24.8.16

El que piensa, pierde





Que no, que no es cara, nunca es cara. Incluso siéndolo, en cierto modo, no puedo aceptar que digan que es cara. Porque a veces es cara, claro que sí, muy cara en ocasiones, pero al final resulta barata. Todo es ponerse a echar cuentas, a pensar un poco. Por cara que sea, la cultura sale bien de precio. Un disco de Britten despachado en diez euros, piezas dirigidas por el propio autor. El otro vi en una gran superficie una caja de tres compactos de Bill Evans en París. Doce euros, de verdad. Barata. Cuatro euros el compacto y un libreto interior con fotografías. Sé eso porque lo tengo en casa. A mí me costó más, pero nunca he pensado en eso. Más cuentas: con un euro tienes 10 minutos de Bill Evans. Yo tardo en tomarme un café en un bar esos diez minutos. Un poco más si hay conversación y puedo echar un cigarrillo mientras lo consumo. Con la literatura pasa lo mismo. ¿A cuánto sale el minuto de Javier Marías en Así empezó lo malo? Sale a tres céntimos la página. Acepto quien no convenga conmigo este razonamiento estrictamente económico. A lo que he visto, no dejo de comprobar que quien no escatima gasto en librerías, cines o tiendas de música, por no decir museos, catedrales o conciertos, es más feliz y exhibe esa felicidad de un modo más apreciable que quien no ha hecho ninguna de esas cosas y, pudiendo, teniendo con qué pagar, no ha pisado una librería, un cine o una pinacoteca. Lo que duele es que, aun barato, no lo sea más. Porque hay quien no puede gastar tres céntimos en Marías o cinco en Nabokov. Gente que privilegia otros asuntos que probablemente desbanquen a la cultura en ese concepto difuso llamado primera necesidad. ¿Lo es leer a diario? ¿Es posible que algún día las librerías sean de verdad lugares rentables? ¿Lo son las tiendas de discos o los videoclubs o los museos? ¿Es caro el cine? ¿Por qué lo abaratan una vez al año en la muy publicitada Fiesta del Cine, ven que funciona de maravilla y luego vuelvan a poner los precios que suelen? Quizá ahí dé mi brazo a torcer y sostenga que ir al cine es caro. A lo mejor resulta que los 6 céntimos el minuto (por ahí puede ir la cosa) no induce a volver. O el regreso es al mes. No hay gobierno que le ponga el cascabel al gato del IVA. La cultura no puede difundirse si hay lucro con ella. La rentabilidad de la cultura, el lugar en donde confluyen arte y negocio, inteligencia y mercado, belleza y caja registradora, es uno de los asuntos a los que el ejecutivo de turno (nosotros llevamos el tiempo suficiente sin gobierno como para dudar de que a este paso lo haya en alguna ocasión) debería dedicarle tiempo. Quizá un pueblo más culto, más leído, de más querencia por la ópera o por el ballet o por el teatro griego, por pensar en algo, sea también un pueblo más sensible, con mayor inclinación a la responsabilidad y a la eficacia, al placer de dejarse fascinar por todo lo que la cultura ofrece. Nos conformamos con ser entretenidos: hay quien se esmera en que ese entretenimiento de baja gama (Telecinco me viene a la cabeza)  impida que deseemos indagar y acceder a contenidos de más fuste. Cuánto más ve uno bazofia, más la anhela. La solución no está en las cadenas privadas: hacen bien en ofrecer los productos de éxito asegurado, los que no precisan una formación intelectual (o moral) alta. Gastar dinero en cultura es una inversión. Lo es en muchos sentidos. Me moriré sin ver a nuestra bendita televisión (da igual el canal) ofreciendo cine en versión original, convenientemente subtitulado. Pequeños pasos. Logros no inmediatos. Pero vamos deprisa. Es la velocidad la que hace caja. La lentitud no es rentable. El que piensa, como decían Les Luthiers, pierde. 


