29.9.16

Ava en Mogambo, por ejemplo



Salvo en algunas películas de Almodóvar o de Godard, que recuerde ahora, el cine no cuenta la parte cotidiana de las vidas de sus personajes. No se les ve afeitarse, vestirse o hacer sus necesidades primarias en la intimidad de un aseo. Uno agradece esa censura, prefiere que lo observado tenga un contenido menos prosaico y adquiera, aún a riesgo de que roce la incredulidad, tintes más épicos o líricos. Amamos esa falsedad, la aceptamos sin chistar. No se desea que la cámara hurgue donde no está invitada, no pedimos que todo sea rigurosamente realista. Quizá duele a la vista (por no ver lo que uno querría y por no tener coherencia narrativa alguna) que la mujer, al levantarse de la cama tras yacer con su pareja, se tape los senos con las manos o se envuelva en la sábana y corra a saltitos al cuarto de baño, con todo el pudor del que es capaz de exhibir. No se nos dejó atisbar esa intimidad, no permitieron que la realidad fluyese. Nunca vimos a Ingrid Bergman lavarse los dientes en Encadenados o a Stewart Granger acomodarse el calzón en El prisionero de Zenda. Quizá no interese esa restitución doméstica de la ficción a la que tanto le exigimos. Queremos que nos engañen (la vida a veces es demasiado gris) pero nos molesta que todo sea demasiado idealizado, rebajando aquí y allá los trazos toscos, lo que no es deseable ver o lo que no aporta nada a la trama. Nadie, en ese hilo de las cosas, echaría en falta que la cámara hubiese seguido a la Ava Gardner de Mogambo con más fiereza. Ver con qué bostezo dejaría la tienda de campaña en la jungla o donde hacía sus abluciones en ese incómodo lugar del mundo. No sé qué nos hemos perdido o qué gana el buen aficionado al cine cuando el director suprime deliberadamente toda este irreflexivo volcado de la realidad pura, sin el trabajo posterior que se ejerce sobre ella para que sobrevivan únicamente los aspectos idílicos, los que significan algo y hacen que la trama (ya digo) no se distraiga con lo que no debe. Lo de las sábanas cubriendo a los amantes no siempre cuadra, no se resuelve con la habilidad debida. Imagino a Lubitsch, sí, el de las puertas, haciendo una elipsis que no caiga en el marrón estético y moral de las sábanas, pero claro, es que he dicho Lubitsch.

28.9.16

En el 25 aniversario de la muerte de Miles Davis



Hoy hace 25 años que moría Miles Davis. Yo siempre lo tuve muy claro: "Miles vale Davis que mal acompañado". Suelo decirlo cuando me achispo entre aficionados al jazz o cuando concurren las circunstancias que permiten extraviarse en esas distracciones verbales. No suele hacer gracia, no mucha, la verdad. Quizá la primera vez. Siempre es útil, como chiste malo, cuando no se conoce. Suele pasar con los chistes. Al repetirse, pierden toda posibilidad de asombro. Por otra parte, quede como aclaración biográfica, no me achispo con frecuencia, y menos con connoiseurs, gourmets o feligreses puros del jazz. Tengo un par de buenos amigos que calzan ese zapato, pero son prudentes como yo mismo.
El jazz es el que puede repetirse sin que se malogre la dulce perplejidad que produce en quien se entrega a su escucha. El jazz exige eso, entrega. El jazz de Miles Davis, no el primero, el de la etapa bebop o la cool, es a veces duro de roer. Hay escuchas de su periodo de fusión (no sé, desde finales de los sesenta a casi final de los setenta) que requieren un adiestramiento, una especie de disciplina que no siempre es fácil de acometer. A Miles se le perdonaron todas las excentricidades que hizo. Fue el verdadero embajador del jazz, quizá juntamente con Louis Armstrong, en otro ámbito del género. A mí en particular me hechizó con Kind of blue. Lo compré en una tienda de segunda mano que hay en Córdoba (y que lamento no saber si todavía existe, ojalá) Había allí cientos de vinilos y toneladas de cómics. Cogí Kind of blue y un disco de standards de Joe Venuti y Stephane Grappelli llamado Venupelli's blues. Uno ha crecido mejor que el otro, sin que el violín y la guitarra de Joe y de Stephane merezcan aquí mi torpísimo reproche. Pero Miles era otra cosa. Todavía recuerdo mi fascinación cuando comenzaba So what. No sé si tenía dieciocho o pocos más años y solía escuchar a Billy Joel o a Supertramp o a la Electric Light Orchestra. El jazz fue un acontecimiento distinto. Me enseñó las cosas invisibles que siempre imaginé que se apartaban cuando yo me acercaba. Las vi. Se me ofrecieron. Siguen. Duran

