26.3.17

Una teoría del mundo


El cuerpo es una extensión de la realidad, la realidad es una emanación del cuerpo, cuerpo y realidad son una cosa, no se sabe quién precedió a quien, si uno es la madre y el otro es hijo, si cuando cerramos los ojos la realidad lo percibe igual que cuando ella se expresa (cuando se mueve, cuando grita) nosotros también lo percibimos. Todo eso está en los veinte dedos y en las cinco bolas, en la oscuridad que lo cierne todo y en la luz que todo lo impregna.



https://vimeo.com/184028817

25.3.17

Una pequeña historia de la literatura

K. cuenta cómo empezó a enviciarse con los cuentos. No había noche en que no le contaran uno. A veces, el mismo cuento, por falta de cuentos a mano. Lo mejor era (dice) cómo cambiaba conforme iba siendo contado. En uno, la luna era amable y tierna; en el mismo, narrado la noche siguiente, la luna era roja, pendenciera, canalla. En lo que se le contaba había seres terribles con aspecto maléfico y también seres de aspecto bondadoso, pero intenciones oscuras. Nada aseguraba que la historia se repitiese; incluso le molestaba el hecho de que acabara siempre de la misma predecible manera. Prefería la varianza, cierta movilidad de los hechos. Donde el lobo, ahora una oveja. A mí (razono ahora) me sucede algo parecido. No me gusta releer al modo en que lo hacía antes. Ansío material nuevo. Prefiero que el asombro llegue limpio, no manejado, no rehecho. Quiero leer lo que no conozco. Me dolerá no volver a Stevenson o a Kafka o a Amis (ayer acabé la segunda lectura de El libro de Rachel, su novela fundacional y luminosa) o a Borges o a Lovecraft (cuatro de los grandes), pero transigiré, adquiriré la suficiente firmeza como para compensar el vicio antiguo de volver a ellos con el vicio nuevo de ampliar escritores. No he leído tantos, ahora que lo pienso. No sé. Será cosa de hacer una lista y ver cuántos me han acompañado, con cuántos he salido y viajado y gozado y sufrido. Por otro lado, qué necesidad habría de leer una sola línea nueva, a qué dirigir la atención, cuál dejar que penetre, con qué ardor abrazarlo cuando ya hemos sido bendecidos por historias deslumbrantes, iluminados con la más nutritiva de las luces. Así miro a veces con desconfianza los catálogos de novedades, la oferta apetecible, esa lujuria al alcance que supone abrir un libro sin saber qué nos hará. De los libros no se sale indemne. No hay puerta que abrir, por la que salir y enfilar los pasos a otro lugar. Ahora K. me consuela a mí. Vamos los dos hacia adelante. Me pide que no escriba para el blog en el iPhone. Dice que es mala costumbre. Ahora me distrae pensar en que no importa dónde escriba uno. Con tal de escribir. Con tal de no flaquear. Este marzo está flojo en escrituras. Vale cualquier acometida. En cualquier cuaderno.