20.8.16

Las bombas invisibles

La ficción tiene la bendita facultad de legitimar cualquiera de sus tramas, por distópica o por poco o nada concebible que sea. En su reverso, el tenebroso, posee también otra facultad: la de hacernos insensibles, la de no caer en la cuenta de la crueldad que a veces exhibe. Se empieza de joven y se pule uno conforme gana en edad. Esa asepsia moral, esa especie de anestesia ante el mal cobra cada día más adeptos. Vemos el terror en televisión, asistimos a la ceremonia cruenta de la sangre, pero es casi siempre la sangre ajena, la de los demás, no la nuestra, la sangre del terruño, la del vecino al que saludamos por la mañana. Informan de catástrofes con la coletilla de que no hubo españoles siniestrados. Se nos vende así una idea deformada de nación. Es una visión sesgada, deformada en su base. Los muertos de otros países (piense cuáles) no pesan igual que los muertos de casa o de la casa del vecino. Esa idea de vecindad, de territorio afín, es coherente, pero a veces, si se estira mucho, chirría. Si cae la bomba, cierro los ojos y deseo con todo mi alma que la onda expansiva no se vea en el cielo que me cubre. Hay bombas invisibles. Suenan igual en la realidad (la de esos países lejanísimos) que en la literatura. Se empieza aniquilando enemigos en los videojuegos o viendo cómo mueren las tropas enemigas en las cintas bélicas y luego se ve con normalidad la aniquilación de verdad, la de las guerras cercanas o las de las antípodas culturales. Me imagino que la muerte, considerada como un recurso literario o teológico o pictórico, será siempre un referente cultural, pero habría que enseñar cómo comprender su influencia. En las películas de Hitchcock siempre hay gente que muere, pero el maestro del suspense era único a la hora de vendernos ese ingrediente fundamental de la trama. Fascina (pienso ahora) el mal, el mal como protagonista disfrutable. Sólo hay que pensar en Patricia Highsmith o en Howard Philips Lovecraft o en las enormes tragedias griegas. Nuestra civilización bebe de esa fuente y ha crecido alrededor de su explotación. De entrada, no hay religión que no la use como cebo para sus adeptos. Lo que todavía no se ha conseguido es que haya una especie de consenso general para que no se fomente esa fascinación. Me temo que no sea posible ese consenso. El mal siempre hace que los ratones se alegren de que el gato cace ratones lejos de casa.

Ganar al perder incluso


Como Borges, en su poema Los justos, soy de los que prefieren que otros lleven razón. Admito que valoro más la comodidad de escuchar los argumentos ajenos y complacerme con su valía que enfrascarme fieramente en la defensa a ultranza de alguno mío. En todo caso, seguro que esos que esgrimo no son enteramente de mi propiedad y provienen de mancomunar otros, de hacer una especie de grumo intelectual con todos ellos y ver si sale algo que pueda, en puridad, reconocer como personal, trabado por mí, sin la injerencia de nada externo. En todo caso, admitiría que mi disfrute sería enorme si la razón que yo conformara fuese absolutamente original, no contaminada por ninguna anterior, expuesta sin la sensación de que se está uno aprovechando de la inteligencia o de la ocurrencia o del talento al que otros recurrieron para formularla.
Las veces en que, al discutir algo, he notado que mi visión era la valiosa, la que triunfaba, no he disfrutado más que cuando, bien al contrario, notaba que mi adversario, por decirlo de algún modo, restituía con más ardor la supremacía de las suyas. No me afecta aceptar esa derrota, ni felicitar a quien la ha causado. Como no me creo idiota del todo (hay ratos en que descompongo esa afirmación de un modo cierto y cabal) reconozco que también paladeo el placer de que se me reconozca mi autoridad en alguna materia. No me niego a esa dulzura emocional, privada siempre, en la que los otros me agasajan de alguna manera, haciéndome ver lo oportuno de mis razonamientos o lo coherente de mi postura.
El problema de este mundo o, a mi entender, uno de los que lo acucian, es esa incapacidad de aceptar que otros son mejores que nosotros. Cuesta (a veces cuesta muchísimo incluso) el hecho sencillo y noble de hacer ver esa realidad a quien la ha creado. Por eso es bueno que figuras como la de Rafa Nadal se promuevan entre la gente joven. Se consigue que exista una visión menos demoledora de la propia persona. Si logramos hacer creer a los jóvenes de que no son particularmente especiales, sino que todos los somos o que nadie, en cierto modo, lo es, habremos subido un escalón formidable para crear una sociedad más igualitaria, una en la que se privilegie el éxito común y no la gesta individual. Reconoceríamos la posibilidad de que un vecino crea en Dios y vaya a misa sin que ese opción debilite mi absoluto descreimiento en la divinidad y en los ejercicios espirituales que la fortalecen. Nos daría lo mismo que nuestro equipo pierda en la competición deportiva en la que se inscriba y daríamos por bueno que el equipo al que no le tengo excesivas simpatías venza. Quizá lo que importe no sea el nombre de quien gane, sino la belleza o la existencia misma del juego.
No es preferir, a ciegas, que el otro lleve razón, pero tal vez sí sea no incomodarse porque eso sea cierto. No es no esforzarse por adquirir ideas propias y batallar con interés por hacerlas valer, sino avanzar y adquirir otras nuevas (o las mismas, remozadas) cuando la evidencia (o la mixtura de muchas evidencias) nos muestra que estábamos equivocados o que nuestra fortaleza es menor que la hubiésemos deseado y, por supuesto, menor que la contraria, la que en ese momento (tal vez no en otro) ha batido a la nuestra. De esa obcecación en ocasiones cerril proviene la situación política en la que andamos, no me cabe duda. Proviene de la defensa a ultranza de unos ideales (los de unos y también los de los otros) por encima de la bondad de esa defensa. Ver que nuestros políticos no se ponen de acuerdo, por más que se les exija, por mucho que España se zarandee y amenace con colapsarse o yo qué sé horror al que no sabría nombrar, ellos siguen empecinados en su férrea voluntad de no ceder, de no dar por bueno lo ajeno, aunque sea momentáneamente, por echar a andar. Luego vendrá la dialéctica, la oratoria, por cruda que venga escrita o por encendida que se pronuncie. Ahora hace falta releer a Borges. Pensar en esa línea suya en la que prefiere, a lo mejor un poco exagerada y poéticamente hablando, que los demás lleven la razón y hagan (imagino) cuanto concierna a esa razón victoriosamente esgrimida. El caso es que el barco se mueve y la tripulación no se ponga a darse de hostias en cubierta por la incapacidad del capitán de llegar a un puerto.

