17.1.17

Bibliotecas / 6


Ruinas de la biblioteca Holland House en Londres, en 1940, durante uno de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial


Las bibliotecas custodian la Historia y la preservan ante la eventualidad de que el género humano pierda la cabeza y se líe a palos masivamente. Sucede que en la contienda, en la refriega, en el yo te invado antes de que tú lo hagas o yo te tiro una bomba por si a ti se te ocurre la misma idea, son las bibliotecas las primeras que padecen el desvarío de los contendientes. Parece que se esmeran en que las bombas caigan en ellas. Se obstinan en reducir a escombros las bibliotecas y las escuelas. A veces, según las circunstancia, arremeten contra las iglesias. Quedan en pie las tabernas y los puticlubs, por si hay gana de farra cuando han terminado de pasar las ambulancias o se han enterrado a todos los muertos. La visión de una biblioteca destrozada produce en quien las ama una desolación muy difícil de describir. Cuando el dolor es hondo, si ha alcanzado los adentros, resulta duro pensar con calma, escribir o hablar sobre lo que se ha perdido. En el duelo el pulso narrativo languidece, flaquea, se pierde invariablemente, pero lo que se escucha o lo que se lee es verdadero, no obedece a ningún ardid literario, ni se deja cortejar por las modas. Los libros no sólo arden muy bien, si se les arrima un fuego que no se desmaye en la tragedia de hacerlos ceniza: también mueren con absoluta soltura. Parece que no les importa. Como si lo que les sucede estuviera registrado en alguno de ellos, justamente en los que están padeciendo el rigor de las llamas. No hay nada que no se haya escrito. En alguna época, alguien constató el terror o el amor o la belleza. La literatura es una extensión de ese volcado ancestral. Se anudan los argumentos, se expanden, adquieren volumen, incluso parecen otros, aunque en realidad sean los mismos de siempre, los que contaron los griegos o un bardo inglés o un novelista metido en contar andanzas caballerescas. Arden los libros, se les da bien arder, pero hay otros que les suplen. A cada libro sacrificado, hay otro que acecha para ocupar el hueco vacante. Si las bombas derriban una biblioteca, los supervivientes levantarán otra y colocarán con mimo los volúmenes en las baldas. En alguno se transcribirá la historia de los que prendieron la mecha y de los que la vieron prender. Estará el pasado y se entreverá el futuro. Lo que sí es cierto (no hay otra verdad más fácilmente defendible) es que el libro permanece. No hay objeto mejor pensado que él. Si tuviéramos que elegir uno solo, un solo objeto que representara el progreso del hombre, no habría ninguno mejor que un libro. El fuego no los hace perecer. Duran mientras alguien relate lo que leyó en ellos y otro se empecine en registrarlo para que no se pierda. 

16.1.17

Bibliotecas / 5


Nunca me sedujo la idea de los laberintos. Me fascina, sin embargo, la posibilidad de perderme, el juego en el que uno vuelve a casa después de haber pensado que no volvería a hacerlo nunca, poniéndonos un poco trágicos. Las bibliotecas son los únicos laberintos en los que me dejo perder. Es la cabeza la que viaja, no el cuerpo. Es la ficción la que te coge de la mano y te zarandea: la realidad sigue firme ahí enfrente. No hay libro bueno en el que no exista esa sensación de zozobra. Hay algunos libros de los que no sales nunca, aunque pasees al acabarlos o los comentes con los amigos en la barra de un bar o en un whattsap. Libros de los que te impregnas, libros que te afectan como lo hacen algunas personas, libros a los que vuelves de vez en cuando para comprobar que todo está en su sitio o que, ojalá fuese así, las cosas han sido movidas y ahora el libro es otro. Quizá somos nosotros los distintos. Como el río de Heráclito: nadie baja dos veces a las aguas del mismo río. Es otro el río, su corriente; nosotros nunca somos iguales de un día a otro. hay biblioteca que no cambie a poco que no la miremos. Ninguna que no posea la facultad de que su dueño no la reconozca.

