bandas sometidas a códigos de conducta estrictos y policías comprados pueblan su universo.
Se articula en tres partes bien diferenciadas, que pueden verse sin solución de continuidad o hiladas en la trama que nos muestra. Cual Rayuela cortazariana, los elementos referenciados acuden a una cinematografía bien conocida, de la que se alimenta y a la que tributa un homenaje sencillo, crudo, casi invisible, pero reconocible si se manejan similares claves. Está el neorrealismo italiano ( yo vi el blanco y negro de las películas de De Sica en muchos episodios ). Está el western ( hay una épica de la revancha, de la persecución, del destino como único símbolo reconocible en la vida de todos sus personajes ). Está Coppola, muy tangencialmente, y su Padrino triunfal. Está Tarantino, de manera inevitable, con su locura urbana, con su vértigo de sangre y de espesura gramatical.
Tres decadas van pasando por la pantalla: todas contienen un sello de la casa: cámara en mano, interrupción deliberada de la consumación de una escena para terminarla más adelante, a conveniencia de la creatividad artística y del montaje. Buscapé va viendo cómo su mundo se va desmoronando: cómo sus amigos van cayendo y de qué forma se resuelve a ras de calle las diferencias entre sus vecinos. Él sólo tiene una cámara: sus ojos son la cámara y la lente nos va entregando imágenes sorprendentes, alucinantes.
Impresiona, por inusual en el cine europeo o ( más aún ) americano, el concurso de niños y de adolescentes como vulgares rateros o drogadictos o asesinos. Es Brasil: es la favela. En esto estriba la sutil diferencia entre los modelos hollywoodienses y el sudamericano. El Sur, este Brasil violentísimo, también existe: y ahora lo sabemos con más sólida evidencia, con una truculencia más nítida. Únicamente hay que seguir la vida de Zé Pequeño, uno de los personajes fundamentales de la historia, para comprender la dura vida en los suburbios de la pobreza en este Brasil ocupado por la miseria y por la supervivencia a todo precio, con todo el riesgo.
Lins cuenta en su novela:
" Otro viento, sin patria ni compasión, se llevó la risa que este suelo me dio, este suelo al que llegaron unos hombres con botas y herramientas a medirlo todo, a marcar la tierra... Después vinieron las máquinas, que arrasaron las huertas, espantaron a los espantajos, guillotinaron a los árboles, terraplenaron el pantano, secaron la fuente , y esto se convirtió en un desierto (... ) Surgió la favela, la neofavela de cemento, formada de bocas y siniestros silencios, con gritos desesperados en el correr de las callejuelas y en la indecisión de las encrucijadas ".
La naturaleza, probablemente, fue sustituida por el progreso. Y con él, concluyo, vino la pistola, la droga, el odio y la oscuridad, aunque todo se pinte con una luz enorme, nítida, perfecta, moteada de vida.

6.12.06

JACKASS: TODAVÍA MÁS : Videos cazurros y mierda en alta definición




Sí, lo admito: he caído así de bajo. Yo, curtido en Jean Renoir, en Fritz Lang, en John Ford, he asistido a la ceremonia de la inconsciencia y he perdido hora y pico de mi vida para comprobar, quizá sea ésta la última vez, hasta qué punto puede degradarse el ser humano en aras del reclamo comercial. Admito que el salvajismo de los sketches tiene su punto de hilaridad: me recuerdan los videos aquéllos de primera, o como se llamasen, que amenizaban las cenas familiares y que se nutrían de bebés descerebrados ( por partirse la crisma, no por tener poca inteligencia, vamos ) y de mozalbetes con acné que eran grabados mientras se partían algún miembro reemplazable a beneficio de la risotada comunitaria. Jackass es una fórmula de éxito de la MTV que probablemente tenga su hueco en audiencias aceleradas, burguesas del cable, ávidas de sensaciones fuertes ya que sus vidas son lo suficientemente grises y planas, tan carentes de emoción, que precisan de este aditamento artificial para que su adrenalina no se muera en su recámara orgánica y sientan, entre trompazo y asquerosidad ajena, un plus de aventura, una excursión ( en sillón, con el mando a distancia en la mano y la pantalla lcd full 1080 a todo pixel ) a la escatología, es decir, a la mierda pontificada como expresión artística.