coda:

De mis amigos aprecio la inteligencia que yo no poseo o la gracia de la que carezco. Uno se arrima a quien le enseñe lo que no sabe o le cuente lo que no conoce. Es la vieja idea de que se aprende más escuchando que hablando. Un alumno mío, de los más finamente dotados para la confrontación dialéctica, me dijo si yo estaba verdaderamente cualificado para enseñarle el idioma inglés. Exigía, a su precaria manera, que yo le refiriera qué titulación poseía, por ver si era la idónea, imagino. Me esmeré en que pensase si aprendía conmigo inglés o no y si eso bastaba. Aduje, a la vista de los demás, por si podía extraer algo bueno de esa pequeña osadía suya, que en esta vida hay que esforzarse siempre, que de todo el mundo se podía extraer algo bueno, con independencia de que esté o no titulado, que aprendemos en la escuela y en la calle y en las plazas públicas y en los libros y hasta en los sueños que soñamos, que no nos pertenecen del todo. Entendieron (imagino que algunos entenderían) que el esfuerzo lo es todo. Que hay que darlo todo enteramente en cada pequeña cosa que hacemos, aunque después se malogre la empresa y no haya nada que recoger de la cosecha a la que tanto esfuerzo aplicamos. Les conté que los maestros también aprenden de sus alumnos. Les costó aceptar esa idea un poco revolucionaria. Cuesta montarse en la cabeza esa república de las ideas en la que todos tenemos algo que decir y algo con lo que rebatir lo que se nos dice. Cuesta (acabo) aceptar que perder es parte del negocio y que ganar, a pesar del festejo y de la llamarada de luz en el pecho, no es siempre la parte más instructiva del juego.

18.8.16

El espejo de los sueños cumple 10 años

En estos días, uno arriba o abajo, mi blog cumple 10 años. Me impuse entonces escribir a diario y casi lo he cumplido. He publicado 2702 entradas a día de hoy y han recibido 632.000 visitas. Lo mejor no son las estadísticas, sino la satisfacción enorme, la de todos los amigos que entran a ver qué se me ha ocurrido. Empezó como un blog de cine y terminó siendo un cajón grande en el que meter de todo. No sé cómo agradecer esa voluntad vuestra de visitarme. El espejo de los sueños, a su manera, es una casa. No se me ocurre cerrarla. Tiene siempre abiertas las puertas anchas que le puse.