27.9.16

Loco, pagano, feliz



Hoy he leído que en la Antigua Roma los dioses eran verdaderos para la plebe, falsos para el filósofo y útiles para el político. No creo que hoy podamos pensar en dioses. Nada ha cambiado dos mil años más tarde.  Ahora somos monoteístas, no hay pluralidad. Se venera un solo dios verdadero, da igual de qué religión sea. En lo demás, en lo que piensa el pueblo (la plebe es una acuñación semántica de rudo trasfondo; tampoco cuadra grey, que es una acepción de más fuste literario o de homilia) o los filósofos o los políticos, no se advierte que haya mudanza. Los políticos (ay) continúan amañando adhesiones, pactando acuerdos (menos aquí, menos ahora) o haciendo pragmática pura (demagogia, no podemos cambiar nada). Una de las debilidades de ese cronista de sus vicios es la fragilidad humana. Admiro eso, las partes débiles, lo que no triunfa, esa evidencia de que el fracaso es un mal necesario para que el espíritu medre de verdad y no se acomode. Creo que yo sería un romano feliz. No sé si caería del lado de los patricios o de la plebe o esclavo sin más. Encuentro placer en todo lo pagano. Los mejores dioses son los paganos, los humanos, los que pecan y dudan y hasta te echan el brazo al hombro y platican contigo mientras caminas, pero sin ponerse en tesituras teologales demasiado estrictas. No deseo que nada que no pueda ver me distraiga de lo que está a la vista. Por eso no soy creyente. De ahí mi incredulidad natural. Otra cosa hubiese sido que me nacieran romano. Lo poco que recuerdo, lo que he leído en libros y visto en el mucho peplum que me he enchufado, la vida a las orillas del Tiber, achispado por los licores de la tierra, aristocráticamente tumbado en cojines de seda, ofrecida la fruta en las bandejas, asistiendo a representaciones burlescas, escuchando esas declinaciones que en el instituto me traían por la calle de la amargura, pero puestos a elegir, ya que todo es un discurrir ocioso, me pido la filosofía. Qué adorable oficio si no termina en cicuta. Qué placer fatigar los jardines de las casas, el aireado atrium, poder decirle a Marco Aurelio, el padre total, el que deseaba estar en la fila de los locos, descreídos o fieles creyentes, pero locos. 

26.9.16

Que los lunes no son tan malos...