En este hilo de las cosas, Jackass no es cine: no es una película, pero usa su maquinaria mercantilista y su proceso de facturación industrial.
Este Johnny Knoxville, padre de este hijo bastardo del entretenimiento doméstico, tiene las ideas claras: es el tipo listo que ha visto en esta retahíla nauseabunda de proezas del absurdo un método fácil ( cuanto más criticado, más amortizado ) para llenar la cuenta corriente y crear en el mercado quinceañero ( ay, creo que ahí me he quedado extremedamente corto ) una golosina plenamente adictiva de carcajadas imbéciles y de chabacanería amplificada a su máxima potencia.
Más: tampoco se advierte que los que graban este despropósito tengan alguna idea de cómo manejar una cámara o de cómo montar película. Todo esta deshilachado, mal terminado: pareciera que mi primo hubiese vuelto a sus dieciocho años y, cámara al hombro, hubiera grabado una tarde de locuras en la plaza del pueblo. Algo así. Amateurismo con patrocinador millonario: explotación en salas de todo el mundo.
Si clavarse un anzuelo en la mejilla o ducharse con sanguijuelas es estímulo para un espectador, entonces ha muerto Alfred Hitchcock, ha muerto Francois Truffaut, ha muerto Ernst Lubitsch, ha muerto Clint Eastwood, ha muerto Steven Spielberg, en fin, todos aquellos que han contribuido a que el cine sea un arte y concite la unánime opinión, entre sus adeptos y adictos, de que la vida puede ser, sí, amable lector, maravillosa.
Aquél que desee empaparse de esta sandez tremebunda, acuda, sientése, ármase ( insisto ) de un estómago como un hangar de un Boeing 707 y déjese manchar, literalmente, de oscura, maloliente y pastosa mierda.



( Había que verla para poder, tranquilamente, escribir sobre ella: he aquí la triste función del crítico de cine responsable )

22.11.06

BORAT : Paleto en Hollywood





Cada poco sale una lumbrera que nos seduce a todos con una película distinta, ajena a la ortodoxia, fundamentadas en parámetros originales, finamente sustentada sobre una irreverencia sublime. Me viene a la memoria el Zelig de Woody Allen o Reservoir dogs de Tarantino. Ambas, a su modo, crearon un modo de hacer cine que ha dado productos nobles y productos infames a mayor gloria de la taquilla golosa de nuevas fórmulas con las que hacer caja.No veo yo Borat un hallazgo tan sobresaliente como muchos quieren ver. No hay un atisbo de estos indicios de genialidad en sus ochenta minutos largos. Borat es un guignol grandilocuente y ampuloso de la sociedad norteamericana actual y escrute con una mirada burda y nada complaciente, de paleto con culturilla, el way of life yankee y nos entrega un análisis escasamente riguroso, pero certero, en su hilaridad casposa, de los tiempos que nos han tocado vivir.


Las miserias de estos hijos de Bush, los que le votaron y los que no, se explicitan admirablemente en este film.

La mirada vitriólica, políticamente incorrecta, desarma toda idea bondadosa de la cultura americana que podamos poseer: nos obliga a considerar que el mundo está lamentablemente gobernado por sujetos tales y que el tal Borat, impecablemente interpretado por el cómico británico Sacha Baron Cohen, se queda, en realidad, a medias, porque podía haber ido ( si cabe ) más lejos todavía y enseñar las vergüenzas de un país con más saña, con más desprecio.


Borat es una película mediocre, puestos a ser objetivos, pero necesaria. Su visionado se impone como un ejercicio útil para documentarnos sobre aspectos de la cultura americana que desconocemos y que Michael Moore, que me vino a la mente en varios tramos del film, no puede exponer con tanta agudeza.

¿ Humor grueso ? Con toda segurirad. Vastísimo. Hasta cotas indecibles.