Bacon



Uno de los pintores que más gusta es quizá uno de los que más me incomodan. Logra que me irrite; hace que todo lo malo del mundo se ofrezca ante mí y me pida que lo observe. Miras el abismo y el abismo te mira a ti, decían los poetas apocalípticos. De Francis Bacon, de él hablo, me quedo con su sensibilidad quebradiza, impura, sucia al punto de que uno sólo busca la posible limpieza que todavía quede debajo. No sé si el pintor, al airear su caos, lo alejó o toda esa voluntad de restituirlo sólo hizo que se impregnara más de él. En todo caso me sigue fascinando esa función del arte, la de expulsar los demonios o la de hacerlos tuyos. A veces el demonio es el que escribe o el que pinta. Leemos páginas turbias. Las mejores páginas son ésas precisamente: las que evidencian el dolor de quien las escribe. Toda la literatura es una especie de volcado del mal o una búsqueda (invisible) del bien. Imagino que el que pinta, quien pinta de cierta manera, también maneja estos argumentos. Somos afortunados los que podemos (con más o menos fortuna) liberar el alma con estas estrategias nobles. Hay nobleza en la creación. Luego está el lector (o el que mira un cuadro o ve una película o una fotografía), el lector comprometido con lo leído, el que lo deja correr adentro, aunque duela.


No sé la autoría de la estupenda viñeta que me hizo pensar en todo esto.

17.8.16

La belleza II


 

Lo contrario al arte es el ruido. Al ruido se le concede lo que no alcanza a veces el silencio. El mundo funciona porque el ruido lo empuja. La maquinaria que lo produce no ha dejado de funcionar jamás. Ni siquiera el nacimiento de la realidad, cuando se construyó la luz y empezaron a bailar los cuerpos, debió omitir el ruido. Seguro que anduvo ahí, constatando el parto. Lo malo que tiene el ruido es que no se detiene nunca. No posee la voluntad de apaciguarse un poco, no entra en sus planes pensar en qué viene después o en qué ha habido antes. Es un perpetuum mobile obsceno. Los museos deberían venir sin ruido. Uno paga su entrada y se aloja en un silencio hermoso, como de antesala del sueño. El arte se expande con más eficacia si lo cerca el silencio. Por lo demás hay que aceptar que la batalla está perdida o que incluso no hay batalla alguna. Tenemos el ruido alojado en la cabeza como el aire en los pulmones. El silencio fascina porque no es lo común, ni sabemos bien a qué obedece su insistencia, que parece un poco hueca y un poco tímida, como si tuviese que pasar desapercibida. El amor es del silencio. Como la belleza. Todo lo que viene impregnado de ruido acaba por malograrse. Se deshace, se pierde, se anula. No habrá nadie en esta fotografía que comprenda lo que hace. No sabrán el motivo del pago en la taquilla del museo. Pagarán por contar después que hicieron esto o vieron aquello. Eso, en ocasiones, basta. No la verdad, sino su representación. Uno adquiere la legitimidad de decir que ha estado viendo la Gioconda. El dinero compra la veracidad de esa experiencia. Se nos ha educado para decir la verdad, aunque entendamos los beneficios de no hacerlo; se nos ha inculcado esa pequeña hipocresía burguesa: la de acceder a la belleza, la de entender que es en la belleza en donde está la salvación, pero sin ahondar, sin comprender qué hay detrás. Quizá ésa la razón por la que fotografiamos lo que vemos y no nos detenemos con paciencia (con orden) a observarlo. Hemos perdido la capacidad de observar o la capacidad de escuchar. El ruido lo ha ocupado todo. Cuando viene el silencio, nos aturdimos. Nos rodeamos de objetos para evitar el momento en que debamos entendernos con el silencio que nos rodea. Compramos ruido. Cuanto más tenemos, más protegidos nos sentimos, con más fiereza lidiamos contra las hordas del silencio. Vienen a veces sin que las sintamos, nos rodean y nos hacen caer en la cuenta de nosotros mismos. Puede pasar viendo un cuadro en un museo, contemplando un atardecer entre olivos, escuchando un solo de Charlie Parker o leyendo un poema de Baudelaire. 