Quizá sea cierto que no se fracasa en lo que no se desea tener éxito.
Que las cosas que nos importan verdaderamente no son las que hacemos de forma impuesta. Que hay mañanas en las que sólo deseamos apostar el cuerpo en una sombra de un jardín y fatigar la mañana con un libro.
Que los días andan persiguiéndose y los hay limpios y también ásperos y fatales. Que las noches nos hacen pensar en lo que somos, en lo que hemos hecho y en lo que podemos hacer todavía antes de que se cancele la trama.
Que amamos porque estamos hechos para amar, aunque haya quien desoiga el corazón y se envenene con cualquier cosa y a todo le ponga obstáculo y cárcel.
Que la memoria es lo que único que tenemos y, aún así, no podemos fiarnos de ella, ni confiar en que restituya con esmero lo que ya no es posible que regrese.
Que hay momentos en la vida en los que te sientes inconsolablemente feliz, en armonía con los cosmos y con todos los dioses de los tiempos primeros y que, al ser preguntado, cuando te piden que expliques la razón de esa felicidad absoluta, no sabes expresarla con palabras, ni con gestos, tan sólo la posees, únicamente tienes la certeza de que te ha pertenecido durante una brizna maravillosa de tiempo.
Que se tienen amigos para no estar sólo cuando el alma se viene abajo o cuando está muy arriba.
Que no se tienen para los tiempos medios, sino para los mejores o para los peores.
Que la poesía explica el mundo más que los algoritmos de la ciencia.
Que nada es de un color o que hay cosas que exhiben muchos colores.
Que la belleza es lo único que verdaderamente merece la pena en este mundo y es convulsa o no es belleza.
Que la filosofía es el asidero de los que tenemos fe a la que asirnos.
Que la cultura exige constancia y que los demonios que la apartan tienen los brazos fuertes y el gesto hosco.
Que en ocasiones uno desea ser otro, ser otro sin permanencia, un poco traviesamente, aunque sea para observarnos a nosotros mismos desde el afuera que nunca se nos concede.
Que no es posible conocer a nadie, ni siquiera a quienes amamos. Que en todo caso poseemos una idea más fiable que los demás, pero sin ahondar, sin albergar las certidumbres previsibles. Que uno mismo es un secreto. Que en esa tesitura, cómo pedir ir más allá, cómo creer que podemos tener de los otros una idea más firme de la que tenemos de nosotros mismos.
Que fascina lo furtivo y lo turbio.
Que el bien es un material excesivamente sensible y propenso a la mediocridad. Que el mal ocupa más páginas en los libros y en los sueños.
Que vivir es ir administrando los venenos que se nos ponen a mano.
Que la religión es una rama de la literatura fantástica, pero no la más lúdica.
Que se hace uno a todo y en todo encuentra consuelo, que es la manera en que se interioriza el "no hay mal que cien años dure".
Que la edad adulta es casi siempre un inconveniente.
Que los ojos en ocasiones adquieren su más contenida eficacia cuando se entornan o incluso cerrados.
Que hay palabras que duelen y otras que sanan y nos tiramos la vida entera manejando ese diccionario secreto sin dominarlo satisfactoriamente nunca.
Que duele más el corazón cuando lo ignoran que cuando lo hieren.
Que levantarse y ponerse uno a escribir hace que el día fluya mejor, brille más, dure más incluso.
Que los lunes no son tan malos. Que no.
De verdad que no.

25.9.16

Asuntos zoológicos, divinos y humanos



    David Stewart


Primero está el convencimiento de que te pueda entender una gallina o incluso que la gallina, cuando hables, saque algo en claro y se pueda entablar un diálogo más o menos fluido. Si logras acceder a ese nivel, todo lo demás vendrá por natural añadidura. Sin excepción. Como si tuvieses en tus manos el mismísimo plan cósmico y lo entendieses sin pérdida ni titubeo, pero no se nos adiestra en la comprensión de las razas inferiores, como tampoco hay que tener una idea muy fiable de que podamos entender a la nuestra propia. Yo mismo he visto prodigios que todavía no alcanzo a comprender. Perros que obedecen a sus amos sin que intermedie lengua alguna. He visto gestos, miradas, indicios corporales que han animado al animal a que alce una pata, ladre tres veces o se ponga mirando al cielo para que se le acaricie la panza. También he asistidoa conversaciones de fuste entre seres humanos que no han llegado a ninguna conclusión útil. En su fundamento, hablar concilia al que lo hace consigo mismo. Necesitamos expresarnos, hay una voluntad ancestral en contar y en que nos cuenten, en sentir que la realidad puede novelarse, adquirir ese rango metalingüístico. No albergo duda que las gallinas, entre ellas, cuando las vemos y cuando no, se dicen que se quieren o que se odian o platican sobre asuntos suyos en los que no podremos entrar nunca. Los topos, los grillos, los linces o los buitres leonados tendrán también su código y su canal y hasta su real academia para introducir signos nuevos y retirar los que ha expoliado de su uso primigenio el tiempo, que hará su oficio en los animales como lo hace a su antojo con nosotros.