15.1.17

Bibliotecas / 4



Las bibliotecas domésticas también contribuyen al palique de sus dueños o de sus invitados. No se exige la conversación sobre libros, pero acabaría por imponerse. Ésta es la de Woody Allen, según consta a pie de foto. No coincide con la idea que uno tiene de él. La imagina caótica, cree que le cuadra mejor una biblioteca en la que no exista orden, en donde los volúmenes se arracimen en mesas, se arrumben en el suelo en desmayados montones u ocupen las baldas apretados groseramente, sin darles aire, unos apilados en vertical (como parece que es exigible) y otros, más aristocráticos, ofrecidos en horizontal, sin concierto ni voluntad que los gobierne. Quizá la biblioteca dice más de quienes las poseen que los hábitos o las palabras con que se nos conoce. En la intimidad somos otros, nos expresamos de otra manera. Preservamos para los íntimos esa expresión privada de nosotros mismos. No es una información que debamos difundir, no es algo que los demás deban saber. Entiendo a quien tenga esa especie de pudor en lo concerniente a sus libros, a cómo los ordena o de qué secreta manera los custodia. También a quien abre sus puertas y ofrece esa parte suya al escrutinio de los curiosos. No hay un criterio al que afiliarme. Las bibliotecas personales son extensiones fiables de sus propietarios. Si Woody Allen me invitara a la suya, si me diera a elegir en qué sillón sentarme, le diría que no es su casa. Que es un decorado para una película ambientada en los años treinta. Me parecería estar escuchando de fondo una pieza bailable de esas orquestas de dixieland que amenizan muchas de sus obras. Al tercer bourbon le animaría más confidencialmente a que confesara. "No es la tuya, Woody. Tú no eres el dueño. Saldrá en la siguiente película que tienes entre manos, ¿verdad?"

Bibliotecas / 3


Bibliotecas / 2


No hay sitio donde mejor se lea que junto a los libros. No es que se tenga uno en las manos, es la sensación de que los demás (muchos o pocos) están cerca y participan de algún modo de la lectura. Libros que consuelan sólo con saber que están disponibles. Como las personas a las que amamos. Además ninguno nos reclama una entrega exclusiva. Lo ideal es ser infiel e ir cortejando a unos y a otros. En una biblioteca la promiscuidad libresca es saludable. Basta una silla. Ni la silla es precisa, si hay suficiente deseo.

Bibliotecas /1


Una de las palabras más hermosas que conozco es letraherido. Uno de los lugares en el que estoy mejor es una librería. Borges imaginó el paraíso bajo la forma de una biblioteca. En adelante, iré dejando caer fotografías de librerías, de bibliotecas (privadas o públicas). Algunas necesitan de una escalera para acceder a las baldas más altas. Todas, por modestas que sean, ofrecen el consuelo que en ocasiones no se encuentra en otros sitios. Todavía me sucede que al entrar en casa de alguien por primera vez busco si tiene o no una biblioteca. Husmeo con discreción, pero seguro que algún gesto me delata.

13.1.17

La bondad de las metáforas



Soy de letras porque confío en la bondad de las metáforas. La realidad, al convertirla en misterio, gana en suspense, en literatura. No deja de ser un planteamiento ingenuo el que sostengo, pero a mí me va bien mientras que otros sean los que inventen y prefieran la rotunda bondad de la razón, el peso cartesiano de las cosas y el imperio previsible de los logaritmos y de la ciencia binaria. De hecho, es gracias a ese selecto grupo de iluminados de la ciencia que yo ahora pueda escribir o buscar en el bendito google referencias sobre el CERN o sobre los músicos que tocan en el disco de Chick Corea que suena justo ahora mismo. Por cierto: New Crystal Silence, 2CD: Waltz for Debby, mi favorita de Bill Evans deslizándose por el aire. Pienso en todo esto a propósito del empeño del gremio de los científicos, de los que se alinean con la ciencia subatómica, con el pulso de lo infinitamente infinitesimal, de los que buscan la teología de los números y lampan por ver a Dios dentro de una ecuación o de un colisionador de hadrones. Yo a Dios lo busco en Borges y en San Juan de la Cruz. Ni siquiera lo busco en los textos de los evangelios ni en la misa de los domingos. Soy laico porque confío en la bondad de las letras. Debo tener un ejército de dudas medrando en mi cabeza, pero convivo con ellas y hasta hay ocasiones en las que veo que de esa metástasis benigna (dudas que crean dudas, enigmas que alumbran más enigmas) nacen momentos de una incredulidad fantástica.