Peores cochinadas hemos visto, y al menos en esta ocasión el objeto de la mofa está totalmente admitido como sujeto mofable.


p.d.: absténganse almas de rubor en las mejillas, timoratos, intelectuales de la semiótica pura, sobre todo, escasas ganas de ver una película fea, que no mala. Fea. Feísima. Eso es lo que es.






21.11.06

SAW III : El gore franquiciado




Saw III es una franquicia con vísceras y carteles de infarto: es fast food orgánico y retorcido para almas inquietas ya de vuelta de casi todo y ajenas ( o indiferentes ) al rutinario programa de cine serio con amores que se rompen y brochazos sentimentales de familias en crisis.
Saw III es cine de serie muy B con un tufo a gallina con conciencia de que los huevos que pone son de oro. Los motivos del prodigio en taquilla y del innegable tirón en el mercado del dvd provienen de su planteamiento ingenioso, inteligente, en ocasiones, aunque la fórmula, por sobada, se ha quemado pronto y ya no, la verdad, para mucho.
La hibridación entre cine gore y cine comercial da para que el fenómeno dure diez años más. Nuevas generaciones se refocilarán con las proezas del Jigsaw, que vendrá a ser el nuevo Freddy Krueger dispuesto a degollar la moral del espectador más benevolente, cauto y timorato.
Hay una muy ligera, brevísima referencia a Seven, aunque en el campo narrativo y en el craso campo estilístico brillaba a una altura infinitamente mayor, dándole al género un empaque nuevo, una dignidad de la que adolecía por mor de toda esa riada de adolescentes que van al cine para ver cómo el cabrón de turno degüelle a la rubia con silicona y botox en el cerebro.
La decena larga de films con ese estilo entre lo apocalíptico y lo venéreo puebla con intención de residencia perenne las estanterías más briosas de los videoclubs de barrio, que son mi perdición cuando las pantallas no entregan golosinaje de postín o cuando el tiempo, en fin, qué vamos a decir, no da para ir a la sala grande con toda la frecuencia que uno quisiera, pero no nos apartemos del propósito fundamental de estas letras.





Saw, insisto, es cómplice de esa argamasa perverse y pide, a cada entrega, otra más extrema: más escorada al truculento atropellamiento de asesinatos.
Y si las dos primeras entregas resultaban agradablemente desconcertantes ( yo hasta tuve mi rato de reconciliación con el género en la primera, la mejor, sin duda ), ésta tercera resulta decepcionante, por repetida. No desearía que el amable lector pensase que la película es mala: no es eso. No importa aquí dejar claro si es bueno o mala a los ojos de este cronista espontáneo. Lo verdaderamente noticiable es que el fenómeno Saw va hacia adelante: triunfa, arrasa, da en la curiosa diana de la sensibilidad de este nuevo público moderno, ávido de sensaciones fuertes, deseoso de salir de la sala con un punto de azoramiento, de nervio loco girando como una peonza en la boca misma del estómago.
Me imagino yo que el guionista, cuyo nombre ignoro, se ha cansado ya: ha tirado de los vicios anteriores, también de alguna virtud aceptable, y ha producido, sin esfuerzo, una continuación no desechable, aunque innecesaria. El dinero, en este caso, es el reclamo, el perro de Pavlov, la guinda que pone color al cocktail.
En esta entrega el guionista se ha fugado con la hija del productor y ahora no dudo que anden tomándose en nuestro nombre un daikiri en cualquier Hilton del Caribe, lejos del tumulto de Hollywood, bien amamantados de lujuria ajena.
En este número de la cuenta, Jigsaw, en adelante el psicópata en continuo problema con el mundo, se muere, aunque ya sabemos que lleva muriéndose dos películas. Se muere, digo, pero se apaña una secuaz con idéntico grado de perturbación que perpetra, a su modo, no desvelemos más, el alambicado plan de venganza de su mentor en el crimen.
La serie se atropella de sobresaltos y ya no asusta: el rebanamiento número diez no inquieta lo más mínimo. El primero, a qué negar esta evidencia, sí que nos puso el alma en un tris de desbocarse y dar de bruces con el caballero de la fila de delante, que parecía, en la distancia, en la retaguardia, un maniquí, un sujeto completamente desarmado por la elocuencia canalla de las imágenes.




