18.11.17

Yo no soy exactamente yo

Vi ayer a alguien en cuya camiseta, en inglés, se leía que estaba totalmente de acuerdo consigo mismo. No sé yo si esa aseveración se ajusta siempre a la realidad y puede certificarse, darle veracidad permanente, sin que nada desbarate esa propiedad fiable de nuestra voluntad o de nuestros procederes. Yo, por situar a quien mejor conozco en el meollo de la cuestión, no dejo de estar en quiebra conmigo. Hay días de bonanza emocional y una parte considerable de mí se inclina a creer que estoy en paz y que nada malogra esa repentina percepción de mí mismo, pero incluso en esos días espléndidos hay otra parte, aceptemos que poco estimable, es cierto, que pugna por hacer valer su opinión, que es abiertamente contraria a la que yo esgrimo o la que detenta la parte gruesa de mí, no sé si me estoy explicando. Lo normal es que incluso ahora desbarre, no me ponga de acuerdo en centrar mi pensamiento y exponerlo sin dobleces. Como si a la vez que escribo el yo disidente contradijera al yo manso, al que no se alarma ni se contradice nunca, al yo ése que se lee en la camiseta en inglés que vi ayer y que ahora, sin saber el porqué, ha vuelto a mi cabeza. De hecho no sé quién de los dos la trajo: si la parte ortodoxa, la previsible, la que lo tiene todo claro o es la otra, la parte anárquica, la respondona, la que a todo le pone trabas y en todo ve obstáculos y socavones.

Quizá sea la edad la que lo administra todo. Conforme gana uno en ella, cosa satisfactoria a poco que se piense, adquiere competencias que antes ni sospechaba que existieran o que, vistas en los demás, no le causaban mayor admiración ni reconocimiento. Ahora, frisada ya la mitad de la vida, cortada la mitad del jamón, como dice mi amigo Calixto, está bien que algunas cosas estén definitivamente claras. Una es la que atiende la dimensión más íntima, la que no es posible verter, porque cuenta de uno lo que no convendría airear, la privada, la que se clausura por temor a que no cuadre o a que no convenga. Siempre hay un yo que mejor se mantiene oculto, un trozo menos presentable del grueso visible y público. Tal vez sea ése el que no esté de acuerdo con el otro, el que lo zarandea y lo pone siempre en guardia o el que lo jalea y le pide que obre aviesa o arteramente, porque el mal exige su cuota en el drama de la vida.

No se sabe nunca a qué atenerse, qué escoger, cómo contarse a uno mismo (cuando caemos en la cuenta de que nos debemos una explicación) los porqués, los motivos, las coartadas que se escogen para que no chirríe el conjunto o para que los demás no nos miren mal, ni nos aparten. Tememos ese apartamiento, ese darnos de lado de los otros, aunque nosotros mismos obremos con los demás con aviesa actitud, con recelo, con todo lo que no queremos que se use para cuando seamos mirados. Y no cesa nunca el teatro de ver y de ser vistos, de hablar de los otros y de que se hable de uno y se hable bien en ocasiones y mal otras. Lo que no puede ser evitado es que afinen y acierten o no indaguen y marren. Se va a hablar bien o mal sin que intervenga en ese juicio la bondad o la maldad auténtica, todo lo bueno o todo lo malo que hiciste. Es inherente a nuestra condición humana hablar sin saber, condición ésa tan difícil, de tan escaso apego a la razón y tan escorada (ay) al sentimiento, al bueno y que no lo es, al procedente y al que no conviene que se curse y se difunda.

Tienen estos asuntos un aire fronterizo, como de cosa poseída y súbitamente arrebatada. Se admira la rotundidad con la que la creemos nuestra, nos fascina que seamos los dueños de nuestra existencia, pero nada más lejos de la realidad, no hay tal posesión, no podemos darla por propia, ni siquiera cuando la evidencia más se empecine en halagarnos y todo funcione a beneficio nuestro. Detrás de las certezas vienen las dudas, una tras otra, en comandita, en procesión obscena a veces. Cuando yo estoy de acuerdo conmigo mismo veo venir el reverso previsible, la sensación de que tendré que desdecirme y no aceptar nada de lo pensado con anterioridad. Se nos zarandea, se nos lleva de un lado a otro. No sé si está bien, en el fondo, estar totalmente de acuerdo con uno mismo. Yo hoy me he levantado sin el convencimiento de otras veces y no sé (no tengo ni idea) de nada. Quizá sea el desencanto, hoy es el desencanto, brilla el desencanto, cierta decepción, la sensación (nuevamente) de que se está perdiendo la brújula de las cosas, con todo lo terrible que tiene esa deriva, esa zozobra, ese dejarse ir. Al final aceptaré el consejo que me ofreció un amigo no hace mucho. Me dijo que también yo dejara correr las cosas o que no las pesara y midiera tanto, que sólo así (sin peso y sin medida) se podrían manejar mejor y soltarlas cuando conviniese o guardarlas si fuese preciso. No es fácil, me advirtió. Tampoco me respondió cuando le pregunté si él hacía caso de lo que decía y estaba enteramente de acuerdo consigo mismo o se dejaba llevar y se perdía por los huecos, por las puertas que se van dejando abiertas y permiten que entre lo que no conocemos. Quién querría ser siempre él mismo, quién aceptaría esa rutina, quién no desearía ser otro.

17.11.17

Una habitación de hotel


                                                          Hotel room, Edward Hopper


Una habitación de hotel es a veces un mundo perfecto en sí mismo. Basta salir, recorrer el pasillo gris, ver a los otros inquilinos abrir o cerrar puertas, dejar las llaves en recepción o entrar en la pequeña cafetería de la planta baja con un par de bolsas o una maleta pequeña para advertir que el vértigo y la fiebre hacen guardia afuera, esperando con mundana paciencia que salgas y te expongas, para cebarse contigo o para agasajarte, quién sabe, pero quizá sea mejor no disponer de mundo perfecto alguno. Tal vez convenga esa incertidumbre y se desee guarecerse, encapsularse, concederse la intimidad de una de esas habitaciones de hotel y empezar a ser hospitalario con uno mismo, aislado de todos, lejos de todo.