Soy incrédulo porque confío en la bondad de mis dudas. Si las mentes pensantes del tostón cuántico dan con Dios y lo ofrecen en prime time, en portada de los grandes rotativos o en botella de 20 ml. embutida en una caja de formas atractivas, me estropean la fiesta al modo en que se la estropean al creyente. Yo, no siéndolo, practico la creencia de que se vive mejor siendo unos creyentes y otros no; caminando algunos por una acera y otros, a capricho, por pura voluntad intelectual o estética, por la otra. La inteligencia, poca o mucha, me dice que es mejor seguir en el terreno de las metáforas. Cada uno hace después lo que viene en gana con ellas. Quienes se abrazan a lo imaginario y creen con toda su alma en que lo que no se ve es lo que verdaderamente nos salva y nos hace mejores y quienes se abrazan a lo imaginario no porque salven o nos hagan mejores sino sencillamente porque contribuyen muy eficazmente al ocio metafísico, a la filosofía de andar por casa, al muy discutible pero noble género de la discusión teológica. Prefiero leer ficción a leer cualquier otro género, pero agradezco que otros prefieran el piso firme, las palabras sin doblez y la mecánica limpia y previsible de los números. 

12.1.17

La vida interior

Falta vida interior, sobra algo de la otra, la pública, la del trasiego conocido, con todos los pequeños ritos de peaje de la vida moderna, que se inclina casi siempre a exigirnos más de lo que estamos dispuestos a dar, pero a la que concedemos ese poder por el que nos hace obedecer casi ciegamente, sin reivindicar mucho, ni siquiera eso, una vida interior, una especie de remanso de paz o de quietud. Es quietud lo que echo yo mismo en falta. Va uno siempre aprisa, apenas facultado para controlar lo que sucede. Hay en lo real un vértigo contra el que se puede hacer bien poco o nada. No existe vía de escape, no al menos una accesible, de fácil acceso y más sencillo tránsito. En cuanto uno se pide un receso, se acumula el trabajo. El peaje es alto: tanto que se plantea uno no caer en esa concesión de nuevo, no pecar en el mismo vicio y proseguir con el tráfago, añadir trabajos a los ya acometidos, prometer algunos nuevos, para no decaer, por no exhibir flaqueza o por no mostrarnos a nosotros mismos, jueces fieros, que somos capaces de permitirnos un poco de hospitalidad doméstica. No hacer nada, no decir nada, no extremarse en ningún oficio, en todo caso. Disponer del día para ejercer con tenacidad la pereza, si es que esto es posible. Cubrir distancias mínimas o muy extensas, pero no tener cometido alguno en ese desempeño pedestre. Mirar el paisaje como si nos dijera algo y anotar después lo pensado mientras suena un cuarteto de cuerda de Brahms o unas cuantas piezas de Joe Pass. Hay días en los que anhelo con toda mi alma no estar disponible, no hacer nada que los demás observen o fiscalicen, admiren o rechacen, nada que diga de mí lo que no es necesario que sea dicho. Luego están los otros días, los de la actividad frenética a la que uno se entrega con fruición. Los días del vértigo, como a veces les llamo. Días que pasan sin advertirlos, que llenan y predisponen el ánimo hacia las cosas nobles y elevadas, que no sabe uno bien qué cosas serán ésas, pero seguro que alguna de las que hacemos se ajustan a esa nobleza y a esa altura y nosotros, ajenos, ignorantes, ni lo sabemos. Tuve un amigo que se enorgullecía de tener una vida interior rica. No lo decía como anécdota, sino como asunto de importancia. Decía que todo le alimentaba. Que no había cosa que sucediera en torno suyo de la que no extrajera algo valioso o a lo que acudir cuando la realidad no le reportaba los placeres que le requería. Como una especie de reserva espiritual. A veces he pensado en eso, en esa voluntad de vivirlo todo con fiereza, con el ánimo limpio y la certeza de que no habrá día que se repita, aunque todos se persigan.