De ponerme yo a dar palique a un animal escogería al búho. Es un animal de mirada limpia, de las que no esconden nada avieso, ni turbio. Se le ve venir al búho, se sabe si nos tiene afecto o si de pronto algo que hemos hecho ha contrariado su paz espiritual, si es que tal cosa es posible dentro de su especie. Volvemos a la incertidumbre de si los animales poseen alma y sienten y padecen y merecen después el cielo o el infierno, por los actos que han cometido o por los que no, Si el buen Dios en su altura inaccesible hizo el mundo y dio inteligencia al hombre por encima de la de las bestias o si no nos informó con detalle de sus planes y, en apariencia, somos los hombres (y las mujeres, no lo pongan en duda) los que reinamos sobre la tierra o lo son, en zoológica paridad, ellos, las criaturas animales y hasta ahora no se ha encontrado instrumento que elucide esta duda antigua. Caso de que no haya búho a mano, me inclino a elegir al perro. Sé de perros que procuran más afecto que seres humanos. No he tenido nunca ninguno y tengo la idea (nunca se sabe) de que no tendré. Requieren cuidados que no sabría darles y, en ésas, entreveo que no haré mi trabajo de dueño de un perro como debiera. De los que tienen mis amigos o de cuantos veo a la vera de quienes los cuidan, admiro su lealtad, su obediencia, su sacrificio también. Debe ser duro ser perro o ser búho. No digo ya gallina, que es especie a la que no se le tiene un afecto que duré mucho en la cabeza. Apreciamos los huevos, la carne y ahí acaban los sentimientos. 

En otro orden de cosas (o es el mismo), no es cosa de locos hablar con quien no se tiene la certeza de que nos escuche. Hay quien, movidos por su fe o por su amor o por ambas cosas juntamente, hablan con Dios y no esperan que exista un feedback en el proceso. Como carezco de fe, aunque me sobre amor, no podré jamás entrar en consideraciones teológicas y me conformo con manejarme conmigo mismo, con mi incredulidad en materia divina o con mi absoluta convicción de que, haya o no haya Dios en los cielos, a mí no me hace falta. Es más lo que nos perdemos que lo que ganamos, seguro. No sabemos si hay gallinas con un humor fantástico con las que no departimos nunca o búhos que filosofan sobre la perdurabilidad del alma o grillos que conocen como nadie los secretos más íntimos de la música. Noto ahora un vientecillo dulce oreándome el alma, como decía Mrs. Cadwell, la madre doliente de Eliacim.

Tengo la ventana de esta habitación abierta y entran a su antojo los ruidos de los coches y las palabras de las parejas y de los niños. Entra un fresquito muy agradable que principia un otoño que ansío. Queda la satisfacción de que en ocasiones el mejor diálogo lo hacemos en soledad. No hay festejo mayor que pensar para uno mismo y no descabalgarse de lo pensado, no entrar en trifulca, ni objetar, ni meterse en matices que a veces incomodan. Pasa poco, pero a veces felizmente sucede eso que digo, que el día te reconcilia contigo mismo, te hace entender lo que muchas veces no alcanzas por más que lo razones con los otros y busques en los otros lo que tú no tienes. El hombre de la fotografía de David Stewart ha terminado de hablar. Se nota. La gallina está pensando. No sabemos qué piensa, pero se aprecia en el gesto que su cabeza no deja de ronronear palabras. Le dolerá en el fondo de su alma que no se le haya acoplado a su materia gris un sistema lingüístico que le permita interactuar con otras especies. El mundo sería más hermoso si pudiésemos contarle al jilguero de casa que no nos gustan los lunes o que anoche no bebí mucho y no me he levantado hoy resacoso. Y bien pudiera. Es mejor así. Ya tiene uno edad de ir midiendo los excesos, aunque el vicio perdure y no me corte en admitir que lamento tanto buen juicio.