Una habitación de hotel jamás tendría que ser un refugio, pero conozco pocos mejores. El caos convocado afuera refuerza la idea de que adentro no puede ocurrir nada malo. En el fondo la habitación de hotel es una extensión de quien la ocupa. Lo que asombra es que el cliente pueda ir de un hotel a otro y no sienta añoranza de esas pieles dejadas por el camino. Entra en lo razonable que uno se crea otro cuando se instala en un nuevo hotel. Como si el anterior yo, el que ocupó la última habitación, no tuviese nada que ver con el de ahora, el inquilino de la nueva. También son otras las ciudades, otro la luz de las lámparas o el mobiliario o incluso la comodidad de la cama o las vistas que regalan las ventanas. 

Hay quien se hospeda en los hoteles en la desdicha más absoluta. Sabe que al cerrar la puerta y quedarse solo podrá reconsiderar cuanto hizo antes o especular sobre qué hará después. El ahora no existe, el presente no existe, la realidad que nos invade es la menos dolorosa en la certeza de que dura un instante irrelevante, uno que al momento desaparece. Hay quien anhela encontrar el júbilo en esos hoteles. Cree que allí se cancelará el vértigo y la fiebre de afuera: crédulamente pensará que el mundo se reinicia cada vez que ingresa en una de esas habitaciones.

En una habitación de hotel se puede amar un cuerpo y creer que en ese ayuntamiento está de algún modo la razón por la que fuimos traídos a este mundo. También se puede desamar, aceptar la soledad o pensar en ella como algo propio al modo en que lo es un brazo o la manera en que andamos o dormimos. Puede incluso sucedernos que acojamos el bendito cobijo de una habitación de hotel porque no existe una casa que nos espere o porque, existiendo, no la sentimos nuestra y malvivimos en ella, huérfanos de la maravillosa sensación de haber encontrado nuestro lugar en el mundo.

A diferencia de la casa de uno, la habitación de hotel impregna de fantasmas la estancia. Ya la vida es una estancia de fantasmas. Vives y resides en donde otros vivieron y residieron. Amas lo que otros amaron. Lloras donde otros lloraron. Mueres sin que ese asunto trascendente sea relevante para el orden del cosmos y para la mecánica íntima de la vida en la tierra. En este sentido, las habitaciones de hotel son como reproducciones a una escala muy pequeña de la realidad que late afuera, pero sigo insistiendo en el hecho formidable que me ha hecho pensar en todo esto y es la encapsulación del tiempo, la sospecha de que el reloj se detiene y de que el tiempo, ese bicho cabrón, se mueve (sí, claro que se mueve) pero de otra manera. Ese prodigio justifica la existencia de los hoteles, la vida derramada en ese espacio bunkerizado en donde abandonas la maleta, te duchas, lees la prensa, descansas sin desvestir sobre la cama pulcra mientras la televisión emite información del exterior, fornicas, sueñas, hablas por teléfono a gente que está muy lejos y pasas resacas formidables, de las que merecen poema aparte. No creo que exista tampoco mejor lugar para escribir que una habitación de hotel. Una mesa en un bar, apartada, discreta, que permita ver llover tal vez rivalice con ella, pero no posee la misma intensidad, no exhibe tampoco el mismo rango moral. Lo afirmo y lo defiendo con argumentos rebatibles, pero expuestos con tan amoroso ardor.

Una habitación de hotel es un lugar robado al mundo, un no-lugar, una especie de limbo, una casa sobrevenida en la que puedes ser otro y regresar después al yo estacionado afuera, dejado al margen por estricta conveniencia de la trama argumental. Una habitación de hotel es un escenario teatral. Nada de lo que sucede posee la consideración de la rutina, todo es extraordinario. 

Ahora hablo yo o hablo de mí, nada nuevo, por otra parte: nunca he escrito páginas que me entusiasmen enteramente y en casi ninguna ocasión he sentido que lo escrito estaba expresado de la forma en que debía ser expresado, sin que faltara o sobrara algo, sin que otro modo de volcarlo mejorase el mío. Pues si en alguna ocasión he sentido esa punzada de orgullo y de apasionamiento con lo trabajado ha sido en una habitación de hotel. Recuerdo haberme levantado en mitad de la noche y sentarme en la mesita o en la terraza que da a una avenida o a un entramado antiguo de tejados de un barrio viejo. Recuerdo haberme dejado llevar, haber dejado escrito un par de folios y recuerdo haberlos leído más tarde sin rubor, agradándome, sintiendo que me gustaron. Nunca releo nada de lo que escribo, no he sentido esa preocupación, no he deseado corregir o borrar o añadir, pero ahora pienso en las habitaciones de hotel y las declaro residencia de la inspiración, si es que viene, si alguna vez nos visita.





El cuadro, cómo no, es de Edward Hopper. Bendito él..

