22.10.17

Estar enfermo




Hoy me he levantado constipado, estornudando más de la cuenta, sin que intermedie la alergia primaveral que padezco. Pensé en si es sólo el constipado lo que me preocupa o si debiera beber o fumar menos o incluso no hacer ninguna de esas dos cosas, pero son pensamientos de una fugacidad asombrosa. Los retiro con la misma presteza con que acudieron, me sorprende que venza la parte mía responsable sobre la que no lo es. Al cuerpo, cuando se le conceden licencias y se le procuran placeres, le cuesta poco pedir más, hacer ver que está necesitado, huérfano, hambriento, abandonado. De ahí que me llamara la atención que la cabeza, la que piensa y la que preserva, la que está obligada a regañar y a censurar, desoyera las reclamaciones del cuerpo. Así que tras ingerir las pastillas de la mañana y organizar el desayuno, he caído en la cuenta de que hay una batalla por ahí adentro: la libra la luz contra la sombra, el deseo de durar más y el de disfrutar más. Siempre la hubo, aunque uno se percate de sus trifulcas o las perciba vagamente cuando suena alguna alarma en forma de resfriado o de dolor de tripa o de cabeza.



Todos estamos enfermos de algo, a todos nos aqueja un mal, no hay día en que sintamos un dolor, por pequeño que sea, ninguno en el que no se piense en la enfermedad, en la propia imaginada o verdadera o en la ajena, en la que padecen los otros y se ve en la distancia, sospechando que cualquier día es bueno para que nos visite y, cuando la enfermedad se aleja, cuida el enfermo de no recaer, se administra la medicación con esmero, no se arrima a lo que no le conviene, sortea los obstáculos con los que se le tienta y se esperanza en que la dolencia regrese tarde o no lo haga de ninguna manera



Hay quien tiene con sus enfermedades una relación casi amorosa, íntima hasta lo carnal. Alardea de que le duele esto o aquello, ensaya el modo en que contará sus aflicciones y sostiene sin pudor que no espera mejoría o que no le importa que los quebrantos sean tan suyos como lo son sus brazos o sus piernas o su carácter. Tengo amigos que no reparan en explayarse cuando se les pregunta cómo andan, si pueden salir o seguirán en reposo, al resguardo de la casa, confortables y resignadamente convalecientes. Pierden chispa cuando la enfermedad les abandona, no saben de pronto de qué hablar, merodean las conversaciones, van de una a otra sin entusiasmo, como si se les hubiese retirado de cuajo la locuacidad que antes brillaba cuando tosían o padecían ardores o dolores de cabeza.



La enfermedad, cuando se enquista, aburre y aturde a quien la sufre y a quien la escucha; produce en los dos la sensación fiable de que no hay nada afuera de ella, nada que rivalice con su alarma y con su caos, con su vértigo y con su locura. El enfermo hace literatura de sus achaques. Quizá sea ésa, la enfermedad, la que mueve al mundo, la que lo hace girar, la que lo tiene en danza y en ofrecimiento. Toda la historia de la literatura vendría a ser una especie de extensísimo informe clínico en el que muchos autores relatan los avances y los retrocesos de las patologías y se enredan en los consuelos, en toda esa suerte de artefacto balsámico con el que sortear o esquivar enteramente los accidentes que acarrean. Uno es esclavo de lo que padece, viene a decir ese gran argumento universal.



Estar enfermos nos tiene a medio hacer, es una media vida, una vida de préstamos y de química. No es lo mismo una enfermedad que otra, no hay dos convalecencias iguales. Las hay fortuitas y de poco asiento, en las que el paciente ni tiene conciencia de que anda mal o no sabe verbalizar qué padece y las hay esperadas y festejadas, aunque en el fondo quemen y anulen y maten. Se busca en ellas el calor ajeno, la posibilidad de que alguien escriba unas palabras en el yeso con el que nos corregían el brazo roto cuando niños. Durante el tiempo en que tenemos puesta la escayola, somos la atracción absoluta de la vecindad. Mientras está ahí o incluso a veces cuando la retiran, sabemos que nos preguntarán y tendremos ingenio para contar la historia de la caída y de la fractura del modo que nos plazca, poniendo énfasis allí o restándolo aquí, dejando que sean las palabras que guíen el relato. A veces echamos de menos un brazo roto, dicho de una manera absolutamente no literal. Deseamos que nos agasajen con el interés sobre nuestra salud, ésa que tenemos a medias o no la tenemos de ninguna manera, que también hay enfermos terribles que han terminado incorporando la enfermedad a su ánimo y a su carácter y a su modo de respirar o de desplazarse y no conciben su vida sin ella. De esa paradoja surge también una género literario.



