20.1.18

Amor propio



La de ayer fue una tarde que no se pareció a ninguna otra reciente, nada tuvo de ellas. La ocupé viendo cine en casa. No se hacen esas cosas, se dejan para la noche, cuando se clausura el vértigo del día y uno se concede ciertas licencias, la de dedicarse a uno mismo o la de no pensar en nada de lo que hizo durante la jornada y esmerarse (en lo que se pueda) en desconectar, en dejar que otros nos cuenten las cosas y no ser nosotros quienes lo hacemos o en no permitir que nada sea contado. En parte, se trata de eso: de contar o de que nos cuenten o que ninguna de esas situaciones suceda . Hay ocasiones en que se prefiere no hacer esfuerzo alguno o hacer los mínimos. Importaba escasamente con qué amenizar la tarde: era más la sensación (fiable y gozosa) de disponer despreocupadamente de ella. No tuvo desfallecimientos, caídas de tensión espiritual: discurrió con absoluta parsimonia, como si el artero a veces engranaje de las horas no me comprometiese a nada laborioso, como si el tiempo obrara a entero favor mío y yo lo guiara y tuviera propiedad de su antojadizo mecanismo de funciona miento. No siempre es así, ni las tengo conmigo para esperanzarme en que ese dispendio emocional me tomase en consideración y pudiera, en adelante, exigirle un futuro trato favorable y duradero. Vi It, la puesta de largo de la espléndida novela de Stephen King, novela por la que siento una debilidad antigua. Me satisfizo y me enfadó a partes iguales. Pagué una deuda que tenía conmigo mismo. Ahora estoy pagando alegremente otra. He paseado el centro de Córdoba, he ido solo, escoltado por jazz en mis cascos y en mi cabeza. Billie Holiday se me ha confesado en diez o doce canciones perfectas. Luego he comprado el libro de una amiga (Las madres negras, Patricia Esteban Erlés, Galaxia Gutenberg) y ahora escribo mientras bebo una cerveza y fumo en una terraza animada. Estoy siendo hospitalario conmigo mismo. Me estoy ocupando de mí. No porque los muy amados míos no lo hagan, sino por amor propio, por egoísmo puro, porque ahora no tengo a nadie más a mano o porque nadie tal vez comprenda de qué va la trama de las cosas. Ni yo pretendo aclararla.

19.1.18

Bajar



Nunca pensé en serio en que un libro hiciera sangrar o nunca hilvané la sangre con las letras, pero siempre anduvieron enfrentadas, se oponían, era la espada contra la pluma. De hecho mucha de la literatura heroica, lo cual quiere decir la literatura fundacional, la que se difundía de viva voz, se alimentaba de esa dicotomía antológica: la de la belleza misma ocupada en firmar los armisticios, la de la luz conjurada a vencer a las sombras. Que leer sea un viaje es algo que acepto, pero hay viajes terribles; de algunos uno vuelve herido o no vuelve. El viaje de la lectura puede dañar a quien lo acomete: tenemos a nuestro Alonso Quijano, que al término de pensar mucho el nombre que más le convendría para sus andanzas caballerescas, decidió ser Don Quijote. Hay que pertrecharse bien para no flaquear o para no dejarse engullir por las palabras o por las historias o por las dos cosas juntamente. Leer es un asunto de solitarios, no puede ser de otra manera. Lee el que no le importa apartarse, cerrar una realidad y abrir otra que la sustituya. Lo que sucede es que no sabemos cuál realidad será la escogida. Hay donde escoger. Hay tramas tóxicas y las hay nobles. Es el mismo principio del bien y del mal o el de la luz y las sombras o el de la paz y las guerras. Quizá interese en el fondo penetrar en esa hondura, ir ahí abajo, observar de cerca el veneno, si lo hubiera, dejar que la sombra intime con nosotros, ver el abismo y darnos cuenta de que el abismo también nos ve. Interesa que corra un poco de sangre: no la de verdad, sino la fingida, la sangre fabulada. Hasta las tramas oscuras, las duras de entrar, las que se aprestan a que un poco de dolor acuda, nos hacen viajar. Porque siempre es un viaje la lectura. Lo de escoger un paisaje duro y agreste o un prado endulzado con flores depende de las ganas que tengamos de escalar o de pasear plácidamente. En estos días, a pesar del rigor con el que la vida parece despacharse conmigo, prefiero leer cosas que me cuestan, todas de las que extraigo un discurrir nuevo. Sé a qué acudir, sé dónde están, sé también qué bien (al final) me procuran. Sé todas esas cosas. Siempre las supe, pero no siempre deseé que me impregnaran. Es cosa de bajar las escaleras y llegar abajo. Lo que hay a ras de vista está más que aprendido.