11.1.17

Todos los lectores de Poe nunca dejan de serlo



Soy infatigablemente todavía el lector asombrado por la presencia (física también) de un libro sin el que hoy sería otro, yo mismo, pero aquejado de otras dolencias, conmovido por otros intereses, secretamente entregado a otros vicios. Es el vicio el que nos guía, aunque él ande a escondidas y procure, las más de las veces, no aparecer en público, no mostrar nada de lo que después pueda hablarse y ante lo que tener que extender una justificación o un arrepentimiento. Yo soy de Poe antes que del resto de los escritores que me marcaron porque él llegó en la edad en que mi espíritu estaba más abierto. De esa apertura, que se mantiene a ratos y se cierra a conveniencia en otras, saco el impulso para aceptar la incoherencia del mundo y pedir (a gritos en ocasiones) que me continúe asombrando. Como la realidad queda corta, uno tira de literatura. La de Poe fue primordial para que viniesen más tarde todas las demás. No recuerdo en qué año compré este libro. Tengo la costumbre tenaz de apuntar con lápiz la fecha en la que los compro, pero esa tenacidad es falible y alguno, por el azar, por descuido, queda sin signar. La edición decimoséptima salió en 1990, leo en una página de libros de segunda mano. Me intriga saber cuándo lo compré. Me acuerdo de que ya había leído antes a Poe y hasta la portada de algún libro cogido de la biblioteca municipal o prestado por algún amigo, no sé bien ahora. Uno que manejé tenía una cara ancha del autor y unos cuervos entre unos árboles como paisaje de fondo. Lo que me sigue fascinando es este libro, aparte de la importancia (enorme) de lo que contiene. No es El gato negro, ni El corazón delator, ni tampoco La caída de la casa Usher, tres de mis favoritos, sino el volumen en sí, su existencia tangible y fiable. Sigue ahí, en una balda, entre otros con quienes tal vez establezca, sin que yo me percate, una especie de diálogo secreto. Es posible que se hablen entre ellos y digan de quienes los posee (yo en este caso) cosas que no alcanzo a imaginar. Sé de ellos al modo en que ellos (por mi trato, por el amor que les profeso) saben de mí. Quizá haya un par de libros más a los que les deba lo que a éste. Pienso en Ficciones, de Borges. Curiosamente los dos publicados por Alianza Editorial, en su formidable colección de El libro de bolsillo. El tomo de Poe, bien grueso, con un segundo volumen de cuentos menos terroríficos o de menor peso inquietante, está nuevamente conmigo en estos días. Lo cogí sin verdadera gana. Empecé a releer la introducción que hace Julio Cortázar (traductor también de esta edición) y después ya no quise o no pude dejarlo. Soy ese lector de hace treinta y tantos años, cuando paseé de mi casa a una librería de barrio (que ya no está) y elegí el recopilatorio de narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe. Soy ese mismo, no hay excesivo cambio. He leído mucho desde entonces y he escrito también. No he visto trazas de Poe en mi escritura, no al menos alguna que yo haya podido comprender o entrever entre todo lo que he hecho. Habrá alguna, sin duda que sí. Poe estará por ahí, escondido, pendiente de cualquier pequeña trama de la que extraer un episodio turbio en el que el alma humana, la que le atormentó, exprese su lado más tenebroso. Es la tiniebla la que le llamaba. Nos llama a todos sin que lo advirtamos. Lo está haciendo ahora. Esta noche me refugiaré en las sombras. Suena bien. La literatura permite que hagas estas cosas y luego puedas volver, consolado y alegre, a la realidad. A veces dan ganas de no regresar, ya lo sé; en ocasiones es mejor quedarse por ahí, en la parte oscura, en esa ficción sobrecogedora e íntima.