Nunca se está enfermo a voluntad propia, pero hay quien permite que acometa la enfermedad, aunque luego ella obre a su antojo y haga cuartel de la casa que se la ha ofrecido. Un conocido con el que compartí reclusión militar se desarropaba de noche, pisaba descalzo el suelo y hasta desoyó la primera medicación impuesta por un buen doctor que allí había y que se preocupaba sinceramente de sus pacientes. Cuando el frío le caló bien hondo los huesos, cayó enfermo de verdad, se le llevaron al hospital y anduvo allí ingresado el tiempo suficiente para abjurar de su locura médica. Perseguía que se le librara de las guardias y quedara confortablemente acomodado en la cama o en los sillones de la compañía, leyendo como le gustaba o viendo una tele enorme en la que cualquier programa era (en ocasiones) el mejor de los programas. Hubo otros que se lesionaron a posta con objeto de no ser reclutados para unas maniobras. No lo aireaban, no contaba a qué recurrieron para exhibir las heridas en los pies o al dolor reticente en el hombro. Preguntados en la intimidad de la cantina, referían que se golpearon contra la taquilla o que aplicaron una cabeza de martillo sobre la herida que le había causado el zapato de vestir, el usado en los desfiles, cuando nos vestían de bonito y salíamos a recorrer las calles o los patios de otros acuartelamientos. De ellos guardo la convicción personal de no estar a capricho de la voluntad ajena sino depender en última instancia de la propia, la de sortear los obstáculos, pese a que salieran diezmados, rebajado no sé si el amor propio o la dignidad o algo así elevado y noble que ahora no sabría nombrar. Tampoco sabe si uno actuó de parecida manera en alguna ocasión y los años, que lo borran todo o lo rescatan todo, me han impedido mirar con objetividad aquella época en la que uno andaba todavía a medio curtir, si es que ahora se puede decir que esté ya enteramente curtido.




Nunca se está bien del todo, podría decirse. Siempre hay algo que nos afecta o que nos reduce. Da igual que sea leve y no deba ser tenida en cuento o incluso ni siquiera sea percibida o que sea grave y nos lastre y acabe marcando nuestra vida y, en cierto modo, acortándola, produciendo la sensación certera de que esa vida está en manos de la enfermedad y será ella la que la finalice. Decía mi abuela, a la que quise mucho y de la que siempre tendré el mismo festivo recuerdo, que lo peor que podías hacer con un reloj que mostrase una avería era llevarlo al relojero. Ese acto en apariencia sencillo y lógico sería la muerte misma del reloj. No dejaría de estar averiado nunca, si se llevaba a quien lo reiniciara; no tardarías mucho (sostenía) en llevarlo de nuevo y así hasta que decidieras hacerte con uno nuevo. Creo que quería decir que el reloj ya venía averiado desde la misma fábrica. Tendría en sus tripas un tornillo sin ajustar del todo desde el que se desmoronaría la máquina entera. Ahora lo llaman obsolescencia programada y al tornillo, los listos de ahora, con su vocabulario precioso, le llaman algoritmo. Todo es cosa de que un algoritmo no esté bien implementado. La vida entera, considerada con cuidado, es un logaritmo o una sucesión aleatoria de logaritmos. La misma enfermedad de la que hablo es un algoritmo caótico.




21.10.17

Vina bona sunt / XIX Cata del Vino de Moriles



Se le da al vino el rango que a los dioses, ocupan el lugar que ellos, se le invoca para apartar el mal o para aplazarlo. No hay nada que rivalice con él cuando uno desea esconderse del mundo o cuando el mundo se atarea en contrariarnos o apenarnos. Tiene el vino su ascendencia litúrgica, la de la vid y el trabajo del hombre. En el ofertorio divino es el vino el que nos recuerda la inmortalidad, es él quien se basta para explicarnos la semilla de la que procedemos y la eternidad a la que secretamente aspiramos. Somos cuerpo eucarístico, cuerpo tomado por la uva terrestre y por la uva celeste, por la esencia de la tierra, por la lujuria ebria y dulce y metafísica. Porque el vino es filosofía. El hombre mira hacia su adentro y descubra el alma y la consuela con el vino.