18.1.18

Una sinfonía de pájaros en la cabeza


                                                        Ilustración: Roger Olmos

Se tiene, en general, una mala percepción de los pájaros. Tal vez su volandería los empareja con la fantasía y  suele decirse que se tiene la cabeza llena de ellos cuando alguien incurre en desatinos, se explaya en razonamientos de poco sustento con lo real o, más sencillamente, manifiesta el proceder clásico de los locos, que vienen a ser todos los que acabaron escapándose de la realidad y ocupando una enteramente suya. Donde los locos pueden concurrir también los atolondrados, los imprudentes, los aturdidos, los que, por acabar, exhiben maneras imprevisibles. Lo que funciona en este mundo es la previsibilidad. Importa saber qué va a hacer el otro, por dónde va a tirar. Todo lo demás es desconcierto, son pájaros. Pero todos los pájaros están en la cabeza. Igual que las casas o que las ideas o que los paisajes. Es ahí en donde se construye la trama, es en la cabeza en donde una voz nos conduce por uno o por otro camino. Que uno sea equivocado y otro no es aleatorio. En ocasiones tienen nombradía los pájaros. Gente que tienen muchos en su cabeza resultan encantadores o suscitan el unánime elogio ajeno. El arte es una extensión de esa proliferación excéntrica en la cabeza. Quienes la tienen bien asentada, libre de perturbaciones, por completo exenta de las peregrinas ocurrencias de la imaginación, no se envalentonan jamás, no se adentran en lo oscuro, no se cuentan el mundo a su manera, no escriben poemas, no esculpen el barro, no dibujan ni pintan, no se suben a un escenario, no componen boleros o valses o piezas de bebop, no hacen películas, no cogen una cámara y observan la realidad, por si la realidad se muestra diferente, por si deja de ser previsible y hace lo que no se espera, por si los pájaros (en bandada, locamente) la atraviesan y la llenan de batir furioso de alas. Hay un momento en la vida en que uno se plantea dejar que vuelen. Es ahí cuando nos convertimos en creadores. Todos lo somos de una manera u otra. No hay nadie que no tenga una sinfonía de pájaros en la cabeza. Sólo se trata de abrirla y permitir que salgan.

17.1.18

El elefante ha salido a pasear




                                                               Ilustración: Roger Olmos


A veces las casas no sirven, ninguna de sus virtudes valen, nada para lo que fueron hechas cubre o satisface a quien las habita, lo que se aprecia en ellas queda en un plano menor, irrelevante. Hay casas que engrandecen a sus moradores. Otras los hacen pequeños, los aturden. Todas, a su secreta manera, se incrustan en sus dueños. Unas, con más fortuna, se convierten en una extensión de ellos mismos de modo que las agasajan, las invisten de una majestuosidad privada, no siempre exhibible, pero plena para ellos. Son casas que invitan a mirarlas con esmero, advirtiendo la qué hay de único en ellas. Casas que se miman y cuidan con dulces atenciones o  canjeables por otras sin que se pierda nada en el trasvase. No son casas de gente con la posibilidad de llenarlas de objetos, sino casas con objetos exclusivos, de los que en ocasiones no compra el dinero. Casas en las que hay música cuando las visitas o en las que un libro de poesía romántica inglesa está antojadizamente dejado sobre un sillón o en las que se respira la vida que se desprende de todas las palabras que se han dicho bajo su amoroso techo. Lo otro, la previsible sección de casas huérfanas de estas sutilezas, son casas también, cómo no, pero sirven para lo que sirven todas: dan cobijo, permiten que tengamos en ellas nuestros enseres y nos ocultan cuando la realidad nos cansa o nos perturba. Quizá lo milagroso sea que la casa esté dentro de nuestra cabeza. Que sea la cabeza la que nos cobije y la que nos dé conforte espiritual cuando esa realidad se obstina en contrariarnos, en apartarnos de la senda que marcamos como la idílica. Es la cabeza la que debe ser cuidada y mimada y tratada con todo el protocolo y el tacto y el amor del que dispongamos. En cierto modo, ninguna casa es nada del otro mundo, ni siquiera la idónea, la que más convincentemente ha respondido a todas las expectativas que pusimos en ellas cuando la adquirimos o a la que más tiempo y esfuerzo le hemos dedicado mientras vivimos en ella. En cualquier momento podemos mudarnos a otra, abandonar sin dolor todos esos objetos con los que la vestimos y que, de alguna manera, pensamos que la harían más cálida o más nuestra. Nada hay nuestro. La única propiedad fiable es el cuerpo, él es el punto de partida y el de destino. De ahí que el elefante de Roger Olmos haya optado por salir de la residencia que le inventaron. Él era más grande que su cárcel. Hay quien es un elefante y no lo sabe. Ignora que su casa le coarta y le aísla. No ha comprendido que la vida de afuera es también un lugar en el que vivir, una casa en la que festejar la propiedad del tiempo. Al final somos únicamente eso, tiempo. 