16.8.16

La belleza



Uno no recuerda nunca las palabras exactas; tampoco qué voluntad las animó. Importa cuáles elige, de qué modo hace ver a los demás que la belleza le ha impregnado y que la conoce. Hay que esmerarse en ese momento en que se verbaliza la fascinación que produce la belleza, pero cuando el desgarro es grande y esa visión lo ocupa todo no es necesario el concurso del lenguaje. Se omiten las palabras, se deja de confiar en ellas. No hay manera de explicar el asombro puro, ese vértigo que nos conmociona bien adentro. A veces pasa lo mismo con el amor. Uno tampoco da con las palabras precisas. Los buenos poetas emulan una respuesta; los malos, en su titánico esfuerzo por restituir lo que sienten, sólo crean más incógnitas, únicamente añaden interrogantes. Uno aprende a moverse en estas imprecisiones. Araña la superficie del corazón de las cosas, pero no penetra, no se llega al final por ver qué hay. Detrás del arte debe estar el origen mismo de la vida. A lo mejor está el Dios en el que no me es posible creer, con el que entablo un diálogo feliz, aunque baldío, por el que en ocasiones siento un afecto primario (como el de esas niñas que miran el cuadro y tratan de hacerlo fácil y de convertirlo en propio) y por el que, en otras, mantengo una actitud de indiferencia. Pasarán todas esas cosas porque no poseo el lenguaje. En cierto modo la belleza (o el amor o la fe) es un estado del ánimo que no debería ser transmitido al exterior. Calla quien lo observa, calla y lo hace suyo, deja que lo alimente.Por eso, cuando entro en una catedral, no hablo, no me creo capaz de decir nada que deba ser dicho, no hay de verdad nada que decir. Sólo hay que mirar. En esos momentos no hay una soledad más apacible, de más hondo pálpito. El mundo, dentro de ellas, se detiene. Las hicieron para eso. Se levantaron con esa voluntad de grandeza.

15.8.16

Stranger things / Nostalgia y bucle





Si uno no sabe de qué va Dragones y Mazmorras, no ha leído a fondo al Stephen King de It o no ha salido temblando de emoción del cine al ver películas de Steven Spielberg o John Carpenter, Stranger things no es su serie. No lo es, de verdad, no hay que buscar tres pies a este gato. Se la puede disfrutar de un modo placentero, se puede apreciar su notable sentido del ritmo, la mixtura de géneros que propone (ciencia-ficción, terror, aventuras, comedia, romance) pero se escapan detalles que la hacen sumamente disfrutable.  La música que suena de fondo (The Clash, Jefferson Airplane, Bangles, Toto, New Order, Joy Division, Peter Gabriel, Foreigner) es la que escucha quien haya nacido poco antes de los setenta o poco después y es a ese espectador al que le complacerá revivir esa época. Casi nada de ella se les escapa a los hermanos Duffer, los ideólogos de esta serie de Netflix. Stranger things es una carta de amor a una época y a unos autores (King a la cabeza, sobre todo). Es también un recopilatorio (bien ensamblado) de los mejores momentos de decenas de películas. Quien disponga de buena memoria irá cayendo en cada una de ellas conforme avance la trama y se adentre en la cuidadísima iconografía que exhibe. Ahí está E.T., el extraterrestre; Encuentros en la Tercera Fase, It, Poltergeist, Los cazafantasmas, Alien, La cosa, Los goonies, Cuenta conmigo o Pesadilla en Elm Street, que ahora recuerde. Esa voluntad de incorporar las referencias de un modo natural, incluso reverencial, ocupa buena parte del metraje y se cuida al punto de que no incomoda ni tuerce el sentido propio del argumento de la serie. Por eso hay un policía que lee Cujo, la novela de Stephen King, o en los dormitorios de algunos de los protagonistas aparezcan pósters de algunas de las películas antes citadas. Luego está la literatura de los cómics de superhéroes, de la que no se separa en casi ningún capítulo. Es casi imposible manejar todas referencias culturales de las que toma partido. 