Vendrá el Saw IV este verano: esperan y verán. Vendrá Jigsaw, el Puzzle castellanizado, con nuevas argucias, con una mala leche renovada y colas de público ávido de marcha.
Vi anoche en mi videoclub de cabecera a dos mozalbetes que se explicaban, a su manera, las formas y los fondos de los Saws anteriores. Uno la defendía con ardor. El otro, más atinado, las arrumbaba al pantanoso almacén de las películas de consumo rápido. Fast food, digo yo, pero no seamos falsos: el cine está plagadito de bodrios de esta calaña, y más quisieran muchos llegarla a éste a una meridiana altura, porque aunque despotrique en su contra con adjetivos airados y saña edulcorada, admito que he entrado y he soportado, sin excesivo rubor, con dignidad, el tramo largo de retorcimientos ( ésa es la palabra más ajustada ) mentales. Y quién sabe, igual estoy en la fila siete, en agosto, cuando quieran darnos otra sesión de carne quemada y de borbotones de marketing. Además la sorpresa del final, en esta ocasión, cuela menos: o nada.



Así que otra de tortura para la masa.

15.11.06

STORM : Noir estridente de escaso pulso






Storm es un film sueco que no dirige Bergman que es tanto como decir un grupo de pop que no sea Abba o Roxette. Por lo demás, bien podría haber sido namibio o belga. Ahora el cine tiene estas cosas: que sus argumentos suceden en un país abstracto, descontextualizado. Así ( imagino ) cualquier espectador puede identificarse mejor con lo que se cuenta.
En Storm esta reflexión ( lícita ) marra: la pareja protagonista se embarca en una cruzada que a ratos parece un tratado de psicoanálisis y por otros vemos un thriller metafísico de profundos principios kantianos. O sea. Que los directores ( dos perpetran el evento ) se han liado más de la cuenta y, al final, han parido un entretenimiento de masas con pedigree de arte y ensayo que no entra por los ojos y que se escapa ( es mi caso, a ver, voy perdiendo con los años entereza mental y no aguanto tres chorradas seguidas ) por algún hueco cerebral que no tengamos bien cerrado.
A mí se me fue entero. Además tardé poco. Pudo ser la tarde o el estado de ánimo o una simbiosis de ambos con un plus de cansancio laboral previo.
Storm es un film desconcertante, que no quiere decir malo por entero. No se adscribe a las claras por género alguno y bucea sin entusiasmo el proceloso mar de los abundantes mini-géneros que va presentando a modo de pase de modelos sofisticado. No se preocupa en ningún momento por recalar estilística o narrativamente en ninguno. Quizá ( por su premeditada falta de pretensiones serias ) no le haga falta.

Storm es de una mística chirriante: a lo mejor el cine sueco post-Bergman es todo así y el público nórdico está ya harto de pastores que peroran sobre la fe y sobre el pecado en una granja perdida en un bosque. El maestro Bergman, que a mí me aburre muchísimo, era así.
La fascinación ejercida por alguna de sus portentosas imágenes ( las calles oscuras, la cámara en picado, torcida, sobre el pavimento ) no salva el film, pero no lo lastran al total olvido. Hay momentos de cine cuidado: no hay dos chapuceros, pero tampoco brilla el pulso de una mano firme que sepa, en todo momento, qué hace y con qué objeto. Esta falta de claridad expositiva está, a mi modo de ver, previsa en el muy sucinto libreto.
Interesa el batiburrillo entre lo naïf y lo hardcore, ese limbo inexpresivo de su compleja ( y abobada ) trama. El estilo de Storm es su no-estilo. Y eso tiene un mérito sea la película sueca o sea, como digo, mozambiqueña.
Tenemos la creencia de que la historia no es el atractivo fundamental sino que hay otras posibilidades: estamos más pendiente de no perdernos que de llegar a puerto. ¿ Es eso síntoma de un film malo ? No lo tengo claro del todo. No le resto un encanto, un pintoresquismo, una cierta dirección artística, una composición sencilla de la escena que pincela una trama con vocación de ciencia ficción o thriller o terror modernos, pero algunos diálogos desarman mi paciencia y me producen un desasosiego intelectual enorme, que me perturba horas después de haberlo visto. Esta estridencia de modernidad en tres actos enteramente prescindibles concita, no obstante, condescendencia, aunque sea únicamente por el riesto que supone, en Suecia, en esta Europa con tanta necesidad de cine que aúne taquilla y crítica, hacer esta película. No seamos, entonces, duros en exceso, pero en lo que a mí respecto prometo no recaer en su visionado salvo que el olvido me perturbe o me vuelva blando como un croissant a las ocho de la mañana. Ah, y si alguien la ve y tiene más tino que yo a ver si me explica las tormentas que van y vienen y el sentido último de la caja de marras.
Igual necesito un psicoanalista. Argentino, a ser posible.