(He descubierto a Roger Olmos gracias a Francisco Espinar. Agradecido)

14.1.18

Útero


Hay noches de una oscuridad que acoge. Cuanto más negras son, más abrazan, mayor es el vértigo con el que nos seducen.

(No es la mejor foto la que hice, pero es oscura y todo lo improvisado e imperfecto que tiene hace que parezca más mía y más se alía con las palabras)


13.1.18

La música de las estrellas





En tiempos de aflicción, la física no me consolará de mi ignorancia moral. Pero la moral me consolará siempre de no saber física.

Blaise Pascal 




Pascal dejó escrito que es sacerdote quien quiera serlo. Nada hay más sencillo ni de más sencilla satisfacción. Uno habla de Dios y juega en cierto modo a serlo. Se confiere a sí mismo la capacidad de la elocuencia y se arropa con la oratoria del que se sabe a salvo de que le pillen en un desliz. Los deslices, en materia teológica, únicamente sirven para prorrogar la conversación, pero nunca para derribarla. Por otro lado está Jacob Barnett, que es un niño de doce años al que el azar o la conjunción de muchos azares le premió con una inteligencia sobrenatural. El tal Barnett trabaja en esa tierna edad en un laboratorio de Astrofísica. Lo que buscan en los laboratorios de Astrofísica es lo mismo que buscaba Pascal: indagar en lo etéreo, hurgar en las tripas del universo por si en una de esas incursiones olisquean el perfume de Dios o descubrir la naturaleza de su existencia. 

En cuanto a mí, analfabeto cuántico, me sigue pareciendo más coherente la invitación de Pascal. Prefiero el verbo del sacerdote antes que los números del físico. En las palabras, en ese juego de contrarios que se enlazan, es en donde está Dios. Es también en las palabras en donde Dios no está. Somos religiosos o dejamos de serlo por la posibilidad de fantasear con lo que no conocemos. Uno fantasea con el Big Bang o con el milagro de los panes y los peces, cree estar lo suficientemente abastecido de razones como para explayarse horas en metafísicas de andar por casa, pero mira siempre con esceptismo al que trata de encontrar fórmulas para explicarlo todo. Recelo del analista de datos, del que echa mano de los logaritmos y resume el vuelo de un vencejo en una ecuación, pero por otra parte recuerdo haber leído esta semana a Lobo Antunes algo sobre la importancia de amar la ciencia y escribir desde esa perspectiva, que él escribe por provenir de ella, por haberla tenido cerca y apreciarla. 

No siendo yo creyente ni habiendo asomo de que lo sea, albergo la esperanza de que los que creen y los que no lo hacemos nunca entremos a gresca por lo que sentimos, pero veo a diario escarceos, amagos de bronca, lances en los que unos pretenden convencer a otros de que no merece la pena la ignorancia en la que viven. Y si fuera sólo eso, es decir, los escarceos, los amagos de algo, las pequeñas discusiones de bar alrededor de los santos y de los pecadores, pero los pueblos se aniquilan por la fe que profesan, se exterminan, reducen a escombros los altos edificios de la civilización que han construido durante siglos. Y las guerras de este mundo, las que nos proveen los telediarios, las guerras de los demás, digo, son guerras de gente abonada a una creencia, dispuestos a matar y a morir por ella. No hace falta consignar aquí el inventario infame de trifulcas de las que hablo. Están en primera plana, en todos los informativos de televisión y en todo gobierno con vergüenza que se precie, pero ay, no siempre se frenan, y en ocasiones (las más) dejan que estas guerras concluyan solas (si concluyen, claro), salvo que haya petróleo debajo de los cadáveres. Entonces sí que sacan los misiles y los ejércitos y sitian al enemigo y lo aplastan.