24.3.17

La persistencia de la memoria



En su acepción más pedestre, la que menos incita a pensamientos profundos o a consideraciones de más enjundia, la felicidad es una especie de alegría mantenida en el tiempo, de la que se puede hablar con la confianza de algo conocido, de lo que poseemos una propiedad o a la que concedemos la máxima de las preocupaciones. Queremos ser felices, nos importuna que exista una evidencia de que en realidad no lo seamos, no deseamos en modo alguno que avancen los años y esa felicidad a la que anhelamos se escape, no se nos impregne, apenas dure su estancia. En cambio, adoramos la alegría. Es una batalla que se gana con más facilidad, no requiere que permanezca y se tiene la idea de que va y viene a su antojo, de modo que su ausencia no preocupa.  Hoy estuve alegre, pienso ahora. Hubo un tramo de la mañana en que sentí esa zozobra gozosa en la que el mundo de pronto cobra un sentido que poco antes no poseía. Las endorfinas, las serotoninas y todos las demás sustancias narcóticas tiraron de oficio. No sabe uno bien los motivos de toda esa felicidad sobrevenida, cree razonar cuáles puedan ser, pero desecha cualquier convicción. Lo que hoy procura placer no lo dio ayer o entra en lo posible que no lo entregue mañana. Hay, sin embargo, cosas que son invariablemente útiles. No existe nada que sostenga esa eficacia, no podemos desmenuzar la emoción, no se la puede compartimentar, convertir en una mercancía sentimental. Hoy bastó con andar unas calles que eran familiares hace unos años. Calles que amé, no se me ocurre pensar otra cosa o rebajar mi filiación con ellas. La memoria hizo el resto. Me condujo al pasado o una parte gloriosa de él. Canceló cualquier asomo de mediocridad y remarcó (sin sutilezas, abruptamente, como cuando irrumpe agua fresca en la garganta y refresca de inmediato) los recuerdos de entonces. No sé si se habrían perdido (como lagrimas en la lluvia) o si ahora, habiéndolos recuperado, cobrarán una pujanza nueva y encontraré matices que tenía enteramente olvidados. Creo que será así. Que vendrán en tropel y los disfrutaré de nuevo. No es nada que sea un privilegio mío, uno que no esté al alcance de cualquiera. Lo que me fascina es la insistencia de esos recuerdos, la forma en que permanecen. Me intriga que ahora sean tan vigorosos y antes, cuando no había recorrido otra vez esas calles, apenas se vislumbraran, no estuvieran, pareciera que nunca hubiesen estado. Siempre se puede volver a esas calles. Traen abrazos, afectos, conversaciones largas, gente que no he vuelto a ver o a la que veo menos, pero que no han desaparecido de mi memoria. Nadie que haya estado desaparece del todo. Puedo provocar el regreso, hacer que dure más de lo que duró ayer (nada apenas), pero no sabré si me volverá a sacudir la satisfacción o volverá la memoria a desempaquetar su (en ocasiones) preciado cargamento. De fondo, sin que sonara, escuchaba a Jimi Hendrix o a B.B. King. Como antaño.

19.3.17

Dios en alta definición / La misa de los domingos



No tengo creencias religiosas, pero sospecho que podría haberlas tenido sin más problema. Ninguna de las historias bíblicas que escuché de pequeño cautivaron mi alma. Ninguna de las que me contaron de mayor me influyó lo más mínimo. Percibo la belleza de las creencias, pero no hubo nunca ese enamoramiento desde el que construir una vida de fe. La distancia que existe entre creer y no hacerlo es muy leve, no tiene consistencia. Igual que el creyente tiene crisis de fe y se cuestiona la naturaleza de su inclinación espiritual, los que no creemos también caemos en limbo en el que Dios aparece y desaparece, nos convida a pensar en su presencia o le excluimos con firmeza. Hay días en que Dios me ocupa más tiempo del que podría esperarse de una persona que se dice incrédula (no me gustan las palabras ateo o agnóstico, no creo que ninguna de ellas se ajuste a mi manera de entender todos estos sucesos trascendentes). Otros, sin embargo, echo atrás o me vengo arriba, según se mire, y me agrada ese descreimiento mío. Me siento bien (por decirlo de alguna forma) en las dos orillas de este imaginario río de las creencias. Lo que no veo es el daño que hace poner una misa en el segundo canal de la televisión pública. No es nada que hiera a quien no tiene la voluntad de entrar en el templo y dejarse impregnar por la liturgia del párroco o el que desee pulsar un botón de su mando en lugar de otro. Además, en estos tiempos modernos, escuchar una misa por la radio no tiene la vistosidad de verla por televisión. Ser laicos (en mi opinión) no tiene nada que ver con ser hostil. La tendencia reciente consiste en zarandearnos los unos a los otros, en buscar qué nos separa y enarbolarlo fieramente, como si el mundo entero (con lo revuelto que está y la de tiempo que precisa su ensamblaje) girara en torno a la decisión de unos de sentarse en el salón de su casa y, en lugar de ver las reediciones de los programas bastardos de las noches, seguir las enseñanzas de las Escrituras. En el instante en que unos escuchan la lectura del Santo Evangelio según San Juan, otros cancanean por el pueblo, buscando donde hocicar el morro y meterse la primera cerveza de la mañana o leen El capital del barbudo Marx o mandan chistes por whatsapp o adecentan su casa para que esté presentable hasta el domingo siguiente. Lo que hace una parte de la gente cuando la otra se le pone levantisca  es afianzarse en sus credos, nunca mejor dicho. De ahí que la misa de marras, la de La 2 de TVE, haya conseguido cotas de audiencia inéditas. En la adversidad,  gana siempre el débil. Es el que recibe la puya quien se granjea la adhesión del graderío, quien confirma con más vehemencia su orientación o su aplauso. La diatriba de la misa televisada de los domingos es una pequeña maniobra de distracción, una de tantas. Cuando el demonio no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Tampoco es cosa de demonizar (por seguir con el símil diabólico) a los ocurrentes ideólogos de las hordas paganas. Se pierde a veces una visión en perspectiva y no se afina en las prioridades, en poner lo importante al frente y dejar lo secundario, lo que no es primordial, en la reserva, por si un día, una vez despejado el horizonte, se puede acometer.