Yo he pecado, Señor

Pecar es cosa de pobres. Los ricos no atentan contra las leyes divinas. Si uno es rico, peca como distracción. En realidad, salvo que tenga una fe extrema, observada con severidad, aplicada con firmeza, el rico desoye la admonición de los augures de las catedrales y de las pequeñas iglesias de barrio, no entra en el negocio del alma y va a lo suyo, sin que le preocupe la inminencia del infierno o le motive la bondad del cielo. La clase media peca a conciencia, por encontrar en ese delito evangélico un poco de aire viciado con el que amenizar la rutina de los días. Conforta lo prohibido, consuela saber que estamos allanando una propiedad ajena, una morada que no es nuestra, un lugar en el que no deberíamos estar. Lo clandestino, en su esencia, es lo que deleita, lo que completa la cantidad de luz que anhelan los ojos acostumbrados a la tiniebla, a esa penumbra en la que nunca pasa nada extraordinario. El pobre, en cambio, es el pecador arquetípico. Es a él a quien van dirigidos los reproches de las homilías, es en él en donde se advierte el andamiaje que se iza hasta rozar el mismo cielo.

Anoche, en la radio, en uno de esos programas en donde la gente confiesa los porqués de sus penurias o de sus alegrías, pillado por casualidad a poco de quedar dormido, escuché al pobre declarado, sin medios con los que subsistir, preocupado por medrar y poner en riesgo su estupenda hoja de servicios, la que le servía para entrar con la cara bien alta en la iglesia (decía) cuando iba en domingo y le pedía al Señor que le sacara del agujero. Repetía mucho lo del agujero y lo de la cara alta. Como si una cosa fuese justamente el anverso de la otra. Creo que me dormí pensando en eso, en la trampa del pecado, en esa usurpación un poco infame de otra palabra más enjundiosa, de más noble asiento en la sociedad: el delito. Quizá una parte de que esto funcione (o no lo haga en absoluto, depende de quién lea o de cómo procese lo que ve o lo que lee) procede de inclinarse a la legitimidad del pecado o a la del delito. La justicia, la divina o la terrena, hace su trabajo, sí, pero habría que separar bien cuál es su ámbito de trabajo. Si una puede interferir la aplicación estricta de la otra, si nos espera el infierno o un juzgado, si la opresión que sentimos en el pecho la agita un dios o un juez. En cierto modo, podríamos dejar que los dos convivan y a los dos nos rindamos. El pobre de anoche, digo pobre porque se manifestaba pobre, sólo quería que Dios, que todo lo ve, no le apartara de su lista de elegidos y su tortuoso camino por la tierra, no dudo que penoso como el de cualquiera, no rebajara una brizna del esplendor que recibiría al abrazar al Padre, nombrado en varias ocasiones con absoluta vehemencia, por otra parte. Un Padre atento a sus hijos, expresaba. Se pierde uno en estas sutilezas de la fe. Se cree que está al margen de esas consideraciones, alberga la esperanza de que cualquier cosa a la que nos dirijamos será buena o ni siquiera será.

A lo que no se nos ha enseñado es a soportar el dolor, a sentirlo y caminar con él y sobrellevarlo. Es el dolor (el físico, el otro a veces más doloroso) el que nos conmueve o nos lacera o nos destruye. En las novelas rusas, en las que me gustan, se palpa esa moral claustrofóbica, se percibe que oprime hasta que los personajes dicen basta y matan o se suicidan. También creo que la literatura nos salvará de todas estas teatralidades del espíritu al imponer las suyas propias, las de la ficción, que consuela y permite que sigamos yendo de lo humano a lo divino sin que tengamos que pagar peajes muy altos en ese trayecto. Y da igual que seamos ricos o pobres o que pequemos a posta, por distraernos, o sin desearlo, por obligación, impelidos por el azar o por las en ocasiones duras circunstancias.