Por eso da miedo que un niñato (niño iba a escribir) de doce años (listo el muchacho, qué quieren que les diga, pero mocoso todavía) tenga los arrestos científicos de dar con el secreto, de revelar los arcanos, de decir al mundo que han encontrado al fin a Dios y que el Altísimo, el Dios de los libros y de las homilías, el Dios plenipotenciario y benigno o el Dios Terrible de los Terremotos y del Apocalipsis, no es lo que creíamos o, caso peor, es eso que pensábamos de un modo asombrosamente cierto. Da miedo la verdad, da miedo la ciencia, por eso me rodeo de metáforas: ése es el motivo por el que busco en los textos sobre religión historias que me ilustren en lo mío y me hagan comprender a Pascal y a Barnett, al Bob Dylan convertido en un soldado de Cristo y al ateo de turno, que los hay por todas partes y dejan de pronto de contribuir a las estadísticas de la Iglesia y se exhiben sin pudor y cuentan su falta de fe como hasta ahora han escuchado en cientos de ocasiones la abundancia de fe en los demás. En eso, nada que recriminarles, por supuesto. Uno dice lo que viene en gana sobre lo que es en realidad. De hecho, alrededor, en tropel, hay quienes se enseñan y enarbolan, no dudo que orgullosamente, la bandera de su causa. De eso, de causas, estamos abastecidos. La de la ciencia y la fe es un litigio antiguo, no creo que nada nuevo haga que se concilien las dos posturas. En realidad, bien mirado, no creo que sean dos, será una, seguro que es una. El Big Bang es el poema en crecimiento. Que sea anónimo o tenga autor clasificable no es la cuestión principal. 

12.1.18

El fin de la inocencia


Siempre me fascinó la inocencia, no he dejado de pensar en el mal que hacemos cuando la soslayamos, cuando la consideramos un lastre, cuando nos ofusca que una brizna de ella perdure adentro. La inocencia es una especie de rasgo eludible, una rémora de la infancia, eso queremos a veces que sea, pero es mucho lo que se pierde si la perdemos. Se pierde con ella la bondad y cuesta traerla de nuevo adentro, hacer que se ajuste al nuevo traje con el que nos hemos tapado ante el mundo. El inocente, en cierto modo, es más feliz, se duele menos del daño que se le inflige y cree en los demás de un modo limpio, sin el intermedio de ninguna otra circunstancia. En lo de creer en los otros está el verdadero problema. No hay manera de que podamos inclinarnos a creer cuando a veces ni cree uno en sí mismo. Ojalá creyésemos en nosotros antes que en Dios. Hay quien lo pone delante en el ranking de las devociones; quien considera que creer es una debilidad; quien esconde que cree en los amigos y en la familia y en la literatura y en la música romántica. Parece que somos débiles cuando exponemos abiertamente nuestras debilidades o nuestras creencias. Lo de la inocencia es, con mucho, lo que más celosamente guardamos. Si atisbamos una evidencia de su presencia, nos echamos a temblar. Es así, sucede así. Nos hacemos mujeres y hombres cuando no queda nada suyo o cuando nada está a la vista, ofrecido. De ella, de la inocencia, dijo Camus que era la virtud o la cualidad de quien no precisa explicarse.

Es el hablar (el hablar sin tino ni concierto)  el que lo arruina todo o, en todo caso, hablar sin que existan gestos o miradas que acompañen a lo hablado. Son las redes sociales, en mayor o menor medida, las que están desprestigiando la comunicación. No hay inocencia en ellas. Se zahiere o se daña a sabiendas, se oculta el agresor en la distancia, en la máscara, en el anonimato y está lejos y está oculto y no tiene nombre. Quien lee, el agredido, no sabe cómo filtrar la información, no se plantea ni siquiera que haya que filtrarla, acepta como viene la trama de las cosas, no la cuestiona, ni la contrasta, se deja invadir, permite que su casa sea ocupada, hasta se envalentona, sin que se precise un esfuerzo considerable, y zahiere y daña y se oculta. Es una batalla y los que la acometen están orgullosos de participar en la contienda. El caso es estar en algún lado, no asistir como espectador, formar parte de la obra, aunque el papel sea secundario o irrelevante. La muerte de la inocencia la ha iniciado el vértigo binario de las redes, esa fiebre en la que importa estar, más que contar o que involucrarse. Son tiempos duros, más si uno se esmera en apreciar la deriva de ciertos valores. Hay otros que permanecen e incluso algunos que no decaen y hasta adquieren más presencia, pero la posible estadística que aportemos dará resultados decepcionantes. Sólo hay ruido y hay vacío. Se es inocente hasta que no trae a cuenta serlo, se atesora esa virginidad hasta que se saca tajada de su expolio.