Celestina decía que no había conforte mejor para adentrarse en los bosques de la noche que unas jarras de vino, que no sentía frío en el crudo invierno ni tampoco calor cuando ajusticia el sol en las siestas del verano. Que el buen vino daba coraje al cobarde y diligencia al apocado. No hay mudanza al trasegar de los siglos: el cobarde se agiganta y el apocado se envalentona. Los humores torpes y estúpidos son borrados de cuajo, dijo Shakespeare. La palabra se vuelve aguda y el espíritu, a medida que se empapa, se libera de la cárcel del cuerpo y toma vuelo y festeja la plenitud del aire. El ánimo se embravece, la mirada se limpia, aunque mire turbiamente si la ingesta es excesiva. Borges, en su famoso soneto, lo hermanaba con la alegría, le encomendaba mitigar la tristeza. Neruda, en su oda, le creía inteligente, capaz de extraer de quien lo bebe las palabras cabales, los deseos más limpios.

Del vino a veces se tiene también la equivocada idea de que nubla el tino y lo embarranca. No es así del todo: lo que hace es borrar eventualmente el sentido común, que es el fiable y al que debemos nuestra estancia en la tierra, pero no siempre es deseable que ese sentido común perdure siempre y en todo momento: conviene de vez en cuando que nos abandone y nos permita volar, perder la confianza del suelo y mirar desde arriba para comprender lo que muchas veces no se entiende a ras de suelo. No se sabe con certeza a qué hemos venido al mundo, pero es probable que el vino nos invite a descubrirlo. Parece que hiciera su trabajo a la callada, sin alarmar mucho a quien lo ingiere, pero predispone a pensar con anchura de miras (como otros dicen sin beber ni haber bebido) y a aceptar lo que no se acepta cuando se está sobrio y no hay indicio de que el pulso esté acelerado y la sangre circule con entusiasmo y brinque y cante. Todo el que es derrumbado por el vino es porque no supo conversar con él y dejarlo cuando las palabras todavía se entendían. Fracasa el vino cuando confunde a quien lo ingiere, cuando lo abate y no deja rastro de su hermosa travesía, sino hundimiento y anulación. No es ése el vino del que hablamos, no anima estas palabras de elogio, no las considera siquiera.

El nombre es vino, pero el nombre no importa. Lo que se bebe es la tierra emancipada de su claustro, la decantación del complacido fruto de su vientre, que se ofrece para que la vida sea menos vulgar o para que el tiempo que se nos concede en ella se aligere de tragedias, se expurgue de pesadumbres y se limpie y así, aligerada, expurgada y limpia, la vida sea tan sólo belleza, el tipo de belleza que uno saborea en los labios y deja que se demore garganta abajo. El nombre es vino, pero el nombre no importa. Lo que se bebe es la voluntad de algún dios caprichoso y rudimentario, que hizo el mundo y se entretuvo en hacer que alguien (dicen que hace más de veinticinco siglos al norte de Irak) lo sacara de la tierra y lo escanciara en una vasija entonces, ahora en copas de cristal finísimo, hermosas copas que custodian el sacrificio de la uva en la boca.

El vino, en todo caso, es una invitación a amarse uno mismo. No hay oficio más satisfactorio que ése. Mientras se bebe, se escuchan confidencias, se deja uno llevar por la euforia de esa alegría sencilla y saca de sí lo que no sabría o no querría sin la intervención bendita del vino. Hay buenos vinos y malos bebedores, escuché una vez. Los de ayer en Moriles fueron los mejores y tuvieron al mejor anfitrión, mi buen amigo Clemente. Se decantaban vinos y se decantaba amistad. No se entiende a veces lo uno sin lo otro. Éramos unos pocos amigos arrimados alrededor de un barril, hablando y escuchando. Se habla más y se escucha más mientras sujetas un catavinos. Lo comprobé ayer. Hoy tengo la sensación de que la culpa la tuvo el vino. Se me ocurre que habló y escuchó también. No habrá otra bebida que tenga en su custodia tantas confidencias. No creo que haya otra que guarde mejor los secretos. Los vinos tienen buena memoria. Por si la mía flaquea, por si yo olvido, me traje el catavinos. Lo guardaré con el afecto de las cosas buenas que en ocasiones encontramos. Juro por Baco que volvemos el año que viene.