6.11.06

INFILTRADOS : Scorsese estaba escondido






Más que una película , Infiltrados es un regreso, una restitución de la confianza retirada. Gangs of New York era un espectáculo tan grandilocuente como artificioso sobre los inicios de una ciudad y el nacimiento de sus clanes. El aviador era un tour de force dramático, un biopic, una hagiografía desnatada del glamour de una época y de un personaje. Infiltrados es una cinta cosida con los retales de todo el cine anterior del maestro italo-americano, pero los retales son suyos y en esta ocasión ha hecho de sastre primoroso con entrega, con vuelos muy altos y el resultado es asombroso.
No estamos ante la obra maestra que fue Uno de los nuestros, que hablaba de la misma sustancia, pero es la mejor cinta, a mi entender, de este soso y enclenque año cinematográfico. Brilla por su manejo del tiempo: el arranque enfebrecido con Gimme Shelter de los Rolling Stones principia ya por donde van a ir los abundantes tiros: cine brioso, cine con texto, cine hipnótico. Brilla también porque Scorsese es un contador de historias fabuloso: lo ha sido siempre. Lo que le importa es que los acontecimientos que conforman el texto literario sean lo más nítidamente explicitados al espectador y éste no se vea arrojado a una montaña rusa de historias secundarios que nada aportan al relato en sí, una trilogía hongkonesa sobre las mafias que arrasó en Asia.
Para que esto resplandezca, Scorsese no abusa de la banda sonora: se limita a ir dejando caer canciones sin que éstas se subordinen en exceso a las imágenes como había hecho en Casino o en la ya citada Uno de los nuestros o como hace magistralmente Tarantino. Llama de forma poderosa la atención un tema irlandés atacado por una banda de hardcore metal que suena dos o tres veces en la parte central de la película. La atención primordial del director es partir de una zona cero de los sentimientos, así lo refirió en las ruedas de prensa que vimos por televisión. Esa zona cero de la emoción permite una épica metafísica, un desconcertante ejercicio de renuncia absoluta a cualquier referencia religiosa. Dios no existe. No está. Abandonó a todos y ahora los mire desde arriba, extremadamente atento a las desavenencias de todos esos tipos que su caprichosa mano arrojó al mundo.
Scorsese está obsesionado por la violencia en la condición humana. La violencia física y también el grado cada vez más complejo de violencia semántica. Todas sus películas ( ésta en un grado muy alto ) se configuran como vehículos de investigación de esa obsesión. El final ( que no será aquí desvelado ) lo deja todo en su sitio y retoma la frase con la que se abre este guignol fantástico de la verdad y de la impostura. "Antes", cuenta una voz en off al comienzo del film, "teníamos la Iglesia, que era una forma de tenernos a nosotros". Y ahora sólo campa a sus anchas la Mafia con su Dios doméstico, con su demiurgo pequeñito, que es un Jack Nicholson hecho un cabronazo perfecto, histriónico, sobrealimentado de ego, hiperbólico, pero convincente y amedrantador. El suegro perfecto.
No cerraré este opinión sin mencionar a Leonardo di Caprio, un actor enorme que ha sido ya reconocido por directores como Spielberg o Scorsese, que lo requieren sin cesar. Dolerá ver en adelante esas carpetas pegadas al pecho de las adolescentes de Instituto que exhibían, coquetas y ladinas, la cara de Leonardo cuando era el rey del mundo. Ahora tienen a Orlando Bloom.