Los poderes públicos tienen la exigencia de la neutralidad, que no quiere decir el apartamiento. De hecho se siguen sacando los pasos en las calles en Semana Santa y la ciudad entera (los que devotamente los siguen y los que no) se mueve con ellos. Imagino que la fobia hacia lo cristiano (que irrita con razón al que profesa esa fe), llevada al extremo, borrará una parte de la Historia, y no necesariamente limpia ni luminosa, porque la Iglesia, la que detenta el mensaje de Cristo, es una organización falible (como cualquiera o más dolorosamente ésta si concurre en su juicio la voluntad de bondad que la anima) y una parte de esa Historia está emborronada (o enfangada o entenebrecida) por su roce. Si nos obstinamos en esta pequeña guerra fría entre cristianos (o musulmanes o judíos o budistas) y descreídos, terminaremos apartándonos unos de otros, confundidos entre el afecto que nos profesamos y las ideas que tenemos. La libertad religiosa es un hecho fundamental en el progreso de las sociedades. Lo contrario, la batalla campal entre estandartes y tronos, ha llevado al mundo con frecuencia al desorden y a la sangre. No son los dioses los que alientan las guerras, no pueden serlo de ninguna manera. Es el hombre, el que los adora, el que se inclina y los busca en la oscuridad para que lo guíen. A Dios (imagino) le parecerá un desatino esta costumbre nuestra de darnos de palos en su nombre. Las guerras no acabarán nunca. Da igual qué dioses las crucen o se aparten. Siguenpasando, si uno aprecia con detalle lo que le van informando. Es un problema irrelevante lo de las misas dominicales en televisión. Mi abuela las vería, si estuviera por aquí. No sé si acudir a la ternura de que los mayores y los impedidos, que otra parte también pagan religiosamente sus tributos al apóstol Cristobal , dependen de esa hora de los domingos por la mañana para estar en paz con Dios y con su alma. Cada uno hace esas cosas a su modo. Algunos recitan sus oraciones y se persignan. Otros buscamos encontrar nuestro lugar en el mundo con otros instrumentos. El final de la historia es que, cuando conciliemos el bendito sueño, estemos en armonía con nosotros mismos y no hayamos hecho daño a nadie y sintamos agradecimiento por estar en el mundo. Tenga la culpa de eso el que la tenga. Lo que sea. No está la cosa a esta hora de la tarde para meterse en honduras de más fuste. El principio de concordia sobre el que se levanta la sociedad no puede desanudar los hilos de las religiones. No debe desmontar esa cohesión que las creencias conforman y hacen que el pueblo se eche a la calle y sea devoto de sus santos y les llore o les ría como se le antoje.