16.11.17

El Día Internacional de la Filosofía


Celebrar la filosofía es festejar la propia vida y el gozo de cuestionarnos su existencia o gozo el de pensar los porqués que la sustentan o la justifican. Todo en ella, en la filosofía, es gozo puro. El pensamiento es una fiesta privada de la que nunca se sale indemne. Toda la historia de la humanidad es una especie de resaca de esa fiesta interior. Cada una posee la suya. Las hay trascendentes y las hay huérfanas de trascendencia, pero no hay nadie que no posea un filósofo dentro. No es necesaria la certidumbre de que esa propiedad sea nuestra, basta con ejercerla, con someterlo todo al discurrimiento. Es la perplejidad por vivir la que hace que sigamos en la brecha y no nos hayamos echado a dormir. Nacemos y morimos perplejos, perplejos y lúcidos en mayor o menor medida. Nos creemos las cosas y, al tiempo, somos los mayores incrédulos. Esgrimimos la fe como arma y, a la vez, nos zafamos de ella, la arrumbamos, deseamos que no nos acompañe, ni nos tutele. Sentimos que es bueno dudar de todo y no conceder ninguna certeza, pero también bajamos los brazos y dejamos que se nos persuada, sin ofrecer resistencia, permitiendo que la razón flaquee o desaparezca abierta y visiblemente. Somos esas dos contrarias cosas. Es la filosofía la que nos mantiene en pie, la que no nos ha permitido caer, rendirnos, abdicar, conceder ningún patrimonio ganado, ningún hallazgo alcanzado, ninguna montaña escalada. Celebramos hoy la filosofía en tiempos duros, en una época en la que pensar es un privilegio, por más que sea ésta la sociedad de la información, cuando debiera ser la sociedad del pensamiento. No hemos ahí aún, vamos despacio hacia esa altura moral o estética o intelectual. Pensar siempre estuvo mal mirado por algunos. Todavía hay quien rebaja la importancia del pensamiento y retira o adelgaza los planes de estudio en los que brilla la filosofía. La misma historia de las religiones son ramificaciones de la historia de la filosofía. La religión es una extensión discursiva de la filosofía. No hay nada que hayamos hecho o que podamos hacer que no provenga de ella. Ni la misma ciencia, la que nos catapulta al futuro, la que nos asiste en comodidades y en protección, se escapa de su influjo. La misma literatura está impregnada de ella. Tú y yo, lector cercano, somos los agasajados hoy, los protagonistas del día, aunque no tengamos idea de que la fiesta va por cuenta nuestra y lo que se celebra es el triunfo de nuestra voluntad, la victoria del hombre por encima de todas las circunstancias que lo han cercado, herido o derribado. Seguimos en pie, estamos de fiesta, nos sigue perteneciendo la palabra. Construimos la cultura, somos nosotros los albañiles de ese edificio, es la filosofía la argamasa primordial, no hay otra, no es posible otra manera de contar las cosas. Nos iremos de cabeza al pozo, sea eso lo que cada uno imagine, cuando deje de prestigiarse la filosofía, cuando se la aparte, cuando se la considere superflua, vacua, dañina. Por desgracia ya ha empezado el apartamiento, la percepción de que algunos sospechan de que no conviene que pensemos mucho o de que pensemos en voz alta y nos entusiasme saber que pensamos o que sólo pensando es posible elevar la cumbre de los días y dormir cuando irrumpe la noche con la mente limpia y el trabajo hecho. En mi escuela, el año que viene, pondremos frases de filósofos por los pasillos, llenaremos las paredes con sus caras, haremos que los alumnos pronuncien sus nombres, sepan qué dijeron, aprecien su sacrificio, el trabajo que nos regalaron. A ver si podemos, no sé si podrá ser, hay mucho festejo idiota y poco tiempo entre tanta burocracia, pero esa es otra cuestión y hoy no es el día internacional de la burocracia, seguro que le ponen fecha y nos hacen levantar actas y firmar con pompa los papeles resultantes, ay.


The wall



Un niño al que Santa Claus olvidó. Tigres liberados. Trincheras en bruma. Relojes Mickey Mouse. Nicotina en los dedos. El padre ausente, segundo teniente del Octavo Batallón de los Fusileros Reales, Compañía C. Una habitación de hotel. Películas de guerra en blanco y negro en la televisión. Los días más felices de nuestra vida. Traed a los chicos a casa. Madre está en el jardín echando una cabezadita mientras papá muere en el frente. No necesitamos educación. Ni sarcasmos en la clase. Eres otro ladrillo en el muro. No te sorprendas si el hielo se abre. Madre cuidará a su hijito. No va a a consentir que ninguna guarra se lo arrebate. Papá ha volado sobre el océano dejando sólo una instantánea en el álbum familiar. Hasta el viejo Rey Jorge ha mandado a mamá una nota. Condolencias. Sentidos pésames. Un héroe que no va a regresar a llevar a Pink al parque y columpiarle en las mañanas de sábado del crudo invierno. Adiós, cielo azul. Las bombas reventaron los tímpanos y la esperanza. Maestros de esposas psicópatas. Mamá no te dejará volar, pero podría dejarte cantar. Mamá te tendrá sano y fuerte. Mamá, ya he empezado a construir el muro. Soy una estrella del rock. ¿ Quieres ver la tele ?¿ O conducir por una autopista vacía ? No me dejes ahora. Es uno de mis días malos. No necesito drogas que me calmen. Ni brazos que me rodeen. Adiós, mundo cruel, cielo azul. Inglaterra, mataste a tus hijos en nombre del deber. Los gusanos se comieron su cerebro. No dejaron nada.Todos necesitamos un héroe. ¿ Hay alguien afuera ? Tengo un libro negro con mis poemas dentro. Trece canales de mierda en la tele para poder elegir, pero cuando te llamo no hay nadie en casa. Tengo una cuchara de plata en una cadena. Tengo un deseo urgente de volar, pero no sé dónde.¿ Alguien se acuerda de Vera Lynn ? Traed a los niños a casa. No les dejéis solos. Pink, puedo aliviar tu dolor. Ponerte en marcha otra vez. Dime dónde duele. Tus labios se mueven, pero no oigo lo que dicen. Estoy confortablemente insensible. El espectáculo debe continuar. Papá no va a volver. Nadie te va a dar la mano en el parque. Ya espero los gusanos. El juicio de la madre patria y del Dios justo que todo lo ve y nada perdona. El muro es ya demasiado alto. Algunos niños recogen botellas en la calle. Ladrillos en camiones de juguete. Sueños que no fueron verdad. Secretos contados.