24.9.16

Kafka


Escribe Kafka en sus diarios que se hizo cortar el pelo o que se pasaba días enteros en la cama o que ocupaba las tardes mirando el campo desde la ventana o que está diez días sin que un pequeño arrimo de inspiración le dicte una página. De Kafka he tenido siempre una opinión literaria favorable, pero me ha fascinado mucho más la persona, lo que se deja ver si uno escudriña en sus diarios, no en las novelas o en los cuentos, donde todo está muy aliñado de literatura, por decirlo de alguna manera. En los diarios se transluce una vida interior que únicamente obedece al instinto primario de escribir. La literatura es una casa ya amueblada, en la que se han colocado con esmero los enseres y se ha cuidado al detalle lo que la visita puede observar sin que parezcan curiosos. Otra cosa, otra bien distinta, quizá de una intimidad más respetable, es el hecho de escribir sin la obediencia de las formas, sin que exista en modo alguna la evaluación de un lector externo, distinto al que se aplica a la escritura misma, a su yo sin escindir todavía. Todos los escritores debieran escribir en esa privacidad idílica. También he apreciado esa credibilidad absoluta en los diarios de Canetti o de Pessoa. Porque el Libro del desasosiego, enmascarado en las máscaras oportunamente interpuestas, es un diario enorme, uno de los que más pueden afectar al que lee. Digo afectar en su sentido trágico. La literatura, la buena, es siempre trágica. Incluso la feliz, la que irradia armonía, cela fragmentos terribles. La vida es un poco así. Se matrimonia la risa con el llanto, se ve la coyunda paradójica de la luz y de la sombra. Kafka es el mejor en esa difícil travesía. Nadie como él (salvo quizá Pessoa) ha explicado mejor la imposibilidad de salir airoso de este viaje. Ahora que acabo los diarios (me quedaba muy poco y lo fui dejando al final del verano) me siento más vulnerable que antes, menos firme en muchas cosas que antes creía sólidas. Por otra parte, también me ocupa el pecho una especie de temblor divino: el de la creencia de que todo lo que me ocurre tiene la importancia que yo desee darle. Kafka (incluso el Kafka apático, el triste, el que llevaba a cuestas el sello de la incomprensión) era un fantástico observador de la vida. Da gusto leer cómo extrae sustancia de donde no parece haberla. De Kafka (ya acabo, me tengo que vestir, me voy de boda) se posee una imagen deteriorada, la que se ha ido construyendo sin pensar mucho, sin leer mucho tampoco.

23.9.16

Ser buenos, ser malos




Me he convencido con los años de que las personas buenas tienen todo el derecho del mundo a ejercer el mal de un modo terapeútico, quizá únicamente por el placer de convencerse (a fuerza de culpa y contrición) de que no hay territorio más hermoso que la bondad y que cualquier extravío de su linde sólo acarreará problemas, cuando no cosas mucho más graves. Leído el argumento al revés, interesa escudriñar qué hay de bueno en quienes se aplican al mal y se enseñorean en ese oficio infame. Todos los criminales tienen un corazoncito, dicen las malas películas. Incluso el desalmado más retorcido, llegado el caso, exhibe maneras visiblemente decorosas y se inviste con los mismos atributos de humanidad que los otros, los buenos, los limpios de corazón y todo eso. Las razones por las que hacemos cosas que no debemos dan más literatura que las razones por las que hacemos lo correcto. Al mal se le matrimonia con las virtudes del entretenimiento, aunque duela en el fondo admitir que nos fascina esa desviación, ese apartamiento innoble de las normas y del sentido común. En los patios de colegio, los niños buenos se arriman al barullo de las peleas que montan los malos. En las películas de serie negra, el hombre centrado y cabal se malea cuando la femme fatal le echa el lazo. Gana la perdición (precisamente ése es el título de una de las mejores tramas de cine negro que un servidor ha visto). No se sabe bien a qué instrumentos acudir para encauzar el camino al descarriado. Ni los curas de barrio ni los psicólogos dan con la tecla. Igual esa fascinación está íntimamente ligada a nuestra naturaleza. Como cuando un animal, según su carácter, aún comido, no deja pasar la oportunidad de morder el cuello de otra pieza, aunque sea para conocer el concepto de postre. En lo que a uno le concierne, se ha visto asomándose al abismo, mirando con cierto apasionamiento lo que ahí abajo se ofrece. La visión no siempre ha sido rechazable. Lo bueno de pecar es que se queman muchas toxinas, seguro. Lo malo es que luego la conciencia, esa bicha canalla que te visita a poco de conciliar el sueño, entabla contigo un diálogo del que no sale uno indemne casi nunca. A lo mejor el mal al que podemos acercarnos sin culpa, libres y absolutamente entusiasmados, es al que procura la ficción. Muchos de los mejores libros que yo he leído hablan de él. Mi Patricia Highsmith, mi Howard P. Lovecraft, mi Charles Baudelaire, mi William Blake. El tormento del mal se alianza con el gusanillo del vicio. Van los dos en comandita, de parranda, entrando a los tugurios y empinando el codo, mirando el culo de las mozas y prorrumpiendo en expresiones soeces. La palabra que mejor expresa todo este tumultuoso argumento es transgredir. Se transgrede para madurar, me dijo una vez (con estas palabras) un buen amigo en una barra de bar, contentos de éteres y de cháchara. Malos no somos, debimos decir, pero motivos tenemos para serlo, como dijo Cela en boca de su Pascual Duarte. Mejor es la afirmación escabrosa y llena de picardía de la promiscua Mae West: "Cuando soy buena, soy muy buena; cuando soy mala, soy mejor". Buen viernes. No se arrimen al pozo, que se pueden caer. Si ven una trifulca, aléjense. Tampoco la inicien ustedes. No sabe nunca si puede uno aficionarse. En todo caso, lean a Highsmith, a Lovecraft, a Baudelaire, a Blake. Atibórrense del mal escrito y dejen el real para los que no tienen nuestro buen gusto por la literatura. Ella será la que nos salve a todos.