Caso distinto, ah la diferencia sobrevenida, es que la iglesia católica arremeta como a veces hace contra los que no piensan a su muy respetable manera, no vea enemigos por doquier, no se sienta la víctima de los tiempos, salvo que de verdad lo sea y haya pruebas fehacientes que lo confirmen, pero no es eso lo aquí hoy retratad: es lo de las eucaristías cristianas en televisión. Que también hay espacios religiosos para otras confesiones (evangélicos, musulmanes, judíos...) Todavía no ha salido el tema capital de esta conversación entre lo divino y lo humano, que luego se catapulta a la calle: la presencia de la asignatura de Religión en la escuela pública. En breve, cuando la circunstancia lo precise, se pondrá en circulación (se visibilizará, dicen ahora los modernos) la extracción a la francesa de la materia religiosa de las aulas. A falta de que ese incendio invisible (pero ardiente) prorrumpa en la sociedad, nos quedamos con estas menudencias mediáticas. Para que no se extinga  la llama y siempre se pueda avivar a beneficio de ociosos o de agitadores. Lo mejor es no entrar donde no se desea o no irritarse por lo que no nos atañe. Hay ocasiones en que esa coherencia cívica sobre la que reposa el respeto a lo ajeno y la tolerancia por lo diferente se envalentona, se irrita también y volvemos a donde ya estuvimos antes, a ese lugar del que (al parecer) todavía no hemos salido, el de evitar la confrontación por todos los medios, el de no inventar un problema para ejercitar la mente (aburrida a veces) en busca de una solución. Que un periódico de tirada nacional (el ABC hoy) dedique su portada completa a mostrar qué personajes públicos van a misa (no tiene más importancia) tampoco informa del país en que vivimos. No es ése, no es el de yo voy a misa, yo no voy, pero ya se sabe que, si no es un autobús en las calles con un mensaje controvertido (se hacen oír, pero no es un texto constructivo el que mostraban, por cierto), es una declaración machista de un obispo o una virgen investida como hija predilecta de algún pueblo de la España Profunda. A veces el creyente no tiene culpa de estos dislates, desde luego que no. Bastante tiene con intentar no errar en el camino y escuchar con el corazón limpio las historias que una vez decidió harían de su vida una mejor.

16.3.17

Cocodrilo blues

Historia natural
Dormir frente al televisor mientras la paciencia del cocodrilo organiza un festín de antílopes distraídos. La ceremonia de adiestrar el cuerpo para que el sofá lo reciba como un hijo con el sueño tamborileando en tu cabeza y National Geographic bombardeando imágenes impactantes de la salvaje vida animal. La sensación de que el mundo se detiene en la dentellada brutal del cocodrilo. Crees escuchar después, en sueños, la carne rota, los huesos fracturándose. Notar cómo la realidad, el cocodrilo abriendo en dos al antílope, se adhiere fieramente al sueño, pero son sueños frágiles, de una fragilidad conmovedora, sueños en los que no hay tiempo para que la trama invisible ni siquiera pueda cerrarse. Queda pues abierta, sin adquirir el rango de obra acabada. Los sueños no terminan nunca. No sabemos si luego se buscan, si el sueño de media tarde en el sillón se activa en la noche, incorporándose al sueño recién adquirido, si es posible que hasta lo borre y tome el mando y haga lo que se le antoje. No sabemos nada de estas cosas. La realidad tampoco es discernible. La realidad no termina nunca. Las tardes de un par de miércoles al mes son del cocodrílo y mías. ¿Soñarán los cocodrilos con ovejas eléctricas?