20.10.17

La ignorancia, el desvarío, el desencanto y la revelación

No sé si es una temeridad ignorar y esmerarse en que nada te afecte ni te sacuda e ir por el trasiego de los días únicamente ocupado en las cosas sencillas y en las difíciles que se cruzan, pero no las ajenas, no las que incumben de lejos y parece que no tuvieran nada que ver con uno. No se sabe nunca a qué atenerse, se desconoce qué senda es la correcta, si la tomada o la aplazada o la censurada, las que se ofrecen y nos invitan a que las transitemos o las que acuden sin que las llamemos y se interponen en las otras y nos hacen recorrerlas como si fuesen cosa nuestra o como si anduviese ahí adentro algo que nos perteneciera y a lo que aspiráramos, secreta o manifiestamente. Por no saber, no sé si es una temeridad estar al día, comprender que todo lo que sucede le sucede a uno también, por deferencia del azar o por incumbencia ineludible. El escrutinio de la realidad es boscoso, es traicionero, es ciego, no sabe nada y no se espera que sepa.

Tampoco se sabe bien en qué bando se está. En ocasiones se cree en lo que postula alguno y, en otras, no le satisface eso y se escora a otro. No es normal que sigamos pensando lo mismo, no entra que el modo de entender el mundo sea el mismo. Ni siquiera ese mundo que anhelamos entender es el mismo mundo, ni los mismos son quienes lo administran ni quienes son administrados, los que escriben las leyes y los que las leen. No se sabe dónde estamos, pero se tiene una certeza rotunda sobre donde no queremos estar. Esa percepción íntima planea inalterablemente, se afianza, crece, ahonda. La ignorancia es una más de las casas en las que nos refugiamos cuando cunde el desencanto. Porque todo consiste en apartarlo, en hacer que nada nos desencante, ni nos derrote, para que avancemos y sintamos que todo tiene sentido. Como aquello que escribió de esta o de parecida manera Mark Twain: hay dos fechas fundamentales en nuestra existencia; una es la de nuestro nacimiento y otra la del día en que por fin descubrimos el porqué de esa irrupción, la naturaleza y la vocación de ese prodigio. Por otro lado, es legítimo el dolor, el despropósito mismo del dolor. No es que curta o que instruya sólo. El dolor acompaña, hace que la visión de su ausencia sea más íntima, obedezca a pasiones más humanas. Ahora vamos al viernes. Empieza a imponerse el frío, se echa una manta a la cama, se cierran las ventanas y se colocan las prendas de otoño en el armario.

19.10.17

Los días /3


Hay días que parecen muchos días. No sabes cuándo empiezan, ni cuándo acaban; tampoco la razón que los mueve, ni la que los detiene. Bien pensados, no parecen que sean reales, se prefigura uno que pertenecen estrictamente a una trama novelística en la que has ingresado y de la que sabes que puedes salir en cuanto desees, como cuando lees y la atención se evade y miras la realidad y detienes la realidad libresca y después regresas y censuras una y activas otra.
as con la sensación de que algo extraordinario está a punto de suceder, pero no cuaja, ni oteas la inminencia de ese prodigio, por más que mires, por mucho que te afanes.
Días sin Dios, días en los que sueñas con Dios, días en los que Dios te visita y te cuenta de qué va la trama celeste y todo eso, pero luego no eres capaz de contarlo y andas huérfano de Dios y sabes que esa orfandad es larga y te hará tener un desconsuelo muy grande cuando te acuestas por la noche y hablas contigo y sabes que no está por ahí escuchándote.
Días Frank Zappa en el iPod por la periferia del pueblo, a paso rápido, quemando algoritmos y frases de alambique poderoso y sustancia insulsa.
Días como un pen de sesenta y cuatro gigas lleno de valses vieneses.
Días que parecen un gospel, días que parecen un foxtrot.
Días donde ves la cara oculta de la luna, días en que David Gilmour y Roger Waters te invitan a unas pintas en un pub inglés en 1972.
Días sin entrar en facebook, ni mirar whatsapp, ni escribir en cien caracteres o en ciento y algo lo bien que estuviste ayer o lo bien que crees que vas a estar mañana.
Días de bebop, días de swing, días de cool jazz, días de grandes bandas, días sincopados, los días hermosos con su colmo de besos en el alma.

Los días /2

Hay días de tres bourbons a última hora de la noche, escuchando a Chet Baker, desplazando el miedo a que algo malo suceda mañana por la sensación muy plácida de que el amor nos visitará más tarde y nos hará dormirnos muy cansados, felices, inocentes, blasfemos y puros, sabiendo que no hay nada que podamos hacer, en la creencia de que tampoco hemos hecho todavía nada y que nos han arrojado al mundo en el instante en que apuramos el último sorbo del bourbon y Chet dejó de soplar para buscar el suyo.