10.1.18

Los viejos


Sin el bigote pintado y el gran puro, borrada la sonrisa burlona, Groucho Marx no es Groucho Marx o no, al menos, el que recordamos por las películas. No es el galán zarrapastroso ni el ocurrente. En realidad no he conocido otro que haya ametrallado más frases memorables, salvo (tal vez) Woody Allen. Da igual que se desajusten y no exista contexto al que arrimarlas. Valen sin considerar a quién se las decimos e incluso valen al margen de la conversación en la que las colemos. Del bueno de Groucho guardamos siempre escenas antológicas en blanco y negro. Atesoramos diálogos que no precisan que se memoricen. Ni siquiera hace falta que impostemos la voz e imitemos la del doblista al que le encomendaron borrar la voz de Marx y darle la suya. Escuché la original en su día, viendo de nuevo Un día en las carreras y tardé en hacerme con las inflexiones nuevas, no importa, un vicio adquirido, un mal hábito: mi cabeza negaba la fonética intrusa y pedía la de mentira, la que nos vendieron. Nada grave, creo. A lo que mi cabeza se ha negado es a mirar al Groucho Marx fotografiado por Richard Avedon a pocos años de su muerte.

El estrago de los años se fija en su mirada, en cómo los ojos no miran, en la forma en que no interrogan nada sino que dejan correr las preguntas. Al mirar, uno establece siempre un diálogo con lo mirado, salvo que no haya intención y el espectáculo que se abre ante nosotros no nos emocione ni nos turbe. Imagino que la memoria salva ese apatía óptica. Seguro que el bueno de Groucho es capaz de perderse en los laberintos de su memoria y extraer aquello en lo que fue un genio, uno de esos individuos sublimes que hacen cosas sublimes y procuran a los demás vidas más felices. La mía le debe a este anciano más de lo que ahora soy capaz de registrar en este texto.

A los ancianos se les debe siempre mucho, ese viene a ser el depósito sentimental último de esta entrada. Vi a Groucho y pensé en todos los ancianos del mundo, no en ninguno en particular, no en mi padre, que lo es de un modo extremo ahora, sino en todos, en la idea de ancianidad. Les debemos la existencia del infinito pasado. Nuestro es el infinito futuro. Quienes estamos a medio camino de la ruta, obrada ya una buena parte y ofrecida otra, habiéndole dado la vuelta al jamón, como dice mi amigo Calixto, contemplamos la vejez como un asunto que exige el mayor de los respetos. Quizá sería una buena obra conseguir que los más jóvenes entendieran el valor de la vejez, la deuda adquirida con quienes edificaron el mundo tal como lo vemos. Y si la mirada se pierde y se desmorona a poco de salir de los ojos hay que guiarla y entender (en todo caso) que la vida vivida adentro ha sido asombrosa, enorme, conducida a golpe de júbilos y de miserias, de amor y de tristeza. Pienso en mi padre de nuevo, en Pepe, que trabajó a tiempo completo toda su vida, estajanovista y heroicamente, como mi suegro, como tantos entonces. Pienso en Gabriel, en casi todo igual a mi padre, salvo en no poder disfrutar de quien ya no está y a quien tanto echamos en falta. Perdonen que el tramo final de esta historia haya incurrido en estos asuntos domésticos. Esta noche, si me animo (ha sido un miércoles atareado) me pondré una de los hermanos Marx. Duran hora y media escasa. No hay forma de ir a la cama que ahora rivalice con esa. Buenas noches.