21.9.16

Conversación con una de esas enormes olas de un cuadro japonés clásico



Laurie Lipton

Confío en la cordura, en la educación y en la bondad, aunque flaquee mi voluntad y se me haga cada día más cuesta arriba decir que poseen el prestigio que tenían. Gana el mal, gana el ruido, gana el egoísmo. Anda el patio revuelto, la gente airada, el gesto se ve roto y las palabras amables se pronuncian con el temor de que se nos tome por débiles, por no decir tontos. Basta salir a la calle, sin una idea fija en la cabeza, tan sólo salir para que la realidad te abofetee y regreses a casa como quien ha ido a una batalla. No sé en qué momento dejó de estar bien vista la inocencia o cuándo la ternura fue un lastre si quieres triunfar en la vida. Alarma que la cultura no sea rentable y que no se atisben indicios de que en un futuro cercano las empresas inviertan en ella y prosperen. Siempre fueron malos tiempos para la lírica. Los de ahora son nefastos. Se lee poco y se lee mal, decía Umbral en sus tiempos. Se vuelve siempre a la lectura para dejar registro de lo avanzada que es una sociedad. La que no lee prospera poco o no lo hace. La que lee, la instruida, la sensible, es feliz y apuntala bien sólidamente la felicidad por venir. Me sigue fascinando hablar con quien lee los mismos libros que yo, pero admiro sobre todo a los que leen otros. Aprender a diario es un oficio hermoso. Sólo ése bastaría, imagino. Del oficio por el que nos pagan se tiene una impresión aceptable, cree uno que lo ejerce a conciencia y se emplea con esmero, pero hay días en que se tambalea esa certeza, días de un gris sombrío, que disuaden de alegrías futuras y hacen que decaiga el ánimo. Decae. Sin que exista placebo, remedio, antídoto que lo palie. Después se recompone la trama, vuelve el entusiasmo, se adquiere nuevamente la habilidad extraviada y funciona la máquina. No es cosa de uno que se mueva. Nunca lo es.   

Hoy explicaba a los alumnos que el esfuerzo y el trabajo hacen que el mundo gire. Que podemos fracasar, pero que al fracaso le sigue un intento más intenso. Importa la intensidad con la que se acomete el trabajo. Confío en el trabajo, en la permanencia en su dulce esclavitud, en la constancia sin atributos que hace que sólo se desee mejorar, aunque cueste y sólo se vea (en ocasiones) un atisbo de mejora, un pequeño trozo de hielo del iceberg gigantesco que, al desplomarse, alumbra una ola, una de esas olas japonesas que Lipton, en su estupendo dibujo, ha convertido en basura. Porque hay veces en que vence el gris. Ni la inocencia triunfa. Ni la educación. Sólo el azar canalla confabulado con la adversidad para hacer que hinques la rodilla y caigas, pero ahí están los refugios, terrible ola japonesa. Te hablo a ti, que amenazas la quietud y la armonía. Sé que me escuchas. Si creo que me escuchas es que estás escuchándome, tú ya me entiendes. Esta noche leeré a Lovecraft de nuevo. Lo pensé esta mañana nada más poner en el pie descalzo en el suelo. Pensé en los oscuros dioses de los primeros tiempos. De verdad que un día no puede ir bien si te levantas pensando en dioses oscuros de los tiempos primeros. En el transcurso de la mañana, un poco temerariamente, me he acordado de ellos en un par de ocasiones. Creo que nadie se ha dado cuenta de mi delirio. 