Stranger things es una batidora en movimiento. Si se mira con detenimiento se advierte a qué pertenece cada grumo. Ese descaro de los guionistas (muchos, como en casi todas las series recientes, conducidos por los hermanos Duffer para que no se desquicie la idea) no malogra del todo su notable creatividad. No importa que haya que convenir cierta credulidad para aceptar su osadía narrativa (universos paralelos, portales tridimensionales, niñas con poderes, monstruos del espacio exterior); tampoco que mucho de lo visto sea ya conocido. Se desoye la amenaza de lo previsible (que suena a veces más de lo conveniente) y se deja uno llevar por el bosque negro, por laa criaturas del inframundo o cree sin resquicios que es posible derrotar al mal con un tirachinas y unas clases elementales de física y que la verdad está ahí afuera (como decían Mulder y Scully en la fundamental Expediente X), en algún lugar, en las sombras. Se echa en falta que indague algo más en lo oscuro. Los Duffer escatiman esa ración dramática porque hacen que prime el tributo: prefieren bordear antes que ahondar, ofrecer una visión adolescente del mal (en el hilo de los maestros a los que adoran, como hace Guillermo del Toro en también aquí entrevista El laberinto del fauno) y no dar una sesión de cine gore, más adulto, de menor peso sentimental. Porque lo que fascina de Stranger things es su sencillez, esa liviandad a la que se ha dado de lado en otras propuestas y a la que aquí se le confía éxitosamente todo la responsabilidad. Un poco lo que le pasaba a Fringe en sus primeras temporadas.J.J. Abrams, hijo de tantos, padre de tantos, sabe bien de qué va Strangers things. De eso, de mirar la parte fantástica, la que todavía es crédula, saben mucho Joe Dante, John Landis, Robert Zemeckis o el propio Steven Spielberg, en el plano cinematográfico. De Stephen King se elige lo iniciático, el rito con el que se deja atrás una etapa (la crédula, la que asume riesgos y en la que reina el juego puro) y se entra en otra (la de la pesadumbre, la que no admite en modo alguno que la realidad esconda monstruos y los saque a pasear de cuando en cuando). De todo eso (que no es poco) habla Stranger Things, embutido en un formato deleitable de modo absoluto. En su contra, pues no es producto redondo, la serie abusa de todo lo bueno a lo que antes se ha referenciado. El guiño, al amplificarse, hace que el ojo bizquee y que la mirada se pierda. Es posible que su falta de originalidad lastre el conjunto, salvo que en 1983 (cuando sucede) tuvieses la edad de los cuatro amigos (cinco en realidad) que los protagonistas. Todo lo demás, el aroma a mercancía susceptible de convertirse en jugosa franquicia, la puede convertir en un bucle, en un remedo del remedo que es en realidad. De resultas de ese tributo enorme viene una resolución facilona, en ocasiones. No importa, se excusa, se da por bueno ese aligeramiento. Ese el roto por el que hará aguas. No es bueno el halago continuo que está recibiendo por parte de espectadores y de crítica. El entusiasmo que suscita es legítimo. Los ocho episodios me los he despachado en dos noches (cuatro capítulos cada uno) y me han resultado altamente satisfactorios. El insomnio estival se combate de maravilla con la nostalgia, vale, sí, lleváis razón. Veremos cómo va la segunda, si induce a trasnochar.