Días para entenderse uno, días sólo para entenderse uno, días que acaban con la evidencia de que sabemos quiénes somos un poco más y somos hospitalarios con nosotros mismos y nos queremos un poco, a veces incluso (durante un rato muy pequeñito) mucho.

Días de vértigo y de fiebre, días en los que no haces nada que hayas pensado, sino cosas que han pensado otros y que tú aplicadamente ejecutas, sin que se advierta queja o se te note pesadumbre o decaimiento o un tímido qué mierda de mundo es éste.

Días como un disco duro al que hemos ido echando cuanto no sabíamos qué uso dar, días de una consistencia inútil.

Días perdidos, días huecos, días grises, días sin que nada verdaderamente hermoso nos visite, pero ah qué placer el regreso al vaivén dulce de las horas, al compromiso con la belleza, al amor carnal, a esa luz con la que la mañana nos invita a que la paseemos.

Días de andar por casa con el corazón muy abierto.

18.10.17

Mi novela

La novela que estoy escribiendo está creciendo a expensas mías, a mis espaldas quizá, me dicta frases enteras cuando estoy ocupando en otros asuntos, hace que me cruce con personajes a los que no he metido mucho en faena narrativa y me saludan como solicitando más papel o reclamando que los retire. De ella, de la novela, tengo la sensación de que no es mía en absoluto. Debe ser por el tiempo que transcurre entre los días en que me siento y me explayo y la voy cerrando por un lado y abriendo por otro, según la consistencia o la fragilidad de la trama. Tengo a veces la secreta convicción (hoy impudorosamente manifiestada) de que la acabaré sólo por sentir que he sido capaz de concluir todo lo que hace un par de veranos pensé sobre un tipo que no es un voyeur al uso, ni siquiera uno accidental y disculpable, sino uno convencido de que es un privilegiado siendo como es y que la suya es la mejor vida de todas las posibles, la que bendijeron los astros, la más prolija en riesgos, de los que sale indemne y a los que acude cuando no tiene nada que ver, cuando el azar se obstina en contrariarle y no posee objeto en el que ocupar su vicio. Bien, pues este voyeur se me ha ido muchas de las manos, se ha convertido en otra cosa y ha vuelto a la que consideré primaria y sobre la que levantar todo el armazón de la historia, pero ahora ha regresado con entusiasmo, me ha permitido que esté una hora larga indagando, yendo hacia adelante, buscando un lugar fiable al que conducirme para que la novela sea una novela y no (como me pareció al principio) un cuento largo, y ni siquiera uno que me gustara especialmente, pero hubo un momento en que me achispé con las letras, con ese ir a ciegas y de pronto, en mitad de la niebla o de la oscuridad, en el enturbiado magma de las palabras, encontrar un camino allanado, uno por el que discurrir y discurrirme, en el que extenderme y por el que permitir que los demás se extiendan. Las novelas son caminos y los que nos obstinamos (torpemente, sin oficio, sin tiempo, ni hondura) en escribirlas somos guías, sólo eso, como si la historia que perseguimos ya estuviese ahí y sólo tuviésemos el mérito de haber encontrado una senda por la que acercarla. Esta hora larga de escritura ha sido un festejo que no sé si tendrá confirmación mañana o el viernes o la semana próxima. Tengo un par de amigos (tres si lo pienso) que están esperándola. Lo que esperan es la rendición de su ausencia, mi pertinaz vocación de hacer una y tal vez mi liberación. Entienden que, al acabarla, al finalizar su transcurso por mi cabeza, afloje o anule la obsesión (plácida ella, no dolorosa, ni maligna) que me causa. Es por ellos, en último término, por los que continúo espiando a mi voyeur, viendo cómo procede, dejando que vaya a lo suyo y se meta en algún lío (uno particularmente doloroso) y espere que yo le muestre cómo zafarse de él y no recibir culpa, ni remordimiento siquiera. Son los amigos, al cabo, por los que uno escribe. Estas reflexiones de martes anochecido, poco antes de perderme en la bruma de los informativos, en la entenebrecida historia de lo que pasa en el mundo, son una confesión en voz alta, feliz sin discusión, por la hora de trabajo, por esa sensación de que poco a poco se acerca el final y estará todo cerrado y olvidado. Hasta se me ha ocurrido un título provisional, que me agrada más que todo lo que el título acarrea y lo que el relato de todos esos sucesos que narra conlleva. En todo caso, es mi novela, una especie de hijo tutelado y ajeno también, como todos los hijos de verdad. La literatura es un parto. Soy la madre vocacional, la madre empeñada en alumbrar y ser madre completamente, aunque luego la criatura sea prematura y no hiciera falta traerla al mundo. Con la de novelas que hay, me pregunto qué motivo habrá para traer otra. Un día, no está lejos, la imprimiré para los cercanos, nada de un archivo en un pen drive, y se la llevaré en mano a esos pocos íntimos, los que leen lo que escribo y me quieren y sólo desean que no me descarríe demasiado. Es una empresa complicada. A un desvarío le sucede otro, se van arrimando unos a otros, aplazando el vacío, por no quedarse uno solo, por todas esas cosas y otras que ahora no se me ocurren.