Las frases que dijo, que no siempre las que escribió

* El matrimonio es una gran institución. Por supuesto, si te gusta vivir en una institución.
* La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un  diagnostico falso y aplicar después los remedios equivocados.
* Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.
* Bebo para hacer interesantes a las demás personas.
* Solo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Si entonces responde "Sí", ten la certeza de que es un corrupto.
* Estaba con esa mujer porque me recuerda a tí ... sus ojos, su cara, su risa...De hecho, me recuerda a tí más que tú.
* ¿Servicio de habitaciones? Mándenme una habitación mas grande.
* La política no hace extraños compañeros de cama. El matrimonio sí.
* El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, está hecho.
* Soy tan viejo que recuerdo a Doris Day antes de que fuera virgen.
* Fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre, y dentro del perro probablemente esta demasiado oscuro para leer.
* No puedo decir que no estoy en desacuerdo contigo.
* Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Y detrás de aquella, esta su esposa.
* El matrimonio es la principal causa de divorcio.
* Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado.
* Disculpen si les llamo caballeros, pero es que no los conozco muy bien.
* ¿Pagar la cuenta?... ¡Qué costumbre tan absurda!
* Debo confesar que nací a una edad muy temprana.
* Nunca entraría a formar parte de un club en el que admitieran como socios a tipos como yo
* No puedo decir que no estoy en desacuerdo contigo. 
* Nunca olvido una cara, pero en su caso haré una excepción.
* Nunca voy a ver películas donde el pecho del héroe es mayor que el de la heroína. 
* Me casé por el juzgado. Siempre pensé después que debería haber pedido un jurado. 
* Partiendo de la nada he llegado a alcanzar las más altas cimas de la miseria.
* Es usted la mujer más bella que he visto en mi vida... lo cual no dice mucho en mi favor. 
* Hasta luego cariño... ¡Caramba!, la cuenta de la cena es carísima... ¡Es un escándalo!... ¡Yo que tú no la pagaría! 
* Señorita... envíe un ramo de rosas rojas y escriba "Te quiero" al dorso de la cuenta. 
* El verdadero amor sólo se presenta una vez en la vida... y luego ya no hay quien se lo quite de encima. 
* No piense mal de mí, señorita. Mi interés por usted es puramente sexual. 
* Está loca por mí. ¡Qué mujer no lo está! Yo sé que va usted a preguntarme cuál es mi secreto... ¡Voto al diablo que sois osado! El  secreto es no darles a entender que se las quiere. No ir nunca tras ellas. Que ellas vayan detrás de ti. Hay que avivar el cariño del amor con el abanico de la indiferencia...
* Oh! Nunca podré olvidar el día que me casé con aquella mujer... Me tiraron pildoras vitamínicas en vez de arroz. 
* ¿Quiere usted casarse conmigo? ¿Es usted rica? Conteste primero a la segunda pregunta. 
* -¿Por qué y cómo ha llegado usted a tener veinte hijos en su matrimonio? - Amo a mi marido. - A mí también me gusta mucho mi puro, pero de vez en cuando me lo saco de la boca. 
* M. Dumont: Dime Wolfie, cariño, ¿tendremos una casa maravillosa? Groucho: Por supuesto, ¿no estarás pensando en mudarte, verdad? M. Dumont: No, pero temo que cuando llevemos un tiempo casados, una hermosa joven aparezca en tu vida y te olvides de mí. Groucho: No seas tonta, te escribiré dos veces por semana. 
* ¿Me lavaría un par de calcetines? (...) Es mi forma de decirle que la amo, nada más. 
* ¡Hasta un niño de cinco años sería capaz de entender esto!... Rápido, busque a un niño de cinco años. 
* Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota. 
* No permitiré injusticias ni juego sucio, pero, si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, lo pondremos contra la pared... ¡Y daremos la orden de disparar! 
* ¡Cavar trincheras! ¡Con nuestros hombres cayendo como moscas! No tenemos tiempo para cavar trincheras. Las tendremos que comprar prefabricadas. 
* Chico: Un coche y un chófer cuestan demasiado. He vendido mi coche. Groucho: ¡Qué tontería! En su lugar, yo hubiera vendido el chófer y me hubiera quedado con el coche. Chico: No puede ser. Necesito el chófer para que me lleve al trabajo por la mañana. Groucho: Pero, ¿cómo va a llevarle si no tiene coche?. Chico: No necesita llevarme. No tengo trabajo. 
* Recordad que estamos luchando por el honor de esa mujer, lo que probablemente es más de lo que ella hizo nunca por sí misma.
*¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?" 
* Conozco a centenares de maridos que serían felices de volver al hogar si no hubiese una esposa esperándoles. 
* Creo que la televisión es muy educativa. Cuando alguien la enciende siempre acabo leyendo un libro.
* Durante mis años formativos en el colchón, me entregué a profundas  cavilaciones sobre el problema del insomnio. Al comprender que pronto no quedarían ovejas que contar para todos, intento el experimento de contar porciones de oveja en lugar del animal entero." 
* En las fiestas no te sientes jamás; puede sentarse a tu lado alguien que no te guste. 
* Es una tontería mirar debajo de la cama. Si tu mujer tiene una visita, lo más probable es que la esconda en el armario. Conozco a un hombre que se encontró con tanta gente en el armario que tuvo que divorciarse únicamente para conseguir donde colgar la ropa." 
* Estos son mis principios. Si no te gustan tengo otros.
* Hace tiempo conviví casi dos años con una mujer hasta descubrir que sus gustos eran exactamente como los míos: los dos estábamos locos por las chicas.
* Hay muchas cosas en la vida más importantes que el dinero. ¡Pero cuestan tanto! 
* He disfrutado mucho con esta obra de teatro, especialmente en el descanso.
* He pasado la mejor noche de mi vida, pero no ha sido esta.
* Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna… 
* Camarero, hoy no tengo tiempo para almorzar. Traiga directamente la cuenta. 
* La próxima vez que lo vea, recuérdeme no saludarlo.
* Mi madre adoraba a los niños. De hecho hubiera dado cualquier cosa porque yo lo fuera. 
* No estoy seguro de cómo me convertí en comediante o actor cómico. Tal vez no lo sea. En cualquier caso me he ganado la vida muy bien durante una serie de años haciéndome pasar por uno de ellos. 
* O este hombre ha muerto o se ha parado mi reloj. 
* Paren el mundo que me bajo. 
* Pienso que todo el mundo debería creer en algo. Yo creo que voy a seguir bebiendo. 
* ¿Por qué dicen amor cuando quieren decir sexo?. 
* Que le den el 10% de mis cenizas a mi promotor artístico. 
* ¿Qué haría si pudiera volver a vivir toda su vida? Probar más posiciones. 
* Soldado: "General, ¿no se da cuenta de que estamos disparando a nuestros hombres?",General Groucho: "Tome un Dolar y guarde el secreto".