14.8.16

Alcoehlizados


Ayer por la noche, en uno de esos programas de radio que amenizan el ingreso lento en el sueño, escuché una entrevista a alguien que decía no perder oportunidad de fustigar a Coelho cuando la ocasión se lo permitía. Decía la mujer, una mujer anónima, sin relevancia mediática, que merecía la pena. Que si conseguía disuadir a un solo posible lector, daba por buena la conversación. Reconocía pasarse de vez en cuando, pero que la edad -no joven- le hacía desoír lo que la apartara de esa especie de misión.
Me fui durmiendo con la cara de Coelho en la cabeza. Quizá por eso tardé en conciliar el sueño y también por eso me he levantado con un mal sabor de boca. O de pensamiento, no sé. De verdad que no tengo nada contra Paulo Coelho. Pudiera extraerse eso a partir de algunos escritos míos, entra en lo posible que hubiera alguna manifestación vertida por mí que diera a entender que el tal Coelho es un vendedor de humo o de enciclopedias, de lo que iban de puerta en puerta sanando nuestra ignorancia y haciendo ver a las visitas que éramos cultos por tener los 24 tomos de la Espasa. Coelho sana, bien, no hay objeciones. Sana a quien le solicita que le procure alivio, estupendo, de verdad. Cada uno aplica a su beneficios los bálsamos que más le convienen, los que ha comprobado o de los que tiene noticia de su eficacia. Por eso insisto en que da lo mismo que uno se meta en vena las clarividencias cósmicos del tal Coelho o los salmos de algún apóstol de los primeros tiempos. Incluso es posible rebajar el dolor (el físico juntamente con el del alma) con el yoga, el jamón de uñita negra o la cerveza belga de abadía. No me manejo bien en las cosas que me conciernen como para aspirar a razonar los apaños de los demás para gobernar las suyas.
A lo mejor es ya un vicio eso de tirar de Coelho de cuando en cuando. Hay hasta quien te jalea, te dan el me gusta en el Facebook o brindan contigo en la barra del bar cuando sueltas una ocurrencia en la que el autoayudista (le concederemos ese título) no sale laureado precisamente. Una vez alguien me preguntó si lo había leído a fondo. No es posible leer a fondo a Coelho, creo que le dije. Se aborta esa voluntad (como si fuésemos un comando en plena contienda bélica) cuando lo que lees chirría. No cuadra lo pensado, no hace asiento en una cabeza razonablemente instruida para acomodar el pensamiento peregrino de este sanador express, de esta especie de filósofo de bazar. Lo que me hace pensar en lo irreflexivo de mi furibundia: no hay final para este desgaste mío. ¿Qué más dará si tiene más o menos adeptos, si el amigo cercano pone un post-it en su frigorífico con una cita alquímica o deja caer en su twitter que el universo conspira para que tu voluntad triunfe? ¿De verdad que el universo piensa en mí? El panteísmo ha tenido valedores de fuste, gente de mucho pensar que creía de verdad en el concurso necesario de la divinidad para que ahora entre la luz por mi ventana o la noche suceda al día y la vigilia feliz al más oscuro de los sueños.
Coelho es consecuencia de la absoluta pérdida de valores que sufre la humanidad. Ha muerto la lentitud, la morosidad, la tranquilidad. No interesa que el tiempo vaya más despacio. Lo que cuenta es que todo vaya deprisa. En la velocidad está la ceguera, ese no caer en la cuenta de cosas que sólo se descubren si se les aplica el tiempo que merece. Cuanto más lee uno, menos se cree a Coelho y a todos los que hacen lo que él. Acepto que alguien con ideas propias admire las de Coelho. Yo no sabría ahora razonar el porqué de mi devoción por Canetti o por Pessoa o por Marco Aurelio. Esos tres eran los coelhos de ayer. Uno puede leerlos con la seguridad de que algo provechoso va a extraer de esa lectura. No hace falta aplicarlo inmediatamente; es posible que no tengas que llevarlo nunca a la práctica, pero esas ideas (esas frases) se hospedan en tu cabeza y están siempre a mano, por si conviene deshacer con ellas algún quijotesco entuerto. Tengo la impresión de que los que leen a Coelho (incluso fieramente leído) lo hacen como si fuese una posología. Se administran la medicación y esperan a que surta el efecto deseado. Se receta a Coelho como si fuese tranquimazín o ibuprofeno. Lo que alarma es que no haya otros medicamentos que rivalicen con éstos. Que no haya deseo de ver si hay algo más un poco más allá, si la verdad no es sólo el aforismo que sale en los azucarillos del bar o en los textos que nos enviamos por whattsap. Mientras Coelho siga concitando ese favor popular no iremos mucho más lejos del lugar (mediocre, a poco que se piense) en el que estamos. Somos un país que lee poco o no lee casi nada, pero buscamos libros de autoayuda en más cantidad que otros países que leen mucho más que nosotros. Si de verdad leyésemos, escritores como Coelho no escribirían. Ni los bucays del mundo. No olvidamos al tal Bucay, por favor. Si al menos los dos vistieran su liturgia con literatura, pero no es ése el caso. Conferencian, se ponen a escribir libritos de ensayo, hacen que el negocio de los post-it no quede sólo como recurso de oficina.
Ya lo dejó escrito Unamuno: cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee. Da igual que esté en un azucarillo. Excusen ese instrumento.