La muerte de la novela
Uno al que se le supone cierto conocimiento de lo que hablo refiere que las novelas son aburridas. Imagino que se refieren a novelas que él ha leído recientemente o que leyó en el pasado y de las que guardo ese recuerdo. La novela ha dejado de pasearse por el cementerio, ya no se la da por muerta: ahora está en la convalecencia, en el aburrimiento, en un balneario gris de un cantón suizo, en una tarde de domingo en la que no sucede nada, pero incluso no sucediendo nada, cuando parece que no se mueve la maquinaria de la trama, pasan cosas, pasa la vida con su aburrimiento incluido en el pack. Porque la vida, en ocasiones, aburre, y la novela solo transvasa lo que observa a su interior. La novela no es aburrida, las novelas no son aburridas. Y si lo fueran, caso de que llevase el buen hombre, la razón que cree asistirle, serían formidables también. Novelas aburridas para una vida aburrida. Pronto habrá un patrocinador triste y apesadumbrado que invierta en el gris como color favorito de las estanterías.


Bipolar 
No hay día en que no tenga uno esa bipolaridad dulce de querer ser un irresponsable y, al mismo tiempo, querer poner la mejor sonrisa y pisar el día con el entusiasmo más completo. No sé en qué momento vence una de las dos, y a veces no sé cuál de las dos vence. Los momentos en que la cabeza no funciona como se espera y la voluntad prefiere el caos son los momentos propicios para la creación literaria. En los días mansos, en los buenos, en todos esos días en los que no hay quemazón dentro, no escribo, pero siempre llega el vértigo, acude juntamente con la fiebre; ahí están los dos, mirando cómo intentas zafarte de ellos con las manos, con gestos grandilocuentes, con frases que has estado ensayando para que convenzan a la primera, sin extensiones sintácticas indeseables. No te zafas, no hay posibilidad de que el maelstrom no te engulla. Y entonces escribes. Escribir es un maelstrom.





13.3.17

Matrimonio del cielo y del infierno





A poco que indague uno, sin entrar en honduras, descubre que no hay religión en la que no estés condenado a vagar una eternidad por el infierno. No sé si merece la pena buscar la que menos te penalice o la que te aplique un correctivo más benigno. Lo de la eternidad no me acaba tampoco de cuadrar mucho. No hay vida con la que se pueda trasegar sin que exista un fin en el horizonte. Una de las funciones del sueño es precisamente ésa: la de cancelar la realidad, la de encapsularnos durante unas horas para que podamos reponer el brío que se ha ido vaciando durante el día. Hay noches en que, a poco de caer en el bendito sueño, piensas en lo bueno y en lo malo que hubo durante ese día, en la manera en que hemos acometido las obras con las que seremos vistos, con las que los que nos medirán. Quizá la conciencia sea el infierno. Debe estar ahí, cosida a los pensamientos, embutida en ellos, convertida en una extensión fiable de las palabras que decimos y de las que callamos, de los gestos que hacemos y los que censuramos.  El infierno es siempre uno mismo. También el cielo. Toda esa propiedad mística de las bendiciones y de los pecados es sólo literatura fantástica. Anoche leía a William Blake. No he podido evitar dejar escrito aquí una brizna de ese influjo. El lunes no ha sido el infierno tan temido. No obstante, en uno de sus tramos, he percibido el influjo de Blake. Escribió, por ejemplo, que no esperes veneno del agua estancada. También que a la atareada abeja no le queda tiempo para la pesadumbre. Ahí esta la abeja, en su dulce molicie, en la ajena propiedad de la ignorancia. Ni siquiera sabe que existen los fines de semana. A mi amigo Antonio le dejo una frase que solíamos dejar caer en los bares cuando la cabeza anunciaba los quebrantos habituales: el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría. De eso hace pronto treinta años. Hay bares a los que hemos vuelto. Algunos han cerrado. Ahora, en esos locales, dispensan medicamentos o venden tabaco o te convencen para que te afilies a un sindicato o escuches a uno de los dioses de las últimas tierras conquistadas por el Mayflower. Todo viene a ser lo mismo.

9.3.17

Hoy me duele Kim Novak


La pértiga describe la locuacidad del ojo.

  ***

El poeta es el cartógrafo del alma.

  ***

El teólogo es un novelista del aire. Todos los feligreses son, en el fondo, teólogos novatos. Dios es el crononauta favorito de todos los novelistas de ciencia-ficción. A Dios se le reserva siempre el papel principal de todas las tramas cósmicas.