8.1.18

Soy lo que amo



Oí hoy que nos parecemos a lo que amamos. Era por el parecido de un señor robusto que paseaba un perro robusto también. Apreciados en detalle, incluso con esmero, se advertía que no sólo compartían tamaño, sino facciones y hasta gestos. Hay quien se parece a sus padres por mera exposición doméstica, antes de que empiece el amor hacia ellos y sin que intermedie la genética y hay quien muta en perro por la querencia al que posee. En el fondo, da igual qué cara tengamos. Uno no puede elegir la bondad de sus rasgos: vienen de fábrica, no se piden. De ahí que se escuche con frecuencia lo de que lo importante es el interior y lo de menos es el aspecto o que no hay que dar a la apariencia más valor del que merece, pero hay quien exhibe la menos congraciable, la apariencia más incómoda, la que con mayor fiereza nos encara y aparta. Se mira en el interior más tarde, se concede esa licencia cuando hemos aceptado todo lo demás. No es necesario agradar, no es exigible, en todo caso. El canon de la belleza no ha sido siempre el mismo, ha ido intercambiando sus patrones según los tiempos o las modas o las dos cosas juntamente como si fuesen la misma y las confundiéramos. Hubo un tiempo en que se prestigiaba la gordura al modo en que ahora se anhela cierta delgadez. Cuánta más carne, más salud. Lo esmirriado, lo flaco, lo enjuto era la representación misma de la enfermedad. Abundan los obesos, estamos echando el cuerpo que no tuvimos. Quizá tenga la culpa el sedentarismo más o menos militante con el que ocupamos el ocio. Hoy, preguntados  mis alumnos sobre lo que les habían traído los Reyes Magos de Oriente, ninguno nombró una bicicleta o un balón. A lo sumo, un par de ellos habían recibido un scooter, que es un patinete de los de toda la vida. Los demás consolas de diferentes marcas y precios, cuando no móviles o tabletas de última generación. No sé si un uso continuado o masivo hará que sus facciones pierdan la curvatura connatural a lo humano y se cuadriculen. Lo que se me antoja más razonable es que se les ensanchen los ojos y se les afilen los dedos. Es una sencilla ley natural. El cuerpo evoluciona, lo hace lenta e inexorablemente. Ya tenemos el doble de masa craneal que nuestros ancestros y les hemos superado ampliamente en altura. En no sabemos cuántos años, no muchos, la verdad, no seremos casi nada de lo que somos ahora. Nos pareceremos a lo que amemos, es posible, pero tampoco hay certezas sobre qué será ese objeto amado, si es que el amor todavía es un valor estimable en ese futuro especular con el que me valgo para argumentar mi delirio estético de hoy. Yo mismo, de parecerme a algo, tendría cara de músico de jazz de los cincuenta. De haber sido negro y haber sido parido en Kansas, como Ben Webster, uno de mis saxos tenores favoritos, tendría ese tipo de rostro. Ahora, escuchándolo, cerrando un lunes de trabajo bien intenso, creo que prefiero a Ben antes que a un perro. No tengo ninguna duda de que el amor a un perro puede ser enorme, he visto casos, pero el jazz me consuela como casi ninguna cosa en este mundo.