Los días /1

Hay días en que uno vive la vida de la que habla y días que no nos corresponden y con los que tenemos un trato distante, al modo en que se producen las tramas de las novelas o de las películas, como si todo fuese ajeno y en esa dimensión sucediese y no nos incumbiese en absoluto, al modo en que se observa un cuadro, en el que sentimos una realidad extraña, que no nos incumbe y de la que tenemos una impresión subjetiva, no precisa, sujeta a la ocurrencia de quien lo pintó y también de nosotros en ese instante, que no será la misma visión si la retomamos con posterioridad y es otro el ánimo y somos igualmente otro, no el que miró, ni el que creyó estar falsamente en la propiedad de lo observado. 

Días precisos como una sílaba tónica, días suizos, días con colmo de aritmética, que nos cuestionan la lírica de las cosas y se incrustan como una enfermedad y nos hacen flaquear y caernos. 

Días Kierkegaard, días con absoluta indiferencia a la intimidad, bruscos, llenos de palabras que conocemos por separado pero que no sabemos manejar si se juntan y nos hablan.

Días mansos. Yo adoro los días mansos. Días en que no ocurre nada. Blancos, los días. De una blancura que intimida. Blancos como la idea primeriza de la nieve, antes de que irrumpa, con anterioridad al momento en que es nieve y dejó de ser otra cosa, que no sabemos con certidumbre qué fue o cómo influyó para que hubiese nieve y hubiese blanco y hubiese esa mansedumbre que adoramos.

Días Hal 9000, días Kubrick en vena, días yesterday  or let it be en una terraza a la caída de la tarde, días para contar secretos, días que merecen un aparte, donde cuanto sucede es una cosa extraordinaria, días que bendice un dios caprichoso y rudimentario y completamente feliz.

17.10.17

Los bárbaros

Felizmente no estamos a merced de los bárbaros. Por mucho que agiten sus artilugios de guerra, por más que aireen su condición animal, no tienen ninguna batalla ganada, no hay evidencia de que la guerra se incline a su favor. Estamos sólidamente anclados en el bien, en la creencia de que siempre es posible hacer mejor las cosas y no hacer daño a nadie en ese desempeño. Porque hay gente que se duele a poco que uno se mueve en derredor suya, gente que nunca arguye argumentos, sino que ladra o que berrea o que, en el mejor de los casos, y no es bueno, esgrime opiniones peregrinas, imposibles de sostener si se las examina en detalle. Lo malo empieza donde lo bueno no alcanza, dicho de una manera abreviada y de poco lustre sintáctico o sentimental. Los bárbaros son los que no escuchan, no lo hicieron cuando no tenían motivos para no escuchar y el mundo era hermoso y todo estaba a su alcance. Después se creyeron que no era necesario escuchar o que la mejor manera de entablar un diálogo era obligando a callar al otro, para que su parlamento no tuviera respuesta, para que su criterio no tuviese rival.

No estamos a merced de los bárbaros porque hemos ido muy lejos. Hemos sido capaces de sentarnos y hacer turnos de palabra y levantar actas de lo dicho y respetado la opinión de quienes pensaron cosas buenas y cosas nobles para que vivir no fuese más doloroso de lo que ya es. Porque vivir duele, ya seamos bárbaros o no. Duele desde que salimos del vientre materno y notamos que el aire penetra en nuestros pulmones y los violenta. La primera respiración es una especie de rotura del himen primigenio, el que traemos desde el limbo fundacional, en el que no hay dioses ni palabras, en donde todo consiste en esperar a que la luz penetre y seamos violentamente expulsados de esa paz a la que no es posible volver nunca, aunque inventemos úteros en todo lo que hacemos y amemos a nuestra madre porque ella fue la residencia primera y la más fiable. En un sentido primario, de afecto antiguo y perdurable, siempre volvemos a esa casa: incluso al dormir nos ovillamos, adquirimos esa postura de recogimiento, por no importunar al espacio tal vez.