15.11.17

Se cree en Dios porque es la única forma de creer en uno mismo

Está la luz mordiendo un limón y duele la sangre en la cabeza como un enjambre de agujas. 
Una dulce música de cámara, una sin nombre, a la que se presta una atención sin compromiso, aletea torpemente, disimulando su inocencia de cosa volada o de asunto muy pequeño. 
Al aire de este miércoles lo visita Bach. Yo recojo unos libros, abro las ventanas, huelo de pronto a café, siento a lo lejos un vértigo de pájaros, una fiebre de alas, una costumbre de voces que no entiendo. Quizá ellos piensen igual de la música de cámara y anticipen todo lo que viene después. 
Si uno cae en la cuenta de la presencia de los pájaros ya no puede dejar de pensar en ellos. 
Hay que apreciar no solo que existen y encabritan el vuelo y pían fieramente como si el mundo acabase hoy mismo, sino también todo lo que los pájaros traen, todo lo que dicen si prestamos oído, si percibimos el volumen del cielo y la majestuosa caricia del aire mientras lo profanan con su vuelo. 
De haber sido otra cosa, no sé, de haber podido prescindir de ser hombre y de haber podido elegir qué ser, creo que yo hubiese pedido ser pájaro, el tipo de pájaro irrelevante, en cierto modo, el que empeña todo su ardor en batir las alas, en ir de un lado a otro, sobreviviendo, sin otro cometido, sin metafísica.  Habría querido ser pájaro o sombra o viernes por la tarde.
Uno desea ser lo que no es nadie, anhela sólo lo fantástico. De ahí viene la religión, de ahí viene Dios. En cuanto entra en escena la metafísica, vuelan todos los pájaros que llevamos dentro. 
Todos los hombres son teólogos, dejó escrito el poeta, pero todos los hombres son dioses. 
Vamos midiendo los días, contando el espanto, sintiendo el peso del amor venirse un poco abajo, renacer sin que se le espere y caer nuevamente.  Estaría bien sentir menos, no ser tan exigente, pensar al modo en que lo harían los pájaros o los dioses. Con toda la dignidad del pájaro, ir escribiendo la herencia recibida, dejando consignado el aliento. Con toda la hondura de Dios, ir escribiendo el mundo, dejando consignado el pulso, el color y las palabras.
En lo que le ganamos a los pájaros es en la facultad de subordinarlo todo a la memoria o al olvido. Yo creo que tenemos a Dios porque no es posible soportar la idea de que existe un fin. Existen las religiones porque existe la muerte. No hay credo que no la use, ninguno la arrumba, todos lo reclaman para extenderse.
Hay una idea de Dios que está en la luz mordiendo el limón o en la sangre, doliendo en la cabeza.  Se cree en Dios porque la luz vence a las tinieblas, aunque la apariencia sea otra y la sombra prospere y haga su imperio y lo propague. Se cree en Dios porque es la única forma de creer en uno mismo. No el Dios de las Escrituras, no ése, no necesariamente ése. El Dios de la voluntad de cada uno, el espiritual, el providente, el que nos acaricia. Un dios con su interior brusco, con su silencio violento, pero un Dios hecho racimo, volando, volándose. Ese Dios queremos. No altares, no libros en donde se registren los salmos, queremos a Dios como el que desea besar su corazón y dar gracias continuamente de que lata.
Luego sobreviene la tormenta y descree uno, desbarra, cae en la cuenta de que no hace falta que ninguna divinidad nos tutele, ni nos acaricie. Vamos así, en esa zozobra.

14.11.17

Perpetuum mobile / 15 Anotaciones


I / La vida
Da la vida sus previsibles raciones de espanto, la secreta impresión de que se cuida mucho de no excederse más de la cuenta, en no permitir que todo lastimosamente sucumba y se quede ella sin nadie que la conforte. Anuncia fascinación y también asombro, la extraña joya que los días ofrecen a modo de distracción noble y sencilla, y así no pensemos en el desenlace tosco, en su fuga turbia, en el imprudente epílogo. 

II / No somos Baudelaire
No podemos ser sublimes sin interrupción, no somos Baudelaire, no se precisa que lo seamos, no está el aire envarado de luz ni está oscuro ni gris, no hay aire que convenga ahora, no me violenta el día con su causa festiva, no estalla la poesía en mi pecho como un cántico, no he aprendido literaturas germánicas medievales, no he sentido el peso de la revolución en los cereales del desayuno, no he amado un pubis hirsuto de hija de janis joplin, no sé mucho de alquimia, no tengo todas las muertes juntas en un verso pristino, no hay patria, no persiste el amor como una epifanía en la boca del estómago, no hay purcell por las noches cuando nos amamos, no hay swing, no hay flow, no sé declinar los verbos más importantes, no veo la rosa ya rosa de verdad de un modo absoluto y continuo, no me pregunten, no está el tiempo a mi lado, no estuvo nunca, no estuvo ni cuando yo lo sentía, no canta el cantor, no lo escucháis, no está lázaro ni se presiente que acuda, no hay dios, no hay patria, no hay rey, no me vendan la usura, no la quiero, no creo que necesite más que esta canción de pablo milanés de mil novecientos ochenta y siete, no estabas tú, ah cuerpo, en el vértigo ni en la fiebre, no encontré asidero en los palacios, no vi ningún abrigo en el oro, no me ocupé de las palabras, no el largo mirar de las palabras sino el hondo pulso de lo que dicen, he aquí el cometido del poeta, es éste el verdadero latido del cosmos.


III /Festejo
Hay realidades excesivas, incómodas, persianas que ciegan la razón y abruman la tarde . El tiempo custodia gritos. El alma celebra continuas escaramuzas hacia el vértigo de un cuerpo al que joder toda la noche. Siempre es bueno confiar en el blues, me dijo un amigo pasado de bourbon, en su terapia enriquecida de parias atormentados que se han vendido al diablo. Todos nos acabamos vendiendo. Por más que duela, uno se obstina en los mismo vicios. Por más que escueza, nos rompemos la uña arañando la herida.