  ***

El escritor siempre fornica con su prosa.

 ***

El lector es un voyeur. No hay actividad más privada que leer. Ninguna.

  ***

El náufrago escribe monólogos de alga.

  ***

La fatalidad carece de efemérides.

  ***

El azar escribe renglones torcidos para lectores perezosos. La fortuna es el numen.

  ***

Lo dijo Shakespeare o su negro: desconfía el viejo del joven porque ya lo fue.

  ***

El pecador es el que oye que alguien le acusa de sus pecados. El que delinque es laico; el que peca, no.

  ***

Cioran gemía, tumbado en su sofá, esperando que los lamentos le abriesen los poros y le entrara a tropel el conocimiento. Yo quiero ser CioranNo ejercer ningún oficio. Ser un dios de mi pereza. Quiero ser un Ciorán del siglo XXI. Con tweets y whattsaps. Con Spotify y con mi editor de blog. Un Cioran meno drástico, en todo caso. Uno que posea un sentido muy refinado del drama.

  ***

Kim Novak apareció anoche en un tramo irrelevante de un sueño mío muy huidizo. Hoy me duele Kim Novak en los ojos y tengo la mirada como perdida y la cabeza a ratos me descabalga de la realidad y me empuja, alucinada, al sueño que no retuve. Me duele Hitchcock a la altura de todas sus rubias.

  ***

Todos estos años de cómplice matrimonio con el aire y cuesta todavía meterlo entero en el pecho y sentirlo estallar dentro. 

  ***

Puede suceder que en unos años la vida vaya en serio y tengamos que armarnos finalmente de valor para andar con firmeza. Cómo echo de menos que Gil de Biedma, en estos tiempos de zozobra y de vértigo, nos contase qué pasa. Hace falta que nos lo cuenten bien, en todo caso.

  ***

Lo peor es perder tan miserablemente el tiempo y acabar descubriendo que hemos gastado los años y todavía nadie nos haya dicho qué bien planchada llevas el alma. El alma no hay quién la entienda. Hay que echarla a los perros. Que se la coman entera.

  ***

A veces vivir conduce a irnos queriendo mucho, a entender los retos, a domiciliar en la memoria piezas de un sueño, historias recientes de amores imposibles y de pasiones evitables, desmayos a última hora de la tarde frente a un disco de Sarah Vaughan, besos muy logrados tras años de fatigado oficio. Me quiero mucho.

  ***

Todo el amor que yo puedo sentir cabe en un verso de Pessoa, pero no de los tristes, no de los que te hunden, no de todos esos versos de Pessoa que huelen a papel antiguo.

  ***

En verdad fuimos hermosos, pero la belleza ya no es útil. No sabemos qué es útil. La belleza, a veces, no basta.

  ***

Ha llegado la hora mineral, la gran hora sin maquinaria que somete el azar a un pulso siniestro, que comete imprudencias del tamaño de un corazón sin amarre, que escribe convulsos versos de amor con menuda caligrafía de principiante. Ha llegado el corazón más humano a conveniencia del que escribe, varado en la trágica evidencia de estar perdiendo la inspiración a medida que se acaba la batería del portátil. Ha llegado la hora de escribir las grandes palabras. Creemos que las grandes palabras están en las obras de la religión, pero hay grandes palabras en los juegos de los niños, en las canciones de pop más livianas, en lo que decimos cuando alguien nos saluda o nos pide que le confiemos un secreto.

  ***

Donde la noche nos habita. donde las palabras declinan oscuros favores y erigen inmensos páramos, lugares para el abandono, jardínes que sólo holla el viento. Los poemas de los quince años vuelven. Están aquí. Me están mirando. De éste no hay ni siquiera un título. Sería incapaz de escribir uno ahora. No lo considero ni mío. Ni esto que escribo, una vez lo termino y el editor lo registra, me pertenece siquiera. Toda la literatura es anónima. El que la escribe, al leerla, la cree ajena.