¿ se rendirán los académicos de Hollywood al maestro esta vez ? ¿ le dejarán fuera ? Insondable es la alfombra roja.










addenda a 27 de febrero: Ya tiene Martin Scorsese su óscar a mejor director. Y además es la mejor película del año, a juicio de los académicos. Todos estan aliviados en Hollywood. La dedua está saldada. Todos respiran. Lástima que Hitchcock muriera sin ver cómo el Kodak Theatre, pongo por caso, se pone bravamente en pie y aplaude hasta sudar las manos. Han olvidado los flecos morales que suscitó que el remake oliese, en exceso, a copia del original hongkonés. No importa. Le han perdonado y elevado al altar de las estrellas, pero él ya estaba.

3.11.06

MALEFICIO : Fantasmas light


Como uno es inocente y se cree a pie juntillas casi todo lo que le cuentan, doy por sentado que esta película se basa en hechos reales. Caso contrario, borrada la inocencia, anulada la bondad sentimental de que todo el mundo dice la verdad, pensaría que lo que han hecho es copiar y pegar escenas de los Exorcistas que por ahí andan sueltos y de alguna que otra mala cinta de serie B con maldiciones y niñas que se agitan en la cama, presas de alguna forma invisible del Mal. El tópico de la casa encantada se viste aquí de casa encantada decimonónica, un punto gótica. Tampoco se han esmerado en exceso en adecuar la época ( siglo XIX ) con la historia que se nos cuenta. Previsible en exceso, regala una cámara nerviosa que barre la pantalla y pone de los nervios al paciente espectador que en ningún momento se ha visto verdaderamente empujado a mostrar un mínimo interés. Por momentos a mí me pareció un estrenos tv con un presupuesto holgado y dos actores de postín ( Sissy Spacek y Donald Sutherland ), pero ninguno da a la historia sustento dramático porque los guionistas han disfrutado más en concatenar escenas de impacto que, en muchos casos, nos resultan demasiado familiares, en lugar de hilvanar con amenidad el episodio de espíritus yendo y viniendo como les place por las escaleras decimonónicas.
No ha podido el tal Solomon borrar de la memoria cinéfila colectiva ese grano que fue Dragones y mazmorras, aunque la chiquillería perdiera el seso por ir al cine a su ración de fantasía pobretona.
El muy quemado recurso del sobresalto se espesa: se acoge a la idea de que el cine de terror funciona a base de ruidos y crujidos de escalera, de niñas que aparecen y desaparecen en un columpio o de tomas en blanco y negro para que advirtamos ( es que somos idiotas ) que es el fantasma o el espíritu o el sobresaltador de turno el que mira y nosotros, tontos, de verdad, miramos por sus terroríficos ojos. Todo ya muy a la asiática.




Tobe Hopper es más truculento, pero conoce mejor el tema. Hasta un mandado como es Sidney J. Furie hizo una más que apreciable El ente, que viene a decirnos más o menos lo mismo, pero sin ambientación. Es que estamos ya hartos de encantamientos americanos, que parece que fuera de Tennessee, Nebraska, Nevada o Wichita Falls no hay Poltergeist ni endemoniados. Es lo que les pasa por tener una Historia tan cortita: que tienen que tirar de anecdotario y convertir en episodio nacional lo que fuera de sus fronteras es una chorrada absoluta.
Esperamos, ansiosos, a Clint Eastwood y sus Banderas de nuestros padres. Esa Historia, al menos, es más contundente: nos afecta más a todos. Yo ya no quiero más fantasmadas.