IV / Adrede
La sordina feliz de la vigilia perfecta. El oro ya perfecto. La luz como un arnés que confirma la estabilidad del engaño.


V / Poema
Nada de esto ha sucedido realmente, coronel Kurtz. El latido rasga el pecho, que abre una sima oscurísima en la que se abisma (alucinada) la voz y lo que la voz tutela. Allí se oyen voces. Profesan el mismo tenebroso culto. Adentro se obligan a un fornicio continuo y alumbran sílabas, campos de fresas para siempre, ríos como un jukebox de los setenta. La luz aspira secretamente a elevar vuelo y contemplar el vértigo fastuoso del aire. Ahí las contemplaciones. Ése es el numen, mi coronel. Dios le ha perdonado todos los crímenes.


VI / Urdimbre
No ves que estoy agotado. El nadador ha braceado la noche entera bajo la luz cinemascope de un flexo delincuente. La caligrafía del agua le adorna el torso, le empuja misteriosamente y el agua, bronca, desaparece en un remolino fabuloso en donde cabe el esplendor y el dolorosamente ya imposible milagro de la resurrección. El problema es que no creemos. Dejamos de creer hace tanto tiempo. Ya no se puede creer. El nadador ha cubierto una distancia de gacela herida, una imprudencia de distancia que concita la épica unánime de todos los rapsodas del mundo.


VII / Perpetuum mobile
Parafraseo a Borges, otra vez: se han precisado espejos, libros de arquitectura, poemas de Kavafis, solos de Chet Baker, islas en el Egeo y ruido de algas en un mapa muy viejo para que mi amor te encontrara y tu pelo viajara por mis dedos por las noches.


VIII / Luz de mi luz
Humbert Humbert en su línea de flotación perfecta. De su aventura equinoccial queda únicamente el Chevrolet, la fuga, el hotel discreto en la carretera secundaria, las sábanas arremolinadas sobre el cuerpo de la más limpia lascivia, el temblor ácido del cuerpo dócil, la niña con incontinencias adultas, el lúbrico peso de la culpa, sobre todo eso, la cremallera pujada sobre el tweed de marca, H.


IX / Retiro
Siempre hay una manera de distanciarse de lo que se apodera de uno, hay una vía de alejamiento, pero lo que duele es que algo de lo evitado, de lo abandonado en la distancia, resida dentro, esté ahí, a resguardo, a la espera de un momento de debilidad, pensando en todos los huecos disponibles. No nos desembarazamos del todo de lo que nos hace daño. De algún modo perverso y obstinado el mal nos puebla. Pensamos que estamos a salvo, pero no es cierto. Al mal, a esa porción que nos ha capturado, lo alimentamos igual que al bien. Andan los dos en alegre comandita, por ahí adentro, en el alma. Nunca sabemos qué es el alma. No hay una información fiable. Todas son huidizas, todas bordean el asunto, todas flaquean. Sabemos muy poco y hasta ese poco que sabemos se antoja en ocasiones irrelevante, baladí, como una nube en una tormenta.

X / Carver, oh Carver
Tengo la certeza de que hay cuentos de Carver que suceden a diario o, contado de otra manera, tengo la certeza de que no hay día en que algo no remita a un cuento de Carver.

XI / Kafka blues
Todos somos hijos de Kafka. No hay criatura en este mundo que no lo sea en algún momento del día. En las pesadillas somos hijos de Lovecraft. En las barras de los bares es Bukowski el padre al que debemos dirigirnos. Cuando leemos vamos soltando unos padres y adoptando otros. Me refiero a la literatura grande, la que se impregna. La otra es una cosa bastarda, un cosa amena que entretiene la llegada de la familia. La idea de un padre puede ser canjeada por la de madre. En los libros, en la vida, son las madres las que abren el camino que luego uno se esmera en recorrer. Al padre se le tiene siempre, pero no merece los mismos agasajos. Lamentablemente uno ha ido mucha literatura masculina. La hay a espuertas, haciendo que la otra no se advierte con la misma grandeza. El mundo editorial - y no solo el editorial - ha sido un mundo de hombres. Falta James Brown adornando lo que digo. Yo siempre fui más de Aretha Franklin. Es curioso que en la música la mujer haya escrito páginas más gloriosas que en otras artes en las que no ha sido preciso su intervención física. Es el público el que valora qué trasciende, qué no. Yo, que soy el público más a mano al que recurrir, tengo la certeza de que no llegaremos al ideal de que no sepamos quién nos emociona, a qué nombre atribuir el placer que se nos está confiando. Si es macho o hembra, si se ha educado mirando el mundo como James Brown o como Aretha Franklin.

XIII / Arte
La única salvación posible está en el arte. Ni siquiera el amor nos salva. El amor es una extensión del arte. Es la belleza la que nos eleva. La miseria del hombre procede de la mediocridad. Es la cultura la que nos salva de la mediocridad. La única salvación posible está en la belleza, en la cultura. El amor es también una forma de cultura. La felicidad consiste en cierto tipo de conciencia sobre la belleza o sobre el amor. Se puede vivir sin estos ingredientes, sin que el amor nos salga al encuentro o lo busquemos nosotros o sin que la cultura, en cualquiera de sus disciplinas o en todas a las que podamos acogernos, sea parte de nosotros mismos, pero no se puede vivir sin la necesidad de belleza. O es un tipo de vida triste. Será entonces, habida cuenta de lo poco prestigiada que está la belleza, un mundo triste el que habitamos. Triste, inculto, feo. 