No hay miedo, ni sensación de que prospere el miedo. Lo que hay es hastío, constatación de que los bárbaros, a su pedestre manera, alcanzan cotas de poder, ocupan despachos y toman decisiones. Se les ve en televisión sin que parezca que sean en verdad bárbaros, se pavonean delante de las cámaras, exhiben su grandeza, la que les sobrevino cuando entendieron que debían actuar sin que se delatase la barbarie, haciendo como que escuchan, aunque después nada de lo escuchado durase, todo fuese sacrificado y no fingido nunca más. Pues a pesar de eso, no estamos a su merced, no hay ranuras, no hay fisuras, no hay resquicios por los que permitir que franqueen nuestra integridad o nuestra moral o como quiera que se llame lo que hace que no seamos como ellos.

Uno no sabe bien en qué bando está. En ocasiones cree en lo que postula alguno y, en otras, no le satisface eso y se escora a otro. No es normal que sigamos pensando lo mismo, no entra que el modo de entender el mundo sea el mismo. Ni siquiera ese mundo que anhelamos entender es el mismo mundo, ni los mismos son quienes lo administran ni quienes son administrados, los que escriben las leyes y los que las leen. No se sabe dónde estamos, pero se tiene una certeza rotunda sobre donde no queremos estar. Esa percepción íntima planea inalterablemente. Esa certidumbre es la que hace que salgan algunos de estos textos de vocación combativa, pero estériles en el fondo, a poco que se los lee en detalle y se extrae lo poco que aportan. Se conforma uno con contarse el mundo y decir he aquí a los bárbaros, he aquí a los que no lo somos, algo así. Es posible que únicamente sirva para conciliar con más propiedad el sueño y dormir sin que nos atormente nada. A los bárbaros se les debe poner muy difícil dormir con esa limpieza. Se deben despertar en muchas ocasiones, deben tener sueños pesados, deben tener la sensación de que sólo son bárbaros cuando abren los ojos y empieza la vigilia. Se les debe aparecer la madre o los hijos o los dos. No sé. Se me ocurre que los bárbaros tienen madres y tienen hijos, aunque no lo pareciera, ni remótamente. Ni siquiera este martes que amanece tímidamente es de ellos, no les pertenece, no es cosa suya. Que el nuestro sea bueno y pródigo en alegrías.



15.10.17

Lo que ayer Antonio y yo no dijimos

Yo soy muy de andar por casa, no incurro en carreras, no me agito, no desaprovecho ocasión en la que pueda encontrar alivio. Me consuelo a conciencia, creo que no hay oficio que maneje con más arte que en el de procurarme el placer que, por unas causas o por otras o por todas juntamente, la realidad se obstina en negarme. No es que el mundo se haya conjurado para estropearme la fiesta (más quisiera Paulo Coelho que el mundo obrara adrede, hiriendo por aquí, calmando por allá) sino que el azar en ocasiones trabaja en tu contra. Cualquiera que lea sabrá que no desatino, cualquiera sabe que hay días felices que se malogran por detalles irrelevantes y días infaustos que cobran vida y alzan el vuelo por detalles irrelevantes también. Maneja uno con cuidado los instrumentos que se nos entregaron. No son muchos, no son ni siquiera muy sofisticados, no hubo adiestramiento, no se pasó un examen, ni se tuvo nunca la idea de que se estaba capacitado para su desempeño. En eso somos todos muy iguales, en cuidar de que nada bueno nos falte si está a la mano, si no hay que ir muy lejos para alcanzarlo, si valdrá la pena el gasto que acarrea, pero hay quien se priva y censura, quien no se permite ningún exceso y argumenta que es la salud la que importa y caerá malo si no renuncia o si despreocupadamente incurre un día en una licencia y más adelante en otra, hasta que dejan de ser caprichos atendidos y pasan a convertirse en rutina, en pieza doméstica de uso normalizado. También hay quien no presta atención alguna y se excede y no mira en qué pierde y si de verdad valió la pena. K. sostiene que no hay que pensar demasiado en uno mismo. Él no lo hace, no tiene esa lealtad íntima, no ejerce con fiereza la responsabilidad de estar sano. K. es voluble, K. es un fantasma. Quizá los fantasmas, incluso los volubles, no merecen consideración en estos asuntos, no se les de voto, ni se les exija opinión, pero no tengo a nadie más a mano y traigo sus pareceres, que son a veces un poco también los míos, no tengo intención de eludir esa parte, ni de apartar lo evidente. En eso todos somos fantasmas, volubles o no. Todos damos opinión cuando no se nos pide o no la damos cuando se nos requiere. Nadie tiene a nadie más cerca que a sí mismo. Nadie tiene a nadie más lejos. De ahí el caos, la fiebre. De ahí el vértigo.