20.9.16

El Quijote

El Quijote ha sido mi lectura veraniega. La he disfrutado como si supiese nada de ella, como si no la conociera, como si la lectura que le hice hace veinte años no tuviese asiento en mi memoria ni en mi manera de entender la literatura, asunto que (por otra parte) muta conforme van cayendo libros y mi parecer se matrimonia con las nuevas lecturas y con la novedad (bendito ese asombro) que me procuran. De Cervantes diré que usa un castellano esplendoroso. Por encima de las bondades narrativas, de los hallazgos meramente novelísticos (pensemos que es una de las primeras novelas, pensemos que mucha de la novelística posterior nace de este capricho) lo que fascina de Cervantes es el manejo exquisito del lenguaje, la inclusión no forzada de la lengua popular embutida en un traje sofisticado, pero accesible. No sé pensar en El Quijote sin que se me cruce toda esa a veces feliz contaminación cultural que lo ha reclutado para fines no enteramente literarios. Tampoco sabría desmenuzarlo, hacer aquí un texto largo en el que me explique a mí mismo su esencia. No hay interés, no lo hay en absoluto. Me interesa ahora el pensamiento quijotesco. Hay ratos en el tráfago del día en los que me viene un pasaje y pienso a la manera del Caballero de la triste figura. Dura poco. No creo que el bueno de Don Alonso Quijano fuese feliz en este alborear del siglo XXI. Su extravío sería más disperso. No caería en el veneno dulce de los libros de caballerías: lo que le atrofiaría el seso sería internet, ese infernal perpetuum mobile que es el google. Le tengo ganas al nuevo libro de mi amiga Marina Perezagua, Don Quijote de Manhattan. Está ahí, aquí cerca, a mi vista, esperando turno. Quiere disfrutarlo. No habrá mejor ocasión que ésta, cuando tengo frescas las andanzas del mejor desfacedor de entuertos que las letras han parido.
El dibujo, cuyo autor no he encontrado, refleja esa distopía formidable que hace que los personajes de las grandes novelas dialoguen entre sí. Da igual que vistamos a Sancho Panza de un ewok y al Quijote de un espléndido C3PO. La posibilidad de que la calavera haga pensar al caballero en su condición mortal, en la teología, en las certezas un poco falibles en donde encontramos el asidero en el que afianzarnos y avanzar o el temblor (bendito temblor también) que nos hace tropezar y caer y seguir y amar por el camino con el entusiasmo de los héroes.

19.9.16

Auster



Debo ser raro en el fondo. Anoche soñé que discutía con alguien (una señora mayor, creo) sobre la literatura de Paul Auster. Yo sostenía que me aburría, aunque defendí con ardor su extrema habilidad para encajar historias y hacer que lo aparentemente disperso termine por ensamblarse, y muy bien, por cierto. En lo demás, me esmeré en apartar de mis vicios esa tendencia suya a crear unas expectativas que después no terminan por cumplirse del todo. La señora (no estoy seguro de eso, en serio) decía que es un escritor supremo (la palabra supremo es la primera que ha aparecido en mi cabeza y de ese hilo he ido tirando hasta tener una idea más o menos precisa de lo soñado) y que está masacrado (no era esa palabra, no creo que lo fuese) por todos los que no lo entendían. Al levantarme he cogido El libro de las ilusiones y he ojeado unas páginas. Confieso que ninguna, en separado, sin ligar las tramas, me ha entusiasmado. Recuerdo haberlo leído en dos tardes escasas, cuando uno era muy de Auster. Tengo amigos austerianos y otros que no lo son. También están los amigos que no tienen ni idea de quién es Paul Auster. Luego está el sueño y estoy yo, raro sin que nadie deba retirarme ese atributo.