XIV / Parménides
No sé si es bueno o malo que vayan saliendo las ideas y no las cribe y las registre aquí, sin apenas afinarlas, exentas del mimo que aplico a otras circunstancias de lo mío. De los siete años en los que me ocupo de esta bitácora no ha habido ningún texto del que me haya arrepentido sinceramente. Suelo no leer lo que escribo. Esta indolencia mía hacia lo que se me supone propio hace que siga escribiendo. No me gusta releer lo que escribo. Cuando lo he hecho he pensado que no me pertenece. Por eso no he tenido el valor de hacer textos largos. Porque requieren una madurez. Porque precisan del concurso de la paciencia o del acto de presencia del orden. Será muchas cosas, y es posible que alguna no sea mala del todo, pero no soy ordenado. 

XV / La ballena interior
Moby Dick. Releo de vez en cuando Moby Dick. Ninguna lectura me recuerda a la anterior. Es como si entrara por primera vez. Así debería ser el amor. Una especie de Moby Dick del corazón. Entrar y sentir que nunca ha estado uno en ese sitio. 



12.11.17

Días en que crees que eres George Kaplan



Días en los que te vas a la cama pensando en George Kaplan y sueñas que te bajas de un Greyhound plateado y corres para que una avioneta no te derribe. Luego te despiertas en mitad de la noche, adquieres lentamente la certeza de que eres tú el que tiene sed o el que va al baño y vuelves a la cama con cansancio en las piernas, con la sospecha de que no siempre puedes responder de todas las cosas que haces, ni podrías quitarte de la cabeza que George Kaplan escapa por un maizal y eres tú el que escucha la avioneta a la espalda. Crees (además) que cuando concilies de nuevo el sueño volverás a correr y a sentir que peligra tu vida. Lo bueno, siendo George Kaplan, es que no se te descompone el traje ni se te deshace el peinado mientras huyes.

Viene a ser esto de Kaplan como la rosa de Milton que glosó Borges, pero a 24 fotogramas por segundo.

11.11.17

El mundo cuando yo era John Wayne / Redux






I/ Fundación de la épica
Al principio no fue el verbo ni tampoco la palabra izada en el cielo como un gran sombrero con un conejo dentro. Al principio, en el instante en el que la tierra bramó árboles y montañas, ríos y criaturas, ya estaba John Wayne. Ahí le ven, interrogándose sobre la naturaleza caótica del cosmos, contemplando el triunfo de la luz sobre las tinieblas, esgrimiendo su Colt como único discurso frente al desquicio de las horas. Un John Wayne imberbe, un John Wayne sin curtir todavía, un John Wayne miope y sin montura, fantaseando con la posibilidad de que la calle Jaén sea en realidad Monument Valley y esté John Ford detrás de la cámara registrando el prodigio. Yo era John Wayne en 1.970. Para que alguien sea John Wayne no se precisa conocerlo, ni haber visto un sólo western, ni montado a caballo, ni enfundado un Colt. Luego fui Peter Parker y fui Spiderman. Durante años los tres (Peter, Spidey y yo)  compartimos madre, padre y abuela. Un buen día (no sé si realmente fue bueno, pensado ahora) les dije adiós y no fui nadie en adelante, salvo Emilio Calvo de Mora Villar. Ni mi padre, ni mi madre, ni mi abuela advirtieron mi renuncia, ni apreciaron que yo hubiese decidido sentar cabeza. Más tarde la cabeza se levantó como a veces lo hacen las cabezas. Tampoco se percataron, suele pasar que la familia no está pendiente de las cogitaciones heroicas o superheroicas de sus vástagos. 

II/ Fundación del caos

Si no hubiese conocido a John Wayne o al trepamuros probablemente no habría entrado Kafka en mi vida. Sin Kafka no habría conocido a Musil. Sin Musil jamás hubiese tenido ocasión de penetrar en Benjamin. Ni en Kirkegaard. Tampoco Pessoa o Bukowski. Vestido de John Wayne en la calle Jaén, en Córdoba, hacia 1.970, mi cabeza era una cabeza mansa y protegida de perturbaciones, convencida de estar en el mejor de todos los mundos posibles, ajena al vértigo y a la fiebre del mundo verdadero que bullía (colérico) por ahí afuera. Mi niñez fue siempre fábula de fuentes. Fui el niño miope sin hermanos que recorría el Volga con los ojos cerrados y visitaba los mares del Sur en el rutilante blanco y negro de Raoul Walsh. Ninguno de las cosas que me hicieron vivir después de ser John Wayne guardan relación con ser John Wayne y salir a la calle sin que Kafka te haga caer en la cuenta de que poco a poco, en silencio, inadvertida y fluidamente, el caos va ocupando tu cerebro y el miedo a no volver a ser John Wayne se instala en tu corazón y ya nunca sale. 

III/ Fundación de la rutina

Buscaba ser feliz y me cobijé en un libro. A cierta edad los libros son bálsamos, soluciones farmacológicas, pócimas de una magia antiquísima. No recuerdo haber leído nada en la época en que yo era John Wayne en la calle Jaén, en Córdoba, en 1.970. Faltaban muchos años para que yo encontrase calor en un libro. No sentía frío o lo sentía y no advertía el daño que el frío me estaba produciendo. Cuando uno es feliz y lo es sin dobleces ni oraciones subordinadas, no hace falta engañar al reloj y buscar consuelo en las historias que forjan los otros. Eres tú el que las inventa, tú el que se aventura por el miedo y vuelve lleno de barro y con un cardenal en la rodilla, pero ufano y feliz, convicto de intriga y de asombro, esclavo felicísimo del juguete que es uno mismo. 