30.10.06

LA PRUEBA DEL CRIMEN : Los hermanastros de Tarantino


Hay películas, ya lo hemos escrito muchas veces, que conocen con antelación su destino. La de ésta es engrosar las ubérrimas estanterías de los blockbusters de turno y alimentar el ocio adolescente un sábado noche en donde apetezca quedarse en casa y amodorrarse en el sofá con el home cinema a un volumen apropiado y ver colorines en las nuevas teles de plasma. Estrictamente sujeta a este contexto, La prueba del crimen es eficiente. Entretiene, sin más. Entrega dos horas de cine sin dobleces, que va al grano y, en ocasiones, lo revienta a base de pisotones torpes.
Trata de un hombre que corre asustado, tal es el título original del inglés: una steadycam briosa lo persigue y en la persecución, en el vértigo que nos ofrecen, el guión se cae, las hojas se derrumban en alguna acera de la ciudad que retrata y el viento las esparce. Luego no hay voluntad de agacharse, ordenarlas y darles otra vez una oportunidad. Porque el argumento no es malo. Lo incorrecto, lo que no funciona, es la forma en que este realizador novicio ( participó de guionista en Cazadores de mentes, otro producto de videoclub cien por cien amortizable ) concibe el espectáculo de la agonía de su protagonista, que lucha desesperadamente por solucionar un problema que se le ha ido de las manos. Da igual que en los papeles librados para paginación de revistas de cine y webs en la red, se insista en que se ha mimado muchísimo el trabajo del storyboard. Yo no lo aprecio así. Ha sido una oportunidad perdida, pero tampoco hubiéramos perdido mucho si todo se hubiese avenido a un mínimo sentido del orden, de la lógica narrativa. A mí me pareció que la confusión malograba un guión digno, si bien ya visto en trozos de otras cien películas que corren parejas a ésta y que tocan los mismos rigores de la sociedad moderna.
Esta gente al margen de la ley vive tan al día que sus sufrimientos no nos calan, nos tocan de rondón, nos rozan y después nos abandonan. Caso de que Scorsese, pongo por caso, hubiese dirigido el film, otra opinión tendríamos.




La burrada de cosas que suceden en una noche no se creen: no hay veracidad en el trajín de Joey Gazelle ( Paul Walker, guaperas de postín ) en busca de la pistola que puede devolverle la vida, pero no hay que destripar el único interés que posee la cinta, esto es, su primer tramo, la historia en su arranque. Ahí uno se las promete felices. Luego el júbilo deviene paroxismo, aburrimiento. Todo es muy largo. Hasta el final es un torpe engaño, que gustará ( no lo dudo ) a muchos. Podría haber durado treinta minutos menos y no tendríamos que pensar en Scorsese o en Scott o en el inefable Peckinpah, que sabía como nadie retratar la violencia, el caos, el linde finísimo entre los bueno y los malos sin que el espectador tuviese en ningún momento claro de qué lado decantarse.
Si lo que quería Kramer era retratar cómo una familia americana desestructurada se reestructura otra vez, ha marrado, se ha ido por los cerros de Úbeda, provincia de Jaén, pero allí los tales cerros son los valles de Minnesota, pongo por caso. Pues eso: a Minnesota.
Tampoco cuela ese carrusel de colores que van del azul magenta al gris mesopotamia, todo bien digitalizado para que (insisto) su merchandising videoclubero dé el cromatismo deseado y el comprador/alquilador de la cinta se jacte con los amigotes de lo estupendamente que se ve su lcd de 32 pulgadas made in Corea.
Para colores bonitos, La sirenita, que ahora sale en dvd con mayor profusión de lindezas y hasta canciones nuevas.
Posdata: mi abuela decía que en las películas modernas había mucho disparo, mucha gente canalla, mucho embrollo, con lo bonito que es no meterse en líos. No vio, la pobre, La prueba del crimen.
Así que no diré, después de este ejercicio de disección anatómica, que es mala. No diría yo eso. Home cinema, lcd, braserito ( ya mismo ). Y a disfrutar de la casa. Para cine con sala grande, no da. La sala de cine merece otros respetos.