7.1.18

Frank Sinatra canta como si no lo hiciese

Uno comprende las cosas tarde y no se tiene la garantía de que se comprendan bien. Mi amigo K. sostiene que no es posible comprender nada y somete su existencia a esa máxima homicida. Escudado en ese nihilismo cándido, habla de cuanto le viene en gana, habla cuando no es necesario que lo haga, habla hasta que alguien le hace ver que está mejor callado. Una vez fui yo quien le mandó callar, el que le puso en esa diatriba, la de ir hacia adelante o la de no avanzar en absoluto. Decidió estarse quieto. Callado, me confesó, no entran moscas. Lo de las moscas lo decía mi abuela, que era vieja en los asuntos del alma, como vieja, como andadora de todos los caminos a los que yo me acercaba. De mi abuela saco a veces chascarrillos. Los recuerdo con nitidez algunos; otros los digo y supongo que fue ella quien me los confió. Es buena tener una abuela a la que traer cuando quieres decir algo y necesitas que tenga un actor (una actriz) que lo escenifique. K. es otro interlocutor válido. Lo traigo con frecuencia, digo esto y digo lo otro, convengo una trama en la que lo alojo sin pudor, en la certeza de saber que es mentira y que no va a quejárseme. 

Uno comprende las cosas tarde o no las comprende nunca. Te puedes tirar una vida entera creyendo que te conoces y descubrir que no sabes nada de ti en un momento. En ese instante, el mundo entero se viene abajo, pero luego el mundo se iza, adquiere vuelo, adopta la forma menos previsible y te das cuenta de que sigues, sigues a pesar de haberte percatado de tu fragilidad, de que no vale nada de lo que has hecho. 

En ocasiones la cabeza programa a su antojo piezas que no gobiernas, canciones que van solas, palabras que dicen lo que andas buscando decir, pero ahora mismo no me apetece mucho hablar, se me ocurre que escuchar podría darme más placer, incluso podría hacerme mejor persona. Eso de ser mejor persona lleva cruzándome la cabeza un par de días. Tuvo que pasar algo afuera para que adentro se activara esa pregunta. Hay preguntas que no activas jamás, pero cuando un día el azar las pone en danza, ya no puedes borrarlas. K. no puede borrar toda la metafísica que le enseñó un profesor de instituto que antes fue cura o quiso ser cura, pero cambió a tiempo el púlpito por el pálpito. A K. se le anegan los ojos en lágrimas cuando piensa en la maldad del hombre. Le tengo dicho que la filosofía no consuela nunca. Que todas las grandes preguntas solo distraen la cabeza, pero no la confortan. 

Vivimos en el vértigo y en la fiebre, vivimos en el dolor, vivimos sin comprender las cosas o comprendiéndolas tarde y mal. Es mejor aceptar todo esto y salir a la calle escuchando un disco de Dean Martin en los cascos. Era un borracho simpático. La imagen que tengo de Dean Martin es una inventada, que probablemente no existió, pero a la que me aferro quizá porque, en el fondo, me hubiese gustado estar allí. Veo a Dean con Frank Sinatra, en una habitación de hotel grande, muy lujosa. Dean le está sirviendo un whisky y Frank, en agradecimiento, canta Night and day, canta The way you look tonight. Frank Sinatra canta como si no lo hiciese. 

Vivir debería ser algo así. Vivir como si no se viviese, que no se notase el esfuerzo, que apenas se evidenciaran el vértigo y la fiebre. Hay quien está todo el día pensando en la poesía de T.S. Eliot y vive feliz en ese culturalismo, quien solo se afana por estar más fuerte y se pone como una moto en el gimnasio, quien escribe como si se acabasen los días y hubiese que dejar una reseña, un apunte sobre cómo fue la despedida. Hay quien está al tanto de todo y a todo le da la consideración más importante y no deja pasar ninguna oportunidad de revisar el mundo y tasarlo y registrarlo, pero acaba el día y se echa en la cama con la sensación de que todo es ajeno. Nada le concierne, ninguna trama de las que ha percibido es cosa suya, no hay nada que sea de su propiedad. Hay quien cree en sí mismo y se lo dice a diario para que no se le olvide nunca. Hay quien no.