IV/ Fundación de la religión

Detrás del disfraz de John Wayne, allá donde uno deja la pistola, la placa del sheriff y el sombrero clásico, ahí, en ese lugar mágico, está Dios. Un Dios al acecho, uno atento a las mareas y a las cosechas, que aturde sólo con nombrarlo y que tutela nuestro lento y ceremonioso ingreso en la sombra. En 1.970, cuando yo era John Wayne, un John Wayne bizco y manso, noble y generoso como casi ningún Wayne de ninguna otra infancia, yo no creía en Dios. Yo creo que nacemos laicos. Los dioses nos los van metiendo como la tabla de multiplicar y la costumbre de saludar cuando se entra en un sitio. Al poco, conforme fui abandonando el paisaje (me lo quité sin saber el precio que habría de pagar por ese sencillo gesto) se me instaló una conciencia macabra de la divinidad. Me fue devorando por dentro, me fue iluminando por dentro, me fue creciendo hacia afuera, cuidando de que mi yo heroico, el yo épico de 1.970, no muriese del todo. Ahí anda quizá todavía. Agazapado. Sale a veces. Tímidamente sale. Se enseña. Dice: mirad, ya no soy John Wayne, soy Emilio Calvo de Mora Villar, soy Bill Evans en el Carnegie Hall, soy Humphrey Bogart con su halcón maltés, soy torpemente Funés el memorioso, soy el niño escondido en un barril lleno de manzanas a salvo de todos los piratas de las librerías. En el fondo, he aquí la biografía de quien siempre quiso quedarse en las páginas de la Marvel, en las historias del Jabato y del Capitán Trueno, en las películas de Errol Flynn en los bosques de Sherwood y en el patio del colegio Fray Albino con Raúl, José Luis, Segura y Lendines. Pero me quité el disfraz de John Wayne y Dios me alistó en su nómina de perplejos y de alucinados.

V/ Fundación de la mística

Del pasado tenemos siempre a mano un relato fantástico. Se tiene la impresión de que podemos merodear la responsabilidad de contar cómo pasaron verdaderamente las cosas, pero es que el tiempo hace que no poseamos ese dominio de la trama. Digamos que todo está ahí, insinuado, convertido en una especie de prontuario fiable de narraciones, pero luego el conjunto no se apresta a transcribirlo. Además tampoco sabríamos restituir esa novela sentimental sin hacer que concurse la fantasía. En un modo extremo, en el caso de que la fantasía condimente en exceso la trama, el pasado sobre el que debemos hablar no difiere de la ficción pura.

VI/ Fundación del después

La fotografía no enseña nada del Emilio que viene después. El que se perdió en las letras y se encontró en las letras. El que enfermó de metáforas y sanó en las metáforas. El que se aprendió la historia del mundo debajo de las barbas del león de la Metro. El que se prendó de la música del idioma de Milton y de la voz de Sinatra en sus discos de la Capitol. Ninguno de esos que luego se presentaron estaba en ése que apunta con su Colt al fotógrafo (mi padre, supongo) sin interés alguno en dañarlo. Como diciendo: te puedo matar, pero la pistola es de juguete. Como aligerando la gravedad del gesto con un mohín parvulario, con una evidencia de lo frágil que en ese edad puede llegar a ser uno. Más tarde la edad hace sus estragos, se cobra sus peajes, nos cuenta: te puedo matar, pero las palabras con las que te amenazo son de juguete. Como aligerando también la gravedad del texto con una posdata frívola, con una de esas golosinas que con frecuencia nos pone en los labios para que, al mordisquearla, al sentir cómo se funde con la saliva y explota en la garganta, apreciemos el gozo de las pequeñas cosas. Se registra lo pequeño. Se guardan las cosas que apenas molestaron. Más tarde es cuando las entendemos. Produce zozobra que seamos el mismo que hace cuarenta y cinco años. Zozobra y perplejidad. No entra en cabeza sensata que algo de aquel yo persista en el yo de ahora. Se deben haber perdido cosas, las que se ganaron debieron ocupar el sitio de las que sobraban. Piensa uno que fue John Wayne y hasta puede que no sea cierto. Cree uno haber sido muchas cosas, pero la realidad es que no fuimos tantas. Quedaron los deseos de ser otros, fueron esos deseos los que persistieron e hicieron que ahora (el ayer no existe, el ahora es leve, el mañana es falso) nos dé por ocupar el tiempo con estas frivolidades de quiénes pudimos ser y durante cuánto tiempo, pero sobre todo, con qué motivo, cuál fue la razón que nos empujó a fascinarnos por los demás y fantasear con la posibilidad de convertirnos en otros, en héroes y en dioses,  El Emilio que vino después siguió siendo hijo y luego fue padre. No se cree nadie que el de la fotografía llegase tan lejos, hiciese todo lo que hizo, escribiese algunos libros, y leyese cientos y cientos de ellos,  viajara a sitios muy lejanos, mantuviese amigos de esa infancia y nos los perdiese (como se suele) por el camino, encontrase el amor y el amor lo encontrase a él o como quiera que pasara o como todavía sigue pasando. No soy yo el de la fotografía, cómo habría de serlo, de qué manera podría entenderse que ese muchacho delgaducho (yo fui muy delgado, yo fui muy delgado, de verdad) viviese todos esos días y durmiese todas esas noches para estar ahora, sábado por la tarde, sentado frente a una pantalla escribiendo como suele, sin saber bien los motivos de la escritura, pero tampoco entiende los motivos para no escribir, de modo que pesa más el deseo de hacerme oír, de contarme las cosas por ver si a fuerza de pensar en ellas acabo por comprenderlas, aunque no tengo confianza en que nada de lo que haya hecho o nada de lo que haga en el futuro zanjará esa incertidumbre que lo mueve todo. Hoy me hizo nuevamente feliz ver la fotografía de 1970 en la que soy John Wayne, y sin tener ni idea de quién era el tal John Wayne, qué cosas. 