  ***

Me encanta buscar en el diccionario el léxico de mi fracaso. Páginas enteras. Palabras mías. Historias que no imagino en otros.

  ***

Afuera todo se abisma y concluye. La fragilidad de las cosas. La posición de los astros. El peso de la cordura.

  ***

Triste andamiaje de los años, travesía sin término, espejo inocente, la herrumbre secreta, el insomnio tan urdido. Me duele el pecho. Se me abomba el pecho. Parezco John Hurt en el Nostromo.

  **

Los años ocultan siempre la verdad. Algunos la ocultan con más oficio. Otros no se manejan en estas frivolidades y se advierte la siniestra trama en los meses bisiestos.

  ***

Bien está contar con un biógrafo propio, uno que constate el vértigo de haber vivido, uno que argumente la miseria y la gloria y dé crédito a los placeres depositados como memoria festiva, en su costra. Óxido en júbilo. Unos versos de Leopoldo Panero (otra vez) anoche. Es la primera vez que lo leo sabiendo que no está. Nunca me ha pasado con Garcilaso de la Vega, con Kafka, con mi buen Borges. No sé a qué este desvarío mío. Con qué propósito mi delirio lo urde.



2.3.17

Los días

Días en que uno vive la vida de la que habla y días que no nos corresponden y con los que tenemos un trato distante, al modo en que se producen las tramas de las novelas o de las películas, como si todo fuese ajeno y en esa dimensión sucediese y no nos incumbiese en absoluto. 

Días precisos como una sílaba tónica, días suizos, días con colmo de aritmética, que nos cuestionan la lírica de las cosas y se incrustan como una enfermedad y nos hacen flaquear y caernos. 

Días Kierkegaard, días con absoluta indiferencia a la intimidad, bruscos, llenos de palabras que conocemos por separado pero que no sabemos manejar si se juntan y nos hablan.

Días mansos. Yo adoro los días mansos. Días en que no ocurre nada. Blancos, los días. De una blancura que intimida.

Días Hal 9000, días Kubrick en vena, días para contar secretos, días que merecen un aparte, donde cuanto sucede es una cosa extraordinaria, días de máquinas más complejas que uno mismo, ante las que palidecemos y nos postramos, como si fuesen dioses.

Días de tres bourbons a última hora de la noche, escuchando Chet Baker, desplazando el miedo a que algo malo suceda mañana por la sensación muy plácida de que el amor nos visitará más tarde y nos hará dormirnos muy cansados, felices, inocentes, blasfemos y puros.

Días para entenderse uno, días sólo para entenderse uno, días que acaban con la evidencia de que sabemos quiénes somos un poco más.

Días de vértigo y de fiebre.

Días como un disco duro al que hemos ido echando cuanto no sabíamos qué uso dar, días de una consistencia inútil.

Días perdidos, días huecos, días grises, días sin que nada verdaderamente hermoso nos visite.

Días de andar por casa con el corazón muy abierto.

Días que parecen muchos días, días con colmo de bondad en las palabras que escuchas y en las que dices, días de una semántica dulce como una lengua en el centro de vaso ancho de whisky lleno hasta de arriba de mermelada.

Días con la sensación de que algo extraordinario está a punto de suceder.

Días sin Dios, días en los que sueñas con Dios, días en los que Dios te visita y te cuenta de qué va la trama celeste y todo eso, pero luego no eres capaz de contarlo,

Días Frank Zappa en el iPod por la periferia del pueblo, a paso rápido, quemando algoritmos y frases de alambique poderoso y sustancia insulsa.

Días como un pen de sesenta y cuatro gigas lleno de valses vieneses.

Días que parecen un gospel, días que parecen un foxtrot.

Días donde ves la cara oculta de la luna.

Días sin entrar en facebook, ni mirar whatsapp, ni escribir en cien caracteres lo bien que estuviste ayer o lo bien que crees que vas a estar mañana.

Días de bebop, días de swing, días de cool jazz, días de grandes bandas, días sincopados.