Entre cañas y chesters,  charlaba ayer con mi amigo Antonio sobre la imposibilidad de ser felices a tiempo completo. No era esa la conversación, pero de fondo no era otra. No podemos, no sería tampoco ni bueno. Ya no vemos películas de la RKO a las dos de la mañana, sentencié a mis adentros. Este dolor en el costado debe ser la edad, conté en un verso. Pero no es un dolor único, uno tangible, uno mensurable: son mil dolores pequeños, son mil soliviantos suaves. Y ninguno es grave por sí mismo, aunque todos se arrimen para que la pieza flaquee o caiga y acaben venciendo. Es muy complicado todo esto, Antonio.


13.10.17

Catalunya, mon amour

Conmueve la ternura, se apresta a que la bondad irrumpa y permanezca. Luego se desvanece, a pesar de la voluntad de que persista. Duele que sea lo malo lo que perdure. Ahora que los balcones se tapizan de banderas patrióticas piensa uno en el movimiento que hemos consensuado los que apreciamos la cordura y el temple. Los otros no creo que sean insensibles o que se inclinen al desatino a lo loco, sin caer en la cuenta del daño que causan o que, a la larga, se causan a sí mismos y, por ósmosis jurídica, a todos.

Fascina la visión del pueblo echado a la calle festivamente, unido por ciertos valores irrenunciables, sacados de sus casas para exhibir un modo de pensar o de posicionarse en el mundo. Ahora que flaquea la conciliación o la concordia o la armonía, agrada que estemos conscientes. Lo de antes era anómalo: faltaba que uno diese un giro en la rutina de las cosas para que el otro ideara cómo contrarrestar el ruido que hizo la pieza movida.

Contra la persistencia de unos acude la firmeza de otros. Como no sabe uno la letra pequeña y la trascendente de las leyes, se conforma con sentirse esperanzado en la diligencia de quienes sí conocen las obligaciones que emanan limpiamente de esas leyes, que son el asidero fiable y legítimo para que nadie obre a su antojadiza manera, sin acatar el rojo del semáforo o la cerradura que clausura la propiedad ajena. No es un mundo de emociones, no deben ser esos  voluntos sentimentales los que escriban las normas.

Sirve la política para despejar estas acometidas inasumibles por todos, aunque algunos, los afines, las esgriman y consideren válidas, sin considerar la dimensión de la tragedia, el flaco favor que se le hace a una sociedad madura, hecha a andar con firmeza, confiada en la gestión de sus administradores e íntimamente feliz por vivir en uno de los mejores mundos posibles, a pesar de las fracturas que produce todo movimiento. Pero nos movemos, avanzamos, afrontamos juntos el futuro, compartimos una casa común, no nos anima la idea de que se extravíe o que se malee esa sustancia humanista de armonía y de confort.

A la larga, si hay extravío, si cunden el apartamiento y la escisión, tendremos que reescribir la plana de obligaciones y de derechos, articular un mapa nuevo en el que vivir. No creo que vaya a más el desatino. No son tiempos de beligerancias obstinadas o fratricidas o cainitas. Lo son de ternura y de cuento la ternura arrastra. Tengo la convicción de que acabará triunfando, aunque me cueste portar esa esperanza a la vista de lo que nos cuentan. Está todo muy embarrado. Escribir sobre el amor es de una temeridad escandalosa.

Habrá quien me censure por cándido, por inocente, por creer en que regresará el concierto o por pensar que se entablará algún tipo de diálogo o por conceder a la política el papel que se le encomienda, el de procurar a sus administrados una brizna de bienestar, aunque algunos no la entiendan o la censuren ásperamente, negados a ver más allá de sus símbolos y de sus juveniles ansias de emancipación. Lo malo perdura, ya lo sé. Quizá estemos hechos para sobrevivir, no para vivir únicamente. Es el prefijo el que bastardea el discurso. Se irán de la casa familiar quienes puedan hacerlo, amparados por alguna ley que les permita salir, sin que nadie les afee el gesto, sin que se amotinen unos y se solivianten otros. Vendrán tiempos mejores, serán nuestros.