10.11.17

Las mujeres en Islandia

En todas las familias hay una intendencia, un motor principal que pone a funcionar los otros. A lo que yo he visto suelen ser las mujeres las que acometen ese desempeño o se arrogan esa responsabilidad y son ellas las que la ejercen. El mundo es un matriarcado vastísimo, que ancla su firmeza y su espíritu en la cuna de los tiempos. A veces pienso que todo es femenino, aunque lo visible sea la proa agresiva y diligente del macho. Es apariencia. En realidad, analizado todo, puntillosamente observado y anotado, subsiste la idea de que el hombre, el que detenta el poder y lo administra para que no se le birle, siempre anduvo a la vera de la madre que lo parió y que se hizo adulto apegado a sus criterios, invariablemente obligado por la sangre, que es la primera brújula fiable de la que disponemos. Luego se desapega y obra como si tal pedagogía no hubiese existido. Se confabula con otros hombres, se crea una urdimbre recia, que se confirma a sí misma y se proyecta con voluntad de eternidad. Porque el error (un error hay)  viene de antiguo y se perpetúa y se enquista además. Consiste en apartar y en rebajar interesadamente a la mujer, en dividir a la humanidad en dos mitades y en hacer que una goce de una posición superior a la de la otra. Lo del feminismo es una etiqueta tal vez útil, quizá productiva, incluso ocupa un lugar en la educación; se encarga de extirpar los estereotipos de género, se preocupa de hacer valer los derechos legítimos, los rebajados o los ninguneados. Trata, en definitiva, de hacer que no sean territorios diferentes los del género, al menos en lo laboral, en lo social, en la balanza de los derechos y de las obligaciones. Después se aprecian las diferencias, cómo no ha de ser así, se advierten con nitidez y el hombre lo es en asuntos que le son enteramente suyos y la mujer obra de idéntica manera en los que les corresponde. Nada anormal en eso, ninguna cosa punible, ni reprochable. En donde se pervierte este sentido primario y claro de las cosas es cuando se profesionaliza, cuando pierde la sensibilidad, cuando actúa a ciegas, cuando se iguala a lo que combate, contra lo que se opone. He visto hombres que censuran la pericia probada de una mujer sólo por serlo, pero también mujeres que actúan de igual manera a la reversa. La brecha salarial, pongo por caso, es asunto nivelado en Islandia desde el mes pasado. Nuevos marcos legales, nuevas tablas de medición. Esa igualación se amplía a la etnia o la nacionalidad. Tiene que haber una ley, una que actúe como rasera, para que las cosas funcionen como deben y no se produzcan desigualdades. Leo que algunas de esas empresas que luego son exigidas por la ley ya iniciaron esa compensación, no siendo obligadas por normativas, sino por voluntad y criterio propio, por sentido común o por sencillo acto de justicia. No sé para cuándo esas leyes en el resto del mundo, no ya aquí en España, que es un paraíso en igualdad de género si se la compara con países árabes o en vías de desarrollo, cada cual sabrá cuáles nombrar y qué atropellos cursan. La Organización Mundial del Trabajo cree que será en setenta años cuando no existan diferencias entre hombres y mujeres o entre negros y blancos o entre etíopes y finlandeses, todos esos años para que desaparezca la brecha y el terreno sea llano y accesible para todos. Malo es que sean las leyes las que obliguen, mejor sería que fuese la voluntad, sin que intermedie el temor a la sanción. Habrá cosas que tarden setenta años en ser cambiados. Otras quizá no cambien nunca. 

9.11.17

El caracol de Kavafis / Una historia de la perseverancia


                                                              Fotografía: Fernando Oliva


Hay palabras que deberían tener más relevancia de la que tienen. Una es perseverancia. Ya no quedan perseverantes, no se les prestigia, no se le da a la perseverancia el bombo de antes, ni siquiera en las escuelas se escucha a los maestros recomendarla, depositar en ella la semilla misma del éxito. Siendo constancia palabra canjeable, no me parece del mismo rango, no posee la firmeza fonética necesaria. Yo creo que el mundo es de los perseverantes. Es de ellos la extensión entera del futuro. Ellos hicieron que avanzáramos y llegáramos al lugar en donde estamos, sea cual sea, que tampoco sabemos si habría otro mejor o el que tenemos basta y conforma. Hubo algún perseverante que no cejó en el empeño hasta que hizo que la llama prendiera para cobijarse del frío y alejar las bestias de la comarca. No sabemos quién fue, no hay un nombre, no se registran a veces, sino que sólo se constata el hecho prodigioso, no la autoría. Otro se obstinó sin que el cansancio le arredrara. No desfalleció, ni perdió la fe en la consecución de su deseo: fue tenaz, le bastó la confianza en su lento desempeño. Confianza es otra palabra hermosa. El que persevera esgrime la confianza, la enarbola, cree que no precisa otro instrumento para la prosecución de su fin. A poco que se fija uno, advierte la trampa del lenguaje: hemos dicho fin, es el fin el que está en la cúspide, cuando se ha logrado el ideal. El fin es el cese brusco de la perseverancia, podríamos pensar. El caracol ha llegado a la cima, no importa el tiempo que le ocupó, no es el tiempo nada de lo que haya preocuparse. De hecho el caracol es un enemigo del tiempo. El tesón que exhibe parece decirnos que no hay prisa. Hay que llegar, debe zanjarse la distancia, pero nadie dirá cuándo comenzó la tarea, ni si hubo flaqueza o decaimiento. Contará la presencia del caracol ahí arriba. Suya es la perseverancia, la tenacidad es suya también. Es posible que más que tenaz sea tozudo. Se acepta ese giro semántico. Pediremos que el camino sea largo, como en el viejo poema de Kavafis, ese tan hermoso en el que te enfrentas al colérico Poseidón y a los cíclopes y les muestras tu alma valiente, la que no conoce el miedo y sólo desea avanzar, conocer lo nuevo, consolidar después su peso en la memoria y llegar a Ítaca, a una de ellas, viejo, sabio, rico en historias y en recuerdos, no habiendo apresurado el viaje, dejando que llegara la vida a su aire, libre y dulce y armónica. El viaje es del que persevera, de quien galopa. Somos jinetes también, invisibles y tercos jinetes hacia el desenlace previsto.