28.2.17

Error

Hoy K. ha tenido una ocurrencia que no es nueva: uno cae a veces porque quiere, por levantarse, por ver el cielo desde abajo, por perder una dimensión, por hacer que nos miren y les de por mirar a otros cuando se cansen de ver que hemos caído, cuando ya no tengan nada más que ver porque ya lo han visto todo. Hay quien cree que caer es lo peor que puede sucederte o que detrás de haber caído no hay nada más. Como si fuese un maelstron, un abismo, una tarjeta black que de pronto ha aparecido en tu bolsillo. A la gente le gusta verte caer. No porque ellos no hayan caído, sino precisamente por eso, por ver que no son los únicos y hay otros que hincan la rodilla igual o en peor postura que ellos. Uno se cae porque cansa estar de pie. Se cae porque de vez en cuando es bueno retirarse, no proseguir, dar por terminado el camino, aunque sea por empezar otra vez o por andar algún camino nuevo. En poesía, en la construcción de un poema, todo es caer, todo es ir acercándose y retirándose, buscando y errando, hasta que das con el adjetivo perfecto. Has estado la mañana entera buscando un adjetivo y no hay nada mejor en el mundo que dar con él y verlo en tus manos, como una criatura desamparada a la que das cobijo y con la que entablas una especie de idilio semántico. Los desórdenes más difíciles de corregir son los de índole semántica. Hay días en los que buscas una palabra y te acuestas sin que haya aparecido. También los días en los que sobrevienen las palabras, las que buscas y las que se precipitan sobre ti, sin que las haya llamado. Son las palabras las que nos salvan. Cuando caes son las palabras las que te hacen izarte. La idea de que puedas equivocarte en algo en lo que tengas un empeño especial hace que lo hagas con más oficio. Es bueno salir a la calle intrigado por lo que pasa. No saber nada de la trama que está por venir. No poseer ninguna propiedad fiable de la realidad cerniente. Cuanto más sabes, más aburrida es la vida. Hay días en los que lo sabes todo y te acuestas sin nada que contarte a ti mismo antes de conciliar el bendito sueño. En cambio, hay días formidables, viajes que van de un error a otro hasta que ves que nadie mira en qué has marrado y te permites equivocarte con más entereza. Como si fuese parte de ti y te hubieses esmerado en hacerlo mejor cada vez. Después se ha despedido. Ha dicho adiós. Hay veces en que hace estas visitas. Como queriendo hacerse ver. A mí me da también por convidarme a verlo.

Hacer un warrenbeatty


No sabe uno bien las cosas, no tiene la propiedad de su buen uso, pero deja que lo ocupen y trasiega con ellas lo mejor que puede. Hoy me levanté pensando en el error, en la idea primaria del error, en cómo nos equivocamos, en la manera en que uno no hace lo que se espera que haga o incluso en la posibilidad de que el error no tenga esa mala prensa y tenga sus adeptos. No he visto tal cosa. Digo un club de gente que ha fracasado en algo o algo así. Cosa de ese pensamiento de primera hora de la mañana, al sentarme ahora y poner la contraseña en el ordenador he pulsado las teclas equivocadas. Hace que no me pasa. Luego he puesto el lavavajillas y le he dado a un programa que no convenía. Quizá la culpa la tenga Warren Beatty y el marrón del papel del Óscar a la mejor película de la noche del domingo, pero ha sido un error productivo. Todos lo son. Basta meter la pata para que la noticia se difunda con rapidez. El trabajo bien hecho (que Warren Beatty o Faye Dunaway, la pobre, hubiesen leído como Dios manda la tarjeta) no es noticia nunca. Andamos pendiente de que alguien cometa un desliz. Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa, que ni yo mismo me entiendo, cantaba Aute. La creatividad nace del error y de la sustitución del error. Los mediocres no se equivocan nunca. Ahora voy a ver si preparo unas cosas para el trabajo sin que me tiemble el pulso o se me vaya el santo al cielo y haga un warrenbeatty.