7.8.16

Escuadrón suicida / Desidia, ruido, cansancio



Siempre fui más de la Marvel que de DC Comics. Hoy, al salir del cine, pensé en ese bipartidismo y en la leal oposición (nunca hiriente) que se han ido haciendo estas nobles franquicias nacidas en los años treinta del siglo pasado. No soy imparcial, me pueden los colores, lo avanzo: ser de la Marvel es fácil; lo que cuesta es que Batman o Superman (los iconos de DC) te conmuevan igual, que sus hazañas calen con la misma hondura. Todo depende de lo que te alimentó cuando pequeño. Si fue el Capitán América o La Masa o la Patrulla X, lo normal es que en la edad provecta (salvo renuncias y olvidos) sigas en esa mitología, y no te encandile Clark Kent (nunca me gustó toda esa gomina en el pelo) o Bruce Wayne (hecho a sí mismo, desarmado si se le esconde el traje o se le pone enfermo el mayordomo) En mi caso no tiene nada que ver la avalancha estajanovista de películas con las que Marvel ha desbancado a DC. Tampoco que aprendiese a leer (como quien dice) leyendo los cómics de Spiderman y que el nombre de Stan Lee es familiar como lo son los nombres de todos las criaturas con las que entretuvo mi infancia y mi adolescencia. El renacer de DC (empezando con la estupenda Guardianes de la galaxia, El Hombre de Acero o la reciente Batman vs Superman de la mano de Zack Snyder) hace que los afectos por las buenas historias (o el apego a ciertos personajes que no han dejado de acompañarnos) prospere y uno vaya con ilusión al cine y salga (a pesar de ciertos desengaños) razonablemente feliz, convencido de que habrá más leña y arderá con más entusiasmo la chimenea. Lo de hoy ha sido frío. Ayer no da con la tecla, se pierde en aturrullarnos con luces de colores sin que en ningún momento exista una verdadera historia que contar. La mitad de la cinta se pierde en contarnos quiénes son los miembros del escuadrón y la otra se pierde en solucionar el embrollo en el que los meten. No se explica quiénes son los malos, que en este caso son unos malos de bajo rango. Si el héroe es fascinante es porque el malvado que lo perfila es igual de fascinante. Si hay Dios es porque hay un Diablo que tiene líneas que interpretar en la trama. Para contar bien una película como Escuadrón Suicida hace falta que el metraje se meta en las tres horas. No creo que el buen aficionado se escandalice. Christopher Nolan (el que trajo de vuelta a Batman al escenario) mostró que las historias largas sirven para que los matices se pulan con más fineza, para que nada quede sin hilvanar y el gourmet salga del cine con muchas respuestas y con algunas preguntas. 

No se le pide a Ayer que sea Nolan. Tal vez impregnar de dramatismo hunda más la cinta,haga que definitivamente no funcione. El tono crepuscular no le conviene. Es un blockbuster de tránsito; uno al que no le importa en demasía que se le zumbe bien porque su vocación es la de ocuparse de la taquilla veraniega, a falta de otra oferta superheroica que le haga compeencia. La película de Ayer (que no es Nolan) es pop cuando quería ser un poco indie o un poco punk, no sé. Se busca en Deadpool y se refleja en las malas entregas de la Marvel (algún capítulo de Thor o de Los 4 fantásticos) Le falta la mordiente de la cinta de Tim Miller. Tampoco hace falta que metamos a Shakespeare en el script. De eso, de hacer que una película de superhéroes parezca un montaje de un drama clásico, se han valido las franquicias (las dos) para que el público adulto, el sospechosamente culto, acuda al cine y disimule que lo que en realidad le pone es que haya combates épicos. Yo sigo echando de menos a Peter Parker, de verdad, pero hay cientos de héroes y de villanos a los que aferrarse. No es éste mi Joker. Jared Lato se esfuerza (es un enorme actor, no lo dudo) pero el histrionismo requiere un recitado de frases a la altura de las circunstancias y éstas que le han preparado son de poco fuste, la verdad. Todo lo que le concierne es adorno, maquillaje, gestos de una teatralidad con la que el actor trata de enmendar la poca chicha que tiene su parlamento. En todo lo demás, una especie de tedio soportable. Escuadrón suicida se pierde de la cabeza conforme te alejas del cine. Deja escenas sueltas. Cabriolas de la doctora Quinn, a la que da infunde un poco de humor una entregada Margot Robbie. Gana Doce del patíbulo, la película de Robert Aldrich del 67, la referencia de la que se parte en este batiburrillo ruidoso. El cine tiene estas cosas: una película te lleva a otra, te hace ver lo bueno que fue, aunque únicamente sea constatar que la nostalgia sigue siendo un valor en alza.